viernes, 23 de diciembre de 2011

Homilías de la octava de Navidad: 26 al 31 de diciembre de 2011



DÍAS DESPUÉS DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

26 de diciembre

San Esteban (Mt 10,17-22) (Cfr. Benedicto XVI, 26 de diciembre de 2006)

Al día siguiente de la solemnidad de Navidad, celebramos hoy la fiesta de san Esteban, diácono y primer mártir. A primera vista, unir el recuerdo del ‘protomártir’ y el nacimiento del Redentor puede sorprender por el contraste entre la paz y la alegría de Belén y el drama de san Esteban, lapidado en Jerusalén durante la primera persecución contra la Iglesia naciente. En realidad, esta aparente contraposición se supera si analizamos más a fondo el misterio de la Navidad. El Niño Jesús, que yace en la cueva, es el Hijo unigénito de Dios que se hizo hombre. Él salvará a la humanidad muriendo en la cruz. Ahora lo vemos en pañales en el pesebre; después de su crucifixión, será nuevamente envuelto con vendas y colocado en un sepulcro. No es casualidad que la iconografía navideña represente a veces al Niño divino recién nacido recostado en un pequeño sarcófago, para indicar que el Redentor nace para morir, nace para dar su vida como rescate por todos.

San Esteban fue el primero en seguir los pasos de Cristo con el martirio; murió, como el divino Maestro, perdonando y orando por sus verdugos (cf. Hch 7, 60). En los primeros cuatro siglos del cristianismo todos los santos venerados por la Iglesia eran mártires.

Para los creyentes, el día de la muerte, y más aún el día del martirio, no es el fin de todo, sino más bien el ‘paso’ a la vida inmortal, es el día del nacimiento definitivo, en latín, el dies natalis. Así se comprende el vínculo que existe entre el dies natalis de Cristo y el dies natalis de san Esteban. Si Jesús no hubiera nacido en la tierra, los hombres no habrían podido nacer para el cielo. Precisamente porque Cristo nació, nosotros podemos ‘renacer’.

Que san Esteban, el cual vivió su fidelidad a Cristo hasta el martirio, nos impulse también a nosotros a seguir los pasos del Señor, testimoniando con audacia el amor que Dios ofrece a todos los hombres, revelado plenamente en el nacimiento de Jesús.

27 de diciembre

 San Juan Apóstol y Evangelista (Jn 20, 2-9)

El otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero el sepulcro. La fiesta de Navidad, oportunamente preparada por el período del Adviento, pone en marcha, por decir así, una ulterior serie de festividades litúrgicas, que casi irradian de ella y la rodean de cerca como para subrayar su altísima dignidad: san Esteban, san Juan Evangelista, los santos Inocentes, la Sagrada Familia, la Maternidad de María, y después, como conclusión de este ciclo extraordinario de celebraciones tan significativas, la solemnidad de la Epifanía.

Nosotros sabemos que hemos sido llamados a tender continuamente a este Reino de paz, de justicia y de fraternidad universal que nos ha anunciado el Nacimiento de Cristo. Y hemos sido llamados no sólo a caminar sino también, me atrevo a decir, a correr. Sí, a correr hacia Cristo, como hace el Apóstol Juan en la narración evangélica de la misa de hoy, que es su fiesta. Hemos sido llamados a avanzar y a hacer avanzar el mundo, como ‘luz del mundo’ y ‘sal de la tierra’.

Los cristianos no pueden tener, en la historia, un papel de retaguardia, ni mucho menos de involución: el Evangelio que tienen en las manos, las palabras y los ejemplos de Cristo que están en ellos recogidos, deben hacerlos, a pesar de todas sus debilidades humanas, hombres de vanguardia y de esperanza. A ellos toca trazar el camino que la humanidad debe recorrer hacia la salvación y hacia aquella ‘vida eterna’, celeste y trascendente, de la que habla la primera lectura de la misa de hoy, tomada precisamente del Apóstol Juan: “La vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó” (1 Jn 1, 2).

Que el Apóstol Juan, aquel que, como dice la oración de la misa de hoy, “reclinó su cabeza en el pecho del Señor y conoció los secretos divinos”, aquel que nos reveló “las misteriosas profundidades del Verbo divino”, el discípulo predilecto de Jesús, nos haga comprender profundamente el sentido de la Navidad que acabamos de celebrar; que nos permita también a nosotros llegar a ser verdaderos amigos y confidentes del Señor.

28 de diciembre

Santos Inocentes, Mártires (Mt 2, 13-18)

Herodes mandó matar a todos los niños menores de dos años en la comarca de Belén. Hemos escuchado en el texto evangélico que “Después que ellos (los Magos) se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar el niño para matarle’” (Mt 2, 13).

Y cuando partieron los Magos Herodes “envió a matar a todos los niños de Belén y de toda la comarca, de dos años para abajo” (Mt 2, 16). De este modo, matando a todos, quería matar a aquel recién nacido ‘rey de los judíos’, de quien había tenido conocimiento durante la visita de los magos a su corte.

La Iglesia, venerando con cariño a estos pequeños ha tratado de entender el misterio de su muerte: aún no hablaban y ya confesaron a Cristo. Dieron testimonio de Él; no con sus palabras, sino con su sangre. Ellos fueron sin saberlo, los primeros mártires. Más aún, ellos fueron salvadores del Salvador. Porque no sólo murieron por Cristo, si no también murieron en lugar de Él.

Fueron los primeros cristianos, los primeros santos de la Iglesia. Por eso tienen asegurados; desde hace muchos siglos, su lugar privilegiado en el calendario de los Santos. Y, por eso, tenemos hoy la alegría de celebrar su fiesta.

Que estos Santos Inocentes nos ayuden a nosotros a dar valientemente testimonio de Cristo ante los hombres, tanto con nuestra palabra como con nuestra vida.



29 de diciembre

Lc 2, 22-35

Cristo es la luz que alumbra a todas las naciones. En el misterio de la Navidad, la luz de Cristo se irradia sobre la tierra, difundiéndose como en círculos concéntricos. Ante todo, sobre la Sagrada Familia de Nazaret: la Virgen María y José son iluminados por la presencia divina del Niño Jesús. La luz del Redentor se manifiesta luego a los pastores de Belén, que, advertidos por el ángel, acuden enseguida a la cueva y encuentran allí la ‘señal’ que se les había anunciado: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cf. Lc 2, 12).

El apóstol san Juan escribe en su primera carta: ¡Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna! (1 Jn 1, 5); y, más adelante, añade: “Dios es amor”. Estas dos afirmaciones, juntas, nos ayudan a comprender mejor: la luz que apareció en Navidad y hoy se manifiesta a las naciones es el amor de Dios, revelado en la Persona del Verbo encarnado. Atraídos por esta luz, llegan los Magos de Oriente.

El Señor Jesús es, al mismo tiempo e inseparablemente, “luz para alumbrar a las naciones, y gloria de su pueblo, Israel” (Lc 2, 32), como, inspirado por Dios, exclamará el anciano Simeón, tomando al Niño en los brazos, cuando sus padres lo presentarán en el templo.

Los Magos adoraron a un simple Niño en brazos de su Madre María, porque en él reconocieron el manantial de la doble luz que los había guiado: la luz de la estrella y la luz de las Escrituras. Reconocieron en él al Rey de los judíos, gloria de Israel, pero también al Rey de todas las naciones.

El Padre de la Luz, que ha hecho resplandecer en Cristo su rostro de misericordia, nos colme con su felicidad y nos haga mensajeros de su bondad.



30 de diciembre

La Sagrada Familia (Lc 2,41-52)

(Cfr. Benedicto XVI, 31 de diciembre de 2006)

Jesús debía “ocuparse de las cosas de su Padre”. En este último domingo del año celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. En el Evangelio no encontramos discursos sobre la familia, sino un acontecimiento que vale más que cualquier palabra: Dios quiso nacer y crecer en una familia humana. De este modo, la consagró como camino primero y ordinario de su encuentro con la humanidad.

En su vida transcurrida en Nazaret, Jesús honró a la Virgen María y al justo José, permaneciendo sometido a su autoridad durante todo el tiempo de su infancia y su adolescencia (cf. Lc 2, 51-52). Así puso de relieve el valor primario de la familia en la educación de la persona. María y José introdujeron a Jesús en la comunidad religiosa, frecuentando la sinagoga de Nazaret. Con ellos aprendió a hacer la peregrinación a Jerusalén, como narra el pasaje evangélico que la liturgia de hoy propone a nuestra meditación. Cuando tenía doce años, permaneció en el Templo, y sus padres emplearon tres días para encontrarlo. Con ese gesto les hizo comprender que debía “ocuparse de las cosas de su Padre”, es decir, de la misión que Dios le había encomendado (cf. Lc 2, 41-52).

Este episodio evangélico revela la vocación más auténtica y profunda de la familia: acompañar a cada uno de sus componentes en el camino de descubrimiento de Dios y del plan que ha preparado para él. María y José educaron a Jesús ante todo con su ejemplo: en sus padres conoció toda la belleza de la fe, del amor a Dios y a su Ley, así como las exigencias de la justicia, que encuentra su plenitud en el amor (cf. Rm 13, 10). De ellos aprendió que en primer lugar es preciso cumplir la voluntad de Dios, y que el vínculo espiritual vale más que el de la sangre.

La Sagrada Familia de Nazaret es verdaderamente el ‘prototipo’ de toda familia cristiana que, unida en el sacramento del matrimonio y alimentada con la Palabra y la Eucaristía, está llamada a realizar la estupenda vocación y misión de ser célula viva no sólo de la sociedad, sino también de la Iglesia, signo e instrumento de unidad para todo el género humano.

La santidad de la familia es el camino real y el recorrido obligado para construir una sociedad nueva y mejor, para volver a dar esperanza en el futuro a un mundo sobre el que pesan tantas amenazas. Por eso, las familias cristianas de hoy han de saber aprender de ese núcleo de amor y de entrega sin reservas que fue la Sagrada Familia. El Hijo de Dios hecho un niño, como todos los nacidos de mujer, recibía allí continuamente los cuidados de la Madre. María, que siempre había permanecido Virgen, consagraba diariamente su vida a la sublime misión de la maternidad, y por eso también hoy todas las generaciones la llaman bienaventurada. José, designado para proteger el misterio de la filiación divina de Jesús y la maternidad virginal de María, cumplía su papel, de forma consciente, en silencio y en obediencia a la voluntad divina. ¡Qué escuela, qué misterio!

