lunes, 12 de diciembre de 2011

III Semana Reflexiones al Evangelio de cada día


Lunes 12 de diciembre
Nuestra señora de Guadalupe
Así como un día María se encaminó presurosa a un pueblo de Judea –Ain Karim- a visitar a Isabel; también hace 480 años que María se encaminó a nuestra tierra mexicana… Los SIGLOS NO HAN PODIDO APAGAR EL ECO DE UNA PALABRA DE AMOR Y DE ESPERANZA que resonó en el Tepeyac, las generaciones la han transmitido a las generaciones como una herencia de nues¬tros mayores, como una gloria purísima de nuestra raza. Hay algo que nunca podemos ni debemos olvidar: es la gran promesa que a todos nos hizo María de Guadalupe en la persona de san Juan Diego, el hombre de fe sencilla y profunda, el hombre obediente y servicial; el evangelizador y catequista, el misionero, el mensajero de de María de Guadalupe.
Las promesas que María de Guadalupe le dijo a san Juan diego para nosotros… son ¡cada palabra un tesoro!, ¡Cada palabra contiene amor y esperanza!:
«Juanito, Juan Dieguito»; el más pequeño de mis hijos, sabe y ten entendido que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen.
«Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo?
Estas palabras encierran el misterio de nuestra predilección: ¡María es nues¬tra Madre! ¡María es Madre singularmente amorosa de los me¬xicanos!
María es nuestra Madre porque lo fue de Cristo, y nos ama con el mismo amor con que amó a su Hijo. El cristianismo es armonioso y bello, porque junto a la figura de Cristo aparece la dulce, la tierna, la celestial figura de María... en el corazón inmenso de maría todos los corazones caben, en él todos somos predilectos; somos predilectos de María; el amor de María es como el de Dios, no busca el bien ni la hermosura ni la grandeza, sino que busca hacer el bien a sus hijos que tanto ama.
Que nobleza tan singular a la que nos ha elevado María; pero, también es cierto que nobleza obliga; es decir, amor con amor se paga. María nos ama con predilección, y nos quiere buenos y grandes: cristianos de peso completo, no ignorantes y mediocres; nos quiere personas realizadas extraordinarias; nos quiere felices.
Desde la cruz de Jesús, y desde la mirada de María, el dolor es en la tierra luz, pureza y amor, fecundidad; vistos así los gozos y las alegrías, las angustias y tristezas de nuestra vida, son fuente de purificación y engrandecimiento. María de Guadalupe es nuestro consuelo. Bendita sea aquella que nos dijo en San Juan Diego: quiero que me erija un templo para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo?
Grande es la promesa de la Virgen de Guadalupe, es un mundo de ternura y de esperanza; pero nosotros la hemos quizá frustrado por nuestro olvido y nuestra infidelidad; por nuestro olvido, ¡sí! Esa promesa debía sernos familiar: los niños debían aprenderla en el regazo de su madre, y esas palabras amorosísimas de María deberían ser las prime¬ras que pronunciaran los labios mexicanos; todos deberíamos llevar grabada esa promesa en nuestra memoria y en nuestro corazón para que fuera nuestra fortaleza en la debilidad, nues¬tro consuelo en la tribulación, nuestro gozo en la alegría, nues¬tra confianza en la vida y nuestra paz en la muerte.
María de Guadalupe debería ser para los mexicanos lo que era Jerusalén para los Israelitas, el centro de sus pensamientos, de sus afectos y de su vida; como ellos deberíamos repetir con la sinceridad y el amor de nuestra alma: ¡Péguese nuestra len¬gua al paladar, si de Ti nos olvidáramos, si no te pusiéramos constantemente en el principio de nuestras alegrías!
Pero no es así, nos olvidamos de María; ni conocemos, ni saboreamos su gran promesa. ¡Somos ingratos! A nuestro olvido se añade nuestra infidelidad a Dios Padre… a nuestra fe, a nuestra Iglesia.
El día en que los mexicanos seamos fieles al amor singu¬lar de la Virgen de Guadalupe, el día en que esta Reina incom¬parable sea conocida y venerada y amada en nuestra patria, el día en que nos decidamos a vivir como María, a querer lo que ella, quiso y amar lo que ella amó…, María de Guadalupe cumplirá plenamente su promesa, que brotó de sus labios purísimos, como un arrullo de ternura y como un delicadísimo reproche de amor, ¡qué deliciosas palabras!: Oye, hijo mío, lo que te digo ahora: no te moleste ni aflija cosa alguna, ni temas enfermedad, ni otro accidente penoso, ni dolor. ¿No estoy aquí yo que soy tu madre? ¿No estás debajo de mi sombra y amparo? ¿No soy yo vida y salud? ¿No estás en mi regazo y corres por mi cuenta? ¿Tienes necesidad de otra cosa?
¡Madre! ¡Madre de Guadalupe! guardaremos tus palabras de cielo en lo intimo de nuestras almas y allí gustaremos su siempre antigua y siempre nueva suavidad. No temeremos ya. No desconfiaremos jamás de tu protección celestial y de tu amor inmenso. Aunque todo se levante contra nosotros y el mundo se hunda en horrible cataclismo, nosotros confiaremos en Ti, y abandonados en tu regazo, dormiremos tranquilos el sueño de la paz, el sueño del amor; ¡porque estás con nosotros Tú, que eres la dulce, la san¬ta, la amorosa Madre nuestra!
Virgen María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive, Paloma mía, que anidas en los huecos de la peña, en las grietas del barranco; déjame ver tu figura. Déjame escuchar tu voz, permíteme ver tu rostro, porque es muy dulce tu hablar y gracioso tu semblante.
Martes
Mt 21, 28-32
Vino Juan y los pecadores sí le creyeron. Los fariseos tenían la pretensión de ser “los hijos obedientes de Dios” dado que cumplían meticulosamente la Ley, mientras rechazaban a los publicanos y prostitutas, a quienes consideraban absolutamente “impuros”, dignos del rechazo total de Dios, fuente de contaminación moral para quien trataba con ellos.
Estos despreciables pecadores para los escribas, fariseos y sumos sacerdotes, sin embargo, a diferencia de ellos, escuchando el llamado de Juan se arrepintieron y se convirtieron de su mala conducta. Así son también los más grandes pecadores que acogiendo el llamado del Señor Jesús abandonan su mala vida y hacen de su Evangelio la nueva norma de vida: éstos “ciertamente vivirán y no morirán”.
El Señor Jesús pone en su lugar a cada uno de ellos cuando les dice: “Les aseguro, ustedes, que cumplen con la Ley pero que no acuden a trabajar a la viña de Dios cuando se les llama, que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el Reino de Dios. Porque vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la salvación, y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y ustedes, a pesar de esto, no se arrepintieron ni creyeron en él”.
Mientras prosigue el camino del Adviento, y nos preparamos para celebrar el Nacimiento de Cristo, la invitación del señor es apremiante: abrir el corazón y acoger al Hijo de Dios que viene a nosotros. Que la Virgen María nos guíe a una auténtica conversión del corazón, a fin de que podamos realizar las opciones necesarias para sintonizar nuestra mentalidad con el Evangelio.

Miércoles
Mt 7, 19-23
Vayan a contarle a Juan lo que han visto y oído. Juan el Bautista, llamando a dos de sus discípulos, los envió a decir al Señor: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” Cuando San Juan envía a sus discípulos a preguntar a Jesús, el estaba encerrado en la cárcel, esta situación hace que una persona se vea más necesitada de Dios.
Y la respuesta de Jesús fue: Vayan a contarle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres. Jesús les ha enseñado un argumento irrefutable, incuestionable, convincente y categórico de la verdad, y de este debemos aprender. ¿Qué cosa?, Palabra y Testimonio de vida, es decir, no solamente debemos hablar como vivimos, además, vivir como hablamos, estos son dos elementos muy importantes, además estos son los que convencen de la verdad de lo que se predica.
Nosotros dejemos que el Espíritu Santo, obre, descienda y actúe en nosotros, olvidados de nosotros mismos y entregados plenamente al Espíritu del Señor, porque Dios también quiere que nos asociemos a su obra: que llevemos a los pobres la buena noticia, a las personas con las que nos cruzamos todos los días, a ellos debemos transmitir la liberación de lo que los oprime y proclamar este tiempo de gracia del Señor.
Estas que nos presenta el Evangelio de hoy son las señales que Cristo ofrece como testimonio de que realmente es el Mesías, son las señales que nosotros podemos ofrecer de que realmente somos sus discípulos. No se trata de hacer milagros, se trata de abrir el corazón que ya Jesús se encargará de hacer el milagro. A nosotros nos corresponde poner todo nuestro amor e interés a favor de los hermanos.
Jueves
Mt 7, 24-30
Juan es el mensajero que prepara el camino al Señor. En efecto, san Juan Bautista ha sido enviado como el precursor de nuestro Salvador, el mediador para que Dios pueda venir a nosotros. ¡No soy yo el importante!, nos dice san Juan-, detrás de mí viene alguien más importante que yo. Dios ha querido tener medios humanos para acercarse al hombre, a nosotros.
Precisamente el tiempo de Adviento, nos recuerda la figura de san Juan el Bautista, el cual enseña precisamente que el camino del Señor se prepara con el cambio de mentalidad y de vida (cf. Mt 3, 1-3). La palabra ‘preparar es la palabra de la conversión del hombre interior.
También nosotros estamos llamados a ser mensajeros, preparadores de los caminos del Señor para los demás, preparando nuestro propio corazón. Imitando a san Juan Bautista, en nosotros significa llevar consuelo, levantar las hondanadas de nuestras miserias, aplanar esas montañas y crestas que no pocas veces levantamos las mismas personas, los grupos y las familias, y que seamos capaces de crear puentes entre nosotros, entre ellos y Dios...
Preparar los caminos, pues, significa quitar aquello que estorba, lo que nos impide ver con claridad la salvación que nos ofrece, su venida constante, su presencia en la vida cotidiana. Es cambiar algo en nuestra vida familiar, en nuestra vida parroquial, en nuestra vida laboral, en nuestra vida con Dios. Si algo no cambia en nuestra vida de este adviento de 2005, no estamos preparando el camino del Señor.

Viernes
Jn 5, 33-36
Juan era la lámpara, que ardía y brillaba. El profeta había anunciado a Jesús como ‘la luz de las naciones para que la salvación alcance hasta el confín de la tierra’. Y Jesús diría de Juan el Bautista que ‘él era la lámpara que ardía y brillaba’, por lo que ya el principio del evangelio de Juan nos habla de él diciendo que venía a dar testimonio de la luz. ‘Venía como testigo para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz’.
El evangelio nos habla de Juan el Bautista pero siempre en referencia a Jesucristo. Da testimonio sobre la identidad mesiánica de Jesús ante los judíos. Él no era la luz, pero sí reflejo de ella, lámpara que ardía y brillaba en la oscuridad, indicando el camino del que veía detrás de él (cfr. Jn.1, 8). ¿Quién además de Juan Bautista, puede testimoniar a favor de Jesús? Las obras que realiza y que confirman que es el enviado del Padre.
La fe en Cristo es luz que ilumina la propia vida y por lo mismo el propio misterio y el de Dios en el hombre. La fe de los humildes y limpios de corazón es la que reconoce en Cristo al enviado del Padre y en sus obras, los signos de esa venida. El creyente en Dios cree, espera y ama en Cristo, es decir luz para el mundo y la sociedad.
Conocer a Dios como Padre, a su Hijo como camino verdad y vida y la fuerza de su amor con el Espíritu Santo que nos ha dado es suficiente para vivir con valentía, audacia y fortaleza el hecho de ser discípulo de Jesús todos los días. En este Adviento vivamos la novedad del evangelio con alegría y fe este tiempo santo, signo de la luz que ha de brillar siempre en nuestros corazones, siguiendo el testimonio de Juan, que vino “…como testigo para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz’.

