lunes, 8 de agosto de 2011

Reflexiones del evangelio de cada día. Décima novena semana del tiempo ordinario (I)


Décima novena semana
Lunes, (con motivo de la concelebración con mis hermanos sacerdotes de ordenación)
Mateo 17, 22-27
Lo matarán, pero resucitará. Los hijos están exentos de impuestos. El Evangelio de Mateo nos dice que al ser solicitado a Jesús y sus discípulos en Cafarnaúm el pago del tributo para el templo, éste ordena a Pedro que pesque un pez, en el cual encontrará la moneda del tributo.
Si nos pusiéramos a contar los sueños irrealizados, los proyectos personales sin concluir, las ideas que no han tomado forma, llenaríamos muchas cajas.
El joven que no concluye sus estudios, la chica que no se decide a formar un hogar, el empresario que no se atreve con un negocio, el profesor que no se actualiza, son ejemplos de personas que no llegan a realizarse en sus vidas.
Y tú, ¿quieres conseguir el ideal que te has propuesto en la vida?, ¿estás dispuesto a pagar el “impuesto” que supone el sacrificio de luchar hasta lograr el objetivo?
Nuestra vocación, a semejanza de la de Pedro, está orientada a pagar un tributo o impuesto por Cristo y por nosotros mismos, ideal que está propuesto en nuestra vida, ser signo y transparencia de Jesús en su ser y hacer de cada día: Muerte y resurrección, con nuestro morir y resucitar de de nuestra vida y misión que se nos ha encomendado.
“Paga por mi y por ti”, no es otra cosa que ser alter Christus y actuar en la persona de Cristo, Sí el sacerdote es, un hombre tomado de entre los hombres, pero constituido en bien de los hombres cerca de las cosas de Dios; su misión no tiene por objeto las cosas humanas y transitorias, por altas e importantes que parezcan, sino las cosas divinas y eternas. Los intereses de Jesús son los del sacerdote, su vida nuestra vida, sus amores nuestros amores.
“Paga por ti y por mí”, es decir, Jesús nos da la potestad sobre su mismo cuerpo, poniéndolo presente en nuestros altares y ofreciéndolo por manos del mismo Jesucristo como víctima infinitamente agradable a la divina Majestad. Admirables cosas son éstas -exclama con razón San Juan Crisóstomo-, admirables y que nos llenan de estupor.
“Paga por ti y por mí”: el sacerdote está constituido dispensador de los misterios de Dios en favor de los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo, siendo, como es, ministro ordinario de casi todos los Sacramentos, que son los canales por donde corre en beneficio de la humanidad la gracia del Redentor.
“Paga por ti y por mí”, así nos dijo hace treinta años, a nosotros ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios, con aquel ministerio de la palabra, de los sacramentos y de la comunidad, que es un derecho inalienable y a la vez un deber imprescindible.
“La gracia y los carismas sacerdotales, por el hecho mismo de ser participación en el sacerdocio de Cristo, tienen relación con María, como la vocación, la consagración sacerdotal y las gracias necesarias para el ejercicio de su ministerio. El Señor ha concedido estas gracias queriendo también la asociación y la intercesión de María. Por esto se puede decir que el grado de configuración sacerdotal con Cristo tiene estrecha relación con el grado de espiritualidad mariana del sacerdote”.
Cristo nos invita a dar lo necesario de nuestra parte, para no quedarnos a medias, entre sueños e ilusiones, sino que nos ofrece el camino de su cruz, que es el sacrificio, para llevar nuestro ideal de vida hasta el fin.
Martes
Mateo 18, 1-5. 10. 12-14
Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños. El Señor Jesús amaba a los niños y quería que estuvieran cerca de él. Muchas veces los bendecía e incluso, como en el evangelio de hoy, los ponía como ejemplo a los adultos. Decía que el reino de Dios pertenece a los que se asemejan a los más pequeños (cf. Mt 18, 3). Naturalmente eso no significa que los adultos deban volver a hacerse niños desde todos los puntos de vista, sino que su corazón debe ser puro, bueno, confiado, y estar lleno de amor.
Desde que el Hijo de Dios se hizo niño, todos los pueblos cristianizados han tenido un gran respeto hacia los niños, sobre todo los niños inocentes. Cuántas instituciones han sido creadas por la Iglesia Católica para instruir, proteger y santificar a las niñas y a los niños. La influencia cristiana de 20 siglos acerca del respeto del niño es tan grande, que cuando los pueblos se alejan de la fe católica, el respeto y cariño para los niños subsiste en la opinión pública. Sin embargo, hoy el niño está conducido hacia lo que puede causar su desgracia durante esta vida y su perdición en la eternidad; el niño está siendo afectado en su fe, en su inocencia y en su inteligencia mediante una educación sin Dios, sin valores eternos, sin filosofía sana y realista.
Por esto, los padres tienen una misión muy importante con sus hijos: educarlos y formarlos en la fe para que sean según el corazón de Jesús. Al llevar un día a sus hijos para ser bautizados, se comprometieron a educarlos en la fe de la Iglesia y en el amor a Dios. Los padres son los primeros que tienen el derecho y el deber de educar a sus hijos, en sintonía con sus propias convicciones. No cedan este derecho a las instituciones, que pueden transmitir a los niños y a los jóvenes la ciencia indispensable, pero no les pueden dar el testimonio de la solicitud y el amor de los padres.
Si quieren defender a sus hijos contra la corrupción y el vacío espiritual, que el mundo presenta con diversos medios e incluso en los programas escolares, rodeados del calor de su amor paterno y materno, denles el ejemplo de la vida cristiana, para crecer “en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52).
Miércoles
Juan 12, 24-26
El que me sirve será honrado por mi Padre. En el Evangelio hemos escuchado la parábola del grano que muere y da mucho fruto, del cristiano que muere a sí mismo y se poner al servicio del Reino. Dios ama al que da con alegría. Darse significa que, como el grano de trigo, uno tiene que caer en la tierra y pudrirse para dar fruto. Es imposible darse sin que nos cueste nada. Al contrario, el entregarse verdaderamente a las órdenes de Dios para construir el reino cuesta, pero el que llama a servirle, pone lo que nos hace falta para la entrega total.
Nuestra fe, Jesús resucitado, conocida y aceptado sin condiciones, nos hace ser personas emprendedoras y dinámicas. La fe dinamiza a ser testigos de Cristo en la vida diaria, en la caridad diaria, en el esfuerzo diario, en la comprensión diaria, en la lucha diaria por ayudar a los demás, por hacer que los demás se sientan más a gusto, más tranquilos, más felices. Ahí es donde está, para todos nosotros, el modo de ser testigos de Cristo.
Jesucristo nos dice en el Evangelio que todo aquél que se busca a sí mismo, acabará perdiéndose, porque acaba quedándose nada más con el propio egoísmo, no se realiza en sus dones y carismas, se empobrece, porque la fe se robustece dándola. La riqueza de la Iglesia es su capacidad de entrega, su capacidad de amor, su capacidad de vivir en caridad en cada uno de sus miembros. Una Iglesia que viviera nada más para sí misma, para sus intereses, para sus conveniencias sería una Iglesia que estaría viviendo en el egoísmo y que no estaría dando un testimonio de fe. Y un cristiano que nada más viva para sí mismo, para lo que a uno le interesa, para lo que uno busca, sería un cristiano que no está dando fruto, sería un cristiano a medias. No tengamos miedo, pongámonos al servicio de Dios, que nos dice: El que me sirve será honrado por mi Padre.
Jueves
Mateo 18, 21-35; 19,1-2ª
No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete; es decir, que el cristiano debe estar pronto a perdonar las ofensas recibidas del prójimo, sin limitación ni fin. Y el Divino Maestro enseñaba todavía más:”cuando oren, si tienen alguna cosa contra alguien, perdónenle para que su Padre, que está en los cielos, perdone también a ustedes sus pecados”. Y no basta ni siquiera no devolver mal por mal. “Sabemos, añadía Jesús, que fue dicho: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero Yo les digo: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian”. Esta es la doctrina cristiana del amor y del perdón, doctrina que erige a veces grandes sacrificios.
Por esto en la oración del Padre nuestro, la invocación —“como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”— pone una medida clara para nuestra conciencia, y al mismo tiempo constituye una exigencia según la cual nos comprometemos en el dinamismo de la cooperación, dejándonos impulsar por la gracia a hacer concreto el perdón y la reconciliación.
Por si fuera poco, tenemos la parábola del siervo malo que no perdonó a su hermano, que evidencia lo que pasa con aquel que en su engreimiento y ceguera pide perdón para sí por sus ofensas, pero no perdona las ofensas de las que ha sido víctima. Toda susceptibilidad propia que lleve a un tan mezquino proceder debe desvanecerse en el mar inmenso de la misericordia y caridad divinas que alcanza a las propias deudas. Esos dones de Dios invitan a vivir con ardor y perseverancia todo el alcance del perdón. La más intensa concordia fraterna, centrada en la verdad y la caridad, se abre como experiencia de vida.
Nunca debemos olvidar que la iniciativa del perdón viene del Padre que “nos reconcilió por la muerte de su Hijo” y “nos perdonó en Cristo”. Junto a un elemental sentido de equidad y de gratitud, se pone así de manifiesto la unidad indivisible del amor en la Iglesia: “quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”.
Viernes
Mateo 19, 3-12
Por la dureza de su corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus esposas; pero al principio no fue así. Al Mesías acuden los fariseos, y le preguntan si al marido le es lícito repudiar a su mujer. Cristo, a su vez, les pregunta qué les ordenó hacer Moisés; ellos responden que Moisés les permitió escribir un acta de divorcio y repudiarla. Pero Cristo les dice: "Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió Moisés para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre" (Mc 10, 5-9).
Así pues, en la base de todo el orden social se encuentra este principio de unidad e indisolubilidad del matrimonio, principio sobre el que se funda la institución de la familia y toda la vida familiar. Ese principio recibe confirmación y nueva fuerza en la elevación del matrimonio a la dignidad de sacramento.
“De la misma manera que Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo con una alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia, mediante el sacramento del matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos. Permanece, además, con ellos para que, como él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella, así también los cónyuges, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad” (GS 48).
La familia es patrimonio de la humanidad, porque a través de ella, de acuerdo con el designio de Dios, se debe prolongar la presencia del hombre sobre la tierra. En las familias cristianas, fundadas en el sacramento del matrimonio, la fe nos hace ver de modo admirable el rostro de Cristo, esplendor de la verdad, que colma de luz y alegría los hogares que viven de acuerdo con el Evangelio.
Sábado
Mateo 19, 13-15
No les impidan a los niños que se acerquen a mí, porque de los que son como ellos es el Reino de los cielos. El significado de estas palabras lo aclara el mismo Señor, cuando dice: “Si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielo” (Mt 18,3; cf. Mt 19,14). Aquí no se refiere a la regeneración (cf. Jn 3,3), sino que nos recomienda imitar la sencillez de los niños.
El niño tiene el alma sincera, es de corazón inmaculado, y permanece en la sencillez de sus pensamientos, el no ambiciona los honores, ni conoce las prerrogativas, entendiéndose esto por el privilegio concedido por una dignidad o un cargo, tampoco teme ser poco considerado, ni se ocupa de las cosas con gran interés. A esto niños ama y abraza el Señor; se digna tenerlos cerca de sí, pues lo imitan. Por esto dice el Señor (Mt 11,29): “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”.
La señal de Dios es la sencillez. La señal de Dios es el niño. La señal de Dios es que Él se hace pequeño por nosotros. Éste es su modo de reinar. Él no viene con poderío y grandiosidad externas. Viene como niño inerme y necesitado de nuestra ayuda. No quiere abrumarnos con la fuerza. Nos evita el temor ante su grandeza. Pide nuestro amor: por eso se hace niño. No quiere de nosotros más que nuestro amor, a través del cual aprendemos espontáneamente a entrar en sus sentimientos, en su pensamiento y en su voluntad: aprendamos a vivir con Él y a practicar también con Él la humildad de la renuncia que es parte esencial del amor. Dios se ha hecho pequeño para que nosotros pudiéramos comprenderlo, acogerlo, amarlo.

