miércoles, 20 de abril de 2011

Sema santa, semana de plena


SEMANA SANTA
Lunes
Jn 12, 1-11
Déjala. Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura. El Evangelio nos conduce a Betania, donde Lázaro, Marta y María ofrecieron una cena al Maestro (cf. Jn 12, 1). Este banquete en casa de los tres amigos de Jesús se caracteriza por los presentimientos de la muerte inminente: los seis días antes de Pascua, la insinuación del traidor Judas, la respuesta de Jesús que recuerda uno de los piadosos actos de la sepultura anticipado por María, la alusión a que no lo tendrían siempre con ellos, el propósito de eliminar a Lázaro, en el que se refleja la voluntad de matar a Jesús.
El gesto de María es la expresión de fe y de amor grandes por el Señor: para ella no es suficiente lavar los pies del Maestro con agua, sino que los unge con una gran cantidad de perfume precioso que, como protestará Judas, se habría podido vender por trescientos denarios; y no unge la cabeza, como era costumbre, sino los pies: María ofrece a Jesús cuanto tiene de mayor valor y lo hace con un gesto de profunda devoción.
Jesús comprende que María ha intuido el amor de Dios e indica que ya se acerca su "hora", la "hora" en la que el Amor hallará su expresión suprema en el madero de la cruz: el Hijo de Dios se entrega a sí mismo para que el hombre tenga vida, desciende a los abismos de la muerte para llevar al hombre a las alturas de Dios, no teme humillarse "haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz" (Flp 2, 8).
San Agustín, en el Sermón en el que comenta este pasaje evangélico, dice: “Toda alma que quiera ser fiel, únase a María para ungir con perfume precioso los pies del Señor... Unja los pies de Jesús: siga las huellas del Señor llevando una vida digna. Seque los pies con los cabellos: si tienes cosas superfluas, dalas a los pobres, y habrás enjugado los pies del Señor” (In Ioh. evang., 50, 6).
Martes
Jn 13, 21-23. 36-38
Uno de ustedes me entregará. No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces. Jesús abiertamente les dice que uno de ellos le va a entregar, es decir, a la muerte. Estas predicciones, en el momento de esta cena, fue motivo de turbación profunda. La consternación era general. ¿Quién sería capaz de algo así? ¿“Seré yo acaso”?, le preguntaban uno tras otro los confundidos discípulos. Otros, consternados por el anuncio, querían saber de quién se trataba preguntándole quién era. La respuesta y el gesto no fueron lo suficientemente evidentes para dejar en claro de quién se trataba. El Señor no quiso exponer su identidad.
Una vez que Judas salió del Cenáculo, otro anuncio debió perturbarlos más aún: «Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros» (Jn 13,33). El Señor se refiere a su Pascua. Él partirá al encuentro del Padre por medio de su muerte en Cruz.
Finalmente, al preguntarle Pedro a dónde va y luego de asegurarle que está dispuesto a dar la vida por Él, el Señor le anuncia que lo negará tres veces.
La traición de Judas y la negación de Pedro, nos pueden ayudar para ponernos ante Jesús y revisar nuestra vida…
Miércoles
Mt 26, 14-25
¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Este juicio que Jesús pronuncia contra Judas es muy severo. Sin embargo, a nosotros no nos corresponde juzgar su gesto, poniéndonos en el lugar de Dios, infinitamente misericordioso y justo.
Judas: ¿por qué traicionó a Jesús? Para responder a este interrogante se han hecho varias hipótesis. Algunos recurren al factor de la avidez por el dinero; otros dan una explicación de carácter mesiánico: Judas habría quedado decepcionado al ver que Jesús no incluía en su programa la liberación político-militar de su país.
Sin embargo, los hombres indicados nominalmente por los Evangelios, al menos en parte, son históricamente los responsables de esta muerte. Lo declara Jesús mismo cuando dice a Pilato durante el proceso: “El que me ha entregado a ti tiene mayor pecado” (Jn 19, 11). Y en otro lugar: “El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero, ¡ay de aquél por quien el Hijo del hombre es entregado! “Más le valdría a ese hombre no haber nacido!” (Mc 14, 21; Mt 26, 24; Lc 22, 22). Jesús alude a las diversas personas que, de distintos modos, serán los artífices de su muerte: a Judas, a los representantes del sanedrín, a Pilato, a los demás... También Simón Pedro, en el discurso que tuvo después de Pentecostés imputará a los jefes del sanedrín la muerte de Jesús: “Ustedes le mataron clavándole en la cruz por mano de los impíos” (He 2, 23).
Pero en definitiva, Jesús llevó nuestros pecados a la cruz, y nuestros pecados llevaron a Jesús a la cruz: fue triturado por nuestras culpas (cf. Is 53, 5). Nosotros, nuestros pecados hicieron morir a Jesús: el proceso y la pasión de Jesús, los renueva cada persona que, cayendo en el pecado, prolonga el grito: “No a éste, sino a Barrabás. ¡Crucifícalo!”.

JUEVES SANTO
Con la Misa vespertina de hoy damos inicio al Triduo Pascual. Hasta esta hora, el Jueves pertenece a la Cuaresma. Con la Eucaristía de esta tarde entramos ya en la Pascua.
Como la última Cena fue un «anticipo» de lo que luego iba a pasar en la cruz, anticipando la entrega del Cuerpo y Sangre de Cristo en el sacramento del pan y del vino, así la Eucaristía de hoy es un anticipo de la Pascua de Cristo, de su Muerte y Resurrección. La Misa de hoy, al recordar la última Cena de Cristo, no es la Eucaristía más importante: lo será la de la Vigilia Pascual, pasado mañana.
Para los judíos (1ª. lectura), la Pascua es la celebración anual del gran acontecimiento de su primera Pascua, su éxodo, su liberación de la esclavitud, con el paso del Mar Rojo y la alianza del Sinaí.
Para los cristianos (2ª. lectura), esta celebración adquiere un nuevo sentido: es la Pascua de Jesús, su muerte y resurrección, de la que hacemos por encargo del mismo Cristo, un memorial: la Eucaristía, en forma de comida. En ese pan partido y en esa copa de vino, nos ha asegurado Él mismo, que nos da su propia persona, su Cuerpo y su Sangre, para que tengamos su propia vida.
Con la institución de la Eucaristía, Jesús comunica a los Apóstoles la participación ministerial en su sacerdocio, el sacerdocio de la Alianza nueva y eterna, en virtud de la cual él, y sólo él, es siempre y por doquier artífice y ministro de la Eucaristía. Los Apóstoles, a su vez, se convierten en ministros de este excelso misterio de la fe, destinado a perpetuarse hasta el fin del mundo. Se convierten, al mismo tiempo, en servidores de todos los que van a participar de este don y misterio tan grandes.
La Eucaristía, el supremo sacramento de la Iglesia, está unida al sacerdocio ministerial, que nació también en el Cenáculo, como don del gran amor de Jesús, que “sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).
La eucaristía, el sacerdocio y el mandamiento nuevo del amor. ¡Este es el memorial vivo que contemplamos hoy, Jueves Santo! (Cfr. Juan Pablo II, Misa “in cena domini” (20 de abril de 2000):
1º.) La institución de la Sagrada Eucaristía: Cada vez que por orden del Señor, nos reunimos a celebrar la Cena del Señor, se transforma el pan en su propio Cuerpo y el vino en su propia Sangre: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes”; “Este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi sangre”; así, Jesús se nos da como alimento en la Sagrada Comunión.
San Agustín dice que “si ustedes mismos son Cuerpo y miembros de Cristo, son el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y reciben este sacramento suyo. Responden «amén» (es decir, «Si», «es verdad») a lo que reciben, con lo que, respondiendo, lo reafirman. Oyes decir «el Cuerpo de Cristo», y respondes «amén». Por lo tanto, sé tú verdadero miembro de Cristo para que tu «amén» sea también verdadero” (S. AGUSTÍN, serm. 272)
2º.) El sacerdocio ministerial: Jesús quiso elegir de entre el pueblo a algunos que se consagraran a Él, para continuar en ellos su obra salvadora. En efecto, el ministro consagrado posee, en verdad, el papel del mismo Sacerdote, Cristo Jesús. El sacerdote es asimilado al Sumo Sacerdote Jesús, por la consagración sacerdotal: goza de la facultad de actuar por el poder y en la persona de Cristo mismo, a quien representa (Cfr. Virtute ac persona ipsius Christi; PÍO XII, enc Mediator Dei)
En efecto, “Cristo es la fuente de todo sacerdocio, y por eso, el sacerdote, actúa en representación suya” (S. TOMÁS DE A., STh 3, n, 4)).
Que todos reverencien a los diáconos como a Jesucristo, como también al obispo, que es imagen del Padre, y a los presbíteros como al senado de Dios y como a la asamblea de los Apóstoles: sin ellos no se puede hablar de Iglesia (S. IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Trall. 3, 1)
Grandeza obliga; así, san Gregorio Nacianceno, siendo joven sacerdote, exclama: “Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir, es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia (or. 2, 71). Se de quién somos ministros, dónde nos encontramos y a dónde nos dirigimos. Conozco la altura de Dios y la flaqueza del hombre, pero también su fuerza (ibíd. 74). Por tanto, ¿quién es el sacerdote? Es el defensor de la verdad, se sitúa junto a los ángeles, glorifica con los arcángeles, hace subir sobre el altar de lo alto las víctimas de los sacrificios, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la criatura, restablece [en ella] la imagen [de Dios], la recrea para el mundo de lo alto, y, para decir lo más grande que hay en Él, es divinizado y diviniza (ibíd. 73).
3º.) El amor y el servicio a los demás, la proclamación del gran precepto, cuyo cumplimiento nos manifiesta discípulos de Jesucristo, el mandato del amor. Los apóstoles discutían quien era el mayor entre ellos, Jesús le respondió: El que quiera ser grande entro ustedes, deberá amar y servir a los demás. Porque ni aún el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para amar y servir, y dar su vida como rescato por todos (Cfr. Mc.10:43.45).
El Jueves santo nos exhorta a no dejar que, en lo más profundo, el rencor hacia el otro se transforme en un envenenamiento del alma. Nos exhorta a purificar continuamente nuestra memoria, perdonándonos mutuamente de corazón, lavándonos los pies los unos a los otros, para poder así participar juntos en el banquete de Dios.
El Jueves santo es un día de gratitud y de alegría por el gran don del amor hasta el extremo, que el Señor nos ha hecho. Oremos al Señor, en esta hora, para que la gratitud y la alegría se transformen en nosotros en la fuerza para amar juntamente con su amor.