Sábado
Mt 1, 1-17
Genealogía de Jesucristo, hijo de David. El pasaje del evangelio de san Mateo nos presenta la “genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham” (Mt 1, 1), subrayando y explicitando todavía más la fidelidad de Dios a la promesa. El Mesías esperado, objeto de la promesa, es verdadero Dios, pero también verdadero hombre; Hijo de Dios, pero también Hijo dado a luz por la Virgen, María de Nazaret, carne santa de Abraham, en cuya descendencia serán bendecidas todas las naciones de la tierra (cf. Gn 22, 18).
A san Mateo le interesa poner de relieve, mediante la paternidad legal de José, la descendencia de Jesús de Abraham y David y, por consiguiente, la legitimidad de su calificación de Mesías. Sin embargo, al final de la serie de los ascendientes leemos: “Y Jacob engendró a José esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo” (Mt 1, 16). Poniendo el acento en la maternidad de María, el Evangelista implícitamente subraya la verdad del nacimiento virginal: Jesús, como hombre, no tiene padre terreno.
El Evangelista ha querido mostrar la vinculación de Jesús con todo el género humano. María, como colaboradora de Dios en dar a su Eterno Hijo la naturaleza humana, ha sido el instrumento de la unión de Jesús con toda la humanidad.
Esta relación genealógica subraya, pues, el carácter concreto de la encarnación: el Verbo eterno de Dios, al hacerse hombre, entró con pleno título en la familia humana, insertándose en una tradición familiar particular. Por esto, la Iglesia profesa y proclama que Jesucristo fue concebido y nació de una hija de Adán, descendiente de Abraham y de David, la Virgen María.
Sábado
Mt 1, 18-24
Jesús nació de María, desposada con José, hijo de David. En el Evangelio según Mateo describe algunas circunstancias que precedieron al nacimiento de Jesús. Leemos: “La concepción de Jesucristo fue así: Estando desposada María, su Madre, con José, antes de que conviviesen se halló haber concebido María del Espíritu Santo. José, su esposo, siendo justo, no quiso denunciarla y resolvió repudiarla en secreto. Mientras reflexionaba sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 18-21).
La Iglesia profesa y proclama que Jesucristo fue concebido y nació de una hija de Adán, descendiente de Abraham y de David, la Virgen María. El Evangelio según Lucas precisa que María concibió al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo, “sin conocer varón” (cf. Lc 1, 34 y Mt 1, 18. 24-25).
María era, pues, virgen antes del nacimiento de Jesús y permaneció virgen en el momento del parto y después del parto. El primer momento del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios se identifica con la concepción prodigiosa sucedida por obra del Espíritu Santo en el instante en que María pronunció su “sí”: “Hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38).

sábado, 10 de diciembre de 2011

III Domingo de Adviento Homilía sobre la segunda lectura


III DOMINGO/B (I Tes 5, 16-24)
“Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡alégrense! El Señor está cerca”. De este modo el Apóstol San Pablo exhortaba a los Filipenses a vivir una intensa alegría por la cercanía del Señor. Esta misma exhortación se dice como antífona de entrada en la Misa de este tercer Domingo de Adviento, por lo que tradicionalmente este Domingo es conocido también como “Domingo gaudete”. Por tanto, En este Domingo la Iglesia nos invita a llenarnos de gozo: es propia la alegría en el corazón de aquellos que experimentan la cercanía y presencia del Señor.
A un cristiano que por lo común anda triste o incluso amargado, le falta Cristo. Está terriblemente vacío, porque el Señor está ausente de su vida. Sin Cristo su vida se va consumiendo y marchitando poco a poco (ver Jn 15,4-5) hasta que la tristeza, el vacío, la desolación e incluso la desesperanza se apoderan de su corazón. En cambio, la presencia del Señor Jesús en el corazón humano es siempre fuente de vida, de reconciliación, de paz, de amor auténtico y en consecuencia de una alegría profunda, serena, desbordante. En efecto, la alegría que los creyentes estamos llamados a experimentar, la alegría de saber que el Señor está cerca, de tenerlo con nosotros y en nosotros, es una alegría que no se puede contener, una alegría que por sí misma se difunde e irradia a los demás.
El ser humano se percibe ansiando una alegría ilimitada desde lo más profundo de sí. Precisamente, la profundidad del ser humano habla de su estructura interna que desde el fondo se abre hacia el infinito. Está en su naturaleza la disposición a anhelar la alegría y buscar la verdad. La alegría que puede satisfacer el anhelo del hombre no es aquella transitoria y efímera de lo perecedero.
Ciertamente la alegría propiamente tal no es el jolgorio ni la exaltación de un momento, cuya finitud reclama una constante sucesión de esos momentos de bienestar. Ellos son tan sólo apariencias de alegría. Su fugacidad les arrebata la máscara y muestra lo crudo de la decepción.
La verdadera alegría es una realidad de armonía y gozo que cual río subterráneo va aflorando cuando la persona se encuentra con un bien lícito, que conoce y ama como conducente a su meta temporal y eterna. La auténtica alegría, la que podemos llamar alegría profunda, es aquella que permanece y no es aniquilada por tribulaciones ni desventuras. (...)
La alegría plena es aquella que se complace en su fuente. Dios, que es Amor, Bien, Belleza, Verdad, es la fuente de la alegría. Esas realidades se manifiestan en Jesús, ‘totalmente Dios aunque hombre, y totalmente hombre aunque Dios’ (San Juan Damasceno, De fide orthodoxa,III, 18). Podríamos decir que Jesús es el rostro de Dios para la humanidad, haciéndonos eco del Apóstol, quien lo llama “Imagen de Dios invisible” (Col 1,15).(...)
¡Jesús, el Señor, es nuestra alegría! Y desde el corazón que se abre al encuentro con el Señor, la alegría permanece e irradia, pues a semejanza del amor, ella es difusiva. La Revelación de Dios, que alcanza su plenitud en el Señor Jesús, es, pues, la senda que conduce a la meta que ansía el corazón humano, la plenitud de la felicidad, que permanece y lo hace desplegarse.
¡La alegría cristiana es la manera más convincente de atraer a otros al encuentro con el Señor, es el anuncio más eficaz de la Buena Nueva que el Señor Jesús nos ha traído! Consciente de esta verdad, procuremos mostrarnos siempre alegres (ver 1Tes 5,16, 2Cor 6,10).
Cuanto hagamos, hagámoslo por el Señor y por amor a Él (Cfr Col 3,23), hagámoslo con alegría y no con disgusto, ni a regañadientes, quejándote y murmurando de todo. Para ello una vida espiritual intensa, por la que aspiramos a estar en continua presencia de Dios, se hace necesaria para quien de verdad quiere experimentar e irradiar ininterrumpidamente la alegría y el gozo de tener al Señor muy dentro.
Hermas, en los tiempos apostólicos, escribe que una persona que se reviste y goza de la alegría obra el bien, gusta lo bueno, y agrada a Dios.
Y san Pablo nos dice: Estén siempre alegres. Oren constantemente. Den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús.
Por consiguiente, la Revelación de Dios, que alcanza su plenitud en el Señor Jesús, es, pues, la senda que conduce a la meta que ansía el corazón humano, la plenitud de la felicidad, que permanece y lo hace desplegarse.

lunes, 5 de diciembre de 2011

II Semana de Adviento (II) Reflexiones al evangelio de cada día


Segunda Semana de Adviento (II)

Lunes
Lc 5, 17-26
Hoy hemos visto maravillas, maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres. Hoy en el evangelio un paralítico, al que cuatro personas llevan en una camilla a la presencia de Jesús, que, al ver su fe, dice al paralítico: “Hijo, tus pecados quedan perdonados” (Mc 2, 5). Al obrar así, muestra que quiere sanar, ante todo, el espíritu. El paralítico es imagen de todo ser humano al que el pecado impide moverse libremente, caminar por la senda del bien, dar lo mejor de sí.
En efecto, el mal, anidando en el alma, ata al hombre con los lazos de la mentira, la ira, la envidia y los demás pecados, y poco a poco lo paraliza. Por eso Jesús, suscitando el escándalo de los escribas presentes, dice primero: “Tus pecados quedan perdonados”, y sólo después, para demostrar la autoridad que le confirió Dios de perdonar los pecados, añade: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mc 2, 11), y lo sana completamente. El mensaje es claro: el hombre, paralizado por el pecado, necesita la misericordia de Dios, que Cristo vino a darle, para que, sanado en el corazón, toda su existencia pueda renovarse.
La palabra de Dios nos invita a tener una mirada de fe y a confiar, como las personas que llevaron al paralítico, a quien sólo Jesús puede curar verdaderamente. En efecto, sólo el amor de Dios puede renovar el corazón del hombre, y la humanidad paralizada sólo puede levantarse y caminar si sana en el corazón. El amor de Dios es la verdadera fuerza que renueva al mundo.
Invoquemos juntos la intercesión de la Virgen María para que todos los hombres se abran al amor misericordioso de Dios, y así la familia humana pueda sanar en profundidad de los males que la afligen.

Martes
Mt 18, 12-14
Dios no quiere que se pierda uno sólo de los pequeños. Dios quiere que nadie se pierda; por eso, hace dos mil años, envió a la tierra a su Hijo, “a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). Él nos ha salvado con su muerte en la cruz; ¡que nadie haga vana esa cruz! Jesús murió y resucitó para ser “el primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8, 29).
El Hijo de Dios se hizo hombre para llegar a todos, y mostró preferencia por los más pequeños, los marginados y los extranjeros. Al iniciar su misión en Nazaret, se presenta como el Mesías que anuncia la buena nueva a los pobres, trae la libertad a los cautivos y devuelve la vista a los ciegos. Viene a proclamar "el año de gracia del Señor" (cf. Lc 4, 18), que es liberación e inicio de un tiempo nuevo de fraternidad y solidaridad.
La Iglesia, fiel a las enseñanzas de Jesús, ruega para que nadie se pierda: “Jamás permitas, Señor, que me separe de ti”. Si bien es verdad que nadie puede salvarse a sí mismo, también es cierto que “Dios quiere que todos los hombres se salven”(1 Tm 2, 4) y que para El “todo es posible” (Mt 19, 26).
También, en la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que “quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión” (2 P 3, 9): Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos (MR Canon Romano 88).

Miércoles
Mateo 11, 28-30
Soy manso y humilde de corazón. Hoy el Señor hace una invitación a “todos los que están cansados y agobiados”. Los invita a acudir a Él, les promete que Él aliviará el peso que cargan sobre sus hombros, la fatiga que experimentan.
¿A qué peso se refiere? Es el peso de la Ley y de las observancias farisaicas que recargan más aún el peso de la Ley (ver Mt 23,4). El “yugo de la Ley” era una metáfora frecuentemente usada entre los rabinos, y es eso a lo que hace referencia el Señor. Él ofrece ahora otro yugo, el “suyo”, un yugo que es suave y ligero.
Quien del Señor aprende a cargar ese yugo, quien acude a Él, quien lo ama como es amado por Él, encontrará en Él el descanso del corazón, encontrará que la “carga” de los mandamientos divinos –que para muchos es un yugo insoportable– se hace ligera, fácil de cumplir y sobrellevar. Para quien ama, hasta lo más duro y exigente se torna “suave” y se hace con enorme gozo y alegría.
“¡Vengan a Mí!”, nos dice el Señor, cuando nos experimentamos fatigados, agobiados, invitándonos a salir de nosotros mismos, a buscar en Él ese apoyo, ese consuelo, esa fortaleza que hace ligera la carga. Él, que experimentó en su propia carne y espíritu la fatiga, el cansancio, la angustia, la pesada carga de la cruz, nos comprende bien y sabe cómo aligerar nuestra propia fatiga y el peso de la cruz que nos agobia. “Sin Dios, la cruz nos aplasta; con Dios, nos redime y nos salva”. (S.S. Juan Pablo II) Si buscamos al Señor, en Él encontraremos el descanso del corazón, el consuelo, la fortaleza en nuestra fragilidad. Y aunque el Señor no nos libere del yugo de la cruz, nos promete aliviar nuestro peso haciéndose Él mismo nuestro Cireneo.

