jueves, 17 de marzo de 2011

CAPÍTULO SEXTO: LOS SACRAMENTOS DEL PERDÓN DE LOS PECADOS, del Sr. Cura Dr. Félix Castro Morales


CAPÍTULO SEXTO
LOS SACRAMENTOS DEL PERDÓN DE LOS PECADOS


La misericordia constituye el centro mismo de la Revelación y de la Alianza. La misericordia, tal como la explicó y practicó Jesús, “rico en misericordia”, es la cara más auténtica del amor, es la plenitud de la justicia. En efecto, la misericordia no tiene patria, pero está presente en todas partes; no tiene casa, pero está en todas las casas que escuchan la Voz y dejan “entrar la salvación”. La misericordia es para siempre, y se dirige a todas las categorías de la sociedad. No excluye a nadie, pero está sobre todo en favor de los más pobres y de los afligidos. El Prof. da Silva terminó afirmando que experimenta la misericordia sólo Aquél que ama mucho, que escucha, que llora, por ejemplo, la agonía de un inocente, enjuga la sangre que él ha derramado y se apresura a ir a aspirar, en la tumba, el perfume nuevo de la Resurrección.
Los Templos son como el buen corazón del hombre, llenos de gracia, de amor y de misericordia en Jesucristo, a través de María. La Misericordia tiene necesidad de ‘entrañas de humanidad’ para acoger a tantos caminantes llenos de preguntas, cansados y en busca de puntos de referencia y de reconocimiento. En la iglesia, Jesús sigue dando a cada uno su misericordia (cf. Os 11, 8), mas Él no puede dar amor sin ese rostro afectuoso que lo identifica. Todo hombre debe recordar que está sujeto a la gracia de Dios (cf. Rom 8, 34), no hay hombre condenado mientras haya vida.
Han pasado dos mil años, pero es siempre consolador para los pecadores necesitados de misericordia -y ¿quién no lo es?- aquel ‘hoy’ de la salvación que en la Cruz abrió las puertas del Reino de Dios al ladrón arrepentido: “En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.
“La parábola del hijo pródigo es, ante todo, la inefable historia del gran amor de un padre –Dios- que ofrece al hijo que vuelve a Él el don de la reconciliación plena. Pero dicha historia, al evocar en la figura del hermano mayor el egoísmo que divide a los hermanos entre sí, se convierte también en la historia de la familia humana: señala nuestra situación e indica la vía a seguir. El hijo pródigo, en su ansia de conversión, de retorno a los brazos del padre y de ser perdonado representa a aquellos que descubren en el fondo de su propia conciencia la nostalgia de una reconciliación a todos los niveles y sin reservas, que intuyen con una seguridad íntima que aquélla solamente es posible si brota de una primera y fundamental reconciliación, la que lleva al hombre de la lejanía a la amistad filial con Dios, en quien reconoce su infinita misericordia. Sin embargo, si se lee la parábola desde la perspectiva del otro hijo, en ella se describe la situación de la familia humana dividida por los egoísmos, arroja luz sobre las dificultades para secundar el deseo y la nostalgia de una misma familia reconciliada y unida; reclama por tanto la necesidad de una profunda transformación de los corazones y el descubrimiento de la misericordia del Padre y de la victoria sobre la incomprensión y las hostilidades entre hermanos.
A la luz de esta inagotable parábola de la misericordia que borra el pecado, la Iglesia, haciendo suya la llamada allí contenida, comprende, siguiendo las huellas del Señor, su misión de trabajar por la conversión de los corazones y por la reconciliación de los hombres con Dios y entre sí, dos realidades íntimamente unidas” .
El Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón y de toda misericordia. Él realiza la reconciliación de los pecadores por la Pascua de su Hijo y el don de su Espíritu, a través de la oración y el ministerio de la Iglesia, como reza la oración del sacramento de la reconciliación: Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (OP 102).
El confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios. El ministro de este sacramento debe unirse a la intención y a la caridad de Cristo (cf PO 13). Debe tener un conocimiento probado del comportamiento cristiano, experiencia de las cosas humanas, respeto y delicadeza con el que ha caído; debe amar la verdad, ser fiel al magisterio de la Iglesia y conducir al penitente con paciencia hacia su curación y su plena madurez. Debe orar y hacer penitencia por él confiándolo a la misericordia del Señor .
“El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud del cuerpo (cf Mc 2,1-12), quiso que su Iglesia continuara, en la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y de salvación, incluso en sus propios miembros. Este es finalidad de los dos sacramentos de curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los enfermos” .
El catecismo de la Iglesia Católica (984-986) habla explícitamente del perdón de los pecados por el Bautismo, el Sacramento de la Penitencia y los demás sacramentos, sobre todo la Eucaristía. Aquí basta con evocar brevemente, por tanto, algunos datos básicos, para introducirnos a los siguientes temas: «El Credo relaciona ‘el perdón de los pecado’ con la profesión de fe en el Espíritu Santo. En efecto, Cristo resucitado confió a los apóstoles el poder de perdonar los pecados cuando les dio el Espíritu Santo.
El Bautismo es el primero y principal sacramento para el perdón de los pecados: nos une a Cristo muerto y resucitado y nos da el Espíritu Santo.
Por voluntad de Cristo, la Iglesia posee el poder de perdonar los pecados de los bautizados y ella lo ejerce de forma habitual en el sacramento de la penitencia por medio de los obispos y de los presbíteros».


1. E l BAUTISMO
En Jesucristo vemos que Dios viene a nuestro encuentro. En el bautismo cristiano, instituido por Cristo, no actuamos sólo nosotros con el deseo de ser lavados, con la oración para obtener el perdón. En el bautismo actúa Dios mismo, actúa Jesús mediante el Espíritu Santo. En el bautismo cristiano está presente el fuego del Espíritu Santo. Dios actúa, no sólo nosotros. Dios está presente en cada celebración del bautismo. Él asume y hace hijos suyos a los que son bautizados.
Dios, al crear al hombre, le concedió el don de la gracia santificante, elevándolo a la dignidad de hijo suyo y heredero del cielo. Con el pecado original el hombre rompió su amistad con Dios, perdiendo la vida de la gracia y los dones preternaturales. A partir de ese momento, todos los hombres -con la sola excepción de la Bienaventurada Virgen María- somos concebidos con el alma manchada por el pecado y privada de la vida sobrenatural.
En la persona que se bautiza se opera la remisión del pecado original y -en los adultos- la remisión de todos los pecados personales, sean mortales o veniales; y también se recibe la santificación interna, por la infusión de la gracia santificante, con la cual siempre se reciben también las virtudes teologales -fe, esperanza y caridad-, las demás virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo. Puede decirse que Dios toma posesión del alma y dirige el movimiento de todo el organismo sobrenatural, que está ya en condiciones de obtener frutos de vida eterna.
Estos dos efectos se resumen, por ejemplo, en el texto de la Sagrada Escritura que dice: “Bautícense en el nombre de Jesucristo para remisión de sus pecados (perdón de los pecados), y recibirán el don del Espíritu Santo (santificación interior)” (Hch 2, 38). Otros textos: I Cor. 6, 11; Hechos 22, 16; Rom, 6, 3ss.; Ti. 3, 5; Juan 3, 5, etc.
El Magisterio de la Iglesia explica así la realidad del organismo sobrenatural que recibe el bautizado: “La Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la gracia de la justificación que:
 -lo hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo mediante las virtudes teologales;
 -le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo;
 -le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.
 Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo” (CIgC 1266)
En efecto, en el credo confesamos: creo en un solo bautismo para el perdón de los pecados. Sobre este punto, el Catecismo de la Iglesia Católica, enseña (nos. 977 al 980) que «Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo: “Vayan por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará” (Mc 16, 15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (cf. Rm 4, 25), a fin de que “vivamos también una vida nueva” (Rm 6, 4).
“En el momento en que hacemos nuestra primera profesión de Fe, al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan completo el perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de la falta original, sea de las faltas cometidas por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir para expiarlas... Sin embargo, la gracia del Bautismo no libra a la persona de todas las debilidades de la naturaleza. Al contrario, todavía nosotros tenemos que combatir los movimientos de la concupiscencia que no cesan de llevarnos al mal” (Catech. R. 1, 11, 3).
En este combate contra la inclinación al mal, ¿quién será lo suficientemente valiente y vigilante para evitar toda herida del pecado? “Si, pues, era necesario que la Iglesia tuviese el poder de perdonar los pecados, también hacía falta que el Bautismo no fuese para ella el único medio de servirse de las llaves del Reino de los cielos, que había recibido de Jesucristo; era necesario que fuese capaz de perdonar los pecados a todos los penitentes, incluso si hubieran pecado hasta en el último momento de su vida” (Catech. R. 1, 11, 4).
Por medio del sacramento de la penitencia el bautizado puede reconciliarse con Dios y con la Iglesia: Los padres tuvieron razón en llamar a la penitencia “un bautismo laborioso” (San Gregorio Nacianceno., Or. 39. 17). Para los que han caído después del Bautismo, es necesario para la salvación este sacramento de la penitencia, como lo es el Bautismo para quienes aún no han sido regenerados (Cc de Trento: DS 1672)».
Es verdad de fe (Concilio de Trento, DS 1316¸Catecismo, 1263), que el Bautismo produce la remisión de todas las penas debidas por el pecado.
Se supone, naturalmente, que en caso de recibirlo un adulto, debe aborrecer internamente todos sus pecados, incluso los veniales.
Por esto, san Agustín enseña que el bautizado que partiera de esta vida inmediatamente después de recibir el sacramento, entraría directamente en el cielo (cf. De peccatorum meritis et remissione, II, 28, 46).
Santo Tomás explica el porqué de este efecto con las siguientes palabras: “La virtud o mérito de la pasión de Cristo obra en el Bautismo a modo de cierta generación, que requiere indispensablemente la muerte total a la vida pecaminosa anterior, con el fin de recibir la nueva vida; y por eso quita el Bautismo todo el reato de pena que pertenece a la vida anterior. En los demás sacramentos, en cambio, la virtud de la pasión de Cristo obra a modo de sanación, como en la Penitencia. Ahora bien: la sanación no requiere que se quiten al punto todas las reliquias de la enfermedad” (In Ep. ad Romanos, c. 2, Lect. 4).
Así, pues, el bautismo libera al hombre de la culpa original y perdona sus pecados, lo rescata de la esclavitud del mal y marca su renacimiento en el Espíritu Santo; le comunica una vida nueva, que es participación en la vida de Dios Padre y que nos ofrece su Hijo unigénito, hecho hombre, muerto y resucitado. Por consiguiente, El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del bautizado “una nueva creación” (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho “partícipe de la naturaleza divina” (2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con Él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19).


2. EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN
Nosotros actuamos como enviados de Cristo y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a Él, recibamos la justificación de Dios (2 Cor 5, 20-21).
En este tiempo de Cuaresma, tiempo de gracia y salvación, Jesús nos convoca una vez más a la conversión del corazón. Hoy, como a los cristianos de corinto, San Pablo nos propone el anuncio gozoso de la reconciliación que el Padre nos ofrece en su Hijo Jesucristo: reconcíliense con Dios para que reciban así la justicia que Cristo nos mereció en su Misterio Pascual y gracias a la cual somos criaturas nuevas.
Déjense reconciliar con Dios
La Iglesia, pues, nos llama a fijar nuestra mirada en el Padre de toda misericordia, el Dios rico en piedad y compasión, cuyas entrañas se conmueven cuando cualquiera de sus hijos, alejado por el pecado, retorna a El y confiesa su culpa. ¡Miren al Padre que nos bendijo en Cristo con el perdón de los pecados! ¡Miren a quien es la fuente inagotable de la misericordia y que, a través de la Iglesia, nos suplica el retorno a El! ¡Déjense reconciliar con Dios! El abrazo que el Padre dispensa a quien, habiéndose arrepentido, va a su encuentro, será la justa recompensa por el humilde reconocimiento de las culpas propias y ajenas, que se funda en el profundo vínculo que une entre sí a todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo.
Dios ama al hombre
Toda nuestra vida es una peregrinación hacia la casa del Padre, del cual se descubre cada día su amor incondicional por toda criatura humana, y en particular por el 'hijo pródigo'. Para descubrir el amor de Dios y experimentarlo en nuestra vida. Este tiempo es una llamada a retornar al Padre: dejarse reconciliar por El a través del ministerio que ha recibido la Iglesia y que sus ministros realizan como embajadores de Cristo y administradores del perdón. En el nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios.
Esta llamada a la conversión y reconciliación halla su genuino contexto teológico en la revelación de que Dios es amor. Éste es el anuncio básico y prioritario de la Iglesia. Dios ama al hombre. Por amor lo creó. Por amor, después de que hubiera pecado y, aun siendo pecador, envió su Hijo Jesucristo en la plenitud de los tiempos; por amor, nos lo entregó en la cruz y lo hizo para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención, Por amor, Dios nos llama cada día a vivir en Cristo nuestra nueva condición de santos e inmaculados en el amor de forma que seamos testigos de su amor en medio del mundo. La conversión a la que nos invita la Iglesia, en efecto, pretende que cada cristiano retorne a Dios y viva la caridad en su doble vertiente de amor a Dios y a los hombres, síntesis perfecta de la vida moral del bautizado. Durante la Cuaresma, la invitación a volver a Dios es inseparable de la llamada a vivir las exigencias de caridad con el prójimo practicando la limosna y la acogida de los pobres y necesitados en los que Cristo nos recuerda su presencia crucificada.
El sacramento de la confesión
La palabra de Cristo y de su Iglesia nos invitan a pedir perdón por nuestros pecados, a renovar nuestra vida recibiendo de Dios la misericordia que nos recrea y a peregrinar hacia el Padre desde la humilde confesión del hijo pródigo: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti. Si cada cristiano, iluminado por Dios, reaviva en su corazón la conciencia de su pecado, y se levanta presto al encuentro del Padre, toda la Iglesia y el mundo se renovarán al beneficiarse de la misma gracia con que Dios perdona y regenera a quien se vuelve a El movido por el amor y el arrepentimiento. No debemos olvidar, a este respecto, las llamadas que el Papa Juan Pablo II hacía en orden a renovar y revitalizar en la Iglesia el sacramento del perdón, para que los dones de la redención de Cristo lleguen a todos los hombres y a cada uno de nosotros.
1) El don del perdón otorgado a los pecadores
La experiencia de la redención de Cristo
El deterioro de la estima y celebración del sacramento de la penitencia supone un golpe de muerte a la vida cristiana, en cuanto vida en Cristo. Alguien que no haya experimentado el perdón de los pecados no podrá invocar a Cristo como Redentor. La experiencia de la redención de Cristo, como liberación del pecado que conduce a la muerte, es inseparable de la experiencia eclesial en la que el pecador escucha las palabras consoladoras de Cristo a través de su ministro: “Yo te absuelvo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espirita Santo”. Vivir en Cristo, bajo la fuerza del Espíritu, es vivir en el ámbito de la gracia misericordiosa del perdón. En Cristo, y solo en El, obtenemos la redención, el perdón de los pecados.
Si nos atenemos a los datos de la vida y del ministerio de Cristo que contienen los evangelios, observamos que el Evangelio de Cristo es esencialmente la proclamación del perdón que Dios otorga al hombre pecador. Desde el anuncio de su Encarnación, la obra de Cristo es salvar a su pueblo de sus pecados. Eso significa el nombre Jesús. Cuando Jesús, el Hijo de Dios, retorne al Padre, lo hará, habiendo realizado la purificación de los pecados. Su ministerio como Hijo de Dios, Siervo de Yahvé y Sumo Sacerdote, tiene como finalidad expiar los pecados de los hombres de una vez por todas, de modo que los hombres tengan libre y definitivo acceso a Dios, sin otra mediación que la del Cuerpo y Sangre de Cristo entregados a favor de los hombres. La eucaristía, en efecto, es el sacrificio con el que Cristo consuma su obra para perdón de los pecados.
Las parábolas de la misericordia
Si toda la obra de Cristo tiende a otorgar el perdón de los pecados, se comprende, que tanto, el núcleo de la predicación de Jesús cómo muchos de sus gestos salvíficos vayan dirigidos a revelarnos la misericordia de Dios con el hombre pecador. Las parábolas de la misericordia, reunidas cuidadosamente por san Lucas en su evangelio, ofrecen el rostro de Dios misericordioso que busca al pecador, y lo reconcilia con El, restaurándole en la dignidad perdida de hijo de Dios. El gozo de Dios por un solo pecador que se convierte manifiesta el valor que tiene un solo hombre a los ojos de Dios, por el hecho de haber sido creado a su imagen y semejanza, y, más aún, por haber sido comprado con la sangre preciosa del Cordero sin mancha, Jesucristo.
En estas parábolas, Jesucristo no sólo nos revela a Dios, sino que se revela a sí mismo como Aquel que ha venido a hacer eficaz el perdón de Dios. Como dice el mismo san Lucas, con las parábolas de la misericordia, Jesús responde a quienes murmuraban de él por acoger a los pecadores y comer con ellos. Es sabido, en efecto, que uno de los gestos de Cristo que suscitó mayor critica y oposición entre los líderes religiosos de Israel fue la comunidad de mesa con publicanos y pecadores. Este gesto manifestaba, en la vida de Jesús, su firme voluntad de anunciar que en su persona Dios se acercaba y acogía a quienes, por sus pecados o por una vida considerada al margen de la ley, se sentían excluidos del Reino de Dios. Con su actitud acogedora, Jesús les anuncia también a ellos la salvación, y sentándose en la mesa de su miseria, les hace participes del don que anuncia y realiza la mesa del Reino: el perdón de los pecados. La historia de Zaqueo y de la pecadora arrepentida son dos testimonios bellísimos de la Buena Nueva que constituye el Evangelio de Cristo. Se explica, por tanto, que Cristo se defienda de las murmuraciones y justifique su actitud frente a quienes no querían entender su actitud misericordiosa.
2) El poder de perdonar los pecados
Jesús no sólo proclama el perdón, sino que lo concede con plena autoridad. Lo que enseña de palabra lo cumple con sus obras y lo ratifica con sus milagros. El perdón concedido a la mujer adúltera y al paralítico, manifiestan la clara conciencia de Cristo acerca de su poder de perdonar los pecados. En el relato del paralítico queda patente la autoridad de Cristo, que respalda su poder de perdonar con un milagro, desvaneciendo así toda duda sobre sus pretensiones divinas. Así lo entendieron quienes, cerrados a la fe, lo acusan de blasfemo. Distinta, por creyente, fue la actitud del buen ladrón que, al final de su vida, confesó humildemente su fe en Cristo. Esta confesión le valió el perdón de los pecados y la entrada en el Paraíso.
La victoria definitiva sobre el pecado, que tiene lugar en la muerte y resurrección de Cristo, se desvela plenamente el mismo día de la Pascua, cuando el Señor resucitado, convertido ya en espíritu vivificante, sopla sobre sus apóstoles y les da su propio Espíritu con la capacidad de perdonar los pecados de los hombres: Reciban el Espirita Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos. Una nueva creación despunta en esos momentos en que la gracia de la redención pasa de Cristo Resucitado a quienes, en su nombre, deberán administrarla. Las promesas de los profetas se cumplen y la alianza nueva y eterna, sellada con la sangre de Cristo, se instaura en el corazón de quien se une a El por la fe y por la gracia. ¡Qué bien se comprenden ahora las palabras de san Mateo al final de la escena del paralítico perdonado: la gente temió y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres!
El poder comunicado a los apóstoles
La Pascua, en efecto, es el gran día para glorificar a Dios: resucitando a su Hijo, nos ofrece el don de su Humanidad llena de vida gloriosa, en la que el admirable intercambio producido en la Encarnación muestra las consecuencias salvíficas para todo el género humano. El Hijo de Dios, que asumió la naturaleza humana, nos revela hasta qué punto esa naturaleza se convierte en instrumento de santificación para nosotros. Su soplo sobre los apóstoles es el signo de la comunicación del Espíritu, la prueba de que mantiene con los hombres una relación personal y única, capaz de transmitirlos las gracias que ha obtenido por la Redención. El soplo de Cristo, signo del Espíritu que da a la Iglesia, comunica a los apóstoles su propio poder de perdonar los pecados.
Gracias a este soplo del Resucitado, el Espíritu de Cristo se comunica a la Iglesia y descansa en ella para garantizar y hacer eficaz la gracia de la Redención. Según Jesús, el Espíritu viene a convencer al mundo en lo referente al pecado, que consiste en el rechazo de Jesús y en todos los pecados que cometen los hombres y han costado la vida al Hijo de Dios. La expresión “convencer al mundo en lo referente al pecado”, decía Juan Pablo II, debe recibir el alcance más amplio posible, porque comprende el conjunto de los pecados de la historia de la humanidad. La universalidad de la redención de Cristo abre el camino a una comprensión en la que cada pecado, realizado en cualquier lugar y momento, hace referencia a la cruz de Cristo y, por tanto, indirectamente también al pecado de quienes “no han creído en él”, condenando a Jesucristo a la muerte de cruz.
El drama del pecado y el don de la esperanza
La misión del Espíritu, que se derrama en la Iglesia el día de Pentecostés, y que constituye el fruto inmediato del Misterio Pascual de Jesucristo, es llevar al hombre a la comprensión del drama del pecado en toda su magnitud: como rechazo del Hijo de Dios y como rechazo del amor de Dios manifestado en Cristo. Sólo aceptando este drama, el hombre puede abrirse a la esperanza que supone la muerte de Cristo a favor de los pecadores. Se trata de la esperanza de la salvación acontecido en Cristo, en cuyo nombre se nos concede la conversión y el perdón de los pecados. El hombre que, cerrado en sí mismo, puede desesperarse al experimentar su propia incapacidad de vencer el mal que existe en si, encuentra en Cristo la respuesta a su propio drama personal. A la pregunta existencial, que nace de la dolorosa experiencia por la que constata su propio pecado, y que san Pablo formula de la siguiente manera: ¡Pobre de mí!, ¿quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?, el hombre de fe puede responder con el apóstol: ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!
La experiencia de la Redención consiste sencillamente en esta liberación del pecado, que lleva al pecador a la gratitud por el don recibido en Cristo. Cristo se revela al pecador como Aquel que le salva de sí mismo, de sus pecados y de su inclinación al mal. Gracias a la acción del Espíritu, que revela al hombre la herida del pecado, Cristo se muestra como Redentor del hombre, acogiéndole con sus propios pecados y restaurándole en la gracia perdida. La predicación de la Iglesia el mismo día de Pentecostés se centra en el anuncio gozoso del perdón que Cristo otorga a quienes se convierten a El: Conviértanse, dice san Pedro, y que cada uno se haga bautizar en el nombre de Jesucristo para remisión de sus pecados. Bautizarse en el nombre de Jesús quiere decir sumergirse en su pasión salvadora, morir y resucitar con él, entrar por la puerta de su costado abierto y llegar al corazón mismo del Padre misericordioso. Allí el hombre recupera su condición de hijo de Dios, amado sobremanera, y se descubre a sí mismo como salvado, redimido por Cristo. El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo... debe, con su inquietud, incertidumbre e, incluso, con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo.
Esta salida del hombre en dirección a Cristo, para confiar en él su propia miseria, constituye ya un acto de fe en su poder redentor. Es la fe de quien reconoce que Cristo acoge y no rechaza; perdona y no condena; sana sin abrir más la herida. La fe de quien descubre en él al buen pastor que busca la oveja perdida y el buen samaritano que carga con el herido, venda sus llagas y lo introduce en el descanso del Padre. De ahí que sea tan importante, en la acción pastoral de la Iglesia, disponer al hombre a este encuentro con Dios; al hombre que, consciente de su pecado, mira a su alrededor y no encuentra la respuesta misericordiosa que espera para su situación caída.
3) Una cultura, que ha perdido el sentido del pecado
Hoy, una determinada corriente cultural busca mil excusas para no llamar al pecado por su nombre. La palabra pecado desaparece progresivamente del lenguaje cotidiano, como si diera miedo a enfrentarse con la libertad del hombre y la responsabilidad que fundamenta el carácter moral de sus actos. Se recurre fácilmente a explicaciones psicológicas, sociales y hasta económicas, como configuradoras del comportamiento humano antes que confesar sencillamente: soy pecador, he pecado contra Dios y contra mis hermanos; he sido libre en lo que he hecho; me he dejado llevar del mal que habita en mí. Ocultar el pecado, excusarlo como si el hombre no tuviera libertad para decidir sobre el bien y sobre el mal, justificarlo como una consecuencia de fuerzas ciegas y ocultas que nada tienen que ver con la libertad del hombre, es no tener misericordia con el hombre. Supone dejar al hombre al margen de su propia verdad y decisión moral; darle sin respuesta a las preguntas que inevitablemente surgen en su corazón: ¿por qué he actuado así?, ¿por qué no hice el bien?, ¿cuál es la verdad de mi vida?
Por otra parte, se es inmisericorde con el hombre en el mundo actual. Es el camino del rechazo del pecador, de la condena farisaica de quienes, después de conducir al hombre hacia el mal, lo abandonan a su suerte sin echarle una mano. No somos plenamente conscientes del escándalo farisaico que provocan muchos comportamientos sociales, que, sin embargo, vienen promovidos al derivarse de los paradigmas, ejemplos y modelos de lo que con frecuencia se llama progreso, avance o modernidad. Si fuéramos conscientes de esta contradicción nos avergonzarían las propuestas que se hacen a las nuevas generaciones que implican la negación de los valores de una conducta verdaderamente humana y la exaltación de lo que destruye y aniquila al hombre. ¡Cuántas veces lo que se propugna conduce a la muerte! Los jóvenes, especialmente, son víctimas de esta terrible manipulación que recuerda aquellas palabras de Jesús: ¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene!; o aquellas otras: Son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo.
Abdicar de la condición humana
Los esquemas y modelos existenciales que se proponen a las nuevas generaciones sobre el amor humano y la afectividad; sobre el modo de realizarse en la sexualidad y la vida en pareja al margen y en contra del matrimonio; sobre el uso de la propia libertad carente de normas y principios éticos reguladores del comportamiento y, en general, sobre una vida en la que el criterio último de discernimiento es el hedonista del "sentirse bien", "estar a gusto consigo mismo", o "hacer con su cuerpo lo que uno quiera", conducen al hombre a abdicar de su condición humana, presidida por la razón ética y moral, y sometida a la verdad ultima y objetiva que Dios ha inscrito en el corazón del hombre.
Este concepto inmoral de la propia libertad, separado de toda referencia al orden objetivo de los valores, que ya propugna la razón, lleva a muchas víctimas del mismo al fracaso y a la ruina de su vida. Cuando caen hechos pedazos, o se aíslan en su propio drama, ¿quién los recoge?; ¿quien se culpa de su responsabilidad en este drama?; ¿quién puede reconciliar consigo mismos a quienes han perdido la confianza en sí y en quienes les han alentado en su camino? ¡Qué trágico es ver la exhibición que se hace en ocasiones en los medios de comunicación social de estas pobres personas con sus existencias rotas, como si se tratase de un espectáculo que distrae a quienes lo promueven, pero que a la postre juzga a la sociedad que los produce! ¡Qué fácil resulta entonces condenar sin que nadie asuma responsablemente su propia culpa!
Libertad y responsabilidad
Hablar de pecado es hablar de libertad y responsabilidad ante Dios y ante los hombres. Es hablar de la alienación de sí mismo, al apartarse de la verdad de su ser creado y de su vocación trascendente. Por eso, ocultar al hombre su pecado es una grave injusticia contra su propio ser y su verdadero destino: significa privarle de la conciencia de su carácter de creatura finita, capaz de ruptura con su creador -de mal moral- y privarle, por tanto, de su capacidad de reacción contra el abuso de su libertad; privarle, sobre todo, de la posibilidad efectiva de la experiencia de su conversión y vuelta a Dios. No es nada extraño que la predicación de los profetas y la del mismo Jesús ostente en sus notas distintivas la de enfrentar al hombre con la realidad de su propio pecado, no para condenarlo, sino para provocar la respuesta profundamente humana hacia la conversión, en la que el hombre se acepta a sí mismo en el ámbito de la misericordia divina.
Esta llamada de Cristo a la conversión no oculta ningún dato sobre la gravedad del pecado y el riesgo que el hombre tiene de perder la salvación eterna, si no se vuelve a Dios y acepta su ley; no oculta, ciertamente, la trascendencia que todo acto humano tiene en la presencia de Dios y que sitúa al hombre ante la decisión de optar por la vida o por la muerte. La predicación de Jesús alcanza, en este sentido, niveles de especial dramatismo que revelan el juicio de Dios ante la posibilidad de entrar o no entrar en el Reino de los cielos. Difícilmente pueden olvidarse palabras como éstas: Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que con las dos manos ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado en la gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna.
La fuerza de estas palabras reside en el valor que Cristo da a entrar en el Reino de Dios, que es la Vida. Si acentúa la importancia de la decisión del hombre de cara a sí mismo es en razón de su destino eterno. Como los profetas del Antiguo Testamento, Jesús no duda en utilizar imágenes que conmuevan al hombre en su ser intimo, pues se trata de exhortarle a optar por la Vida que no tiene fin. El pecado, por tanto, es presentado como la gran amenaza que pone en peligro el destino eterno de salvación. Con su predicación, Jesús llama al hombre a decidirse luchando contra el pecado que arriesga su salvación más allá de la muerte. Por una parte, le asegura que Dios es el Padre que perdona los pecados y busca al pecador; y por otra, le urge a tomar partido en el drama de salvarse a sí mismo, perdiendo para ello si fuera posible el mundo entero y hasta la propia vida. En ese drama, el hombre no está sólo, pues ha recibido el poder del Espíritu que le sostiene en la lucha y le asegura el triunfo definitivo sobre el pecado y la muerte.


3. LA CELEBRACIÓN DE LA MISERICORDIA
La celebración de la reconciliación asume un profundo y alto significado, pues es un encuentro en torno a la cruz, una celebración de la misericordia de Dios, que cada uno podrá experimentar personalmente en este sacramento de la confesión. El penitente invoca la misericordia de Jesús que “se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 8).
El cuerpo desgarrado de Jesús es la luz que no fue derrotada por las tinieblas. La oscuridad del pecado nunca podrá suprimir la luz de la misericordia divina. Los penitentes disipan la oscuridad gracias a una confesión sincera de sus pecados: “El misterio pascual es el culmen de esta revelación y actuación de la misericordia, que es capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido del orden salvífico querido por Dios desde el principio para el hombre y, mediante el hombre, en el mundo” (Dives in misericordia, 7).