El Hijo de Dios vino a la tierra para salvar a todos los seres humanos, transformándolos profundamente desde dentro, para hacerlos semejantes a Él, Hijo del Padre celestial. Para llevar a cabo esa misión, pasó la mayor parte de su vida terrena en el seno de una familia, con el fin de hacernos comprender la importancia insustituible de esta primera célula de la sociedad, que contiene virtualmente todo el organismo.

La familia de por sí es sagrada, porque sagrada es la vida humana, que solamente en el ámbito de la institución familiar se engendra, se desarrolla y perfecciona de forma digna del hombre. La sociedad del mañana será lo que sea hoy la familia.

Ésta, por desgracia, en la actualidad está sometida a toda clase de insidias por parte de quien busca herir su tejido y minar la natural y sobrenatural unidad, disgregando los valores morales sobre los que se funda con todos los medios que hoy pone a su alcance el permisivismo social…

El secreto de la verdadera paz, de la mutua y permanente concordia, de la docilidad de los hijos, del florecimiento de las buenas costumbres está en la constante y generosa imitación de la amabilidad, modestia y mansedumbre de la familia de Nazaret, en la que Jesús, Sabiduría eterna del Padre, se nos ofrece junto con María, su madre purísima, y San José, que representa al Padre celestial.



31 de diciembre

Jn 1,1-18

Aquel que es la Palabra se hizo hombre. San Juan, en el prólogo de su evangelio, medita profundamente en el acontecimiento de la encarnación, un hecho único y conmovedor: “En el principio existía la Palabra (...). En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres (...). A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios [...]. Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros...” (Jn 1, 1. 4. 12. 14).

Conocemos con certeza el motivo y la finalidad de la Encarnación: el Hijo de Dios se hizo hombre para revelarnos la luz de la verdad salvífica y para transmitirnos su misma vida divina, haciéndonos hijos adoptivos de Dios y hermanos suyos.

Dios se hizo hombre para hacernos partícipes, en Jesús, de su vida divina y luego de su gloria eterna. Ése es el verdadero sentido de la Navidad y, por consiguiente, de nuestra alegría mística. Y éste fue precisamente el anuncio del ángel a los pastores, asustados por el esplendor de la luz que los había sorprendido en la noche: “No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 10-11).

¡Para salvar a la humanidad, nació en Belén de María santísima nuestro Redentor! Dios-Hijo asumió la naturaleza humana, la humanidad, se hizo verdadero hombre, permaneciendo Dios. El Hijo unigénito del Padre, de su misma naturaleza, se hizo hombre para introducirnos, mediante la humillación de la cruz y la gloria de la resurrección, en la tierra de salvación que Dios, rico en misericordia, prometió a la humanidad desde el inicio.



Misa de fin de Año

Núm. 6, 22-27

La liturgia de hoy contempla, como en un mosaico, varios hechos y realidades mesiánicas, pero la atención se concentra  de  modo especial en María, Madre de Dios. Ocho días después del nacimiento de Jesús recordamos a su Madre,  la Theotókos, la “Madre del Rey que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos” (Antífona de entrada; cf. Sedulio). La liturgia medita hoy en el Verbo hecho hombre y repite que nació de la Virgen. Reflexiona sobre la circuncisión de Jesús como rito de agregación a la comunidad, y contempla a Dios que dio a su Hijo unigénito como cabeza del “pueblo nuevo” por medio de María. Recuerda el nombre que dio al Mesías y lo escucha pronunciado con tierna dulzura por su Madre. Invoca para el mundo la paz, la paz de Cristo, y lo hace a través de María, mediadora y cooperadora de Cristo (cf. Lumen gentium, 60-61).

Mientras celebramos las primeras Vísperas de la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, la liturgia hace coincidir esta significativa fiesta mariana con el fin y el inicio del año. Por eso, esta noche, al contemplar el misterio de la maternidad divina de la Virgen, elevamos el cántico de nuestra gratitud porque está a punto de concluir el año 2010, a la vez que se perfila en el horizonte de la historia el 2011. Demos gracias a Dios desde lo más hondo de nuestro corazón por todos los beneficios que nos ha concedido durante los doce meses pasados.

Ante el Niño, junto con María y san José en esta liturgia de fin de año, además de la alabanza y la acción de gracias, realizamos un sincero examen de conciencia personal y familiar. Pidamos perdón al Señor por las faltas que hemos cometido, conscientes de que Dios, rico en misericordia, es infinitamente más grande que nuestros pecados.

En ti, Señor, reside nuestra esperanza. Tú, en la Navidad, has traído la alegría al mundo, irradiando tu luz sobre el camino de los hombres y de los pueblos. Las ansias y las angustias no pueden apagarla; el esplendor de tu presencia nos consuela constantemente.

La Liturgia no puede escoger otras palabras tan propias al fin y al principio del año:“El Señor te bendiga y te proteja (...) se fije en ti y te conceda la paz” (Núm. 6, 24. 26): esta es la bendición que, en el Antiguo Testamento, los sacerdotes pronunciaban sobre el pueblo elegido en las grandes fiestas religiosas. La comunidad eclesial vuelve a escucharla, mientras pide al Señor que bendiga el nuevo año, que vamos a iniciar.

La liturgia renueva la bendición del Creador que marca ya desde el comienzo la historia del hombre, repitiendo las palabras de Moisés: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (Núm. 6, 24-26).

Se trata de una bendición para el año que está empezando y para nosotros, que nos disponemos a vivir una nueva etapa de tiempo, don precioso de Dios. La Iglesia, uniéndose a la mano providente de Dios Padre, inaugura este año nuevo con una bendición especial, dirigida a todas las personas. Dice: ¡El Señor te bendiga y te proteja!

Con estas palabras, les expreso, a cada uno mi felicitación con motivo del Año nuevo, deseándoos cordialmente que abunde en todo tipo de bienes y consolaciones. Sí, el Señor colme nuestros  días de frutos y haga que todo el mundo viva en la justicia y en la paz.

Homilías durante la octava de Navidad

1º. De enero
Solemnidad de la Madre de Dios

“Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Ga 4, 4). Encontraron a María, a José y al Niño. Al cumplirse los ocho días, le pusieron el nombre de Jesús.

La fiesta de Santa María Madre de Dios, la imposición del Nombre de Jesús a los ocho días de nacido, y la Jornada Mundial de Oraciones por la Paz, son los temas centrales del primer día del año en la Iglesia Católica.

La Palabra de Dios hoy contempla de modo especial a María, como Madre de Dios. Ocho días después del nacimiento de Jesús recordamos a su Madre, la Theotókos, la “Madre del Rey que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos” (Antífona de entrada). “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Ga 4, 4). El apóstol san Pablo alude a la maternidad divina de María cuando habla de la “mujer” por medio de la cual el Hijo de Dios entró en el mundo.

El dogma fundamental de todo el cristianismo es que Jesús es Dios, el Verbo de Dios encarnado. Luego María, su Madre, es la Madre de Dios, la Madre del Verbo encarnado. Se trata, pues, de algo expresa y claramente revelado por Dios en la Sagrada Escritura y definido expresamente por la Iglesia en el Concilio de Éfeso como verdad de fe. Sobre la maternidad de divina de María, San Cirilo de Alejandría (370-444) enseña: “Me sorprende que haya personas que se hagan esta pregunta: ¿hay que llamar a María Madre de Dios? Ya que si nuestro Señor Jesucristo es Dios ¿cómo la Virgen que lo trajo al mundo no sería la Madre de Dios? Es la creencia que nos han transmitido los santos Apóstoles, aun cuando ellos no hayan usado este término. Es la enseñanza que hemos recibido de los santos Padres.

La Virgen es verdaderamente Madre de Dios pues ella concibió de forma sobrenatural a Cristo, el Salvador, que participa también de su carne y sangre y que, en el plano humano, procede de la misma sustancia que su Madre y que nosotros mismos.

Además de la maternidad, hoy también se pone de relieve la virginidad de María. Se trata de dos prerrogativas que siempre se proclaman juntas y de manera inseparable, porque se integran y se califican mutuamente. María es madre, pero madre virgen; María es virgen, pero virgen madre. Si se descuida uno u otro aspecto, no se comprende plenamente el misterio de María, tal como nos lo presentan los Evangelios. Por consiguiente, si María es Madre de Cristo y Cristo es la Cabeza de la Iglesia, la que es Madre de la Cabeza es Madre de los miembros del Cuerpo de su Hijo. Por esto, María es Madre espiritual de toda la humanidad. San Agustín (354-430) enseña que María es madre de los miembros de Cristo, “…que somos nosotros, porque cooperó con su caridad para que nacieran en la Iglesia los fieles, miembros de aquella Cabeza de la que es efectivamente madre según el cuerpo…” Por tanto, la Virgen santa es Madre de la Iglesia y Madre de cada uno de sus miembros, es decir, Madre de cada uno de nosotros, en Cristo. Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad.

Así pues, contemplando a María como Madre de Dios y Madre de la Iglesia, como nuestra Madre, comenzamos este nuevo año, que recibimos de las manos de Dios como un ‘talento’ precioso que hemos de hacer fructificar, como una ocasión providencial para contribuir a realizar el reino de Dios, siguiendo el camino que camino nuestra Madre.

Así, pues, al inicio de este nuevo año queramos ser dóciles hijos y discípulos de la Madre de Dios y Madre nuestra. Hoy decidamos seguir el camino que Ella siguió, queramos aprender de ella, la Madre santa, a acoger en la fe y en la oración la salvación que Dios no cesa de donar a los que confían en su amor misericordioso. Pidamos a María, Madre de Dios, que nos ayude a acoger a su Hijo y, en él, la verdadera paz. “El Señor te bendiga y te proteja, (...). El Señor se fije en ti y te conceda la paz” (Núm. 6, 24. 26), ahora y siempre.



2 de enero
Jn 1,19-28
“Yo os bautizo con agua, pero (...) Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3, 16). Juan Bautista predicaba un bautismo de penitencia, para preparar los corazones a acoger dignamente la venida del Salvador.

A quienes le preguntaban si él era el Mesías, les respondió testimoniando que su misión consistía en ser precursor, en preparar el camino a Cristo, quien los iba a bautizar con Espíritu Santo y fuego ¿En qué consiste el fuego al que alude san Juan Bautista?

Leemos en los Hechos de los Apóstoles que los discípulos estaban reunidos en oración en el Cenáculo cuando descendió sobre ellos con fuerza el Espíritu Santo, como viento y fuego. Entonces se lanzaron a anunciar en muchas lenguas la buena nueva de la resurrección de Cristo (cf. Hch 2, 1-4). Ese fue el “bautismo en el Espíritu Santo”, que había sido anunciado por Juan Bautista: “Yo os bautizo en agua, decía a las multitudes, pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo. (...) Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mt 3, 11).