Jueves 8
Solemnidad de la Inmaculada Concepción (Lc 1, 26-38)
Alégrate, llena de gracia, el señor está contigo. El 8 de diciembre celebramos una de las fiestas más hermosas de la santísima Virgen María: la solemnidad de su Inmaculada Concepción. De la Virgen María, fiesta tan querida para el pueblo cristiano. Se inserta muy bien en el clima de Adviento e ilumina con resplandor de luz purísima nuestro itinerario espiritual hacia la Navidad.
San Lucas, por su parte, nos muestra a la Virgen María recibiendo el anuncio del mensajero celestial (cf. Lc 1, 26-38): “el mensajero divino dijo a la Virgen: .Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. (Lc 1, 28)” [Redemptoris Mater, 8]. El saludo del ángel sitúa a María en el corazón del misterio de Cristo; en efecto, en ella, llena de gracia, se realiza la encarnación del Hijo eterno, don de Dios para la humanidad entera (cf. ib.).
En María Inmaculada contemplamos el reflejo de la Belleza que salva al mundo: la belleza de Dios que resplandece en el rostro de Cristo. En María esta belleza es totalmente pura, humilde, sin soberbia ni presunción. Desde el instante en que fue concebida gozó del singular privilegio de estar llena de la gracia de su Hijo bendito, para ser santa como Él. Por eso, el mensajero celestial, enviado a anunciarle el designio divino, se dirigió a Ella, saludándola: “Alégrate, llena de gracia” (Lc 1, 28).
¡Qué inmensa alegría es tener por madre a María Inmaculada! Cada vez que experimentamos nuestra fragilidad y la sugestión del mal, podemos dirigirnos a ella, y nuestro corazón recibe luz y consuelo. Incluso en las pruebas de la vida, en las tempestades que hacen vacilar la fe y la esperanza, pensemos que somos sus hijos y que las raíces de nuestra existencia se hunden en la gracia infinita de Dios. La Iglesia misma, aunque está expuesta a las influencias negativas del mundo, encuentra siempre en ella la estrella para orientarse y seguir la ruta que le ha indicado Cristo. De hecho, María es la Madre de la Iglesia.
“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. En esas palabras está el secreto de la auténtica Navidad. Dios las repite a la Iglesia, a cada uno de nosotros: “Alégrense, el Señor está cerca”. Con la ayuda de María, entreguémonos nosotros mismos, con humildad y valentía, para que el mundo acoja a Cristo en esta Navidad, que es el manantial de la verdadera alegría.

Viernes
Mt 11, 16-19
No escuchan ni a Juan ni al Hijo del hombre. Parecidas palabras fueron las de Esteban a los sanedritas: Ustedes, hombres testarudos, tercos y sordos, siempre han resistido al Espíritu Santo. Eso hicieron sus antepasados, y lo mismo hacen ustedes.
Cuando uno tapona sus oídos para no escuchar a Dios ni dejarse transformar por Él, por más que quiera Dios hacer algo por esa persona será imposible pues esa cerrazón podría considerarse tanto como haber cometido un pecado contra el Espíritu Santo donde ya no hay remedio.
El Adviento, que nos prepara para la venida del Salvador, debe hacernos abrir los ojos ante el Señor que se acerca a nosotros, día a día, en la presencia del hombre azotado por la injusticia, por la enfermedad, por el hambre, por la desilusión, por la pobreza, por el pecado, por el vicio.
Por otra parte, el Evangelio escuchado dice que…viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tienen a un comilón y a un borracho, amigo de los recaudadores de impuestos y pecadores”.

Jesús vino para salvar a los hombres, por eso ha querido parecerse y guardar semejanza al hombre, en todo, menos en el pecado. Jesús comía, bebía, y participaba de las actividades de los hombres, y además de las cosa impuestas por Dios, como por ejemplo del ayuno y luego alimentarse, como nuestra actitud como ser humano, con todas nuestras necesidades, de comer, beber, dormir, descansar, reírnos, bailar, trabajar y todas las obligaciones de nuestra sociedad, no por eso se van ha interpretar mal y si lo hace, recordemos que con quien tenemos obligación es con Dios.
Dice el Señor: “Que el que es sencillo todo lo juzga con sencillez, que de la abundancia del corazón habla la boca, que el que tiene limpio el corazón tiene limpio los ojos y con ojos limpio todo se mira con limpieza y rectitud”.
Sábado
Mt 17, 10-13
Elías ha venido ya, pero no lo reconocieron. Ayer contemplábamos a San Juan Bautista como el precursor (cf. Hch 13, 24) inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino al Señor (cf. Mt 3, 3), el evangelio de hoy es continuación del ayer, y en este contexto, Jesús hace referencia al Bautista, cuando dice que Elías ha venido ya, pero no lo reconocieron, a pesar de que vino “con el espíritu y el poder de Elías” (Lc 1, 17), y dio testimonio de Jesús mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio (cf. Mc 6, 17-29). Elías, por su parte, es el padre de los Profetas, de aquellos que buscan el Rostro de Dios. En el monte Carmelo, obtiene el retorno del pueblo a la fe gracias a la intervención de Dios.
Este mismo reclamo nos lo puede haer Jesús hoy a nosotros, si no lo reconocemos a Él en este tiempo de gracia y de salvación. La liturgia de Adviento nos repite constantemente que debemos despertar del sueño de la rutina y de la mediocridad; debemos abandonar la tristeza y el desaliento. Es preciso que se alegre nuestro corazón porque “el Señor está cerca”.
San Juan es un personaje del Adviento, que nos indica el espíritu con el cual nos hemos de preparar al encuentro del Señor. Juan creció en el desierto, llevando una vida austera y penitente (cfr. Lc 1,80; Mt 3,4); “recorrió toda la región del Jordán, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Lc 3,3); como nuevo Elías, humilde y fuerte, preparó al Señor un pueblo bien dispuesto (cfr. Lc 1,17). Así, nosotros continuemos la preparación a la Navidad ya próxima.

sábado, 3 de diciembre de 2011

II Domingo de Adviento Homilía sobre la segunda lectura


II DOMINGO/B (II Pedro 3,8-14)
Las palabras de la segunda lectura de la liturgia de hoy: “esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva”, nos habla el Apóstol Pedro, de nuestra futura esperanza, como testigo de la primera venida del Señor. El tema de adviento lo orienta, sobre todo, hacia los últimos tiempos, hacia ‘el día del Señor’; los que han experimentado la primera venida, justamente viven en espera de la segunda, conforme a la promesa del Señor.
La perspectiva escatológica de la Carta del Apóstol: "un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia" (2 Pe 3, 13) habla del encuentro definitivo del Creador con la creación en el reino del siglo venidero, para el cual debe madurar cada hombre mediante el adviento interior de la fe, esperanza y caridad
“Mientras la Iglesia peregrina en este mundo lejos de su Señor, se considera como desterrada, de manera que busca y medita gustosamente las cosas de arriba. Allí está sentado Cristo a la derecha de Dios; allí está escondida la vida de la Iglesia junto con Cristo en Dios hasta que se manifieste llena de gloria en compañía de su Esposo” (LG 6). Estas palabras del concilio Vaticano II señalan el itinerario de la Iglesia, que sabe que no tiene ‘aquí ciudad permanente’, sino que “anda buscando la del futuro” (Hb 13, 14), la Jerusalén celestial, “la ciudad del Dios vivo” (Hb 12, 22).
Una vez que hayamos llegado a la meta última de la historia, como anuncia san Pablo, no veremos ya "en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. (...) Entonces conoceré como soy conocido" (1 Co 13, 12). Y san Juan repite que "cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es" (1 Jn 3, 2).
Así pues, más allá de la frontera de la historia, nos espera la epifanía luminosa y plena de la Trinidad. En la nueva creación Dios nos regalará la comunión perfecta e íntima con él, que el cuarto evangelio llama "la vida eterna", fuente de un "conocimiento" que en el lenguaje bíblico es comunión de amor. "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3).
Allí encontraremos ante todo al Padre, “el alfa y la omega, el principio y el fin” de toda la creación (Ap 21, 6). Él se manifestará plenamente como el Emmanuel, el Dios que mora con la humanidad, eliminando las lágrimas y el luto y renovando todas las cosas (cf. Ap 21, 3-5). Pero en el centro de esa ciudad se alzará también el Cordero, Cristo, al que la Iglesia está unida con un vínculo nupcial. De él recibe la luz de la gloria, con él está íntimamente unida, ya no mediante un templo, sino de modo directo y total (cf. Ap 21, 9. 22. 23). Hacia esa ciudad nos impulsa el Espíritu Santo. Es él quien sostiene el diálogo de amor de los elegidos con Cristo: “El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!” (Ap, 22, 17).
Hacia esa plena manifestación de la gloria de la Trinidad se dirige nuestra mirada, rebasando los límites de nuestra condición humana, superando el peso de nuestra miseria y de la culpabilidad que penetran nuestra existencia terrena. Para ese encuentro imploramos diariamente la gracia de una continua purificación, conscientes de que en la Jerusalén celestial “no entrará nada impuro, ni los que cometen abominación y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero” (Ap 21, 27). Como enseña el concilio Vaticano II, la liturgia que celebramos durante nuestra vida es casi un "pregustar" esa luz, esa contemplación, ese amor perfecto: “En la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la que nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero” (SC 8).
Por eso, ahora nos dirigimos a Cristo para que, por el Espíritu Santo, nos ayude a prepararnos al encuentro de nuestro redentor, revitalizando en nuestra mente y en nuestro corazón nuestro encuentro con él en el tiempo, que nos impulse a estar preparados para ir a la casa del Padre al final de nuestros días. En efecto, Dios, que viene, se acerca al hombre, para que el hombre se encuentre con El y sea fiel a este encuentro. Para que permanezca en él, hasta el fin.
¡Preparen el camino al Señor! ¡Enderecen sus senderos! Que esto se realice en el sacramento de la reconciliación en la humilde y confiada confesión de Adviento, a fin de que ante el recuerdo de la primera venida de Cristo, que es Navidad, y a la vez en la perspectiva escatológica de su Adviento definitivo, el pecado quede eliminado y expiado, para que la Iglesia pueda proclamar a cada uno de sus hijos que ha terminado la esclavitud, y que el Señor Dios viene con fuerza.

