martes, 20 de diciembre de 2011

Tiempo de Navidad

EL TIEMPO DE NAVIDAD Si el tiempo de Adviento nos hace suspirar por el doble advenimiento del Hijo de Dios, el de Navidad, celebra el aniversario de su nacimiento en cuanto hombre, y por lo mismo nos prepara a su venida como Juez. Con las primeras Vísperas de la Navidad, el 24 de diciembre, entramos en el Tiempo de la Navidad, que concluirá con la celebración de la Fiesta del Bautismo de Jesús. Como indica el nombre que damos a este Tiempo litúrgico, el momento central del mismo es la celebración de la solemnidad de la Natividad del Señor, celebración que tiene, al igual que la solemnidad de la Resurrección de Jesucristo, una octava. En el caso de la Navidad, esta octava se clausura con otra solemnidad muy navideña, la de la Maternidad de María, la Virgen-Madre. Si el tiempo de Adviento nos hace suspirar por el doble advenimiento del Hijo de Dios, el de Navidad, celebra el aniversario de su nacimiento en cuanto hombre, y por lo mismo nos prepara a su venida como Juez. Desde Navidad sigue la Iglesia paso a paso a Jesucristo en su obra Redentora, para que nuestras almas, aprovechándose de todas sus gracias que de todos los misterios de su vida fluyen, sean, como dice San pablo, “la esposa sin mácula, si arruga, santa e inmaculada”, que podrá presentar a Cristo a su Padre cuando vuelva a buscarnos al fin del mundo. Este momento, significado por el postrer domingo después de Pentecostés, es el término de todas las fiestas del calendario cristiano. Las páginas del Misal y el Breviario están especialmente consagradas a los misterios de la infancia de Cristo. 1. NACIMIENTO ETERNO DEL VERBO Dice San Pablo que “Dios habita en una inaccesible luz” y que precisamente, para darnos a conocer a su Padre baja Jesús a la tierra. “Nadie conoce al Padre si no es Hijo, y aquél a quien quiera el Hijo revelarlo”. Así el Verbo hecho carne es la manifestación de Dios al hombre. A través de las encantadoras facciones de este Niño recién nacido, quiere la Iglesia que contemplemos a la Divinidad misma, que por decirlo así, se ha tornado visible y palpable.”Quien me ve, al Padre ve”, decía Jesús. “Por el misterio de la Encarnación del Verbo, añade el Prefacio de Navidad conocemos a Dios bajo una forma visible” – y, para asentar de una vez cómo la contemplación del Verbo es el fundamento de la ascesis de este Tiempo, se echa mano de los pasos más luminosos y profundos que hay en los escritos de los dos Apóstoles S. Juan y S. Pablo, entrambos heraldos por excelencia de la Divinidad de Cristo. La espléndida liturgia de Navidad nos convida a postrarnos de hinojos con María y San José ante este Dios revestido de la humilde librea de nuestra carne: “Cristo nos ha nacido, venid adorémosle”; “con toda la milicia celestial” nos hace cantar “Gloria a Dios”; y con la sencilla comitiva pastoril nos manda “alabar y glorificar a Dios”; y por fin, nos asocia a la pomposa caravana de los Reyes Magos, para que con ellos nos “hinquemos delante del Niño y le adoremos”. 2. NACIMIENTO TEMPORAL DE LA HUMANIDAD DE JESÚS “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”. Este Dios a quien adoramos es la divinidad unida a la humana naturaleza en todo lo que aquélla tiene de más amable y de más débil, de modo que no nos deslumbre su luz, y podamos acercarnos a Él sin pavor. El ABC de la vida espiritual consiste precisamente, en conocer los Misterios de la Infancia del Salvador y asimilarse a su persona y a su Evangelio. Por eso, durante algunas semanas contemplamos a Cristo en Belén, en Egipto y en Nazaret. María da al mundo a su Hijo, y lo envuelve en pañales, y lo recuesta en el pesebre, y José rodea al Niño de sus cuidados paternales. Es su padre, no ya sólo porque como esposo de la Virgen, tiene derechos en el Fruto de su vientre, sino también porque, como dice Bossuet, así como algunos adoptan hijos, así Jesús adoptó un padre”. 3. NACIMIENTO ESPIRITUAL DEL CUERPO MÍSTICO DE JESÚS Santo Tomás que, “si el Hijo de Dios se encarnó, no fue tanto por Él, sino para hacernos dioses mediante su gracia”. A la humanización de Dios debe corresponder la divinización del hombre. “El Cristo total, añade S. Agustín, lo forman Jesucristo y los cristianos”. Él es cabeza y nosotros sus miembros. Con Jesús nacemos siempre de un modo más perfecto a la vida sobrenatural, porque el nacimiento de la cabeza es también el nacimiento del cuerpo. Que toda nuestra actividad no sea sino el resplandor de esa luz del Verbo, que envuelva a nuestras almas. Esa es la gracia propia del tiempo de Navidad, el cual tiene por fin ampliar la divina paternidad, a fin de que Dios Padre pueda decir, hablando de su Verbo encarnado y de todos nosotros: “Tú eres mi Hijo; Yo te he engendrado hoy”. 4. FIESTAS QUE CELEBRAMOS DURANTE EL TIEMPO DE NAVIDAD En el Tiempo de Navidad, además de la solemnidad de la Natividad del Señor, celebramos otras fiestas con distinta intensidad y con características propias: la fiesta de la Sagrada Familia, María, Madre de Dios, Epifanía de Señor y el Bautismo de Jesús. 1) La solemnidad de la Natividad del Señor En la Navidad, se nos da esta enorme noticia: “Hoy nos ha nacido el Salvador, un hijo nos ha nacido”. En la cueva de Belén adoramos al mismo Señor que en el Sacramento Eucarístico quiso hacerse nuestro alimento espiritual, para transformar al mundo desde dentro, partiendo del corazón del hombre. Nuestro Salvador ha nacido para todos. Tenemos que proclamarlo no sólo con las palabras, sino también con toda nuestra vida, dando al mundo el testimonio de comunidades unidas y abiertas, en las que reina la hermandad y el perdón, la acogida y el servicio recíproco, la verdad, la justicia y el amor. 2) La fiesta de la Sagrada Familia La Iglesia nos coloca la Fiesta de la Sagrada Familia enseguida de la Navidad, para ponernos de modelo a la Familia en que Dios escogió nacer y crecer como Hombre. Jesús, María y José. Tres personajes modelo, formando una familia modelo. Y fue una familia modelo, porque en ellos todo estaba sometido a Dios. Nada se hacía o se deseaba que no fuera Voluntad del Padre. La presencia de Dios en el hogar, entre los miembros de la familia, es lo único que garantiza la permanencia de la familia y unas relaciones que, sin ser perfectas, como sí lo fueron en la Sagrada Familia, sean lo más parecidas posibles al modelo de Nazaret. 3) María, Madre de Dios El primer día del nuevo año concluye la Octava de la Navidad del Señor y está dedicado a la santísima Virgen, venerada como Madre de Dios. “Madre de Dios” es el título más importante que le ha dado la Iglesia a la Virgen María. En el año 431 d.C., el Concilio de Éfeso -ciudad situada en la actual Turquía, donde según la tradición vivió María después de haber sido encomendada por el Señor desde la cruz al cuidado del apóstol Juan- definió que ella es la Madre de Dios, porque concibió y dio a luz a Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre. Por eso la Iglesia Católica le da tanta importancia a la fiesta de la Maternidad Divina de María, que la ha consagrado como una de las tres fiestas de guarda o de precepto distintas de los domingos, además del Corpus Christi, el 12 de diciembre en México y de la Natividad o Nacimiento de Jesús. 4) Epifanía de Señor Los Tres Reyes Magos representan la manifestación de Jesucristo, Dios y Señor de todos los hombres, a todas las razas. Por eso la fiesta que recuerda la visita de los Reyes a Dios-Hombre, al Rey de Reyes, se denomina “Epifanía”, que significa “manifestación”. La importancia de esta festividad va mucho más allá de lo pintoresco y atractivo de esta historia que recoge el Evangelio de San Mateo: Dios-Padre ha inscrito en el corazón de todos los seres humanos el deseo de buscarle. Y Dios responde a ese anhelo que hay en cada uno de nosotros sus creaturas. Y responde, mostrándonos cómo es El y cuál es el camino para llegar a Él, con Su Hijo Jesucristo, que se hace hombre, y nace y vive en nuestro mundo en un momento dado de nuestra historia. (Cfr. Juan Pablo II, En el umbral del Tercer Milenio). Los Tres Reyes ofrecieron regalos al Dios-Hombre: oro, en reconocimiento de que era Rey, el Rey de Reyes; incienso, con que lo reconocían como Dios, y mirra, sustancia usada para ungir a los muertos, simbolizaba su muerte como Hombre para nuestra salvación. 5) El Bautismo de Jesús La fiesta del bautismo del Señor cierra el ciclo litúrgico de Navidad y Epifanía, dedicado a conmemorar la manifestación de Dios en la humanidad de Jesús. Cada una de las fiestas que celebraremos durante estos días, nos ha puesto de manifiesto algún aspecto particular del misterio de la encarnación: Navidad nos ha mostrado la humildad y pobreza del nacimiento de Jesús; el Año Nuevo nos hará contemplar la maternidad virginal de María; Epifanía pone al descubierto la dimensión universal de la misión de Cristo, que quiere que todos los hombres se salven; y la fiesta del Bautismo del Señor nos indica cómo y cuándo se despertó en el hombre Jesús la conciencia clara de dicha misión. El Bautismo de Jesús y el cambio que significó en su camino humano, es sin duda un hecho histórico (diría que trascendental en la historia de la humanidad). La manifestación de la Trinidad de Dios es algo distinto porque supone una visión de fe. Los evangelios hablan de una voz venida del cielo que se oye, de una paloma que también baja y se posa en Jesús... Lo más probable es que se trate de modos de hablar escogidos por los evangelistas en su esfuerzo para expresar lo que sólo es perceptible desde la fe. Modos de expresar que aquel hombre llamado Jesús era realmente el Hijo amado del Padre, era el Hombre lleno del Espíritu Santo de Dios. Y que, por eso, a través suyo, a través de sus palabras y obras que entonces empezaban a manifestarse, podíamos entrar en relación con la Trinidad de Dios. Siempre, pero ante todo en este tiempo, la Iglesia nos invita a sus hijos, renacidos del agua y del Espíritu Santo, a que perseveremos en la escucha de la palabra de Cristo, el Unigénito de Dios Padre, en el fiel cumplimiento de la voluntad divina y en el testimonio de la caridad. ¡FLIZ NAVIDA Y SANTO AÑO 2012! Misa de Noche buena, y fin de año en los siguientes horarios de la noche: 7 san Miguelito, 8 Hospitalito, 9 Santuario parroquial de Nuestra Señora de la Soledad y, 10 La Divina Providencia.

¡Feliz Navidad y venturoso Año Nuevo!