1) El segundo bautismo
El gozo de Dios por cada pecador que se convierte se celebra en la Iglesia, si se trata de un no cristiano, con el sacramento del bautismo y, si se trata de un cristiano, con la novedad de otro sacramento instituido por Cristo: el de la reconciliación y penitencia. Con estos nombres se expresa la acción de Dios y del pecador: Dios reconcilia al pecador estableciéndole de nuevo en su amistad y el pecador se arrepiente y realiza obras en las que muestra la autenticidad de su conversión. La importancia de este sacramento ha sido puesta de relieve en la Iglesia, equiparándolo al bautismo pues devuelve al pecador la inocencia de la gracia bautismal. Así, san Ambrosio habla del agua del bautismo y de las lágrimas de la penitencia, y los Santos Padres se refieren a él como bautismo laborioso o la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia.
Recuperar la gracia perdida, volver a la amistad con Dios, restablecer la alianza y hallar de nuevo la paz es, sin duda, el mayor motivo de esperanza que la fe cristiana nos presenta después del bautismo. Las imágenes que utiliza Jesús para revelarnos la grandeza del perdón de Dios son imágenes de fiesta en torno a un banquete donde la alegría es la nota distintiva. La Iglesia, por tanto, celebra gozosamente el retorno del pecador al Padre con la conciencia clara de que la salvación de Dios entra en la casa de cada pecador arrepentido.
La grandeza de este don de Dios, que renueva el misterio de la Redención en cada bautizado, justifica sobradamente el hecho de que la Iglesia vele por que nunca falte al pecador la gracia de la reconciliación y que se celebre con la profundidad que requiere. Está en juego el destino eterno del hombre y la gratuidad con que Dios ofrece a cada pecador el fruto de la Redención de Cristo. Desde sus orígenes, la Iglesia tiene clara conciencia de ser el lugar donde acontece y se muestra la misericordia de Dios. Por ello, protege el sagrado derecho del pecador a retornar, movido por un incoercible deseo de liberación del pecado, a la casa paterna. En ese momento misterioso de la gracia, el pecador debe encontrar siempre a la Madre Iglesia dispuesta a acoger, perdonar e integrar en su seno al hijo pródigo.
Penitencia y reconciliación
La Pastoral de la penitencia y de la reconciliación, que el Sínodo de 1983 quiso promover, encuentra su justa definición en las palabras de Juan Pablo II: Suscitar en el corazón del hombre la conversión y la penitencia y ofrecerle el don de la reconciliación es la misión connatural de la Iglesia, continuadora de la obra redentora de su divino Fundador. Esta es una misión que no acaba en meras afirmaciones teóricas o en la propuesta de un ideal ético que no esté acompañado de energías operativas, sino que tiende a expresarse en precisas funciones ministeriales en orden a una práctica concreta de la penitencia y la reconciliación. Esta oportuna observación del Papa pone el dedo en la llaga de la crisis actual del sacramento. Con mucha frecuencia, pastores y fieles nos quedamos en afirmaciones teóricas sobre la reconciliación o en propuestas de ideales éticos, presentados como utópicos, inalcanzables al mismo hombre, y olvidamos que la Iglesia tiene un ministerio, llamado de reconciliación, gracias al cual el hombre recibe la energía para obrar el bien y hacer eficaz la conversión y la penitencia. Por este ministerio el hombre recupera la confianza en la gracia de Dios, que es más poderosa que la ruina ocasionada por el pecado.
La Iglesia, al realizar este ministerio, invita al hombre a acercarse a Cristo Redentor con la certeza de que en El hallará el perdón de toda culpa. El sacramento de la reconciliación es el lugar donde el pecador puede, siempre de nuevo, con todo su ser, 'apropiarse' y asimilar toda la realidad de la Encarnación y Redención para encontrarse a así mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha 'merecido tener tan grande Redentor!
2) Los actos del penitente
Este hondo proceso, a través del cual el hombre se acerca a Cristo con su debilidad y pecaminosidad, está compuesto por una serie de actos del penitente, de diversa importancia, pero indispensable cada uno o para la validez e integridad del signo, o para que éste sea fructuoso. Estos actos tienen su origen en la gracia de Dios, que llama a la conversión, y que arrastra al pecador con la fuerza del arrepentimiento, o compunción del corazón, hasta la confesión humilde, integra y total de sus pecados, con el vivo y ardiente deseo de no volver a pecar sostenido por la confianza en el poder de Dios. En la parábola del hijo pródigo, el mismo Cristo nos ha descrito de modo magistral este itinerario que levanta al hombre de su condición pecadora y le impulsa hasta el Padre que le abraza y le devuelve la dignidad perdida. En este itinerario, el pecador examina su conciencia a la luz de su dignidad de hijo de Dios, que le da la medida de su pecado. El Padre bueno está en el horizonte de su mirada, como norma de su perfección y santidad, y, por tanto, como Aquel que le recuerda el amor para el que ha sido creado.
Examen de conciencia
El examen de conciencia no es el análisis introspectivo, meramente psicológico, de quien, centrado en sí mismo, busca descubrir los resortes y mecanismos de su conducta para llegar a un conocimiento personal que le satisfaga plenamente y le justifique ante sí mismo. El examen de conciencia, que propone la Iglesia, parte de la revelación de lo que somos ante Dios -¡hijos muy amados!- y de la constatación de nuestra Infidelidad a la alianza con Dios, quebrantada por nuestros pecados. Es un examen hecho a la luz de la verdad de la Palabra de Dios en la que encontramos los mandamientos como expresión de su plan salvador sobre nosotros. Guardar la Palabra y los mandamientos de Cristo es la condición necesaria para permanecer en su amor.
Dolor de los pecados
17. Es justamente la conciencia de no permanecer en Dios y de no amarle por encima de todas las cosas, al quebrantar cualquiera de sus mandamientos, lo que provoca en el corazón del pecador ese movimiento interno de afectos que llamamos contrición, arrepentimiento o dolor de corazón. Es un sentimiento noble, nada insano, profundamente filial y generoso que nos impulsa hacia el Padre para manifestarle que hemos pecado contra él. Cuánto más intenso, auténtico y puro sea este afecto, más prontitud tendrá el pecador para acudir al Padre y más crecerá el aborrecimiento del pecado que le alejó de él. La verdadera contrición purifica al pecador, le consuela y le devuelve la confianza en el amor de Dios, y acrecienta en él el deseo de no ofenderle nunca más. Es preciso desear esta gracia y suplicarla constantemente como el don que nos confirma en la fidelidad a Dios. Quien la posee llegará a entender lo que dice san Juan: Todo el que permanece en El, no peca. Quien ama a Dios de esta manera recibe la gracia de no apartarse de él.
Confesión sencilla y humilde
Esta salida de la situación de pecado en busca del abrazo del Padre culmina en la confesión sencilla, humilde y sincera de los pecados cometidos. Es el acto propio de la confesión en el que, movido por el dolor de haber ofendido a Dios o por el mas imperfecto causado por el temor del castigo eterno, el pecador abre su conciencia a la Iglesia, en la persona del sacerdote, y se acusa de los pecados que le causaron la pérdida de la amistad con Dios, o debilitaron la vida de la gracia. Este acto de profunda humildad es el signo del encuentro del pecador con la mediación eclesial en la persona del ministro; signo del propio reconocerse ante Dios y ante la Iglesia como pecador, del comprenderse a sí mismo bajo la mirada de Dios..., gesto de entrega de sí mismo, por encima del pecado, a la misericordia que perdona. Un gesto así complace a Dios en extremo pues le ofrece el corazón contrito y humillado, verdadero sacrificio de expiación.
Esta confesión, que nace del amor a Dios, no escamotea la culpa, ni busca justificarse ante Dios que conoce la verdad de cada vida. Tampoco escudriña en su conciencia escrupulosamente como si la gracia de Dios dependiera de la minuciosidad con que se formulan los pecados. El pecador, consciente de su enfermedad y dolencia, se sitúa en la verdad de su vida, abre su conciencia, en el secreto inviolable de la confesión, sin ocultar ninguna circunstancia que agrave su estado, ni el número de los pecados cometidos, de forma que pueda ser sanado, confortado y absuelto tal como se halle en la presencia de Dios. De la sinceridad de su acusación dependerá en gran medida la eficacia curativa del sacramento. Como el enfermo ante el médico, el pecador arrepentido se muestra con sinceridad ante el sacerdote que hace el papel de médico, que debe conocer el estado del enfermo para ayudarlo y curarlo.
Respuesta de Dios: La vida nueva de la reconciliación
La respuesta de Dios a este acto de humildad es la reconciliación concedida en virtud de la muerte y resurrección de Cristo. Mediante la absolución del sacerdote, otorgada individualmente después de haber acogido y escuchado tranquilamente al pecador, la Santísima Trinidad se hace presente para borrar su pecado y devolverle la inocencia. La misericordia triunfa sobre la culpa y la ofensa; y la gracia regenera al pecador restableciendo la amistad con Dios. Tras la muerte espiritual que causa el pecado mortal, el perdón opera una resurrección a la vida que celebra el sacramento, en la fe que nos da la certeza de ser reconciliados con Dios. ¡Qué bien se comprende entonces el júbilo de la salvación que expresa san Anselmo de Canterbury en su meditación sobre la redención del hombre!: Oh alma cristiana, alma resucitada de una muerte cruel, alma redimida y liberada por la sangre de Cristo de una mísera esclavitud: aviva tu mente, recuerda tu renacimiento, reflexiona en tu redención y liberación. Reconsidera en qué consiste y cuál es la fuerza que te ha salvado... saborea la bondad de tu Redentor, inflámate de amor por tu Salvador... ¿Dónde está y cuál es la virtud y fortaleza de tu salvación? Ciertamente es Cristo quien te ha resucitado, aquel buen samaritano te ha curado, aquel amigo bueno te ha redimido y liberado mediante su alma. Cristo, quiero decir. La fuerza que te ha salvado es la fuerza de Cristo.
La gratitud del penitente
La gratitud a Cristo por la salvación recibida de él se convierte no sólo en un firme propósito de no pecar sino en un deseo, que responde a una necesidad inscrita en el ser mismo de la persona, de reparar el mal hecho mediante obras de penitencia. La gracia del perdón no puede pagarse con nada. Es obra divina de la que nos hacemos deudores a lo largo de toda nuestra vida. Podemos y debemos, sin embargo, reparar nuestros pecados mediante actos de justicia y santidad que curen el desorden que el pecado deja en nuestro ser y orienten nuestra vida hacia el auténtico servicio de Dios y de los hombres. A la penitencia que el sacerdote impone como signo de la conversión que exige el sacramento, debe acompañar el ejercicio de la virtud de la penitencia que ayuda al cristiano convertido a seguir unido al misterio de la pasión de Cristo. Forma parte de La grandeza del amor de Cristo -dice Juan Pablo II- no dejamos en la condición de destinatarios pasivos, sino incluirnos en su acción salvífica y, en particular, en su pasión. Lo dice el conocido texto de la carta a los Colosenses: 'Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia'.
Esta incorporación a la pasión de Cristo nos ayuda a entender la realidad de la 'vicariedad' sobre la cual se fundamenta todo el misterio de Cristo y a descubrir, por tanto, que si Cristo se ha ofrecido a favor de mis pecados, también yo, unido a él, puedo ser para otros una gracia en el proceso de su conversión. En realidad, sólo con la entrega de uno mismo a Cristo se agradece el don de su Redención. Esta respuesta afectiva del pecador que experimenta la redención de Cristo en su propia vida es la mejor manera de celebrar el triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte en la vida de cada cristiano. Ésta se convierte en un canto de alabanza a la misericordia de Dios.



4. LA DIVERSIDAD DE PECADOS
En este apartado seguiremos en todo al Catecismo de la Iglesia Católica (1852-1869) La variedad de pecados es grande. La Escritura contiene varias listas. La carta a los Gálatas opone las obras de la carne al fruto del Espíritu: ‘Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios’ (5,19-21; cf Rm 1, 28-32; 1 Co 6, 9-10; Ef 5, 3-5; Col 3, 5-8; 1 Tm 1, 9-10; 2 Tm 3, 2-5).
Se pueden distinguir los pecados según su objeto, como en todo acto humano, o según las virtudes a las que se oponen, por exceso o por defecto, o según los mandamientos que quebrantan. Se los puede agrupar también según que se refieran a Dios, al prójimo o a sí mismo; se los puede dividir en pecados espirituales y carnales, o también en pecados de pensamiento, palabra, acción u omisión. La raíz del pecado está en el corazón del hombre, en su libre voluntad, según la enseñanza del Señor: ‘De dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias. Esto es lo que hace impuro al hombre’ (Mt 15,19-20). En el corazón reside también la caridad, principio de las obras buenas y puras, a la que hiere el pecado.
a) La gravedad del pecado: pecado mortal y venial
“Conviene valorar los pecados según su gravedad. La distinción entre pecado mortal y venial, perceptible ya en la Escritura se ha impuesto en la tradición de la Iglesia. La experiencia de los hombres la corroboran.”
El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior.
El pecado venial deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere.
El pecado mortal, que ataca en nosotros el principio vital que es la caridad, necesita una nueva iniciativa de la misericordia de Dios y una conversión del corazón que se realiza ordinariamente en el marco del sacramento de la Reconciliación: Cuando la voluntad se dirige a una cosa de suyo contraria a la caridad por la que estamos ordenados al fin último, el pecado, por su objeto mismo, tiene causa para ser mortal... sea contra el amor de Dios, como la blasfemia, el perjurio, etc., o contra el amor del prójimo, como el homicidio, el adulterio, etc. En cambio, cuando la voluntad del pecador se dirige a veces a una cosa que contiene en sí un desorden, pero que sin embargo no es contraria al amor de Dios y del prójimo, como una palabra ociosa, una risa superflua, etc., tales pecados son veniales (S. Tomás de A., s. th. 1-2, 88, 2).
Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones: ‘Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento’ (RP 17).
La materia grave es precisada por los Diez mandamientos según la respuesta de Jesús al joven rico: ‘No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes testimonio falso, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre’ (Mc 10, 19). La gravedad de los pecados es mayor o menor: un asesinato es más grave que un robo. La cualidad de las personas lesionadas cuenta también: la violencia ejercida contra los padres es más grave que la ejercida contra un extraño.
El pecado mortal requiere plena conciencia y entero consentimiento. Presupone el conocimiento del carácter pecaminoso del acto, de su oposición a la Ley de Dios. Implica también un consentimiento suficientemente deliberado para ser una elección personal. La ignorancia afectada y el endurecimiento del corazón (cf Mc 3, 5-6; Lc 16, 19-31) no disminuyen, sino aumentan, el carácter voluntario del pecado.
La ignorancia involuntaria puede disminuir, si no excusar, la imputabilidad de una falta grave, pero se supone que nadie ignora los principios de la ley moral que están inscritos en la conciencia de todo hombre. Los impulsos de la sensibilidad, las pasiones pueden igualmente reducir el carácter voluntario y libre de la falta, lo mismo que las presiones exteriores o los trastornos patológicos. El pecado más grave es el que se comete por malicia, por elección deliberada del mal.
El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno. Sin embargo, aunque podamos juzgar que un acto es en sí una falta grave, el juicio sobre las personas debemos confiarlo a la justicia y a la misericordia de Dios.
Se comete un pecado venial cuando no se observa en una materia leve la medida prescrita por la ley moral, o cuando se desobedece a la ley moral en materia grave, pero sin pleno conocimiento o sin entero consentimiento.
El pecado venial debilita la caridad; entraña un afecto desordenado a bienes creados; impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica del bien moral; merece penas temporales. El pecado venial deliberado y que permanece sin arrepentimiento, nos dispone poco a poco a cometer el pecado mortal. No obstante, el pecado venial no nos hace contrarios a la voluntad y la amistad divinas; no rompe la Alianza con Dios. Es humanamente reparable con la gracia de Dios. ‘No priva de la gracia santificante, de la amistad con Dios, de la caridad, ni, por tanto, de la bienaventuranza eterna’ (RP 17): El hombre, mientras permanece en la carne, no puede evitar todo pecado, al menos los pecados leves. Pero estos pecados, que llamamos leves, no los consideres poca cosa: si los tienes por tales cuando los pesas, tiembla cuando los cuentas. Muchos objetos pequeños hacen una gran masa; muchas gotas de agua llenan un río. Muchos granos hacen un montón. ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión... (S. Agustín, ep. Jo. 1, 6).
“El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno” (Mc 3, 29; cf Mt 12, 32; Lc 12, 10). No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo (cf DeV 46). Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna.