sábado, 26 de noviembre de 2011

T/Adviento/B Homilía sobre la segunda lectura


ADVIENTO
I DOMINGO/B (1 Co 1, 3-9)
Este domingo iniciamos, por gracia de Dios, un nuevo Año litúrgico, que se abre naturalmente con el Adviento, tiempo de preparación para el nacimiento del Señor. En el Adviento el pueblo cristiano revive un doble movimiento del espíritu: por una parte, eleva su mirada hacia la meta final de su peregrinación en la historia, que es la vuelta gloriosa del Señor Jesús; por otra, recordando con emoción su nacimiento en Belén, se arrodilla ante el pesebre.
El Evangelio nos invita hoy a estar vigilantes, en espera de la última venida de Cristo: “Velad -dice Jesús-: pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa” (Mc 13, 35. 37). La breve parábola del señor que se fue de viaje y de los criados a los que dejó en su lugar muestra cuán importante es estar preparados para acoger al Señor, cuando venga repentinamente. La comunidad cristiana espera con ansia su “manifestación”, y el apóstol san Pablo, escribiendo a los Corintios, los exhorta a confiar en la fidelidad de Dios y a vivir de modo que se encuentren “irreprensibles” (cf. 1 Co 1, 7-9) el día del Señor. Por eso, al inicio del Adviento, muy oportunamente la liturgia pone en nuestros labios la invocación del salmo: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación” (Sal 84, 8).
En la segunda lectura san Pablo afirma que “Esperamos la manifestación de nuestro señor Jesucristo”. En efecto, este tiempo de adviento es el tiempo propicio para reavivar en nuestro corazón la espera de Aquel “que es, que era y que va a venir” (Ap 1, 8). Ciertamente, que el Hijo de Dios ya vino en Belén hace veinte siglos, pero Él quiere venir en cada momento al alma y a la comunidad dispuestas a recibirlo, y de nuevo vendrá al final de los tiempos para “juzgar a vivos y muertos”. Por eso, el creyente h de estar siempre vigilante, animado por la íntima esperanza de encontrar al Señor, como dice el Salmo: “Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela a la aurora” (Sal 130, 5-6).
Esta esperanza de la manifestación de Jesús, nos dice la encíclica Spe Salvi, consiste en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso. Jesús, con su nacimiento, su vida toda y su enseñanza, y sobre todo con su muerte en la cruz y su resurrección, nos reveló su rostro, el rostro de un Dios con un amor tan grande que comunica una esperanza inquebrantable, que ni siquiera la muerte puede destruir, porque la vida de quien se pone en manos de este Padre se abre a la perspectiva de la bienaventuranza eterna.
La "gracia de Dios aparecida" en Jesús es su amor misericordioso, que dirige toda la historia de la salvación y la lleva a su cumplimiento definitivo. La manifestación de Dios “en la humildad de nuestra carne” (Prefacio de Adviento I) anticipa en la tierra su ‘manifestación’ gloriosa al final de los tiempos (cf. Tt 2, 13).
No sólo eso. El acontecimiento histórico que estamos viviendo en el misterio es el ‘camino’ que se nos ofrece para llegar al encuentro con Cristo glorioso. En efecto, con su Encarnación, Jesús, -como dice el Apóstol- nos enseña a “renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos” (Tt 2, 12-13).
En Cristo esperamos; es a él a quien aguardamos. Con María, su Madre, la Iglesia va al encuentro del Esposo: lo hace con las obra de caridad, porque la esperanza, como la fe, se manifiesta en el amor. ¡Buen Adviento a todos!

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Año Litúrgico. Tiempo de Adviento


EL NUEVO AÑO LITURGICO INICIA CON EL ADVIENTO
Abrimos el nuevo Año litúrgico con su primera etapa: el Adviento, el período que conmemora la venida de Dios entre nosotros. En este Adviento se nos concederá, una vez más, experimentar la cercanía de Aquel que ha creado el mundo, que orienta la historia y que ha querido cuidar de nosotros hasta llegar al culmen de su condescendencia haciéndose hombre. Precisamente el misterio grande y fascinante del Dios con nosotros, es más, del Dios que se hace uno de nosotros, es lo que celebraremos en las próximas semanas caminando hacia la santa Navidad. Durante el tiempo de Adviento sentiremos que la Iglesia nos toma de la mano y, a imagen de María santísima, manifiesta su maternidad haciéndonos experimentar la espera gozosa de la venida del Señor, que nos abraza a todos en su amor que salva y consuela.
1. AÑO LITÚRGICO
En año Litúrgico es el período cíclico anual durante el cual la Iglesia celebra la historia de la salvación realizada en y por Cristo a la que distribuye en festividades y ciclos menores.
El año comienza el primer domingo del adviento (el más cercano al 30 de noviembre), se centra en el misterio pascual, termina con la fiesta de Cristo Rey y se basa en la estructura semanal, cuyo eje lo constituye el ‘Día del Señor’ o Domingo. Su organización anual es sencilla: el primer gran Ciclo, el de la Navidad, comprende un período de preparación llamado Adviento (cuatro semanas). A este lo sigue el período de la Navidad propiamente tal, que concluye con la Epifanía.
El segundo ciclo, el principal, es el de la Pascua. Lo prepara la Cuaresma (cuarenta días). Lo sigue un período de cincuenta días. (Pentecostés), y lo concluye la solemnidad el mismo nombre.
En el centro de cada uno de estos dos ciclos están las festividades por excelencia: el triduo pascual (de la celebración vespertina del jueves Santo hasta la Vigilia pascual: nacimiento para la gloria) y la Vigilia de la Navidad (nacimiento para la tierra). Ambos momentos y eventos se celebran por la noche y evocan la salvación de Dios desde la oscuridad que envuelve al hombre.
El resto del año litúrgico se llama ‘Tiempo ordinario’ o ‘Tiempo durante el año’. Se desarrolla entre los dos ciclos anteriores y puede durar hasta 34 semanas.
Durante el Año litúrgico se celebran varias fiestas del Señor:
Santísima Trinidad, Anuncio del nacimiento de Cristo, es decir, el anuncia de la encarnación, Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, Corpus Christi, Transfiguración, Sagrado Corazón de Jesús;
Objetos de la redención: la Cruz y la Preciosísima Sangre;
De María (Maternidad divina, Asunción, Natividad, Inmaculada Concepción,
Y otras regionales y devocionales (bajo diversas advocaciones como las del Carmen, Virgen de Guadalupe, Lourdes, Fátima, La Merced);
Y las memorias de los Santos, ejemplos de vida cristiana: entre las que destacan las fiestas de Juan Bautista, san José, san Pedro y san Pablo; apóstoles, mártires, confesores, Padres de la Iglesia, Doctores de la Iglesia, Fundadores de institutos religiosos, laicos, misioneros y ascetas.
El año litúrgico de la Iglesia se presta para la formación de la comunidad cristiana en los terrenos bíblico, teológico, litúrgico, misionero y espiritual. Existen actualmente tres cielos (A, B, C,) y un doble leccionario (I y II, según el año par o impar) en los que se lee y medita toda la Escritura o Biblia.
De este modo, los fieles cristianos, se alimentan de la Sagrada Escritura y de los Sacramentos durante todo el Año Litúrgico. Ahora en estos siguientes lunes, me propongo, con el favor de Dios, darles unas gotitas de enseñanza sobre Adviento, Navidad y Epifanía, y así de cada tiempo en su momento, para gloria de Dios y salvación de nuestras almas.

2. SIGNIFICADO DEL ADVIENTO
“El tiempo de Adviento comienza con las primeras vísperas del domingo que cae el 30 de noviembre o el más próximo a este día, y acaba antes de las primeras vísperas de Navidad”.
El Adviento es el tiempo de la presencia y de la espera de lo eterno. Precisamente por esta razón es, de modo especial, el tiempo de la alegría, de una alegría interiorizada, que ningún sufrimiento puede eliminar. Adviento, significa “presencia”, “llegada”, “venida”:
El Adviento nos invita y nos estimula a contemplar al Señor presente. Nos invita a participar en la fiesta de su Adviento a todos los que creemos en él, a todos los que creemos en su presencia en la asamblea litúrgica. El Adviento nos invita a detenernos, en silencio, para captar una presencia. Dios está aquí, él está presente, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no podamos verlo o tocarlo, como sucede con las realidades sensibles, él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras.
Adviento nos habla de la visita de Dios: él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí. En la vida cotidiana todos experimentamos que tenemos poco tiempo para el Señor y también poco tiempo para nosotros.
El Adviento cristiano es una ocasión para despertar de nuevo en nosotros el sentido verdadero de la espera, volviendo al corazón de nuestra fe, que es el misterio de Cristo, el Mesías esperado durante muchos siglos y que nació en la pobreza de Belén. Al venir entre nosotros, nos trajo y sigue ofreciéndonos el don de su amor y de su salvación. Presente entre nosotros, nos habla de muchas maneras: en la Sagrada Escritura, en el año litúrgico, en los santos, en los acontecimientos de la vida cotidiana, en toda la creación, que cambia de aspecto si detrás de ella se encuentra él o si está ofuscada por la niebla de un origen y un futuro inciertos.

4. GUÍAS DEL ADVIENTO
Los personajes clásicos del adviento son el profeta Isaías, el precursor Juan Bautista y la Madre de Dios, María de Nazaret- “a quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres” (prefacio II). Estos ‘guías’ singulares nos indican las actitudes que es preciso tomar para salir al encuentro de este ‘Huésped’ divino de la humanidad.
1. Isaías es el profeta del Adviento. En sus palabras resuena el eco de la gran esperanza en la venida del Rey Mesías, Jesús, y la conversión del corazón para recibirlo; exhorta a mantenerse vigilantes en la oración, para reconocer ‘los signos’ de la venida del Mesías: Digan a los cobardes de corazón: ¡Sean fuertes, no teman! Miren a nuestro Dios que va a venir a salvarnos” (Is 35, 4). Esta invitación se hace cada vez más apremiante a medida que se acerca la Navidad, enriqueciéndose con la exhortación a preparar el corazón para acoger al Mesías. El esperado de las gentes ciertamente vendrá y su salvación será para todos los hombres. Isaías afirma: El Señor viene... como Pastor; es preciso crear las condiciones necesarias para el encuentro con El. Es necesario prepararse.
2. Juan Bautista, el Precursor, es otro de los personajes del Adviento: se presenta como “la voz del que grita en el desierto”, predicando “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Mc 1, 4). Es la única condición para reconocer al Mesías, ya presente en el mundo. Efectivamente, Juan predicaba: “Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero El os bautizará con Espíritu Santo” (Mc 1, 7-8).
3. María, la Madre del Señor es el tercer personaje del Adviento. María nos guía en la novena de preparación para la Navidad, nos guía hacia Belén. María es la mujer del ‘sí’, que, a diferencia de Eva, hace suyo sin reservas el proyecto de Dios. Así se convierte en una luz clara para nuestros pasos y en el modelo más elevado para inspirarnos. Con palabras exigentes, Juan Bautista anunciaba el juicio inminente: “El árbol que no da fruto será talado y echado al fuego” (Mt 3, 10). Sobre todo ponía en guardia contra la hipocresía de quien se sentía seguro por el mero hecho de pertenecer al pueblo elegido: ante Dios –decía- nadie tiene títulos para enorgullecerse, sino que debe dar “frutos dignos de conversión” (Mt 3, 8).
4.-El Espíritu, Maestro del adviento: El adviento de encuentro con Jesús es obra del Espíritu Santo. El Espíritu Santo, que formó a Jesús, hombre perfecto, en el seno de la Virgen, es quien lleva a cabo en la persona humana el admirable proyecto de Dios, transformando ante todo el corazón y, desde este centro, todo el resto. Así, sucede que en cada persona se renueva toda la obra de la creación y de la redención, que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo van realizando desde el inicio hasta el final del cosmos y de la historia. Y como en el centro de la historia de la humanidad está la primera venida de Cristo y, al final, su retorno glorioso, así toda existencia personal está llamada a confrontarse con él —de modo misterioso y multiforme— durante su peregrinación terrena, para encontrarse ‘en él’ cuando vuelva.
Esto significa que para llegar a Cristo en el conocimiento y en el amor -como ocurre en la verdadera sabiduría cristiana- tenemos necesidad de la inspiración y de la guía del Espíritu Santo, maestro interior de verdad y de vida. En el Verbo encarnado, que nace de María Virgen como primogénito de una multitud de hermanos, el Espíritu crea también la humanidad nueva de los redimidos.
5. LA CORONA DE ADVIENTO: PRIMER ANUNCIO DE NAVIDAD
Una costumbre significativa y de gran ayuda para vivir este tiempo es La corona o guirnalda de Adviento, es el primer anuncio de Navidad.
Origen. La corona de adviento encuentra sus raíces en las costumbres pre-cristianas de los germanos (Alemania). Durante el frío y la oscuridad de diciembre, colectaban coronas de ramas verdes y encendían fuegos como señal de esperanza en la venida de la primavera. Pero la corona de adviento no representa una concesión al paganismo sino, al contrario, es un ejemplo de la cristianización de la cultura. Lo viejo ahora toma un nuevo y pleno contenido en Cristo. El vino para hacer todas las cosas nuevas.
Nueva realidad. Los cristianos supieron apreciar la enseñanza de Jesús: Juan 8,12: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida”. La luz que prendemos en la oscuridad del invierno nos recuerda a Cristo que vence la oscuridad. Nosotros, unidos a Jesús, también somos luz: Mateo 5,14 “Ustedes son la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte”.
En el siglo XVI católicos y protestantes alemanes utilizaban este símbolo para celebrar el adviento: Aquellas costumbres primitivas contenían una semilla de verdad que ahora podía expresar la verdad suprema: Jesús es la luz que ha venido, que está con nosotros y que vendrá con gloria. Las velas anticipan la venida de la luz en la Navidad: Jesucristo.
La corona de adviento se hace con follaje verde sobre el que se insertan cuatro velas. Tres velas son violetas, una es rosa. El primer domingo de adviento encendemos la primera vela y cada domingo de adviento encendemos una vela más hasta llegar a la Navidad. La vela rosa corresponde al tercer domingo y representa el gozo. Mientras se encienden las velas se hace una oración, utilizando algún pasaje de la Biblia y se entonan cantos. Esto lo hacemos en las misas de adviento y también es recomendable hacerlo en casa, por ejemplo antes o después de la cena. Si no hay velas de esos colores aun se puede hacer la corona ya que lo más importante es el significado: la luz que aumenta con la proximidad del nacimiento de Jesús quien es la Luz del Mundo. La corona se puede llevar a la iglesia para ser bendecida por el sacerdote.
La corona de adviento encierra varios simbolismos:
La forma circular: El círculo no tiene principio ni fin. Es señal del amor de Dios que es eterno, sin principio y sin fin, y también de nuestro amor a Dios y al prójimo que nunca debe de terminar.
Las ramas verdes: Verde es el color de esperanza y vida. Dios quiere que esperemos su gracia, el perdón de los pecados y la gloria eterna al final de nuestras vidas. El anhelo más importante en nuestras vidas debe ser llegar a una unión más estrecha con Dios, nuestro Padre.
Las cuatro velas: Nos hacen pensar en la obscuridad provocada por el pecado que ciega al hombre y lo aleja de Dios. Después de la primera caída del hombre, Dios fue dando poco a poco una esperanza de salvación que iluminó todo el universo como las velas la corona. Así como las tinieblas se disipan con cada vela que encendemos, los siglos se fueron iluminando con la cada vez más cercana llegada de Cristo a nuestro mundo. Son cuatro velas las que se ponen en la corona y se prenden de una en una, durante los cuatro domingos de adviento al hacer la oración en familia.
Las manzanas rojas que adornan la corona: Representan los frutos del jardín del Edén con Adán y Eva que trajeron el pecado al mundo pero recibieron también la promesa del Salvador Universal.
El listón rojo: Representa nuestro amor a Dios y el amor de Dios que nos envuelve.