¡Feliz Navidad y venturoso Año Nuevo!
Con mi afecto y oración
Cordialmente
Pbro. Félix Castro Morales

NOTA: HAY UN MENSAJE DE NAVIDAD Y AÑO NUEVO PARA TÍ EN MI WEB: parroquiadelasoledad.org

lunes, 19 de diciembre de 2011

IV Semana de Adviento/B Reflexiones al evanglio de cada día


IV Semana de Adviento/B
Lunes
Lc 1, 5-25
El nacimiento de Juan es anunciado por un ángel. La concepción de Juan el Bautista, el precursor del Señor, fue algo milagroso y maravilloso: fue anunciada de una manera especial. El nacimiento de Juan es anunciado con palabras casi tan majestuosas como las reservadas a Jesús. Esto se debe a que Juan fue el heraldo del Mesías, el vinculo entre el Nuevo y el Antiguo Testamento, El hombre más grande de su época (Lc 7:28). No obstante, Lucas añade a la narración diversas profecías relativas a la singular importancia de Jesús (Lc 2:22-38) y de esta forma señala la trascendencia de su persona y misión.
El ángel del Señor dijo a Zacarías: “No sientas miedo, tus oraciones han sido escuchadas y tu esposa Isabel concebirá un hijo al que le llamarás Juan y... él será lleno del Espíritu Santo incluso desde el vientre de la madre. Y él convertirá muchos de los hijos de Israel al señor su Dios. E irá antes que él en el espíritu y poder de Elías; Él podrá tornar el corazón de padres en niños y los incrédulos a la sabiduría de los justos, para prepararle al Señor un pueblo perfecto”.
Zacarías no creyó y lo tomó como el anuncio de un castigo. Retornó a su casa y al poco tiempo Isabel concibió su hijo y lo ocultó por cinco meses. De acuerdo con la tradición, en el sexto mes, el ángel Gabriel le dijo a María que su prima Isabel había concebido un hijo. María fue a la casa de su prima y cuando Isabel escuchó el saludo de María, una criatura saltó de júbilo en su vientre, como si sintiera la presencia del Señor. La escritura dice que María se quedó en casa de Isabel por tres meses, o hasta el nacimiento de Juan. En el octavo mes ellos vinieron para verificar la circuncisión del niño y le pusieron el nombre de su padre Zacarías, pero Zacarías había escrito que su nombre era Juan.
El nuevo testamento no menciona nada respecto de sus primeros años hasta que empezó su ministerio. Juan el hijo de Zacarías desempeño su ministerio cerca del río Jordán predicando que hicieran penitencia por que el reino de los cielos estaba por llegar. Todo esto, pronto lleva nuestra mente al nacimiento de Jesús que se acerca y a urgirnos a prepararle nuestra mente y nuestro corazón a Jesús.
Martes
Lc 1, 26-38
Concebirás y darás a luz un hijo. En realidad, como hemos escuchado en el relato del evangelista san Lucas, la gloria de la Trinidad se hace presente en el tiempo y en el espacio, y encuentra su epifanía más elevada en Jesús, en su encarnación y en su historia.
San Lucas lee la concepción de Cristo precisamente a la luz de la Trinidad: lo atestiguan las palabras del ángel, dirigidas a María y pronunciadas dentro de la modesta casa de la aldea de Nazaret, en Galilea, que la arqueología ha sacado a la luz. En el anuncio de Gabriel se manifiesta la trascendente presencia divina: el Señor Dios, a través de María y en la línea de la descendencia davídica, da al mundo a su Hijo: “Concebirás en el seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre” (Lc 1, 31-32).
Aquí tiene valor doble el término ‘Hijo’, porque en Cristo se unen íntimamente la relación filial con el Padre celestial y la relación filial con la madre terrena. Pero en la Encarnación participa también el Espíritu Santo, y es precisamente su intervención la que hace que esa generación sea única e irrepetible: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35).
En el centro de nuestra fe está la Encarnación, en la que se revela la gloria de la Trinidad y su amor por nosotros: “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria” (Jn 1, 14). “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único" (Jn 3, 16). “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9).
Aprendamos en este Adviento, y siempre, de María a acoger al Niño que por nosotros nació en Belén. Si en el Niño nacido de ella reconocemos al Hijo eterno de Dios y lo acogemos como nuestro único Salvador, podemos ser llamados, y seremos realmente, hijos de Dios: hijos en el Hijo.
Miércoles
Lc 1, 39-45
¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Estas palabras las pronunció Isabel cuando la virgen la visitó. La presencia de la Virgen María en la casa de Isabel, trajo gran alegría, quien llena de Espíritu Santo exclamó: “Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuando te fue anunciado de parte del Señor” (Lc 1, 44-45).
A través del saludo de las respectivas madres, se realiza el primer encuentro entre Juan Bautista y Jesús. San Lucas recuerda que María ‘fue aprisa’ (cf. Lc 1, 39) a casa de Isabel. Esta prisa por ir a casa de su prima indica su voluntad de ayudarle durante el embarazo; pero, sobre todo, su deseo de compartir con ella la alegría por la llegada de los tiempos de la salvación. En presencia de María y del Verbo encarnado, Juan salta de alegría e Isabel se llena del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 41).
Nuestra Madre María se es nuestro modelo en todo los momentos de su vida Hoy la contemplamos acogiendo la voluntad divina, ofreciendo su colaboración activa para que Dios pudiera hacerse hombre en su seno materno. Llevó en su interior al Verbo divino, yendo a casa de su anciana prima que, a su vez, esperaba el nacimiento del Bautista. En este gesto de solidaridad humana, María testimonió la auténtica caridad que crece en nosotros cuando Cristo está presente.
Jueves
Lc 1, 46-56
Ha hecho en mi, grandes cosas el que todo lo puede. En el Evangelio de san Lucas hemos escuchado que María, al visitar a su prima Isabel, canta el himno de alabanza: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador... porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede” (Lc 1, 46-47.49). En las palabras del "Magníficat" se manifiesta todo el corazón de nuestra Madre.
Desde el principio Dios hizo grandes cosas en María. Desde el momento de su concepción en el seno de su madre, Ana, cuando, habiéndola elegido como Madre del propio Hijo, la ha liberado del yugo de la herencia del pecado original. Y luego, a lo largo de los años de la infancia cuando la ha llamado totalmente para sí, a su servicio, como la Esposa del Cantar de los Cantares. Y después: a través de la Anunciación, en Nazaret, y a través de la noche de Belén, y a través de los treinta años de la vida oculta en la casa de Nazaret. Y sucesivamente, mediante las experiencias de los años de enseñanza de su Hijo Cristo y mediante los horribles sufrimientos de la cruz y la aurora de la resurrección...
Escuchamos precisamente la voz de la Virgen que habla así de su Salvador, que ha hecho obras grandes en su alma y en su cuerpo. El alma de la oración de María es la celebración de la gracia divina, que ha irrumpido en su corazón y en su existencia, convirtiéndola en la Madre del Señor.
También nosotros alabamos juntos a Dios por todo lo que ha hecho por la humilde Esclava del Señor. Le glorificamos, le damos gracias. ¿Acaso no deberemos repetir también nosotros como María: ha hecho cosas grandes en mí? Porque lo que ha hecho en Ella, lo ha hecho para nosotros y, por lo tanto, también lo ha hecho en nosotros. Por nosotros se ha hecho hombre, nos ha traído la gracia y la verdad. Hace de nosotros hijos de Dios y herederos del cielo. Por consiguiente, nuestro reto de todos los días es responder a las cosas grandes que Dios ha hecho y hace diariamente en nuestra vida por María.
Viernes
Lc 1, 57-66
El nacimiento de Juan el Bautista. El Evangelio que hemos escuchado, sobre el nacimiento de Juan el Bautista, ya nos anuncia el nacimiento de Jesús. Y es que, también así, la liturgia busca decirnos que Juan Bautista es el que prepara el camino del Señor, y deberá convertirse en el heraldo del Mesías, de aquel que la Virgen de Nazaret ha concebido por obra del Espíritu Santo.
El nacimiento de Juan ha sido rodeado por varios signos prodigiosos: los padres ya no tenían edad para tener hijos; además, Zacarías se queda mudo en el Templo y sólo recobra el habla cuando le pone a su hijo el nombre de Juan. Tan llamativo era lo que pasaba que “se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea”.
Mañana por la noche será la Nochebuena, el momento de revitalizar el nacimiento de Jesús en nuestro corazón. Y así como los vecinos de Juan Bautista descubrieron, que las señales que acompañaban a Juan Bautista anunciaban cosas grandes en él, a nosotros nos corresponde descubrir mañana en el niño de Belén la señal de Dios en la sencillez. La señal de Dios es el niño. La señal de Dios es que Él se hace pequeño por nosotros. Éste es su modo de reinar. Él no viene con poderío y grandiosidad, externas. Viene como niño inerme y necesitado de nuestra ayuda. No quiere abrumarnos con la fuerza. Nos evita el temor ante su grandeza. Pide nuestro amor: por eso se hace niño. No quiere de nosotros más que nuestro amor, a través del cual aprendemos espontáneamente a entrar en sus sentimientos, en su pensamiento y en su voluntad: aprendamos a vivir con Él y a practicar también con Él la humildad de la renuncia que es parte esencial del amor. Sigamos reparando el corazón para que mañana nazca para todos la luz del amor, para que nosotros podamos comprenderlo, acogerlo, amarlo.
Sábado 24 de diciembre, Misa matutina
Lc 1, 67-79
Nos visitará el solo que nace de lo alto. En la ya inminente cercanía de la Navidad, hemos escuchado el cántico de Zacarías, el Benedictus: el cántico entonado por el padre de san Juan Bautista, Zacarías, cuando el nacimiento de ese hijo cambió su vida, disipando la duda por la que se había quedado mudo, un castigo significativo por su falta de fe y de alabanza.
Ahora, en cambio, Zacarías puede celebrar a Dios que salva, y lo hace con este himno, recogido por el evangelista san Lucas en una forma que ciertamente refleja su uso litúrgico en el seno de la comunidad cristiana de los orígenes (cf. Lc 1, 68-79).
El mismo evangelista lo define como un canto profético, surgido del soplo del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 67). En efecto, nos hallamos ante una bendición que proclama las acciones salvíficas y la liberación ofrecida por el Señor a su pueblo.
Con Cristo aparecerá la luz que ilumina a toda criatura (cf. Jn 1, 9) y florece la vida, como dirá el evangelista san Juan uniendo precisamente estas dos realidades: “En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1, 4).
Caminemos hacia el portal de Belén, teniendo como punto de referencia la luz, que nos nacerá de lo alto, Jesucristo nuestro Señor; y nuestros pasos inciertos, que durante el día a menudo se desvían por senderos oscuros y resbaladizos, han de ser sostenidos por la claridad de la verdad que Cristo difunde en el mundo y en la historia, en cada hombre.