sábado, 6 de agosto de 2011

XIX Domingo ordinario/A Segunda lectura


XIX Domingo del Tiempo Ordinario/A
(Rom 9, 1-5)
Romanos En la Segunda Lectura (Rom 9, 1-5), San Pablo se lamenta con infinita tristeza y un dolor incesante que tortura su corazón de la actitud de mi raza y de mi sangre, los israelitas… descendientes de los Patriarcas; y de cuya raza, según la carne, nació Cristo.
¿Por qué se lamenta de esta manera tan dolorosa? Porque muchos de sus hermanos de raza, a quienes pertenecen la adopción, la gloria… y las promesas, no han querido acoger a Cristo y su mensaje. Por tanto, la tristeza y el dolor de san Pablo, es porque los de pueblo no están en camino de salvación, siendo que el pueblo judío es escogido el pueblo escogido por Dios para realizar su designio de salvación.
De hecho, Jesús es hijo de madre judía, nacido para ser el salvador de su pueblo y que realiza su misión anunciando a su pueblo la buena nueva y realizando una obra de curación y de liberación, que culmina en su Pasión y su resurrección. La adhesión a Jesús de un gran número de judíos, durante su vida pública y después de su resurrección, confirma esta perspectiva, igual que la elección por parte de Jesús de doce judíos llamados a participar en su misión y a continuar su obra.
Según el Nuevo Testamento, es Cristo quien trae la salvación de Dios, el mismo que, en expresión de San Pablo, es justicia de Dios (1 Cor 1, 30) para salvación de todo el que cree, sea judío o gentil (Rom 1, 16). Basta practicar el derecho, hacer justicia, reconocer a Dios y someterse a Él, entregarse a Él con todo el corazón, mediante la fe en Cristo Jesús y ser recibido en el bautismo.
Ahora bien, el dolor y la tristeza de Pablo porque su pueblo no ha aceptado la salvación en Jesús, también puede verse reflejado en nosotros, si no, preguntémonos ¿Cómo vivo mi identidad de cristiano?, ¿vivo de acuerdo a lo que creo?, ¿le estoy dando la importancia que tiene mi salvación?, qué decir de La contradicción del católico no practicante?, o del católico dominguero, o de ceremonia, o del católico que no se acerca a comer de las dos mesas: de la palabra y de la eucaristía’?, ¿esto no es la causa del dolor y de la tristeza que embarga el corazón de Pablo y de Jesús y de María…?
Pocas cosas hay más inconsistentes que el llamado “católico no practicante”. A veces uno escucha a alguien decirlo de sí mismo, incluso hasta con cierto dejo de orgullo… como si definiera su modo de ser católico con un calificativo normal, como si dijera un “católico mexicano”. Es decir, como si fuera una variedad normal de católico, una opción más… Como si se pudiera ser un “buen católico” no practicante.
Démonos cuenta de que, en realidad, es un término bastante negativo, que tiene poco de honroso para quien se lo auto-atribuye, ya que significa “un católico que no vive como católico”, “un católico que no es un buen católico”, “un católico que no parece católico”, “un católico que no vive lo que cree” o “que piensa que no vale la pena vivir lo que cree”, “cuya fe no es lo suficientemente grande como para vencer su pereza”, “un católico que piensa que su fe no es tan importante como para vivirla”; “que piensa que da igual vivir que no vivir su fe", etc.
Un católico que vive como si no lo fuera, que permanece siendo católico sólo en el campo teórico… va perdiendo también la fe… su adhesión a la doctrina católica… en primer lugar porque la va olvidando… Es cada vez menos católico. Se cumple lo de San Agustín: “el que no vive como piensa, termina pensando como vive” o el que no vive lo que cree, termina creyendo como vive. Su relación con Dios llegará a reducirse a compromisos sociales (bautismos, casamientos, primeras comuniones, confirmaciones, funerales…) y necesidades (salud, dinero, trabajo…) que sean tan imperiosas como para hacerle acordar que Dios existe y que uno debe dirigirse a Él.
Un problema serio de dejar de ir a Misa, es que significa el comienzo de una religiosidad centrada en uno mismo, en la que lo que Dios manda deja de ser la regla, para ser reemplazado por lo que yo siento, pienso, me cae bien, etc. Una religiosidad frente al espejo. Uno ha dejado de ponerse frente a Dios para ponerse frente a sí mismo. Como consecuencia de abandonar esta cita semanal con lo sagrado, comienza un proceso de insensibilización espiritual: la espiritualidad se va secando, el terreno del alma se va volviendo cada vez más árido para las cosas que Dios, que cada día mueven menos, aburren más, etc. Pecados que antes preocupaban… dejan de preocupar, cada vez son más los días que no reza nada… El alma se va volviendo indiferente, pierde sensibilidad espiritual. Y esto sucede poco a poco. Quien deja de ir a Misa, al principio puede tener la impresión de que no ha pasado nada, de que todo sigue igual… pero no es así. Ha dejado de ser teocéntrico, de vivir centrado en la Eucaristía semanal. Ha desplazado a Dios del centro y esto se paga… Es como el pecador a quien puede parecer que su pecado no tiene consecuencias… pero tarde o temprano descubre que de Dios nadie se burla. Qué sí tiene serias consecuencias dejar a Dios.
Por esto hoy san Pablo también nos abre su corazón y nos dice por nuestro modo de ser ante el mensaje, la persona y la salvación que nos ofrece Jesús: “tengo una infinita tristeza y un dolor incesante tortura mi corazón, porque no han querido acoger a Cristo, su mensaje y la salvación; siendo que Él es la fuente de nuestra vida, de nuestro amor, de nuestra felicidad temporal y eterna.

jueves, 4 de agosto de 2011

Reflexiones del evangelio de cada día. Décima octava semana


Décima octava semana
Lunes
Mt 14, 22-33
Mándame ir a ti caminando sobre el agua. En el Evangelio de hoy hemos escuchado al caer la noche, el Señor sube a solas al monte a orar. Era usual que el Señor Jesús se retirase a orar de noche, y ya en otras ocasiones el Señor había elegido un monte como lugar de oración (ver Lc 6,12; 9,28).
Mientras Él rezaba, la barca con los discípulos avanzaba con dificultad en el Mar de Galilea. Ya de madrugada, cuando la luz empezaba a disipar las tinieblas, una figura humana se acerca a ellos caminando sobre el mar. A los asustados discípulos el Señor les dice: “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!”. Entonces Pedro le contestó: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Invitado por el Señor, Pedro se puso a andar sobre las aguas. Mas al sentir la fuerza del viento se llenó de miedo y empezó a hundirse. El Señor relaciona el hundimiento de Pedro con un momento de duda, de poca fe y confianza en Él.
Ante tantos signos realizados por el Señor, sobre todo por aquellos que manifestaban un dominio total sobre la naturaleza, “los de la barca se postraron ante él, diciendo: ‘Realmente eres Hijo de Dios’”.
Nuestra vida es como una pequeña barca en medio de la inmensidad del mar, pequeña, frágil, zarandeada a veces por fuertes vientos y tempestades, las pruebas de la vida que nos hacen percibir nuestra terrible fragilidad e inconsistencia. Es entonces cuando experimentamos las dificultades, la inseguridad, la fragilidad, cuando debemos aprender a mantenernos firmes en la fe.

