miércoles, 16 de marzo de 2011

Libro, "Creo en el perdón de los pecados".


"CREO EN EL PERDÓN DE LOS PECADOS”
Sr. Cura Dr. Félix Castro Morales

INTRODUCCIÓN

Cristo no sólo nos logró el perdón de los pecados, sino que quiso prolongar este don a través de su Iglesia cuando confirió su poder de perdonar a los apóstoles.
El perdón de los pecados se efectúa dentro de la Iglesia y por lo tanto no se puede recibir sino es en ella y tal y como ella estipula. Ni siquiera el sacerdote es dueño de decidir lo que hay que perdonar y cómo hay que hacerlo.
El Bautismo es el primer sacramento que perdona los pecados. La confesión es el siguiente. Cristo quiso ligar el perdón de los pecados a la fe en la Iglesia y a la recepción de manos de ésta de ese perdón. Por eso no basta el mero arrepentimiento ni tampoco el atribuirse control sobre el bien y el mal o sobre el modo de recibir el perdón.
Tras confesar la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos -que es un aspecto de esa fe, pues significa que creemos que los que fueron miembros de la Iglesia siguen perteneciendo a ella después de su muerte-, el Credo nos invita a proclamar nuestra convicción en el perdón de los pecados, un perdón inmerecido por el hombre y otorgado gratuita y generosamente por Dios mediante el sacrificio de Cristo.
“El Símbolo de los Apóstoles, vincula la fe en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos. Al dar el Espíritu Santo a sus apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’ (Jn 20,22-23)” .
La primera conclusión, por lo tanto, es la de que el hombre no tiene poder para perdonar pecados, pues ese poder es exclusivamente divino. Ahora bien, por el sacramento del orden sacerdotal, con la efusión del Espíritu Santo que conlleva, el sacerdote participa de ese poder y, en el nombre de Cristo, puede perdonar los pecados al penitente, siempre que cumpla las condiciones impuestas por Cristo, es decir aquellas que establece la Iglesia.
Por eso precisamente el Catecismo recuerda que el poder de perdonar está vinculado no sólo a la fe en el poder redentor de Dios sino también a la fe en la Iglesia. Es en la Iglesia donde se recibe el perdón de los pecados, pues la capacidad de perdonar fue conferida por Cristo sólo a sus apóstoles, columnas de la Iglesia naciente, y a sus sucesores los apóstoles.
Precisamente porque esta relación entre el perdón y la Iglesia no se tiene en cuenta lo suficiente, se producen las confusiones y errores que tan frecuentemente se dan hoy en día.
Uno de los errores más comunes es el de creer que el pecador puede absolverse a sí mismo. La gente lo dice de esta manera: “Yo me confieso con Dios”. Ciertamente, esa “confesión” con Dios es el primer paso, pues antes de recibir la absolución de manos del sacerdote es preciso haber hecho “examen de conciencia” y haberle pedido perdón a Dios en lo íntimo del corazón. Pero si Cristo, que es quien establece la posibilidad de que los pecados sean perdonados, hubiera querido que cada uno recibiera el perdón por un mero arrepentimiento interior individual sin medicación humana, es evidente que no habría hablado a sus apóstoles como lo hizo.
El segundo error es aquel en el que caen los que consideran que pueden, a su antojo, establecer la moralidad de los actos. La bondad o malicia de las cosas es, según muchos -sacerdotes incluidos- un asunto subjetivo. Ni el laico ni el sacerdote son los dueños de los criterios de moralidad. Es de nuevo la Iglesia la única que está autorizada a perdonar y, precisamente por eso, a establecer qué es lo que ha de ser perdonado, qué está bien y qué está mal.
“No es de extrañar que este fenómeno esté particularmente acentuado en sociedades marcadas por una ideología post-iluminista. Cuando Dios es excluido de la esfera pública, desaparece el sentido de la ofensa contra Dios, “el verdadero sentido del pecado”; y precisamente cuando se relativiza el valor absoluto de las normas morales, las categorías de bien o mal se difuminan, juntamente con la responsabilidad individual” .
Otro error frecuente es el que se comete cuando no se respetan las normas establecidas por la Iglesia para llevar al cabo el sacramento de la reconciliación. Por ejemplo, cuando algunos sacerdotes imparten la absolución colectiva sin confesión personal de los pecados mortales, cosa que está permitida sólo en algunos casos muy extremos que prácticamente nunca se dan. Lo mismo que en el caso anterior, el sacerdote no es el dueño del poder de perdonar y, por lo tanto, esa absolución no es válida. El sacerdote sólo perdona los pecados cuando lo hace en comunión con la Iglesia, no cuando se salta las normas que ésta impone.
Al respecto la Reconciliatio et Poenitentia n. 32, dice que “La celebración comunitaria del sacramento de la reconciliación, según las normas establecidas por la Iglesia debe, sin embargo, encontrar su culmen en la confesión y absolución individuales de los penitentes y tampoco puede ofuscar de ningún modo la celebración individual del sacramento como momento de encuentro personal con la gracia de la conversión. La reconciliación de cada penitente individualmente constituye, de hecho, “constituye el único modo normal y ordinario de la celebración sacramental”.
A la hora de hablar del perdón de los pecados hay que hablar también de los efectos redentores que tiene el sacramento del Bautismo. “El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado por nuestra justificación” . “En el momento en que hacemos nuestra primera profesión de fe, al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan completo el perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de la falta original, sea de las faltas cometidas por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir por expiarlas. Sin embargo, la gracia del Bautismo no libra a la persona de todas las debilidades de la naturaleza. Al contrario, todavía nosotros tenemos que combatir los movimientos de la concupiscencia que no cesan de llevarnos al mal” .
Por lo tanto, el primer sacramento del perdón es el Bautismo, el cual, en el caso de ser recibido de adulto, nos libra no sólo del pecado original sino también de los pecados personales cometidos sin necesidad de que debamos confesarnos de ellos. Ahora bien, no arranca de nosotros la concupiscencia -la inclinación al mal, la seducción de la tentación-, por lo cual tenemos que seguir luchando para mantenernos en el estado de gracia recibido.
S. Ambrosio habla de dos conversiones que, en la Iglesia, “existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia” (Ep. 41,12). Y el siervo de Dios, Juan Pablo II, en la audiencia general del 15 de noviembre de 1989, dice que “Cumpliendo fielmente lo que Cristo había establecido (cf. Mc 16, 16; Mt 28, 19), Pedro exige no sólo “la conversión”, sino también el bautismo en el nombre de Cristo “para remisión de los pecados” (Hch 2, 38). En efecto, los Apóstoles, el día de Pentecostés, quedaron “llenos del Espíritu Santo” (cf. Hch 2, 4). Por eso, transmitiendo la fe en Cristo Redentor, exhortan al bautismo que es el primer sacramento de esta fe. Puesto que ese bautismo realiza la remisión de los pecados, la fe debe encontrar en el bautismo la propia expresión sacramental para que el hombre se haga partícipe del don del Espíritu Santo.
Porque el hombre no es capaz de ser siempre fiel a la gracia de Dios y, por lo tanto, peca, es por lo que era necesario que la Iglesia “fuese capaz de perdonar los pecados a todos los penitentes, incluso si hubieran pecado hasta el último momento de su vida” .
La capacidad de perdonar conferida por Cristo a la Iglesia afecta a todo tipo de pecado: “No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar... Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado” .
Lo repetimos y lo concluimos: por medio del sacramento de la Penitencia, el bautizado puede reconciliarse con Dios, con la Iglesia y con la comunidad. No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero. Cristo que ha muerto por todos los hombres quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado.