b) La proliferación del pecado
El pecado crea una facilidad para el pecado, engendra el vicio por la repetición de actos. De ahí resultan inclinaciones desviadas que oscurecen la conciencia y corrompen la valoración concreta del bien y del mal. Así el pecado tiende a reproducirse y a reforzarse, pero no puede destruir el sentido moral hasta su raíz.
Los vicios pueden ser catalogados según las virtudes a que se oponen, o también pueden ser referidos a los pecados capitales que la experiencia cristiana ha distinguido siguiendo a san Juan Casiano y a san Gregorio Magno (mor. 31, 45). Son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza.
La tradición catequética recuerda también que existen ‘pecados que claman al cielo’. Claman al cielo: la sangre de Abel (cf Gn 4, 10); el pecado de los sodomitas (cf Gn 18, 20; 19, 13); el clamor del pueblo oprimido en Egipto (cf Ex 3, 7-10); el lamento del extranjero, de la viuda y el huérfano (cf Ex 22, 20-22); la injusticia para con el asalariado (cf Dt 24, 14-15; Jn 5, 4).
El pecado es un acto personal. Pero nosotros tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos:
 participando directa y voluntariamente;
 ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos;
 no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo;
 protegiendo a los que hacen el mal.
Así el pecado convierte a los hombres en cómplices unos de otros, hace reinar entre ellos la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina. Las ‘estructuras de pecado’ son expresión y efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a cometer a su vez el mal. En un sentido analógico constituyen un ‘pecado social’ (cf RP 16)”.

4. LA EUCARISTÍA Y EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN
“Los Padres sinodales han afirmado que el amor a la Eucaristía lleva también a apreciar cada vez más el sacramento de la Reconciliación. Debido a la relación entre estos sacramentos, una auténtica catequesis sobre el sentido de la Eucaristía no puede separarse de la propuesta de un camino penitencial (cf. 1 Co 11,27-29). Efectivamente, como se constata en la actualidad, los fieles se encuentran inmersos en una cultura que tiende a borrar el sentido del pecado, favoreciendo una actitud superficial que lleva a olvidar la necesidad de estar en gracia de Dios para acercarse dignamente a la comunión sacramental. En realidad, perder la conciencia de pecado comporta siempre también una cierta superficialidad en la forma de comprender el amor mismo de Dios. Ayuda mucho a los fieles recordar aquellos elementos que, dentro del rito de la santa Misa, expresan la conciencia del propio pecado y al mismo tiempo la misericordia de Dios. Además, la relación entre la Eucaristía y la Reconciliación nos recuerda que el pecado nunca es algo exclusivamente individual; siempre comporta también una herida para la comunión eclesial, en la que estamos insertados por el Bautismo…” .
Benedicto XVI, por su parte, nos recuerda que “el amor a la Eucaristía lleva también a apreciar cada vez más el Sacramento de la Reconciliación”. Vivimos en una cultura marcada por un fuerte relativismo y una pérdida del sentido del pecado que nos lleva a olvidar la necesidad del sacramento de la Reconciliación para acercarnos dignamente a recibir la Eucaristía.
Igualmente, hemos de valorar este regalo maravilloso de Dios y acercarnos a él para renovar la gracia bautismal y vivir, con mayor autenticidad, la llamada de Jesús a ser sus discípulos misioneros.
El sacramento de la reconciliación es el lugar donde el pecador experimenta de manera singular el encuentro con Jesucristo, quien se compadece de nosotros y nos da el don de su perdón misericordioso, nos hace sentir que el amor es más fuerte que el pecado cometido, nos libera de cuanto nos impide permanecer en su amor, y nos devuelve la alegría y el entusiasmo de anunciarlo a los demás con corazón abierto y generoso.
Por tanto, para vivenciar la comunión en la Iglesia es necesario recurrir a la Eucaristía y a la Reconciliación, dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí. La conversión nace de la Eucaristía y favorezca para ello la confesión individual frecuente. Así, la auténtica conversión debe prepararse y cultivarse con la lectura orante de la Sagrada Escritura y la recepción de los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía.
La Eucaristía, al hacer presente el Sacrificio redentor de la Cruz, perpetuándolo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una exigencia continua de conversión, de respuesta personal a la exhortación que san Pablo dirigía a los cristianos de Corinto: “En nombre de Cristo les suplicamos: ¡reconcíliense con Dios!” (2 Co 5, 20). Así pues, si el laico o sacerdote tiene conciencia de un pecado grave está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el sacramento de la Reconciliación para acercarse a la plena participación en el Sacrificio eucarístico.
Se ha de tener siempre presente que la confesión individual es el único modo ordinario para que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilie con Dios y con la Iglesia, para retornar a la comunión con Cristo y con la Iglesia, que culmina en la Eucaristía.

1) Comunión y reconciliación
La Eucaristía es también banquete sagrado, en el que recibimos a Jesucristo como alimento de nuestras almas, que exige, antes de recibirlo, estar reconciliados con Dios, consigo mismo y con los demás.
En la Comunión, por tanto, se recibe a Jesucristo sacramentado en la Eucaristía; de manera que, al comulgar, entra en nosotros mismos Jesucristo vivo, verdadero Dios y verdadero hombre, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
La Eucaristía es la fuente y cumbre de la vida de la iglesia, y también lo es de nuestra vida en Dios. La Iglesia manda comulgar al menos una vez al año, en estado de gracia; recomienda vivamente la comunión frecuente y, si es posible, siempre que se asista a la Santa Misa, para que la participación en al sacrificio de Jesús sea completa.
Para comulgar debidamente se ha de observar el ayuno eucarístico y estar en estado de gracia: El ayuno consiste en abstenerse de tomar cualquier alimento o bebida, al menos desde una hora antes de la Sagrada Comunión, a excepción del agua y de las medicinas. Los enfermos y sus asistentes pueden comulgar aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior. Y, lo segundo a tener en cuenta es que, el que desea comulgar y se encuentra en pecado mortal no puede recibir la Comunión sin haber acudido antes al sacramento de la Penitencia o Reconciliación, pues para comulgar no basta el acto de contrición, en asunto de pecados mortales.
En cuanto al pecado hay que decir que es una falta contra la razón, la verdad y la conciencia recta. Es una falta al amor verdadero que debemos a Dios, a nosotros mismos y al prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes que aparecen como atractivos por efectos de la tentación, pero que en verdad son dañinos para el hombre. Por eso el Papa Juan Pablo II señala que el pecado, bajo la apariencia de bueno o agradable, es siempre un acto suicida.
Es grande la variedad de pecados que se cometen por egoísmo y por falta de visión sobrenatural. Pero el pecado más grave es que se ha perdido la conciencia de pecado; y cada persona se convierta en juez para calificar lo que es bueno y lo que es malo, como si fueran Dios. El que ha perdido la conciencia de pecado, vive en la oscuridad, en la mentira, como el anticristo que niega y rechaza la redención de Jesús, los méritos de salvación, que él nos alcanzó en la Cruz.
2) La eucaristía perdona los pecados
Cristo instituyó, con el sacerdocio ministerial, el sacramento de la Eucaristía, que es como el centro y el corazón de la Iglesia y ‘repite’ el sacrificio de la Cruz, a fin de que el Redentor sea ofrecido con nosotros al Padre, se convierta en nuestro alimento espiritual y permanezca con nosotros de modo singular hasta el fin de los siglos.
El sacramento de la Eucaristía perdona los pecados. La celebración de la Misa se sitúa como momento clave de la sagrada liturgia que es “la cumbre a la que tiende la actividad de la Iglesia, y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC 10). En este gesto sacramental el Señor Jesús representa su Sacrificio de obediencia y donación al Padre en favor nuestro y en unión con nosotros: “para la remisión de los pecados” (cf. Mt 26, 28).
El Concilio de Trento en este sentido habla de la Eucaristía como de “antídoto por medio del cual somos liberados de las culpas cotidianas y preservados de los pecados mortales” (Decreto De SS. Eucharistia, cap. 2, Dez.-Schön. 1638; cf. 1740). Más aún, el mismo Concilio de Trento habla de la Eucaristía como del sacramento que otorga la remisión de los pecados graves, pero a través de la gracia y el don de la penitencia (cf. Decreto De SS. Missae sacrificio, cap. 2, Denz.-Schön. 1743), la cual está orientada e incluye, al menos en la intención —"in voto"—, la confesión sacramental. La Eucaristía, como Sacrificio, no sustituye y no se pone en paralelismo con el sacramento de la Penitencia: más bien se establece como el origen del que derivan y el fin al que tienden todos los otros sacramentos, y en particular la Reconciliación; “perdona los delitos y los pecados incluso graves” (ib.) ante todo porque incita a la confesión sacramental y la exige .
El Concilio de Trento exige que quien tiene sobre su conciencia un pecado grave, no se acerque a la comunión eucarística antes de haber recibido, de hecho, el sacramento de la Reconciliación (Decreto De SS. Eucharistia, cap. 7, Denz.-Schön. núms. 1647; 1661).
San Pablo enseña: “Examínese el hombre a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz” (1Cor 11, 28), y Juan Pablo II afirma: “Esta invitación del Apóstol indica, al menos indirectamente, la estrecha unión entre la Eucaristía y la Penitencia. En efecto, si la primera palabra de la enseñanza de Cristo, la primera frase del Evangelio-Buena Nueva, era 'arrepentíos y creed en el Evangelio' (metanoeite) (Mc 1, 15), el sacramento de la pasión, de la cruz y resurrección parece reforzar y consolidar de manera especial esta invitación en nuestras almas. La Eucaristía y la Penitencia toman así, en cierto modo, una dimensión doble, y al mismo tiempo íntimamente relacionada, de la auténtica vida según el espíritu del Evangelio, vida verdaderamente cristiana. Cristo, que invita al banquete eucarístico, es siempre el mismo Cristo que exhorta a la penitencia, que repite el 'arrepentíos'. Sin este constante y siempre renovado esfuerzo por la conversión, la participación en la Eucaristía estaría privada de su plena eficacia redentora, disminuiría o, de todos modos, estaría debilitada en ella la disponibilidad especial para ofrecer a Dios el sacrificio espiritual (1Pe 2, 5), en el que se expresa de manera esencial y universal nuestra participación en el sacerdocio de Cristo” (Redemptor hominis, 20).
No olvidemos que queda en pie la advertencia de San Pablo: “El que come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación” (1Cor 11, 29). “Discernir el Cuerpo del Señor” significa, para la doctrina de la Iglesia, predisponerse a recibir la Eucaristía con una pureza de espíritu que, en el caso de pecado grave, exige la previa recepción del sacramento de la Penitencia. Sólo así nuestra vida cristiana puede encontrar en el sacrificio de la cruz su plenitud y llegar a experimentar esa "alegría cumplida", que Jesús ha prometido a todos los que están en comunión con Él (cf. Jn 15, 11 etc.) .


5. UNCIÓN DE LOS ENFERMOS
“Con la sagrada unción de los enfermos y con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia entera encomienda a os enfermos al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve. Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo; y contribuir, así, al bien del Pueblo de Dios” (LG 11).
La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete sacramentos, existe un sacramento especialmente destinado a reconfortar a los atribulados por la enfermedad: la Unción de los enfermos: Esta unción santa de los enfermos fue instituida por Cristo nuestro Señor como un sacramento del Nuevo Testamento, verdadero y propiamente dicho, insinuado por Mc (cf.Mc 6,13), y recomendado a los fieles y promulgado por Santiago, apóstol y hermano del Señor [cf. St 5,14-15] (Cc. de Trento: DS 1695).
En la tradición litúrgica, tanto en Oriente como en Occidente, se poseen desde la antigüedad testimonios de unciones de enfermos practicadas con aceite bendito. En el transcurso de los siglos, la Unción de los enfermos fue conferida, cada vez más exclusivamente, a los que estaban a punto de morir. A causa de esto, había recibido el nombre de "Extremaunción". A pesar de esta evolución, la liturgia nunca dejó de orar al Señor a fin de que el enfermo pudiera recobrar su salud si así convenía a su salvación (cf. DS 1696).
La Constitución apostólica ‘Sacram Unctionem Infirmorum’ del 30 de Noviembre de 1972, de conformidad con el Concilio Vaticano II (cf SC 73) estableció que, en adelante, en el rito romano, se observara lo que sigue: El sacramento de la Unción de los enfermos se administra a los gravemente enfermos ungiéndolos en la frente y en las manos con aceite de oliva debidamente bendecido o, según las circunstancias, con otro aceite de plantas, y pronunciando una sola vez estas palabras: “Por esta santa Unción, y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad” (cf. CIC, can. 847,1).

CAPÍTULO QUINTO: LA MISERICORDIA EN LA BIBLIA Y EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA, de "Creo en el perdón de los pecados".