sábado, 17 de diciembre de 2011

IV Domingo de Adviento/B Sobre la segunda lectura


III DOMINGO/B (Rom 16, 25-27)
Ya estamos llegando a la Navidad. El hecho más relevante de la historia de la humanidad, después de la resurrección de Jesús, es, sin duda, su Nacimiento: misterio grande de nuestra fe cristiana: la Encarnación de Dios, es decir, Dios hecho hombre en el seno de la Santísima Virgen María. El Hijo Eterno igual al Padre, consustancial a Él, es enviado para hacer su morada entre nosotros.
La Encarnación del Verbo y la redención del hombre están estrechamente relacionadas con la Anunciación, cuando Dios le reveló a María su proyecto y encontró en ella, un corazón totalmente disponible a la acción de su amor.
Dios que se hace carne en el seno de la Virgen María, de Dios que se hace pequeño, se hace niño; nos habla de la venida de un Dios cercano, que ha querido recorrer la vida del hombre, desde los comienzos, y esto para salvarla totalmente, en plenitud. Así, el misterio de la encarnación del Señor y el inicio de la vida humana están íntima y armónicamente conectados entre sí dentro del único designio salvífico de Dios, Señor de la vida de todos y de cada uno.
En Jesús se nos ha revelado el misterio oculto durante siglos. Dios se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en quien ha establecido su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra Revelación después de Él. Así, pues, Dios no sólo “nos ha hablado por medio del Hijo... en los últimos tiempos” (Cfr. Heb 1, 1-2), sino que a este Hijo lo ha entregado por nosotros, en un acto inconcebible de amor, mandándolo al mundo, para que el mundo se salve por Él.
Con el misterio de la encarnación Jesús, el misterio de Dios, se nos revela plenamente. En Jesús realmente Dios se hace un Dios cercano, Él es el Dios-con-nosotros. Jesús nos has revelado su misterio y nos has mostrado su rostro. En su Hijo, el Padre se nos ha mostrado; porque él, el infinito e inabarcable para nuestra razón, es el Dios cercano que ama, el Dios al que podemos conocer y amar.
“Quiso Dios en su bondad y sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef., 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Ef., 2, 18; 1 Pe, 1, 4); y les habla a los hombres como amigos (cf. Ex, 33, 11; Jn., 15, 14-15) y trata con ellos (cf. Bar., 3, 38), para invitarlos y recibirlos a la comunión con Él (DV 2). Ciertamente que, “si Dios no necesita de nadie, el hombre, en cambio, necesita de la comunión con Dios. En esto consiste la gloria del hombre, en perseverar y permanecer en el servicio de Dios” (Contra las herejías 4, 13).
Dios ha mandado a su Hijo unigénito al mundo para que tuviéramos vida por Él”; “no hemos sido nosotros quienes hemos amado a Dios, sino que Él nos ha amado y ha enviado a su Hijo como víctima de expiación por nuestros pecados” Por ello, acogiendo a Jesús, acogiendo su Evangelio, su muerte y su resurrección, “hemos reconocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que vive en amor permanece en Dios y Dios en Él” (Cfr. 1 Jn 4, 8-16).
En Jesús se nos ha revelado el misterio oculto durante siglos. “El Dios de la creación se revela como Dios de la redención, como Dios que es fiel a sí mismo, fiel a su amor al hombre y al mundo, ya revelado el día de la creación... ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha merecido tener tan grande Redentor!” (RH 9.10). Dios se ha hecho hombre, ha venido a habitar entre nosotros. Dios no está lejano: está cerca, más aún, es el “Emmanuel”, el Dios-con-nosotros. No es un desconocido: tiene un rostro, el de Jesús.
De la mano de María y José, que esperan el nacimiento de Jesús, aprendamos de ellos el secreto del recogimiento para gustar la alegría de la Navidad. Preparémonos para acoger con fe al Redentor que viene a estar con nosotros, Palabra de amor de Dios para la humanidad de todos los tiempos.

lunes, 12 de diciembre de 2011

III Semana Reflexiones al Evangelio de cada día


Lunes 12 de diciembre
Nuestra señora de Guadalupe
Así como un día María se encaminó presurosa a un pueblo de Judea –Ain Karim- a visitar a Isabel; también hace 480 años que María se encaminó a nuestra tierra mexicana… Los SIGLOS NO HAN PODIDO APAGAR EL ECO DE UNA PALABRA DE AMOR Y DE ESPERANZA que resonó en el Tepeyac, las generaciones la han transmitido a las generaciones como una herencia de nues¬tros mayores, como una gloria purísima de nuestra raza. Hay algo que nunca podemos ni debemos olvidar: es la gran promesa que a todos nos hizo María de Guadalupe en la persona de san Juan Diego, el hombre de fe sencilla y profunda, el hombre obediente y servicial; el evangelizador y catequista, el misionero, el mensajero de de María de Guadalupe.
Las promesas que María de Guadalupe le dijo a san Juan diego para nosotros… son ¡cada palabra un tesoro!, ¡Cada palabra contiene amor y esperanza!:
«Juanito, Juan Dieguito»; el más pequeño de mis hijos, sabe y ten entendido que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen.
«Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo?
Estas palabras encierran el misterio de nuestra predilección: ¡María es nues¬tra Madre! ¡María es Madre singularmente amorosa de los me¬xicanos!
María es nuestra Madre porque lo fue de Cristo, y nos ama con el mismo amor con que amó a su Hijo. El cristianismo es armonioso y bello, porque junto a la figura de Cristo aparece la dulce, la tierna, la celestial figura de María... en el corazón inmenso de maría todos los corazones caben, en él todos somos predilectos; somos predilectos de María; el amor de María es como el de Dios, no busca el bien ni la hermosura ni la grandeza, sino que busca hacer el bien a sus hijos que tanto ama.
Que nobleza tan singular a la que nos ha elevado María; pero, también es cierto que nobleza obliga; es decir, amor con amor se paga. María nos ama con predilección, y nos quiere buenos y grandes: cristianos de peso completo, no ignorantes y mediocres; nos quiere personas realizadas extraordinarias; nos quiere felices.
Desde la cruz de Jesús, y desde la mirada de María, el dolor es en la tierra luz, pureza y amor, fecundidad; vistos así los gozos y las alegrías, las angustias y tristezas de nuestra vida, son fuente de purificación y engrandecimiento. María de Guadalupe es nuestro consuelo. Bendita sea aquella que nos dijo en San Juan Diego: quiero que me erija un templo para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo?
Grande es la promesa de la Virgen de Guadalupe, es un mundo de ternura y de esperanza; pero nosotros la hemos quizá frustrado por nuestro olvido y nuestra infidelidad; por nuestro olvido, ¡sí! Esa promesa debía sernos familiar: los niños debían aprenderla en el regazo de su madre, y esas palabras amorosísimas de María deberían ser las prime¬ras que pronunciaran los labios mexicanos; todos deberíamos llevar grabada esa promesa en nuestra memoria y en nuestro corazón para que fuera nuestra fortaleza en la debilidad, nues¬tro consuelo en la tribulación, nuestro gozo en la alegría, nues¬tra confianza en la vida y nuestra paz en la muerte.
María de Guadalupe debería ser para los mexicanos lo que era Jerusalén para los Israelitas, el centro de sus pensamientos, de sus afectos y de su vida; como ellos deberíamos repetir con la sinceridad y el amor de nuestra alma: ¡Péguese nuestra len¬gua al paladar, si de Ti nos olvidáramos, si no te pusiéramos constantemente en el principio de nuestras alegrías!
Pero no es así, nos olvidamos de María; ni conocemos, ni saboreamos su gran promesa. ¡Somos ingratos! A nuestro olvido se añade nuestra infidelidad a Dios Padre… a nuestra fe, a nuestra Iglesia.
El día en que los mexicanos seamos fieles al amor singu¬lar de la Virgen de Guadalupe, el día en que esta Reina incom¬parable sea conocida y venerada y amada en nuestra patria, el día en que nos decidamos a vivir como María, a querer lo que ella, quiso y amar lo que ella amó…, María de Guadalupe cumplirá plenamente su promesa, que brotó de sus labios purísimos, como un arrullo de ternura y como un delicadísimo reproche de amor, ¡qué deliciosas palabras!: Oye, hijo mío, lo que te digo ahora: no te moleste ni aflija cosa alguna, ni temas enfermedad, ni otro accidente penoso, ni dolor. ¿No estoy aquí yo que soy tu madre? ¿No estás debajo de mi sombra y amparo? ¿No soy yo vida y salud? ¿No estás en mi regazo y corres por mi cuenta? ¿Tienes necesidad de otra cosa?
¡Madre! ¡Madre de Guadalupe! guardaremos tus palabras de cielo en lo intimo de nuestras almas y allí gustaremos su siempre antigua y siempre nueva suavidad. No temeremos ya. No desconfiaremos jamás de tu protección celestial y de tu amor inmenso. Aunque todo se levante contra nosotros y el mundo se hunda en horrible cataclismo, nosotros confiaremos en Ti, y abandonados en tu regazo, dormiremos tranquilos el sueño de la paz, el sueño del amor; ¡porque estás con nosotros Tú, que eres la dulce, la san¬ta, la amorosa Madre nuestra!
Virgen María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive, Paloma mía, que anidas en los huecos de la peña, en las grietas del barranco; déjame ver tu figura. Déjame escuchar tu voz, permíteme ver tu rostro, porque es muy dulce tu hablar y gracioso tu semblante.
Martes
Mt 21, 28-32
Vino Juan y los pecadores sí le creyeron. Los fariseos tenían la pretensión de ser “los hijos obedientes de Dios” dado que cumplían meticulosamente la Ley, mientras rechazaban a los publicanos y prostitutas, a quienes consideraban absolutamente “impuros”, dignos del rechazo total de Dios, fuente de contaminación moral para quien trataba con ellos.
Estos despreciables pecadores para los escribas, fariseos y sumos sacerdotes, sin embargo, a diferencia de ellos, escuchando el llamado de Juan se arrepintieron y se convirtieron de su mala conducta. Así son también los más grandes pecadores que acogiendo el llamado del Señor Jesús abandonan su mala vida y hacen de su Evangelio la nueva norma de vida: éstos “ciertamente vivirán y no morirán”.
El Señor Jesús pone en su lugar a cada uno de ellos cuando les dice: “Les aseguro, ustedes, que cumplen con la Ley pero que no acuden a trabajar a la viña de Dios cuando se les llama, que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el Reino de Dios. Porque vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la salvación, y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y ustedes, a pesar de esto, no se arrepintieron ni creyeron en él”.
Mientras prosigue el camino del Adviento, y nos preparamos para celebrar el Nacimiento de Cristo, la invitación del señor es apremiante: abrir el corazón y acoger al Hijo de Dios que viene a nosotros. Que la Virgen María nos guíe a una auténtica conversión del corazón, a fin de que podamos realizar las opciones necesarias para sintonizar nuestra mentalidad con el Evangelio.

