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Solemnidad de la Epifanía. Homilía sobre la segunda lectura

SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
Los gentiles son coherederos (...) y partícipes de la promesa de
Jesucristo, por el Evangelio
Celebramos
hoy a Cristo, luz del mundo, y su manifestación a las naciones. Celebramos a
Cristo, meta de la peregrinación de los pueblos en búsqueda de la salvación, o
como dice el Prefacio: “Hoy en Cristo, luz de los pueblos, has revelado a los
pueblos el misterio de nuestra salvación”.
En
el día de Navidad el mensaje de la liturgia era: “Hoy desciende una gran
luz a la tierra” (Misal romano). En Belén, esta “gran luz” se presentó a
un pequeño grupo de personas: a la Virgen María, a su esposo José, y a
algunos pastores. Una luz humilde, según el estilo del verdadero Dios. Una
llamita encendida en la noche: un frágil niño recién nacido, que llora en el
silencio del mundo... Pero en torno a ese nacimiento oculto y desconocido
resonaba el himno de alabanza de los coros celestiales, que cantaban gloria y
paz (cf. Lc 2, 13-14).
Los
Magos, que llegan de Oriente a Jerusalén guiados por un astro celeste (cf. Mt
2, 1-2), representan las primicias de los pueblos atraídos por la luz de Cristo.
Reconocen en Jesús al Mesías y demuestran anticipadamente que se está
realizando el ‘misterio’ del que habla san Pablo en la segunda lectura: “Que
también los gentiles son coherederos (...) y partícipes de la promesa de Jesucristo,
por el Evangelio” (Ef
3, 6).
Los
Magos representan, pues, a los pueblos de toda la tierra que, a la luz de la
Navidad del Señor, avanzan por el camino que lleva a Jesús y constituyen, en
cierto sentido, los primeros destinatarios de la salvación inaugurada por el
nacimiento del Salvador y llevada a plenitud en el misterio pascual de su
muerte y resurrección.
Al
llegar a Belén, los Magos adoran al divino Niño y le ofrecen dones simbólicos,
convirtiéndose en precursores de los
pueblos y de las naciones que, a lo largo de los siglos, no cesan de buscar
y encontrar a Cristo. Así comprendemos el sentido pleno de la Epifanía, que
Pablo presenta del modo en que él mismo lo entendió y actuó. Es tarea del
Apóstol difundir en el mundo el Evangelio, anunciar a los hombres la redención
realizada por Cristo, llevar a la humanidad entera por el camino de la
salvación, manifestada por Dios desde la noche de Belén.
Recorriendo con fe el itinerario del
Redentor desde la pobreza del Pesebre hasta el abandono de la Cruz,
comprendemos mejor el misterio de su amor que redime a la humanidad. El Niño,
colocado suavemente en el pesebre por María, es el Hombre-Dios que veremos
clavado en la Cruz. El mismo Redentor está presente en el sacramento de la
Eucaristía.
En el establo de Belén se dejó
adorar, bajo la pobre apariencia de un neonato, por María, José y los pastores; en la Hostia consagrada
lo adoramos sacramentalmente presente en cuerpo, sangre, alma y divinidad, y Él
se ofrece a nosotros como alimento de vida eterna. La santa Misa se
convierte ahora en un verdadero encuentro de amor con Aquel que se nos ha dado
enteramente. No duden, queridos hermanos, en responderle cuando los invita “al
banquete de bodas del Cordero” (cfr. Ap 19,9). Escúchenlo, prepárense
adecuadamente y acérquense al Sacramento del Altar, especialmente al menos cada
domingo.
Si
en el Niño que María estrecha entre sus brazos los Reyes Magos reconocen y
adoran al esperado de las gentes anunciado por los profetas, nosotros podemos
adorarlo hoy en la Eucaristía y reconocerlo como nuestro Creador, único Señor y Salvador.
Los
dones que los Reyes Magos ofrecen al
Mesías simbolizan la verdadera adoración. Por medio del oro subrayan la
divinidad real; con el incienso lo reconocen como sacerdote de la nueva
Alianza; al ofrecerle la mirra celebran al profeta que derramará la propia
sangre para reconciliar la humanidad con el Padre.