CAPÍTULO QUINTO
LA MISERICORDIA EN LA BIBLIA
Y EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA

Cuando se piensa en Dios, a menudo se hacen dos errores: de un lado lo imaginamos como muy severo y exigente, del otro a menudo no lo tomamos en serio suficientemente o lo imaginamos como una persona buena y que perdona fácilmente. La Biblia nos enseña que Dios es al mismo tiempo justo y misericordioso.
Todos estamos de acuerdo que la misericordia no es un eslogan, o un simple “rasgo” del cristiano, sino, y sin lugar a dudas, mi forma de ser, algo imprescindible con su fe. Sin misericordia no hay cristiano.
Dios: Dios no es misericordioso, sino que es la misericordia. Cuando San Pablo usa la frase “Dios es rico en Misericordia” está intentando tímidamente, expresar la misericordia infinitamente profunda y muy parcialmente entendible por nosotros. La palabra “Rico”, desde luego, queda muy corta frente a Dios. La misericordia es la forma de ser de Dios, y por lo tanto es la forma de ser de Jesús, de la Iglesia, y nuestra. No somos misericordiosos porque somos misericordistas, sino porque conocemos a Dios.
Toda la Biblia es historia de la misericordia siendo historia del camino de Dios con el hombre y la relación entre Dios y el hombre es historia de misericordia. En el A.T. bien treinta veces viene empleado el término "misericordioso": sólo dos veces está dirigido al hombre. El A. T. es una continua exaltación de la misericordia de Dios; y paradójicamente, su experiencia más profunda se da en los momentos de infidelidad y de dolor. El pueblo descubre que Dios no es un frío bienhechor sino un amigo fiel, tierno, cálido, tiene en plenitud los rasgos de un Padre y de una madre.
Los profetas por ejemplo, pregonan esta misericordia, nos dan a conocer una misericordia que potencia especialmente el amor, que prevalece sobre el pecado y la infidelidad del pueblo. Por eso, la misericordia es como algo dinámico que transforma, cambia, promueve, renueva, hace crecer (muy importante, esto para nosotros antropológicamente) y no algo pasivo.
Liga la imagen de Dios como esposo fiel... cásate con una prostituta “te amaré más allá de tus infidelidades “Te desposare conmigo para siempre y te desposare en justicia y en derecho, en amor y ternura”.
Aquí ya entramos en una dimensión de la misericordia de Dios muy inentendible y escandalosa, que este Jesús de Nazaret reflejará plenamente en su vida.
La palabra misericordia tiene su origen en las palabras hebreas Hesed y Rahamin La mentalidad Judía, a diferencia de la griega (la nuestra), que es abstracta, conceptual, es dinámica, práctica. El Judío tiene que relacionar todo concepto abstracto, con algo concreto dinámico, para poderlo entender y vivenciar. Así que como nosotros. Le definimos a Dios como Padre y Madre, hablando en términos antropológicos los libros del A. T. enmarcan la misericordia de Dios dándoles rasgos masculinos y femeninos. Dios ama y se hace responsable de este amor.
Hesed: Indica una actitud de profunda bondad y, esta bondad, entre dos hombres, implica FIDELIDAD recíproca, pero (y esto es el meollo de todo) esta fidelidad recíproca, es fruto de una fidelidad hacia sí mismo Dios es fiel con su pueblo porque es fiel a su amor hacia nosotros, a su compromiso de amor aquí, reafirmamos que, amor y fidelidad son inmóviles (matrimonio) Dios es fiel con su pueblo, no por los méritos de este último (que a menudo lo traiciona) sino por su coherencia de amor y, pues, de fidelidad (esta es también la raíz de la doctrina de la justificación) por eso, esta fidelidad de amor, es más fuerte que el pecado de Israel. (Amor dinámico, amor que salva).
Rahamin: Otro vocablo que en la terminología del A.T. sirve para definir la misericordia, es Rahamin. Rahamin, expresa el “amor de madre” (Rehem = regazo materno) bien rasgos típicamente femeninos es el amor entrañable que liga a la mamá con su propio hijo. Brota de la unión especial entre madre e hijo. Esta mamá que construyo en su cuerpo todas las fibras de su hijo un amor gratuito, que sale de adentro. No es fruto de mérito un hijo no tiene mérito, es amado por su madre gratuitamente.
Nuestro vocabulario cotidiano confunde, habitualmente, el significado de dos palabras: “misericordia” y “lastima”. Ambas voces tienen un significado muy distinto. Convendrá distinguirla.
La palabra “misericordia” se origina en la lengua latina y es el resultado de la suma de dos términos distintos: Miser que significa “pobre”, y corda que traducimos por “corazón”. La misericordia es la capacidad de entregar algo de sí mismo a la pobreza del corazón de mi hermano. Así actúa siempre Jesús: al corazón pobre de la pecadora, Jesús le entrega el perdón; a la mirada deshecha de Pedro en las negaciones, Jesús la llena con el consuelo; el sufrimiento desesperado del buen ladrón en la cruz lo colma el Señor con la certeza del reino. La misericordia pasa siempre por el esfuerzo de arrancar algo de mí, para que sirva al crecimiento humano del otro.
¡Qué distinta son la lástima y la misericordia! La lástima implica darse cuenta de la pobreza del otro y sentir, por qué no, remordimiento ante el dolor del hermano. Pero la lastima acaba siempre por pasar de largo ante el sufrimiento del prójimo y tolerar que el estado de opresión se mantenga de manera permanente. La misericordia, es algo muy distinto: entregar algo de sí mismo a la pobreza del corazón de mi hermano para que éste crezca en humanidad. La misericordia es una gran virtud, la lástima no pasa de ser un triste defecto.



1. MISERICORDIA DIVINA EN LA REVELACIÓN
«De este modo en Cristo y por Cristo, se hace también particularmente visible Dios en su misericordia, esto es, se pone de relieve el atributo de la divinidad, que ya el Antiguo Testamento, sirviéndose de diversos conceptos y términos, definió « misericordia ». Cristo confiere un significado definitivo a toda la tradición veterotestamentaria de la misericordia divina. No sólo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica. El mismo es, en cierto sentido, la misericordia. A quien la ve y la encuentra en él, Dios se hace concretamente « visible » como Padre “rico en misericordia” (Ef 2, 4)» .
La misericordia es el núcleo central del mensaje evangélico, es el nombre mismo de Dios, el rostro con el que se reveló en la Antigua Alianza y plenamente en Jesucristo, encarnación del Amor creador y redentor. Este amor de misericordia ilumina también el rostro de la Iglesia y se manifiesta mediante los sacramentos, especialmente el de la Reconciliación, y mediante las obras de caridad, comunitarias e individuales.
«Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como “Padre de la misericordia” (2 Cor 1, 3), nos permite ‘verlo’ especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su dignidad. Debido a esto, en la situación actual de la Iglesia y del mundo, muchos hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de fe se dirigen, yo diría casi espontáneamente, a la misericordia de Dios. Ellos son ciertamente impulsados a hacerlo por Cristo mismo, el cual, mediante su Espíritu, actúa en lo íntimo de los corazones humanos. En efecto, revelado por El, el misterio de Dios “Padre de la misericordia” constituye, en el contexto de las actuales amenazas contra el hombre, como una llamada singular dirigida a la Iglesia» .
Todo lo que la Iglesia dice y realiza, manifiesta la misericordia que Dios tiene para con el hombre. Cuando la Iglesia debe recordar una verdad olvidada, o un bien traicionado, lo hace siempre impulsada por el amor misericordioso, para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10, 10). De la misericordia divina, que pacifica los corazones, brota además la auténtica paz en el mundo.
«En efecto, la revelación y la fe nos enseñan no tanto a meditar en abstracto el misterio de Dios, como “Padre de la misericordia”, cuanto a recurrir a esta misma misericordia en el nombre de Cristo y en unión con El ¿No ha dicho quizá Cristo que nuestro Padre, que “ve en secreto” (Mt 6, 4. 6. 18), espera, se diría que continuamente, que nosotros, recurriendo a Él en toda necesidad, escrutemos cada vez más su misterio: el misterio del Padre y de su amor? (Cfr. Ef 3, 18; además Lc 11, 5-13)» .
La Iglesia proclama la verdad de la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y resucitado, y la profesa de varios modos. Además, trata de practicar la misericordia para con los hombres a través de los hombres, viendo en ello una condición indispensable de la solicitud por un mundo mejor y « más humano », hoy y mañana. Sin embargo, en ningún momento y en ningún período histórico -especialmente en una época tan crítica como la nuestra- la Iglesia puede olvidar la oración que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan. Precisamente éste es el fundamental derecho-deber de la Iglesia en Jesucristo: es el derecho-deber de la Iglesia para con Dios y para con los hombres… .
En efecto, la inmensa condescendencia de Dios, tanto hacia el género humano en su conjunto como hacia cada una de las personas, resplandece de modo especial cuando el mismo Dios todopoderoso perdona los pecados y los defectos morales, y readmite paternalmente a los culpables a su amistad, que merecidamente habían perdido.
Así, los fieles son impulsados a conmemorar con íntimo afecto del alma los misterios del perdón divino y a celebrarlos con fervor, y comprenden claramente la suma conveniencia, más aún, el deber que el pueblo de Dios tiene de alabar, con formas particulares de oración, la Misericordia divina, obteniendo al mismo tiempo, después de realizar con espíritu de gratitud las obras exigidas y de cumplir las debidas condiciones, los beneficios espirituales derivados del tesoro de la Iglesia. “El misterio pascual es el culmen de esta revelación y actuación de la misericordia, que es capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido del orden salvífico querido por Dios desde el principio para el hombre y, mediante el hombre, en el mundo” (Dives in misericordia, 7).
En efecto, ¿qué es la misericordia sino el amor sin límites de Dios, que ante el pecado del hombre, frenando el sentimiento de una severa justicia, casi se deja enternecer por la miseria de la criatura, y va hasta el don total de sí, en la cruz del Hijo? “¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!” (Pregón pascual).
Para captar la profundidad de este misterio, debemos tomar muy en serio la desconcertante revelación de Jesús: «Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión» (Lc 15, 7). Dios es verdaderamente el pastor que deja las noventa y nueve ovejas para ir en busca de la perdida (cf. Lc 15, 4-6); es el padre que espera siempre al hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-31). ¿Quién puede decir que está sin pecado y que no necesita la misericordia de Dios?
Nosotros, hombres de este tiempo tan inquieto, oscilante entre el vacío de la autoexaltación y el abatimiento de la desesperación, necesitamos más que nunca una experiencia regeneradora de misericordia. Debemos aprender a repetir a Dios, con confianza y sencillez de hijos: «Grande es nuestro pecado, pero más grande es tu amor» (Himno de Vísperas del tiempo de Cuaresma).
Al abrirnos a la misericordia, no pretendemos ciertamente aprovecharnos de ella para acomodarnos en la mediocridad y en el pecado; al contrario, nos sentimos impulsados a propósitos de vida nueva.


2. EL DIOS DE JESÚS, ES UN DIOS RICO EN MISERICORDIA
La revelación nos recuerda que, a pesar de nuestra indignidad, somos los destinatarios de la misericordia infinita de Dios. Dios nos ama de un modo que podríamos llamar ‘obstinado’, y nos envuelve con su inagotable ternura.
Así, por ejemplo, en el libro de las Crónicas del Antiguo Testamento (cf. 2 Cr 36, 14-16. 19-23) el autor sagrado propone una interpretación sintética y significativa de la historia del pueblo elegido, que experimenta el castigo de Dios como consecuencia de su comportamiento rebelde: el templo es destruido y el pueblo, en el exilio, ya no tiene una tierra; realmente parece que Dios se ha olvidado de él. Pero luego ve que a través de los castigos Dios tiene un plan de misericordia. En efecto, los designios de Dios, también cuando pasan por la prueba y el castigo, se orientan siempre a un final de misericordia y de perdón.
Por su parte, el apóstol san Pablo, nos recuerda que “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo" (Ef 2, 4-5). Para expresar esta realidad de salvación, el Apóstol, además del término ‘misericordia’, utiliza también la palabra ‘amor’, ágape, recogida y amplificada en la bellísima afirmación de la página evangélica de san Juan: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3, 16).
Si toda la misión histórica de Jesús es signo elocuente del amor de Dios, lo es de modo muy singular su muerte, en la que se manifestó plenamente la ternura redentora de Dios. Por consiguiente la cruz debe estar en el centro de nuestra meditación; en ella contemplamos la gloria del Señor que resplandece en el cuerpo martirizado de Jesús. Precisamente en esta entrega total de sí se manifiesta la grandeza de Dios, que es amor.
¿Cómo responder a este amor radical del Señor? El evangelio nos presenta a un personaje de nombre Nicodemo, miembro del Sanedrín de Jerusalén, que de noche va a buscar a Jesús. Se trata de un hombre de bien, atraído por las palabras y el ejemplo del Señor, pero que tiene miedo de los demás, duda en dar el salto de la fe. Siente la fascinación de este Rabbí, tan diferente de los demás, pero no logra superar los condicionamientos del ambiente contrario a Jesús y titubea en el umbral de la fe.
¡Cuántos, también en nuestro tiempo, buscan a Dios, buscan a Jesús y a su Iglesia, buscan la misericordia divina, y esperan un ‘signo’ que toque su mente y su corazón! Hoy, como entonces, el evangelista nos recuerda que el único ‘signo’ es Jesús elevado en la cruz: Jesús muerto y resucitado es el signo absolutamente suficiente. En él podemos comprender la verdad de la vida y obtener la salvación. Este es el anuncio central de la Iglesia, que no cambia a lo largo de los siglos. Por tanto, la fe cristiana no es ideología, sino encuentro personal con Cristo crucificado y resucitado. De esta experiencia, que es individual y comunitaria, surge un nuevo modo de pensar y de actuar: como testimonian los santos, nace una existencia marcada por el amor .
Jesús confía a los Apóstoles la tarea de proseguir su misión salvífica, para que a través de su ministerio la salvación llegue a todos los lugares y a todos los tiempos de la historia humana: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” (Jn 20, 21). El gesto de encomendarles la misión evangelizadora y el poder de perdonar los pecados está íntimamente relacionado con el don del Espíritu, como indican sus palabras: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados” (Jn 21, 22-23).
Con estas palabras, Jesús encomienda a sus discípulos el ministerio de la misericordia. En efecto, en el misterio pascual se manifiesta plenamente el amor salvífico de Dios, rico en misericordia, “Dives in misericordia” (cf. Ef 2, 4). La misericordia divina, supera todo límite humano y resplandece en la oscuridad del mal y del pecado. La Iglesia nos impulsa a acercarnos con confianza a Cristo, quien, con su muerte y su resurrección, revela plena y definitivamente las extraordinarias riquezas del amor misericordioso de Dios.