Miércoles
Mt 7, 19-23
Vayan a contarle a Juan lo que han visto y oído. Juan el Bautista, llamando a dos de sus discípulos, los envió a decir al Señor: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” Cuando San Juan envía a sus discípulos a preguntar a Jesús, el estaba encerrado en la cárcel, esta situación hace que una persona se vea más necesitada de Dios.
Y la respuesta de Jesús fue: Vayan a contarle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres. Jesús les ha enseñado un argumento irrefutable, incuestionable, convincente y categórico de la verdad, y de este debemos aprender. ¿Qué cosa?, Palabra y Testimonio de vida, es decir, no solamente debemos hablar como vivimos, además, vivir como hablamos, estos son dos elementos muy importantes, además estos son los que convencen de la verdad de lo que se predica.
Nosotros dejemos que el Espíritu Santo, obre, descienda y actúe en nosotros, olvidados de nosotros mismos y entregados plenamente al Espíritu del Señor, porque Dios también quiere que nos asociemos a su obra: que llevemos a los pobres la buena noticia, a las personas con las que nos cruzamos todos los días, a ellos debemos transmitir la liberación de lo que los oprime y proclamar este tiempo de gracia del Señor.
Estas que nos presenta el Evangelio de hoy son las señales que Cristo ofrece como testimonio de que realmente es el Mesías, son las señales que nosotros podemos ofrecer de que realmente somos sus discípulos. No se trata de hacer milagros, se trata de abrir el corazón que ya Jesús se encargará de hacer el milagro. A nosotros nos corresponde poner todo nuestro amor e interés a favor de los hermanos.
Jueves
Mt 7, 24-30
Juan es el mensajero que prepara el camino al Señor. En efecto, san Juan Bautista ha sido enviado como el precursor de nuestro Salvador, el mediador para que Dios pueda venir a nosotros. ¡No soy yo el importante!, nos dice san Juan-, detrás de mí viene alguien más importante que yo. Dios ha querido tener medios humanos para acercarse al hombre, a nosotros.
Precisamente el tiempo de Adviento, nos recuerda la figura de san Juan el Bautista, el cual enseña precisamente que el camino del Señor se prepara con el cambio de mentalidad y de vida (cf. Mt 3, 1-3). La palabra ‘preparar es la palabra de la conversión del hombre interior.
También nosotros estamos llamados a ser mensajeros, preparadores de los caminos del Señor para los demás, preparando nuestro propio corazón. Imitando a san Juan Bautista, en nosotros significa llevar consuelo, levantar las hondanadas de nuestras miserias, aplanar esas montañas y crestas que no pocas veces levantamos las mismas personas, los grupos y las familias, y que seamos capaces de crear puentes entre nosotros, entre ellos y Dios...
Preparar los caminos, pues, significa quitar aquello que estorba, lo que nos impide ver con claridad la salvación que nos ofrece, su venida constante, su presencia en la vida cotidiana. Es cambiar algo en nuestra vida familiar, en nuestra vida parroquial, en nuestra vida laboral, en nuestra vida con Dios. Si algo no cambia en nuestra vida de este adviento de 2005, no estamos preparando el camino del Señor.

Viernes
Jn 5, 33-36
Juan era la lámpara, que ardía y brillaba. El profeta había anunciado a Jesús como ‘la luz de las naciones para que la salvación alcance hasta el confín de la tierra’. Y Jesús diría de Juan el Bautista que ‘él era la lámpara que ardía y brillaba’, por lo que ya el principio del evangelio de Juan nos habla de él diciendo que venía a dar testimonio de la luz. ‘Venía como testigo para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz’.
El evangelio nos habla de Juan el Bautista pero siempre en referencia a Jesucristo. Da testimonio sobre la identidad mesiánica de Jesús ante los judíos. Él no era la luz, pero sí reflejo de ella, lámpara que ardía y brillaba en la oscuridad, indicando el camino del que veía detrás de él (cfr. Jn.1, 8). ¿Quién además de Juan Bautista, puede testimoniar a favor de Jesús? Las obras que realiza y que confirman que es el enviado del Padre.
La fe en Cristo es luz que ilumina la propia vida y por lo mismo el propio misterio y el de Dios en el hombre. La fe de los humildes y limpios de corazón es la que reconoce en Cristo al enviado del Padre y en sus obras, los signos de esa venida. El creyente en Dios cree, espera y ama en Cristo, es decir luz para el mundo y la sociedad.
Conocer a Dios como Padre, a su Hijo como camino verdad y vida y la fuerza de su amor con el Espíritu Santo que nos ha dado es suficiente para vivir con valentía, audacia y fortaleza el hecho de ser discípulo de Jesús todos los días. En este Adviento vivamos la novedad del evangelio con alegría y fe este tiempo santo, signo de la luz que ha de brillar siempre en nuestros corazones, siguiendo el testimonio de Juan, que vino “…como testigo para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz’.

Sábado
Mt 1, 1-17
Genealogía de Jesucristo, hijo de David. El pasaje del evangelio de san Mateo nos presenta la “genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham” (Mt 1, 1), subrayando y explicitando todavía más la fidelidad de Dios a la promesa. El Mesías esperado, objeto de la promesa, es verdadero Dios, pero también verdadero hombre; Hijo de Dios, pero también Hijo dado a luz por la Virgen, María de Nazaret, carne santa de Abraham, en cuya descendencia serán bendecidas todas las naciones de la tierra (cf. Gn 22, 18).
A san Mateo le interesa poner de relieve, mediante la paternidad legal de José, la descendencia de Jesús de Abraham y David y, por consiguiente, la legitimidad de su calificación de Mesías. Sin embargo, al final de la serie de los ascendientes leemos: “Y Jacob engendró a José esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo” (Mt 1, 16). Poniendo el acento en la maternidad de María, el Evangelista implícitamente subraya la verdad del nacimiento virginal: Jesús, como hombre, no tiene padre terreno.
El Evangelista ha querido mostrar la vinculación de Jesús con todo el género humano. María, como colaboradora de Dios en dar a su Eterno Hijo la naturaleza humana, ha sido el instrumento de la unión de Jesús con toda la humanidad.
Esta relación genealógica subraya, pues, el carácter concreto de la encarnación: el Verbo eterno de Dios, al hacerse hombre, entró con pleno título en la familia humana, insertándose en una tradición familiar particular. Por esto, la Iglesia profesa y proclama que Jesucristo fue concebido y nació de una hija de Adán, descendiente de Abraham y de David, la Virgen María.
Sábado
Mt 1, 18-24
Jesús nació de María, desposada con José, hijo de David. En el Evangelio según Mateo describe algunas circunstancias que precedieron al nacimiento de Jesús. Leemos: “La concepción de Jesucristo fue así: Estando desposada María, su Madre, con José, antes de que conviviesen se halló haber concebido María del Espíritu Santo. José, su esposo, siendo justo, no quiso denunciarla y resolvió repudiarla en secreto. Mientras reflexionaba sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 18-21).
La Iglesia profesa y proclama que Jesucristo fue concebido y nació de una hija de Adán, descendiente de Abraham y de David, la Virgen María. El Evangelio según Lucas precisa que María concibió al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo, “sin conocer varón” (cf. Lc 1, 34 y Mt 1, 18. 24-25).
María era, pues, virgen antes del nacimiento de Jesús y permaneció virgen en el momento del parto y después del parto. El primer momento del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios se identifica con la concepción prodigiosa sucedida por obra del Espíritu Santo en el instante en que María pronunció su “sí”: “Hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38).

sábado, 10 de diciembre de 2011

III Domingo de Adviento Homilía sobre la segunda lectura


III DOMINGO/B (I Tes 5, 16-24)
“Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡alégrense! El Señor está cerca”. De este modo el Apóstol San Pablo exhortaba a los Filipenses a vivir una intensa alegría por la cercanía del Señor. Esta misma exhortación se dice como antífona de entrada en la Misa de este tercer Domingo de Adviento, por lo que tradicionalmente este Domingo es conocido también como “Domingo gaudete”. Por tanto, En este Domingo la Iglesia nos invita a llenarnos de gozo: es propia la alegría en el corazón de aquellos que experimentan la cercanía y presencia del Señor.
A un cristiano que por lo común anda triste o incluso amargado, le falta Cristo. Está terriblemente vacío, porque el Señor está ausente de su vida. Sin Cristo su vida se va consumiendo y marchitando poco a poco (ver Jn 15,4-5) hasta que la tristeza, el vacío, la desolación e incluso la desesperanza se apoderan de su corazón. En cambio, la presencia del Señor Jesús en el corazón humano es siempre fuente de vida, de reconciliación, de paz, de amor auténtico y en consecuencia de una alegría profunda, serena, desbordante. En efecto, la alegría que los creyentes estamos llamados a experimentar, la alegría de saber que el Señor está cerca, de tenerlo con nosotros y en nosotros, es una alegría que no se puede contener, una alegría que por sí misma se difunde e irradia a los demás.
El ser humano se percibe ansiando una alegría ilimitada desde lo más profundo de sí. Precisamente, la profundidad del ser humano habla de su estructura interna que desde el fondo se abre hacia el infinito. Está en su naturaleza la disposición a anhelar la alegría y buscar la verdad. La alegría que puede satisfacer el anhelo del hombre no es aquella transitoria y efímera de lo perecedero.
Ciertamente la alegría propiamente tal no es el jolgorio ni la exaltación de un momento, cuya finitud reclama una constante sucesión de esos momentos de bienestar. Ellos son tan sólo apariencias de alegría. Su fugacidad les arrebata la máscara y muestra lo crudo de la decepción.
La verdadera alegría es una realidad de armonía y gozo que cual río subterráneo va aflorando cuando la persona se encuentra con un bien lícito, que conoce y ama como conducente a su meta temporal y eterna. La auténtica alegría, la que podemos llamar alegría profunda, es aquella que permanece y no es aniquilada por tribulaciones ni desventuras. (...)
La alegría plena es aquella que se complace en su fuente. Dios, que es Amor, Bien, Belleza, Verdad, es la fuente de la alegría. Esas realidades se manifiestan en Jesús, ‘totalmente Dios aunque hombre, y totalmente hombre aunque Dios’ (San Juan Damasceno, De fide orthodoxa,III, 18). Podríamos decir que Jesús es el rostro de Dios para la humanidad, haciéndonos eco del Apóstol, quien lo llama “Imagen de Dios invisible” (Col 1,15).(...)
¡Jesús, el Señor, es nuestra alegría! Y desde el corazón que se abre al encuentro con el Señor, la alegría permanece e irradia, pues a semejanza del amor, ella es difusiva. La Revelación de Dios, que alcanza su plenitud en el Señor Jesús, es, pues, la senda que conduce a la meta que ansía el corazón humano, la plenitud de la felicidad, que permanece y lo hace desplegarse.
¡La alegría cristiana es la manera más convincente de atraer a otros al encuentro con el Señor, es el anuncio más eficaz de la Buena Nueva que el Señor Jesús nos ha traído! Consciente de esta verdad, procuremos mostrarnos siempre alegres (ver 1Tes 5,16, 2Cor 6,10).
Cuanto hagamos, hagámoslo por el Señor y por amor a Él (Cfr Col 3,23), hagámoslo con alegría y no con disgusto, ni a regañadientes, quejándote y murmurando de todo. Para ello una vida espiritual intensa, por la que aspiramos a estar en continua presencia de Dios, se hace necesaria para quien de verdad quiere experimentar e irradiar ininterrumpidamente la alegría y el gozo de tener al Señor muy dentro.
Hermas, en los tiempos apostólicos, escribe que una persona que se reviste y goza de la alegría obra el bien, gusta lo bueno, y agrada a Dios.
Y san Pablo nos dice: Estén siempre alegres. Oren constantemente. Den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús.
Por consiguiente, la Revelación de Dios, que alcanza su plenitud en el Señor Jesús, es, pues, la senda que conduce a la meta que ansía el corazón humano, la plenitud de la felicidad, que permanece y lo hace desplegarse.

lunes, 5 de diciembre de 2011

II Semana de Adviento (II) Reflexiones al evangelio de cada día


Segunda Semana de Adviento (II)

Lunes
Lc 5, 17-26
Hoy hemos visto maravillas, maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres. Hoy en el evangelio un paralítico, al que cuatro personas llevan en una camilla a la presencia de Jesús, que, al ver su fe, dice al paralítico: “Hijo, tus pecados quedan perdonados” (Mc 2, 5). Al obrar así, muestra que quiere sanar, ante todo, el espíritu. El paralítico es imagen de todo ser humano al que el pecado impide moverse libremente, caminar por la senda del bien, dar lo mejor de sí.
En efecto, el mal, anidando en el alma, ata al hombre con los lazos de la mentira, la ira, la envidia y los demás pecados, y poco a poco lo paraliza. Por eso Jesús, suscitando el escándalo de los escribas presentes, dice primero: “Tus pecados quedan perdonados”, y sólo después, para demostrar la autoridad que le confirió Dios de perdonar los pecados, añade: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mc 2, 11), y lo sana completamente. El mensaje es claro: el hombre, paralizado por el pecado, necesita la misericordia de Dios, que Cristo vino a darle, para que, sanado en el corazón, toda su existencia pueda renovarse.
La palabra de Dios nos invita a tener una mirada de fe y a confiar, como las personas que llevaron al paralítico, a quien sólo Jesús puede curar verdaderamente. En efecto, sólo el amor de Dios puede renovar el corazón del hombre, y la humanidad paralizada sólo puede levantarse y caminar si sana en el corazón. El amor de Dios es la verdadera fuerza que renueva al mundo.
Invoquemos juntos la intercesión de la Virgen María para que todos los hombres se abran al amor misericordioso de Dios, y así la familia humana pueda sanar en profundidad de los males que la afligen.