Martes
Mateo 15, 1-2.10-14
Las plantas que no haya plantado mi Padre serán arrancadas de raíz. El Evangelio relata la controversia del Señor Jesús con los fariseos y escribas venidos de Jerusalén. El lugar de encuentro es en Galilea. Estos hombres cultos y observantes, escandalizados, plantean al Señor la siguiente cuestión: “¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?”. El cuestionamiento iba dirigido asimismo contra el Señor, que permitía a sus discípulos violar dicha tradición sin corregirlos. Para ellos tal trasgresión era a todas luces grave.
Evidentemente no se trataba de una mera recomendación higiénica. Lavarse las manos para acceder a los alimentos tenía, según “la tradición de los mayores”, el sentido de una purificación ritual, una purificación de toda contaminación legal que por el contacto tornase impuros los alimentos que iban a consumir, llevando esa impureza a su interior. La tradición rabínica —explica el evangelista— prohibía a todo judío comer sin realizar esta meticulosa purificación.
En un segundo momento, suponemos que, sin la presencia de aquellos fariseos, el Señor llama a la gente para instruirlos sobre este punto y dar razón de su durísima respuesta: «Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».
Una purificación ritual, exterior, de nada sirve, porque no puede purificar el corazón de la maldad que hay en él, del pecado que concibe en lo íntimo y escondido. Lo que hace impuro al ser humano, lo que lo aparta de Dios, brota de un corazón herido por el pecado: «fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad». Para cambiar eso no basta lavarse las manos, sino que se hace necesaria la obediencia a Dios, a sus normas y mandamientos. Y añade: Las plantas que no haya plantado mi Padre serán arrancadas de raíz. San Gregorio de Nisa: «Si tú purificas tu corazón de toda escoria por el esfuerzo de una vida perfecta, la belleza divina volverá a brillar en ti.
Miércoles
Mt 15, 21-28
Mujer, que grande es tu fe. En el Evangelio vemos al Señor en la región de Tiro y Sidón. Éstas dos ciudades eran presentadas como símbolo de los pueblos paganos (ver Is 23,2.4.12; Jer 47,4). Aquí se le acerca “una mujer cananea, procedente de aquellos lugares”. Ella tiene la gran osadía de dirigirse al Señor para gritarle: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo”. Nada responde. Y aunque no le hace caso, la mujer no por ello desiste.
Ante la insistencia de la mujer Jesús responde: El Señor le responde: “No está bien echar a los perritos el pan de los hijos”. Con “el pan de los hijos” el Señor se refiere al don del Reino de Dios y de su salvación, reservado a los israelitas. Admirable es la respuesta de la mujer: “también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. La mujer cananea reconoce y acepta con humildad que Israel es el único destinatario de los bienes mesiánicos, pero en su condición de pagana pide al menos beneficiarse de las “migajas” de esos bienes.
La actitud de aquella mujer cananea, alabada por el Señor, se constituye en modelo de la oración para el creyente. Comenta San Jerónimo: “Son ensalzadas la fe, la humildad y la paciencia admirables de esta mujer. La fe, porque creía que el Señor podía curar a su hija. La paciencia, porque cuantas veces era despreciada, otras tantas persevera en sus súplicas. La humildad, porque no se compara ella sólo a los perros, sino a los cachorrillos”.
Sin embargo, la perseverancia de la mujer le ha valido ser escuchada. Aquella, que no era sino una perrilla, Jesús la levanta a la nobleza de los hijos de la casa. Más aún, la colma de alabanzas. Le dice al despedirla: “¡Mujer, qué grande es tu fe! Que te suceda lo que pides”. Cuando se oye a Cristo decir: “Tu fe es grande” no hace falta buscar otras pruebas para ver la grandeza de alma de esta mujer. Ha salido de su indignidad por la perseverancia en la petición». Hagamos nosotros lo mismo.
Jueves
Mt 16, 13-23
Tú eres Pedro y yo te daré las llaves del reino de los cielos. En el Evangelio el Señor pregunta a sus apóstoles: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” Los Apóstoles le refirieron varias opiniones que circulaban entre los judíos. Las respuestas tienen algo en común: se trataría de un gran profeta, con el mismo poder de Elías, o de Jeremías o de Juan el Bautista.
Pedro tomando la palabra respondió en nombre de los Doce: “Tú eres el Cristo [Mesías], el Hijo de Dios vivo”. A la pregunta que el Señor les hace sobre su identidad, Pedro responde en primera instancia que Jesús es más que un gran profeta: Él es el Mesías prometido por Dios y al fin enviado por Él para instaurar definitivamente Su Reino. Hasta aquí quizá otros podrían haber reconocido en Él al Mesías. Mas la respuesta de Pedro va ahora más allá, va a la esencia de quién es ese Mesías: Él es “el Hijo del Dios vivo.”
La profesión de fe en su filiación divina es fundamental para que el Señor anuncie a Simón: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. De la boca del Hijo de Dios escuchamos por primera vez la palabra “Iglesia”. Iglesia viene del griego ekklesía, que traducido significa asamblea, reunión de aquellos que han sido convocados por Él, de aquellos que se congregan en torno a Él. La Iglesia que Él funda sobre Pedro es la Iglesia que le pertenece a Él, la Iglesia que Él ama, custodia y ofrece esta promesa: “el poder del infierno no la derrotará.”
Finalmente le dice: “Te daré las llaves del Reino de los Cielos”. Cristo anuncia a Pedro la entrega de «las llaves del Reino de los Cielos.» Las llaves indican potestad, indican la facultad de disponer, de abrir y de cerrar las puertas de la casa. La entrega de las llaves es el poder con que el dueño de la casa reviste a un siervo para manejar todos los asuntos de su casa. El Apóstol es el depositario de las llaves del tesoro de la redención, tesoro que trasciende la dimensión temporal. Éste es el tesoro de la vida divina, de la vida eterna. Por esto San Ambrosio expresó: Donde está Pedro, allí está la Iglesia; donde está la Iglesia, allí no hay muerte, sino vida eterna.
Viernes
Mt 16, 24-28
¿Qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Antes que “ganar” el mundo, el discípulo de Cristo debe preocuparse por conquistar el Reino venidero, la vida eterna. Antes que en el dinero o en las riquezas pasajeras, la confianza debe estar puesta en Dios, pues Él cuida de sus hijos. Lo necesario no les faltará jamás. A buscar en primer lugar el Reino de Dios, todo lo demás Dios lo dará por añadidura.
Con esta pregunta el Señor nos invita a dirigir nuestras miradas más allá de la vida presente. Esta vida es pasajera, y ninguna riqueza de este mundo es capaz de “comprar” al hombre la vida eterna. Al contrario, las riquezas pueden llevar a quien les entrega el corazón a perder la vida eterna: “¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!” (Lc18,24). ¿Dónde quedarán las riquezas, la fama y el poder que alcanzó en esta vida? “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” (Mt 16,26) Sólo Dios puede dar al hombre la vida eterna. Sólo quien cree en Él y en su enviado, Jesucristo, tiene la garantía de que heredará la vida eterna. Sólo quien sabe vivir desapegado de lo temporal y sabe usar rectamente de sus bienes, abriéndose a su comunicación generosa, puede “atesorar en el Cielo”.
Jesucristo es el mayor tesoro para el ser humano. Al conocerlo a Él, nos adentramos en el propio conocimiento, descubrimos nuestra propia identidad, podemos hallar la verdadera respuesta a las preguntas fundamentales: ¿quién soy? ¿Cuál es mi origen, cuál mi destino, cuál el sentido de mi existencia? En la amistad con Él aprendo a vivir la auténtica amistad. Amándolo a Él experimento lo que es verdaderamente el amor, y en la escuela de su Corazón aprendo a vivir ese amor sin el cual la vida del hombre carece de sentido. Él no sólo es la respuesta a todos nuestros anhelos y búsquedas de felicidad, sino que en Él podemos saciar nuestra sed de Infinito. Él es la fuente de nuestra vida, de nuestro amor, de nuestra felicidad
Sábado Transfiguración del Señor
Mt 17, 1-9
Su rostro se puso resplandeciente como el sol. El Señor tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan y subía a lo alto de un monte y se transfiguró delante de ellos. En su transfiguración el Señor Jesús manifiesta su identidad más profunda, oculta tras el velo de su humanidad. ¿Quién es Él? Pedro había dicho de Él: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» (Mt 16,16) Ahora el Señor transfigurado se revelaba ante ellos, les mostraba lo que cotidianamente quedaba oculto bajo el velo de su carne.
“Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. En Cristo transfigurado es el rostro mismo de Dios que brilla y se manifiesta a los discípulos. Mas no sólo mediante el brillo de su rostro se manifiesta la divinidad de Jesucristo, sino también por el resplandor de sus vestiduras que se pusieron tan blancas como la luz. ¿No está Dios «vestido de esplendor y majestad, revestido de luz como de un manto» (Sal 104,1-2)? Jesús, el Cristo, hace brillar así su divinidad ante los asombrados apóstoles: el Mesías no es sólo un hombre, sino Dios mismo que se ha hecho hombre.
El Señor enseña sus discípulos que si bien no hay cristianismo sin Cruz, ni tampoco hay Pascua de Resurrección sin Viernes de Pasión, no todo queda en el Viernes de Pasión, sino que éste es camino a la Pascua de Resurrección y a la Ascensión. Para quien sigue al Señor, la Cruz es y será siempre el camino que conduce a la Luz, a la gloriosa transfiguración de su propia existencia. La Transfiguración es, por tanto, «el sacramento de la segunda regeneración», signo visible y esperanzador de nuestra futura resurrección (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 556).
Por tanto, la Transfiguración nos recuerda que las alegrías sembradas por Dios en la vida no son puntos de llegada, sino luces que él nos da en la peregrinación terrena, para que "Jesús solo" sea nuestra ley y su Palabra sea el criterio que guíe nuestra existencia.

sábado, 30 de julio de 2011

XVIII Domingo Ordinario/A segunda lectura

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario/A
Romanos 8, 35.37-39
Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo. Nada -absolutamente nada- puede apartarnos del amor que sabemos que Dios nos tiene: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?» (Rm 8, 35)... Nada... Ni la muerte, ni la vida, ni los demonios, ni el presente, ni el futuro...
El Apóstol se había encontrado personalmente con Cristo, comprendió la anchura y profundidad de su Amor (Ef 3,18) y creyó firmemente que ya nada ni nadie le podría apartar de ese Amor que le tiene el Padre en Jesús. Su confianza no se apoyaba en sus fuerzas o sus méritos perso¬nales, sino en la fuerza y el mérito de su Redentor.
San Pablo nos ofrece una lista de siete sufrimientos, muy actuales al hombre de hoy, que no podrán separarnos del amor de Dios, si le abrimos nuestro corazón y correspondemos a su amor con nuestro amor:
1) ¿La tribulación?: San Agustín en su comentario a los salmos escribe: “Esta vida corta es una tribulación: si no es una tribulación no es un viaje: pero si es un viaje o bien no amas el país hacia el cual estás viajando, o bien sin duda estarás en tribulación”. Y en otro lugar: «Si dices que no has sufrido nada aún, entonces no has empezado a ser Cristiano”. Y San Juan Crisóstomo, en una de sus homilías al pueblo de Antioquía, dice: “La tribulación es una cadena que no puede ser desvinculada de la vida de un Cristiano”. Y de nuevo: “No puedes decir que un hombre es santo si no ha pasado la prueba de la tribulación”. El amor de Cristo en nuestro corazón hace “…que la tribulación engendre la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5, 3, 5).
2) ¿la angustia?: ante la angustia, los salmos nos remiten a una experiencia religiosa esencial: sólo de Dios, de su amor, se espera la salvación y el remedio. Dios, y no el hombre, tiene el poder de cambiar las situaciones de angustia. Así los "pobres del Señor" viven en una dependencia total y de confianza en la providencia amorosa de Dios (Cf. Sof 3,12 ss).
3) ¿la persecución?: Los primeros cristianos y todos los mártires de todos los siglos nos han dado el testimonio de que la persecución acrecentó su vigor, la contradicción exaltó su fe en la victoria. Ellos fueron un signo elocuente y grandioso que se nos pide contemplar e imitar. Ellos muestran la vitalidad de la Iglesia; son para ella y para la humanidad como una luz, porque han hecho resplandecer en las tinieblas la luz de Cristo […]. Más radicalmente aún, demuestran que el martirio es la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza”
4) ¿el hambre?: cuando actuamos movidos por el amor de Dios, le vida se ilumina y se sostiene de la esperanza en la plenitud eterna: Dichosos los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados.
5) ¿la desnudez?: No olvidar que Jesús se identifica con los pobres y desnudos; así los santos descubrieron el sentido del pobre. En ellos vieron a Cristo. En sus llagas curaron las del Maestro. En sus miembros ateridos cubrieron la desnudez de Jesús.
6) ¿los peligros?: Santa teresa de Jesús nos dice: “Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma
7) ¿la espada?: Dios en su amor infinito nos libre todo mal y de todo enemigo.
El apóstol asegura que ninguno de ellos es suficientemente fuerte para separarnos del amor de Cristo, entonces: ¿quién podrá separarnos del amor de Cristo? En todo confiamos en Dios y no dudamos de su Amor. Así es la seguridad del cristiano que confía en su Padre, Dios. En efecto, nada, ni nadie podrá separarnos de Él y, por lo tanto, de la felicidad y la vida verdaderas, si así lo decidimos y nos dejamos sostener por la gracia.
Entonces “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” (Rm 8, 35). Conocemos la respuesta del apóstol: el pecado aparta al hombre de Dios, pero el misterio de la encarnación, pasión, muerte y resurrección de Cristo ha restablecido la alianza perdida. Nada ni nadie podrá apartarnos jamás del amor de Dios Padre, revelado y actuado en Cristo Jesús, mediante el poder del Espíritu Santo. La muerte misma, privada del veneno del pecado, ya no atemoriza: para quien cree, se ha transformado en un sueño que preludia el descanso eterno en la tierra prometida.
Nunca permitamos que las pruebas o dificultades sufridas por Cristo, experimentadas en nuestro esfuerzo diario de vivir según las enseñanzas de Cristo, nos aparten del Señor. Nosotros, repitamos siempre como San Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?... en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó” (Rom 8,35-37).

miércoles, 27 de julio de 2011

30o. aniversario de Ordenación saceerdotal 1981-2011


30º. ANIVERSARIO DE MI ORDENACIÓN SACERDOTAL
Sr. Cura Dr. Félix Castro Morales
Homilía que pronunciará el próxima 1º. De agosto próximo (1981-2011)