3. PROFUNDIZACIÓN DEL CONCEPTO MISERICORDIA
El concepto de ‘misericordia’ tiene en el Antiguo Testamento una larga y rica historia. Debemos remontarnos hasta ella para que resplandezca más plenamente la misericordia revelada por Cristo. Al revelarla con sus obras y sus enseñanzas, El se estaba dirigiendo a hombres, que no sólo conocían el concepto de misericordia, sino que además, en cuanto pueblo de Dios de la Antigua Alianza, habían sacado de su historia plurisecular una experiencia peculiar de la misericordia de Dios. Esta experiencia era social y comunitaria, como también individual e interior.
Una observación atenta de los Libros Sagrados nos descubre dos realidades que se ha dado en la historia del pueblo de Israel y, seguramente las podríamos encontrar también en la historia de todos los pueblos civilizados:
a) En primer lugar podemos constatar que la misma idea de ‘misericordia’ fue el origen de la ‘justicia’. Con razón se dice que la justicia es neutral; sin embargo, el origen de la justicia fue la defensa del pobre: el rico, por definición, tiene dinero y poder y en su enfrentarse con el pobre, si es él quien tiene la razón, la implanta sin recurrir al juez ni a la justicia; por el contrario, con frecuencia impone su voluntad sin tener la razón (con la razón del más fuerte). En cambio el pobre carece de dinero y de poder: si no tiene razón (y poderosa), ni se le ocurre pelear contra el rico. Pero, si tiene razón, ¿a quien puede recurrir? El único recurso es el juez y el derecho. Aquí está el meollo de la cuestión y la finalidad última de la misericordia: la justicia. Esta idea la podemos encontrar en las denuncias proféticas:
“Estoy harto de holocaustos... Den sus derechos a los oprimidos, hagan justicia a los huérfanos, aboguen por la viuda” (Is. 1, 11 y 17).
“Escuchen esto los que pisotean al pobre y quieren suprimir a los humildes en la tierra diciendo: ¿Cuándo pasará el novilunio y el sábado para achicar la medida y aumentar el peso, falsificando la balanza, para comprar por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias?”.
Nos damos cuenta que la justicia nació como salvaguarda de los pobres, de su conciencia de hombres con derechos y que necesitan hacerlos valer.
b) En segundo lugar, se puede observar que muchas actuaciones, que en un principio entraban en el ámbito de la misericordia, se han transformado en derechos. Pensemos en la educación: hasta hace poco el ‘instruir a los ignorantes’ era una obra de misericordia y, para ello, han surgido muchas Congregaciones religiosas. Hoy en día la misma educación se proclama como uno de los mayores derechos del niño y del hombre en general. De la misma manera, ha sucedido con la asistencia a los enfermos o a los ancianos,.... Es como si, a través de “la misericordia se crea un movimiento hacia la justicia”. El ámbito de la misericordia es aquel en el que aún no ha llegado la justicia. Por ello, hacer o tener misericordia no es el mantener el ‘status quo’, el inmovilismo social de la justicia, sino que es luchar por los derechos de los más débiles; se cree en su dignidad como hombre y como persona, y para el cristiano, como hijo de Dios, independientemente de su poder y de su riqueza. La misericordia lleva a la justicia.
Tener misericordia no es compadecerse desde una situación de privilegio, sino sentir en su propia carne los estragos de una injusticia estructural, de la injusticia de “la justicia”.
Misericordia es mirar al ‘otro’ como a un sujeto de derechos y es luchar para que éstos lleguen a todos, independientemente de la situación de poder y de la potencia económica que se tenga.
Sólo cuando se llegue a la verdadera justicia, a la justicia plena, ya no se necesitará misericordia. Pero ¿no es esto una utopía? Mientras tanto es necesario luchar en favor de los pobres y de los más desvalidos. Dios no es injusto por ser misericordioso.... El que su justicia supere la nuestra y llegue donde la justicia humana deja de cubrir las verdaderas necesidades es una garantía del amor que Dios nos tiene a todos los hombres.
Al profundizar así el concepto de misericordia, vemos como éste se torna en justicia, pero en una justicia muy incómoda y, por ende, perseguida por los poderosos; por ello la misericordia tiene que mantenerse con fortaleza, pues existe un muy pequeño trecho entre el ser considerado misericordioso y ser tildado de subversivo, reaccionario o profeta del odio. Muchos, llevados de un espíritu misericordioso, lucharon por la justicia y fueron asesinados (Romero, Ellacuría,...). En otras palabras: para una misericordia bien entendida hay que arriesgar y enfrentarse a un orden ya establecido por los que más pueden y contrario a los que no tienen voz.
Según dice San Agustín (Cf. De civ. Dei 9,5: PL 41,261), “la misericordia es la compasión que experimenta nuestro corazón por las miserias ajenas, y que nos compele a socorrerlas si podemos”. Llamase misericordia porque uno tiene el corazón afligido (cor miserum) por la miseria de otro” (2-2 q.30 a.1 c).
Juan Pablo II, en su preciosa encíclica Dives in misericordia, ha hecho un análisis profundo y sugestivo del concepto bíblico de misericordia. Sus páginas son el mejor comentario exegético-teológico a la bienaventuranza de la misericordia: “En Cristo y por Cristo se hace particularmente visible Dios en su misericor¬dia (…) “Hacer presente al Padre en cuanto amor y misericordia es, en la conciencia de Cristo mismo, la prueba fundamental de su misión de Mesías... Es necesario constatar que Cristo, al revelar el amor-misericordia de Dios, exigía al mismo tiempo a los hombres que, a su vez, se dejasen guiar en su vida por el amor y la misericordia. Esta exigencia forma parte del núcleo mismo del mensaje mesiánico y constituye la esencia del ethos evangélico” (DM 3).


4. EN LA IGLESIA SE MANIFIESTA LA MISERICORDIA DE DIOS
Es a través del ministerio de su Iglesia que Dios extiende en el mundo su misericordia a través de los siglos: “en ella se manifiesta la plenitud de la misericordia del Padre, que sale al encuentro de todos con su amor, manifestado en primer lugar con el perdón de las culpas”, pero lo hace también mediante aquel don que está en estrecha conexión con el Sacramento de la Reconciliación, don que con nombre antiguo se llama ‘indulgencia’.
El campo de la misericordia es tan grande como la miseria humana que se trata de remediar; pues eso es la misericordia: “compasión de la miseria ajena, que nos mueve a remediarla, si es posible” (San Agustín). En el orden físico, intelectual y moral, el hombre puede estar lleno de calamidades y miserias. Por eso las obras de misericordia son innumerables -tantas como necesidades del hombre-, aunque tradicionalmente, a modo de ejemplo, se han señalado catorce, en las que esta virtud se manifiesta de manera concreta. Nuestra actitud compasiva y misericordiosa ha de ser en primer lugar con los que habitualmente tratamos, con quienes Dios ha puesto a nuestro lado y con aquellos que están más necesitados.
La misericordia nos llevará a preocuparnos de la salud, del descanso, del alimento de quienes Dios nos encomienda. Por ejemplo, los enfermos merecen una atención especial: compañía, interés verdadero por su curación, facilitarles el que ofrezcan a Dios su enfermedad…, así se hacen obras de misericordia materiales, al procurarles lo necesario para aliviar su enfermedad físicamente y espirituales, al prestarles atención, paciencia y solicitud a sus necesidades psicológicas.
La escritura está llena de citas que nos invitan a la misericordia: Lc 6,36; Ef 4,32; Tob 4,8; Dt 15,11; Prov 24,11; Eclo 29,27; Zac 7,9; Mt 18,33; Is 58,10; Mt 10,42; Sal 40,2; Prov 11,17; Prov 21,3; etc… .
Palabras de los padres de la Iglesia
“Por misericordia se entiende aquí no sólo la que se practica a través de las limosnas, sino la que produce el pecado del hermano, ayudando así unos a otros a llevar la carga” (San Jerónimo)
“Es la tristeza del mal ajeno, pero en cuanto se estima como propio” (Santo Tomás)
“Misericordioso es el que considera la desgracia de otro como propia, y se duele del mal de otro como si fuera suyo” (San Remigio)
La misericordia no se queda en una escueta actitud de compasión, la misericordia se identifica con la superabundancia de la caridad que, al mismo tiempo, trae consigo la superabundancia de la justicia. Misericordia significa mantener el corazón en carne viva, humana y divinamente transido por un amor recio, sacrificado, generoso.
“Quien practique la misericordia -dice el apóstol- que lo haga con alegría: esta prontitud y diligencia duplicarán el premio de tu dádiva. Pues lo que se ofrece de mala gana y por fuerza no resulta en modo alguno agradable ni hermoso” (San Gregorio Nacianceno).
“La justicia y la misericordia están tan unidas que la una sostiene a la otra. La justicia sin misericordia es crueldad; y la misericordia sin justicia es ruina, destrucción” (Santo Tomás)
“Las obras de misericordia son la prueba de la verdadera santidad” (Santo Tomás)
“La caridad no se practica solo con el dinero. Podéis visitar a un enfermo, hacerle un rato de compañía, prestarle algún servicio, arreglarle la cama, prepararle los remedios, consolarle en sus penas, leerle algún libro piadoso” (Santo Cura de Ars)
“Las obras de misericordia son variadísimas, y así todos los cristianos que lo son de verdad, tanto si son ricos como si son pobres, tienen ocasión de practicarlas en la medida de sus posibilidades; y aunque no todos pueden ser iguales en la cantidad de lo que dan, todos pueden serlo en su buena disposición” (San León Magno)
“La misericordia es el lustre del alma, la enriquece y la hace aparecer buena y hermosa. El que piensa compadecerse de la miseria del otro, empieza a abandonar el pecado” (San Agustín).
Juan Pablo II, en su exhortación Dives in misericordia, en el Capítulo VII sobre La Misericordia de Dios en la Misión de la Iglesia, nos. 12 y 13, enseña: «Conservando siempre en el corazón la elocuencia de estas palabras inspiradas y aplicándolas a las experiencias y sufrimientos propios de la gran familia humana, es menester que la Iglesia de nuestro tiempo adquiera conciencia más honda y concreta de la necesidad de dar testimonio de la misericordia de Dios en toda su misión, siguiendo las huellas de la tradición de la Antigua y Nueva Alianza, en primer lugar del mismo Cristo y de sus Apóstoles.
La Iglesia debe dar testimonio de la misericordia de Dios revelada en Cristo, en toda su misión de Mesías, profesándola principalmente como verdad salvífica de fe necesaria para una vida coherente con la misma fe, tratando después de introducirla y encarnarla en la vida bien sea de sus fieles, bien sea -en cuanto posible- en la de todos los hombres de buena voluntad. Finalmente, la Iglesia -profesando la misericordia y permaneciendo siempre fiel a ella- tiene el derecho y el deber de recurrir a la misericordia de Dios, implorándola frente a todos los fenómenos del mal físico y moral, ante todas las amenazas que pesan sobre el horizonte de la vida de la humanidad contemporánea.
La Iglesia debe profesar y proclamar la misericordia divina en toda su verdad, cual nos ha sido transmitida por la revelación. En las páginas precedentes de este documento hemos tratado de delinear al menos el perfil de esta verdad que encuentra tan rica expresión en toda la Sagrada Escritura y en la Tradición. En la vida cotidiana de la Iglesia la verdad acerca de la misericordia de Dios, expresada en la Biblia, resuena cual eco perenne a través de numerosas lecturas de la Sagrada Liturgia. La percibe el auténtico sentido de la fe del Pueblo de Dios, como atestiguan varias expresiones de la piedad personal y comunitaria. Sería ciertamente difícil enumerarlas y resumirlas todas, ya que la mayor parte de ellas están vivamente inscritas en lo íntimo de los corazones y de las conciencias humanas.
Si algunos teólogos afirman que la misericordia es el más grande entre los atributos y las perfecciones de Dios, la Biblia, la Tradición y toda la vida de fe del Pueblo de Dios dan testimonios exhaustivos de ello. No se trata aquí de la perfección de la inescrutable esencia de Dios dentro del misterio de la misma divinidad, sino de la perfección y del atributo con que el hombre, en la verdad intima de su existencia, se encuentra particularmente cerca y no raras veces con el Dios vivo. Conforme a las palabras dirigidas por Cristo a Felipe, “la visión del Padre” -visión de Dios mediante la fe- halla precisamente en el encuentro con su misericordia un momento singular de sencillez interior y de verdad, semejante a la que encontramos en la parábola del hijo pródigo».

CAPÍTULO CUARTO: Jesús perdona los pecados por el ministerio de la Iglesia, del Sr. Cura Dr. Félix Castro Morales


CAPÍTULO CUARTO
Jesús perdona los pecados por el ministerio de la Iglesia

El gesto de Jesús, que en la tarde de Pascua ‘sopló’ sobre los Apóstoles comunicándoles el Espíritu Santo (cf. Jn 20, 21-22) evoca la creación del hombre, descrita por el Génesis como la comunicación de un “aliento de vida” (Gn 2, 7). El Espíritu Santo es como el ‘soplo’ del Resucitado, que infunde la nueva vida a la Iglesia, representada por los primeros discípulos. El signo más evidente de esta vida nueva es el poder de perdonar los pecados. En efecto, Jesús dice: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23). Donde se derrama “el Espíritu de santificación” (Rm 1, 4), queda destruido lo que se opone a la santidad, es decir, el pecado. El Espíritu Santo, según las palabras de Cristo, es quien “convencerá al mundo en lo referente al pecado” (Jn, 16, 8).
El hace tomar conciencia del pecado, pero, al mismo tiempo, es él mismo quien perdona los pecados. A este propósito santo Tomás afirma: «Dado que el Espíritu Santo funda nuestra amistad con Dios, es normal que por medio de él Dios nos perdone los pecados» (Contra gentiles, 4, 21, 11).
El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que «Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: “El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra” (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: “Tus pecados están perdonados” (Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.
Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del ‘ministerio de la reconciliación’ (2 Cor 5,18). El apóstol es enviado ‘en nombre de Cristo’, y ‘es Dios mismo’ quien, a través de él, exhorta y suplica: “Déjense reconciliar con Dios” (2 Co 5,20).
En la tarde de Pascua, el Señor Jesús se mostró a sus apóstoles y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 22-23).
Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Simón Pedro: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16,19). “Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza (cf Mt 18,18; 28,16-20), recibió la función de atar y desatar dada a Pedro (cf Mt 16,19)” LG 22).
Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien que recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios.
“Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones” (LG 11).
A lo largo de los siglos la forma concreta, según la cual la Iglesia ha ejercido este poder recibido del Señor ha variado mucho. Durante los primeros siglos, la reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados particularmente graves después de su Bautismo (por ejemplo, idolatría, homicidio o adulterio), estaba vinculada a una disciplina muy rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer penitencia pública por sus pecados, a menudo, durante largos años, antes de recibir la reconciliación. A este “orden de los penitentes” (que sólo concernía a ciertos pecados graves) sólo se era admitido raramente y, en ciertas regiones, una sola vez en la vida. Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la práctica ‘privada’ de la Penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada de obras de penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. El sacramento se realiza desde entonces de una manera más secreta entre el penitente y el sacerdote. Esta nueva práctica preveía la posibilidad de la reiteración del sacramento y abría así el camino a una recepción regular del mismo. Permitía integrar en una sola celebración sacramental el perdón de los pecados graves y de los pecados veniales. A grandes líneas, esta es la forma de penitencia que la Iglesia practica hasta nuestros días.
A través de los cambios que la disciplina y la celebración de este sacramento han experimentado a lo largo de los siglos, se descubre una misma estructura fundamental. Comprende dos elementos igualmente esenciales: por una parte, los actos del hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, a saber, la contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción; y por otra parte, la acción de Dios por ministerio de la Iglesia. Por medio del obispo y de sus presbíteros, la Iglesia en nombre de Jesucristo concede el perdón de los pecados, determina la modalidad de la satisfacción, ora también por el pecador y hace penitencia con él. Así el pecador es curado y restablecido en la comunión eclesial.
La fórmula de absolución en uso en la Iglesia latina expresa el elemento esencial de este sacramento: el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón. Realiza la reconciliación de los pecadores por la Pascua de su Hijo y el don de su Espíritu, a través de la oración y el ministerio de la Iglesia: Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (OP 102)».