Jesús mismo, antes de bautizar en Espíritu Santo y fuego, es bautizado en el Jordán, cuando baja “sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma” (Lc 3, 22). Toda la misión de Jesús estaba orientada a donar el Espíritu de Dios a los hombres y a bautizarlos en su ‘baño’ de regeneración. Esto se realizó con su glorificación (cf. Jn 7, 39), es decir, mediante su muerte y resurrección. Entonces el Espíritu de Dios se derramó de modo sobreabundante, como una cascada capaz de purificar todos los corazones, de apagar el incendio del mal y de encender en el mundo el fuego del amor divino.

En conclusión, el bautismo “en Espíritu y fuego” indica el poder purificador del fuego: de un fuego misterioso, que expresa la exigencia de santidad y de pureza que trae el Espíritu de Dios al corazón del que acepta a Jesús como su salvador y Señor.


3 de enero
El santísimo Nombre de Jesús (Jn 1, 29-34)

Este es el Cordero de Dios. El nombre “Jesús” significa “Dios salva” (Jeho-shua). Significa ‘Salvador’. En este nombre el mundo es salvado. En este nombre es salvado el hombre. Jesús vino al mundo para salvar a la humanidad. Por eso, cuando le pusieron este nombre, se reveló al mismo tiempo quién era él y cuál iba a ser su misión.

Muchos en Israel llevaban ese nombre, pero él lo llevó de modo único, realizando en plenitud su significado: Jesús de Nazaret, Salvador del mundo. Por tanto, Jesús, ¡El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! Es la potencia de santificación del hombre, potencia continua e inagotable. El Cordero de Dios, es el autor de nuestra santidad: los hombres reconciliados “han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero” (Ap 7, 14).

Así se manifiesta el poder del Hijo del hombre sobre el pecado y sobre el autor del pecado. El nombre de Jesús, que somete también a los demonios, significa Salvador. La cruz sellará la victoria total sobre Satanás y sobre el pecado. Todos los "milagros, prodigios y señales de Cristo están en función de la revelación de Él como Mesías, de Él como Hijo de Dios: de Él, que, solo, tiene el poder de liberar al hombre del pecado y de la muerte, de Él que verdaderamente es el Salvador del mundo.

El Padre nos ha enviado al Hijo para realizar el plan de salvación. En efecto, “El Mesías es salvador, Jesús o salvación, propiciación por los pecados, Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Todo esto pide, en el discípulo, una entrega total y plena, consistente en la fe que acoge la palabra y la pone en práctica. Verdadero amor a Cristo, incoación del juicio favorable en la definitividad del más allá en la presencia del Dios Uno y Trino, del Dios que es el Amor.


4 de enero
Jn, 1, 35-42

Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)” (Jn, 1, 41). En el evangelio que hemos escuchado la vocación de Pedro, según escribe el evangelista Juan, pasa a través del testimonio de su hermano Andrés, el cual, después de haber encontrado al Maestro y haber respondido a la invitación de permanecer con Él, siente la necesidad de comunicarle inmediatamente lo que ha descubierto en su “permanecer” con el Señor: “Hemos encontrado al Mesías -que quiere decir Cristo- y lo llevó a Jesús” (Jn 1, 41-42).

Ante estos hechos, que nos narra san Juan, bien podemos preguntarnos si hemos encontrado al Mesías en esta Navidad, y si lo hemos encontrado, también podeos preguntarnos si lo hemos compartido con otros de modo que les hayamos contagiado del gozo ha habernos encontrado con el Niño que se nos ha dado.

El testimonio de los primeros discípulos de Jesús, es para nosotros discípulos del siglo XXI, que hemos de volver gozosos de la gruta de Belén para contar por doquier el prodigio del que hemos sido testigos. ¡Hemos encontrado la luz y la vida! En Él se nos ha dado el amor. “Hemos encontrado al Mesías”. Esta ha de ser nuestra meta en este nuevo año, de cada al Niño de Belém: ‘buscar’ y ‘encontrar’, para que sea un tiempo para renovar nuestro camino espiritual con Jesús, con la alegría de buscarlo y encontrarlo incesantemente. Y entonces nuestros buenos deseos de Navidad y año Nuevo serán toda una realidad en nuestra vida.

En efecto, la alegría más auténtica está en la relación con Jesús, encontrado, seguido, conocido y amado, gracias a una continua búsqueda de la mente y del corazón. Ser discípulo de Cristo: esto basta al cristiano. La amistad con el Maestro proporciona al alma paz profunda y serenidad incluso en los momentos oscuros y en las pruebas más arduas.

Cuando la fe afronta noches oscuras, en las que no se ‘siente’ y no se ‘ve’ la presencia de Dios, la amistad de Jesús garantiza que, en realidad, nada puede separarnos de su amor (cf. Rm 8, 39).

Pidamos a la Virgen María que nos ayude a seguir a Jesús, gustando cada día la alegría de penetrar cada vez más en su misterio.


5 de enero Jn 1, 43-51
Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel.

El evangelio nos habla hoy del encuentro de Natanael con Jesús. A este Natanael Felipe le comunicó que había encontrado a “ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús el hijo de José, el de Nazaret” (Jn 1, 45).

La historia de Natanael nos sugiere que en nuestra relación con Jesús no debemos contentarnos sólo con palabras. Felipe, en su réplica, dirige a Natanael una invitación significativa: “Ven y lo verás” (Jn 1, 46).

Nuestro conocimiento de Jesús necesita sobre todo una experiencia viva: el testimonio de los demás ciertamente es importante, puesto que por lo general toda nuestra vida cristiana comienza con el anuncio que nos llega a través de uno o más testigos. Pero después nosotros mismos debemos implicarnos personalmente en una relación íntima y profunda con Jesús.

Que nuestros encuentros con Jesús sean cada vez más parecidos al de Natanael con Jesús: Él se siente tocado en el corazón por las palabras de Jesús, se siente comprendido y llega a la conclusión: este hombre sabe todo sobre mí, sabe y conoce el camino de la vida, de este hombre puedo fiarme realmente. Y así responde con una confesión de fe límpida y hermosa, diciendo: “Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel” (Jn 1, 49).



6 de enero
Mc 1, 7-11
Tú eres mi Hijo amado, yo tengo en ti mis complacencias.

En el Jordán, en el bautismo de Jesús se produce la manifestación de Dios Uno y Trino: Jesús, a quien el Padre señala como su Hijo predilecto, y el Espíritu Santo, que baja y permanece sobre Él. En efecto, el evangelio de este día vemos cómo San Juan bautiza a Jesús, y cómo cuando es bautizado se oyó “La voz del Señor sobre las aguas”: “al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que descendía sobre El en forma como de paloma y se oyó una voz desde el cielo”, la voz del Padre que lo identificaba como su Hijo, el Dios-Hombre. (Mt 3, 16-17) .

Jesucristo, el Dios Vivo, no tenía necesidad de bautismo. Pero en el Jordán quiso presentarle al Padre los pecados del mundo; es decir, quiso presentarnos a nosotros como lo que somos: pecadores. ¡Todo un Dios, en Quien no puede haber pecado alguno, se pone en lugar de la humanidad pecadora, haciéndose bautizar!

El Sacramento del Bautismo no es igual al Bautismo del Jordán. Es mucho más: por nuestro Bautismo, por obra del Espíritu Santo somos limpiados del pecado original, nos hacemos hijos de Dios; somos injertados en Cristo, templos vivos del Espíritu santo, habitación de la trinidad; recibimos la fe católica como un tesoro que debemos hacer crecer y compartir con los demás.

El día de nuestro bautismo, hechos hijos de Dios, el Padre como a Jesús también nos dijo: tú eres mi hijo amado en quien tengo mis complacencias… La conciencia de esta predilección que Dios nos tiene no puede menos de impulsarnos a aceptar a Cristo en la menta y en el corazón, como Salvador y Señor…

7 de enero
Jn 2, 1-11
El primer signo de Jesús, en Caná de Galilea.

En el Evangelio de hoy leemos que el Señor Jesús fue invitado a participar en las bodas que tenían lugar en Caná de Galilea. Esto sucede al comienzo mismo de su actividad magisterial, y el episodio se grabó en la memoria de los presentes, porque precisamente allí Jesús reveló por vez primera la extraordinaria potencia que, desde entonces, debía acompañar siempre su enseñanza. Leemos: “Este fue el primer milagro que hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria y creyeron en El sus discípulos” (Jn 2, 11).

¡Qué bella y delicada intervención de María en las bodas de Caná, cuándo mueve a su Hijo a realizar el primer milagro de convertir el agua en vino para ayudar a aquellos jóvenes esposos! Es todo un signo del constante amor de la Virgen Santísima por la humanidad necesitada, y debe ser un ejemplo para todos los que quieren considerarse verdaderamente hijos suyos.

La misión maternal de María hacia los hombres de ninguna manera oscurece ni disminuye la única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia», porque «hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús.

Esta función materna brota, según el beneplácito de Dios, «de la superabundancia de los méritos de Cristo... Y precisamente en este sentido el hecho de Caná de Galilea, nos anuncia lo que será la mediación de María, orientada plenamente hacia Cristo y encaminada a la revelación de su poder salvífico.