VIERNES SANTO
Los frutos de la cruz
Hoy es el primer día del Triduo Pascual, que inauguramos con la Eucaristía vespertina de ayer. De esa gran unidad que forman la muerte y la resurrección de Jesús y que llamamos «Pascua», hoy celebramos de modo intenso el primer acto, la «Pascha Crucifixionis». Aunque este recuerdo de la muerte está ya hoy lleno de esperanza y victoria. A su vez, la fiesta de la Resurrección, a partir de la Vigilia Pascual, seguirá teniendo presente el paso por la muerte: «Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado», diremos en el prefacio pascual.
Los frutos de la Cruz no se hicieron esperar. Uno de los ladrones, después de reconocer sus pecados, se dirige a Jesús: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. Le habla con la confianza que le otorga el ser compañero de suplicio. Seguramente habría oído hablar antes de Cristo, de su vida, de sus milagros. Ahora ha coincidido con Él en los momentos en que parece estar oculta su divinidad. Pero ha visto su comportamiento desde que emprendieron la marcha hacia el Calvario: su silencio que impresiona, su mirar lleno de compasión ante las gentes, su majestad grande en medio de tanto cansancio y de tanto dolor. Estas palabras que ahora pronuncia no son improvisadas: expresan el resultado final de un proceso que se inició en su interior desde el momento en que se unió a Jesús. Para convertirse en discípulo de Cristo no ha necesitado de ningún milagro; le ha bastado contemplar de cerca el sufrimiento del Señor. Escuchó el Señor emocionado, entre tantos insultos, aquella voz que le reconocía como Dios. Debió producir alegría en su corazón, después de tanto sufrimiento. Yo te aseguro, le dijo, que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso.
La eficacia de la Pasión no tiene fin. Ha llenado el mundo de paz, de gracia, de perdón, de felicidad en las almas, de salvación. Aquella Redención que Cristo realizó una vez, se aplica a cada hombre, con la cooperación de su libertad. Cada uno de nosotros puede decir en verdad: “el Hijo de Dios me amó y se entregó por mí”. No ya por “nosotros”, de modo genérico, sino por mí, como si fuese único. Se actualiza la Redención salvadora de Cristo cada vez que en el altar se celebra la Santa Misa.
“Jesucristo quiso someterse por amor, con plena conciencia, entera libertad y corazón sensible (…). Nadie ha muerto como Jesucristo, porque era la misma vida. Nadie ha expiado el pecado como Él, porque era la misma pureza”. Nosotros estamos recibiendo ahora copiosamente los frutos de aquel amor de Jesús en la Cruz. Sólo nuestro “no querer” puede hacer baldía la Pasión de Cristo.
Muy cerca de Jesús está su Madre, con otras santas mujeres. También está allí Juan, el más joven de los Apóstoles. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su madre: “Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa”. Jesús, después de darse a sí mismo en la última Cena, nos da ahora lo que más quiere en la tierra, lo más precioso que le queda. Le han despojado de todo. Y Él nos da a María como Madre nuestra.
Este gesto tiene un doble sentido. Por una parte se preocupa de la Virgen, cumpliendo con toda fidelidad el cuarto Mandamiento del Decálogo. Por otra, declara que Ella es nuestra Madre. “La Santísima Virgen avanzó también en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo de pie” (Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús, agonizante en la Cruz, como madre al discípulo, en quien todos estamos representados.
Con María, nuestra Madre, nos será más fácil, y por eso le cantamos con el himno litúrgico: “¡Oh dulce fuente de amor!, hazme sentir tu dolor para que llore contigo. Hazme contigo llorar y dolerme de veras de sus penas mientras vivo; porque deseo acompañar en la cruz, donde le veo, tu corazón compasivo. Haz que me enamore su cruz y que en ella viva y more…”

LA VIGILIA PASCUAL
El domingo, día del Señor
En esta noche el Señor resucitó e inauguró para nosotros en su carne, la vida en que no hay muerte. Cuando aquellas mujeres que lo amaban vinieron a su sepulcro, en su busca, supieron por los ángeles que había ya resucitado durante la noche. El Mesías, prenda de nuestra resurrección, ¡Ha Resucitado! Esta será para nosotros una ley eterna hasta el fin del mundo. Por tanto, es paso de Cristo de este mundo al Padre; de la muerte a la vida; de la derrota y el fracaso a la victoria definitiva. Es el paso del cristiano de la muerte del pecado a la vida de Dios; de las tinieblas a la luz; de la esclavitud a la libertad; de la condición de siervo a la del Hijo. Por esto llamamos a Cristo, «nuestra Pascua»: «Cristo, nuestra Pascua, se inmoló (1 Co 5,7). Él fue para nosotros el paso único y el puente definitivo para pasar nosotros al Padre.
¡Ha Resucitado! Es lo que celebramos esta noche. Y la liturgia se vuelca en ello con toda la exuberancia de signos: fuego, luz, agua, Palabras, cantos, flores. Todo es vida. Todo proclama la resurrección de Jesús. Todo, esta noche es un grito de fiesta. Todo se puede resumir en una palabra significativa, que se canta con toda el alma.- ¡ALELUYA! Del hebreo Hallelú-Yah, significa: alaben, con sentido de júbilo, y Yah, que es abreviación de Yahvé (el Señor). Significa: ¡Alaben al Señor! La Iglesia en su culto la ha usado desde el principio, como aparece en el Apocalipsis (19,4). En la liturgia el Aleluya es manifestación del culto cristiano que prorrumpe en la solemnidad de la Pascua y se repite en la cincuentena pascual.
La palabra «vigilia», aquí tiene un sentido propio: «una noche en vela». La Vigilia Pascual supone que «pasamos en vela la noche en que el Señor resucitó»: es la madre de todas las vigilias. Es la Solemnidad de las Solemnidades, la noche primordial de todo el año. Más importante que la Navidad, que también tiene su celebración nocturna. La Pascua de Resurrección es la primera de todas las solemnidades cristianas, y la raíz y el fundamento de todas ellas. Estamos en la cumbre de la Historia de la Salvación y en el centro y corazón de toda la liturgia cristiana. Cristo ha resucitado, según las Escrituras (1 Co 15,4). Este es el núcleo central de la predicación apostólica, del kerigma primitivo (Hch 2, 24-32; 3, 5; 4, 10, 33, 34; Lc 24,46). Y el fundamento de la fe cristiana (1 Co 15,1 7). La Resurrección de Jesús, tal como Pedro la proclama ante los primeros gentiles convertidos (Hch 10,36-43), es el «acontecimiento-síntesis», que abarca e ilumina la totalidad del Misterio de Cristo. La resurrección de Cristo inaugura el tiempo de la «nueva-creación» en el mundo (Rm 1,4; 2 Co 13,4; Flp 2,9-10), y en nosotros (Rm 6,4; Co 5,1 7; 1 P 1,3-4).
Pascua es la fiesta de la alegría, del triunfo, de la vida: en contraste con las tristezas de los días pasados, el recordar y revivir la tragedia del Calvario y el escándalo de la Cruz, hoy nos llena de alegría de la primavera cristiana en la que nacemos a una nueva existencia, a una nueva vida (Rm 6,4). Pascua es la fiesta de la luz. Este cirio cuya luz nos ilumina, es el símbolo de Cristo, luz de los hombres y del mundo (Jn 1,4.9; 8,12). Ese lucero encendido en la noche de Pascua «no volverá a conocer ocaso» (Pregón pascual). Pascua es la fiesta de la libertad: La humanidad estaba encadenada a los pies del peor de los amos, era esclava del pecado (Rm 6,17-18), pero ahora por la Resurrección de Cristo, «libres del pecado y siervos de Dios, tienen por fruto la santificación y por fin, la vida eterna» (Rm 6,22).
El día del Señor. «La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón ‘día del Señor’ o domingo» (SC 106). Aquí es donde toda la comunidad de los fieles encuentra al Señor resucitado que los invita a su banquete (Cfr. Jn 21,12; Lc 24,30): El día del Señor, el día de la resurrección, el día de los cristianos, es nuestro día. Por eso es llamado día del Señor: porque es en este día cuando el Señor subió victorioso junto al Padre (Cfr. S. JERÓNIMO, pasch).
El domingo es el día por excelencia de la asamblea litúrgica, en que los fieles “deben reunirse para, escuchando la Palabra de Dios y participando en la eucaristía, recordar la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los ‘hizo renacer a la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos” (SC 106). Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del domingo de tu santa resurrección, decimos: Bendito es el día del domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación… la salvación del mundo… la renovación del género humano… en él el Cielo y la Tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de Luz. Bendito es el día del domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor” (Fangith, Oficio Siriaco de Antioquía, Vol. 6, 1º. parte del verano, p. 193, 2).

Domingo de la resurrección del Señor
Este Domingo es el tercer día del Triduo Pascual, que ha tenido en la Vigilia su punto culminante y, a la vez, el primer día de la Cincuentena Pascual, las siete semanas de celebración de la Pascua, que concluirá con Pentecostés, el nombre griego del “día quincuagésimo”.
Pascua es el día que hizo el Señor, el día grande, la solemnidad de las solemnidades, el día rey, el día primero, día sin noche, tiempo sin tiempo, edad definitiva, primavera de primaveras… pasión inusitada. La Resurrección es la verdad fundamental del cristianismo y el motivo y garantía de nuestra esperanza.
El concilio Vaticano II enseña que “la Iglesia celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón ‘día del Señor’ o domingo’ (SC 106). En efecto, durante el tiempo pascual la Iglesia vuelve a contemplar este inefable misterio con su pensamiento, con su reflexión, y sobre todo con su oración. Más aún, vuelve a ello cada domingo del año, porque cada domingo es una pequeña pascua, que recuerda y representa la muerte y resurrección de Jesús. Así, la Pascua no es un episodio aislado, sino que está unido a nuestro destino y a nuestra salvación. La Pascua es una fiesta muy nuestra que nos afecta interiormente, porque, como dice San Pablo: “Cristo fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación” (Rom. 4, 25). Así la suerte de Cristo se convierte en la nuestra, su pasión se convierte en la nuestra y su resurrección en nuestra resurrección.
Para los primeros cristianos la participación en las celebraciones dominicales constituía la expresión natural de su pertenencia a Cristo, de la comunión con su Cuerpo místico, en la gozosa espera de su vuelta gloriosa. Esta pertenencia se manifestó de manera heroica en la historia de los mártires de Abitina, que afrontaron la muerte, exclamando: ‘Sine dominico non possumus’, es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir.
¡Cuánto más hoy es preciso reafirmar el carácter sagrado del día del Señor y la necesidad de participar en la misa dominical! El contexto cultural en que vivimos, a menudo marcado por la indiferencia religiosa y el secularismo que ofusca el horizonte de lo trascendente, no debe hacernos olvidar que el pueblo de Dios, nacido del acontecimiento pascual, debe volver a él como a su fuente inagotable, para comprender cada vez mejor los rasgos de su identidad y las razones de su existencia. El concilio Vaticano II, después de indicar el origen del domingo, prosigue así: “En este día los fieles deben reunirse para, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la pasión, resurrección y gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los hizo renacer a la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos” (SC 106).
El domingo fue elegido por Cristo mismo, que en aquel día, “el primer día de la semana”, resucitó y se apareció a los discípulos (cf. Mt 28, 1; Mc 16, 9; Lc 24, 1; Jn 20, 1. 19; Hch 20, 7; 1 Co 16, 2), apareciéndose de nuevo “ocho días después” (Jn 20, 26). El domingo es el día en el que el Señor resucitado se hace presente a los suyos, los invita a su mesa y los hace partícipes para que ellos, unidos y configurados con él, puedan rendir el culto debido a Dios. Necesitamos recobrar el valor del Domingo, necesitamos profundizar cada vez más en la importancia del ‘día del Señor’. La Eucaristía es el pilar fundamental del domingo y de toda la vida del cristiano: en cada celebración eucarística dominical se realiza la santificación del pueblo cristiano, hasta el domingo sin ocaso, día del encuentro definitivo de Dios con sus criaturas.
Recuperemos el sentido cristiano del domingo. Ojalá que el ‘día del Señor’, que podría llamarse también el ‘señor de los días’, cobre nuevamente todo su relieve y se perciba y viva plenamente en la celebración de la Eucaristía, raíz y fundamento de un auténtico crecimiento de la comunidad cristiana (cf. PO 6).
Oh Jesús, vencedor de la muerte y del pecado, tuyos somos y tuyos queremos ser: nosotros y nuestras familias y cuanto tenemos de más querido y precioso, en los ardores de la juventud, en la prudencia de la edad madura, en los inevitables desconsuelos y renuncias de la vejez incipiente y ya avanzada: siempre tuyos.
Y danos tu bendición, y derrama en todo el mundo tu paz, oh Jesús, como lo hiciste al reaparecer por vez primera en la mañana de Pascua a tus más íntimos, y como seguiste haciéndolo en las sucesivas apariciones en el Cenáculo, junto al lago, en el camino: No tengan miedo, Yo estoy con ustedes todos los días.
Que por intercesión de Nuestra Señora de la Soledad, el domingo, cada domingo, sea para nosotros el gran día, que saltemos de gozo y de alegría, que no se aparte nunca de nuestra memoria y que sea el comienzo de una vida de esperanza y de amor, de luz y de salvación.

sábado, 16 de abril de 2011

Domingo de Ramos, segunda lectura


DOMINGO DE RAMOS

Fil 2, 6-11

(Cfr. Juan Pablo II, XIV Jornada mundial de la juventud, 28 de marzo de 1999)

“Cristo se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2, 8).