Hoy, por diferentes voces y caminos, el Señor nos ha convocado para celebrar el sacrificio de la Eucaristía, y el sacerdocio de Jesucristo.
En este acontecimiento hemos querido agradecer el don del sacerdocio en esta comunidad, en la Iglesia, en mi persona; sacerdocio dado por Cristo a la Iglesia para ser conducida, santificada y enseñada, por aquellos que él, en su infinita bondad, ha querido llamar para este ministerio. En esta ocasión deseo toar tres puntos, uno de cada lectura:
1) En el Evangelio de hoy hemos escuchado que El Señor, al ver el hambre y la necesidad que tenían de Él se conmovió interiormente y se puso a curarlos hasta que se hizo tarde. Los discípulos le sugirieron entonces: “despide a la multitud para que vayan a los poblados y compren algo de comer.” Su respuesta fue desconcertante: “No hace falta que vayan, denles ustedes de comer.” “…denles ustedes de comer…” (Mt 14,13-21): esta la es la misión del sacerdote, este ha sido mi oficio durante 30 años de vida sacerdotal, dar de comer a los hijos de Dios de su Pan y de su Palabra.
La misión de Jesús es la misión del sacerdote, a pesar de sus limitaciones, Jesús así lo quiso, ha llamado a los pobres y pequeños para confundir a los fuertes y poderosos. Así, el sacerdote es un pastor, porque cuida de las ovejas de Jesús, los cristianos. Es un profesor, porque enseña el camino hacia Dios. Es un médico, porque es capaz de curar las almas, enfermas por el odio y la violencia. Es un policía, porque es el guardián de la fe. Es un arquitecto, porque levanta y construye la Iglesia, que somos todos los cristianos... Es un pescador, porque consigue reunir en sus redes a todos los fieles. Es un misionero, porque predica la palabra de Dios en cualquier lugar del mundo. Es un pacifista, porque lucha en su vida sin armas y sin violencia. Es un agricultor, porque siembra la semilla de fe y espera recoger su fruto. Es un faro que guía. Y, ¿cómo es? Es generoso. Sabe perdonar. Es la sombra de un árbol. Está dedicado a los demás.
En el sacerdote sigue dando a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre; a través de sus sacerdotes la Iglesia sigue partiendo y repartiendo a todos sus hijos lo que le ha sido transmitido, saciando a las multitudes con el Pan de la Palabra y el Pan de la eucaristía. ¡Y qué manjar más sustancioso que el de su Cuerpo mismo, que nos da la vida eterna!
2) Por otra parte vemos en la primera lectura del libro de los números, que el desierto fue duro para el pueblo. El pueblo murmura por las condiciones en que tienen que vivir y caminar. Añoran la vida que llevaban en Egipto, a pesar de la esclavitud. La libertad siempre da miedo. El desierto es una aventura. Nuestra vida no es tan diferente de la de aquellos peregrinos…
Moisés también se deja contagiar por ese malestar. La impaciencia del pueblo va contra él. Se han olvidado de todo lo que ha hecho por ellos. Y también él se desanima y está tentado de echarlo todo a rodar. Pero se refugia en la oración, una oración muy humana y sentida: “¿por qué tratas mal a tu siervo... por qué le haces cargar con todo este pueblo?”. La crisis es fuerte. “Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo. Si me vas a tratar así, más vale que me hagas morir”.
En este peregrinar, pueblo y sacerdote, necesitamos caminar de cada a Dios para no dejarnos impacientar por las dificultades de la vida; necesitamos ser hombre y mujeres de oración, pues la oración pertenece a la esencia de la vida cristiana, porque, como muy bien dice el Catecismo de la Iglesia católica, es la “relación viviente y personal con Dios vivo y verdadero”.
Entre los medios y expresiones que son más significativos en la vida espiritual del sacerdote está la oración: actividad básica y fundamental en la vida sacerdotal, que hace fecunda su vida personal y pastoral. En efecto, el presbítero, ha de comunicar lo divino a los hombres, hablando primero a Dios de los hombres : la Palabra de Dios, antes de ser proclamada, pide que el que predica se deje poseer y transformar por ella; cuando administra los Sacramentos, cuando reza la Liturgia de la Horas, ha de transparentar la vivencia de lo que celebra y cree. Esta vivencia significa que el ministro de las celebraciones ha de actuar como sujeto y destinatario de las celebraciones al estilo del Señor .
3) Por eso hoy nos reunimos esta parroquia de Nuestra Señora de la Soledad, para exhortarnos unos a otros en este aniversario con el salmo 80 que hemos escuchado: Aclamemos a Dios, nuestra fortaleza (Sal 80). En efecto, Nuestra fortaleza en el servicio al Reino de Dios la recibimos de la Eucaristía que celebramos. El Don de Dios que nos hace Cristo, en su Carne y en su Sangre ofrecidas para la vida del mundo, infunde en nuestra vida un dinamismo nuevo: el del amor, que ni se arredra, ni se esconde; más aún, nos convierte en sus testigos a través de nuestras palabras, acciones y modo de ser. Que Dios a todos nos haga Testigos valientes del Evangelio, discípulos misioneros de Jesús.
Mi más profundo agradecimiento a Dios, por el don de la vida, porque me hizo hijo suyo, por el don del sacerdocio, por el don de estar aquí con ustedes, por el don de la redención, por el don de ser amado por Él; además, por los dones que en el futuro me dará, porque sé que no quedaré defraudado, pues Él permanece fiel, y sé que nunca seré abandonado; ¡“por todo, Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, gracias, te pertenezco…!
Gracias a María, Señora Nuestra de la Soledad. Gracias porque desde el primer momento te encomendé la custodia de mi vocación y has cumplido tu misión con creces. Gracias porque ha sido tu fiat, tu sí, el que ha hecho posible que hoy sea yo quien soy, gracias por tu presencia maternal en estos 30 años de vida sacerdotal, gracias porque me sé tu hijo predilecto en esta parroquia, tú lo sabes, y tus hijos aquí presentes lo ven…
Muchas gracias a mis padres, por su apoyo, sus oraciones, su ejemplo. Gracias emocionadas también a mis hermanos y hermanas
Gracias a esta comunidad parroquial de Nuestra Señora de la Soledad, y a tantos familiares y amigos.
Gracias a todos por estar hoy conmigo…gracias…

lunes, 25 de julio de 2011

Reflexiones del evangelio de cada día Décima séptima semana


Décima séptima semana
Lunes
Mateo 20,20-28
Mi cáliz lo beberán. Acabamos de escuchar en el Evangelio cómo la madre de Juan y de Santiago le pidió a Jesús que tuviera en cuenta a sus hijos. Lo que sí resulta novedoso es la respuesta del Señor: "No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?". ¿De qué cáliz se trata? El Señor habla del cáliz del servicio y de dar la vida hasta el punto de derramar la sangre por los que se ama.
El verdadero poder, es el poder servir por amor: “el que quiera ser grande que se haga servidor de Ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del Hombre, que no vino para ser servido sino para servir” (Mt 20,26-28).
Puesto que nuestra vida es un don, servir es ser fieles a lo que somos: se trata de esa íntima capacidad de dar lo que se es, de amar hasta el extremo de los propios límites o, como nos enseñaba con su ejemplo la Madre Teresa, servir es “amar hasta que duela”.
Las palabras del Evangelio no van dirigidas sólo al creyente y al practicante. Alcanzan a toda autoridad tanto eclesial como política, ya que sacan a la luz el verdadero sentido del poder. El poder es servicio. El poder sólo tiene sentido si está al servicio del bien común. Para el gozo egoísta de la vida no es necesario tener mucho poder. A esta luz comprendemos que una sociedad auténticamente humana, y por tanto también política.
Cerramos con una cita de san Gregorio de Nisa: “Es conveniente que aquellos que están establecidos en el cargo de superiores, se sacrifiquen más que los demás, tengan sentimientos aún más humildes que sus subordinados, y presenten a sus hermanos, por sus propias vidas, el mismo tipo de servicio. Que miren a los que les son confiados como depósitos pertenecientes a Dios”.
Martes
Mateo 13, 36-43
Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo. Por medio de la parábola del trigo y la cizaña el Hijo de Dios afirma que Dios no ha echado en el mundo semilla alguna de mal sino que éste entró en el mundo por acción de su enemigo, el diablo.
En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación. Sin embargo, el día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia.
Este tiempo, nuestro tiempo de peregrinos es un tiempo en el que Cristo llama y no deja de llamar a la conversión: “¡Conviértanse!”. La opción por responder al Plan de Dios es sostenida y nutrida por la gracia que es amorosamente derramada en los corazones por el Espíritu Santo y que impulsa a la persona a aspirar continuamente a una vida nueva. En ese sentido se da un combate en lo íntimo del ser humano. “Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos”.
La conversión como proceso de continua respuesta a la gratuita invitación de Dios a la reconciliación, alcanza en el sacramento un auxilio fundamental y con el perdón recibe también un don de gracia que impulsa a responder con mayor coherencia al divino designio de Amor.
Miércoles
Mateo 13, 44-46
El que encuentra un tesoro en un campo, vende cuanto tiene y compra aquel campo. El tesoro y la perla simbolizan algo de enorme valor. La parábola se centra en la persona que descubre un tesoro. El deseo de poseer el tesoro y el temor de que otro se lo arrebate hace que proceda con máxima premura. Dilatar la venta de sus bienes y la compra del campo aumenta el riesgo de perder el tesoro hallado. Por ello, luego de enterrar el tesoro, es de suponer que no pierde ni un instante ni escatima esfuerzos para lograr su objetivo. Actúa con máxima prontitud, astucia e inteligencia.
Con esta parábola, así como también con la siguiente, el Señor resalta la necesidad de “venderlo todo” para poder ganar el Reino de los Cielos. No es posible quedarse con el tesoro o adquirir la perla de mayor valor sin vender todo lo que se tiene, sin el desprendimiento de las antiguas riquezas, sin un sacrificio que, sin embargo, mira a alcanzar una riqueza mucho mayor. Tratándose del Reino de los Cielos, lo que se gana no tiene ni punto de comparación.
¡Cristo es el tesoro que enriquece por sobre todos los demás! ¡Cristo es la perla valiosa que anda buscando todo ser humano! Quien lo encuentra a Él, y quien tiene el coraje de desasirse de todo para ganarlo a Él, experimenta que con Él le son dados todos los demás bienes que tanto y tan desesperadamente anda buscando. Quien encuentra a Cristo, o hay que decir más bien, quien es hallado y “alcanzado” por Él (Cfr. Flp 3,12), ¡a sí mismo se encuentra! ¿Hay mayor riqueza que esa para el ser humano? El Señor Jesús constituye la verdadera riqueza para el hombre o para la mujer, porque en Él llegamos a ser verdaderamente humanos, porque en Él somos hechos partícipes de la misma naturaleza divina (Cfr. 2Pe 1,4).
Jueves
Mateo 13, 47-53
Los pescadores ponen los pescados buenos en canastos y tiran los malos. La parábola de la red que recoge todo tipo de peces está tomada de una escena de la vida cotidiana. La red no distingue las clases de peces, sino que arrastra con todo lo que cae en ella, peces buenos o malos. En el Lago de Galilea se calculan unas treinta clases de peces distintos, todos aptos para el consumo humano. Pero había una variedad que, aunque muy apreciada por los paganos, los judíos no podían comer por considerar “impura”. Los pescadores debían, pues, seleccionar entre los peces buenos y los malos. Tal escena de la vida diaria es usada por el Señor para hablar de cómo en la etapa actual del Reino de los Cielos coexisten buenos y malos, justos y pecadores. Es como la red llena de peces de todo tipo. Sólo al final, al llegar el fin del mundo, los ángeles “separarán a los malos de los buenos.”
El Señor en su parábola habla del destino eterno de los malos: “los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.” Estas imágenes, usualmente usadas por el Señor, describen el sufrimiento, la amargura profunda, la impotencia de los condenados, aquellos que a pesar de la paciencia de Dios no quisieron escucharlo ni convertirse de su maldad.
Esta Iglesia reúne toda clase de peces, porque llama para perdonarlos a todos los hombres, a los sabios y a los insensatos, a los libres y a los esclavos, a los ricos y a los pobres, a los fuertes y a los débiles. Pero al fin del mundo, serán escogidos y guardados en vasijas los buenos, y los malos son arrojados fuera. Es decir, los elegidos serán recibidos en los tabernáculos eternos, y los malos, después de haber perdido la luz que iluminaba el interior del reino, serán llevados al fuego eterno.
Viernes: Santa Marta
Juan 11,19-27
Creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. El evangelista nos dice que Jesús declaró solemnemente a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Y añadió: “¿Crees esto?” (Jn 11, 25-26). Una pregunta que Jesús nos dirige a cada uno de nosotros; una pregunta que ciertamente nos supera, que supera nuestra capacidad de comprender, y nos pide abandonarnos a él, como él se abandonó al Padre.
La respuesta de Marta es ejemplar: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” (Jn 11, 27). ¡Sí, oh Señor! También nosotros creemos, a pesar de nuestras dudas y de nuestras oscuridades; creemos en ti, porque tú tienes palabras de vida eterna; queremos creer en ti, que nos das una esperanza fiable de vida más allá de la vida, de vida auténtica y plena en tu reino de luz y de paz.
Como Marta, la hermana de Lázaro, también nosotros renovemos hoy nuestra fe en Jesús y nuestra amistad con él. Por su muerte y resurrección, se nos comunica la vida plena en el Espíritu Santo. La vida divina puede transformar nuestra existencia en don de amor a Dios y a nuestros hermanos.
Encomendemos esta oración a María santísima. Que su intercesión fortalezca nuestra fe y nuestra esperanza en Jesús, especialmente en los momentos de mayor prueba y dificultad.