Martes
Mt 18, 12-14
Dios no quiere que se pierda uno sólo de los pequeños. Dios quiere que nadie se pierda; por eso, hace dos mil años, envió a la tierra a su Hijo, “a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). Él nos ha salvado con su muerte en la cruz; ¡que nadie haga vana esa cruz! Jesús murió y resucitó para ser “el primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8, 29).
El Hijo de Dios se hizo hombre para llegar a todos, y mostró preferencia por los más pequeños, los marginados y los extranjeros. Al iniciar su misión en Nazaret, se presenta como el Mesías que anuncia la buena nueva a los pobres, trae la libertad a los cautivos y devuelve la vista a los ciegos. Viene a proclamar "el año de gracia del Señor" (cf. Lc 4, 18), que es liberación e inicio de un tiempo nuevo de fraternidad y solidaridad.
La Iglesia, fiel a las enseñanzas de Jesús, ruega para que nadie se pierda: “Jamás permitas, Señor, que me separe de ti”. Si bien es verdad que nadie puede salvarse a sí mismo, también es cierto que “Dios quiere que todos los hombres se salven”(1 Tm 2, 4) y que para El “todo es posible” (Mt 19, 26).
También, en la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que “quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión” (2 P 3, 9): Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos (MR Canon Romano 88).

Miércoles
Mateo 11, 28-30
Soy manso y humilde de corazón. Hoy el Señor hace una invitación a “todos los que están cansados y agobiados”. Los invita a acudir a Él, les promete que Él aliviará el peso que cargan sobre sus hombros, la fatiga que experimentan.
¿A qué peso se refiere? Es el peso de la Ley y de las observancias farisaicas que recargan más aún el peso de la Ley (ver Mt 23,4). El “yugo de la Ley” era una metáfora frecuentemente usada entre los rabinos, y es eso a lo que hace referencia el Señor. Él ofrece ahora otro yugo, el “suyo”, un yugo que es suave y ligero.
Quien del Señor aprende a cargar ese yugo, quien acude a Él, quien lo ama como es amado por Él, encontrará en Él el descanso del corazón, encontrará que la “carga” de los mandamientos divinos –que para muchos es un yugo insoportable– se hace ligera, fácil de cumplir y sobrellevar. Para quien ama, hasta lo más duro y exigente se torna “suave” y se hace con enorme gozo y alegría.
“¡Vengan a Mí!”, nos dice el Señor, cuando nos experimentamos fatigados, agobiados, invitándonos a salir de nosotros mismos, a buscar en Él ese apoyo, ese consuelo, esa fortaleza que hace ligera la carga. Él, que experimentó en su propia carne y espíritu la fatiga, el cansancio, la angustia, la pesada carga de la cruz, nos comprende bien y sabe cómo aligerar nuestra propia fatiga y el peso de la cruz que nos agobia. “Sin Dios, la cruz nos aplasta; con Dios, nos redime y nos salva”. (S.S. Juan Pablo II) Si buscamos al Señor, en Él encontraremos el descanso del corazón, el consuelo, la fortaleza en nuestra fragilidad. Y aunque el Señor no nos libere del yugo de la cruz, nos promete aliviar nuestro peso haciéndose Él mismo nuestro Cireneo.

Jueves 8
Solemnidad de la Inmaculada Concepción (Lc 1, 26-38)
Alégrate, llena de gracia, el señor está contigo. El 8 de diciembre celebramos una de las fiestas más hermosas de la santísima Virgen María: la solemnidad de su Inmaculada Concepción. De la Virgen María, fiesta tan querida para el pueblo cristiano. Se inserta muy bien en el clima de Adviento e ilumina con resplandor de luz purísima nuestro itinerario espiritual hacia la Navidad.
San Lucas, por su parte, nos muestra a la Virgen María recibiendo el anuncio del mensajero celestial (cf. Lc 1, 26-38): “el mensajero divino dijo a la Virgen: .Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. (Lc 1, 28)” [Redemptoris Mater, 8]. El saludo del ángel sitúa a María en el corazón del misterio de Cristo; en efecto, en ella, llena de gracia, se realiza la encarnación del Hijo eterno, don de Dios para la humanidad entera (cf. ib.).
En María Inmaculada contemplamos el reflejo de la Belleza que salva al mundo: la belleza de Dios que resplandece en el rostro de Cristo. En María esta belleza es totalmente pura, humilde, sin soberbia ni presunción. Desde el instante en que fue concebida gozó del singular privilegio de estar llena de la gracia de su Hijo bendito, para ser santa como Él. Por eso, el mensajero celestial, enviado a anunciarle el designio divino, se dirigió a Ella, saludándola: “Alégrate, llena de gracia” (Lc 1, 28).
¡Qué inmensa alegría es tener por madre a María Inmaculada! Cada vez que experimentamos nuestra fragilidad y la sugestión del mal, podemos dirigirnos a ella, y nuestro corazón recibe luz y consuelo. Incluso en las pruebas de la vida, en las tempestades que hacen vacilar la fe y la esperanza, pensemos que somos sus hijos y que las raíces de nuestra existencia se hunden en la gracia infinita de Dios. La Iglesia misma, aunque está expuesta a las influencias negativas del mundo, encuentra siempre en ella la estrella para orientarse y seguir la ruta que le ha indicado Cristo. De hecho, María es la Madre de la Iglesia.
“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. En esas palabras está el secreto de la auténtica Navidad. Dios las repite a la Iglesia, a cada uno de nosotros: “Alégrense, el Señor está cerca”. Con la ayuda de María, entreguémonos nosotros mismos, con humildad y valentía, para que el mundo acoja a Cristo en esta Navidad, que es el manantial de la verdadera alegría.

Viernes
Mt 11, 16-19
No escuchan ni a Juan ni al Hijo del hombre. Parecidas palabras fueron las de Esteban a los sanedritas: Ustedes, hombres testarudos, tercos y sordos, siempre han resistido al Espíritu Santo. Eso hicieron sus antepasados, y lo mismo hacen ustedes.
Cuando uno tapona sus oídos para no escuchar a Dios ni dejarse transformar por Él, por más que quiera Dios hacer algo por esa persona será imposible pues esa cerrazón podría considerarse tanto como haber cometido un pecado contra el Espíritu Santo donde ya no hay remedio.
El Adviento, que nos prepara para la venida del Salvador, debe hacernos abrir los ojos ante el Señor que se acerca a nosotros, día a día, en la presencia del hombre azotado por la injusticia, por la enfermedad, por el hambre, por la desilusión, por la pobreza, por el pecado, por el vicio.
Por otra parte, el Evangelio escuchado dice que…viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tienen a un comilón y a un borracho, amigo de los recaudadores de impuestos y pecadores”.

Jesús vino para salvar a los hombres, por eso ha querido parecerse y guardar semejanza al hombre, en todo, menos en el pecado. Jesús comía, bebía, y participaba de las actividades de los hombres, y además de las cosa impuestas por Dios, como por ejemplo del ayuno y luego alimentarse, como nuestra actitud como ser humano, con todas nuestras necesidades, de comer, beber, dormir, descansar, reírnos, bailar, trabajar y todas las obligaciones de nuestra sociedad, no por eso se van ha interpretar mal y si lo hace, recordemos que con quien tenemos obligación es con Dios.
Dice el Señor: “Que el que es sencillo todo lo juzga con sencillez, que de la abundancia del corazón habla la boca, que el que tiene limpio el corazón tiene limpio los ojos y con ojos limpio todo se mira con limpieza y rectitud”.
Sábado
Mt 17, 10-13
Elías ha venido ya, pero no lo reconocieron. Ayer contemplábamos a San Juan Bautista como el precursor (cf. Hch 13, 24) inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino al Señor (cf. Mt 3, 3), el evangelio de hoy es continuación del ayer, y en este contexto, Jesús hace referencia al Bautista, cuando dice que Elías ha venido ya, pero no lo reconocieron, a pesar de que vino “con el espíritu y el poder de Elías” (Lc 1, 17), y dio testimonio de Jesús mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio (cf. Mc 6, 17-29). Elías, por su parte, es el padre de los Profetas, de aquellos que buscan el Rostro de Dios. En el monte Carmelo, obtiene el retorno del pueblo a la fe gracias a la intervención de Dios.
Este mismo reclamo nos lo puede haer Jesús hoy a nosotros, si no lo reconocemos a Él en este tiempo de gracia y de salvación. La liturgia de Adviento nos repite constantemente que debemos despertar del sueño de la rutina y de la mediocridad; debemos abandonar la tristeza y el desaliento. Es preciso que se alegre nuestro corazón porque “el Señor está cerca”.
San Juan es un personaje del Adviento, que nos indica el espíritu con el cual nos hemos de preparar al encuentro del Señor. Juan creció en el desierto, llevando una vida austera y penitente (cfr. Lc 1,80; Mt 3,4); “recorrió toda la región del Jordán, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Lc 3,3); como nuevo Elías, humilde y fuerte, preparó al Señor un pueblo bien dispuesto (cfr. Lc 1,17). Así, nosotros continuemos la preparación a la Navidad ya próxima.