La celebración de la Semana santa comienza con el ‘¡Hosanna!’ de este domingo de Ramos, y llega a su momento culminante en el ‘¡Crucifícalo!’ del Viernes Santo. En efecto, hoy la liturgia de la Palabra proclama, que Jesús se entregó voluntariamente a su pasión (cf. Jn 10, 18). Él libremente aceptó la voluntad del Padre, con infinito amor a los hombres.

Jesús llevó nuestros pecados a la cruz, y nuestros pecados llevaron a Jesús a la cruz: fue triturado por nuestras culpas (cf. Is 53, 5). Nosotros, nuestros pecados hicieron morir a Jesús: el proceso y la pasión de Jesús continúan en el mundo actual, y los renueva cada persona que, cayendo en el pecado, prolonga el grito: “No a éste, sino a Barrabás. ¡Crucifícalo!”.

Al contemplar a Jesús en su pasión, vemos como en un espejo los sufrimientos de la humanidad, así como nuestras situaciones personales. Cristo, aunque no tenía pecado, tomó sobre sí lo que el hombre no podía soportar: la injusticia, el mal, el pecado, el odio, el sufrimiento y, por último, la muerte. En Cristo, Hijo del hombre humillado y sufriente, Dios ama a todos, perdona a todos y da el sentido último a la existencia humana.

Nos encontramos aquí…, para recoger este mensaje del Padre que nos ama. Podemos preguntarnos: ¿qué quiere de nosotros? Quiere que, al contemplar a Jesús, aceptemos seguirlo en su pasión, para compartir con él la resurrección. En este momento nos vienen a la memoria las palabras que Jesús dijo a sus discípulos: “El cáliz que yo voy a beber, también ustedes lo beberán y serán bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado” (Mc 10, 39). “Si alguno quiere venir en pos de mí, (…) tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16, 24-25).

lunes, 11 de abril de 2011

Reflexiones del evangelio de cada día. Quinta semana de Cuaresma


Quinta semana
Lunes
Jn 8, 1-11
Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra. Jesús es novedad de vida para el que le abre el corazón y, reconociendo su pecado, acoge su misericordia, que salva. En esta página evangélica, el Señor ofrece su don de amor a la adúltera, a la que ha perdonado y devuelto su plena dignidad humana y espiritual. Lo ofrece también a sus acusadores, pero su corazón permanece cerrado e impermeable.
Aquí el Señor nos invita a meditar en la paradoja que supone rechazar su amor misericordioso. Es como si ya comenzara el proceso contra Jesús, que reviviremos dentro de pocos días en los acontecimientos de la Pasión: ese proceso desembocará en su injusta condena a muerte en la cruz. Por una parte, el amor redentor de Cristo, ofrecido gratuitamente a todos; por otra, la cerrazón de quien, impulsado por la envidia, busca una razón para matarlo. Acusado incluso de ir contra la ley, Jesús es ‘puesto a prueba’: si absuelve a la mujer sorprendida en flagrante adulterio, se dirá que ha transgredido los preceptos de Moisés; si la condena, se dirá que ha sido incoherente con el mensaje de misericordia dirigido a los pecadores.
Pero Jesús no cae en la trampa. Con su silencio, invita a cada uno a reflexionar en sí mismo. Por un lado, invita a la mujer a reconocer la culpa cometida; por otro, invita a sus acusadores a no substraerse al examen de conciencia: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra” (Jn 8, 7).
“El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra” (Jn 8, 7). Esta respuesta autorizada, a la vez que nos recuerda que el juicio pertenece sólo al Señor, nos revela la verdadera intención de la misericordia divina, que deja abierta la posibilidad del arrepentimiento, y muestra un gran respeto a la dignidad de la persona, que ni siquiera el pecado quita: “Anda, y en adelante no peques más” (Jn 8, 11). Las palabras conclusivas del episodio indican que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta del mal cometido y viva.
Martes
Jn 1, 28-30
Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo soy. En la expresión “YO SOY”, que Jesucristo utiliza al referirse a su propia persona, encontramos un eco del nombre con el cual Dios se ha manifestado a Sí mismo hablando a Moisés (cf. Ex 3, 14).
El “YO SOY” de Cristo indica la Preexistencia divina del Verbo-Hijo, el Emmanuel, el “Dios con nosotros”. “YO SOY” significa pues, también “Yo estoy con vosotros” (cf. Mt 28, 20). “Salí del Padre y vine al mundo” (Jn 16, 28), “...a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). En este sentido el Hijo del hombre “es verdadero Dios: Hijo de la misma naturaleza del Padre, que ha querido estar “con nosotros” para salvarnos.
Cristo: verdadero Dios y verdadero Hombre. “YO SOY” como nombre de Dios indica la Esencia divina, cuyas propiedades o atributos son: la Verdad, la Luz, la Vida, y lo que se expresa también mediante las imágenes del Buen Pastor o del Esposo. Aquel que dijo de Sí mismo: “Yo soy el que soy” (Ex 3, 14), se presentó también como el Dios de la Alianza, como el Creador y, a la vez, el Redentor, como el Emmanuel: Dios que salva. Todo esto se confirma y actúa en la Encarnación de Jesucristo, y de modo preeminente en su pasión, muerte y resurrección y ascensión.
Miércoles (Jn 8, 31-42)
Si el Hijo les da la libertad, serán realmente libres. “Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda época, también de nuestra época, con las mismas palabras: “Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Jn 8, 32). Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. También hoy, después de dos mil años, Cristo aparece a nosotros como Aquel que trae al hombre la libertad basada sobre la verdad...” (n. 12).
“Para ser libres nos libertó Cristo” (Ga 5, 1). La liberación traída por Cristo es una liberación del pecado, raíz de todas las esclavitudes humanas. Dice san Pablo: “ustedes, que eran esclavos del pecado, han obedecido de corazón a aquel modelo de doctrina al que fueron entregados, y liberados del pecado, se han hecho esclavos de la justicia” (Rm 6, 17). La libertad es, pues, un don y, al mismo tiempo, un deber fundamental de todo cristiano: “Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavos...” (Rm8, 15), exhorta el Apóstol.
En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a “la esclavitud del pecado” (cf Rm 6, 17).
Por tanto, los diez mandamientos son la ley de la libertad: no una libertad para seguir nuestras ciegas pasiones, sino una libertad para amar, para elegir lo que conviene en cada situación, incluso cuando hacerlo es costoso.
Jueves (Jn 8, 51-59)
Su padre Abraham se regocijaba con el pensamiento de verme. En su vida terrena, Jesús manifestó claramente la conciencia de que era punto de referencia para la historia de su pueblo. A quienes le reprochaban que se creyera mayor que Abraham por haber prometido la superación de la muerte a los que guardaran su palabra (cf. Jn 8, 51), respondió: “Su padre Abraham se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró” (Jn 8, 56). Así pues, Abraham estaba orientado hacia la venida de Cristo. Según el plan divino, la alegría de Abraham por el nacimiento de Isaac y por su renacimiento después del sacrificio era una alegría mesiánica: anunciaba y prefiguraba la alegría definitiva que ofrecería el Salvador.
Al igual que Abraham, Jacob y Moisés, también David remite a Cristo. Es consciente de que el Mesías será uno de sus descendientes y describe su figura ideal. Cristo realiza, en un nivel trascendente, esa figura, afirmando que el mismo David misteriosamente alude a su autoridad, cuando, en el salmo 110, llama al Mesías «su Señor» (cf. Mt 22, 45; y paralelos).
Así, pues, Cristo está presente, de modo particular, en la historia del pueblo de Israel, el pueblo de la Alianza. Esta historia se caracteriza específicamente por la espera de un Mesías, un rey ideal, consagrado por Dios, que realizaría plenamente las promesas del Señor. A medida que esta orientación se iba delineando, Cristo revelaba progresivamente su rostro de Mesías prometido y esperado, permitiendo vislumbrar también rasgos de agudo sufrimiento sobre el telón de fondo de una muerte violenta (cf. Is 53, 8).
La esperanza cristiana lleva a plenitud la esperanza suscitada por Dios en el pueblo de Israel, y encuentra su origen y su modelo en Abraham, el cual, «esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones” (Rm 4, 18).

Viernes
Jn 10,31-42
Intentaron apoderarse de Él, pero se les escapó de las manos. La escena tiene lugar cuando Jesús se paseaba en el templo, por el llamado pórtico de Salomón. En este escenario, un día de la fiesta de la Dedicación, los fariseos, lo rodean, lo estrechan así en un círculo para forzarle a una respuesta.
El problema de los fariseos es que éstos nunca lo aceptaron como hijo de Dios; pero Jesús pese a todo les habla de la intimidad que tiene con su Padre: El que me ha visto a mí (como Hijo), ha visto al Padre. El Padre, que mora en mí, hace sus obras. Creedme, que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí; al menos, creedlo por las obras.
Jesús volvió a ir al otro lado del Jordán, Y en ese lugar muchos creyeron en él. Y queriendo apoderarse de Él, se salió de sus manos. No había llegado su hora. El mismo logró evadir aquello, porque una vez más, la grandeza de Jesús, se impone.
Antes de la hora elegida por el designio divino, los enemigos de Jesús no pueden apoderarse de Él. Muchas veces intentaron detenerlo o asesinarlo, pero todo sería en su Hora. Más que la hora de sus enemigos, la hora de la pasión es, pues, la hora de Cristo, la hora del cumplimiento de su misión.
Hoy día, nos encontramos también con muchos enemigos de Jesús, y al no tener argumentos que oponer, persiguen sus enseñanzas. Así es como día a día, la Iglesia recibe ataques. Esto, lejos de separarnos de Dios, debe unirnos aún más a El. En la adversidad, es cuando se demuestra si actuamos por amor a Dios.

Sábado
Jn 11, 45-56
Jesús debía morir para congregar a los hijos de Dios, que estaban dispersos. El Evangelio de san Juan, ante la situación del pueblo de Dios en aquel tiempo, ve en la muerte de Jesús la razón de la unidad de los hijos de Dios: “Iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (11, 51-52). En efecto, la Carta a los Efesios enseñará que “derribando el muro que los separaba por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la enemistad”, de lo que estaba dividido hizo una unidad (cf. 2, 14-16).
La unidad de toda la humanidad herida es voluntad de Dios. Por esto Dios envió a su Hijo para que, muriendo y resucitando por nosotros, nos diese su Espíritu de amor. La víspera del sacrificio de la Cruz, Jesús mismo ruega al Padre por sus discípulos y por todos los que creerán en El para que sean una sola cosa, una comunión viviente.
¿Cómo es posible permanecer divididos si con el Bautismo hemos sido “inmersos” en la muerte del Señor, es decir, en el hecho mismo en que, por medio del Hijo, Dios ha derribado los muros de la división? La división “contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y perjudica a la causa santísima de predicar el Evangelio a toda criatura” (Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratrio, sobre el ecumenismo, 1).
Jesús mismo antes de su Pasión rogó para « que todos sean uno » (Jn 17, 21). Esta unidad, que el Señor dio a su Iglesia y en la cual quiere abrazar a todos, no es accesoria, sino que está en el centro mismo de su obra.