Sábado
Mateo 14, 1-12
Herodes mandó degollar a Juan. Los discípulos de Juan fueron a avisarle a Jesús. Aunque el evangelista no lo indica claramente, es de suponer que al culminar su predicación en Nazaret, Jesús retornó a Cafarnaúm. Es entonces cuando un día le llegan noticias de la muerte de Juan, el Bautista. Herodes lo había mandado decapitar por honrar la promesa hecha a Salomé, hija de Herodías. Tanto le gustó el baile que le ofreció en el día de su cumpleaños, “que éste le prometió bajo juramento darle lo que pidiera”(Mt 14,7).
La noticia de la muerte del Bautista causó un impacto muy profundo en el alma del Señor, de modo que quiso pasar un tiempo en soledad, apartado de la muchedumbre que lo buscaba incesantemente. Con sus apóstoles subió a una barca para dirigirse a un sitio tranquilo y deshabitado.
La muerte de Juan el Bautista, precursor del Salvador, manifiesta que la existencia terrena no es un bien absoluto; es más importante la fidelidad a la palabra del Señor, aunque pueda poner en peligro la vida (cf. Mc 6, 17-29).

sábado, 23 de julio de 2011

XVII Domingo ordinario/A homilía sobre la segunda lectura


XVII Domingo del Tiempo Ordinario/A
Nos predestina para que reproduzcamos en nosotros mismos la imagen de su Hijo (Cfr. Rom 8, 28-30).
El designio de Dios es uno sólo: “que reproduzcan en sí mismos la imagen de su propio Hijo, a fin de que él sea el primogénito entre muchos hermanos" (v. 29), a través de un proceso salvador en cuatro fases. Así, a los que predestino (los ha amado gratuitamente desde siempre), los llamó (les ha dado la existencia), los justificó (les ha concedido la gracia del perdón por la fe) y los glorificó (los ha predestinado a la comunión eterna con él) (v. 30).
Sin embargo, para que “reproduzcamos la imagen de su Hijo” (Rom 8,29), necesariamente requerirá una gran purificación pues, por el pecado, las irregularidades y desordenes, estamos muy lejos de asemejarnos a Cristo, a su vida, sentimientos, pensamientos y deseos. Somos como una estatua que necesita ser moldeada y cincelada para llegar a lucir la perfección a la que está destinada. Para reproducir en nosotros la imagen de Cristo, el escultor divino, aunando nuestro esfuerzo, tendrá que dar duras cinceladas a nuestro barro.
Todo el ser humano, en su realidad espiritual y corporal, debe entrar en un proceso de conversión del pecado hacia Dios; por lo tanto, en todas sus dimensiones debe ser purificado para reproducir en la propia existencia la imagen misma del Hijo de Dios. Por tanto, Jesucristo debe ser conocido, amado y seguido con el fin de identificarnos con él.
El camino de la espiritualidad en la Iglesia, no es otro que el seguimiento de Jesucristo. La santidad se parece a la escultura. Leonardo da Vinci definió la escultura como «el arte de quitar». Las otras artes consisten en poner algo: color en el lienzo en la pintura, piedra sobre piedra en la arquitectura, nota tras nota en la música. Sólo la escultura consiste en quitar: quitar los pedazos de mármol que están de más para que surja la figura que se tiene en la mente. También la perfección cristiana se obtiene así, quitando, haciendo caer los pedazos inútiles, esto es, los deseos, ambiciones, proyectos y tendencias carnales que nos dispersan por todas partes y no nos dejan acabar nada.
Un día, Miguel Ángel, paseando por un jardín de Florencia, vio, en una esquina, un bloque de mármol que asomaba desde debajo de la tierra, medio cubierto de hierba y barro. Se paró en seco, como si hubiera visto a alguien, y dirigiéndose a los amigos que estaban con él exclamó: «En ese bloque de mármol está encerrado un ángel; debo sacarlo fuera». Y armado de cincel empezó a trabajar aquel bloque hasta que surgió la figura de un bello ángel.
También Dios nos mira y nos ve así: como bloques de piedra aún informes, y dice para sí: «Ahí dentro está escondida una criatura nueva y bella que espera salir a la luz; más aún, está escondida la imagen de mi propio Hijo Jesucristo [nosotros estamos destinados a “reproducir la imagen de su Hijo” (Rm 8, 29)]; ¡quiero sacarla fuera!». ¿Entonces qué hace? Toma el cincel, que es la cruz, y comienza a trabajarnos; toma las tijeras de podar y empieza a hacerlo; toma los sacramentos y santifícate, toma tiempo para la oración y transfigúrate…
Dejémonos contagiar por la manera de mirar de Jesús. Aprendamos a mirar como él. Recorramos cada rostro tratando de mirar a la gente como lo haría él. Recorramos cada rostro tratando de adivinar qué se esconde detrás de las expresiones de cansancio, indiferencia, preocupación, serenidad... Dejemos brotar en nosotros la súplica de Jesús hacia ellos.
Por tanto, reproducir en nosotros la imagen de su Hijo” significa, en resumen, vivir como Jesús, amar como Jesús; y hay que llegar a hacer eso realidad en el día a día, en la práctica. Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.

sábado, 16 de julio de 2011

XVI Domingo ordinario/A sobre la segunda lectura


XVI Domingo del Tiempo Ordinario/A
“El espíritu intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras” (Rom 8, 26-27). Hoy, en la segunda lectura el Apóstol san Pablo tiene algo muy importante que enseñarnos, sobre el Espíritu Santo y su presencia en nosotros. En este trozo el Apóstol nos habla de la oración, pero de una oración en la que el orante se abandona totalmente al Espíritu Santo, no para pedirle cosas, no para “parar de sufrir”, no para solicitarle éxito y prosperidad, no para pedirle que se logren nuestros planes, sino para dejar que sea el Espíritu Santo quien ore por el orante.
Nos encontramos en la raíz más íntima y profunda de la oración. San Pablo nos lo asegura y, por tanto, nos ayuda a entender que además de impulsarnos el Espíritu Santo a la oración, Él mismo ora en nosotros. El Espíritu Santo está en el origen de la oración que refleja del modo más perfecto la relación existente entre las Personas divinas de la Trinidad: la oración de glorificación y de acción de gracias, con que se honra al Padre y con Él, al Hijo y al Espíritu Santo.
San Pablo, por esto, exhortaba a los cristianos a permanecer en la oración, cantando a Dios de corazón y con gratitud himnos y cánticos inspirados, instruyéndose y amonestándose con toda sabiduría, y les pide que este estilo de vida de oración sea aplicado a todo lo que hagan: “Todo cuanto hagan, de palabra y de boca, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre” (Col 3,17). La misma recomendación aparece en la Carta a los Efesios: “Llénense más bien del Espíritu. Reciten entre ustedes salmos, himnos y cánticos inspirados; canten y salmodien en su corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5,18-20).
N definitiva, san Pablo nos dice que no puede haber auténtica oración sin la presencia del Espíritu en nosotros. En efecto, escribe: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene -¡realmente no sabemos hablar con Dios!―; mas el Espíritu mismo intercede continuamente por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios" (Rm 8, 26-27). Es como decir que el Espíritu Santo, o sea, el Espíritu del Padre y del Hijo, es ya como el alma de nuestra alma, la parte más secreta de nuestro ser, de la que se eleva incesantemente hacia Dios un movimiento de oración, cuyos términos no podemos ni siquiera precisar.
En efecto, el Espíritu, siempre activo en nosotros, suple nuestras carencias y ofrece al Padre nuestra adoración, junto con nuestras aspiraciones más profundas. Obviamente esto exige un nivel de gran comunión vital con el Espíritu. Es una invitación a ser cada vez más sensibles, más atentos a esta presencia del Espíritu en nosotros, a transformarla en oración, a experimentar esta presencia y a aprender así a orar, a hablar con el Padre como hijos en el Espíritu Santo.
“No sabiendo pedir lo que nos conviene, el Espíritu Santo mismo intercede por nosotros”. Esa es la forma de orar: dejar al Espíritu Santo ser Quien ore en nosotros. Orar no es decirle a Dios: “esto es lo que quiero, hazlo”. Orar es decirle a Dios: “no sé qué quieres darme, no sé qué debo pedirte, pero sé que sólo Tú sabes lo que me conviene; dame lo que Tú quieras, dame lo que Tú sabes que necesito”.
Orando así, no sólo recibiremos lo que realmente nos conviene, sino que estaremos libres del mundo de la cizaña, del mundo en el que el Enemigo de Dios puede engañarnos. Al final, entonces, podremos ser trigo que Dios colocará en su granero que es el Cielo, y no cizaña que se quemará en el fuego, que es el Infierno.
Por último, el Espíritu, según san Pablo, es una prenda generosa que el mismo Dios nos ha dado como anticipación y al mismo tiempo como garantía de nuestra herencia futura (cf. 2 Co 1, 22; 5, 5; Ef 1, 13-14). Aprendamos así de san Pablo que la acción del Espíritu orienta nuestra vida hacia los grandes valores del amor, la alegría, la comunión y la esperanza. Debemos hacer cada día esta experiencia, secundando las mociones interiores del Espíritu; en el discernimiento contamos con la guía iluminadora del Apóstol.