lunes, 21 de noviembre de 2011

XXXIV Semana Reflexiones al evangelio de cada día


XXXIV Semana
Lunes: La Presentación de la Santísima Virgen María
Lucas 21, 1-4
“Vio a una viuda pobre que echaba dos monedas”. El Señor observaba cómo los ricos echaban en cantidad. Acaso lo hacían con cierta ostentación, para que se viera lo mucho que echaban. Observa asimismo a una viuda pobre que se acerca para echar apenas «dos moneditas», una suma irrisoria en sí misma y más aún si se comparaba con lo mucho que echaban los ricos.
El Señor Jesús aprovecha la ocasión para dar una lección fundamental a sus discípulos. Pone a esta viuda pobre como modelo de generosidad: ella ha dado más que nadie, porque mientras los demás echaban de lo que les sobraba, “ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,43-44).
La lección es clara: lo que pesa en la ofrenda dada a Dios no es tanto la cantidad, sino la actitud con que se da. Aquella viuda, a diferencia de los que dan “de lo que les sobra”, muestra una enorme generosidad y confianza en Dios. Ella, por amor a Dios, se desprende incluso de lo que necesita, se desprende de todo lo que tiene para vivir. Su entrega no es un acto suicida, sino que manifiesta su enorme confianza en Dios, confianza de que a ella nada le faltará porque está en las manos de Dios. Sabe que Dios no se deja ganar en generosidad: Él es muchísimo más generoso con quien es generoso con Él. Dios, en cuyas manos se sabe, proveerá lo necesario para su subsistencia.
San Agustín dice que “Zaqueo fue un hombre de gran voluntad y su caridad fue grande. Dio la mitad de sus bienes en limosnas y se quedó con la otra mitad sólo para devolver lo que acaso había defraudado. Mucho dio y mucho sembró. Entonces aquella viuda que dio dos céntimos, ¿sembró poco? No, lo mismo que Zaqueo. Tenía menos dinero pero igual voluntad, y entregó sus dos moneditas con el mismo amor que Zaqueo la mitad de su patrimonio. Si miras lo que dieron, verás que entregan cantidades diversas; pero si miras de dónde lo sacan, verás que sale del mismo sitio lo que da la una que lo que entrega el otro”.
Martes
Lucas 21, 5-11
“No quedará piedra sobre piedra”. Esta dura e inesperada predicción la lanza el Señor en el contexto de su ya próxima Pascua. En efecto, “su hora”, el momento de su Pasión, Muerte y Resurrección, se hallaba ya cercano. No es de sorprender, pues, que el pensamiento del Señor estuviera puesto en las cosas que habían de venir.
San Ambrosio dice que “Era muy cierto que había de ser destruido el templo construido por los hombres; porque nada hay de lo hecho por los hombres que no sea destruido por la vejez, o derribado por la fuerza, o consumido por el fuego. Sin embargo, hay otro templo, a saber, la sinagoga, cuya obra antigua se destruyó al levantarse la Iglesia. También hay un templo en cada uno de nosotros, que se destruye cuando falta la fe y principalmente cuando alguno invoca en falso el nombre de Jesucristo, lo que violenta su conciencia”.
Jesús anunció, no obstante, en el umbral de su Pasión, la ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará piedra sobre piedra. Hay aquí un anuncio de una señal de los últimos tiempos que se van a abrir con su propia Pascua. Pero esta profecía pudo ser deformada por falsos testigos en su interrogatorio en casa del sumo sacerdote y serle reprochada como injuriosa cuando estaba clavado en la cruz (CIgC 585).
Finalmente advierte el Señor a sus discípulos que antes de sobrevenir el fin del mundo sufrirán una fuerte persecución por causa de su Nombre. La perseverancia será decisiva en medio de las duras pruebas: «Gracias a la constancia salvarán sus vidas». El hecho de ser cristianos nos exige la fe y la esperanza; pero, para que esta fe y esta esperanza puedan obtener su fruto, nos es necesaria la paciencia. Pues nosotros no buscamos la gloria presente, sino la futura... La esperanza y la paciencia son necesarias para llevar a buen término lo que hemos empezado, y para alcanzar lo que esperamos y creemos apoyados en la promesa divina.
Miércoles
Lucas 21, 12-19
“Todos los odiarán a ustedes por causa mía. Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá”. Ser cristiano o cristiana en el mundo de hoy no es cosa fácil. Quienes quieren ser de Cristo, quienes optan por tomar en serio sus enseñanzas y buscan instaurarlo todo en Él, experimentan inmediatamente la oposición, la burla, el desprecio, el rechazo o la persecución no sólo de los enemigos de Cristo, sino incluso de amigos y familiares.
La presión recibida por los cristianos para que se acomoden al estilo de vida mundana que “todos” llevan es fuerte y persistente, más aún cuando se busca ser coherente. Un cristiano así será perseguido, pues «es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una vida distinta de todas» (Sab 2,14-15).
San Cipriano: “Éste es el precepto de nuestro Señor y Maestro: El que persevere hasta el fin se salvará… Es necesario, hermanos muy queridos, tener paciencia y perseverar, para que, después de haber sido admitidos a la esperanza de la verdad y de la libertad, podamos alcanzar esa misma verdad y libertad; porque el hecho de ser cristianos nos exige la fe y la esperanza; pero, para que esta fe y esta esperanza puedan obtener su fruto, nos es necesaria la paciencia. Pues nosotros no buscamos la gloria presente, sino la futura... La esperanza y la paciencia son necesarias para llevar a buen término lo que hemos empezado, y para alcanzar lo que esperamos y creemos apoyados en la promesa divina”.
Pero no olvidemos que no se perderá ni un solo cabello de nuestra cabeza en esta lucha por ser signo y transparencia de Jesús, en nuestro mundo en el que vivimos. “Con su paciencia compraremos (la salvación) de nuestras almas” (Lc 21, 12-19). Y Jesús dice también: “Esto se lo he dicho para que tengan paz en mí; en el mundo han de tener tribulación; pero confíen: yo he vencido al mundo” (Jn 15, 18-21).

Jueves
Lucas 21, 20-28
“Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumpla el plazo señalado por Dios”. Es la tercera vez que Jesús anuncia, con pena, la destrucción de Jerusalén: “serán días de venganza... habrá angustia tremenda, caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones: Jerusalén será pisoteada por los gentiles”.
Las imágenes, que hemos escuchado en el evangelio, se suceden una tras otra para describirnos la seriedad de los tiempos futuros: la mujer encinta, la angustia ante los fenómenos cósmicos, la muerte a manos de los invasores, la ciudad pisoteada.
Jesús al pronunciar el discurso sobre la destrucción de Jerusalén y sobre el fin del mundo, nos invita a leer con atención los signos del tiempo y a mantener siempre una actitud de vigilancia. Ahora, en este tiempo, nosotros somos invitados a tener confianza en la victoria de Cristo Jesús: el Hijo del Hombre viene con poder y gloria. Viene a salvar. Debemos “alzar la cabeza y levantarnos", porque "se acerca nuestra liberación”.
Sea en el momento de nuestra muerte, que no es final, sino comienzo de una nueva manera de existir, mucho más plena. Sea en el momento del final de la historia, venga cuando. Más allá de los alarmismos que acompañan generalmente a las representaciones sobre el fin del mundo, se nos invita a anhelarlo y a descubrir en él las consecuencias positivas que producirá en nosotros. Debemos ver en todos esos acontecimientos que nuestra liberación está próxima.

Viernes
Lucas 21, 29-33
“Cuando vean que sucede esto, sepan que el Reino de Dios está cerca”. Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento, aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén ‘retenidos’ en las manos de Dios.
El Señor Jesús es Dios, es Señor de todo lo creado y permanece más allá de la inestabilidad de las cosas visibles, por ello afirma: “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”. Frente a la fugacidad de todo lo creado sólo permanecerán sus palabras, porque Cristo, que es la Palabra eterna del Padre, permanece para siempre. Como Cristo, tampoco ‘pasará’ o dejará de existir quien cree en Él y guarda fielmente su palabra. Éste nada tiene que temer cuando venga el fin del mundo, pues su nombre está inscrito en el Libro de la Vida.
¿Cuándo será el fin del mundo? Siempre han mentido y mienten o desvarían aquellos que anuncian el fin del mundo “para tal día”. Jamás podrán ser dignos de crédito. Es al Señor a quien nosotros escuchamos y creemos. Él ha dicho que «el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.
¿Y por qué Dios no ha querido revelar cuándo será aquél momento? Si tenemos la certeza de que aquél día llegará, pero también la absoluta incertidumbre del momento preciso, ¿no será lo sensato vivir en un estado de continua vigilancia, un estar preparados en todo momento y no adormecerse nunca?