sábado, 9 de abril de 2011

V domingo de cuaresma/A Segunda Lectura


V Domingo de Cuaresma/A
El Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en ustedes
En nuestro camino cuaresmal hemos llegado al quinto domingo, caracterizado por el evangelio de la resurrección de Lázaro (cf. Jn 11, 1-45). Se trata del último gran "signo" realizado por Jesús, después del cual los sumos sacerdotes reunieron al sanedrín y deliberaron matarlo; y decidieron matar incluso a Lázaro, que era la prueba viva de la divinidad de Cristo, Señor de la vida y de la muerte. La resurrección de Lázaro es como un “preludio” de la cruz y de la resurrección de Cristo, en el que se cumple la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte.
La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.
San Pablo, en la Segunda Lectura (Rom. 8, 8-11) nos insiste en esa gran promesa del Señor para nosotros: nuestra futura resurrección. “El Espíritu del Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros”. Y es por ello que “el Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, también dará vida a nuestros cuerpos mortales, por obra de su Espíritu que habita en nosotros”. Y san Ireneo afirma que es a la misma Iglesia, a la que ha sido confiado el “Don de Dios... Es en ella donde se ha depositado la comunión con Cristo, es decir, el Espíritu Santo, arras de la incorruptibilidad, confirmación de nuestra fe y escala de nuestra ascensión hacia Dios... (San Ireneo, haer. 3, 24, 1).
El Espíritu Santo es el don por excelencia que hace el Redentor a quien se acerca a Él con fe; el Espíritu, como nos enseña el Apóstol, es la ley del hombre redimido. Como fruto de la redención, el Espíritu Santo ha puesto su morada, realizando una presencia de Dios mucho más íntima que la que se deriva del acto creador. Efectivamente, no se trata sólo del don de la existencia, sino del don de la misma vida de Dios, de la vida vivida por las tres Personas de la Trinidad.
La persona humana, en cuyas profundidades espirituales ha puesto su morada el Espíritu, queda iluminada en su inteligencia y movida en su voluntad, para que comprenda y cumpla “la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta” (Rom 12, 2):
Escribe Santo Tomás: “Es propio de la amistad agradar a la persona amada en lo que ella quiere... Por tanto, ya que nosotros hemos sido hechos por el Espíritu amigos de Dios, el mismo Espíritu nos impulsa a cumplir sus mandamientos” (Summa contra Gentes, IV, 22).
Leemos en san Ireneo: “Así como de la harina no se puede hacer, sin agua, un solo pan, así tampoco nosotros, que somos muchos, podemos llegar a ser uno en Cristo Jesús, sin el agua que viene del cielo” (Adv. haer. III, 17, 1). El agua que viene del cielo y transforma el agua del bautismo es el Espíritu Santo.
San Agustín afirma: “Lo que nuestro espíritu, o sea, nuestra alma, es para nuestros miembros, lo mismo es el Espíritu Santo para los miembros de Cristo, para el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia” (Serm. 267, 4).
El Espíritu que habita en la Iglesia, mora también en el corazón de cada fiel: es el dulcis hospes animae. Entonces, seguir un camino de conversión y santificación personal significa dejarse ‘guiar’ por el Espíritu (cf. Rm 8, 14), permitirle obrar, orar y amar en nosotros. “Hacernos santos” es posible, si nos dejamos santificar por aquel que es el Santo, colaborando dócilmente en su acción transformadora. Por eso, al ser el objetivo prioritario del jubileo el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos, “es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración cada vez más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado” (Tertio millennio adveniente, 42).
Podemos considerar que el Espíritu Santo es como el alma de nuestra alma y, por tanto, el secreto de nuestra santificación. ¡Permitamos que su presencia fuerte y discreta, íntima y transformadora, habite en nosotros!, porque es el requisito para tener parte en la resurrección de Cristo, pues el que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo, En cambio, si el Espíritu del Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en ustedes, entonces el Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, también les dará vida a sus cuerpos mortales, por obra de su Espíritu, que habita en ustedes.

lunes, 4 de abril de 2011

Reflexiones del evangelio de cada día. Cuarta semana de Cuaresma


Cuarta semana
Lunes
Jn 4, 43-54
Vete, tu hijo ya está sano. En Caná, donde Jesús había hecho el primer milagro del agua convertida en vino, hace otro ‘milagro’ curando al hijo del funcionario real de Cafarnaúm. Y en este hecho aparece un extranjero con mayor fe que los judíos, pues el evangelio nos dice que el hombre creyó en las palabras de Jesús y se puso en camino.
Jesús no necesita bajar a Cafarnaún. El comunica vida con su palabra, que es palabra creadora y llega a todo lugar. Jesús dice al funcionario que se ponga en camino y vea la realidad de lo sucedido.
San Juan subraya que el hombre creyó en la palabra, sin poderla verificar... Se fue. No tenía ninguna prueba. Tenía solamente “la Palabra” de Jesús. En este hecho vemos las verdaderas condiciones de la fe: su confianza en la persona de Cristo, suficientemente firme para resistir los reproches de Jesús y para aceptar volver a casa sin ningún signo visible, únicamente con las incisivas palabras: “anda, tu hijo está curado”.
Siempre, pero de modo especial en este tiempo, hoy, Jesús nos quiere devolver la salud, como al hijo del funcionario real, y liberarnos de toda tristeza y esclavitud, y perdonarnos todas nuestras faltas. Si tenemos fe. Si queremos de veras que nos cure (cada uno sabe de qué enfermedad nos tendría que curar) y que nos llene de su vida. A los que en el Bautismo fuimos sumergidos en la nueva existencia de Cristo -ese sacramento fue una nueva creación para cada uno- Jesús nos quiere renovar en esta Pascua.

Martes
Jn 5, 1-3. 5-6
Al momento el hombre quedó curado. En el evangelio de hoy, Jesús cura a un paralítico, cerca de la piscina. Es el tema del agua viva, agua que vive y da la Vida.
Así como en los tiempos de Jesús había muchos enfermos, que necesitaban de médico, hoy también existimos muchos enfermos de todo tipo. En efecto, el hombre está enfermo y necesita ser sanado. Entonces, el amor de Dios viene al mundo hecho hombre, como un médico. Encuentra al mundo convertido en un gran hospital; pasa por entre los enfermos y los observa a todos. No todos tienen la enfermedad de modo visible en su cuerpo, pero sí que todos están, por lo menos, espiritualmente enfermos. El paralítico del evangelio de hoy es una imagen de la realidad de nuestro hombre de hoy, está enfermo de muerte.
“Los enfermos, dice Cristo, son los que tiene necesidad de médico” (Lc 5-31). No hay por qué hacer distinción entre enfermedad y salud del cuerpo por un lado y enfermedad y salud del alma por el otro. La verdadera enfermedad del hombre es la que le aparta de Dios, el pecado, y éste ataca a todo el ser, tanto al cuerpo como al alma; ambos precisan por igual de la acción salvífica de Dios.
Cuaresma, oportunidad maravillosa de gracia, de purificación. Tiempo especial de encuentro con la salvación de Dios. A los cristianos no nos está permitido “echar en saco roto esta gracia”. Necesitamos que Jesús nos cure y compartir nuestra vida purificada con quienes esperan nuestra ayuda. Esa es la mejor contraseña para anunciar “que ha sido Jesús quien a sanado nuestra vida enferma”.
Miércoles (Jn 5, 17-30)
Como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así el Hijo da la vida a quien él quiere dársela. Jesús “es la vida” porque es verdadero Dios. Lo afirma Él mismo antes de resucitar a Lázaro, cuando dice a la hermana del difunto, Marta: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). Y la vida que Jesucristo nos da es agua viva que sacia el anhelo más profundo del hombre y lo introduce, como hijo, en la plena comunión con Dios. Esta agua viva, que da la vida, es el Espíritu Santo.
Jesús ha venido para dar la respuesta definitiva al deseo de vida y de infinito que el Padre celeste, creándonos, ha inscrito en nuestro ser. En la culminación de la revelación, el Verbo encarnado proclama: “Yo soy la vida” (Jn 14, 6), y también: “Yo he venido para que tengan vida” (Jn 10, 10). ¿Pero qué vida? La intención de Jesús es clara: la misma vida de Dios, que está por encima de todas las aspiraciones que pueden nacer en el corazón humano (cf. 1 Co 2, 9). Efectivamente, por la gracia del bautismo, nosotros ya somos hijos de Dios (cf. 1 Jn 3, 1-2).
Jesús, al obtenernos el don del Espíritu con el sacrificio de su vida, cumple la misión recibida del Padre: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Por tanto, el hombre, que es una criatura, puede “tener vida”, la puede incluso “dar”, de la misma manera que Cristo “da” su vida para la salvación del mundo (cf. Mc 10, 45 y paralelos). Cuando Jesús habla de este “dar la vida” se expresa como verdadero hombre
Así, La vida del cristiano que, mediante la fe y los sacramentos, está íntimamente unido a Jesucristo es una “vida en el Espíritu”. En efecto, el Espíritu Santo, derramado en nuestros corazones (cf. Ga 4, 6), se transforma en nosotros y para nosotros en “fuente de agua que brota para la vida eterna” (Jn 4, 14).
Jueves (Jn 5, 31-47)
El que los acusa es Moisés, en quien ustedes han puesto su esperanza. Jesús en la discusión con los miembros de su pueblo, en el templo de Jerusalén, se refiere al testimonio de Moisés: “Porque si creyeran a Moisés, me creerían a mí: porque él escribió de mí” (Jn 5, 46). El Evangelista san Juan resume con las siguientes palabras la contribución de ambos a la historia de la salvación: “Porque la ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo” (Jn 1, 17).
Cristo es y se presenta como Salvador. No considera su misión juzgar a los hombres según principios solamente humanos (cf. Jn 8, 15). Él es, ante todo, el que enseña el camino de la salvación y no el acusador de los culpables. “No piensen que vaya yo a acusaros ante mi Padre; hay otro que los acusará, Moisés..., pues de mí escribió él” (Jn 5, 45-46). ¿En qué consiste, pues, el juicio? Jesús responde: “El juicio consiste en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn 3, 19).
Dos cosas podemos sacar para nuestra vida:
Los judíos ‘creían’ en las escrituras; sin embargo, Jesús les dice que no creen en los escritos de Moisés porque creen a su modo, interpretan a su manera. Igualmente, nosotros no podemos interpretar la Escritura a nuestra manera.
Buscar testimoniar, a imagen de Cristo, nuestra fe en Él con nuestro modo de ver y vivir nuestra vida, como aconsejaba san José María: “Te aconsejo que no busques la alabanza propia, ni siquiera la que merecerías: es mejor pasar oculto, y que lo más hermoso y noble de nuestra actividad, de nuestra vida, quede escondido... ¡Qué grande es este hacerse pequeños!: “toda la gloria, para Dios” (Forja 1051).
Viernes
Jn 7, 1-2. 10.25-30
Trataban de capturar a Jesús, pero aún no había llegado su hora. Muchas veces, en diversas circunstancias, Jesús recurre al término ‘hora’ para indicar un momento fijado por el Padre para el cumplimiento de la obra de salvación.
Habla de ella ya desde el inicio de su vida pública, en el episodio de las bodas de Caná, cuando su madre le pide que ayude a los esposos que pasan apuros por la falta de vino. Para indicar el motivo por el que no quiere aceptar esa petición, Jesús dice a su madre: “Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2, 4).
Se trata, ciertamente, de la hora de la primera manifestación del poder mesiánico de Jesús. Es una hora particularmente importante, como da a entender la conclusión de la narración evangélica, en la que se presenta el milagro como «el comienzo» o ‘inicio’ de los signos (cf. Jn 2, 11). Pero en el fondo aparece la hora de la pasión y glorificación de Jesús (cf. Jn 7, 30; 8,20; 12,23-27; 13, 1; 17, 1; 19, 27), cuando lleve a término la obra de la redención de la humanidad.
La gran hora en la historia del mundo es el tiempo en que el Hijo da la vida, haciendo oír su voz salvadora a los hombres que están bajo el dominio del pecado. Es la hora de la redención. Toda la vida terrena de Jesús está orientada hacia esa hora. En un momento de angustia, poco tiempo antes de la pasión, Jesús dice: “Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!” (Jn 12, 27).
La hora suprema es, en definitiva, el tiempo en que el Hijo va al Padre. En ella se aclara el significado de su sacrificio y se manifiesta plenamente el valor que dicho sacrificio reviste para la humanidad redimida y llamada a unirse al Hijo en su regreso al Padre. Así, ahora nosotros, preparémonos para la hora de la pascua, para la hora final de nuestra pascua eterna, que tarde o temprano llegará.
Sábado
Jn 7, 40-53
¿Acaso de Galilea va a venir el Mesías? El pueblo anda dividido sobre quién es Jesús: “Al oír estas palabras, algunos de la multitud decían: Ciertamente éste es el Profeta. Decían otros: -Éste es el Mesías. Pero aquéllos replicaban: ¿Es que el Mesías va a venir de Galilea? ¿No dice aquel pasaje que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?” (vv. 40-42).
Esta pregunta indica que Nazaret no era muy estimada por los hijos de Israel. A pesar de esto, Jesús fue llamado “Nazareno” (cf. Mt 2, 23), o también “Jesús de Nazaret de Galilea” (Mt 21, 11), expresión que el mismo Pilato utilizó en la inscripción que hizo colocar en la cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos” (Jn 19, 19).
La gente llamó a Jesús “el Nazareno” por el nombre del lugar en que residió con su familia hasta la edad de treinta años. Sin embargo, sabemos que el lugar de nacimiento de Jesús no fue Nazaret, sino Belén, localidad de Judea, al sur de Jerusalén.
De todo esta, nosotros estamos confesemos nuestra fe en Jesús, y proclamemos que Jesús de Nazaret, es el enviado por el Padre, el Salvador del mundo; “el camino, la verdad y la vida”, que nos dice ‘no tengan miedo: sean mis testigos en todas partes, hagan el bien, esa es la señal de que son de los míos’.