1. El misterio de la reconciliación en la historia de la salvación
La praenotanda al sacramento de la reconciliación, de la edición típica del Ritual Romano, dice sobre este tema que: «El Padre manifestó su misericordia reconciliando consigo por Cristo todos los seres, los del cielo y de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz (Cf. 2 Cor 5, 18 s; Col 1, 20). El Hijo de Dios, hecho hombre, convivió entre los hombres para libe¬rarlos de la esclavitud del pecado (Cf. Jn 8, 34-36) y llamarlos desde las tinieblas a su luz admirable (Pe 2, 9). Por ello inició su misión en la tierra predicando penitencia y diciendo: “Convertíos y creed la Buena Noticia” (Mc 1, 15).
Esta llamada a la penitencia, que ya resonaba insistentemente en la pre¬dicación de los profetas, fue la que preparó el corazón de los hombres al adve¬nimiento del Reino de Dios por la palabra de Juan el Bautista que vino “a predicar que se convirtieran y se bautizaran para que se les perdonasen los pecados” (Mc 1, 4).
Jesús, por su parte, no sólo exhortó a los hombres a la penitencia, para que abandonando la vida de pecado se convirtieran de todo corazón a Dios (Cf. Lc 15), sino que acogió a los pecadores para reconciliarlos con el Padre (Cf. Lc 5, 20.27-32; 7, 48). Además, como signo de que tenía poder de perdonar los pecados, curó a los enfermos de sus dolencias (Cf Mt 9, 2-8). Finalmente, él mismo “fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4, 25). Por eso, en la misma noche en que iba a ser entregado, al iniciar su pasión salvadora (Cf. Missale Romanum, Prex eucharistica III), instituyó el sacrificio de la Nueva Alianza en su sangre derramada para el perdón de los pecados ( Mt 26, 28) y, después de su resurrección, envió el Espíritu Santo a los apóstoles para que tuvieran la potestad de perdonar o retener los pecados (Cf. Jn 20, 19-23) y recibieran la misión de predicar en su nombre la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos (Cf. Lc 24, 47).
Pedro, fiel al mandato del Señor que le había dicho: “Te daré las llaves del Reino de los cielos y lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mt 16, 19), proclamó el día de Pentecostés un bautismo para la remisión de los pecados: “convertíos... y bautizaos todos en nombre de Jesucristo, para que se os perdonen los peca¬dos” (Act 2, 38) [Cf. Act 3, 19.26; 17,30]. Desde entonces la Iglesia nunca ha dejado ni de exhortar a los hombres a la conversión, para que abandonando el pecado se conviertan a Dios, ni de significar, por medio de la celebración de la penitencia, la vic¬toria de Cristo sobre el pecado.
Esta victoria sobre el pecado la manifiesta la Iglesia en primer lugar por medio del sacramento del Bautismo; en él nuestra vieja condición es crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de peca¬dores, y, quedando nosotros libres de la esclavitud del pecado, resucitamos con Cristo para vivir para Dios (Cf. Rom 6, 4-10). Por ello confiesa la Iglesia su fe al proclamar en el símbolo: “reconocemos un solo bautismo para el perdón de los pecados”.
En el sacrificio de la Misa se hace nuevamente presente la pasión de Cristo y la Iglesia ofrece nuevamente a Dios, por la salvación de todo el mundo, el cuerpo que fue entregado por nosotros y la sangre derramada para el perdón de los pecados. En la Eucaristía, en efecto, Cristo está presente y se ofrece como “víctima por cuya inmolación Dios quiso devolvernos su amistad” (Missale Romanum, Prex eucharistica III), para que por medio de este sacrificio el Espíritu Santo nos congregue en la unidad” (Missale Romanum, Prex eucharistica II).
Pero además nuestro Salvador Jesucristo instituyó en su Iglesia el sacra¬mento de la Penitencia al dar a los apóstoles y a sus sucesores el poder de per¬donar los pecados; así los fieles que caen en el pecado después del bautismo, renovada la gracia, se reconcilien con Dios (Cf. Conc. Trid., Sessio XIV. De sacramenta Paenitentiae, cap. I: DS, 1668 et 1670; can. 1: DS, 1701). La Iglesia, en efecto, “posee el agua y las lágrimas, es decir, el agua del bautismo y las lágrimas de la pe¬nitencia” (S. Ambrosius, Epist 41, 12; PL 16, 1116)».
2. PRIMERAS EXPERIENCIAS DEL PERDÓN DE LOS PECADOS
En la Iglesia primitiva, la Penitencia se convirtió en una tabla de salvación para el pecador bautizado. Pero se propagó la práctica de limitar el frecuente acceso al sacramento para evitar abusos. San Juan Crisóstomo se veía reprochado por sus adversarios por otorgar sin cansarse la penitencia y el perdón de los pecados a los fieles que venían arrepentidos.
En el siglo III, el rigor del que hablábamos da paso a excesos y herejía. Se propaga la herejía de Montano, que predicaba que el final del mundo estaba cerca y decía: “La Iglesia puede perdonar los pecados, pero yo no lo haré para que los demás no pequen ya”. Tertuliano y muchos otros se adhieren al ‘montanismo’.
Con grandes dificultades, la Iglesia superó esta herejía, poniendo en claro el estatuto del penitente y la forma pública y solemne en que debía desarrollarse la disciplina sacramental de la penitencia.
Después que la Iglesia impusiera la penitencia, los pecadores se constituían en un grupo penitencial u "orden de los penitentes". Los pecados no se proclamaban en público, pero si era pública la entrada al grupo ya que se hacía ante el obispo y los fieles.
El “orden de los penitentes” mantenía un tiempo largo de renuncia al mundo, semejante al de los monjes más austeros. Según la región, los penitentes llevaban un hábito especial o la cabeza rapada.
El obispo fijaba la medida de la penitencia, “a cada pecado le corresponde su penitencia adecuada, plena y justa”. Se fijaban las obligaciones penitenciales por medio de concilios locales, ej. Elvira, en España o Arlés, en Francia. Las obligaciones penitenciales eran de tipo general, litúrgicas y las estrictamente penitenciales, como la vida mortificada, ayunos, limosnas y otras formas de virtud exterior.
En la práctica ocurría que la gente iba posponiendo el tiempo de penitencia hasta la hora de la muerte, haciendo de la penitencia, un ejercicio de preparación para bien morir, porque solo podía ser ejercitada una vez.
El proceso penitencial equivalía a un verdadero estado de excomunión. Hasta que el penitente no fuera reconciliado, no podía acercarse a la Eucaristía. El término del proceso penitencial era la reconciliación con la Iglesia, signo de la reconciliación con Dios.
A partir del siglo V se realizaba la reconciliación el Jueves Santo, al término de una cuaresma que, de por sí, ya es un ejercicio penitencial.
El obispo acogía e imponía las manos a los penitentes, en signo de bendición. La plegaria de los fieles era el eco comunitario de esta reconciliación.
Mientras, en las Islas Británicas, especialmente en Irlanda, se iba abriendo paso a un nuevo procedimiento de reconciliación con penitencia privada con un sacerdote y utilizando los famosos manuales de pecados (penitenciales), confeccionados por algunos Padres de la Iglesia, como San Agustín o Cesareo de Arlés. Desde las Iglesias Celtas, esta forma de penitencia se propaga por Europa.
Los manuales penitenciales establecían la penitencia según el pecado cometido y fueron muy importantes para evitar el “abaratamiento del perdón” y el relajamiento del compromiso cristiano. Ayudaron también a desenmascarar las herejías de los siglos III al VII. Delimitaban que cosa es pecado grave, fruto de la malicia y que es pecado leve, cometido por debilidad o imprudencia.
Se renuncia al principio de otorgar la reconciliación una sola vez en la vida.
Concilio de Trento reiteró la fe de la Iglesia: la confesión de los pecados ante los sacerdotes, es necesaria para los que han caído (gravemente) después del Bautismo.
La confesión íntegra, por parte del penitente, y la absolución, por parte del sacerdote que preside el Sacramento y que hace de mediador del juicio benévolo y regenerador de Dios sobre el pecador, vienen siendo las dos columnas de la disciplina del Concilio de Trento hasta nuestros días, (Código de Derechos Canónicos, Canon 960). ictoria de Cristo sobre el pecado.
Por otra parte, la praenotanda al sacramento de la reconciliación, de la edición típica del Ritual Romano, cuando habla de la reconciliación de los penitentes en la vida de la Iglesia, La Iglesia es santa y al mismo tiempo está siempre necesitada de purificación, expresa que «Cristo “amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para consa¬grarla” (Ef 5, 25-26), y la tomó como esposa [18: Cf. Ap 19,7.]; la enriquece con sus propios dones divinos, haciendo de ella su propio cuerpo y su plenitud (Ef I, 22-23; Conc. Vat. II, Const. Lumen Gentium, n. 7: AAS 57 (1965), pp. 9-11), y por medio de ella comunica a todos los hombres la verdad y la gracia.
Pero los miembros de la Iglesia están sometidos a la tentación y con fre¬cuencia caen miserablemente en el pecado. Por eso, “mientras Cristo santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (2 Cor 5, 21), sino que “vino a expiar únicamente los pecados del pueblo” (Hb 2, 17), la Iglesia acoge en su propio seno a hombres pecadores, es al mismo tiempo santa y está siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la penitencia y la renovación” (Conc. Vat II, Const. Lumen Gentium n 8; ibid., p. 12).
Esta constante vida penitencial el pueblo de Dios la vive y la lleva a plenitud de múltiples y variadas maneras. La Iglesia, cuando comparte los padecimientos de Cristo [21: Cf. 1 Pt 4, 13) y se ejercita en las obras de misericordia y caridad (Cf. 1Pe 4, 8], va convirtiéndose cada día más al evangelio de Jesucristo y se hace así, en el mundo, signo de conversión a Dios. Esto la Iglesia lo realiza en su vida y lo celebra en su liturgia, siempre que los fieles se confiesan pecadores e imploran el perdón de Dios y de sus hermanos, como acontece en las cele¬braciones penitenciales, en la proclamación de la Palabra de Dios, en la ora¬ción y en los aspectos penitenciales de la celebración eucarística (Cf. Conc. Trid. Sessio XIV, De sacramento Paenitentiae:. DS 1638, 1740, 1743; S. Congr. Rituum., Instr. Eucharisticum mysterium, 25 maii, 1967 n. 35: AAS, 59 (1967), pp. 560-561; Missale Romanum, Institutio generalis, nn. 29, 30, 56 a. b. g).
Pero en el sacramento de la Penitencia “los fieles obtienen de la miseri¬cordia de Dios el perdón de las ofensas que han hecho al Señor y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia a la que ofendieron con su pecado y que, con su amor, su ejemplo y su oración, les ayuda en el camino de la propia conversión” (Conc. Vat. II, Const. Lumen Gentium, n. 11: AAS 57 (1965) pp. 15-16)».
Ahora nos retomamos algunos aspectos de la Historia de los modos de celebración, diciendo que hasta el final del siglo III se impuso en la Iglesia universal la opinión de que el procedimiento penitencial se podía celebrar sólo una vez en la vida, como ya documenta el Pastor de Hermas. Tertuliano nos narra cómo tenía lugar esta “poenitentia secunda” relativa a los tres pecados capitales, la apostasía, el asesinato y el adulterio.
La celebración del sacramento tenía un carácter fuertemente comunitario. Empezaba con un reconocimiento secreto de los pecados ante el obispo, la admisión al “orden de los penitentes”, la fijación de unas penitencias externas y públicas y la exclusión de la celebración de la Eucaristía. Desde el siglo V la adscripción al orden de los penitentes tenía lugar al comienzo de la cuaresma y la reconciliación la efectuaba el obispo el viernes santo, rodeado de toda la comunidad, mediante la imposición de las manos y la oración. La acogida de Cristo al pecador se sensibiliza mediante la acogida y el abrazo de los hermanos que subraya la mediación eclesial. Hay un bello texto de Tertuliano que subraya esta mediación: “Allí donde hay dos hermanos reunidos, allí está la Iglesia; pero la Iglesia es Cristo. Por eso, cuando tú te postras a los pies de los hermanos, abrazas a Cristo, oras a Cristo; y cuando los hermanos derraman lágrimas sobre ti, es Cristo quien sufre, es Cristo quien ora al Padre. Lo que el Hijo pide siempre se consigue con facilidad”.
Pero la dureza de las penitencias impuestas, que en muchos casos eran muy discriminatorias y vergonzosas, la imposibilidad de confesarse una segunda vez y el miedo a la recaída hicieron que muchos fueran dejando su conversión hasta el final de la vida.
La confesión individual ante un clérigo se desarrolló en los monasterios irlandeses y trajo consigo una transformación radical de la celebración de este sacramento. Era misión del sacerdote estimar la gravedad de los pecados, asignar una penitencia canónica proporcional según tarifas preestablecidas. La penitencia era secreta y se podía repetir. Al principio se le citaba al penitente para que volviese a recibir la absolución después de cumplir la penitencia pero a partir del siglo IX se procedía a la reconciliación inmediatamente después de la confesión, lo cual llegó a convertirse en norma ya después del primer milenio. A partir de este momento la absolución precede a la actio poenitentiae, o cumplimiento de la penitencia.
El concilio de Trento insistió en este enfoque jurídico o forense de la confesión. Los actos del penitente -contrición, confesión y satisfacción- son parte integrante del signo sacramental (Dz 1703), la confesión tiene que ser íntegra, para que el ministro pueda juzgar si debe absolver o no, y cuánta penitencia debe imponer (Dz 1679); hay que confesar las circunstancias que cambien la especie moral del pecado (Dz 1707); la absolución no es un mero anuncio o declaración del perdón, sino que es una sentencia del sacerdote, a modo de juez (Dz 1685).
La reflexión escolástica sobre el papel del sacerdote había llevado ya a sustituir las formas deprecativas –“Que el Señor tenga misericordia de ti”-, por las indicativas –“Yo te absuelvo”. Ésta será la única forma admitida después del concilio de Trento y tiene un marcado carácter jurídico.
En cambio, la forma renovada postconciliar la oración responde a la estructura general de anámnesis y epíclesis, que empieza por el recuerdo de las acciones salvadoras del Dios trinitario en el misterio pascual, continúan con una epíclesis que suplica el perdón y la paz, pero mantienen una forma indicativa de conclusión, idéntica a la de la fórmula antigua.
La historia de la salvación -tanto la de la humanidad entera como la de cada hombre de cualquier época- es la historia admirable de la reconciliación: aquella por la que Dios, que es Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre y en la Cruz de su Hijo hecho hombre, engendrando de este modo una nueva familia de reconciliados.
De esta reconciliación habla la Sagrada Escritura, invitándonos a hacer por ella toda clase de esfuerzos; pero al mismo tiempo nos dice que es ante todo un don misericordioso de Dios al hombre. La historia de la salvación -tanto la de la humanidad entera como la de cada hombre de cualquier época- es la historia admirable de la reconciliación: aquella por la que Dios, que es Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre y en la Cruz de su Hijo hecho hombre, engendrando de este modo una nueva familia de reconciliados.