Sábado
Lucas 21, 34-36
“Velen para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder”. Ultima recomendación de Jesús en su "discurso escatológico", último consejo del año litúrgico, que enlazará con los primeros del Adviento: “estén siempre despiertos”.
Lo contrario del estar despiertos es que se “nos embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero”. Y el medio, para mantener en tensión nuestra espera es la oración: “pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir”.
Estar de pie, ante Cristo, es estar en vela y en actitud de oración, mientras caminamos por este mundo y vamos realizando las mil tareas que nos encomienda la vida. No importa si la venida gloriosa de Jesús está próxima o no: para cada uno está siempre próxima, tanto pensando en nuestra muerte como en su venida diaria a nuestra existencia, en los sacramentos, en la Eucaristía, en la persona del prójimo, en los pequeños o grandes hechos de la vida.
Insiste el Señor en la necesidad de la vigilancia aún cuando la espera se alargue. Él viene inexorablemente: «estén preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre». Su venida será inesperada, como inesperada es la venida de un ladrón en la noche.
Y San Gregorio dice que “…aun cuando todo lo hagamos así, falta todavía que pongamos toda nuestra esperanza en la venida de nuestro Redentor. Por esto añade: ‘Y sean ustedes semejantes a los hombres que esperan a su Señor cuando vuelva de las bodas’”.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo


NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (1Cor 15, 20-26.28)
Cristo le entregará el reino a su Padre para que Dios sea todo en todas las cosas
Hoy es el último domingo del Año Litúrgico, el cual finaliza celebrando a Cristo como Rey del Universo. Las Lecturas nos invitan a reflexionar sobre el establecimiento del Reinado de Cristo en el mundo.
La segunda lectura (1 Cor. 15, 20-28), en la que nos vamos a fijarnos, nos habla del momento del establecimiento del Reino de Cristo. Nos habla de que su resurrección es primicia de la nuestra. Nos habla, también, de que en el momento de su venida, Cristo aniquilará todos los poderes del Mal, someterá a todos bajo sus pies, para luego entregar su Reino al Padre. Y así Dios será todo en todas las cosas. Tres puntos:
1º.) El momento del establecimiento del Reino de Cristo. El Reino de Dios se inicia en este mundo y tendrá su plenitud cuando Cristo venga al final de los tiempos. En efecto, el Reino de los cielos ha sido inaugurado en la tierra por Cristo. “Se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo” (LG 5).
El misterio de la realeza de Cristo se establece en el corazón del hombre, en las familias, sin ruido, con la fuerza de la gracia y la constancia de la misericordia, crece día tras día en el corazón de los creyentes, librándolos del egoísmo y del pecado y abriéndolos a la obediencia de la fe, así como a la entrega generosa de sí mismos en la caridad.
El reino de Cristo es, por consiguiente, el reino de la consolación y la paz, que libera al hombre de todas sus angustias y temores, y lo introduce en la comunión con el Padre celeste. Se trata de un reino que comienza ya aquí, en la tierra, pero que tendrá su cumplimiento pleno en el cielo, cuando Cristo le entregue el reino a su Padre para que Dios sea todo en todas las cosas.
2º.) La resurrección de Jesús es primicia de la nuestra. San Pablo pone de relieve la vinculación entre la resurrección de Cristo y la nuestra, sobre todo en su Primera Carta a los Corintios; pues escribe: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron... Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1 Co 15, 20-22). “En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que este ser mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ‘La muerte ha sido devorada en la victoria’” (1 Co 15, 53-54). “Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo” (1 Co 15, 57).
3º.) En el momento de su venida, Cristo aniquilará todos los poderes del Mal, someterá a todos bajo sus pies, para luego entregar su Reino al Padre. La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás (cf. Mt 12, 26): "Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12, 28). Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios (cf Lc 8, 26-39). Anticipan la gran victoria de Jesús sobre “el príncipe de este mundo” (Jn 12, 31). Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: Regnavit a ligno Deus (“Dios reinó desde el madero de la Cruz”, [Venancio Fortunato, Hymnus "Vexilla Regis": MGH 1/4/1, 34: PL 88, 96]) (CIgC 550).
Con Cristo, vencedor sobre las potestades adversarias, también nosotros participaremos en la nueva creación, la cual consistirá en una vuelta definitiva de todo a Aquel del que todo procede. “Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos” (1 Co 15, 28).
Por tanto, debemos estar convencidos de que “somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo” (Flp 3, 20). Aquí abajo no tenemos una ciudad permanente (cf. Hb 13, 14). Al ser peregrinos, en busca de una morada definitiva, debemos aspirar, como nuestros padres en la fe, a una patria mejor, “es decir, a la celestial” (Hb 11, 16).
El Papa Pío XI al establecer esta Fiesta quería que el Reinado de Cristo -comenzando por cada uno de nosotros los Católicos- se extendiera de cada individuo a cada familia, de cada familia a la sociedad, de la sociedad a las naciones, de las naciones al mundo entero. Esa es nuestra obligación como súbditos de Cristo, Rey del Universo. Que María, Madre del Redentor haga que tu Hijo, Rey del universo y de la historia, reine en nuestra vida, en nuestras comunidades y en el mundo entero.

sábado, 12 de noviembre de 2011

XXXIII Domingo TO/A Homilía sobre la segunda lectura


XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario/A (1Tes 5, 1-6)
Si el domingo pasado san Pablo nos decía; “A los que mueren en Jesús, Dios los llevará con Él”; y ahora nos advierte: “Que el día del Señor no los sorprenda como un ladrón. Al final del año litúrgico, la Iglesia nos invita pensar en el final de nuestra vida, nos invita a prepararnos para acoger al Señor que vendrá. Así, en la segunda lectura san Pablo nos invita a vivir preparados para cuando el señor nos llame: “…no vivamos dormidos, como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente”.
El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta advertencia de san Pablo adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. “Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela” (Ap 16,15).
El domingo pasado decíamos que “nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida: “Acuérdate de tu Creador en tus días mozos [...], mientras no vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio” (Qo 12, 1. 7) (CIgC 1007).
Ante el acontecimiento de su venida última y ante la ignorancia sobre la hora o día, el Señor enseña que sólo cabe una actitud sensata: velar y estar preparados en todo momento. Y para insistir más aún en la necesidad de este estar preparados el Señor pone a sus discípulos otra comparación: «si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón estaría vigilando y no lo dejaría asaltar su casa». Del mismo modo, el saber que vendrá y la ignorancia del momento mueven a una persona sensata a mantenerse siempre vigilante.
También el apóstol Pablo invita a los creyentes con insistencia a estar preparados en varias de sus cartas. El suyo es un llamado a “despertar del sueño” dado que «la noche está avanzada» y «se acerca el día». Este “pasar de las tinieblas a la luz” se realiza mediante un esfuerzo serio de conversión que consiste en un proceso simultáneo de despojamiento y revestimiento. De lo que hay que despojarse es de las obras de las tinieblas como los son las orgías y borracheras, las lujurias y lascivias, las rivalidades, pleitos y envidias. De lo que hay que revestirse en cambio es de las armas de la luz, más aún, hay que “revestirse” interiormente de Cristo mismo.
San Gregorio dice que el Señor “Viene cuando nos llama a juicio, pero llama cuando da a conocer por la fuerza de la enfermedad que la muerte está próxima. Y le abrimos inmediatamente si lo recibimos con amor. No quiere abrir al juez que llama el que teme la muerte del cuerpo y se horroriza de ver a aquel juez a quien se acuerda que despreció. Pero aquel que está seguro por su esperanza y buenas obras, abre inmediatamente al que llama porque cuando conoce que se aproxima el tiempo de la muerte, se alegra por la gloria del premio. Por esto añade: ‘Bienaventurados aquellos siervos, que hallare velando el Señor, cuando viniere’. Vigila aquel que tiene los ojos de su inteligencia abiertos al aspecto de la luz verdadera, el que obra conforme a lo que cree y el que rechaza de sí las tinieblas de la pereza y de la negligencia”.
Y, por su parte, San Cirilo: añade que “Así pues, cuando venga el Señor y encuentre a los suyos despiertos y ceñidos, teniendo la luz en su corazón, entonces los llamará bienaventurados”. Por tanto, en toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, “perseverar hasta el fin” y obtener el gozo del Cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que “todos los hombres se salven” (1Tim 2,4).
Santa Teresa de Jesús al respecto enseña: “Espera estar en la gloria del Cielo unida a Cristo, su esposo: “Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin”. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

LECCIONES DE APOLOGÉTICA


LECCIONES DE APOLOGÉTICA
APRENDE A VIVIR, DIFUNDIR Y DEFENDER TU FE
¡Ser discípulos misioneros!
LO QUE PIERDE UN CATÓLICO QUE SE HACE PROTESTANTE
Es tanto, tanto lo que pierde un católico que se hace protestante, que apenas si podemos dejar consignada una mínima parte de ello en este número de formación cristiana católica. Y conste que no buscamos una crítica destructiva contra ninguna denominación religiosa, sino que es una postura desde la Verdad de la Revelación en la Biblia y en la santa Tradición Apostólica; porque una cosa es criticar y calumniar como lo hacen ellos con los cristianos católicos, hablar sin fundamento, y otra cosa es ser críticos, fundamentados en la Verdad de la Revelación de Dios al hombre.
1. PIERDE, LOS SACRAMENTOS
Perder los sacramentos es la pérdida más grande de un católico al hacerse protestante: ha perdido ¡EL ORO de la religión de Cristo! por no haber entendido lo que son los Sacramentos, su excelencia, la gran necesidad que de ellos tenemos para poder seguir la Moral de Cristo.
Por su ignorancia religiosa se fueron sin haber conocido su fe, pues no se dieron cuenta de que los Sacramentos son el medio de que se valió Nuestro Señor para confortarnos, para que estemos con El, para ayudarnos a ser buenos y santos.
Los sacramentos fueron instituidos por Cristo
Todos los sacramentos fueron instituidos por Cristo. Él determinó la gracia y el signo sensible correspondiente para cada uno de ellos. Los 7 sacramentos corresponden a las diferentes etapas de la vida de un cristiano: nacimiento, crecimiento, curación y la misión que cada cristiano tiene. Y en cierto modo, existe una semejanza entre las etapas de la vida natural y la vida espiritual (Cfr. S. Tomás de Aquino, S. Th 3, 65, 1).
Aunque en ninguna parte de la Biblia encontramos un texto que hable de todos ellos juntos, encontramos diferentes pasajes que hablan de ellos de manera clara y explícita, veamos:
Bautismo: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 29). “Y les dijo: Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la Creación. El que crea y sea bautizado, se salvará, el que no crea, se condenará.” (Mc 16, 15-16).
Confirmación: “Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (He 8, 17; 19, 6).
Eucaristía: “Mientras estaban cenando, tomó Jesús el pan, y lo bendijo, lo partió, y dándoselo a sus discípulos, dijo: ‘Tomen, coman, este es mi cuerpo. Tomó luego una copa y, dadas las gracias se la dio, diciendo ‘Beban todos de ella’.” (Mt 26, 26-27), porque esta es mi sangre.
Reconciliación: “Yo les aseguro: todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo”. (Mt 18, 18). “A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengan, les quedaran retenidos” (Jn. 20, 23)
Unción de los Enfermos: “expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y se curaban” (Mc 6, 13). “¿Está enfermo alguno entre ustedes? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor”. (Sant 5, 14)
Orden sacerdotal: al final de la última Cena dijo Hagan esto en conmemoración mía. Y este testimonio: “No descuides el carisma que hay en ti, que se comunicó por intervención profética mediante la imposición de manos del colegio de presbíteros”. (1Tim 4, 14)
Matrimonio: “De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mt 19, 6). “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo con respecto a Cristo y a su Iglesia”. (Ef. 5, 31-32)
Por consiguiente, los sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios, pero como signos, también tienen un fin pedagógico. No sólo suponen la fe, sino que a la vez la alimentan, la robustecen y la expresan por medio de palabras y cosas; por esto se llaman sacramentos de la fe. Confieren ciertamente la gracia, pero también la celebración prepara perfectamente a los fieles para recibir con fruto la misma gracia, rendir el culto a Dios y practicar la caridad.
Todos estos dones, que recibimos en los sacramentos, los han dejado de recibir los que han dejado de ser cristianos católicos, llamados a ser apóstoles y a vivir en comunión. Los evangélicos no reconocen los sacramentos instituidos por Jesucristo por los cuales El se hace presente entre nosotros. Lo más grave es que no tienen el sacramento del perdón y de la Eucaristía. Aunque creen en el matrimonio como designio de Dios, no lo tienen como sacramento. Desde luego no tienen sacerdotes porque no tienen el sacramento del Orden sacerdotal…
2. RENUNCIARON A TENER A MARIA POR MADRE
Malamente, los que se han separado de la Iglesia católica, por haberse salido de ella antes de conocerla, piensan que los católicos “adoramos” a María y a los santos en sus imágenes, pero sabemos que no es así. En la Iglesia católica no veneramos las imágenes, sino a las personas que representan las imágenes, y a las imágenes, las valoramos y apreciamos por lo que representan.
En la Iglesia Dios manda alabar a María. El ángel Gabriel enviado por Dios saludó a María con estas palabras: “Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo” (Lc 1,28). Dios Padre ha querido asociar a María a la realización de su Plan de Redención: María está asociada a la obra de su Hijo, el Señor Jesús. No es un simple capricho o exageración el reconocer la maternidad divina de María. El misterio de María está íntimamente unido al misterio de su Hijo. En Ella “todo está referido a Cristo”, subordinado a Él. María no tiene naturaleza divina y todos sus dones le vienen por los méritos de su Hijo, y no por ello deja de ser una mujer única, con dones únicos, para una misión muy particular en la historia de la salvación.
Las objeciones contra la Santísima Virgen María provienen de algunas tendencias fundamentalistas cristianas, principalmente los Evangélicos, los cuales tratan de minimizar el culto a la Virgen, como si la gloria de la Madre fuera en detrimento de la gloria del Hijo.
Nuestro culto a la Santísima Virgen María no disminuye nuestro culto a Cristo, sino que lo acrecienta, pues la Madre siempre nos lleva al Hijo: “Hagan todo lo que El les mande” (Jn. 2, 5).
El poder intercesor de la Santísima Virgen María, lo han perdido los católicos que se han hecho protestantes. Y han perdido la maternidad de María, la Virgen, a la que Cristo nos dio por Madre, cuando crucificado en el Calvario le dijo: Mujer, ahí tienes a tu Hijo (Jn.19, 26), y a pesar de leer esto en sus propias Biblias, los protestantes no la quieren por Madre.