sábado, 2 de abril de 2011

IV Domingo de Cuaresma/A Sobre la segunda lectura


IV Domingo de Cuaresma/A
Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz
Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz. Cristo es la luz; Cristo es el camino, la verdad y la vida. Siguiendo a Cristo, teniendo fija en Cristo la mirada de nuestro corazón, encontramos el buen camino.
La persona, la vida y la Palabra de de Cristo es una lámpara para nuestro camino, por eso, no podemos seguir otro camino, solo a aquel que nos ha dicho, “yo soy tu luz, yo soy tu camino: en efecto, Toda la pedagogía de la liturgia cuaresmal concreta este mandato fundamental: seguir a Cristo, es decir, ante todo, ponernos a la escucha de su palabra. La participación en la liturgia dominical, semana tras semana, es necesaria para todo cristiano, precisamente para entrar en una verdadera familiaridad con la palabra divina: el hombre no sólo vive de pan, o de dinero, o de la carrera, o del trabajo; vive de la palabra de Dios, que nos corrige, nos renueva y nos muestra los verdaderos valores fundamentales del mundo y de la sociedad. La palabra de Dios es el auténtico maná, el pan del cielo, que nos enseña a vivir en la luz, a ser plenamente hombres o mujeres.
Seguir a Cristo implica cumplir sus mandamientos, resumidos en el doble mandamiento de amar a Dios y al prójimo como a nosotros mismos. Seguir a Cristo significa tener compasión de los que sufren, amar a los pobres; también significa tener la valentía de defender la fe contra las ideologías; confiar en la Iglesia y en su interpretación y aplicación de la palabra divina a nuestras circunstancias actuales. Seguir a Cristo implica amar a su Iglesia, su cuerpo místico. Caminando así, encendemos lucecitas en el mundo, rasgamos las tinieblas de la historia.
La resurrección de Cristo no es simplemente el recuerdo de un hecho pasado. En la noche pascual, en el sacramento del bautismo, se realiza realmente la resurrección, la victoria sobre la muerte. Por eso, Jesús dice: “El que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y (...) ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5, 24). Y, en el mismo sentido, dice a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). Jesús es la resurrección y la vida eterna. En la medida en que estamos unidos a Cristo, ya hoy hemos “pasado de la muerte a la vida”, ya ahora vivimos la vida eterna, que no es sólo una realidad que viene después de la muerte, sino que comienza hoy en nuestra comunión con Cristo. Pasar de la muerte a la vida es, con el sacramento del bautismo, el núcleo real de la liturgia de la Pascua, a la que nos preparamos durante la cuaresma. Pasar de la muerte a la vida es el camino cuya puerta ha abierto Cristo y al que nos invita la celebración de las fiestas pascuales.
Lo que Jesús dijo a Adán en el Paraíso, en palabras de un antiguo canta bautismal, que describe el misterio del Sábado santo, con un coloquio de Cristo con Adán, nos lo dice a nosotros, tomando como base lo que san Pablo nos ha dicho en la Segunda lectura de su carta a los efesios, “levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”:
1) “Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: ‘Salgan’, y a los que estaban en tinieblas: ‘Sean iluminados’, y a los que estaban adormilados: A ti te mando: ‘despierta tú que duermes’, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el Abismo, (del pecado y de la muerte); “levántate de entre los muertos», pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.
2) Por ti yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al Abismo; por ti me he hecho hombre, ‘semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos’; por ti que fuiste expulsado del huerto he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado. Contempla los salivazos de mi cara que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas que he soportado para reformar de acuerdo con mi imagen tu imagen deformada.
3) Contempla los azotes en mis espaldas que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados que habían sido cargados sobre tu espalda. Contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero; por ti los he aceptado, que maliciosamente extendiste una mano al árbol.
4) Dormí en la cruz y la lanza atravesó mi costado por ti, que en el paraíso dormiste y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor del costado. Mi sueño te saca del sueño del Abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.
“Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz", "Despierta, tú que duermes... y Cristo será tu luz", nos dice hoy la Iglesia a todos. Despertémonos de nuestro cristianismo cansado, sin entusiasmo; levantémonos y sigamos a Cristo, la verdadera luz, la verdadera vida. Amén.

lunes, 28 de marzo de 2011

Reflexiones del evangelio de cada día


Tercera semana
Lunes (Lc 4, 24-30)
Como Elías y Eliseo, Jesús no ha sido enviado, sólo a los judíos. La universalidad de la redención realizada por Jesucristo, encuentra su contrapartida en la universalidad del pecado. Jesús es el Salvador de todos los hombres, todos necesitan salvación, y la salvación es ofrecida a todos gracias a Cristo.
San Pablo enseña que el Evangelio es “fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego” (Rm 1, 16). De hecho, Jesús quiere decir en hebreo: ‘Dios salva’; y en el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). Ya que es Jesús, el Hijo eterno hecho hombre, quien “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 219).
Jesús en otra ocasión dijo con toda claridad: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10, 15-16). La misión pastoral de Cristo es misión universal; no se limita a los hijos e hijas de Israel; en virtud del sacrificio de la cruz, abraza a todos los hombres y pueblos.
En el momento en el que se entrega, Cristo tiene clara conciencia del valor universal que posee su sacrificio. En el Gólgota ya están presentes espiritualmente los pueblos y las naciones de la tierra, llamados todos a la salvación. El Evangelio está destinado a todos los hombres, puesto que todos han sido redimidos por la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.
Se puede adivinar con facilidad que Jesucristo, hablando directamente a los hijos de Israel, indicaba la necesidad de la difusión del Evangelio y de la Iglesia y, gracias a esto, la extensión de la solicitud del Buen Pastor más allá de los límites del pueblo de la Antigua Alianza.
Martes (Mt 18, 21-35)
Si no perdonan de corazón a su hermano, tampoco el Padre celestial les perdonará a ustedes. Todos tenemos necesidad de ser perdonados por nuestros hermanos y, por tanto, todos debemos estar dispuestos a perdonar. Pedir y ofrecer perdón es una vía profundamente digna del hombre y, a veces, la única para salir de situaciones marcadas por odios y resentimientos. Por tanto, todos debemos estar dispuestos a perdonar y a pedir perdón.
Jesús proclamó durante toda su vida el perdón de Dios, pero, al mismo tiempo, añadió la exigencia del perdón recíproco como condición para obtenerlo. En el “Padrenuestro” nos invita a orar así “perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a loa nos ofenden” (Mt 6, 12). Con este “como”, pone en nuestras manos la medida con que seremos juzgados por Dios.
¿Cómo acercarse a la Eucaristía Sacramento del amor, si no hay perdón y verdadero amor? La paz que el Señor nos da, exige que perdonemos y que arranquemos de raíz el odio y el deseo de venganza, el muro que nos separa del hermano y también del Señor.
El periodo cuaresmal representa un tiempo propicio para profundizar mejor sobre la importancia del Sacramento de la reconciliación con Dios y con el prójimo: el Padre nos concede en Cristo su perdón y esto nos empuja a vivir en la caridad, considerando al otro no como un enemigo, sino como un hermano.
Miércoles
Mt 5, 17-19
El que cumpla y enseñe mis mandamientos, será grande en el Reino de los cielos. Cuando Dios habla, habla de cosas que son muy importantes para cada persona, para todas las personas de ayer, de hoy y de mañana. Y cumplir y enseñar la ley de Dios es la condición para obtener el don de la vida eterna, o sea, la felicidad que nunca termina. En efecto, los diez mandamientos y las bienaventuranzas hablan de verdad y bondad, de gracia y libertad: de todo lo que es necesario para entrar en el reino de Cristo.
Jesús en otro lugar del Evangelio dice a un joven: “Si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos” (Mt 19, 17). Cumplir y enseñar los mandamientos en nuestro mundo, es particularmente actual, porque muchos viven como si Dios no existiera. La tentación de organizar el mundo y la propia vida sin Dios, o contra Dios, sin sus mandamientos y sin el Evangelio. Y la vida humana y el mundo construidos sin Dios, al final se volverán contra el hombre. Diariamente vemos numerosas pruebas de esta verdad: se transgrede los mandamientos divinos, se abandona el camino trazado por Dios, y el mundo así se sumerge en la esclavitud del pecado y sabemos que “el salario del pecado es la muerte” (Rm 6, 23).
El pecado se opone al amor de Dios hacia nosotros y aleja de él nuestro corazón. El pecado es “el amor de sí llevado hasta el desprecio de Dios”, como dice san Agustín (De civitate Dei, 14, 28). El pecado es un gran mal, en sus múltiples dimensiones: comenzando por el original, pasando por todos los pecados personales de cada hombre, hasta los pecados sociales, los pecados que gravan sobre la historia de la humanidad entera.
Jesús al decirnos el que cumpla y enseñe mis mandamientos, será grande en el Reino de los cielos, nos está exhortando a que, muriendo al mal y al pecado, dejemos que nazca en nosotros el hombre nuevo, el hombre de Dios, que cumple y enseña sus mandamientos, porque la observancia de los mandamientos es la condición para alcanzar la vida eterna.
Jueves.
Lc 11, 14-23
El que no está conmigo, está contra mí. Si ayer se nos invitaba en el Evangelio a cumplir y enseñar los mandamientos para entrar y ser grandes en el Reino de los cielos, hoy hemos escuchado que es necesario también estar con Jesús: “El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, derrama” (Lc 11. 23).
Aquí tenemos el primer y fundamental mensaje que la Palabra de Dios nos transmite hoy a nosotros: Jesús nos llama a estar con Él, como María; estar ante Jesús Eucaristía, aprovechar, en cierto sentido, nuestras ‘soledades’ para llenarlas de esta Presencia, dar a nuestra vida de bautizados todo el calor de la intimidad con Cristo, el cual llena de gozo y da sentido a nuestra vida.
En la medida en que sintonicemos con la vida y persona de Jesús, lejos de estar contra Él, nos daremos cuenta de que ¡nuestro cristianismo es Cristo! ¡Es una Persona, es el Viviente! Encontrar a Jesús, amarlo y hacerlo amar: he aquí la vocación cristiana. María nos es entregada para ayudaros a entrar en una relación más auténtica, más personal con Jesús. Con su ejemplo, María nos enseña a posar una mirada de amor sobre aquel que nos ha amado primero. Por su intercesión, María plasma en nosotros un corazón de discípulos misioneros capaces de ponernos a la escucha del Hijo, que revela el auténtico rostro del Padre y la verdadera dignidad del hombre., el verdadero camino que lleva a la vida eterna.