Madre es nuestra Madre en el orden de la gracia, maternidad que ha surgido de su misma maternidad divina, porque siendo, por disposición de la divina providencia, madre-nodriza del divino Redentor, se ha convertido de “forma singular en la generosa colaboradora entre todas las creaturas y la humilde esclava del Señor” y que “cooperó... por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas”.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Misa de Medianoche y misa del día Natividad del Señor

Misa de medianoche (Misa de media noche: Tit 2,11-14) (Cfr. Benedicto XVI mensaje Urbi et Orbi 25 de diciembre de 2008) Hoy hemos vivido un día breve, la luz del sol pronto se ha ocultado, ha sido el día más corto del año; y como consecuencia, pronto nos ha envuelto la oscuridad de la noche. Así es hermanos, hoy como hace 2011 años: un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, la Palabra todopoderosa, vino desde el trono real de los cielos. En esta Noche santa se cumple la antigua promesa: el tiempo de la espera ha terminado, y la Virgen da a luz al Mesías. Sí, hoy “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”. “Ha aparecido. Esto es lo que la Iglesia celebra hoy. La gracia de Dios, rica de bondad y de ternura, ya no está escondida, sino que ‘ha aparecido’, se ha manifestado en la carne, ha mostrado su rostro. ¿Dónde? En Belén. ¿Cuándo? Bajo César Augusto durante el primer censo, al que se refiere también el evangelista San Lucas. Y ¿quién la revela? Un recién nacido, el Hijo de la Virgen María. En Él ha aparecido la gracia de Dios, nuestro Salvador. Por eso ese Niño se llama Jesús, que significa ‘Dios salva’”. La gracia de Dios ha aparecido. Por eso la Navidad es fiesta de luz: una claridad que se hace en la noche y se difunde desde un punto preciso del universo: desde la gruta de Belén, donde el Niño divino ha «venido a la luz». En realidad, es Él la luz misma que, apareciendo, disipa la bruma, desplaza las tinieblas y nos permite entender el sentido y el valor de nuestra existencia y de la historia. Cada belén es una invitación simple y elocuente a abrir el corazón y la mente al misterio de la vida. “La gracia de Dio ha aparecido a todos los hombres. Sí, Jesús, el rostro de Dios que salva, no se ha manifestado sólo para unos pocos, para algunos, sino para todos. Es cierto que pocas personas lo han encontrado en la humilde y destartalada demora de Belén, pero Él ha venido para todos: judíos y paganos, ricos y pobres, cercanos y lejanos, creyentes y no creyentes..., todos. La gracia sobrenatural, por voluntad de Dios, está destinada a toda criatura. Pero hace falta que el ser humano la acoja, que diga su ‘sí’ como María, para que el corazón sea iluminado por un rayo de esa luz divina. Aquella noche eran María y José los que esperaban al Verbo encarnado para acogerlo con amor, y los pastores, que velaban junto a los rebaños (cf. Lc 2,1-20). Una pequeña comunidad, pues, que acudió a adorar al Niño Jesús; una pequeña comunidad que representa a la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad. También hoy, quienes en su vida lo esperan y lo buscan, encuentran al Dios que se ha hecho nuestro hermano por amor; todos los que en su corazón tienden hacia Dios desean conocer su rostro y contribuir a la llegada de su Reino…”. Hermanos y hermanas el niño que nos ha nacido es para todos los hombres. Jesús ha nacido para todos y, como María lo ofreció en Belén a los pastores, en este día la Iglesia lo presenta a toda la humanidad, para que en cada persona y situación se sienta el poder de la gracia salvadora de Dios, la única que puede transformar el mal en bien, y cambiar el corazón del hombre y hacerlo un ‘oasis’ de paz. Hoy ‘ha aparecido la gracia de Dios, el Salvador’ (cf. Tt 2,11) en este mundo nuestro, con sus capacidades y sus debilidades, sus progresos y sus crisis, con sus esperanzas y sus angustias. Hoy resplandece la luz de Jesucristo, Hijo del Altísimo e hijo de la Virgen María, «Dios de Dios, Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero... que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo». Lo adoramos hoy en todos los rincones de la tierra, envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Lo adoramos en silencio mientras Él, todavía niño, parece decirnos para nuestro consuelo: No temáis, ‘no hay otro Dios fuera de mí’ (Is 45,22). Vengan a mí, hombres y mujeres, pueblos y naciones; vengan a mí, no temáis. He venido al mundo para traeros el amor del Padre, para mostraros la vía de la paz. Apresurémonos como los pastores en la noche de Belén. Dios ha venido a nuestro encuentro y nos ha mostrado su rostro, rico de gracia y de misericordia. Que su venida no sea en vano. Busquemos a Jesús, dejémonos atraer por su luz que disipa la tristeza y el miedo del corazón del hombre; acerquémonos con confianza; postrémonos con humildad para adorarlo. Feliz Navidad a todos. Misa del día (Heb 1, 1-6) Dios nos ha hablado por medio de su Hijo “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas, en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo” (Hb 1, 1-2). Este Hijo es el Verbo eterno, de la misma naturaleza del Padre, que se hizo hombre para revelarnos al Padre y para hacer que pudiéramos comprender toda la verdad sobre nosotros. Nos habló con palabras humanas, y también con sus obras y con su misma vida: desde el nacimiento hasta la muerte en cruz y la resurrección. Dios habla a su criatura humana una y otra vez, de muchos modos, y sobre todo ha hablado fuerte en su Hijo, en el Niño que nos ha nacido. Él nos ha enseñado tantas cosas y nos grita su amor desde el pesebre de Belén. Sí, como ayer, hoy y siempre, “Dios nos ha hablado por medio de su Hijo” (Hb 1, 2) y nos habla continuamente mediante la predicación del Evangelio y mediante la voz de nuestra conciencia. En Jesucristo se manifestó a todos los hombres el camino de la salvación, que es ante todo una redención espiritual, pero que implica lo humano en su totalidad, incluyendo también la dimensión social e histórica. Hoy es un día especial para abrir el corazón a la Palabra de Dios hecha carne en la pobreza de Belén. ¡Pero qué pocas veces escuchamos verdaderamente al Señor Jesús, porque escuchar implica necesariamente hacer lo que Él nos dice! Sí, la verdadera fe no consiste principalmente en tener la confianza en que Dios me va a hacer un milagro si se lo pido, de que me va a liberar inmediatamente de la terrible prueba que estoy pasando, de que va a solucionar todos mis problemas y males. Sin duda puede hacerlo y lo hace cuando Él lo considera mejor para nosotros, pero la fe cristiana no es ante todo un “creo en ti para que Tú me escuches a mí y hagas lo que yo te digo”, sino un “creo en ti y me pongo a la escucha para hacer lo que Tú me digas por medio de tu Hijo Jesucristo”. Para revitalizar la Navidad en nuestras almas es necesario cree y confiar verdaderamente en Dios, de modo que como el “siervo inútil” de la parábola hagamos lo que el Niño de Belén nos manda, es decir, adherirnos de todo corazón y con todo nuestro ser a las palabras, enseñanzas y promesas que Cristo nos ha dejado, traduciendo nuestra fe en la acción, en obras. Al considerar de este modo la fe en el Niño que se nos ha dado, descubrimos que nuestra fe es pequeña y frágil. ¿Qué puedo hacer para que mi fe aumente, y mi vida sintonice con el mensaje del nacimiento del Hijo de Dios? La fe es un don, por ello lo primero que debo hacer es pedírselo al Señor cada día con mucha humildad e insistencia: “Señor, ¡aumenta mi fe! Concédeme el don. Que pueda yo creer firmemente en Ti, en tus palabras y promesas, como supieron creer Santa María y los Apóstoles”. Lo segundo es conocer cada día mejor qué es lo que enseña el Señor Jesús. Para ello es importante leer los Evangelios con frecuencia y meditar las enseñanzas de Cristo, familiarizarnos con ellas. Decía San Ambrosio: “A Dios escuchamos cuando leemos sus palabras”. Al hacer esta lectura recordemos que debemos entender las enseñanzas del Señor como la Iglesia las entiende y enseña. La Escritura no puede estar librada a nuestra “libre interpretación”. Por ello también es importante instruirnos sobre las verdades fundamentales de la fe, leyendo continuamente y estudiando el Catecismo de la Iglesia Católica. Finalmente es necesario esforzarme por poner en práctica lo que Él nos enseña: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5). La fe crece, madura y se consolida cuando pasa a la acción, cuando se manifiesta en nuestra conducta, en nuestras opciones cotidianas. Este pobre Niño, para el cual ‘no había sitio en la posada’ es nuestra fe, es, a pesar de las apariencias, el único Heredero de la creación entera. Vino para compartir con nosotros esta herencia suya, a fin de que nosotros, hechos hijos de la adopción divina, participemos de la herencia que él ha traído consigo al mundo. Palabra eterna, nosotros contemplamos hoy tu gloria, “gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14). Que, por intercesión de María, la gozosa noticia del Nacimiento de su Hijo, nos haga crecer en la fe, la fe como encuentro vivo y personal con el Niño, que se nos ha dado. ¡Feliz Navidad a todos!

Misa de medianoche (Misa de media noche: Tit 2,11-14)

Misa de medianoche (Misa de media noche: Tit 2,11-14) (Cfr. Benedicto XVI mensaje Urbi et Orbi 25 de diciembre de 2008) Hoy hemos vivido un día breve, la luz del sol pronto se ha ocultado, ha sido el día más corto del año; y como consecuencia, pronto nos ha envuelto la oscuridad de la noche. Así es hermanos, hoy como hace 2011 años: un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, la Palabra todopoderosa, vino desde el trono real de los cielos. En esta Noche santa se cumple la antigua promesa: el tiempo de la espera ha terminado, y la Virgen da a luz al Mesías. Sí, hoy “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”. “Ha aparecido. Esto es lo que la Iglesia celebra hoy. La gracia de Dios, rica de bondad y de ternura, ya no está escondida, sino que ‘ha aparecido’, se ha manifestado en la carne, ha mostrado su rostro. ¿Dónde? En Belén. ¿Cuándo? Bajo César Augusto durante el primer censo, al que se refiere también el evangelista San Lucas. Y ¿quién la revela? Un recién nacido, el Hijo de la Virgen María. En Él ha aparecido la gracia de Dios, nuestro Salvador. Por eso ese Niño se llama Jesús, que significa ‘Dios salva’”. La gracia de Dios ha aparecido. Por eso la Navidad es fiesta de luz: una claridad que se hace en la noche y se difunde desde un punto preciso del universo: desde la gruta de Belén, donde el Niño divino ha «venido a la luz». En realidad, es Él la luz misma que, apareciendo, disipa la bruma, desplaza las tinieblas y nos permite entender el sentido y el valor de nuestra existencia y de la historia. Cada belén es una invitación simple y elocuente a abrir el corazón y la mente al misterio de la vida. “La gracia de Dio ha aparecido a todos los hombres. Sí, Jesús, el rostro de Dios que salva, no se ha manifestado sólo para unos pocos, para algunos, sino para todos. Es cierto que pocas personas lo han encontrado en la humilde y destartalada demora de Belén, pero Él ha venido para todos: judíos y paganos, ricos y pobres, cercanos y lejanos, creyentes y no creyentes..., todos. La gracia sobrenatural, por voluntad de Dios, está destinada a toda criatura. Pero hace falta que el ser humano la acoja, que diga su ‘sí’ como María, para que el corazón sea iluminado por un rayo de esa luz divina. Aquella noche eran María y José los que esperaban al Verbo encarnado para acogerlo con amor, y los pastores, que velaban junto a los rebaños (cf. Lc 2,1-20). Una pequeña comunidad, pues, que acudió a adorar al Niño Jesús; una pequeña comunidad que representa a la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad. También hoy, quienes en su vida lo esperan y lo buscan, encuentran al Dios que se ha hecho nuestro hermano por amor; todos los que en su corazón tienden hacia Dios desean conocer su rostro y contribuir a la llegada de su Reino…”. Hermanos y hermanas el niño que nos ha nacido es para todos los hombres. Jesús ha nacido para todos y, como María lo ofreció en Belén a los pastores, en este día la Iglesia lo presenta a toda la humanidad, para que en cada persona y situación se sienta el poder de la gracia salvadora de Dios, la única que puede transformar el mal en bien, y cambiar el corazón del hombre y hacerlo un ‘oasis’ de paz. Hoy ‘ha aparecido la gracia de Dios, el Salvador’ (cf. Tt 2,11) en este mundo nuestro, con sus capacidades y sus debilidades, sus progresos y sus crisis, con sus esperanzas y sus angustias. Hoy resplandece la luz de Jesucristo, Hijo del Altísimo e hijo de la Virgen María, «Dios de Dios, Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero... que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo». Lo adoramos hoy en todos los rincones de la tierra, envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Lo adoramos en silencio mientras Él, todavía niño, parece decirnos para nuestro consuelo: No temáis, ‘no hay otro Dios fuera de mí’ (Is 45,22). Vengan a mí, hombres y mujeres, pueblos y naciones; vengan a mí, no temáis. He venido al mundo para traeros el amor del Padre, para mostraros la vía de la paz. Apresurémonos como los pastores en la noche de Belén. Dios ha venido a nuestro encuentro y nos ha mostrado su rostro, rico de gracia y de misericordia. Que su venida no sea en vano. Busquemos a Jesús, dejémonos atraer por su luz que disipa la tristeza y el miedo del corazón del hombre; acerquémonos con confianza; postrémonos con humildad para adorarlo. Feliz Navidad a todos.