viernes, 15 de julio de 2011

Décima sexta semana Reflexiones del evangelio de cada día


Décima sexta semana
Lunes
Mateo 12, 38-42
La reina del sur se levantará el día del juicio contra esta generación. La ceguera de escribas y fariseos se pone singularmente de manifiesto ante los signos y milagros que hace Jesús. Éstos le piden alguna señal. Jesús se niega a darles ninguna, excepto la que es El mismo: “Se presentaron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: ‘'¿Por qué esta generación pide una señal? Yo les aseguro: No se le dará a esta generación ninguna señal’”.
Jesús reprocha a los judíos que saben leer los signos de la Naturaleza pero no saben descubrir los signos de Dios en la vida de su pueblo: el gran signo de la aparición de Jesús de Nazaret, su predicación, sus milagros que invitan a vivir de un modo nuevo. La “señal de la que habla Jesús a los escriba y fariseos es su muerte de Jesús..., su resurrección de y la conversión y la salvación de los paganos.
Por esto Jesús les dice: en el juicio se alzarán los habitantes de Nínive... Y la reina de Sur... al mismo tiempo que esta generación, y harán que la condenen, pues ellos se arrepintieron con la predicación de Jonás, y hay algo más que Jonás aquí.
El Señor dice que cuando resucitemos para ser juzgados, esta Reina se levantará con la generación de los que no escucharon sus palabras ni creyeron en él, para juzgarlos (Mt 12,42); porque ella aceptó la sabiduría que Dios le enseñaba por Salomón, en cambio ellos despreciaron la sabiduría que les predicaba el Hijo de Dios. Y eso que Salomón era un siervo, en cambio Cristo es el Hijo de Dios y el Señor de Salomón.
También a nosotros nos dice Jesús que no habrá más señal que la de Jonás. ¿En qué consiste esa señal? En que los pecadores y los que según nuestros criterios “ya no cambian más” se arrepienten de su mala conducta y vuelven a Dios. Jesús está indicando que muchas veces las personas religiosas se vuelven rígidas y autosuficientes, y entonces Dios ya no puede obrar en sus vidas.
Martes
Mateo 12, 46-50
Señalando a los discípulos, dijo: éstos son mi madre y mis hermanos. El episodio, que hemos escuchado en el evangelio es sencillo: la madre y los parientes de Jesús quieren saludarle, y alguien se lo viene a decir: tu madre y tus hermanos te buscan, es decir sus primos; y Él aprovecha para anunciarnos el nuevo concepto de familia que se va a establecer en torno a él. No van a ser decisivos los vínculos de la sangre: “el que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”.
El discípulo es “un pariente de Jesús”. Jesús ofrece a los hombres la cálida intimidad de su familia. Entre Dios y los hombres ya no hay sólo relaciones frías de obediencia y sumisión como entre un amo y los subalternos... Con Jesús entramos en la familia divina, como sus hermanos y hermanas, como su madre.
La característica esencial del discípulo de Jesús: es “hacer la voluntad de Dios”. El que actúa así es un verdadero pariente de Jesús: entrar en comunión con Dios, haciendo su Voluntad... Y María, que hizo la voluntad de Dios a la perfección, es, por ello, de forma plena ‘su madre: por los lazos de la sangre y del espíritu. Que ella nos ayude a seguir su ejemplo.
Miércoles
Mateo 13, 1-9
Algunos granos dieron el ciento por uno. La lectura del evangelio de san Mateo nos recuerda la parábola del sembrador. Ya la conocemos, pero podemos releer continuamente las palabras del Evangelio y encontrar siempre en ellas una luz nueva. Salió un sembrador a sembrar. Mientras sembraba unas semillas cayeron a lo largo del camino, otras en un pedregal; algunas entre abrojos, otras en tierra buena, y sólo éstas dieron fruto (cf. Mt 13, 3-8).
Lo sembrado en tierra buena, que significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno”. Se trata de quienes han aceptado el dinamismo reconciliador que permite coordinar las energías humanas y ponerlas en la línea del designio divino, avanzando por el camino de la paz consigo mismo, con Dios, con los hermanos.
La semilla de la vida que ha sido depositada en nuestro corazón, ha de madurar por la gracia y la fe. La gracia es derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, como él mismo nos enseña en la carta del Apóstol a los Romanos (ver Rom 5, 5), y la fe que recibimos como un don, requiere de la escucha; y ésta, del silencio.
Así pues, la fe, que es posible en virtud del don divino, requiere ser escuchada. La fe se transmite por la Palabra, por el Anuncio, y este anuncio debe ser escuchado. La fe es la acogida al anuncio que nos viene; es un anuncio perceptible por mí. Cuando realizo el acto de fe, acojo ese anuncio, esa Palabra que me interpela, que me invita a dar fruto, como anuncia el profeta Isaías: “Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando la simiente para sembrar y el pan para comer, así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero, y cumple su misión” (Is 55,10-11).

Jueves
Mateo 13, 10-17
A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; pero a ellos no. Las parábolas del Señor tenían esta finalidad pedagógica, la intención de hacer asequible los misterios del Reino a gente muy sencilla. Por ello “les anunciaba la Palabra con muchas parábolas… según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas” (Mc 4,33-34).
No hay que ver en los misterios del Reino una doctrina secreta, reservada únicamente para un puñado de iniciados, a pesar de la aparente contradicción de la frase con la que hemos iniciado. Los Apóstoles tendrán la misión de “proclamar desde las azoteas” todo lo que el Señor les había explicado y enseñado en privado (ver Mt 10,27). Si a los Apóstoles se les concedía conocer y comprender los misterios del Reino de los Cielos de una forma privilegiada era para que pudiesen luego proclamar y explicar esos misterios a cuantos estuviesen dispuestos a “oír”.
La doctrina del Reino es incomprensible para quien endurece el corazón. Requiere por parte de quien la escucha una actitud de humilde acogida. Lamentablemente muchos carecen de tal disposición interior, cerrándose ellos mismos a la salvación y reconciliación ofrecida por Dios por medio de su propio Hijo. En cambio, son dichosos los Apóstoles y discípulos que “ven” y “oyen” lo que muchos profetas y justos desearon ver y oír, es decir, al mismo Mesías enviado por Dios y sus palabras de Vida.
Viernes: Memoria de santa María Magdalena
Juan 20, 1.11-18
Aparición a la Magdalena y a los Apóstoles. A las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios apóstoles. Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce. El carácter velado de la gloria del Resucitado se transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena: “Todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20, 17).
Gracias a su encuentro con el Resucitado, María Magdalena supera el desaliento y la tristeza causados por la muerte del Maestro (cf. Jn 20, 11-18). En su nueva dimensión pascual, Jesús la envía a anunciar a los discípulos que Él ha resucitado (cf. Jn 20, 17). Por este hecho se ha llamado a María Magdalena “la apóstol de los apóstoles”.
Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (ver Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la comida (ver Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (ver Lc 24, 39), pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión (ver Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso.
Ahora viendo nuestra vida y nuestro mundo en el que vivimos, en nuestros encuentros con el Resucitado, con el mismo que se encontró la Magdalena, podemos escuchar una exhortación de san Agustín: “Ahora que es tiempo, sigamos al Señor; deshagámonos de las amarras que nos impiden seguirlo…”.
Sábado
Mateo 13, 24-30
Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha. En el Reino misterioso, que el Señor Jesús ha venido a instaurar ya en la tierra, los malos coexistirán con los buenos así como el trigo y la cizaña coexisten en un mismo campo hasta el tiempo de la cosecha. Para el judaísmo esta coexistencia del bien y del mal en el Reino que Dios instauraría en los tiempos mesiánicos era absolutamente impensable. En el concepto de los judíos el Mesías que habría de venir no sólo eliminaría a los enemigos de Israel, sino que realizaría también una purificación total de todo mal.
Con esta parábola del trigo y la cizaña Jesús responde a la pregunta del mal en el mundo. Afirma que el mal que existe, que está presente y actúa en el campo del mundo y de la historia de los hombres, no viene de Dios que sólo ha sembrado la buena semilla, que lo ha hecho todo bueno (ver Gen 1,31). El mal en cambio viene de su “enemigo” y de sus secuaces: “la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo”. El mal en el corazón del hombre y en el mundo es consecuencia de un mal uso de la libertad por parte del ser humano, que antes que escuchar a Dios prefirió escuchar la voz del enemigo de Dios y hacer lo que éste le sugería. Esta desobediencia y rechazo de Dios es la causa de que haya germinado la cizaña en la vida de las personas y en la historia de la humanidad.
El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia.

lunes, 11 de julio de 2011

XV Semana del tiempo Ordinario Reflexiones del evvangelio de cada día


Décima quinta semana

Lunes
Mateo 10, 34-42; 11,1
No he venido a traer paz, sino discordia. Esta expresión de Jesús atrae nuestra atención y hace falta comprenderla bien. Lejos de ser una incitación a la discordia, esta expresión es un mensaje de paz por excelencia; Jesús mismo, como escribe san Pablo, “es nuestra paz” (Ef 2, 14), muerto y resucitado para derribar el muro de la enemistad e inaugurar el reino de Dios, que es amor, alegría y paz.
Esta expresión de Cristo significa que la paz que vino a traer no es sinónimo de simple ausencia de conflictos. Al contrario, la paz de Jesús es fruto de una lucha constante contra el mal. El combate que Jesús está decidido a librar no es contra hombres o poderes humanos, sino contra el enemigo de Dios y del hombre, contra Satanás. Quien quiera resistir a este enemigo permaneciendo fiel a Dios y al bien, debe afrontar necesariamente incomprensiones y a veces auténticas persecuciones.
Por eso, todos los que quieran seguir a Jesús y comprometerse sin componendas en favor de la verdad, deben saber que encontrarán oposiciones y se convertirán, sin buscarlo, en signo de división entre las personas, incluso en el seno de sus mismas familias.
La Virgen María, Reina de la paz, compartió hasta el martirio del alma la lucha de su Hijo Jesús contra el Maligno, y sigue compartiéndola hasta el fin de los tiempos. Invoquemos su intercesión materna para que nos ayude a ser siempre testigos de la paz de Cristo, sin llegar jamás a componendas con el mal.