Viernes (Mc 12, 28-34)
El Señor tu Dios, es el único Dios: ámalo: amar significa viajar, correr con el corazón hacia el objeto amado. Dice la Imitación de Cristo: el que ama corre, vuela, disfruta (I. III, cap. V, 4). Amar a Dios es, por tanto, viajar con el corazón hacia Dios. Los viajes del amor a Dios están contados en las vidas de los santos. Los santos han sido unos gigantes de la caridad: amaron a Dios como se ama a un padre y a una madre; ellos mismo fueron un padre para prisioneros, enfermos, huérfanos y pobres; ellos se consagraron enteramente a Dios, como a su único Dios.
El amor a Dios es un viaje misterioso: es decir, el corazón no lo emprende si Dios no toma la iniciativa primero. “Nadie, ha dicho Jesús, puede venir a mí si el Padre no le atrae” (Jn 6, 44). Se preguntaba San Agustín: y entonces ¿dónde queda la libertad humana? Pero Dios que ha querido y construido esta libertad, sabe cómo respetarla aun llevando los corazones al punto que Él se propone: Dios te atrae no sólo de modo que tú mismo llegues a quererlo, sino hasta de manera que gustes de ser atraído (San Agustín, In Io. Evang. Tr. 26, 4).
El Señor tu Dios, es el único Dios: ámalo, es decir, “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, y llevarás muy dentro del corazón todos estos mandamientos que yo hoy te doy. Incúlcaselos a tus hijos, y cuando estés en tu casa, cuando viajes, cuando te acuestes, cuando te levantes, habla siempre de ellos. Átatelos a tus manos, para que te sirvan de señal; póntelos en la frente entre tus ojos; escríbelos en los postes de tu casa y en tus puertas” (Deut. 6, 5-9)
Demasiado grande es Dios, demasiado merece Él ante nosotros, para que se le puedan echar, como a un pobre Lázaro, apenas unas migajas de nuestro tiempo, de nuestros bienes, de nuestro trabajo y de nuestro corazón. Es el bien infinito y será nuestra felicidad eterna: el dinero, los placeres y las venturas de este mundo comparados con Él, apenas son fragmentos de bien y momentos fugaces de felicidad. El Señor tu Dios, es el único Dios: ámalo.
Sábado (Lc 18, 9-14)
El publicano regresó a su caso justificado y el fariseo no. Con esta famosa parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar, Jesús llega a poner a un publicano anónimo como ejemplo de humilde confianza en la misericordia divina: mientras el fariseo hacía alarde de su perfección moral, “el publicano (...) no se atrevía ni a elevar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!’”. Y Jesús comenta: “les digo que este bajó a su casa justificado y aquel no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado” (Lc 18, 13-14). Los Evangelios nos presentan una auténtica paradoja: quien se encuentra aparentemente más lejos de la santidad puede convertirse incluso en un modelo de acogida de la misericordia de Dios, permitiéndole mostrar sus maravillosos efectos en su existencia.
Como el fariseo, también nosotros podríamos tener la tentación de recordar a Dios nuestros méritos. Pero, para subir al cielo, la oración debe brotar de un corazón humilde, pobre. Por tanto, nosotros en nuestra oración, hemos de dar gracias a Dios, no por nuestros méritos, sino por los dones que él os ha dado. Ante Dios hemos de reconocernos pequeños y necesitados de salvación, de misericordia; reconocer que todo bien viene de Él, y nunca por ningún motivo el mal. Así, pues, “el fariseo y el publicano” (cf Lc 18, 9-14), se refiere a la humildad del corazón que ora. “Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador”.
Jesús nos recomienda la oración humilde y sincera, porque sólo la oración humilde y sincera, penetra los cielos, ilumina la mente y purifica el corazón.

sábado, 26 de marzo de 2011

Homilías III domingo de Cuaresma/ Sobre la segunda lectura


III Domingo de Cuaresma/A
Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo
Las Lecturas de hoy nos hablan de “agua”: agua en pleno desierto brotando de una roca (Ex.17, 3-7), y agua de un pozo al que Jesús se acerca para dialogar con la Samaritana (Jn. 4, 5-42). Pero más que todo, nos hablan de un “agua viva”, que quien la bebe ya no necesita beber más, pues queda calmada toda su sed.
¿Cuál es esa agua que mana de Cristo y que promete a cada uno de nosotros? Es el agua viva de la Gracia, que es lo único que puede satisfacer nuestra sed de Dios. Por medio de la Gracia podemos vivir en intimidad con Dios, pues es Dios mismo viviendo en nosotros. Es Dios mismo ese manantial que, dentro de nosotros, no cesa de producir el “agua viva” que nos lleva a la vida eterna.
Por eso nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (Rom. 5, 1-2.5-8) que por Cristo “hemos obtenido la entrada al mundo de la gracia... para participar en la gloria de Dios”. Y esto es así pues, si nosotros respondemos a la Gracia, podemos llegar a la unión con Dios, primero en esta vida, y luego en el Cielo, para gozar de la gloria de Dios eternamente.
Ahora desde esta perspectiva, vamos a nuestro tema de hoy: Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo. En efecto, Infundido en nuestros corazones, el Espíritu Santo hace que sintamos de manera inefable al “Dios cercano” que Cristo nos ha revelado: “La prueba de que somos hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!" (Gal 4, 6). El es el verdadero custodio de la esperanza de todas las criaturas humanas y, de manera especial, de aquéllas que “poseen las primicias del Espíritu” y “anhelan la redención de su cuerpo” (cfr. Rm 8, 23).
Como proclama la Secuencia litúrgica de la Solemnidad de Pentecostés, en el corazón del hombre el Espíritu Santo se convierte en verdadero “padre de los pobres, dador de dones, luz de los corazones”, en agua viva que salta hasta la vida eterna; Él, en nuestro corazón, se vuelve “dulce huésped del alma” que da “descanso” en la fatiga, “reparo” en el “calor” del día, “consuelo” en las inquietudes, en las luchas y peligros de todo tiempo. Es el Espíritu que da al corazón humano la fuerza para afrontar las situaciones difíciles y para superarlas; es el que nos refresca en nuestras sequías, es el que rompe el corazón duro, para que se abra a la gracia del Padre y del Hijo.
Así, pues, en el Espíritu está la fuente del conocimiento y de la ciencia, y la fuente de la fuerza necesaria para dar testimonio de la verdad divina. En el Espíritu está también el origen de ese “sentido de la fe” sobrenatural que, según el Concilio Vaticano II (Lumen gentium, 12), es herencia del pueblo de Dios, como dice san Juan: “todos vosotros lo sabéis” (1 Jn 2, 20).
El agua simboliza la vida concedida por Dios a la naturaleza y a los hombres. Las sagradas Escrituras aplican este símbolo al espíritu, uniendo agua y Espíritu de Dios, cuando proclama este oráculo: “Derramaré agua sobre el sediento suelo, raudales sobre la tierra seca. Derramaré mi Espíritu sobre tu linaje... Crecerán como en medio de hierbas, como álamos junto a corrientes de aguas” (Is 44, 3-4). Así se señala el poder vivificante del Espíritu, simbolizado por el poder vivificante del agua. Y san Pablo nos dice que nosotros hemos sido beneficiados con este manantial cuando dice: “Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo”.
La sed de agua se presenta como semejante a la sed de Dios, tal como se lee en el libro de los Salmos: “Como jadea la cierva, tras las corrientes de agua, así jadea mi alma, en pos de ti, mi Dios. Tiene mi alma sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo podré ir a ver la faz de Dios?” (Sal 41/42, 2-3).
El agua es, finalmente, el símbolo de la purificación, como se lee en Ezequiel: “Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré” (Ez 36, 25). Así, Jesús nos presenta el agua como símbolo del Espíritu Santo cuando, un día de fiesta, exclame ante la muchedumbre: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí, como dice la Escritura. De su seno correrán ríos de agua viva”. Y el evangelista comenta: “Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado” (Jn 7, 37-39).
Verdaderamente “fuentes de agua viva salen del interior” del misterio pascual de Cristo, llegando a ser, en las almas de los hombres, como don del Espíritu Santo “fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4, 14). Este don proviene de un Dador bien perceptible en las palabras de Cristo y de sus Apóstoles: la Tercera Persona de la Trinidad.
Si nosotros, pueblo de Dios, si hacemos lo que Dios nos manda en esta cuaresma, sin duda que “beberemos esta agua espiritual”. Sin embargo, este manantial inacabable puede ser interrumpido por nosotros mismos cuando pecamos... Y, por otra gracia -gratis- adicional, esa fuente de agua viva que interrumpimos al pecar, puede ser recuperado con el arrepentimiento y la Confesión.

martes, 22 de marzo de 2011

ABRIL MES DE NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD


Nuestra Señora de la Soledad

FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD 2011
Patrona de la Diócesis de Irapuato
S. de CULTURA CRISTIANA
del 11 al 15 de abril

Temática:
Conociendo el templo, la casa y los proyectos parroquiales
8pm. Templo parroquial

NOVENARIO
Del 21 al 29 de abril

Diario:
1) S. Misa 11 y 7: 30
2) Rosario 6:30
Nota: Las peregrinaciones podrán asistir en uno de los horarios de Misa)

FIESTA 30 DE ABRIL

7 Mañanitas
8: Misa organizadores de la fiesta
12: Misa por los bienhechores
6: Matrimonio y asociación de NSS
7:30: Misa Promotores-devotos a NSS 6:30 Rosario

JUEVES SANTO 21
Misa Vespertina de la Cena del Señor

6:00 PM Templo Parroquial de Nuestra Señora de la Soledad
Con la Misa Vespertina inicia el Triduo Pascual. Se celebra la institución de la Eucaristía, del Sacerdocio y el Mandato del Señor sobre la caridad fraterna.

VIERNES SANTO 22
Celebración de la Pasión del Señor
9: 30am Viacrucis, Plaza de los fundadores
5:30 PM Templo Parroquial de Nuestra Señora de la Soledad
8 PM Hospitalito: Procesión del silencio
Constituye propiamente el primer día del Triduo Pascual. El viernes Santo es día de penitencia obligatorio para toda la Iglesia y por tanto hay que guardar en este día la abstinencia y el ayuno.

SÁBADO SANTO 23
10 a 17 Hrs. Paso bajo el manto de la Virgen
8: 30 PM Vigilia Pascual, Madre de todas las Vigilias: Templo Parroquial

Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando en la oración y el ayuno su resurrección.

DOMINGO DE PASCUA 24
ANTG
Rectorías de la parroquia
Jóvenes de Irapuato

“¡María no vive más que en Cristo y en función de Cristo!” (Rosarium Virginis Mariae 15)

LUNES 25
Decanatos de S. Fco. de asís y Señor del Hospital
Movimientos de la diócesis

«He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38)

MARTES 26
DECANATOS del S C de Jesús
y NS de Guadalupe
Medios de comunicación

La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar los ojos hacia Ella.

MIÉRCOLES 27
Decanatos de san Cayetano y NS de la Luz
Carpinteros y mueblerías de Irapuato

María es vínculo de amor que une a los hermanos redimidos de su Hijo.