Ofrezcamos también nosotros al Señor el oro
de nuestra existencia, o sea la libertad de seguirlo por amor
respondiendo fielmente a su llamada; elevemos hacia Él el incienso de nuestra oración
ardiente, para alabanza de su gloria; ofrecedle la mirra, es decir el afecto
lleno de gratitud hacia Él, verdadero Hombre, que nos ha amado hasta morir
como un malhechor en el Gólgota.
Que
la Madre del Verbo encarnado nos ayude a ser dóciles discípulos de su Hijo, Luz
de los pueblos. El ejemplo de los Magos de entonces es una invitación también
para todos nosotros a abrir nuestra mente y nuestro corazón a Cristo y
ofrecerle los dones de nuestra búsqueda. No tengamos miedo de la luz de Cristo.
Su luz es el esplendor de la verdad. Dejémonos iluminar por él, dejémonos
envolver por su amor y encontraremos el camino de la paz.
martes, 27 de diciembre de 2011
Artículos de apologética: El nombre de cristiano
¿CRISTIANOS?
Hoy
escuchamos hablar mucho de los ‘cristianos’ en los medios de comunicación y en
las conversaciones cotidianas. Hasta se oye decir erróneamente a los católicos:
“Yo no soy cristiano, sino católico” o “Tengo un amigo que es cristiano”. El
término en nuestros días no es ya un término que hable de un grupo en
específico debido a que muchos grupos religiosos aún con creencias opuestas
dicen ser ‘cristianos’.
A los cristianos, que lo son sólo nombre, que viven lo que este nombre
significa se dirige el poeta dramaturgo con esta estrofa: ¡Oh tristes ciegos
mundanos, ved cuánta es vuestra maldad! Tenéis nombre de cristianos, y las
obras de paganos, y peores en verdad (Hurtado de Toledo). Lo cual no es más
que la versión de unas palabras del Apocalipsis: “Tienes el nombre de vivo,
y estás muerto” (Apocalipsis 3,1)
Pero eso tan negativo nos interesa poco, aunque lo sintamos. Nosotros
queremos mirar la realidad grande que esconde nuestro nombre de cristianos. El
Catecismo de la Iglesia Católica (2158-2159), hablando del nombre recibido en
el Bautismo, nos dice: “Dios llama a cada uno por su nombre. El nombre de
todo hombre es sagrado. El nombre es la imagen de la persona. Exige respeto en
señal de la dignidad del que lo lleva”.
Tiende después el Catecismo la mirada al más allá definitivo, y sigue: “El
nombre recibido es un nombre de eternidad. En el reino de Dios, el carácter
misterioso y único de cada persona marcada con el nombre de Dios brillará a
plena luz”. Y lo confirma con estas palabras preciosas del Apocalipsis: “Al
vencedor... le daré una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita, un
nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe”.
1. EN
REALIDAD, ¿QUÉ QUIERE DECIR CRISTIANO?
La sabemos todos muy bien.
Cristiano es el nombre que luce el que sigue a Cristo. Más todavía: es
el nombre del que es Cristo. Ser Cristo es mucho más que seguir
a Cristo.
No es ningún atrevimiento eso
de decir que somos Cristo. Porque Cristo nos ha unido por el Bautismo de
tal manera a Sí mismo, que de Él y nosotros no ha hecho más que un solo Cristo,
lo que llamamos en la Iglesia el Cristo entero, el Cristo total.
Jesús, Cabeza, y nosotros, miembros, formamos el Cuerpo Místico de
Cristo, como repetimos tantas veces siguiendo la doctrina que nos expuso, de
manera genial, aparte de inspirada por Dios, el apóstol San Pablo. Aparece por primera vez en la Biblia en Hechos 11, 26: “En
Antioquía fue donde por primera vez se llamó a los discípulos [de Jesús] “cristianos”;
y otras dos veces en Hechos 26, 28 y 1 Pedro 4, 16. Después aparece en los
escritos de historiadores antiguos que se refieren con este nombre a los
discípulos del Señor. Por ejemplo Tácito (Anales XV 44): “Aquél de quien
procede ese nombre [de cristianos], Cristo, fue entregado al suplicio siendo
emperador Tiberio por el procurador Poncio Pilato”.