martes, 20 de diciembre de 2011

Tiempo de Navidad

EL TIEMPO DE NAVIDAD Si el tiempo de Adviento nos hace suspirar por el doble advenimiento del Hijo de Dios, el de Navidad, celebra el aniversario de su nacimiento en cuanto hombre, y por lo mismo nos prepara a su venida como Juez. Con las primeras Vísperas de la Navidad, el 24 de diciembre, entramos en el Tiempo de la Navidad, que concluirá con la celebración de la Fiesta del Bautismo de Jesús. Como indica el nombre que damos a este Tiempo litúrgico, el momento central del mismo es la celebración de la solemnidad de la Natividad del Señor, celebración que tiene, al igual que la solemnidad de la Resurrección de Jesucristo, una octava. En el caso de la Navidad, esta octava se clausura con otra solemnidad muy navideña, la de la Maternidad de María, la Virgen-Madre. Si el tiempo de Adviento nos hace suspirar por el doble advenimiento del Hijo de Dios, el de Navidad, celebra el aniversario de su nacimiento en cuanto hombre, y por lo mismo nos prepara a su venida como Juez. Desde Navidad sigue la Iglesia paso a paso a Jesucristo en su obra Redentora, para que nuestras almas, aprovechándose de todas sus gracias que de todos los misterios de su vida fluyen, sean, como dice San pablo, “la esposa sin mácula, si arruga, santa e inmaculada”, que podrá presentar a Cristo a su Padre cuando vuelva a buscarnos al fin del mundo. Este momento, significado por el postrer domingo después de Pentecostés, es el término de todas las fiestas del calendario cristiano. Las páginas del Misal y el Breviario están especialmente consagradas a los misterios de la infancia de Cristo. 1. NACIMIENTO ETERNO DEL VERBO Dice San Pablo que “Dios habita en una inaccesible luz” y que precisamente, para darnos a conocer a su Padre baja Jesús a la tierra. “Nadie conoce al Padre si no es Hijo, y aquél a quien quiera el Hijo revelarlo”. Así el Verbo hecho carne es la manifestación de Dios al hombre. A través de las encantadoras facciones de este Niño recién nacido, quiere la Iglesia que contemplemos a la Divinidad misma, que por decirlo así, se ha tornado visible y palpable.”Quien me ve, al Padre ve”, decía Jesús. “Por el misterio de la Encarnación del Verbo, añade el Prefacio de Navidad conocemos a Dios bajo una forma visible” – y, para asentar de una vez cómo la contemplación del Verbo es el fundamento de la ascesis de este Tiempo, se echa mano de los pasos más luminosos y profundos que hay en los escritos de los dos Apóstoles S. Juan y S. Pablo, entrambos heraldos por excelencia de la Divinidad de Cristo. La espléndida liturgia de Navidad nos convida a postrarnos de hinojos con María y San José ante este Dios revestido de la humilde librea de nuestra carne: “Cristo nos ha nacido, venid adorémosle”; “con toda la milicia celestial” nos hace cantar “Gloria a Dios”; y con la sencilla comitiva pastoril nos manda “alabar y glorificar a Dios”; y por fin, nos asocia a la pomposa caravana de los Reyes Magos, para que con ellos nos “hinquemos delante del Niño y le adoremos”. 2. NACIMIENTO TEMPORAL DE LA HUMANIDAD DE JESÚS “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”. Este Dios a quien adoramos es la divinidad unida a la humana naturaleza en todo lo que aquélla tiene de más amable y de más débil, de modo que no nos deslumbre su luz, y podamos acercarnos a Él sin pavor. El ABC de la vida espiritual consiste precisamente, en conocer los Misterios de la Infancia del Salvador y asimilarse a su persona y a su Evangelio. Por eso, durante algunas semanas contemplamos a Cristo en Belén, en Egipto y en Nazaret. María da al mundo a su Hijo, y lo envuelve en pañales, y lo recuesta en el pesebre, y José rodea al Niño de sus cuidados paternales. Es su padre, no ya sólo porque como esposo de la Virgen, tiene derechos en el Fruto de su vientre, sino también porque, como dice Bossuet, así como algunos adoptan hijos, así Jesús adoptó un padre”. 3. NACIMIENTO ESPIRITUAL DEL CUERPO MÍSTICO DE JESÚS Santo Tomás que, “si el Hijo de Dios se encarnó, no fue tanto por Él, sino para hacernos dioses mediante su gracia”. A la humanización de Dios debe corresponder la divinización del hombre. “El Cristo total, añade S. Agustín, lo forman Jesucristo y los cristianos”. Él es cabeza y nosotros sus miembros. Con Jesús nacemos siempre de un modo más perfecto a la vida sobrenatural, porque el nacimiento de la cabeza es también el nacimiento del cuerpo. Que toda nuestra actividad no sea sino el resplandor de esa luz del Verbo, que envuelva a nuestras almas. Esa es la gracia propia del tiempo de Navidad, el cual tiene por fin ampliar la divina paternidad, a fin de que Dios Padre pueda decir, hablando de su Verbo encarnado y de todos nosotros: “Tú eres mi Hijo; Yo te he engendrado hoy”. 4. FIESTAS QUE CELEBRAMOS DURANTE EL TIEMPO DE NAVIDAD En el Tiempo de Navidad, además de la solemnidad de la Natividad del Señor, celebramos otras fiestas con distinta intensidad y con características propias: la fiesta de la Sagrada Familia, María, Madre de Dios, Epifanía de Señor y el Bautismo de Jesús. 1) La solemnidad de la Natividad del Señor En la Navidad, se nos da esta enorme noticia: “Hoy nos ha nacido el Salvador, un hijo nos ha nacido”. En la cueva de Belén adoramos al mismo Señor que en el Sacramento Eucarístico quiso hacerse nuestro alimento espiritual, para transformar al mundo desde dentro, partiendo del corazón del hombre. Nuestro Salvador ha nacido para todos. Tenemos que proclamarlo no sólo con las palabras, sino también con toda nuestra vida, dando al mundo el testimonio de comunidades unidas y abiertas, en las que reina la hermandad y el perdón, la acogida y el servicio recíproco, la verdad, la justicia y el amor. 2) La fiesta de la Sagrada Familia La Iglesia nos coloca la Fiesta de la Sagrada Familia enseguida de la Navidad, para ponernos de modelo a la Familia en que Dios escogió nacer y crecer como Hombre. Jesús, María y José. Tres personajes modelo, formando una familia modelo. Y fue una familia modelo, porque en ellos todo estaba sometido a Dios. Nada se hacía o se deseaba que no fuera Voluntad del Padre. La presencia de Dios en el hogar, entre los miembros de la familia, es lo único que garantiza la permanencia de la familia y unas relaciones que, sin ser perfectas, como sí lo fueron en la Sagrada Familia, sean lo más parecidas posibles al modelo de Nazaret. 3) María, Madre de Dios El primer día del nuevo año concluye la Octava de la Navidad del Señor y está dedicado a la santísima Virgen, venerada como Madre de Dios. “Madre de Dios” es el título más importante que le ha dado la Iglesia a la Virgen María. En el año 431 d.C., el Concilio de Éfeso -ciudad situada en la actual Turquía, donde según la tradición vivió María después de haber sido encomendada por el Señor desde la cruz al cuidado del apóstol Juan- definió que ella es la Madre de Dios, porque concibió y dio a luz a Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre. Por eso la Iglesia Católica le da tanta importancia a la fiesta de la Maternidad Divina de María, que la ha consagrado como una de las tres fiestas de guarda o de precepto distintas de los domingos, además del Corpus Christi, el 12 de diciembre en México y de la Natividad o Nacimiento de Jesús. 4) Epifanía de Señor Los Tres Reyes Magos representan la manifestación de Jesucristo, Dios y Señor de todos los hombres, a todas las razas. Por eso la fiesta que recuerda la visita de los Reyes a Dios-Hombre, al Rey de Reyes, se denomina “Epifanía”, que significa “manifestación”. La importancia de esta festividad va mucho más allá de lo pintoresco y atractivo de esta historia que recoge el Evangelio de San Mateo: Dios-Padre ha inscrito en el corazón de todos los seres humanos el deseo de buscarle. Y Dios responde a ese anhelo que hay en cada uno de nosotros sus creaturas. Y responde, mostrándonos cómo es El y cuál es el camino para llegar a Él, con Su Hijo Jesucristo, que se hace hombre, y nace y vive en nuestro mundo en un momento dado de nuestra historia. (Cfr. Juan Pablo II, En el umbral del Tercer Milenio). Los Tres Reyes ofrecieron regalos al Dios-Hombre: oro, en reconocimiento de que era Rey, el Rey de Reyes; incienso, con que lo reconocían como Dios, y mirra, sustancia usada para ungir a los muertos, simbolizaba su muerte como Hombre para nuestra salvación. 5) El Bautismo de Jesús La fiesta del bautismo del Señor cierra el ciclo litúrgico de Navidad y Epifanía, dedicado a conmemorar la manifestación de Dios en la humanidad de Jesús. Cada una de las fiestas que celebraremos durante estos días, nos ha puesto de manifiesto algún aspecto particular del misterio de la encarnación: Navidad nos ha mostrado la humildad y pobreza del nacimiento de Jesús; el Año Nuevo nos hará contemplar la maternidad virginal de María; Epifanía pone al descubierto la dimensión universal de la misión de Cristo, que quiere que todos los hombres se salven; y la fiesta del Bautismo del Señor nos indica cómo y cuándo se despertó en el hombre Jesús la conciencia clara de dicha misión. El Bautismo de Jesús y el cambio que significó en su camino humano, es sin duda un hecho histórico (diría que trascendental en la historia de la humanidad). La manifestación de la Trinidad de Dios es algo distinto porque supone una visión de fe. Los evangelios hablan de una voz venida del cielo que se oye, de una paloma que también baja y se posa en Jesús... Lo más probable es que se trate de modos de hablar escogidos por los evangelistas en su esfuerzo para expresar lo que sólo es perceptible desde la fe. Modos de expresar que aquel hombre llamado Jesús era realmente el Hijo amado del Padre, era el Hombre lleno del Espíritu Santo de Dios. Y que, por eso, a través suyo, a través de sus palabras y obras que entonces empezaban a manifestarse, podíamos entrar en relación con la Trinidad de Dios. Siempre, pero ante todo en este tiempo, la Iglesia nos invita a sus hijos, renacidos del agua y del Espíritu Santo, a que perseveremos en la escucha de la palabra de Cristo, el Unigénito de Dios Padre, en el fiel cumplimiento de la voluntad divina y en el testimonio de la caridad. ¡FLIZ NAVIDA Y SANTO AÑO 2012! Misa de Noche buena, y fin de año en los siguientes horarios de la noche: 7 san Miguelito, 8 Hospitalito, 9 Santuario parroquial de Nuestra Señora de la Soledad y, 10 La Divina Providencia.