JUEVES 28
PEREGRINACIÓN DE SACERDOTES
Combistas y taxistas

El sacerdocio, por ser ministerial, es preciso vivirlo en unión con la Madre, para que sea fecundo y salvífico, en todos sus aspectos (JUAN PABLO II, Mensaje, Jueves Santo, 1995, 8, 1)


VIERNES 29
11-6pm
Se pasa bajo el manto de la imagen de la Virgen
DECANATOS de NS de la Soledad y Stgo. Apóstol
Empresarios de Irapuato
La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar los ojos hacia Ella, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos.

lunes, 21 de marzo de 2011

Reflexiones del evangelio de cada día


Segunda semana de Cuaresma
Lunes
Lc 6, 36-38
Perdonen y serán perdonados. El camino que Jesús muestra a los que queremos ser sus discípulos es este: “No juzguen..., no condenen...; perdonen y serán perdonados...; den y se les dará; sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso” (Lc 6, 36-38). En estas palabras encontramos indicaciones muy concretas para nuestro comportamiento diario de creyentes.
Esto es difícil de realizar por nosotros mismos, sólo con la gracia de Dios podemos vivir estos mandatos de Jesús: El Espíritu Santo inspira la generosidad del perdón por las ofensas recibidas y por los daños sufridos; y capacita para ello a los fieles a quienes, como Espíritu de luz y de amor, hace descubrir las exigencias ilimitadas de la caridad.
Nuestra “oración es escuchada cuando en ella se encuentra también el perdón de las ofensas. La oración es fuerte cuando está llena de la fuerza de Dios” (Exposición 4, 14-16), y desde esta fuerza podremos perdonar y ser perdonados.
Los cristianos, perdonados y dispuestos a perdonar, nos convertimos en testigos creíbles de la esperanza. En este tiempo de cuaresma la Iglesia nos ofrece el don del perdón y la reconciliación, como presupuesto para llegar bien dispuestos a la Pascua.
Pongamos especial atención en la celebración del sacramento de la penitencia. En la recepción frecuente de este sacramento, el cristiano experimenta la misericordia divina y, a su vez, se hace capaz de perdonar y amar.
Y no olvidéis que nadie es capaz de perdonar a los demás, si antes no ha hecho a su vez la experiencia de ser perdonado. Así, la confesión se presenta como el camino real para llegar a ser verdaderamente libres, experimentando la comprensión de Cristo, el perdón de la Iglesia y la reconciliación con nuestros hermanos.
Martes
Mt 23, 1-12
Los fariseos dicen una cosa y hacer otra. Los obispos, sacerdotes, profesores, padres y madres de familia que dicen y no hacen, nos asemejan a los escribas y fariseos, de quienes el mismo divino Redentor, si bien dejando en su lugar la autoridad de la palabra de Dios, que legítimamente anunciaban, hubo de decir, censurándolos, al pueblo que le escuchaba: “En la cátedra de Moisés se sentaron los escribas y fariseos; cuantas cosas, pues, les digan, guárdenlas y háganlas todas; pero no hagan conforme a sus obras”.
El predicador, los padres, que no traten de confirmar con su ejemplo la verdad que predican destruirán con una mano lo que edifican con la otra. Muy al contrario, los trabajos de los pregoneros del Evangelio, y de todos los hombres constituidos en autoridad, que antes de todo hemos de atender seriamente a nuestra propia santificación, Dios los bendice largamente.
Por tanto, nuestra condición de seguidores de Cristo no ha de inducirlos a llevar como dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida espiritual, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida secular, es decir, la vida de la familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso apostólico. Al contrario, hemos de esforzarse para que la coherencia entre vida y fe sea un elocuente testimonio de la verdad del mensaje cristiano, y no seamos como los fariseos, que dicen una cosa y hacer otra.
Miércoles
Mt 7, 17-20
Lo condenarán a muerte. Cristo predicaba entonces en la provincia de Galilea y sabiendo que los judíos le preparaban ya la cruz, dijo a sus discípulos: Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los letrados y lo condenarán a muerte (Mt 20, 18). De esta forma fue a la muerte de cruz no violentamente sino de buena gana y, una vez que Pilato pronunció la sentencia, no apeló ni se excusó sino que, cargando con la cruz, salió al sitio llamado “de la Calavera” (Jn 19, 17).
Sabemos que todo mal, tanto de las almas, como es el pecado de ignorancia y las malas inclinaciones, cuanto el mal de los cuerpos, como la enfermedad, sufrimientos, trabajos y por último la muerte, todo procede del pecado de Adán y Eva. Cristo vino a reparar todos los males, tanto del alma como del cuerpo. Por eso dicen las antiguas historias de los griegos que el leño de la cruz era del mismo tronco del árbol del que Adán recibió el fruto. Así que cuando Cristo estuvo colgado en el árbol de la cruz es cuando el fruto fue devuelto al árbol y se repararon todos los males que se siguieron del pecado de Adán.
Así el Triduo pascual nos hace participar sacramentalmente en el misterio de Aquel que, por nuestra salvación, se hizo “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 8), y se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que lo siguen (cf. Hb 5, 9). Además, nos impulsa a hacer de nuestra vida una existencia pascual, caracterizada por la renuncia al mal y por gestos de amor, hasta la última meta: la muerte física, que para el cristiano es la consumación de su vivir diariamente el misterio pascual con la esperanza de la resurrección.
Desde esta perspectiva, sigamos el camino de preparación a la Pascua, que nos recuerda que Cristo se ha convertido en fuente de salvación eterna para los hombres, ofreciéndose personalmente en el altar de la cruz.
Jueves
Lc 16, 10-31
Recibiste bienes en esta vida y Lázaro, males; ahora él goza del consuelo, mientras que tú sufres tormentos. En esta parábola del Evangelio del rico y Lázaro, la Escritura nos dice que rico epulón vive en el lujo y en el egoísmo, y cuando muere, acaba en el infierno. El pobre, en cambio, que se alimenta de las sobras de la mesa del rico, a su muerte es llevado por los ángeles a la morada eterna de Dios y de los santos.
El rico personifica el uso injusto de las riquezas por parte de quien las utiliza para un lujo desenfrenado y egoísta, pensando solamente en satisfacerse a sí mismo, sin tener en cuenta de ningún modo al mendigo que está a su puerta.
Aquí vemos cómo la iniquidad terrena es vencida por la justicia divina: después de la muerte, Lázaro es acogido “en el seno de Abraham”, es decir, en la bienaventuranza eterna, mientras que el rico acaba “en el infierno, en medio de los tormentos”. Se trata de una nueva situación inapelable y definitiva, por lo cual es necesario arrepentirse durante la vida; hacerlo después de la muerte no sirve para nada. Mientras estamos en este mundo, debemos escuchar al Señor, que nos habla mediante las sagradas Escrituras, y vivir según su voluntad; si no, después de la muerte, será demasiado tarde para enmendarnos.
Que la Virgen María nos ayude a aprovechar el tiempo de Cuaresma para escuchar y poner en práctica esta palabra de Dios. Nos obtenga que estemos más atentos a los hermanos necesitados, para compartir con ellos lo mucho o lo poco que tenemos.

Viernes 25 de marzo, La anunciación de María (Lc 1, 26-38)
Concebirás y darás a luz un hijo. El 25 de marzo se celebra la solemnidad de la Anunciación de la Bienaventurada Virgen María. La Anunciación, narrada al inicio del evangelio de san Lucas, es un acontecimiento humilde, oculto, nadie lo vio, nadie lo conoció, salvo María, pero al mismo tiempo decisivo para la historia de la humanidad. Cuando la Virgen dijo su ‘sí’ al anuncio del ángel, Jesús fue concebido y con él comenzó la nueva era de la historia, que se sellaría después en la Pascua como “nueva y eterna alianza”.
La anunciación a María inaugura la plenitud de “los tiempos” (Gal 4, 4), es decir el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a aquel en quien habitará “corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). La respuesta divina a su “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34) se dio mediante el poder del Espíritu: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lc 1, 35).
El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es “el Señor que da la vida”, haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya.
El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María es ‘Cristo’, es decir, el ungido por el Espíritu Santo (cf. Mt 1, 20; Lc 1, 35), desde el principio de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los pastores (cf. Lc 2,8-20), a los magos (cf. Mt 2, 1-12), a Juan Bautista (cf. Jn 1, 31-34), a los discípulos (cf. Jn 2, 11). Por tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará ‘cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder’ (Hch 10, 38).
Para ser la Madre del Salvador, María fue “dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante” (LG 56). El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como ‘llena de gracia’ (Lc 1, 28). En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios. En 1854 el Papa Pío IX enseñó que: ...la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano (DS 2803).
Hoy es el día de la Anunciación a María, el día en el que recordamos que María, con su ‘sí’, abrió el cielo, de forma que ahora Dios es uno de nosotros. Pidamos que la belleza, la belleza de la gracia de Dios, no cese jamás de atraer nuestros corazones.
Sábado (Lc 15, 1-3.11-32)
Tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida. El sacramento de la penitencia encierra en sí la restitución de la vida sobrenatural de gracia o el aumento de ella cuando se trata sólo de pecados veniales. Por eso, el misterio de este sacramento sólo se puede entender plenamente a la luz de la parábola del hijo pródigo: “Convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado” (Lc 15, 32).
El ministro del sacramento de la penitencia es maestro, es testigo y, con el Padre, es padre de la vida divina restituida y destinada a la plenitud. En la reconciliación sacramental el perdón de Dios es fuente de renacimiento espiritual y principio eficaz de santificación, hasta la cima de la perfección cristiana.
El sacramento de la reconciliación no sólo confiere objetivamente el perdón de Dios al pecador arrepentido que lo recibe con las debidas condiciones, sino que también le concede, por el amor misericordioso del Padre, gracias especiales, que le ayudan a superar las tentaciones, a evitar recaídas en los pecados de los que se ha arrepentido, y a hacer, en cierta medida, una experiencia personal de ese perdón.
La cuaresma es una invitación a la conversión es un impulso a volver a los brazos de Dios, Padre tierno y misericordioso, a fiarse de él, a abandonarse a él como hijos adoptivos, regenerados por su amor. La Iglesia, con sabia pedagogía, repite que la conversión es ante todo una gracia, un don que abre el corazón a la infinita bondad de Dios. Él mismo previene con su gracia nuestro deseo de conversión y acompaña nuestros esfuerzos hacia la plena adhesión a su voluntad salvífica. Así, convertirse quiere decir dejarse conquistar por Jesús (cf. Flp 3, 12) y ‘volver’ con él al Padre.

sábado, 19 de marzo de 2011

Hmilía II Domingo de Cuaresma/A. Segunda lectura


II Domingo de Cuaresma/A
Cristo ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad por medio del evangelio
Cristo ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad por medio del evangelio, dice san Pablo en la segunda lectura, luz que vemos en el rostro de Cristo, que nos muestra la plenitud de su divinidad, en el monte de la transfiguración. La luz de la cual Jesús nos habla en el Evangelio es la de la fe, don gratuito de Dios, que viene a iluminar el corazón y a dar claridad a la inteligencia: “Pues el mismo Dios que dijo: ‘De las tinieblas brille la luz’, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo" (2 Co 4, 6).
Por eso adquieren un relieve especial el mensaje de Pablo, Cristo ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad, conectadas a las palabras de Jesús cuando explica su identidad y su misión: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Para todos aquellos que al principio escucharon a Jesús, al igual que para nosotros, el símbolo de la luz evoca el deseo de verdad y la sed de llegar a la plenitud del conocimiento que están impresos en lo más íntimo de cada ser humano.
El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz, nos conduce por el buen camino y nos compromete a ser sus testigos. Con el nuevo modo que Él nos proporciona de ver el mundo y las personas, nos hace penetrar más profundamente en el misterio de la fe, que no es sólo acoger y ratificar con la inteligencia un conjunto de enunciados teóricos, sino asimilar una experiencia, vivir una verdad; es la sal y la luz de toda la realidad (cf. Veritatis splendor, 88).
En el contexto actual de secularización, en el que muchos de nuestros contemporáneos piensan y viven como si Dios no existiera, o son atraídos por formas de religiosidad irracionales, la santería y los cultos satánicos y ante el acoso de los evangélicos…, es necesario que reafirmemos que la fe es una decisión personal que compromete toda nuestra existencia. ¡Que el Evangelio sea el gran criterio que guíe las decisiones y el rumbo de nuestra vida! De este modo nos haremos discípulos misioneros con los gestos y las palabras y, dondequiera que trabajemos y vivamos, seamos signos del amor de Dios, testigos creíbles de la presencia amorosa de Cristo. No lo olvidemos que “Cristo ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad por medio del evangelio, no podemos ocultar la luz del resucitado que brilla en nuestros corazones.
Cristo se ha convertido para nosotros en luz y salvación a partir de nuestro bautismo, en el que se nos aplican los frutos infinitos de su bendita muerte en la cruz: entonces viene a ser “para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención” (1 Cor 1, 30). Por esto san Pablo exhorta a los corintios y hoy a nosotros, así: “Brille la luz del seno de las tinieblas, es el que ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para que demos a conocer la ciencia de la gloria de Dios en el rostro de Cristo” (2 Cor 4, 6; cf. He 9, 3). Hoy vemos cómo esta luz brilla particularmente sobre el rostro de Cristo transfigurado como el “Señor de la gloria” (1 Cor 2, 8). Los que han entregado su vida a Jesús, como un cheque en blanco, lo han hecho porque han encontrado en El la luz y la salvación, como dice el salmista: “El Señor es mi luz y mi salvación”.
A partir de esta reflexión podemos cuestionarnos: ¿Cómo es mi seguimiento de Jesús?, ¿brilla en mi la luz de la vida y la inmortalidad del Evangelio?, ¿Lo conocemos verdaderamente?, ¿Sabemos y estamos convencidos a fondo de que El es la luz y la salvación de nosotros y de todos? Este es un conocimiento que no se improvisa; es necesario que nos ejercitemos en él cada día, en las situaciones concretas en que está colocado cada uno de nosotros. Se puede, al menos, intentar y llevar esta luz al propio ambiente de vida y de trabajo y dejar que ella ilumine todas las cosas para mirarlo todo a través de esa luz. Sea cual sea nuestra respuesta a estos cuestionamientos, creo que todos podemos y demos gritar desde lo hondo de nuestro espíritu, como el salmista: “Señor, Tú eres mi lámpara; Dios mío, Tú alumbras mis tinieblas” (Sal 18 [17], 29).
De este y de todo el mensaje de Cristo, evangelio del Padre, queda excluido, vale para todos: efectivamente, Cristo es luz y salvación de las familias, de los cónyuges, de la juventud, de los niños, y luego también de todos los que se ejercitan en varias profesiones: para los políticos, para el Obispo y para el párroco, para los médicos, los empleados, los obreros; cada una de estas categorías, aunque sea en modos diversos, en todos Cristo ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad por medio del evangelio, desde el día de nuestro bautismo.
Mas para que todo esto se logre bien es preciso que cada uno sepa decir al Señor con humildad y con deseo: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119 [118], 105). Esto es posible si juntamente, y a fondo, se vive la vida parroquial, donde cada uno recibe alimento de todos y todos concurren al crecimiento de cada uno.
Que la Virgen María de “La Soledad” nos ayude a vivir como hijos de la luz para ser testigos cada día en nuestra vida de que Cristo es nuestra luz, nuestra esperanza y nuestra vida.