sábado, 3 de diciembre de 2011

II Domingo de Adviento Homilía sobre la segunda lectura


II DOMINGO/B (II Pedro 3,8-14)
Las palabras de la segunda lectura de la liturgia de hoy: “esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva”, nos habla el Apóstol Pedro, de nuestra futura esperanza, como testigo de la primera venida del Señor. El tema de adviento lo orienta, sobre todo, hacia los últimos tiempos, hacia ‘el día del Señor’; los que han experimentado la primera venida, justamente viven en espera de la segunda, conforme a la promesa del Señor.
La perspectiva escatológica de la Carta del Apóstol: "un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia" (2 Pe 3, 13) habla del encuentro definitivo del Creador con la creación en el reino del siglo venidero, para el cual debe madurar cada hombre mediante el adviento interior de la fe, esperanza y caridad
“Mientras la Iglesia peregrina en este mundo lejos de su Señor, se considera como desterrada, de manera que busca y medita gustosamente las cosas de arriba. Allí está sentado Cristo a la derecha de Dios; allí está escondida la vida de la Iglesia junto con Cristo en Dios hasta que se manifieste llena de gloria en compañía de su Esposo” (LG 6). Estas palabras del concilio Vaticano II señalan el itinerario de la Iglesia, que sabe que no tiene ‘aquí ciudad permanente’, sino que “anda buscando la del futuro” (Hb 13, 14), la Jerusalén celestial, “la ciudad del Dios vivo” (Hb 12, 22).
Una vez que hayamos llegado a la meta última de la historia, como anuncia san Pablo, no veremos ya "en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. (...) Entonces conoceré como soy conocido" (1 Co 13, 12). Y san Juan repite que "cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es" (1 Jn 3, 2).
Así pues, más allá de la frontera de la historia, nos espera la epifanía luminosa y plena de la Trinidad. En la nueva creación Dios nos regalará la comunión perfecta e íntima con él, que el cuarto evangelio llama "la vida eterna", fuente de un "conocimiento" que en el lenguaje bíblico es comunión de amor. "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3).
Allí encontraremos ante todo al Padre, “el alfa y la omega, el principio y el fin” de toda la creación (Ap 21, 6). Él se manifestará plenamente como el Emmanuel, el Dios que mora con la humanidad, eliminando las lágrimas y el luto y renovando todas las cosas (cf. Ap 21, 3-5). Pero en el centro de esa ciudad se alzará también el Cordero, Cristo, al que la Iglesia está unida con un vínculo nupcial. De él recibe la luz de la gloria, con él está íntimamente unida, ya no mediante un templo, sino de modo directo y total (cf. Ap 21, 9. 22. 23). Hacia esa ciudad nos impulsa el Espíritu Santo. Es él quien sostiene el diálogo de amor de los elegidos con Cristo: “El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!” (Ap, 22, 17).
Hacia esa plena manifestación de la gloria de la Trinidad se dirige nuestra mirada, rebasando los límites de nuestra condición humana, superando el peso de nuestra miseria y de la culpabilidad que penetran nuestra existencia terrena. Para ese encuentro imploramos diariamente la gracia de una continua purificación, conscientes de que en la Jerusalén celestial “no entrará nada impuro, ni los que cometen abominación y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero” (Ap 21, 27). Como enseña el concilio Vaticano II, la liturgia que celebramos durante nuestra vida es casi un "pregustar" esa luz, esa contemplación, ese amor perfecto: “En la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la que nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero” (SC 8).
Por eso, ahora nos dirigimos a Cristo para que, por el Espíritu Santo, nos ayude a prepararnos al encuentro de nuestro redentor, revitalizando en nuestra mente y en nuestro corazón nuestro encuentro con él en el tiempo, que nos impulse a estar preparados para ir a la casa del Padre al final de nuestros días. En efecto, Dios, que viene, se acerca al hombre, para que el hombre se encuentre con El y sea fiel a este encuentro. Para que permanezca en él, hasta el fin.
¡Preparen el camino al Señor! ¡Enderecen sus senderos! Que esto se realice en el sacramento de la reconciliación en la humilde y confiada confesión de Adviento, a fin de que ante el recuerdo de la primera venida de Cristo, que es Navidad, y a la vez en la perspectiva escatológica de su Adviento definitivo, el pecado quede eliminado y expiado, para que la Iglesia pueda proclamar a cada uno de sus hijos que ha terminado la esclavitud, y que el Señor Dios viene con fuerza.

sábado, 26 de noviembre de 2011

T/Adviento/B Homilía sobre la segunda lectura


ADVIENTO
I DOMINGO/B (1 Co 1, 3-9)
Este domingo iniciamos, por gracia de Dios, un nuevo Año litúrgico, que se abre naturalmente con el Adviento, tiempo de preparación para el nacimiento del Señor. En el Adviento el pueblo cristiano revive un doble movimiento del espíritu: por una parte, eleva su mirada hacia la meta final de su peregrinación en la historia, que es la vuelta gloriosa del Señor Jesús; por otra, recordando con emoción su nacimiento en Belén, se arrodilla ante el pesebre.
El Evangelio nos invita hoy a estar vigilantes, en espera de la última venida de Cristo: “Velad -dice Jesús-: pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa” (Mc 13, 35. 37). La breve parábola del señor que se fue de viaje y de los criados a los que dejó en su lugar muestra cuán importante es estar preparados para acoger al Señor, cuando venga repentinamente. La comunidad cristiana espera con ansia su “manifestación”, y el apóstol san Pablo, escribiendo a los Corintios, los exhorta a confiar en la fidelidad de Dios y a vivir de modo que se encuentren “irreprensibles” (cf. 1 Co 1, 7-9) el día del Señor. Por eso, al inicio del Adviento, muy oportunamente la liturgia pone en nuestros labios la invocación del salmo: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación” (Sal 84, 8).
En la segunda lectura san Pablo afirma que “Esperamos la manifestación de nuestro señor Jesucristo”. En efecto, este tiempo de adviento es el tiempo propicio para reavivar en nuestro corazón la espera de Aquel “que es, que era y que va a venir” (Ap 1, 8). Ciertamente, que el Hijo de Dios ya vino en Belén hace veinte siglos, pero Él quiere venir en cada momento al alma y a la comunidad dispuestas a recibirlo, y de nuevo vendrá al final de los tiempos para “juzgar a vivos y muertos”. Por eso, el creyente h de estar siempre vigilante, animado por la íntima esperanza de encontrar al Señor, como dice el Salmo: “Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela a la aurora” (Sal 130, 5-6).
Esta esperanza de la manifestación de Jesús, nos dice la encíclica Spe Salvi, consiste en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso. Jesús, con su nacimiento, su vida toda y su enseñanza, y sobre todo con su muerte en la cruz y su resurrección, nos reveló su rostro, el rostro de un Dios con un amor tan grande que comunica una esperanza inquebrantable, que ni siquiera la muerte puede destruir, porque la vida de quien se pone en manos de este Padre se abre a la perspectiva de la bienaventuranza eterna.
La "gracia de Dios aparecida" en Jesús es su amor misericordioso, que dirige toda la historia de la salvación y la lleva a su cumplimiento definitivo. La manifestación de Dios “en la humildad de nuestra carne” (Prefacio de Adviento I) anticipa en la tierra su ‘manifestación’ gloriosa al final de los tiempos (cf. Tt 2, 13).
No sólo eso. El acontecimiento histórico que estamos viviendo en el misterio es el ‘camino’ que se nos ofrece para llegar al encuentro con Cristo glorioso. En efecto, con su Encarnación, Jesús, -como dice el Apóstol- nos enseña a “renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos” (Tt 2, 12-13).
En Cristo esperamos; es a él a quien aguardamos. Con María, su Madre, la Iglesia va al encuentro del Esposo: lo hace con las obra de caridad, porque la esperanza, como la fe, se manifiesta en el amor. ¡Buen Adviento a todos!

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Año Litúrgico. Tiempo de Adviento


EL NUEVO AÑO LITURGICO INICIA CON EL ADVIENTO
Abrimos el nuevo Año litúrgico con su primera etapa: el Adviento, el período que conmemora la venida de Dios entre nosotros. En este Adviento se nos concederá, una vez más, experimentar la cercanía de Aquel que ha creado el mundo, que orienta la historia y que ha querido cuidar de nosotros hasta llegar al culmen de su condescendencia haciéndose hombre. Precisamente el misterio grande y fascinante del Dios con nosotros, es más, del Dios que se hace uno de nosotros, es lo que celebraremos en las próximas semanas caminando hacia la santa Navidad. Durante el tiempo de Adviento sentiremos que la Iglesia nos toma de la mano y, a imagen de María santísima, manifiesta su maternidad haciéndonos experimentar la espera gozosa de la venida del Señor, que nos abraza a todos en su amor que salva y consuela.
1. AÑO LITÚRGICO
En año Litúrgico es el período cíclico anual durante el cual la Iglesia celebra la historia de la salvación realizada en y por Cristo a la que distribuye en festividades y ciclos menores.
El año comienza el primer domingo del adviento (el más cercano al 30 de noviembre), se centra en el misterio pascual, termina con la fiesta de Cristo Rey y se basa en la estructura semanal, cuyo eje lo constituye el ‘Día del Señor’ o Domingo. Su organización anual es sencilla: el primer gran Ciclo, el de la Navidad, comprende un período de preparación llamado Adviento (cuatro semanas). A este lo sigue el período de la Navidad propiamente tal, que concluye con la Epifanía.
El segundo ciclo, el principal, es el de la Pascua. Lo prepara la Cuaresma (cuarenta días). Lo sigue un período de cincuenta días. (Pentecostés), y lo concluye la solemnidad el mismo nombre.
En el centro de cada uno de estos dos ciclos están las festividades por excelencia: el triduo pascual (de la celebración vespertina del jueves Santo hasta la Vigilia pascual: nacimiento para la gloria) y la Vigilia de la Navidad (nacimiento para la tierra). Ambos momentos y eventos se celebran por la noche y evocan la salvación de Dios desde la oscuridad que envuelve al hombre.
El resto del año litúrgico se llama ‘Tiempo ordinario’ o ‘Tiempo durante el año’. Se desarrolla entre los dos ciclos anteriores y puede durar hasta 34 semanas.
Durante el Año litúrgico se celebran varias fiestas del Señor:
Santísima Trinidad, Anuncio del nacimiento de Cristo, es decir, el anuncia de la encarnación, Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, Corpus Christi, Transfiguración, Sagrado Corazón de Jesús;
Objetos de la redención: la Cruz y la Preciosísima Sangre;
De María (Maternidad divina, Asunción, Natividad, Inmaculada Concepción,
Y otras regionales y devocionales (bajo diversas advocaciones como las del Carmen, Virgen de Guadalupe, Lourdes, Fátima, La Merced);
Y las memorias de los Santos, ejemplos de vida cristiana: entre las que destacan las fiestas de Juan Bautista, san José, san Pedro y san Pablo; apóstoles, mártires, confesores, Padres de la Iglesia, Doctores de la Iglesia, Fundadores de institutos religiosos, laicos, misioneros y ascetas.
El año litúrgico de la Iglesia se presta para la formación de la comunidad cristiana en los terrenos bíblico, teológico, litúrgico, misionero y espiritual. Existen actualmente tres cielos (A, B, C,) y un doble leccionario (I y II, según el año par o impar) en los que se lee y medita toda la Escritura o Biblia.
De este modo, los fieles cristianos, se alimentan de la Sagrada Escritura y de los Sacramentos durante todo el Año Litúrgico. Ahora en estos siguientes lunes, me propongo, con el favor de Dios, darles unas gotitas de enseñanza sobre Adviento, Navidad y Epifanía, y así de cada tiempo en su momento, para gloria de Dios y salvación de nuestras almas.