¡Feliz Navidad y venturoso Año Nuevo!


¡Feliz Navidad y venturoso Año Nuevo!
Con mi afecto y oración
Cordialmente
Pbro. Félix Castro Morales

NOTA: HAY UN MENSAJE DE NAVIDAD Y AÑO NUEVO PARA TÍ EN MI WEB: parroquiadelasoledad.org

lunes, 19 de diciembre de 2011

IV Semana de Adviento/B Reflexiones al evanglio de cada día


IV Semana de Adviento/B
Lunes
Lc 1, 5-25
El nacimiento de Juan es anunciado por un ángel. La concepción de Juan el Bautista, el precursor del Señor, fue algo milagroso y maravilloso: fue anunciada de una manera especial. El nacimiento de Juan es anunciado con palabras casi tan majestuosas como las reservadas a Jesús. Esto se debe a que Juan fue el heraldo del Mesías, el vinculo entre el Nuevo y el Antiguo Testamento, El hombre más grande de su época (Lc 7:28). No obstante, Lucas añade a la narración diversas profecías relativas a la singular importancia de Jesús (Lc 2:22-38) y de esta forma señala la trascendencia de su persona y misión.
El ángel del Señor dijo a Zacarías: “No sientas miedo, tus oraciones han sido escuchadas y tu esposa Isabel concebirá un hijo al que le llamarás Juan y... él será lleno del Espíritu Santo incluso desde el vientre de la madre. Y él convertirá muchos de los hijos de Israel al señor su Dios. E irá antes que él en el espíritu y poder de Elías; Él podrá tornar el corazón de padres en niños y los incrédulos a la sabiduría de los justos, para prepararle al Señor un pueblo perfecto”.
Zacarías no creyó y lo tomó como el anuncio de un castigo. Retornó a su casa y al poco tiempo Isabel concibió su hijo y lo ocultó por cinco meses. De acuerdo con la tradición, en el sexto mes, el ángel Gabriel le dijo a María que su prima Isabel había concebido un hijo. María fue a la casa de su prima y cuando Isabel escuchó el saludo de María, una criatura saltó de júbilo en su vientre, como si sintiera la presencia del Señor. La escritura dice que María se quedó en casa de Isabel por tres meses, o hasta el nacimiento de Juan. En el octavo mes ellos vinieron para verificar la circuncisión del niño y le pusieron el nombre de su padre Zacarías, pero Zacarías había escrito que su nombre era Juan.
El nuevo testamento no menciona nada respecto de sus primeros años hasta que empezó su ministerio. Juan el hijo de Zacarías desempeño su ministerio cerca del río Jordán predicando que hicieran penitencia por que el reino de los cielos estaba por llegar. Todo esto, pronto lleva nuestra mente al nacimiento de Jesús que se acerca y a urgirnos a prepararle nuestra mente y nuestro corazón a Jesús.
Martes
Lc 1, 26-38
Concebirás y darás a luz un hijo. En realidad, como hemos escuchado en el relato del evangelista san Lucas, la gloria de la Trinidad se hace presente en el tiempo y en el espacio, y encuentra su epifanía más elevada en Jesús, en su encarnación y en su historia.
San Lucas lee la concepción de Cristo precisamente a la luz de la Trinidad: lo atestiguan las palabras del ángel, dirigidas a María y pronunciadas dentro de la modesta casa de la aldea de Nazaret, en Galilea, que la arqueología ha sacado a la luz. En el anuncio de Gabriel se manifiesta la trascendente presencia divina: el Señor Dios, a través de María y en la línea de la descendencia davídica, da al mundo a su Hijo: “Concebirás en el seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre” (Lc 1, 31-32).
Aquí tiene valor doble el término ‘Hijo’, porque en Cristo se unen íntimamente la relación filial con el Padre celestial y la relación filial con la madre terrena. Pero en la Encarnación participa también el Espíritu Santo, y es precisamente su intervención la que hace que esa generación sea única e irrepetible: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35).
En el centro de nuestra fe está la Encarnación, en la que se revela la gloria de la Trinidad y su amor por nosotros: “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria” (Jn 1, 14). “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único" (Jn 3, 16). “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9).
Aprendamos en este Adviento, y siempre, de María a acoger al Niño que por nosotros nació en Belén. Si en el Niño nacido de ella reconocemos al Hijo eterno de Dios y lo acogemos como nuestro único Salvador, podemos ser llamados, y seremos realmente, hijos de Dios: hijos en el Hijo.
Miércoles
Lc 1, 39-45
¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Estas palabras las pronunció Isabel cuando la virgen la visitó. La presencia de la Virgen María en la casa de Isabel, trajo gran alegría, quien llena de Espíritu Santo exclamó: “Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuando te fue anunciado de parte del Señor” (Lc 1, 44-45).
A través del saludo de las respectivas madres, se realiza el primer encuentro entre Juan Bautista y Jesús. San Lucas recuerda que María ‘fue aprisa’ (cf. Lc 1, 39) a casa de Isabel. Esta prisa por ir a casa de su prima indica su voluntad de ayudarle durante el embarazo; pero, sobre todo, su deseo de compartir con ella la alegría por la llegada de los tiempos de la salvación. En presencia de María y del Verbo encarnado, Juan salta de alegría e Isabel se llena del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 41).
Nuestra Madre María se es nuestro modelo en todo los momentos de su vida Hoy la contemplamos acogiendo la voluntad divina, ofreciendo su colaboración activa para que Dios pudiera hacerse hombre en su seno materno. Llevó en su interior al Verbo divino, yendo a casa de su anciana prima que, a su vez, esperaba el nacimiento del Bautista. En este gesto de solidaridad humana, María testimonió la auténtica caridad que crece en nosotros cuando Cristo está presente.
Jueves
Lc 1, 46-56
Ha hecho en mi, grandes cosas el que todo lo puede. En el Evangelio de san Lucas hemos escuchado que María, al visitar a su prima Isabel, canta el himno de alabanza: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador... porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede” (Lc 1, 46-47.49). En las palabras del "Magníficat" se manifiesta todo el corazón de nuestra Madre.
Desde el principio Dios hizo grandes cosas en María. Desde el momento de su concepción en el seno de su madre, Ana, cuando, habiéndola elegido como Madre del propio Hijo, la ha liberado del yugo de la herencia del pecado original. Y luego, a lo largo de los años de la infancia cuando la ha llamado totalmente para sí, a su servicio, como la Esposa del Cantar de los Cantares. Y después: a través de la Anunciación, en Nazaret, y a través de la noche de Belén, y a través de los treinta años de la vida oculta en la casa de Nazaret. Y sucesivamente, mediante las experiencias de los años de enseñanza de su Hijo Cristo y mediante los horribles sufrimientos de la cruz y la aurora de la resurrección...
Escuchamos precisamente la voz de la Virgen que habla así de su Salvador, que ha hecho obras grandes en su alma y en su cuerpo. El alma de la oración de María es la celebración de la gracia divina, que ha irrumpido en su corazón y en su existencia, convirtiéndola en la Madre del Señor.
También nosotros alabamos juntos a Dios por todo lo que ha hecho por la humilde Esclava del Señor. Le glorificamos, le damos gracias. ¿Acaso no deberemos repetir también nosotros como María: ha hecho cosas grandes en mí? Porque lo que ha hecho en Ella, lo ha hecho para nosotros y, por lo tanto, también lo ha hecho en nosotros. Por nosotros se ha hecho hombre, nos ha traído la gracia y la verdad. Hace de nosotros hijos de Dios y herederos del cielo. Por consiguiente, nuestro reto de todos los días es responder a las cosas grandes que Dios ha hecho y hace diariamente en nuestra vida por María.
Viernes
Lc 1, 57-66
El nacimiento de Juan el Bautista. El Evangelio que hemos escuchado, sobre el nacimiento de Juan el Bautista, ya nos anuncia el nacimiento de Jesús. Y es que, también así, la liturgia busca decirnos que Juan Bautista es el que prepara el camino del Señor, y deberá convertirse en el heraldo del Mesías, de aquel que la Virgen de Nazaret ha concebido por obra del Espíritu Santo.
El nacimiento de Juan ha sido rodeado por varios signos prodigiosos: los padres ya no tenían edad para tener hijos; además, Zacarías se queda mudo en el Templo y sólo recobra el habla cuando le pone a su hijo el nombre de Juan. Tan llamativo era lo que pasaba que “se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea”.
Mañana por la noche será la Nochebuena, el momento de revitalizar el nacimiento de Jesús en nuestro corazón. Y así como los vecinos de Juan Bautista descubrieron, que las señales que acompañaban a Juan Bautista anunciaban cosas grandes en él, a nosotros nos corresponde descubrir mañana en el niño de Belén la señal de Dios en la sencillez. La señal de Dios es el niño. La señal de Dios es que Él se hace pequeño por nosotros. Éste es su modo de reinar. Él no viene con poderío y grandiosidad, externas. Viene como niño inerme y necesitado de nuestra ayuda. No quiere abrumarnos con la fuerza. Nos evita el temor ante su grandeza. Pide nuestro amor: por eso se hace niño. No quiere de nosotros más que nuestro amor, a través del cual aprendemos espontáneamente a entrar en sus sentimientos, en su pensamiento y en su voluntad: aprendamos a vivir con Él y a practicar también con Él la humildad de la renuncia que es parte esencial del amor. Sigamos reparando el corazón para que mañana nazca para todos la luz del amor, para que nosotros podamos comprenderlo, acogerlo, amarlo.
Sábado 24 de diciembre, Misa matutina
Lc 1, 67-79
Nos visitará el solo que nace de lo alto. En la ya inminente cercanía de la Navidad, hemos escuchado el cántico de Zacarías, el Benedictus: el cántico entonado por el padre de san Juan Bautista, Zacarías, cuando el nacimiento de ese hijo cambió su vida, disipando la duda por la que se había quedado mudo, un castigo significativo por su falta de fe y de alabanza.
Ahora, en cambio, Zacarías puede celebrar a Dios que salva, y lo hace con este himno, recogido por el evangelista san Lucas en una forma que ciertamente refleja su uso litúrgico en el seno de la comunidad cristiana de los orígenes (cf. Lc 1, 68-79).
El mismo evangelista lo define como un canto profético, surgido del soplo del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 67). En efecto, nos hallamos ante una bendición que proclama las acciones salvíficas y la liberación ofrecida por el Señor a su pueblo.
Con Cristo aparecerá la luz que ilumina a toda criatura (cf. Jn 1, 9) y florece la vida, como dirá el evangelista san Juan uniendo precisamente estas dos realidades: “En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1, 4).
Caminemos hacia el portal de Belén, teniendo como punto de referencia la luz, que nos nacerá de lo alto, Jesucristo nuestro Señor; y nuestros pasos inciertos, que durante el día a menudo se desvían por senderos oscuros y resbaladizos, han de ser sostenidos por la claridad de la verdad que Cristo difunde en el mundo y en la historia, en cada hombre.