Martes
Mateo 11, 20-24
El día del juicio será menos riguroso para Tiro, Sidón y Sodoma que para otras ciudades. Jesús comenzó a recriminar a aquellas ciudades donde había realizado más milagros, Ante la actitud hostil de los fariseos, ahora Jesús, asocia otra actitud semejante de algunas ciudades en las que él predicó. Jesús increpa a las ciudades de Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm porque en ellas había hecho muchos milagros, y, sin embargo, no se habían convertido a Él.
La doctrina que tantas veces había enseñado allí Jesús, rubricada con milagros, les hacía ver que El era el Mesías. Pero no respondieron a amor de Jesús; no cambiaron su modo de ser, su judaísmo rabínico y alega: porque no se habían convertido.
Al respecto, san Cirilo, comenta; “Por medio de esto, Jesús, nos enseña que todo lo que nos dicen los apóstoles debe aceptarse y dar frutos de conversión. Nadie ha comprado la salvación como propiedad privada. Cada día necesitamos volver sobre nuestras vidas, confrontarnos con el evangelio de Jesús y dar un paso en nuestro camino de conversión. La autosuficiencia es mala consejera. Para conservar y aumentar las gracias y dones recibidos de Jesús, esforcémonos por una conversión permanente de la mente y del corazón, combatiendo decididamente el pecado, que destruye la vida del alma.
Hay que corresponder a ese amor y luego comprometerse a comunicarlo a los demás: Cristo «me atrae hacia sí» para unirse a mí, a fin de que aprenda a amar a los hermanos con su mismo amor.
Miércoles
Mateo 11, 25-27
Escondiste estas cosas a los sabios y las revelaste a la gente sencilla. Ante la dureza de corazón de muchos, particularmente de los cultísimos fariseos y maestros de la Ley, el Señor Jesús da gracias al Padre por la humildad de aquellos que sí creyeron y acogieron la verdad revelada por Él, que lo acogieron a Él mismo.
Por consiguiente, Jesús no fustiga el hecho de ser sabios, sino la soberbia que lleva a asumir una actitud cerrada, intolerante e incluso hostil frente a la Verdad revelada por el Señor Jesús. Él muestra esa verdad a todos, pero no todos la acogen, sino sólo los “sencillos”.
En este sentido interpreta las palabras del Señor San Juan Crisóstomo: “al decir ‘a los sabios’, (el Señor) no se refiere a la verdadera sabiduría, sino a aquella que pretendían tener los escribas y los fariseos”. Y en un sentido más amplio afirma San Agustín que “bajo el nombre de sabios y prudentes, se entiende los soberbios”.
En resumen, el Señor Jesús “da gracias de haber revelado los misterios de su advenimiento a los Apóstoles, como párvulos, mientras que los escribas y fariseos, que se creían sabios y se miraban como prudentes, los ignoraron” (San Beda). La humildad nos hace reconocer que “nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar”, es decir “a los pequeños” (Mt 11,25-27).
Contemplemos a la Madre de Dios. En Ella se expresa la sabiduría de los sencillos, de los pobres, y se trasciende la ruptura generada por la ciencia que hincha y oscurece el entendimiento.
Jueves
Mateo 11, 28-30
Soy manso y humilde de corazón. Hoy el Señor hace una invitación a “todos los que están cansados y agobiados”. Los invita a acudir a Él, les promete que Él aliviará el peso que cargan sobre sus hombros, la fatiga que experimentan.
¿A qué peso se refiere? Es el peso de la Ley y de las observancias farisaicas que recargan más aún el peso de la Ley (ver Mt 23,4). El “yugo de la Ley” era una metáfora frecuentemente usada entre los rabinos, y es eso a lo que hace referencia el Señor. Él ofrece ahora otro yugo, el “suyo”, un yugo que es suave y ligero.
Quien del Señor aprende a cargar ese yugo, quien acude a Él, quien lo ama como es amado por Él, encontrará en Él el descanso del corazón, encontrará que la “carga” de los mandamientos divinos –que para muchos es un yugo insoportable– se hace ligera, fácil de cumplir y sobrellevar. Para quien ama, hasta lo más duro y exigente se torna “suave” y se hace con enorme gozo y alegría.
“¡Vengan a Mí!”, nos dice el Señor, cuando nos experimentamos fatigados, agobiados, invitándonos a salir de nosotros mismos, a buscar en Él ese apoyo, ese consuelo, esa fortaleza que hace ligera la carga. Él, que experimentó en su propia carne y espíritu la fatiga, el cansancio, la angustia, la pesada carga de la cruz, nos comprende bien y sabe cómo aligerar nuestra propia fatiga y el peso de la cruz que nos agobia. “Sin Dios, la cruz nos aplasta; con Dios, nos redime y nos salva”. (S.S. Juan Pablo II) Si buscamos al Señor, en Él encontraremos el descanso del corazón, el consuelo, la fortaleza en nuestra fragilidad. Y aunque el Señor no nos libere del yugo de la cruz, nos promete aliviar nuestro peso haciéndose Él mismo nuestro Cireneo.
Viernes
Mateo 12, 1-8
El Hijo del hombre también es dueño del sábado. Jesús enfrenta la actitud autoritaria y opresora de los fariseos. Estos lo cuestionan por la acción que cometen los discípulos “arrancan espigas en sábado”. Arrancar espigas era equivalente a cosechar, trabajo no permitido durante el descanso obligatorio, según la interpretación de los fariseos.
Jesús los contradice con unos hechos referidos al rey David y a la vida del templo. David infringió la ley para alimentar a su tropa; los sacerdotes por el exceso de actividad del culto violan el descanso obligatorio. Luego les cita la misma escritura, donde se hace evidente en la boca de los profetas que lo importante es la misericordia y no los sacrificios.
El precepto sabático sólo puede ser entendido adecuadamente en el marco del culto tributado a Dios y éste sólo puede brotar auténticamente en el ámbito de la misericordia y desde el sentimiento de ayuda al semejante.
Desde el tiempo del Nuevo Testamento (tiempos Apostólicos), el domingo remplazó al sábado judío como día dedicado al Señor para darle culto y descansar de las labores. San Ignacio de Antioquía, discípulo de los Apóstoles, Padre de la Iglesia del siglo I, enseña: Los que vivían según el orden de cosas antiguo han pasado a la nueva esperanza, no observando ya el sábado, sino el día del Señor, en el que nuestra vida es bendecida por El y por su muerte (Magn. 9,1).
Juan pablo II, decía que “El domingo, pues, más que una «sustitución» del sábado, es su realización perfecta, y en cierto modo su expansión y su expresión más plena, en el camino de la historia de la salvación, que tiene su culmen en Cristo”.

Sábado: 16 de julio fiesta de Nuestra Señora del Carmen
Mateo 12, 14-21
Les mandó que no lo publicaran, para que se cumplieran las palabras del profeta. Teneos un nuevo incidente de Jesús respecto al sábado: en ese día curó a un paralítico, y ¡en plena sinagoga esta vez!
Los fariseos salieron y tuvieron consejo para planear el modo de acabar con El. Jesús se enteró y se fue de allí. Le siguieron muchos y El los curó a todos, mandándoles que no lo publicaran...
Esta orden de Jesús a sus oyentes de que no lo dijeran fue para que se cumpliera la profecía de Isaías, pues este estilo es del que habla el profeta hablando del Siervo de Dios y que ahora san Mateo afirma que se cumple a la perfección en Jesús: anuncia el derecho, pero no grita ni vocea por las calles. Tiene un modo de actuar lleno de misericordia: la caña cascada no la quiebra, el pábilo vacilante no lo apaga. Ayer decía aquello de “misericordia quiero y no sacrificios”. El es el que mejor lo cumple con su manera de tratar a las personas.
La misión de Jesús es pacifista, solidaria y defensora de la justicia y el derecho. Sólo de un hombre así, sin pretensiones mundanas, el pueblo puede esperar la salvación. Jesús anunciará su misión salvífica con el testimonio de su propia vida, respaldado con acciones concretas en favor de los más pobres y desvalidos de la sociedad. Es precisamente en favor de ellos que instaurará el derecho y la justicia entre las naciones.

Nuestra Señora del Carmen
Cuando nosotros celebramos la fiesta de María, Madre de Dios, bajo cualquier advocación con que la llamemos, estamos celebrando también el gozo de que una mujer, tomada de entre nosotros, se engalana para recibir el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. El monte Carmelo es símbolo de María.
Se escogió esta fecha de la fiesta del 16 de julio, por ser el día en que la Virgen se apareció a San Simón Stock dándole el escapulario. San Simón Stock, comprendió que, sin la intervención de la Virgen, la Orden tendría vida corta. Recurrió a María, a la que llamó “Flor del Carmelo” y “Estrella del Mar” y puso la Orden bajo su amparo, suplicándole su protección para toda la comunidad. En respuesta a su oración, el 16 de julio de 1251 se le apareció la Virgen y le dio el escapulario para la Orden con la siguiente promesa: “Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los Carmelitas: quien muera con el escapulario no sufrirá el fuego eterno”.
Para el cristiano, el escapulario es una señal de su compromiso de vivir la vida cristiana siguiendo el ejemplo de la Virgen Santísima y el signo del amor y la protección maternal de María, que envuelve a sus devotos en su manto, como lo hizo con Jesús al nacer, como Madre que cobija a sus hijos. San Pablo nos dice que nos revistamos de Cristo, con el vestido de sus virtudes. El escapulario es el signo de que pertenecemos a María como sus hijos escogidos, consagrados y entregados a ella, para dejarnos guiar, enseñar, moldear por Ella y en su corazón.
El escapulario es un signo de nuestra identidad como cristianos, vinculados íntimamente a la Virgen María con el propósito de vivir plenamente nuestro bautismo. Por tanto, “No lleguemos a la conclusión de que el escapulario está dotado de alguna clase de poder sobrenatural que nos salvará a pesar de lo que hagamos o de cuanto pequemos...Una voluntad pecadora y perversa puede derrotar la omnipotencia suplicante de la Madre de la Misericordia”.
La Virgen ha prometido sacar del purgatorio el primer sábado después de la muerte a la persona que muera con el escapulario. La Virgen prometió al Papa Juan XXII que aquellos que cumplieran los requisitos de esta devoción que “como Madre de Misericordia, con sus ruegos, oraciones, méritos y protección especial, les ayudaría para que, libres cuanto antes de sus penas, sean trasladadas sus almas a la bienaventuranza”. Las condiciones para gozar de este privilegio son llevar el escapulario con fidelidad, guardar la castidad de su estado, rezar el oficio de la Virgen o los cinco misterios del rosario…
Oración. “Madre del Carmelo: Tengo mil dificultades, ayúdame. De los enemigos del alma, sálvame. En mis desaciertos, ilumíname. En mis dudas y penas, confórtame. En mis enfermedades, fortaléceme. Cuando me desprecien, anímame. En las tentaciones, defiéndeme. En horas difíciles, consuélame. Con tu corazón maternal, ámame. Con tu inmenso poder, protégeme. Y en tus brazos de Madre, al expirar, recíbeme. Virgen del Carmen, ruega por nosotros. Amén.”