2. SIGNIFICADO DEL ADVIENTO
“El tiempo de Adviento comienza con las primeras vísperas del domingo que cae el 30 de noviembre o el más próximo a este día, y acaba antes de las primeras vísperas de Navidad”.
El Adviento es el tiempo de la presencia y de la espera de lo eterno. Precisamente por esta razón es, de modo especial, el tiempo de la alegría, de una alegría interiorizada, que ningún sufrimiento puede eliminar. Adviento, significa “presencia”, “llegada”, “venida”:
El Adviento nos invita y nos estimula a contemplar al Señor presente. Nos invita a participar en la fiesta de su Adviento a todos los que creemos en él, a todos los que creemos en su presencia en la asamblea litúrgica. El Adviento nos invita a detenernos, en silencio, para captar una presencia. Dios está aquí, él está presente, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no podamos verlo o tocarlo, como sucede con las realidades sensibles, él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras.
Adviento nos habla de la visita de Dios: él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí. En la vida cotidiana todos experimentamos que tenemos poco tiempo para el Señor y también poco tiempo para nosotros.
El Adviento cristiano es una ocasión para despertar de nuevo en nosotros el sentido verdadero de la espera, volviendo al corazón de nuestra fe, que es el misterio de Cristo, el Mesías esperado durante muchos siglos y que nació en la pobreza de Belén. Al venir entre nosotros, nos trajo y sigue ofreciéndonos el don de su amor y de su salvación. Presente entre nosotros, nos habla de muchas maneras: en la Sagrada Escritura, en el año litúrgico, en los santos, en los acontecimientos de la vida cotidiana, en toda la creación, que cambia de aspecto si detrás de ella se encuentra él o si está ofuscada por la niebla de un origen y un futuro inciertos.

4. GUÍAS DEL ADVIENTO
Los personajes clásicos del adviento son el profeta Isaías, el precursor Juan Bautista y la Madre de Dios, María de Nazaret- “a quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres” (prefacio II). Estos ‘guías’ singulares nos indican las actitudes que es preciso tomar para salir al encuentro de este ‘Huésped’ divino de la humanidad.
1. Isaías es el profeta del Adviento. En sus palabras resuena el eco de la gran esperanza en la venida del Rey Mesías, Jesús, y la conversión del corazón para recibirlo; exhorta a mantenerse vigilantes en la oración, para reconocer ‘los signos’ de la venida del Mesías: Digan a los cobardes de corazón: ¡Sean fuertes, no teman! Miren a nuestro Dios que va a venir a salvarnos” (Is 35, 4). Esta invitación se hace cada vez más apremiante a medida que se acerca la Navidad, enriqueciéndose con la exhortación a preparar el corazón para acoger al Mesías. El esperado de las gentes ciertamente vendrá y su salvación será para todos los hombres. Isaías afirma: El Señor viene... como Pastor; es preciso crear las condiciones necesarias para el encuentro con El. Es necesario prepararse.
2. Juan Bautista, el Precursor, es otro de los personajes del Adviento: se presenta como “la voz del que grita en el desierto”, predicando “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Mc 1, 4). Es la única condición para reconocer al Mesías, ya presente en el mundo. Efectivamente, Juan predicaba: “Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero El os bautizará con Espíritu Santo” (Mc 1, 7-8).
3. María, la Madre del Señor es el tercer personaje del Adviento. María nos guía en la novena de preparación para la Navidad, nos guía hacia Belén. María es la mujer del ‘sí’, que, a diferencia de Eva, hace suyo sin reservas el proyecto de Dios. Así se convierte en una luz clara para nuestros pasos y en el modelo más elevado para inspirarnos. Con palabras exigentes, Juan Bautista anunciaba el juicio inminente: “El árbol que no da fruto será talado y echado al fuego” (Mt 3, 10). Sobre todo ponía en guardia contra la hipocresía de quien se sentía seguro por el mero hecho de pertenecer al pueblo elegido: ante Dios –decía- nadie tiene títulos para enorgullecerse, sino que debe dar “frutos dignos de conversión” (Mt 3, 8).
4.-El Espíritu, Maestro del adviento: El adviento de encuentro con Jesús es obra del Espíritu Santo. El Espíritu Santo, que formó a Jesús, hombre perfecto, en el seno de la Virgen, es quien lleva a cabo en la persona humana el admirable proyecto de Dios, transformando ante todo el corazón y, desde este centro, todo el resto. Así, sucede que en cada persona se renueva toda la obra de la creación y de la redención, que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo van realizando desde el inicio hasta el final del cosmos y de la historia. Y como en el centro de la historia de la humanidad está la primera venida de Cristo y, al final, su retorno glorioso, así toda existencia personal está llamada a confrontarse con él —de modo misterioso y multiforme— durante su peregrinación terrena, para encontrarse ‘en él’ cuando vuelva.
Esto significa que para llegar a Cristo en el conocimiento y en el amor -como ocurre en la verdadera sabiduría cristiana- tenemos necesidad de la inspiración y de la guía del Espíritu Santo, maestro interior de verdad y de vida. En el Verbo encarnado, que nace de María Virgen como primogénito de una multitud de hermanos, el Espíritu crea también la humanidad nueva de los redimidos.
5. LA CORONA DE ADVIENTO: PRIMER ANUNCIO DE NAVIDAD
Una costumbre significativa y de gran ayuda para vivir este tiempo es La corona o guirnalda de Adviento, es el primer anuncio de Navidad.
Origen. La corona de adviento encuentra sus raíces en las costumbres pre-cristianas de los germanos (Alemania). Durante el frío y la oscuridad de diciembre, colectaban coronas de ramas verdes y encendían fuegos como señal de esperanza en la venida de la primavera. Pero la corona de adviento no representa una concesión al paganismo sino, al contrario, es un ejemplo de la cristianización de la cultura. Lo viejo ahora toma un nuevo y pleno contenido en Cristo. El vino para hacer todas las cosas nuevas.
Nueva realidad. Los cristianos supieron apreciar la enseñanza de Jesús: Juan 8,12: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida”. La luz que prendemos en la oscuridad del invierno nos recuerda a Cristo que vence la oscuridad. Nosotros, unidos a Jesús, también somos luz: Mateo 5,14 “Ustedes son la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte”.
En el siglo XVI católicos y protestantes alemanes utilizaban este símbolo para celebrar el adviento: Aquellas costumbres primitivas contenían una semilla de verdad que ahora podía expresar la verdad suprema: Jesús es la luz que ha venido, que está con nosotros y que vendrá con gloria. Las velas anticipan la venida de la luz en la Navidad: Jesucristo.
La corona de adviento se hace con follaje verde sobre el que se insertan cuatro velas. Tres velas son violetas, una es rosa. El primer domingo de adviento encendemos la primera vela y cada domingo de adviento encendemos una vela más hasta llegar a la Navidad. La vela rosa corresponde al tercer domingo y representa el gozo. Mientras se encienden las velas se hace una oración, utilizando algún pasaje de la Biblia y se entonan cantos. Esto lo hacemos en las misas de adviento y también es recomendable hacerlo en casa, por ejemplo antes o después de la cena. Si no hay velas de esos colores aun se puede hacer la corona ya que lo más importante es el significado: la luz que aumenta con la proximidad del nacimiento de Jesús quien es la Luz del Mundo. La corona se puede llevar a la iglesia para ser bendecida por el sacerdote.
La corona de adviento encierra varios simbolismos:
La forma circular: El círculo no tiene principio ni fin. Es señal del amor de Dios que es eterno, sin principio y sin fin, y también de nuestro amor a Dios y al prójimo que nunca debe de terminar.
Las ramas verdes: Verde es el color de esperanza y vida. Dios quiere que esperemos su gracia, el perdón de los pecados y la gloria eterna al final de nuestras vidas. El anhelo más importante en nuestras vidas debe ser llegar a una unión más estrecha con Dios, nuestro Padre.
Las cuatro velas: Nos hacen pensar en la obscuridad provocada por el pecado que ciega al hombre y lo aleja de Dios. Después de la primera caída del hombre, Dios fue dando poco a poco una esperanza de salvación que iluminó todo el universo como las velas la corona. Así como las tinieblas se disipan con cada vela que encendemos, los siglos se fueron iluminando con la cada vez más cercana llegada de Cristo a nuestro mundo. Son cuatro velas las que se ponen en la corona y se prenden de una en una, durante los cuatro domingos de adviento al hacer la oración en familia.
Las manzanas rojas que adornan la corona: Representan los frutos del jardín del Edén con Adán y Eva que trajeron el pecado al mundo pero recibieron también la promesa del Salvador Universal.
El listón rojo: Representa nuestro amor a Dios y el amor de Dios que nos envuelve.