viernes, 18 de marzo de 2011

“Al Cesar lo que es del Cesar… en la restauración de la Soledad”



HONOR A QUIEN HONOR MERECE
LA VERDAD NOS HARÁ LIBRES

PROYECTOS Y OBRAS REALIZADAS EN LA
PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD
CARTA INFORMATIVA

En vista de que hay algunos blogs o webs felicitando al Municipio de Irapuato por la restauración de este Templo parroquial de Nuestra Señora de la Soledad, presento la siguiente información. Y al mismo tiempo hacer honor a quien honor merece: La feligresía y devotos de “la Soledad” y su servidor, que nos hemos quitado el pan de la boca para aportar nuestros donativos.
ANTECEDENTES
I. PRESENTACIÓN DEL TEMPLO DE NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD
El templo que fue edificado en la segunda mitad del siglo XVIII, es un monumento fruto de la generosidad de los habitantes de Irapuato. El INMUEBLE es UNA obra barroca, QUE SE DIO DE una humilde y pequeña capilla de 1710. Su planta FUE DE ORIGEN cristocéntrica, de una sola nave y en forma de cruz latina que remata HOY CON presbiterio Y RETABLO NEOCLÁSICO, ÁREA DE AMPLIACIÓN A LA LLEGADA DEL COLEGIO DE LA ENSEÑANZA EN EL SIGLO XIX.
El pórtico de la fachada principal fue mutilado por el edificio adosado a ellas, PERDIENDO TOTALMENTE SU ATRIO, PORTADA Y ACCESO CENTRAL; sobresale por sus excepcionales proporciones y armonía su torre CAMPANARIO, ejemplo del INICIO DE LO QUE FUE LA MANIFESTACIÓN barroca EN IRAPUATO.
Las modificaciones MAS RELEVANTES que ha sufrido este EDIFICIO FUERON entre LOS AÑOS DE 1800 y 1804 MOMENTO EN EL QUE SE CONSTRUYO EL Colegio de la Enseñanza, obra con la cual quedaron unidos los edificios. Por necesidades de espacio, en 1839, el presbiterio fue recorrido hacia atrás, movimiento que produjo un cuerpo adicional, la ampliación de tres metros en relación al anchor de la nave y la elevación mayor de su bóveda con respecto a los originales del Templo.
La nave y cruceros están cubiertos por bóvedas de crucería y soportadas transversalmente en cada eje de columnas adosadas a los muros por arcos TRILOBULADOS DE estilo mudéjar.
Los retablos originales del presbiterio y altares laterales, fueron destruidos en el siglo XIX y, en su lugar, levantados otros con el estilo neoclásico.
Es notable la calidad del retablo mayor en el presbiterio y de su excelsa representación iconológica e iconográfica del tema que representa la Soledad de María. Todo él es el calvario, su drama: en la parte superior se encuentra Cristo crucificado; abajo el corazón de María traspasado por los siete dolores o dagas; DESPUÉS, nos encontramos con María en su Soledad, a los pies de su Hijo; en los nichos laterales se ve a María Magdalena y a María, la madre de Santiago, compañeras inseparables de María; y finalmente, un poco más abajo y a los lados, las figuras de San Juan, el discípulo compañero, y José de Arimatea sosteniendo la cruz del descendimiento; un coro de ángeles cubre y acompaña el pasaje bíblico por todo el presbiterio.


II. LA RESTAURACIÓN DEL TEMPLO
Parece, por los estudios y lo que se lleva de restauración, que no había tenido en su existencia una restauración como la que ahora se esta ejecutando. Su situación era deplorable, como aún se observa en los espacios que faltan por restaurar.
II. LA RESTAURACIÓN DEL TEMPLO
Parece, por los estudios y lo que se lleva de restauración, que no había tenido en su existencia una restauración como la que ahora se está ejecutando. Su situación era deplorable, como aún se observa en los espacios que faltan por restaurar.
1. Lo que hemos realizado de restauración de parte del Párroco y la feligresía de Irapuato “en forma directa”:
1) azoteas,
2) pintura interior,
3) piso,
4) cableado e iluminación,
5) restauración del camerino e imagen de Nuestro Señora de la Soledad,
6) bancas y muebles de la celebración del culto.
7) Las dos subidas al coro: piso, muros, plafón y escaleras
8) Piso de la sacristía
9) Capilla de las criptas
10) Entrada a la Sacristía
11) Restauración de las puertas
12) Fachada Norte, por Plaza de los Fundadores, la del Poniente
13) La arquería anexada al Templo Parroquial, que estuviera en poder de Presidencia
Esto con un costo de cerca de $ 6, 500 000.oo (dos millones y medio de pesos), con ayuda de la feligresía y del Sr. Cura Dr. Félix Castro Morales
1.2. Por parte del Municipio, Gobierno del Estado de Guanajuato y CONACULTA se ha realizado:
1) la restauración de la torre,
2) la cúpula,
3) fachada oriente en ejecución.
4) 1º.) 1º.) El tambor de la cúpula ($ 75,000.00).
5) Fachadas Sur por Ramón Corona y anexos.
6) 3º.) Hachada Poniente, frente a Revolución, justo por donde fue la casa parroquial, expropiada in illo tempore.
El costo de estas acciones ha sido de $ 2, 200, 000.oo: $ 600, 000.oo, Instituo Estatal de la Cultura $ 300, 000.oo y CONACULTA (1, 300,000+ 200,000, mal empleados por el Municipio de Irapuato.

III. PETICIONES HECHA AL MUNICIPIO DE IRAPATO, QUE HASTA LA FECHA NO HAN SIDO RESPONDIDAS, NI SI NI NO (NINIS)
1. LA INDEPENDENCIA DE LOS DOS EDIFICIOS
Al ser regresados “los arcos” al Templo Parroquial, no he querido proceder a independizar las puertas y los demás frentes, sólo separados por barandales, hasta tomar su parecer sobre la forma de hacerlo. Al respecto sugiero, que se haga de tal forma que dé armonía y solidez al conjunto de cada edificio… y no haya interrupciones en las actividades de las dos instituciones: El Palacio Municipal y el templo de nuestra Señora de la Soledad con sus anexidades.

2. LIBERACIÓN DE ELEMENTOS NO PROPIOS AL TEMPLO PARROQUIAL

1) Instalaciones eléctricas pertenecientes a Presidencia
Hay varios elementos, que no están en su área, como son:
 un interruptor de luz anexado a una ventana en el espacio que da a al sacristía;
 Por Ramón Corona hay unos conductos adosados a los muros propios del templo, y otros al patio del campanario;
 Un transformador en la azotea del salón anexo al Templo, anexado a la fachada norte…
 y delimitar el cableado en poder de la presidencia, que conduce a lo que será la Casa Cural.

2) La fuente anexada a la fachada norte del templo
Sobre este tema, tanto el que suscribe, como la Dirección General del Patrimonio Inmobiliario Federal, en la persona del Ing. José María Gómez Villaseñor; Así mismo la maestra restauradora Teresa Vargas Hernández, hemos considerado la urgente necesidad de reubicar esta fuente YA QUE PRIMERO ESTA obstruyendo LA FACHADA TRASERA Y entrada a la capilla de las criptas, SEGUNDO, ES CLARÍSIMO que no entorna el adosamiento de un inmueble de finales del siglo XX con otro del siglo XVIII, Y POR ÚLTIMO, LO MAS GRAVE, SI A ESTO SUMAMOS EL GRADO DE DETERIOROS QUE PROVOCA LA HUMEDAD EN LA PIEDRA DE LA CONSTRUCCIÓN, AL NO CONTAR CON UN MANTENIMIENTO CONSTANTE, LO ESTA CONDENANDO A LA DISGREGACIÓN DE LA CANTERÍA PERDIENDO PIEZAS FUNDAMENTALES, QUE DE NO ATENDERSE, EN CORTO TIEMPO, REPERCUTIRÁ ESTRUCTURALMENTE EN EL EDIFICIO, POR LO QUE RESULTA “EMERGENTE”, ALEJAR LO MAS PRONTO POSIBLE EL AGUA DE NUESTROS MUROS ESTRUCTURALES.
Desconocemos sobre que justificación se permitió la construcción de una fuente que en todo momento está atentando contra el inmueble, es por todos conocido que la humedad es uno de los AGENTES BIOLOGICOS más comunes Y GRAVES en este tipo de construcciones y resulta ilógico colocar un elemento que alberga agua y mantiene en constante contacto una de las fachadas laterales y techos del edificio.
Esperamos de Usted y sus colaboradores nos puedan dar una respuesta, que beneficie al patrimonio inmobiliario federal; dando una resolución favorable, ya que es de nuestra preocupación y compromiso el buscar la salvaguarda del edificio por estar bajo mi custodia; en efecto, resulta muy penoso ver los esfuerzos de la comunidad, por juntar donativos para la restauración del inmueble, y al analizar este punto, resulta desmotivante ver que lo que con tanto esfuerzo estamos restaurando, a pocos meses nuevamente vuelve a hacia atrás.
Con servidores públicos como Usted, que transitan por el estado de derecho, se puede llegar lejos y bien. Mucho le agradeceré su respuesta a esta presentación de los proyectos con el inmueble en cuestión, que todo sea por el progreso del Estado de Derecho, y para el resguardo del patrimonio inmobiliario federal.
Dios le conceda completo éxito en la tarea que ha iniciado como nuestro Presidente Municipal en nuestro querido Irapuato.
Le ofrezco mi afecto y oración.

Irapuato, Gto. 9 de noviembre de 2009
Cordialmente
Sr. Cura Dr. Félix Castro Morales
“Mexicanos: encaminemos ahora todos nuestros esfuerzos a obtener y a consolidar los beneficios de la paz. Bajo sus auspicios, será eficaz la protección de las leyes y de las autoridades para los derechos de todos los habitantes de la República. Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz” (Benito Juárez, 15 de julio de 1867).
Finalizo con esta frase: El adulador es ministro del demonio, doctor de la soberbia, destructor del arrepentimiento, aniquilador de las virtudes, maestro del error. San Juan Climaco.