PERDIERON EL CULTO A LA MADRE DE DIOS Y A LOS SANTOS
Dentro del culto especial que los Católicos rendimos a los Santos está, principalmente, su imitación. La intención de la Iglesia al presentarnos a los Santos canonizados es para que imitemos su forma de relacionarse con Dios y sigamos su ejemplo y sus consejos.
La imitación es un principio contenido en la Biblia. No sólo San Pablo aconsejaba que se le imitara a él en su seguimiento de Cristo y a que se siguieran las enseñanzas que trasmitía (Cfr. 1 Cor. 11, 1-2), sino que también recomendó imitar a los guías espirituales que habían ya muerto y que eran considerados dignos de ejemplo: “miren cómo terminaron su vida e imiten su fe” (Hb. 13, 7).
Así como la Virgen María, los Santos siguen intercediendo en el Cielo por nosotros. En efecto, san Juan en el Apocalipsis expresamente nos hace saber que esto es así, cuando nos describe a los Santos ofreciendo nuestras oraciones a Dios. Los describe como “los veinticuatro ancianos” (los guías del pueblo de Dios en el Cielo) “que tenían en sus manos arpas y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos” (Ap. 5, 8). Así que los Santos, aquellos seres humanos que nos han precedido en la gloria eterna, interceden por nosotros ante Dios de manera activa y continua.
Como el protestantismo no es una Religión Sobrenatural, no puede producir Santos. De aquí el odio que tienen por las Imágenes, las que combaten de cuantas maneras pueden.
3. APAGARON LA BÍBLICA ORACIÓN DEL SANTO ROSARIO
Desde siempre, María de Nazaret, ha sido el centro de la vida espiritual de los discípulos de Jesús, después de Él, que es la Puerta, el primero y el último, el centro y fin de la historia. Y Con el rosario el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con “la oración del corazón” u “oración de Jesús”.
La las oraciones que se rezan en el Rosario, tienen su origen en la Biblia, a excepción de algunas palabras o frases, compuestas por la Iglesia. Por ejemplo, la primera mitad del Ave María es textualmente bíblica. La segunda mitad no viene directamente de la Sagrada Escritura, pero su significado es enteramente bíblico: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”.
4. SE OLVIDARON DE QUE HAY INFIERNO
Respecto del Infierno hay errores muy difundidos entre los que han dejado de ser católicos: unos creen que el Infierno no existe. Otros creen que sí existe, pero que allí no va nadie, aduciendo que Dios es infinitamente bueno. Pero no hay que olvidar que Dios es, al mismo tiempo, infinitamente justo.
El infierno es un estado que corresponde, en el más allá, a los que mueren en pecado mortal y enemistad con Dios, habiendo perdido la gracia santificante por un acto personal, es decir, inteligente, libre y voluntario.
Jesucristo habla de lo que es el infierno y vino al mundo para librarnos de ese castigo, a enseñarnos el camino para llegar al Cielo. Por otra parte, si el infierno no existiera, ¿qué sentido tendría la salvación? ¿A qué hubiera venido Jesús al mundo? ¿A salvarnos de qué?
5. PERDIERON EL SENTIDO DE LA UNIDAD Y DE LA AUTORIDAD
Desconocer la autoridad del Papa es no aceptar las Escrituras en su totalidad y, a la vez, desconocer la intención de Jesús de fundar su Iglesia, la Iglesia Católica. Como es imposible no aceptar que los Papas son sucesores directos de San Pedro, el primer Papa, entonces se trata de demostrar que Cristo no edificó su Iglesia sobre Pedro. Hay suficiente evidencia en el Nuevo Testamento de que Pedro era el primero en autoridad entre los Apóstoles. Y por otra parte, los Padres de la Iglesia, aquellos cristianos más cercanos a los Apóstoles en tiempo, cultura y preparación teológica, entendieron en forma clara que Jesús prometió construir su Iglesia sobre Pedro.
Así, al no aceptar este plan de Cristo, los no católicos se han proliferado en miles de grupos, creyendo cada uno lo que mejor le conviene.
6. PERDIERON EL PURGATORIO Y LA ORACIÓN POR LOS DIFUNTOS
Esta doctrina es impugnada por los protestantes, porque, dicen, la palabra Purgatorio no aparece en la Biblia. A esta cuestión podemos responder que, ciertamente la palabra literal no aparece en la Biblia, pero no por eso se puede descartar su existencia, pues a pesar de no aparecer los términos en la Sagrada Escritura, sí aparece la realidad de lo que significan en la Biblia. En II Macabeos nos muestra que el pueblo hebreo creía en un estado intermedio, ni Cielo, ni Infierno eterno, al narrarnos que después de sepultar a los caídos, los soldados de Judas Macabeo “rezaron al Señor para que perdonara totalmente ese pecado a sus compañeros muertos”.
7. LA BIBLIA Y LA TRADICIÓN
Después de esto podemos decir que la revelación divina ha llegado hasta nosotros por la Tradición Apostólica y por la Sagrada Escritura. No debemos considerarlas como dos fuentes, sino como dos aspectos de la Revelación de Dios. La Tradición y la Escritura están unidas y ligadas, de modo que ninguna puede subsistir sin la otra.
La Sagrada Escritura presenta la Tradición como base de la fe del creyente: “Todo lo que han aprendido, recibido y oído de mí, todo lo que me han visto hacer, háganlo” (Fil.4,9); “Lo que aprendiste de mí, confirmado por muchos testigos, confíalo a hombres que merezcan confianza, capaces de instruir después a otros” (2. Tim 2, 2)…
Es un error creer que basta la Biblia para nuestra salvación. Esto nunca lo ha dicho Jesús y tampoco está escrito en la Biblia. Jesús nunca escribió un libro sagrado, ni repartió ninguna Biblia. Lo único que hizo Jesús fue fundar su Iglesia y entregarle su Evangelio para que fuera anunciado a todos los hombres hasta el fin del mundo. Fue dentro de la Tradición de la Iglesia donde se escribió y fue aceptado el N.T., bajo su autoridad apostólica. Además la Iglesia vivió muchos años sin el N.T., el que se terminó de escribir en el año 97 después de Cristo.
Por tanto, si aceptamos solamente la Biblia, ¿cómo sabemos cuáles son los libros inspirados? La Biblia, en efecto, no contiene ninguna lista de ellos. Fue la Tradición de la Iglesia la que nos transmitió la lista de los libros inspirados. Los evangélicos, al aceptar solamente la Biblia, están reduciendo considerablemente el conocimiento auténtico de la Revelación Divina. Guardemos esta ley de oro que nos dejó el apóstol Pablo: “Manténganse firmes guardando fielmente la Tradiciones que les enseñamos de palabra y por carta” (2 Te 2, 15).
En conclusión, expuesto brevemente lo anterior, cabe preguntar ¿en cambio de haber perdido tanto, tantísimo, qué es lo que ha ganado un católico que se ha hecho protestante? Por tanto, es falso que los protestantes conozcan bien la Biblia, pues tuercen lo que ella dice. Por otra parte, ¡a cuántas cosas los invita y compromete su pastor!
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lunes, 7 de noviembre de 2011

XXXII Semana Reflexiones del evangelio de cada día


XXXII Semana
Lunes
Lucas 17, 1-6
“Si tu hermano te ofende siete veces al día, y siete veces viene a ti para decirte que se arrepiente, perdónalo”. El cristiano, por tanto, está llamado a amar y a perdonar según una medida que trasciende toda medida humana de justicia y produce una reciprocidad entre los seres humanos, que refleja la existente entre Jesús y el Padre (cf. Jn 13,34s; 15,1-11; 17,21-26).
A sus discípulos Jesús les pide estar siempre dispuestos a perdonar a cuantos les hayan ofendido, así como Dios mismo ofrece siempre su perdón: “Perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6,12.12-15). Quien se halla en grado de perdonar al prójimo demuestra haber comprendido la necesidad que personalmente tiene del perdón de Dios. El discípulo está invitado a perdonar “hasta setenta veces siete” a quien le ofende, incluso aunque éste no pidiera perdón (Mt 18,21-22).
Sabemos que somos ante Dios insolventes ante nuestras deudas, nuestras culpas. Por eso su perdón no conoce límites. En el lenguaje oriental, es menester perdonar “hasta siete veces siete”. Es perdón sin barreras. En la lógica del Sermón de la Montaña la indulgencia ha de cubrir a los mismos enemigos. Hay que ofrecer la otra mejilla y dar el manto a quien pide túnica. Es el golpe certero del amor indulgente contra la tentación del odio y contra todas las formas de violencia.
Que por la intercesión de Nuestra Madre, la virgen María, sepamos hacer de cada Eucaristía una celebración de hombres y mujeres reconciliados y pues de Ella nace el perdón, en el compartir un mismo Pan y un mismo Cáliz.