sábado, 9 de julio de 2011

XV Domingo Ordinario/A Segunda Lectura


DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO/A
De san Pablo, en la Segunda lectura, hemos escuchado: “la creación expectante está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios (...) y espera ser liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Rm 8, 19-21). El Apocalipsis nos anuncia “un cielo nuevo y una tierra nueva”, porque el cielo y la tierra anteriores desaparecerán (cf. Ap 21, 1). Y san Pedro, en su segunda carta, recurre a imágenes Apocalípticas tradicionales para reafirmar el mismo concepto: “Los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia” (2 P 3, 12-13).
De todo esto podemos sacar tres puntos: buscar a Dios y buscarlo a través de Jesucristo que lo reveló (cf. Jn 1, 18), tratando de fijar la mirada en las realidades invisibles que son eternas (cf. 2 Co 4, 18), y en espera de la manifestación gloriosa del Salvador (cf. Ti 2, 13).
Buscar a Dios y buscarlo a través de Jesucristo que lo reveló (cf. Jn 1, 18): Buscar a Dios, caminar con Dios, seguir dócilmente las enseñanzas de su Hijo, Jesucristo. La orientación religiosa del hombre le viene de su misma naturaleza de criatura, que lo impulsa a buscar a Dios, quien lo ha creado a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 27). El concilio Vaticano II ha enseñado que “la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. Desde su nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador” (GS 19).
El deseo sincero de Dios nos lleva a evitar el mal y a hacer el bien. Esta conversión del corazón es ante todo un don gratuito de Dios, que nos ha creado para sí y en Jesucristo nos ha redimido: nuestra verdadera felicidad consiste en permanecer en él (cf. Jn 15, 4). Por este motivo, él mismo previene con su gracia nuestro deseo y acompaña nuestros esfuerzos de conversión.
A través de la unión profunda con Cristo, iniciada en el bautismo y alimentada por la oración, los sacramentos y la práctica de las virtudes evangélicas, hombres y mujeres de todos los tiempos, como hijos de la Iglesia, han alcanzado la meta de la santidad. Son santos porque pusieron a Dios en el centro de su vida e hicieron de la búsqueda y extensión de su Reino el móvil de su propia existencia; santos porque sus obras siguen hablando de su amor total al Señor y a los hermanos dando copiosos frutos, gracias a su fe viva en Jesucristo, y a su compromiso de amar como Él nos ha amado, incluso a los enemigos.
Tratando de fijar la mirada en las realidades invisibles que son eternas (cf. 2 Co 4, 18): Pero vemos con frecuencia, que se ha invertido la jerarquía de valores: lo que es secundario, caduco, se pone a la cabeza, pasa al primer plano. En cambio, lo que realmente debe estar en primer plano es siempre y sólo Dios. Y no puede ser de otra manera. Por esto dice Cristo: “Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Ibíd. 6, 33).
…en espera de la manifestación gloriosa del Salvador (cf. Ti 2, 13): El Espíritu construye el Reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo” (TMA 45). Observaba san Agustín, todos queremos la “vida bienaventurada”, la felicidad; queremos ser felices. No sabemos bien qué es y cómo es, pero nos sentimos atraídos hacia ella. Se trata de una esperanza universal, común a los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares. La expresión “vida eterna” querría dar un nombre a esta espera que no podemos suprimir: no una sucesión sin fin, sino una inmersión en el océano del amor infinito, en el que ya no existen el tiempo, el antes y el después. Una plenitud de vida y de alegría: esto es lo que esperamos y aguardamos de nuestro ser con Cristo (cf. ib., 12).
Renovemos hoy la esperanza en la vida eterna fundada realmente en la muerte y resurrección de Cristo. Que María, Estrella de la esperanza, haga más fuerte y auténtica nuestra fe en la vida eterna.

lunes, 4 de julio de 2011

Décima cuarta semana del tiempo ordinario


Décima cuarta semana
Lunes. Mateo 9, 18-26
Mi hija acaba de morir; pero ven tú y volverá a vivir. Nuestro mundo necesita una profunda mejoría, una honda resurrección espiritual. Aunque el Señor lo sabe todo, quiere que, con la misma confianza de aquel jefe de la sinagoga, Jairo –que cuenta la gravedad del estado de su hija: “Mi niña está en las últimas” (Mc 5, 23)-, le digamos cuáles son nuestros problemas, todo lo que nos preocupa o entristece. Y el Señor espera que le dirijamos la misma súplica de Jairo, cuando le pedía la salud de su hija: “Ven, pon las manos sobre ella, para que sane” (Ibíd.).
Es necesario nuestra oración, nuestro testimonio y nuestra palabra para la salvación del mundo entero, para que todos los hombres resuciten a una vida nueva en Cristo Jesús. Debemos rezar y testimoniar nuestra fe para vencer la muerte. Debemos rezar para lograr una vida nueva en Cristo Jesús. El es la vida; El es la verdad; Él es el camino.
Jesucristo, muerto, Jesucristo resucitado es para nosotros la prueba definitiva del amor de Dios por todos los hombres. Jesucristo, “el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Hb 13, 8), continúa mostrando por cada uno de nosotros el mismo amor que describe el Evangelio cuando se encuentra con Jairo y con su enferma hija, a quien da la salud y la vida.
Así podemos contemplarlo en la lectura bíblica que hemos escuchado: la resurrección de la hija de Jairo. Estamos viendo cómo Jesús sale al paso de la humanidad, en las situaciones más difíciles y penosas. El milagro realizado en casa de Jairo nos muestra su poder sobre el mal. Es el Señor de la vida, el vencedor de la muerte.
Martes. Mateo 9, 32-38
La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Sabemos que estas palabras valen para todos los tiempos. Por tanto, estas palabras valen también para nuestro tiempo. Eso significa: en el corazón de los hombres crece una mies. Eso significa, una vez más: en lo más profundo de su ser esperan a Dios; esperan una orientación que sea luz, que indique el camino. Esperan una palabra que sea más que una simple palabra. Se trata de una esperanza, una espera del amor que, más allá del instante presente, nos sostenga y acoja eternamente. La mies es mucha y necesita obreros en todas las generaciones. Y para todas las generaciones, aunque de modo diferente, valen siempre también las otras palabras: “Los obreros son pocos”.
“Rueguen, pues, al Dueño de la mies que mande obreros”. Eso significa: la mies existe, pero Dios quiere servirse de los hombres, para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres. Necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que ya está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y se transforme en perenne comunión divina de alegría y amor”.
“Rueguen, pues, al Dueño de la mies” quiere decir también: no podemos ‘producir’ vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre.
Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción, a fin de que de nuestro corazón brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su ‘sí’. Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte.
Miércoles
Mateo 10, 1-7
Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. En el evangelio, Jesús parece limitar su misión sólo a Israel: parece circunscribir la misión encomendada a los Doce: “A estos Doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: ‘No tomen camino de gentiles ni entren en ciudad de samaritanos; diríjanse más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel’” (Mt 10, 5-6).
Más bien, en esta expresión del evangelio de hoy, se ponen de manifiesto dos realidades; por una parte, la apertura universal de la salvación y la fidelidad a Israel, que a primera vista pueden parecer opuestas, son en realidad dos aspectos inseparables y recíprocos del mismo misterio de salvación: precisamente la intensidad y la firmeza del amor de Dios por el pueblo que eligió son las que convierten este amor en una ‘bendición’ para todos los pueblos (cf. Gn 12, 3). Esto se manifiesta en el grado más alto en la cruz de Cristo, signo máximo de su entrega a las ovejas perdidas de la casa de Israel y, al mismo tiempo, de la redención de la humanidad entera.
De una o de otra forma, descubrimos el amor de Cristo por los hombres, que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de Dios, tanto el pueblo de Israel como todos los demás naciones de la tierra. El pueblo de la promesa es signo de salvación para todos los pueblos, El pueblo de Israel es el inicio de la universalización de la Alianza. En efecto, después de la pasión y la resurrección de Cristo, la misión universal de los Apóstoles se hará explícita. Cristo enviará a los Apóstoles “a todo el mundo” (Mc 16, 15), a “todas las naciones” (Mt 28, 19; Lc 24, 47), “hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8).
Este proyecto de Dios continúa: Dios quiere que todos los hombres se salven, y nos quiere colaboradores, desde nuestra propia vocación.

Jueves
Mateo 10, 7-15
Gratuitamente han recibido este poder, ejérzanlo, pues, gratuitamente. Todos hemos recibido gratuitamente la fe, la salvación del Señor. Cristo nos llama a la fe, nos dio su mensaje evangélico, somos depositarios de él, y somos apóstoles con la misión de transmitirlo al mundo.
Somos depositarios del Reino de Dios, pero no lo hemos recibido para guardarlo para nosotros, es para compartirlo con todos los demás, porque todos, como decíamos ayer, hemos sido llamados a la salvación. Jesús a todos nos llama a difundir el Reino de los Cielos, esta es nuestra misión, somos misioneros por nuestro bautismo, Jesús nos ha llamado ser testigos de su amor.
Pero no basta dar gratuitamente lo que hemos recibido de igual forma, debemos darlo con cariño, con generosidad, con entrega total, a manos llenas, sin regateos, con todo el corazón, está claro, con las cosas de Dios no podemos ser tacaños.
Los apóstoles, somos todos los miembros de la Iglesia, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, aunque lo hagamos en distintos frentes y de diferentes maneras, todos estamos encargados por Jesús a proclamar su Reino en el mundo. Tenemos fe porque la hemos recibido de Dios a través de nuestros padres, de catequistas y de los hermanos… Ahora nos toca pasarla gratuitamente a los que están a nuestro alrededor.
Viernes
Mateo 10, 16-23
No serán ustedes los que hablarán, sino el Espíritu de su Padre. El Espíritu Santo fue el abogado defensor de los Apóstoles, y de todos aquellos que, a lo largo de los siglos, han sido en la Iglesia los herederos de su testimonio y de su apostolado, especialmente en los momentos difíciles que comprometieron su responsabilidad hasta el heroísmo.
Jesús lo predijo y lo prometió: “los entregarán a los tribunales... serán llevados ante gobernadores y reyes... Mas cuando los entreguen, no se preocupen de cómo o qué van a hablar... no serán ustedes los que hablarán, sino el Espíritu de su Padre el que hablará en ustedes” (Mt 10, 17-20; “…el Espíritu Santo les enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir”.
Cuando los Apóstoles tienen que confesar la verdad, motivarla y defenderla, el Espíritu Santo siempre está presente. Él mismo se convierte, entonces, en el inspirador; él mismo habla con sus palabras, y juntamente con ellos y por medio de ellos da testimonio de Cristo y de su Evangelio. Ante los acusadores Él llega a ser como el “Abogado” invisible de los acusados, por el hecho de que actúa como su patrocinador, defensor, confortador.
Por tanto, en el dar testimonio de Cristo, el Paráclito es un asiduo (aunque invisible) Abogado y Defensor de la obra de la salvación, y de todos aquellos que se comprometen en esta obra. Y es también el Garante de la definitiva victoria sobre el pecado y sobre el mundo sometido al pecado, para librarlo del pecado e introducirlo en el camino de la salvación.

Sábado
Mateo 10, 24-33
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. En esta expresión del evangelio de hoy encontramos, en la tradición bíblica, la dualidad del hombre. Esta tradición se refleja en las palabras de Cristo: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y el alma no pueden matarla; o también: “teman más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo en la gehena” (Mt 10, 28).
Las fuentes bíblicas autorizan a ver el hombre como unidad personal y al mismo tiempo como dualidad de alma y cuerpo. En Deus caritas est leemos: “El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; (...) ni el cuerpo ni el espíritu aman por sí solos: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma” (n. 5). Si se elimina esta unidad, se pierde el valor de la persona y se cae en el grave peligro de considerar el cuerpo como un objeto que se puede comprar o vender (cf. ib.).
La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la ‘forma’ del cuerpo (cf. Cc. de Vienne, año 1312, DS 902); es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza. A pesar de que se manifieste a menudo la convicción de que el hombre es ‘imagen de Dios’ gracias al alma, no está ausente en la doctrina tradicional la convicción de que también el cuerpo participa a su modo, de la dignidad de la ‘imagen de Dios’, lo mismo que participa de la dignidad de la persona. Por consiguiente, no es lícito al hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, tiene que considerar su cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último día (GS 14,1).