‘Cristianismo’
es la doctrina y el modo de vida de los que creen en Cristo, tal y como fue
predicado desde los primeros tiempos de la Iglesia. A lo largo del tiempo
cuando de la iglesia única se separaban grupos con su particular interpretación
de la Biblia y las enseñanzas de Jesús, se les fueron dando nombres que los
relacionaban con su fundador o sus enseñanzas.
Por
ejemplo, los montanistas (siglo II), por su líder Montano, los arrianos
(siglo IV), por Arrio de Alejandría, los maniqueos (siglo III y IV), por
Mani, los docetistas (S.I) por su enseñanza de que la carne de Jesús no
era real sino aparente (‘dokesis’ quiere decir en griego ‘apariencia’).
Posteriormente
los luteranos en el S. XVI, por seguir las tesis de Lutero, los calvinistas
por Calvino, los presbiterianos por su forma de gobierno eclesial que se
funda en un consejo de ancianos (presbíteros), los metodistas del S.
XVIII, por el apodo que les pusieron gracias a su vida "metódica",
los bautistas desde el S. XVI por su énfasis en el rebautismo o el
bautismo sólo de los adultos. Los pentecostales de principios del S. XX,
por su énfasis en la recepción del Espíritu Santo y sus dones como en
Pentecostés.
Desde
los luteranos hasta ahora se conoce a los grupos que han surgido de la Reforma
del siglo XVI o se nutren de sus ideas genéricamente como ‘evangélicos’, que
quiere decir ‘lo que tiene que ver con el evangelio’. De San Francisco de Asís
se decía que era el ‘hombre evangélico’ por vivir según el evangelio.
Se
dice que una persona o institución es más o menos evangélica cuanto más se
inspira en el espíritu de los evangelios. De tal manera que este no es un
nombre de un grupo en particular sino un adjetivo que puede ser utilizado sin
temor en nuestros medios católicos. No obstante los grupos protestantes lo
utilizan porque dicen que sus enseñanzas y costumbres se basan sólo en los
evangelios.
¿QUIÉNES SON LOS
LLAMADOS ‘CRISTIANOS’ ACTUALMENTE?
En
nuestros días son principalmente dos tipos de agrupaciones las que hacen
énfasis en llamarse así:
En
primer lugar los grupos surgidos de los movimientos restauracionistas del S.
XIX en los EE.UU., ligados a Thomas y Alexander Campbell, padre e hijo
respectivamente. Su predicación fue la de una vuelta a las fuentes del
cristianismo, sugiriendo que el NT debía ser la única regla del cristiano.
Thomas
dijo que las iglesias establecidas de su tiempo (él era presbiteriano) no
cumplían con el modelo que muestra la Biblia. Se separó de su Iglesia y formó
un grupo aparte junto con Barton Stone.
El
avivamiento de Cane Ridge de 1801, en los Estados Unidos, está ligado al
surgimiento de los grupos restauracionistas.
Decían
que querían restaurar la Iglesia primitiva y pronto se comenzaron a llamar
simplemente ‘cristianos’ o ‘discípulos’ ya que rechazaron todos los credos de
las iglesias, especialmente la confesión presbiteriana (La Confesión de Fe de
Westminster) y no querían ser conocidos más que por el nombre con que la Biblia
llama a los discípulos del Señor.
Formaron
así la Iglesia Cristiana/Discípulos de Cristo, de la que se separaron
posteriormente las Iglesias de Cristo y más recientemente la Iglesia
Internacional de Cristo o Movimiento de Boston.
Por
otro lado los carismáticos protestantes o pentecostales de ‘la tercera ola’. La
raíz de estos grupos está en los neopentecostales que nacieron al final de la
década de los 50´s y principios de los 60´s entre las principales
denominaciones protestantes. El neopentecostalismo fue una acogida del énfasis
pentecostal en la recepción del espíritu y sus dones como las lenguas, la
sanación y la profecía.