Martes
Lucas 17, 7-10
“No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”. En estas palabras que hemos escuchado en el Evangelio, Jesús nos plantea una pregunta que no es posible evitar: ¿Realmente estamos haciendo lo que debemos?
Juan Pablo II decía que el cristiano sabe que, junto con los demás ciudadanos, tiene una responsabilidad muy precisa con respecto al destino de su patria y a la promoción del bien común. La fe impulsa siempre al servicio de los demás, de los compatriotas, considerados como hermanos. Y no puede haber testimonio eficaz sin una fe profundamente vivida, sin una vida enraizada en el Evangelio e impregnada de amor a Dios y al prójimo a ejemplo de Jesucristo.
Para el cristiano dar testimonio quiere decir revelar a los demás las maravillas del amor de Dios, construyendo en unión con sus hermanos el Reino, del que la Iglesia “constituye el germen y el comienzo” (LG, 5).
“… Somos siervos inútiles...”. La fe no busca cosas extraordinarias, sino que se esfuerza por ser útil, sirviendo a los hermanos desde la perspectiva del Reino. Su grandeza reside en la humildad: “Somos siervos inútiles...”. Una fe humilde es una fe auténtica. Y una fe auténtica, aunque sea pequeña “como un grano de mostaza”, puede realizar cosas extraordinarias (Juan Pablo II).
San Beda afirma que “Somos siervos porque hemos sido comprados por precio; inútiles porque el Señor no necesita de nuestras buenas acciones, o porque no son condignos los trabajos de esta vida para merecer la gloria; así la perfección de la fe en los hombres consiste en reconocerse imperfectos después de cumplir todos los mandamientos”.



Miércoles: Basílica de Letrán
Juan 2, 13-22
“Jesús hablaba del templo de su cuerpo”. Hoy celebramos la dedicación de la Basílica de Letrán, es la catedral del Obispo de Roma, el Papa. En esta solemnidad la liturgia nos propone lecturas relativas al templo. El Señor en el Evangelio habla del templo de su cuerpo. Nosotros somos el templo vivo y verdadero de Dios.
La realidad visible de un templo de piedra nos lleva a reflexionar sobre aquel otro templo que somos nosotros mismos. En efecto, Benedicto XVI, nos dice que “la iglesia-edificio es signo concreto de la Iglesia-comunidad, formada por las 'piedras vivas', que son los creyentes, imagen tan querida a los Apóstoles. San Pedro y San Pablo ponen de relieve cómo la 'piedra angular' de este templo espiritual es Cristo y que, unidos a Él y bien compactos, también nosotros estamos llamados a participar en la edificación de este templo vivo".
Todos nosotros… después del Bautismo nos convertimos en templos de Cristo. Y, si pensamos con atención en lo que atañe a la salvación de nuestras almas, tomamos conciencia de nuestra condición de templos verdaderos y vivos de Dios. Dios habita no sólo en templos levantados por los hombres ni en casas hechas de piedra y de madera, sino principalmente en el alma hecha a imagen de Dios y construida por Él mismo, que es su arquitecto. Por esto dice el apóstol Pablo: El templo de Dios es santo: ese templo son ustedes.
Por tanto, por amor a Dios debemos arrojar también nosotros, del templo que somos nosotros mismos, a todos aquellos ‘mercaderes’ y ‘cambistas’ que son nuestros vicios y pecados, con el mismo celo que mostró el Señor.

Jueves
Lucas 17, 20-25
“El Reino de Dios ya está entre ustedes”. La presencia de Jesús y el anunciar de su Evangelio es la realización del reino de Dios en el corazón del hombre: a lo largo de todo el desarrollo de su misión el reino nace y se desarrolla ya en el tiempo, como germen inserto en la historia del hombre y del mundo. Esta realización del reino tiene lugar mediante la palabra del Evangelio y mediante toda la vida terrena del Hijo del hombre, coronada en el misterio pascual con la cruz y la resurrección.
Si en Cristo el Reino de Dios ‘está cerca’ -es más, está presente- de manera definitiva en la historia del hombre y del mundo, al mismo tiempo, su cumplimiento sigue perteneciendo al futuro. Por tanto, el Reino de Dios está cerca, pero aún no se ha realizado plenamente; por eso, unidos a Cristo pidamos todos al Padre: “Venga a nosotros tu reino”(Mt 6, 10).
El librito de la imitación de Cristo en el 1 nos dice qué hemos de hacer para que este Reino de establezca en nuestro corazón, para que el Reino de Dios esté entre nosotros: “… Aprende a menospreciar los intereses exteriores, entrégate a los interiores y verás que el Reino de Dios llega a ti. Porque el Reino de Dios es paz y alegría con el Espíritu Santo (Rm 14,17) que no se da a los faltos de piedad.
Cuando Cristo venga a ti, te mostrará su amor siempre que encuentre allí dentro un hogar preparado. Todo esplendor y belleza se encuentra dentro y ahí le gusta entrar. Frecuentemente visita a la persona de vida interior le conversa suavemente, le manifiesta su afecto, mucha paz y maravillosa intimidad.

Viernes
Lucas 17, 26-37
“Lo mismo sucederá el día en que el Hijo del hombre se manifieste”. Es decir, así sucederá en el fin del mundo, puesto que no concluirá éste antes que todos los hombres buenos y justos sean separados de malos e impíos.
El fin del mundo es muy probable que sea para cada uno de nosotros la hora de nuestra muerte. Hoy podemos preguntarnos: ¿Soy consciente de que detrás de mi muerte está Cristo? ¿Cómo me presentaré ante Él? ¿Cómo estar preparado para ese momento crucial en el que se define mi eternidad? “Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan por la vida libertina, por las borracheras y las preocupaciones de la vida” (Lc 21,34). Sólo quien está despierto no será tomado de sorpresa.
Que no les suceda –advierte Jesús- lo que pasó en tiempo de Noé o en tiempo de Lot, cuando los hombres comían y bebían despreocupadamente, y el diluvio los encontró desprevenidos (cf. Mt 24, 37-38). Lo que quiere darnos a entender el Señor con esta recomendación es que no debemos dejarnos absorber por las realidades y preocupaciones materiales hasta el punto de quedar atrapados en ellas. Debemos vivir ante los ojos del Señor con la convicción de que cada día puede hacerse presente. Si vivimos así, el mundo será mejor.
San Gregorio Magno: Los que aman a Dios se regocijan al ver llegar el fin del mundo, porque encontrarán pronto aquella patria que aman, cuando haya pasado aquel mundo al que no se sienten apegados. Quiera Dios que ningún fiel que desea ver a Dios se queje de las pruebas de este mundo, ya que no ignora la caducidad de este mundo. En efecto, está escrito: “El que ama a este mundo es enemigo de Dios”. Aquel, pues, que no se alegra de ver llegar el fin de este mundo es su amigo y por lo tanto, enemigo de Dios. No será así entre los fieles, entre aquellos que creen que hay otra vida y que manifiestan por sus obras que la aman.
Sábado
Lucas 18, 1-8
“Dios hará justicia a sus elegidos que claman a él”. Luego de afirmar la necesidad de la oración continua y de la perseverancia en la misma, y en vistas a “aquel día”, el Señor ofrece una parábola para salir al paso de aquellos que piensan que Dios no hace justicia a pesar de sus súplicas. Quien así piensa, corre el peligro de abandonar la oración y, como consecuencia, perder la fe.
La viuda de la parábola no tenía cómo “comprar” al juez corrupto, un hombre cínico que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Por más que la causa de esta viuda fuera justa, al juez no le interesaba perder el tiempo con ella. Con un juez así ninguna viuda tenía las de ganar. Sin embargo, ante una situación tan desalentadora, ella persevera en su súplica día tras día hasta que el juez decide hacerle justicia para liberarse de la continua molestia. Es así como por su insistencia y persistente súplica la viuda obtuvo justicia.
De esta parábola el Señor Jesús saca la siguiente conclusión: si aquel juez inicuo le hizo justicia a la viuda por su terca e insistente súplica, “Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?”. Ante la tentación del desfallecimiento por una larga espera, ante las duras pruebas e injusticias sufridas día a día, los discípulos deben perseverar en la oración y en la súplica, con la certeza de que Dios “les hará justicia sin tardar” y les dará lo que en justicia les pertenece (ver Lc 16,12).
El Señor Jesús da a entender que la fidelidad de Dios y el cumplimiento de sus promesas están garantizados. La gran pregunta más bien es si los discípulos mantendrán la fe durante la espera y las pruebas que puedan sobrevenirles: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esa fe sobre la tierra?”
San Agustín enseña que “La perseverancia del que ruega debe durar hasta que se consiga lo que se pida en presencia del Justo Juez. Por tanto, deben estar bien seguros los que ruegan a Dios con perseverancia, porque Él es la fuente de la justicia y de la misericordia”.

sábado, 5 de noviembre de 2011

XXXII Domingo TO/A Homilía sobre la segunda lectura


XXXII Domingo del Tiempo Ordinario/A (1Tes 4, 13-18)
A los que mueren en Jesús, Dios os llevará con Él
En la Segunda Lectura (1 Tes 4, 13-18) San Pablo nos muestra en qué consiste la muerte para los creyentes. A la luz de Dios, la muerte no es motivo para “vivir tristes, sino para vivir en esperanza”, pues la muerte es el paso necesario para el encuentro definitivo con el Señor. Por esto San Pablo nos dice: “a los que murieron en Jesús, Dios los llevará con Él”. Dios nuestro Señor nos llevará a esa meta que El nos ha prometido: el Reino de los Cielos. Eso sí: siempre y cuando hagamos lo requerido por El.
Sabemos que la muerte forma parte de la condición humana; es el momento terminal de la fase histórica de la vida. En la concepción cristiana, la muerte es un paso: de la luz creada a la luz increada, de la vida temporal a la vida eterna.
Ahora bien, si la persona y la enseñanza de Cristo es la fuente de la que el cristiano recibe luz y energía para vivir como hijo de Dios, ¿a qué otra fuente se dirigirá para sacar la fuerza necesaria para morir de modo coherente con su fe? Como ‘vive en Cristo’, así no puede menos de ‘morir en Cristo’. Y estar dispuestos a morir por Cristo supone la decisión de aceptar con generosidad y coherencia las exigencias de la vida cristiana; es decir, significa vivir para Cristo.
Pero ¿Qué significa "morir en Cristo"? Significa ante todo, leer el evento desgarrador y misterioso de la muerte a la luz de la enseñanza del Hijo de Dios y verlo, por ello, como el momento de la partida hacia la casa del Padre, donde Jesús, pasando también Él a través de la muerte, ha ido a prepararnos un lugar (cf. Jn 14, 2).
“Morir en Cristo” significa, además, confiar en Cristo y abandonarse totalmente a Él, poniendo en sus manos -de hermano, de amigo, de buen Pastor- el propio destino, así como Él, muriendo, puso su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46). Significa cerrar los ojos a la luz de este mundo en la paz, en la amistad, en la comunión con Jesús, porque nada, "ni la muerte ni la vida... podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rm 8, 38-39). En aquella hora suprema, el cristiano sabe que, aunque el corazón le reproche algunas culpas, el Corazón de Cristo es más grande que el suyo y puede borrar toda su deuda si él está arrepentido (cf. 1 Jn 3, 20).
“Morir en Cristo” significa también, fortificarse para aquel momento decisivo con los ‘signos santos’ del ‘paso pascual’: el sacramento de la Penitencia, que nos reconcilia con el Padre y con todas las creaturas; el santo Viático, Pan de vida y medicina de inmortalidad; y la Unción de los enfermos, que da vigor al cuerpo y al espíritu para el combate supremo.
“Morir en Cristo” significa, finalmente, “morir como Cristo” orando y perdonando; teniendo junto a sí a la bienaventurada Virgen. Como madre, Ella estuvo junto a la cruz de su Hijo (cf. Jn 19, 25); como madre está al lado de sus hijos moribundos, Ella que, con el sacrificio de su corazón, cooperó a engendrarlos a la vida de la gracia (cf. Lumen gentium, 53); está al lado de ellos, presencia compasiva y materna, para que del sufrimiento de la muerte nazcan a la vida de la gloria.
De cara a la muerte san Ignacio de Antioquía decía: “Para mí es mejor morir en Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a Él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima [...] Dejadme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre” (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos 6, 1-2).
Por esto, la Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte (“De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor”: Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros “en la hora de nuestra muerte” (Avemaría), y a confiarnos a san José, patrono de la buena muerte: “Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieras de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado (preparado), ¿cómo lo estarás mañana?” (De imitatione Christi 1, 23, 1) (CIgC 1014).