"Creo en el perdón de los pecados", compartiendo mi libro n 23.

sábado, 19 de julio de 2008

Cristo, Buen Pastor, la Puerta de salvación

Domingo Cuarto


En este domingo pascual la Iglesia nos presenta la figura de Cristo, Buen Pastor, que nos lleva al Padre, que da su vida por nosotros, que nos alimenta con los pastos sabrosos de su Palabra y de su Cuerpo y de su Sangre, que nos defiende del lobo rapaz, del demonio y de sus secuaces. En el Evangelio Cristo se presenta como la puerta, con una intención muy concreta. Puerta significa entrada, acogida, mediación, acceso. “El que entre por mí se salvará... encontrará pastos”. Cristo se revela como el enviado del Padre, el verdadero Maestro, que invita a entrar a la casa de Dios. Él es la puerta, en virtud de su muerte-resurrección: la entrada es libre a la salvación, a “los pastos”, a “la vida abundante”.

“Yo soy la puerta”. “Muy muchas veces lo he visto por experiencia; me lo ha dicho el Señor; he visto claro que por esta puerta hemos de entrar”, dice Santa Teresa de Jesús. Cristo Jesús es la verdadera puerta a la salvación, Cristo es la entrada a los pastos verdaderos, al Padre. En un mundo lleno de voces Jesús aparece como la única Puerta, la única respuesta y el único camino, que da sentido a nuestra existencia; él es la única puerta de acceso a la verdad y a la vida. Así nos enseña san Pedro: Cristo es el único Salvador, en quien tenemos el perdón de los pecados, porque ha entregado su vida por nosotros.

Salvarse va a consistir en creer en él, convertirse a él, bautizarse y agregarse a su comunidad eclesial. O sea, «entrar por la puerta que es Cristo», que no supone sólo la pacífica posesión de un certificado de bautismo, sino oír su voz, seguirle, formar activamente parte de su comunidad: no andemos descarriados como ovejas sin pastor, volvamos al Pastor y “guardián de sus vidas”. No hay otro Pastor ni otra Puerta legitima: sólo Cristo, el Señor.

Por otra parte, el Evangelio alude a los pastores que, en nombre de Cristo, guían al pueblo. Hay pastores auténticos, los que entran por la puerta verdadera, guías que animan y conducen al pueblo a los pastos, que son de Cristo: su verdad, su gracia, su vida. Pero puede haber también otros que “no entran por la puerta”. Cristo les llama ladrones y bandidos: falsos profetas que se han dado a si mismos un encargo que no es el de Cristo y se sienten dueños y no servidores.