Aceptaban
esto pero no querían dejar de ser bautistas, presbiterianos, metodistas,
luteranos, etc. Sin embargo, muchos comenzaron a rechazar sus tradiciones
denominacionales o al predicar a personas que no las tenían arraigadas, se
fueron formando poco a poco grupos independientes de las iglesias principales y
se comenzaron a llamar simplemente ‘cristianos’.
Algunos
rechazan también la denominación de ‘evangélicos’ por estar ligada a las
iglesias protestantes tradicionales, sin embargo conservan la mayor parte de su
cuerpo doctrinal, sólo se distinguen por el énfasis en los dones del Espíritu
y, aunque difieren en algunas de sus doctrinas, todos se hacen llamar
cristianos.[1]
¿DE DÓNDE VIENE
EL TÉRMINO CATÓLICO?
La
palabra católico viene del griego ‘katholikos’ que quiere decir universal.
Jesús al dar su último mandamiento a los Doce Apóstoles les dijo: “Vayan y
prediquen el evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15). Del mandato de Jesús
proviene la idea de universalidad de la Iglesia, por eso desde los primeros
tiempos se comenzó a llamar ‘católica’ o ‘universal’.
Ignacio
de Antioquía, discípulo de san Juan en el año 110 es el testimonio más antiguo
que tenemos del uso del adjetivo ‘católica’ para referirse a la Iglesia: “Donde
esté el Obispo, esté la muchedumbre así como donde está Jesucristo está la
iglesia católica” (A los Esmirniotas 8: 2).
Posteriormente
en tiempo de las persecuciones, cuando los oficiales romanos preguntaban a los
primeros cristianos a qué iglesia pertenecían decían sin dudar ‘a la católica’.
En los tres primeros siglos de la iglesia los cristianos decían ‘cristiano es mi nombre, católico mi
sobrenombre’.
Así
que la Iglesia desde sus comienzos se ha llamado ‘cristiana’ o ‘católica’
indistintamente. Y aunque reconoce que podemos llamar ‘cristianos’ por el
bautismo[2] a otros grupos no católicos, debemos tener conciencia de que la Iglesia
Católica es la única que conserva toda la doctrina entregada “de una vez a los
santos” (Judas 3).
Los
católicos actuales tenemos las mismas doctrinas de los primeros discípulos de
Jesús y los apóstoles, es decir, creemos en lo mismo que creían esos a quienes
se llamó ‘cristianos’ en el siglo I, por lo tanto, si alguna iglesia debe
llevar tal nombre esa Iglesia es la católica.
Aunque
en otros grupos se encuentren elementos de verdad (la Biblia, la alabanza a
Dios, algunos dones del Espíritu), es sólo la Iglesia católica la que posee la
plenitud de los medios de salvación que Cristo dejó (Exhortación Apostólica
Postsinodal, Ecclesia in America 73).
Esta
Iglesia ‘cristiana’, ‘católica’ ha sido esencialmente la misma desde siempre.
Testimonio de esto son los escritos de los Padres Apostólicos (Policarpo de
Esmirna, Ignacio de Antioquía, entre otros), discípulos de los apóstoles.
QUIÉN ES
CRISTIANO
Para
ser cristiano se tiene que estar bautizado como lo ha hecho la Iglesia desde
siempre, en nombre de la Trinidad, como lo manda Jesús (Mt 28, 20). La Iglesia
Católica (y en esto estamos de acuerdo con los protestantes y los ortodoxos)
nos dice que quien pose este bautismo es ‘cristiano’.
Pero
para ser un cristiano ‘completo’ se requiere además lo que se llama la ‘ortodoxia’
(recta creencia) y la ‘ortopraxis’ (recto actuar), o sea, creer toda la
doctrina que heredamos de los primeros cristianos y que es fielmente custodiada
en la Iglesia Católica y dar testimonio de una vida según el evangelio, es
decir de vida ‘cristiana’.