sábado, 17 de diciembre de 2011

IV Domingo de Adviento/B Sobre la segunda lectura


III DOMINGO/B (Rom 16, 25-27)
Ya estamos llegando a la Navidad. El hecho más relevante de la historia de la humanidad, después de la resurrección de Jesús, es, sin duda, su Nacimiento: misterio grande de nuestra fe cristiana: la Encarnación de Dios, es decir, Dios hecho hombre en el seno de la Santísima Virgen María. El Hijo Eterno igual al Padre, consustancial a Él, es enviado para hacer su morada entre nosotros.
La Encarnación del Verbo y la redención del hombre están estrechamente relacionadas con la Anunciación, cuando Dios le reveló a María su proyecto y encontró en ella, un corazón totalmente disponible a la acción de su amor.
Dios que se hace carne en el seno de la Virgen María, de Dios que se hace pequeño, se hace niño; nos habla de la venida de un Dios cercano, que ha querido recorrer la vida del hombre, desde los comienzos, y esto para salvarla totalmente, en plenitud. Así, el misterio de la encarnación del Señor y el inicio de la vida humana están íntima y armónicamente conectados entre sí dentro del único designio salvífico de Dios, Señor de la vida de todos y de cada uno.
En Jesús se nos ha revelado el misterio oculto durante siglos. Dios se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en quien ha establecido su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra Revelación después de Él. Así, pues, Dios no sólo “nos ha hablado por medio del Hijo... en los últimos tiempos” (Cfr. Heb 1, 1-2), sino que a este Hijo lo ha entregado por nosotros, en un acto inconcebible de amor, mandándolo al mundo, para que el mundo se salve por Él.
Con el misterio de la encarnación Jesús, el misterio de Dios, se nos revela plenamente. En Jesús realmente Dios se hace un Dios cercano, Él es el Dios-con-nosotros. Jesús nos has revelado su misterio y nos has mostrado su rostro. En su Hijo, el Padre se nos ha mostrado; porque él, el infinito e inabarcable para nuestra razón, es el Dios cercano que ama, el Dios al que podemos conocer y amar.
“Quiso Dios en su bondad y sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef., 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Ef., 2, 18; 1 Pe, 1, 4); y les habla a los hombres como amigos (cf. Ex, 33, 11; Jn., 15, 14-15) y trata con ellos (cf. Bar., 3, 38), para invitarlos y recibirlos a la comunión con Él (DV 2). Ciertamente que, “si Dios no necesita de nadie, el hombre, en cambio, necesita de la comunión con Dios. En esto consiste la gloria del hombre, en perseverar y permanecer en el servicio de Dios” (Contra las herejías 4, 13).
Dios ha mandado a su Hijo unigénito al mundo para que tuviéramos vida por Él”; “no hemos sido nosotros quienes hemos amado a Dios, sino que Él nos ha amado y ha enviado a su Hijo como víctima de expiación por nuestros pecados” Por ello, acogiendo a Jesús, acogiendo su Evangelio, su muerte y su resurrección, “hemos reconocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que vive en amor permanece en Dios y Dios en Él” (Cfr. 1 Jn 4, 8-16).
En Jesús se nos ha revelado el misterio oculto durante siglos. “El Dios de la creación se revela como Dios de la redención, como Dios que es fiel a sí mismo, fiel a su amor al hombre y al mundo, ya revelado el día de la creación... ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha merecido tener tan grande Redentor!” (RH 9.10). Dios se ha hecho hombre, ha venido a habitar entre nosotros. Dios no está lejano: está cerca, más aún, es el “Emmanuel”, el Dios-con-nosotros. No es un desconocido: tiene un rostro, el de Jesús.
De la mano de María y José, que esperan el nacimiento de Jesús, aprendamos de ellos el secreto del recogimiento para gustar la alegría de la Navidad. Preparémonos para acoger con fe al Redentor que viene a estar con nosotros, Palabra de amor de Dios para la humanidad de todos los tiempos.

lunes, 12 de diciembre de 2011

III Semana Reflexiones al Evangelio de cada día


Lunes 12 de diciembre
Nuestra señora de Guadalupe
Así como un día María se encaminó presurosa a un pueblo de Judea –Ain Karim- a visitar a Isabel; también hace 480 años que María se encaminó a nuestra tierra mexicana… Los SIGLOS NO HAN PODIDO APAGAR EL ECO DE UNA PALABRA DE AMOR Y DE ESPERANZA que resonó en el Tepeyac, las generaciones la han transmitido a las generaciones como una herencia de nues¬tros mayores, como una gloria purísima de nuestra raza. Hay algo que nunca podemos ni debemos olvidar: es la gran promesa que a todos nos hizo María de Guadalupe en la persona de san Juan Diego, el hombre de fe sencilla y profunda, el hombre obediente y servicial; el evangelizador y catequista, el misionero, el mensajero de de María de Guadalupe.
Las promesas que María de Guadalupe le dijo a san Juan diego para nosotros… son ¡cada palabra un tesoro!, ¡Cada palabra contiene amor y esperanza!:
«Juanito, Juan Dieguito»; el más pequeño de mis hijos, sabe y ten entendido que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen.
«Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo?
Estas palabras encierran el misterio de nuestra predilección: ¡María es nues¬tra Madre! ¡María es Madre singularmente amorosa de los me¬xicanos!
María es nuestra Madre porque lo fue de Cristo, y nos ama con el mismo amor con que amó a su Hijo. El cristianismo es armonioso y bello, porque junto a la figura de Cristo aparece la dulce, la tierna, la celestial figura de María... en el corazón inmenso de maría todos los corazones caben, en él todos somos predilectos; somos predilectos de María; el amor de María es como el de Dios, no busca el bien ni la hermosura ni la grandeza, sino que busca hacer el bien a sus hijos que tanto ama.
Que nobleza tan singular a la que nos ha elevado María; pero, también es cierto que nobleza obliga; es decir, amor con amor se paga. María nos ama con predilección, y nos quiere buenos y grandes: cristianos de peso completo, no ignorantes y mediocres; nos quiere personas realizadas extraordinarias; nos quiere felices.
Desde la cruz de Jesús, y desde la mirada de María, el dolor es en la tierra luz, pureza y amor, fecundidad; vistos así los gozos y las alegrías, las angustias y tristezas de nuestra vida, son fuente de purificación y engrandecimiento. María de Guadalupe es nuestro consuelo. Bendita sea aquella que nos dijo en San Juan Diego: quiero que me erija un templo para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo?
Grande es la promesa de la Virgen de Guadalupe, es un mundo de ternura y de esperanza; pero nosotros la hemos quizá frustrado por nuestro olvido y nuestra infidelidad; por nuestro olvido, ¡sí! Esa promesa debía sernos familiar: los niños debían aprenderla en el regazo de su madre, y esas palabras amorosísimas de María deberían ser las prime¬ras que pronunciaran los labios mexicanos; todos deberíamos llevar grabada esa promesa en nuestra memoria y en nuestro corazón para que fuera nuestra fortaleza en la debilidad, nues¬tro consuelo en la tribulación, nuestro gozo en la alegría, nues¬tra confianza en la vida y nuestra paz en la muerte.
María de Guadalupe debería ser para los mexicanos lo que era Jerusalén para los Israelitas, el centro de sus pensamientos, de sus afectos y de su vida; como ellos deberíamos repetir con la sinceridad y el amor de nuestra alma: ¡Péguese nuestra len¬gua al paladar, si de Ti nos olvidáramos, si no te pusiéramos constantemente en el principio de nuestras alegrías!
Pero no es así, nos olvidamos de María; ni conocemos, ni saboreamos su gran promesa. ¡Somos ingratos! A nuestro olvido se añade nuestra infidelidad a Dios Padre… a nuestra fe, a nuestra Iglesia.
El día en que los mexicanos seamos fieles al amor singu¬lar de la Virgen de Guadalupe, el día en que esta Reina incom¬parable sea conocida y venerada y amada en nuestra patria, el día en que nos decidamos a vivir como María, a querer lo que ella, quiso y amar lo que ella amó…, María de Guadalupe cumplirá plenamente su promesa, que brotó de sus labios purísimos, como un arrullo de ternura y como un delicadísimo reproche de amor, ¡qué deliciosas palabras!: Oye, hijo mío, lo que te digo ahora: no te moleste ni aflija cosa alguna, ni temas enfermedad, ni otro accidente penoso, ni dolor. ¿No estoy aquí yo que soy tu madre? ¿No estás debajo de mi sombra y amparo? ¿No soy yo vida y salud? ¿No estás en mi regazo y corres por mi cuenta? ¿Tienes necesidad de otra cosa?
¡Madre! ¡Madre de Guadalupe! guardaremos tus palabras de cielo en lo intimo de nuestras almas y allí gustaremos su siempre antigua y siempre nueva suavidad. No temeremos ya. No desconfiaremos jamás de tu protección celestial y de tu amor inmenso. Aunque todo se levante contra nosotros y el mundo se hunda en horrible cataclismo, nosotros confiaremos en Ti, y abandonados en tu regazo, dormiremos tranquilos el sueño de la paz, el sueño del amor; ¡porque estás con nosotros Tú, que eres la dulce, la san¬ta, la amorosa Madre nuestra!
Virgen María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive, Paloma mía, que anidas en los huecos de la peña, en las grietas del barranco; déjame ver tu figura. Déjame escuchar tu voz, permíteme ver tu rostro, porque es muy dulce tu hablar y gracioso tu semblante.
Martes
Mt 21, 28-32
Vino Juan y los pecadores sí le creyeron. Los fariseos tenían la pretensión de ser “los hijos obedientes de Dios” dado que cumplían meticulosamente la Ley, mientras rechazaban a los publicanos y prostitutas, a quienes consideraban absolutamente “impuros”, dignos del rechazo total de Dios, fuente de contaminación moral para quien trataba con ellos.
Estos despreciables pecadores para los escribas, fariseos y sumos sacerdotes, sin embargo, a diferencia de ellos, escuchando el llamado de Juan se arrepintieron y se convirtieron de su mala conducta. Así son también los más grandes pecadores que acogiendo el llamado del Señor Jesús abandonan su mala vida y hacen de su Evangelio la nueva norma de vida: éstos “ciertamente vivirán y no morirán”.
El Señor Jesús pone en su lugar a cada uno de ellos cuando les dice: “Les aseguro, ustedes, que cumplen con la Ley pero que no acuden a trabajar a la viña de Dios cuando se les llama, que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el Reino de Dios. Porque vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la salvación, y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y ustedes, a pesar de esto, no se arrepintieron ni creyeron en él”.
Mientras prosigue el camino del Adviento, y nos preparamos para celebrar el Nacimiento de Cristo, la invitación del señor es apremiante: abrir el corazón y acoger al Hijo de Dios que viene a nosotros. Que la Virgen María nos guíe a una auténtica conversión del corazón, a fin de que podamos realizar las opciones necesarias para sintonizar nuestra mentalidad con el Evangelio.