Cristo ha querido que haya personas que colaboren con El para la guía y defensa del pueblo cristiano. Los obispos, presbíteros y diáconos, ministros ordenados: que han entrado por la puerta de Cristo, configurados a él por un sacramento especial; que han recibido, como Pedro, el comprometido encargo: “Apacienta mis ovejas”. Pero todos somos sus lugartenientes: Sólo Jesús puede decir: “Yo soy el Buen Pastor, Yo soy el único; todos los demás forman conmigo una sola unidad. Quien apacienta fuera de Mí, apacienta contra Mí; quien conmigo no recoge, desparrama”[1], comenta san Agustín.

Y al respecto San Gregorio de Nisa enseña: “¿Dónde pastoreas, Pastor Bueno, Tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey? Muéstrame el lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame por mi nombre, para que yo escuche tu voz y tu voz me dé la vida eterna”[2]. Y el buen Pastor nos responderá: “Oveja perdida, ven sobre mis hombros; que hoy no sólo tu Pastor soy, sino tu pasto y tu puerta también. Por descubrirte mejor cuando balabas perdida, dejé en un árbol la vida, donde me subió tu amor; si prenda quieres mayor, mis obras hoy te la den. Oveja perdida, ven sobre mis hombros, yo soy tu puerta; que hoy no sólo tu Pastor soy sino tu pasto y tu puerta también”[3].

Palabra y Eucaristía, el camino para encontrar al Camino

Domingo Tercero


La narración del Evangelio parte de de Jerusalén a Emaús (vv.13-32) y de Emaús a Jerusalén (vv. 33-35). Para san Lucas, Jerusalén es el lugar donde están los once y los demás. Jerusalén es el grupo creyente. Los dos de Emaús han abandonado el grupo y retornan a él.

Jesús caminaba junto a dos hombres que sólo iban a Emaús. Estos andaban un camino muy corto; aquél, resucitado, acababa de comenzar con su vida y con su entrega a la muerte un camino mucho más largo y ambicioso, el camino del hombre, de todo hombre hacia el Reino de Dios. En efecto, en los dos de Emaús estamos representados todos los cristianos.

El mensaje que nos quiere dar este relato es que reconozcamos a Jesús resucitado en nuestra vida, pero sobre todo en la eucaristía: al escuchar la Palabra del resucitado y al partir el Pan; que, al mismo tiempo, implica la misión de anunciarlo a los demás. Esta enseñanza tiene lugar, en n día como hoy, “el primer día de la semana”, Día del Señor, es un día destinado a que los ojos se nos abran después de participar en la escuela de la Palabra y en la fracción del pan: comiendo el pan de la Palabra y el Cuerpo y la Sangre del Resucitado.

Por tanto, las vías de acceso para encontrar de forma viva y personal a Jesús son a) la Palabra. “Les explicó las Escrituras... ¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?”, b) la Eucaristía: “Se les abrieron los ojos y lo reconocieron... y contaron cómo le habían reconocido al partir el pan”, c) la comunidad: “Y se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que les dijeron: es verdad, ha resucitado el Señor”.

Los cristianos tenemos un momento en el que partimos el pan y oímos las Escrituras: es la Misa…; en ella, Jesús se nos hace presente y se nos ofrece como alimento. Finalmente nos levantamos y volvemos al lugar de donde hemos venido, nos disponemos a rehacer el camino, a vivirlo con nueva ilusión, a anunciar a los demás la alegría de haber visto al Señor.

Qué importante es que participemos en plenitud de la Misa para salir con el corazón enardecido, reanimados para vivir la experiencia del encuentro con Jesús durante la semana y hacerla vida propia. Pero esto, a condición que nos encontremos con Cristo en la fracción del pan, alimentados con la Eucaristía…

Por tanto, intentemos seriamente, sacerdotes y laicos, vivir el encuentro semanal con Cristo como algo trascendente para nuestra vida cristiana, como el momento más importante del día, ese momento que deje en cada uno de nosotros, la misma impresión indeleble, que el encuentro con Cristo, dejó en los discípulos de Emaús.

No nos dejemos atrapar por la indiferencia y el pesimismo. Renovemos semanalmente el impulso que nos hace seguir a Jesucristo. Que salgamos con el deseo de contarle a los que no han venido la gran nueva que los de Emaús dieron a los discípulos de Jerusalén: es cierto que Jesucristo ha resucitado. Con esta conciencia de la presencia de Jesús entre nosotros podremos superar el pesimismo y el desaliento, y decirle con el corazón al Divino Caminante:

Porque anochece ya, porque es tarde, Dios mío, porque temo perder las huellas del camino, no me dejes tan solo y quédate conmigo. Porque he sido rebelde y he buscado el peligro y escudriñé curioso las cumbres y el abismo, perdóname, Señor, y quédate conmigo. Porque ardo en sed de ti y en hambre de tu trigo, ven, siéntate a mi mesa, bendice el pan y el vino. ¡Qué aprisa cae la tarde! ¡Quédate al fin conmigo! Amén.