No
se puede ser cristiano y creer al mismo tiempo en la reencarnación (new age), o
creer que Jesús es el arcángel Miguel y no Dios Eterno, o creer que la Trinidad
son en realidad tres dioses, dos de los cuales poseen cuerpo de carne y hueso y
que el universo está poblado por millones de dioses.
No
se puede ser cristiano totalmente si se niega que la voluntad de Jesús es una
sola Iglesia y que duraría hasta el fin del mundo (Mt 16, 18ss.), no se puede
ser cristiano cabal si no se acepta que durante la Eucaristía el pan y el vino
de la consagración son transformados por el poder del Espíritu Santo en cuerpo
y sangre de Cristo (Jn 6; 1 Cor 11, 23-32; Ignacio de Antioquía, a los
Esmirniotas, 8:1).
Pero
lo más importante es que no se puede ser cristiano si se vive como si Dios no
existiera. Si no doy testimonio de mi nombre de cristiano, como alguien que
pertenece a Cristo y que sigue sus enseñanzas hasta la muerte, como los
primeros discípulos de Jesús (consecuencia de haber aceptado su señorío en mi
vida).
Sabemos que la vida cristiana no es otra cosa que hacer
eco en la propia existencia de aquel dinamismo bautismal, que nos selló para
siempre: morir al pecado para nacer a una vida nueva en Jesús, el Hijo de María
(ver Jn 12,24). Esa es la opción del cristiano: la opción radical,
coherente y comprometida, desde la propia libertad, que nos conduce al
encuentro con Aquel que es Camino, Verdad y Vida (ver Jn 14,6),
encuentro que nos hace auténticamente libres y nos manifiesta la plenitud de
nuestra humanidad.
Por tanto, se es más o se es menos cristiano en la
medida en que los seguidores de Cristo, de la denominación que sea, se identifiquen
más y más con el resucitado, en la duda en que no haya contradicción entre lo
que decimos que somos y lo que hacemos.
Cómo es que los NO cristianos católicos
fundamentan su predicación en el odio y en la crítica demoledora y difamadora
contra la Iglesia cristiana-católica; o ejercen su predicación proselitista en
cualquier espacio, sin tener en cuenta los derechos de los demás o de la
Iglesia a ser respetada, al menos en su entorno. ¿Cómo puede decirse, con estas
estrategias, que una religión es cristiana y que es la verdadera? No será más
bien que se manifiestan como anticristos en palabras de san Juan:
1Jn 2, 18: “Hijitos, ya
es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así
ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último
tiempo”. El texto hace referencia a la manifestación, prevista para el fin de
los tiempos, de un adversario decisivo de Cristo (1Jn 2:18).
1Jn 2, 19: “Salieron de
nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros,
habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no
todos son de nosotros”. Esta cita refiere la anticipación del texto citado,
como manifestación en la acción de apóstatas que reniegan del cristianismo (2Jn 1:7).
Y en relación a los que niegan el misterio de la
Santísima Trinidad en 1Jn 2, 22 se dice: “¿Quién es el mentiroso, sino
el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre
y al Hijo. Y así también podemos decir que, el que niega y ofende a la Madre,
niega y ofende al Hijo.
Y por si fuera poco, en
su radicalidad los “salieron de nosotros…”, quieren que todos pensemos y creamos
como ellos, porque, si no, son sus enemigos. Cada quien puede creer en lo que
quiera, pero tiene el deber de respetar a los demás en lo que piensan y creen,
acatando las leyes de derechos y obligaciones más elementales. El radicalismo
siempre irá contra el sentido común y la armónica y sana convivencia de los
seres humanos entre sí. El distintivo del Anticristo es su hablar en nombre
propio. El signo del Hijo es su comunión con el Padre.
Desde luego que ninguna
división viene de Dios, sino del demonio, el proyecto de Dios en su Hijo Jesús
es “…que todos sean uno” (Jn 17, 21). Sabemos en qué momento tan importante y
tan especial pronunció Jesús esta plegaria, cuyo contenido resulta tan
profundo, tan grande y tan luminoso: “Padre Santo, guarda en tu nombre a éstos
que me has dado, para que sean uno como nosotros” (Jn 17, 11).