Miércoles
Mt 7, 19-23
Vayan a contarle a Juan lo que han visto y oído. Juan el Bautista, llamando a dos de sus discípulos, los envió a decir al Señor: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” Cuando San Juan envía a sus discípulos a preguntar a Jesús, el estaba encerrado en la cárcel, esta situación hace que una persona se vea más necesitada de Dios.
Y la respuesta de Jesús fue: Vayan a contarle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres. Jesús les ha enseñado un argumento irrefutable, incuestionable, convincente y categórico de la verdad, y de este debemos aprender. ¿Qué cosa?, Palabra y Testimonio de vida, es decir, no solamente debemos hablar como vivimos, además, vivir como hablamos, estos son dos elementos muy importantes, además estos son los que convencen de la verdad de lo que se predica.
Nosotros dejemos que el Espíritu Santo, obre, descienda y actúe en nosotros, olvidados de nosotros mismos y entregados plenamente al Espíritu del Señor, porque Dios también quiere que nos asociemos a su obra: que llevemos a los pobres la buena noticia, a las personas con las que nos cruzamos todos los días, a ellos debemos transmitir la liberación de lo que los oprime y proclamar este tiempo de gracia del Señor.
Estas que nos presenta el Evangelio de hoy son las señales que Cristo ofrece como testimonio de que realmente es el Mesías, son las señales que nosotros podemos ofrecer de que realmente somos sus discípulos. No se trata de hacer milagros, se trata de abrir el corazón que ya Jesús se encargará de hacer el milagro. A nosotros nos corresponde poner todo nuestro amor e interés a favor de los hermanos.
Jueves
Mt 7, 24-30
Juan es el mensajero que prepara el camino al Señor. En efecto, san Juan Bautista ha sido enviado como el precursor de nuestro Salvador, el mediador para que Dios pueda venir a nosotros. ¡No soy yo el importante!, nos dice san Juan-, detrás de mí viene alguien más importante que yo. Dios ha querido tener medios humanos para acercarse al hombre, a nosotros.
Precisamente el tiempo de Adviento, nos recuerda la figura de san Juan el Bautista, el cual enseña precisamente que el camino del Señor se prepara con el cambio de mentalidad y de vida (cf. Mt 3, 1-3). La palabra ‘preparar es la palabra de la conversión del hombre interior.
También nosotros estamos llamados a ser mensajeros, preparadores de los caminos del Señor para los demás, preparando nuestro propio corazón. Imitando a san Juan Bautista, en nosotros significa llevar consuelo, levantar las hondanadas de nuestras miserias, aplanar esas montañas y crestas que no pocas veces levantamos las mismas personas, los grupos y las familias, y que seamos capaces de crear puentes entre nosotros, entre ellos y Dios...
Preparar los caminos, pues, significa quitar aquello que estorba, lo que nos impide ver con claridad la salvación que nos ofrece, su venida constante, su presencia en la vida cotidiana. Es cambiar algo en nuestra vida familiar, en nuestra vida parroquial, en nuestra vida laboral, en nuestra vida con Dios. Si algo no cambia en nuestra vida de este adviento de 2005, no estamos preparando el camino del Señor.

Viernes
Jn 5, 33-36
Juan era la lámpara, que ardía y brillaba. El profeta había anunciado a Jesús como ‘la luz de las naciones para que la salvación alcance hasta el confín de la tierra’. Y Jesús diría de Juan el Bautista que ‘él era la lámpara que ardía y brillaba’, por lo que ya el principio del evangelio de Juan nos habla de él diciendo que venía a dar testimonio de la luz. ‘Venía como testigo para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz’.
El evangelio nos habla de Juan el Bautista pero siempre en referencia a Jesucristo. Da testimonio sobre la identidad mesiánica de Jesús ante los judíos. Él no era la luz, pero sí reflejo de ella, lámpara que ardía y brillaba en la oscuridad, indicando el camino del que veía detrás de él (cfr. Jn.1, 8). ¿Quién además de Juan Bautista, puede testimoniar a favor de Jesús? Las obras que realiza y que confirman que es el enviado del Padre.
La fe en Cristo es luz que ilumina la propia vida y por lo mismo el propio misterio y el de Dios en el hombre. La fe de los humildes y limpios de corazón es la que reconoce en Cristo al enviado del Padre y en sus obras, los signos de esa venida. El creyente en Dios cree, espera y ama en Cristo, es decir luz para el mundo y la sociedad.
Conocer a Dios como Padre, a su Hijo como camino verdad y vida y la fuerza de su amor con el Espíritu Santo que nos ha dado es suficiente para vivir con valentía, audacia y fortaleza el hecho de ser discípulo de Jesús todos los días. En este Adviento vivamos la novedad del evangelio con alegría y fe este tiempo santo, signo de la luz que ha de brillar siempre en nuestros corazones, siguiendo el testimonio de Juan, que vino “…como testigo para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz’.

Sábado
Mt 1, 1-17
Genealogía de Jesucristo, hijo de David. El pasaje del evangelio de san Mateo nos presenta la “genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham” (Mt 1, 1), subrayando y explicitando todavía más la fidelidad de Dios a la promesa. El Mesías esperado, objeto de la promesa, es verdadero Dios, pero también verdadero hombre; Hijo de Dios, pero también Hijo dado a luz por la Virgen, María de Nazaret, carne santa de Abraham, en cuya descendencia serán bendecidas todas las naciones de la tierra (cf. Gn 22, 18).
A san Mateo le interesa poner de relieve, mediante la paternidad legal de José, la descendencia de Jesús de Abraham y David y, por consiguiente, la legitimidad de su calificación de Mesías. Sin embargo, al final de la serie de los ascendientes leemos: “Y Jacob engendró a José esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo” (Mt 1, 16). Poniendo el acento en la maternidad de María, el Evangelista implícitamente subraya la verdad del nacimiento virginal: Jesús, como hombre, no tiene padre terreno.
El Evangelista ha querido mostrar la vinculación de Jesús con todo el género humano. María, como colaboradora de Dios en dar a su Eterno Hijo la naturaleza humana, ha sido el instrumento de la unión de Jesús con toda la humanidad.
Esta relación genealógica subraya, pues, el carácter concreto de la encarnación: el Verbo eterno de Dios, al hacerse hombre, entró con pleno título en la familia humana, insertándose en una tradición familiar particular. Por esto, la Iglesia profesa y proclama que Jesucristo fue concebido y nació de una hija de Adán, descendiente de Abraham y de David, la Virgen María.
Sábado
Mt 1, 18-24
Jesús nació de María, desposada con José, hijo de David. En el Evangelio según Mateo describe algunas circunstancias que precedieron al nacimiento de Jesús. Leemos: “La concepción de Jesucristo fue así: Estando desposada María, su Madre, con José, antes de que conviviesen se halló haber concebido María del Espíritu Santo. José, su esposo, siendo justo, no quiso denunciarla y resolvió repudiarla en secreto. Mientras reflexionaba sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 18-21).
La Iglesia profesa y proclama que Jesucristo fue concebido y nació de una hija de Adán, descendiente de Abraham y de David, la Virgen María. El Evangelio según Lucas precisa que María concibió al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo, “sin conocer varón” (cf. Lc 1, 34 y Mt 1, 18. 24-25).
María era, pues, virgen antes del nacimiento de Jesús y permaneció virgen en el momento del parto y después del parto. El primer momento del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios se identifica con la concepción prodigiosa sucedida por obra del Espíritu Santo en el instante en que María pronunció su “sí”: “Hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38).