lunes, 21 de noviembre de 2011

XXXIV Semana Reflexiones al evangelio de cada día


XXXIV Semana
Lunes: La Presentación de la Santísima Virgen María
Lucas 21, 1-4
“Vio a una viuda pobre que echaba dos monedas”. El Señor observaba cómo los ricos echaban en cantidad. Acaso lo hacían con cierta ostentación, para que se viera lo mucho que echaban. Observa asimismo a una viuda pobre que se acerca para echar apenas «dos moneditas», una suma irrisoria en sí misma y más aún si se comparaba con lo mucho que echaban los ricos.
El Señor Jesús aprovecha la ocasión para dar una lección fundamental a sus discípulos. Pone a esta viuda pobre como modelo de generosidad: ella ha dado más que nadie, porque mientras los demás echaban de lo que les sobraba, “ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,43-44).
La lección es clara: lo que pesa en la ofrenda dada a Dios no es tanto la cantidad, sino la actitud con que se da. Aquella viuda, a diferencia de los que dan “de lo que les sobra”, muestra una enorme generosidad y confianza en Dios. Ella, por amor a Dios, se desprende incluso de lo que necesita, se desprende de todo lo que tiene para vivir. Su entrega no es un acto suicida, sino que manifiesta su enorme confianza en Dios, confianza de que a ella nada le faltará porque está en las manos de Dios. Sabe que Dios no se deja ganar en generosidad: Él es muchísimo más generoso con quien es generoso con Él. Dios, en cuyas manos se sabe, proveerá lo necesario para su subsistencia.
San Agustín dice que “Zaqueo fue un hombre de gran voluntad y su caridad fue grande. Dio la mitad de sus bienes en limosnas y se quedó con la otra mitad sólo para devolver lo que acaso había defraudado. Mucho dio y mucho sembró. Entonces aquella viuda que dio dos céntimos, ¿sembró poco? No, lo mismo que Zaqueo. Tenía menos dinero pero igual voluntad, y entregó sus dos moneditas con el mismo amor que Zaqueo la mitad de su patrimonio. Si miras lo que dieron, verás que entregan cantidades diversas; pero si miras de dónde lo sacan, verás que sale del mismo sitio lo que da la una que lo que entrega el otro”.
Martes
Lucas 21, 5-11
“No quedará piedra sobre piedra”. Esta dura e inesperada predicción la lanza el Señor en el contexto de su ya próxima Pascua. En efecto, “su hora”, el momento de su Pasión, Muerte y Resurrección, se hallaba ya cercano. No es de sorprender, pues, que el pensamiento del Señor estuviera puesto en las cosas que habían de venir.
San Ambrosio dice que “Era muy cierto que había de ser destruido el templo construido por los hombres; porque nada hay de lo hecho por los hombres que no sea destruido por la vejez, o derribado por la fuerza, o consumido por el fuego. Sin embargo, hay otro templo, a saber, la sinagoga, cuya obra antigua se destruyó al levantarse la Iglesia. También hay un templo en cada uno de nosotros, que se destruye cuando falta la fe y principalmente cuando alguno invoca en falso el nombre de Jesucristo, lo que violenta su conciencia”.
Jesús anunció, no obstante, en el umbral de su Pasión, la ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará piedra sobre piedra. Hay aquí un anuncio de una señal de los últimos tiempos que se van a abrir con su propia Pascua. Pero esta profecía pudo ser deformada por falsos testigos en su interrogatorio en casa del sumo sacerdote y serle reprochada como injuriosa cuando estaba clavado en la cruz (CIgC 585).
Finalmente advierte el Señor a sus discípulos que antes de sobrevenir el fin del mundo sufrirán una fuerte persecución por causa de su Nombre. La perseverancia será decisiva en medio de las duras pruebas: «Gracias a la constancia salvarán sus vidas». El hecho de ser cristianos nos exige la fe y la esperanza; pero, para que esta fe y esta esperanza puedan obtener su fruto, nos es necesaria la paciencia. Pues nosotros no buscamos la gloria presente, sino la futura... La esperanza y la paciencia son necesarias para llevar a buen término lo que hemos empezado, y para alcanzar lo que esperamos y creemos apoyados en la promesa divina.
Miércoles
Lucas 21, 12-19
“Todos los odiarán a ustedes por causa mía. Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá”. Ser cristiano o cristiana en el mundo de hoy no es cosa fácil. Quienes quieren ser de Cristo, quienes optan por tomar en serio sus enseñanzas y buscan instaurarlo todo en Él, experimentan inmediatamente la oposición, la burla, el desprecio, el rechazo o la persecución no sólo de los enemigos de Cristo, sino incluso de amigos y familiares.
La presión recibida por los cristianos para que se acomoden al estilo de vida mundana que “todos” llevan es fuerte y persistente, más aún cuando se busca ser coherente. Un cristiano así será perseguido, pues «es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una vida distinta de todas» (Sab 2,14-15).
San Cipriano: “Éste es el precepto de nuestro Señor y Maestro: El que persevere hasta el fin se salvará… Es necesario, hermanos muy queridos, tener paciencia y perseverar, para que, después de haber sido admitidos a la esperanza de la verdad y de la libertad, podamos alcanzar esa misma verdad y libertad; porque el hecho de ser cristianos nos exige la fe y la esperanza; pero, para que esta fe y esta esperanza puedan obtener su fruto, nos es necesaria la paciencia. Pues nosotros no buscamos la gloria presente, sino la futura... La esperanza y la paciencia son necesarias para llevar a buen término lo que hemos empezado, y para alcanzar lo que esperamos y creemos apoyados en la promesa divina”.
Pero no olvidemos que no se perderá ni un solo cabello de nuestra cabeza en esta lucha por ser signo y transparencia de Jesús, en nuestro mundo en el que vivimos. “Con su paciencia compraremos (la salvación) de nuestras almas” (Lc 21, 12-19). Y Jesús dice también: “Esto se lo he dicho para que tengan paz en mí; en el mundo han de tener tribulación; pero confíen: yo he vencido al mundo” (Jn 15, 18-21).

Jueves
Lucas 21, 20-28
“Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumpla el plazo señalado por Dios”. Es la tercera vez que Jesús anuncia, con pena, la destrucción de Jerusalén: “serán días de venganza... habrá angustia tremenda, caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones: Jerusalén será pisoteada por los gentiles”.
Las imágenes, que hemos escuchado en el evangelio, se suceden una tras otra para describirnos la seriedad de los tiempos futuros: la mujer encinta, la angustia ante los fenómenos cósmicos, la muerte a manos de los invasores, la ciudad pisoteada.
Jesús al pronunciar el discurso sobre la destrucción de Jerusalén y sobre el fin del mundo, nos invita a leer con atención los signos del tiempo y a mantener siempre una actitud de vigilancia. Ahora, en este tiempo, nosotros somos invitados a tener confianza en la victoria de Cristo Jesús: el Hijo del Hombre viene con poder y gloria. Viene a salvar. Debemos “alzar la cabeza y levantarnos", porque "se acerca nuestra liberación”.
Sea en el momento de nuestra muerte, que no es final, sino comienzo de una nueva manera de existir, mucho más plena. Sea en el momento del final de la historia, venga cuando. Más allá de los alarmismos que acompañan generalmente a las representaciones sobre el fin del mundo, se nos invita a anhelarlo y a descubrir en él las consecuencias positivas que producirá en nosotros. Debemos ver en todos esos acontecimientos que nuestra liberación está próxima.

Viernes
Lucas 21, 29-33
“Cuando vean que sucede esto, sepan que el Reino de Dios está cerca”. Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento, aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén ‘retenidos’ en las manos de Dios.
El Señor Jesús es Dios, es Señor de todo lo creado y permanece más allá de la inestabilidad de las cosas visibles, por ello afirma: “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”. Frente a la fugacidad de todo lo creado sólo permanecerán sus palabras, porque Cristo, que es la Palabra eterna del Padre, permanece para siempre. Como Cristo, tampoco ‘pasará’ o dejará de existir quien cree en Él y guarda fielmente su palabra. Éste nada tiene que temer cuando venga el fin del mundo, pues su nombre está inscrito en el Libro de la Vida.
¿Cuándo será el fin del mundo? Siempre han mentido y mienten o desvarían aquellos que anuncian el fin del mundo “para tal día”. Jamás podrán ser dignos de crédito. Es al Señor a quien nosotros escuchamos y creemos. Él ha dicho que «el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.
¿Y por qué Dios no ha querido revelar cuándo será aquél momento? Si tenemos la certeza de que aquél día llegará, pero también la absoluta incertidumbre del momento preciso, ¿no será lo sensato vivir en un estado de continua vigilancia, un estar preparados en todo momento y no adormecerse nunca?

Sábado
Lucas 21, 34-36
“Velen para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder”. Ultima recomendación de Jesús en su "discurso escatológico", último consejo del año litúrgico, que enlazará con los primeros del Adviento: “estén siempre despiertos”.
Lo contrario del estar despiertos es que se “nos embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero”. Y el medio, para mantener en tensión nuestra espera es la oración: “pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir”.
Estar de pie, ante Cristo, es estar en vela y en actitud de oración, mientras caminamos por este mundo y vamos realizando las mil tareas que nos encomienda la vida. No importa si la venida gloriosa de Jesús está próxima o no: para cada uno está siempre próxima, tanto pensando en nuestra muerte como en su venida diaria a nuestra existencia, en los sacramentos, en la Eucaristía, en la persona del prójimo, en los pequeños o grandes hechos de la vida.
Insiste el Señor en la necesidad de la vigilancia aún cuando la espera se alargue. Él viene inexorablemente: «estén preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre». Su venida será inesperada, como inesperada es la venida de un ladrón en la noche.
Y San Gregorio dice que “…aun cuando todo lo hagamos así, falta todavía que pongamos toda nuestra esperanza en la venida de nuestro Redentor. Por esto añade: ‘Y sean ustedes semejantes a los hombres que esperan a su Señor cuando vuelva de las bodas’”.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo


NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (1Cor 15, 20-26.28)
Cristo le entregará el reino a su Padre para que Dios sea todo en todas las cosas
Hoy es el último domingo del Año Litúrgico, el cual finaliza celebrando a Cristo como Rey del Universo. Las Lecturas nos invitan a reflexionar sobre el establecimiento del Reinado de Cristo en el mundo.
La segunda lectura (1 Cor. 15, 20-28), en la que nos vamos a fijarnos, nos habla del momento del establecimiento del Reino de Cristo. Nos habla de que su resurrección es primicia de la nuestra. Nos habla, también, de que en el momento de su venida, Cristo aniquilará todos los poderes del Mal, someterá a todos bajo sus pies, para luego entregar su Reino al Padre. Y así Dios será todo en todas las cosas. Tres puntos:
1º.) El momento del establecimiento del Reino de Cristo. El Reino de Dios se inicia en este mundo y tendrá su plenitud cuando Cristo venga al final de los tiempos. En efecto, el Reino de los cielos ha sido inaugurado en la tierra por Cristo. “Se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo” (LG 5).
El misterio de la realeza de Cristo se establece en el corazón del hombre, en las familias, sin ruido, con la fuerza de la gracia y la constancia de la misericordia, crece día tras día en el corazón de los creyentes, librándolos del egoísmo y del pecado y abriéndolos a la obediencia de la fe, así como a la entrega generosa de sí mismos en la caridad.
El reino de Cristo es, por consiguiente, el reino de la consolación y la paz, que libera al hombre de todas sus angustias y temores, y lo introduce en la comunión con el Padre celeste. Se trata de un reino que comienza ya aquí, en la tierra, pero que tendrá su cumplimiento pleno en el cielo, cuando Cristo le entregue el reino a su Padre para que Dios sea todo en todas las cosas.
2º.) La resurrección de Jesús es primicia de la nuestra. San Pablo pone de relieve la vinculación entre la resurrección de Cristo y la nuestra, sobre todo en su Primera Carta a los Corintios; pues escribe: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron... Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1 Co 15, 20-22). “En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que este ser mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ‘La muerte ha sido devorada en la victoria’” (1 Co 15, 53-54). “Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo” (1 Co 15, 57).
3º.) En el momento de su venida, Cristo aniquilará todos los poderes del Mal, someterá a todos bajo sus pies, para luego entregar su Reino al Padre. La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás (cf. Mt 12, 26): "Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12, 28). Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios (cf Lc 8, 26-39). Anticipan la gran victoria de Jesús sobre “el príncipe de este mundo” (Jn 12, 31). Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: Regnavit a ligno Deus (“Dios reinó desde el madero de la Cruz”, [Venancio Fortunato, Hymnus "Vexilla Regis": MGH 1/4/1, 34: PL 88, 96]) (CIgC 550).
Con Cristo, vencedor sobre las potestades adversarias, también nosotros participaremos en la nueva creación, la cual consistirá en una vuelta definitiva de todo a Aquel del que todo procede. “Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos” (1 Co 15, 28).
Por tanto, debemos estar convencidos de que “somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo” (Flp 3, 20). Aquí abajo no tenemos una ciudad permanente (cf. Hb 13, 14). Al ser peregrinos, en busca de una morada definitiva, debemos aspirar, como nuestros padres en la fe, a una patria mejor, “es decir, a la celestial” (Hb 11, 16).
El Papa Pío XI al establecer esta Fiesta quería que el Reinado de Cristo -comenzando por cada uno de nosotros los Católicos- se extendiera de cada individuo a cada familia, de cada familia a la sociedad, de la sociedad a las naciones, de las naciones al mundo entero. Esa es nuestra obligación como súbditos de Cristo, Rey del Universo. Que María, Madre del Redentor haga que tu Hijo, Rey del universo y de la historia, reine en nuestra vida, en nuestras comunidades y en el mundo entero.