Volviendo
al punto que nos ocupa, San Ignacio de Antioquía, decía poco antes de su
martirio: “Lo único que para mí han de pedir es fuerza, tanto interior como
exterior, a fin de que no sólo hable, sino que esté también decidido; para que
no sólo, digo, me llame cristiano, sino que me muestre como tal. Porque si me
muestro cristiano, tendré también derecho a llamarme así, y entonces seré de
verdad fiel a Cristo, cuando no apareciere ya en el mundo” (Carta a los
Romanos, III, 2).
Si
alguien nos pregunta a los católicos si somos ‘cristianos’ digamos que SI,
somos los cristianos completos. Es un error decir “nosotros no somos
cristianos, sino católicos” al negarnos ese nombre que viene de la Biblia y que
siempre nos ha pertenecido, le damos la razón a tantos grupos que se lo
apropian, ellos dicen: “ya ven, los mismos católicos aceptan que no son
cristianos”.
Comencemos
a llamar pan al pan y vino al vino. Si nos encontramos a un hermano no católico
en la calle y nos dice que es ‘cristiano’ debemos cuestionarle acerca de su
grupo, si es testigo de Jehová es testigo de Jehová, si es mormón es mormón, si
es pentecostal es pentecostal, si es evangélico es evangélico.
NO
existen los ‘cristianos’ a secas, cada grupo que usa este nombre tiene una
doctrina y unas costumbres que tal vez son diferentes a las de otro que también
lo usa (Por ejemplo podemos encontrar pentecostales que crean en la Trinidad y
otros que no y ambos se llamarán a sí mismos ‘cristianos’).
Tal
vez Dios nos esté llamando a los católicos a recuperar el sentido del nombre de
‘cristianos’, tan desvirtuado ya que cualquier grupo lo reclama para sí. Es un
nombre que nos pertenece pero que a la vez tenemos que ganarnos por el testimonio
de nuestras vidas.
Por
consiguiente, vivamos de acuerdo a nuestro nombre ‘cristiano’ y a nuestro
apellido de ‘católico’, sabiendo que “… tenemos un único nombre, mayor que
todos aquellos [de los patriarcas del AT]; Nos llamamos cristianos, hijos de Dios,
amigos, un solo cuerpo. Esta apelación nos obliga más que cualesquiera otras y
nos hace más diligentes en la práctica de la virtud. No hagamos nada que sea
indigno de tan gran nombre, pensando en la gran dignidad con la que llevamos el
nombre de Cristo. Meditemos y veneremos la grandeza de este nombre"
(S. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Juan, 19, 2-3. Año 390)
Cuando el hijo de la Iglesia se llama y es cristiano, se convierte en
todo aquello que de él dijo Jesús: es trigo dorado entre la cizaña; es pescado
sabroso, entre peces desaprovechables; es luz que alumbra; es sal que sazona el
mundo; es fermento que transforma la masa; es rama verde que da mucho fruto...
Todo, por algo tan sencillo como es “ser” cristiano aquel que “se llama”
cristiano.
NOTAS:
1.
La Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas (CONFRATERNICE),
la Federación de Iglesias Cristianas Evangélicas de México (FICEMEX), la
Fraternidad de Iglesias Cristianas (Pastor Hugo Álvarez), Vino Nuevo (Víctor y
Chris Richards), Evangelismo a Fondo, Amistad Cristiana, Centro Cristiano
Calacoaya.
En
los Estados Unidos, por ejemplo, El Centro Cristiano de Orlando (Benny Hinn),
Las Iglesias de la Viña (John Wimber), La Toronto Airport Christian Fellowship
de John Arnott (donde se está dando la llamada bendición de Toronto). En
Argentina: Carlos Annacondia, Claudio Freidzon, Omar Cabrera, muchos pentecostales
y neopentecostales, etc.
2.
Catecismo de la Iglesia Católica 818: “... justificados por la fe en el
bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran
con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de la
Iglesia católica como hermanos en el Señor”.
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