3. El sacramento del perdón en los Padres de los primeros siglos
Existe una gran variedad de distorsiones históricas respecto al sacramento de la penitencia entre las denominaciones protestantes. Algunos ven la confesión auricular (componente importante del Sacramento) como un invento del segundo milenio. Un ejemplo de este tipo de distorsiones lo tenemos en el “Manual práctico para la obra del evangelismo personal”, el cual a este respecto afirma: “La confesión auricular a los sacerdotes fue oficialmente establecida en la Iglesia romana en el año de 1215. Más tarde en el Concilio de Trento, en 1557, pronunció maldiciones sobre todos aquellos que habían leído la Biblia lo suficiente para hacer a un lado la confesión auricular” .
Es importante aclarar que las definiciones dogmáticas de los concilios no pueden interpretarse como que de alguna manera se está introduciendo una nueva doctrina. Estas suelen ocurrir cuando alguna verdad fundamental es cuestionada o necesita ser definida claramente para bien de los fieles.
Es importante aclarar que aunque la confesión auricular como la conocemos hoy pudo haber ido desarrollándose en su forma exterior a través del tiempo. Veremos que su esencia, radica en el hecho reconocido de la reconciliación del pecador por medio de la autoridad de la Iglesia. Y que ese hecho es parte del legado de la Iglesia, habiendo existido desde que Cristo otorgó dicho poder a los apóstoles. Comprobaremos que la disciplina penitencial, incluida la confesión de los pecados ante el sacerdote y ante la Iglesia, existe desde tiempos apostólicos.
1) La Didajé
Examinemos la Didajé (60-160 d.C) considerada uno de los más antiguos escritos cristianos no-canónicos y que antecede por mucho a la mayoría de los escritos del Nuevo Testamento. Estudios recientes señalan una posible fecha de composición anterior al 160 d.C. Es un excelente testimonio del pensamiento de la Iglesia primitiva. Dicho documento es particularmente insistente en requerir la confesión de los pecados antes de recibir la Eucaristía.
“En la reunión de los fieles confesarás tus pecados y no te acercarás a la oración con conciencia mala” (Didajé IV, 14. Padres Apostólicos, Daniel Ruiz Bueno, pág. 82. pub. B.A.C 65).
En la Didajé tenemos un temprano testimonio histórico opuesto a la posición protestante de confesar los pecados directamente a Dios.
2) Testimonio de Orígenes (185-254 d. C)
Orígenes fue padre de la Iglesia, teólogo y comentarista bíblico. Vivió en Alejandría hasta el 231, pasó los últimos veinte años de su vida en Cesárea del Mar, Palestina y viajando por el Imperio Romano. Fue el mayor maestro de la doctrina cristiana en su época y ejerció una extraordinaria influencia como intérprete de la Biblia.
Afirma que luego del bautismo hay medios para obtener el perdón de los pecados cometidos luego de este. Entre ellos enumera la penitencia.
Además de esas tres hay también una séptima [razón] aunque dura y laboriosa: la remisión de pecados por medio de la penitencia, cuando el pecador lava su almohada con lágrimas, cuando sus lágrimas son su sustento día y noche, cuando no se retiene de declarar su pecado al sacerdote del Señor ni de buscar la medicina, a la manera del que dice “Ante el Señor me acusaré a mi mismo de mis iniquidades, y tú perdonarás la deslealtad de mi corazón” (Citado en inglés en The Faith of the Early Fathers, Vol. 1 pp. 207. William A. Jurgens. Publ. Liturgical Press, 1970. Collegeville, Minnesota. Homilías Sobre los Salmos 2, 4).
Así Orígenes admite una remisión de pecados a través de la penitencia y la confesión ante un sacerdote. Afirma que es el sacerdote quien decide si los pecados deben ser confesados también en público.
“Observa con cuidado a quién confiesas tus pecados; pon a prueba al médico para saber si es débil con los débiles y si llora con los que lloran. Si él creyera necesario que tu mal sea conocido y curado en presencia de la asamblea reunida, sigue el consejo del médico experto” (Homilías Sobre los Salmos 37, 2, 5).
También reconoce que todos los pecados pueden ser perdonados: “Los cristianos lloran como a muertos a los que se han entregado a la intemperancia o han cometido cualquier otro pecado, porque se han perdido y han muerto para Dios. Pero, si dan pruebas suficientes de un sincero cambio de corazón, son admitidos de nuevo en el rebaño después de transcurrido algún tiempo (después de un intervalo mayor que cuando son admitidos por primera vez), como si hubiesen resucitado de entre los muertos” (Contra Celsum 3, 50: EH 253).
3) Declaraciones de Tertuliano
Estrictamente hablando Tertuliano no es considerado un padre de la Iglesia, sino un apologeta y escritor eclesiástico, ya que al final de su vida cae en herejía abrazando el montanismo. Sin embargo fue muy leído antes de su abandono de la Iglesia Católica. Tanto en su periodo ortodoxo como en su periodo herético tenemos en Tertuliano un testigo sin igual que nos informa sobre la práctica primitiva de la penitencia en la Iglesia.
Cuando escribe De paenitentia (aproximadamente en el año 203 d.C. siendo todavía católico). Habla aquí de una segunda penitencia que Dios “ha colocado en el vestíbulo para abrir la puerta a los que llamen, pero solamente una vez, porque ésta es ya la segunda” (De Paenitentia c.7).
En los textos de Tertuliano se ve un entendimiento diáfano de cómo el creyente que ha caído en pecado luego del bautismo tiene necesidad del Sacramento de la Penitencia y expresa el temor de que éste sea mal entendido por los débiles como un medio para seguir pecando y obtener nuevamente el perdón: “¡Oh Jesucristo, Señor mío!, concede a tus servidores la gracia de conocer y aprender de mi boca la disciplina de la penitencia, pero en tanto en cuanto les conviene y no para pecar; con otras palabras, que después (del bautismo) no tengan que conocer la penitencia ni pedirla. Me repugna mencionar aquí la segunda, o por mejor decir, en este caso la última penitencia. Temo que, al hablar de un remedio de penitencia que se tiene en reserva, parezca sugerir que existe todavía un tiempo en que se puede pecar” (De Paenitentia, c.7).
Tertuliano habla de ‘pedir’ la penitencia, descartando la posibilidad de limitarse a una confesión directa con Dios. Esto lo explica Tertuliano detalladamente cuando afirma que para alcanzar el perdón el penitente debe someterse a la έξομολόγησις, o confesión pública, y adicionalmente cumplir los actos de mortificación (capítulos 9-12).
El Testimonio de Tertuliano prueba también que la penitencia terminaba tal como hoy en día como una absolución oficial, luego de haber confesado el pecado: “rehúyen este deber como una revelación pública de sus personas, o que lo difieren de un día para otro”... “¿Es acaso mejor ser condenado en secreto que perdonado en público?” En el capítulo XII habla de la eterna condenación que sufren quienes no quisieron usar esta segunda ‘planca salutis’.
En su periodo montanista Tertuliano niega a la Iglesia el poder de perdonar los pecados graves (adulterio y fornicación) afirmando que dicho perdón lo obtuvo sólo Pedro y negando que éste lo trasmitiera a la Iglesia. Las razones de esta negativa no son las razones de los protestantes de hoy, sino mas bien el carácter riguroso de la doctrina montanista que afirmaba que dichos pecados eran imperdonables.
Es así como se retracta de lo escrito por el mismo escribiendo De Pudicitia (Sobre la Modestia) cuando se ve impelido al enfrentarse a un obispo al que llama Pontifex Maximus y Episcopus Episcoporum (muy posiblemente el Papa Calixto) en virtud a un edicto donde escribe "Perdono los pecados de adulterio y fornicación a aquellos que han cumplido penitencia" confirmando así el poder de la Iglesia de perdonar pecados aun si se trata de adulterio y fornicación. Este edicto es otra evidencia de la posición oficial de la Iglesia que tiene conciencia del poder recibido de Cristo para otorgar el perdón los pecados.
Deja así Tertuliano su testimonio hostil sobre la práctica de la Iglesia pre-nicena: “Y deseo conocer tu pensamiento, saber qué fuente te autoriza a usurpar este derecho para la ‘Iglesia’. Sí, porque el Señor dijo a “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia,” “a ti te he dado las llaves del reino de los cielos,” o bien: “Todo lo que desatares sobre la tierra, será desatado; todo lo que atares será atado"; tú presumes luego que el poder de atar y desatar ha descendido hasta ti, es decir, a toda Iglesia que está en comunión con Pedro, ¡Qué audacia la tuya, que perviertes y cambias enteramente la intención manifiesta del Señor, que confirió este poder personalmente a Pedro!” (De Pudicitia, c.21).
4) San Cipriano (258 d. C)
San Cipriano nació hacia el año 200, probablemente en Cartago, de familia rica y culta. Se dedicó en su juventud a la retórica. El disgusto que sentía ante la inmoralidad de los ambientes paganos, contrastado con la pureza de costumbres de los cristianos, le indujo a abrazar el cristianismo hacia el año 246 d.c. Poco después, en 248 d.C., fue elegido obispo de Cartago.
San Cipriano es un claro expositor de la conciencia de la Iglesia de haber recibido de Cristo el poder de perdonar pecados. Combate así la herejía de Novaciano, quien negaba que hubiera perdón para quienes en tiempo de persecución hubieran renegado de la fe (los lapsi). Así, en De opere et eleemosynis dice que quienes han pecado luego de haber recibido Bautismo pueden volver a obtener el perdón cualquiera que sea el pecado.
También deja un testimonio claro del deber de confesar el pecado mientras haya tiempo y mientras esta confesión pueda ser recibida por la Iglesia: “Los exhorto, hermanos carísimos, a que cada uno confiese su pecado, mientras el que ha pecado vive todavía en este mundo, o sea, mientras su confesión puede ser aceptada, mientras la satisfacción y el perdón otorgado por los sacerdotes son aún agradables a Dios” (De Lapsi 28; Epistolae 16, 2).
5) San Hipólito Mártir (Ca. 235 d.C.)
Se desconoce el lugar y fecha de su nacimiento, aunque se sabe fue discípulo de San Ireneo de Lyon. Su gran conocimiento de la filosofía y los misterios griegos, su misma psicología, indica que procedía del Oriente. Hacia el año 212 d.C. era presbítero en Roma, donde Orígenes -durante su viaje a la capital del Imperio- le oyó pronunciar un sermón.
Con ocasión del problema de la readmisión en la Iglesia de los que habían apostatado durante alguna persecución, estalló un grave conflicto que le opuso al Papa Calixto, pues Hipólito se mostraba rigorista en este asunto, aunque no negaba la potestad de la Iglesia para perdonar los pecados. Tan fuerte fue el enfrentamiento que Hipólito se separó de la Iglesia y, elegido obispo de Roma por un reducido círculo de partidarios, conviertiéndose así en el primer antipapa de la historia. El cisma se prolongó tras la muerte de Calixto, durante el pontificado de sus sucesores Urbano y Ponciano. Terminó en el año 235 d.C., con la persecución de Maximiano, que desterró al Papa legítimo (Ponciano) y a Hipólito a las minas de Cerdeña, donde se reconciliaron. Allí los dos renunciaron al pontificado, para facilitar la pacificación de la comunidad romana, que de este modo pudo elegir un nuevo Papa y dar por terminado el cisma. Tanto Ponciano como Hipólito murieron en el año 235 d.C.
Hipólito es un excelente testimonio cómo la Iglesia estaba conciente de su propia autoridad de perdonar pecados, ya que, aun siendo intransigente, no llega a negar la facultad de la Iglesia para la absolución. Evidencia de esto la hay en La Tradición Apostólica, donde nos deja un testimonio indiscutible cuando reproduce allí la oración para la consagración de un obispo: “Padre que conoces los corazones, concede a este tu siervo que has elegido para el episcopado... que en virtud del Espíritu del sacerdocio soberano tenga el poder de ‘perdonar los pecados’ (facultatem remittendi peccata) según tu mandamiento; que ‘distribuya las partes’ según tu precepto, y que "desate toda atadura" (solvendi omne vinculum iniquitatis), según la autoridad que diste a los Apóstoles”
Particularmente importante este testimonio, ya que La Tradición apostólica es la fuente de un gran número de constituciones eclesiásticas orientales, lo que confirma que dicha conciencia estaba extendida a lo largo de la Iglesia.
6) Las Constituciones Apostólicas del Siglo IV
Al igual que en la Tradición Apostólica de San Hipólito, las constituciones apostólicas escritas en Siria el siglo IV incluyen una oración similar en la ordenación del obispo: "Otórgale, Oh Señor todopoderoso, a través de Cristo, la participación en Tu Santo Espíritu para que tenga el poder para perdonar pecados de acuerdo a Tu precepto y Tu orden, y soltar toda atadura, cualquiera sea, de acuerdo al poder el cual Has otorgado a los Apóstoles" (Constitutione Apostolica VIII, 5 p. i., 1. 1073).
7) San Basilio el Grande (330-379 d.C.)
Obispo de Cesárea, y preeminente clérigo del siglo IV. Es santo de la Iglesia Ortodoxa y contado entre los Padres de la Iglesia.
San Basilio ordena, que el monje tiene que descubrir su corazón y confesar todas sus ofensas, aun sus pensamientos más íntimos, a su superior o a otros hombres probos “que gozan de la confianza de los hermanos”. En este caso, el puesto del superior puede ocuparlo alguno que haya sido elegido como representante suyo. No hay la menor indicación de que el superior o su sustituto tengan que ser sacerdotes. Se puede decir, pues, que Basilio inauguró lo que se conoce bajo el nombre de “confesión monástica” pero no así la confesión auricular, que constituye una parte esencial del Sacramento de la Penitencia”.
“De sus cartas canónicas (cf. supra, p.234) se deduce que seguía todavía en vigor la disciplina que había existido en las iglesias de Capadocia desde los tiempos de Gregorio Taumaturgo. La expiación consistía en la separación del penitente de la asamblea cristiana (Capítulo VII). En la Epístola canónica menciona cuatro grados: el estado de ‘los que lloran’, cuyo puesto estaba fuera de la iglesia, el estado de ‘los que oyen’, que estaban presentes para la lectura de la Sagrada Escritura y para el sermón, el estado de “los que se postran”, que asistían de rodillas a la oración, por último, el estado de quienes ‘estaban de pie’ durante todo el oficio, pero no participaban en la comunión”.
8) San Ambrosio de Milán (340-396 d.C.)
Es uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia latina. Nació hacia 340 d.c. en Tréveris, pero fue criado en Roma. Fue elegido obispo de Milán en 374 d.c. En el 387 D.c. bautizó a San Agustín de Hipona. Se hizo popular por la firmeza de que diera pruebas en 390 d.C. ante el emperador Teodosio, a quien prohibió el acceso a sus iglesias después de las matanzas de Tesalónica, hasta que el emperador hizo pública penitencia. Murió en Milán en 396 d.C.
Compuso entre el 384 d.C. y el 394 d.C. , De Paenitentia, que es un tratado no homilético en dos libros, en el cual Ambrosio refuta las afirmaciones de los novacianos acerca de la potestad de la Iglesia de perdonar pecados y facilita noticias de particular interés para conocer la practica penitencial de la Iglesia de Milán en el siglo IV.
“Profesan mostrando reverencia al Señor reservando sólo a El el poder de perdonar pecados. Mayor error no puede ser que el que cometen al buscar rescindir de Sus órdenes echando abajo el oficio que El confirió. La Iglesia Lo obedece en ambos aspectos, al ligar el pecado y al soltarlo; porque el Señor quiso que ambos poderes deban ser iguales” (De poenitentia, I, ii, 6).
Enseña que este poder es una función del sacerdocio y que este puede perdonar todos los pecados: “Pareciera imposible que los pecados deban ser perdonados a través de la penitencia; Cristo otorgó este (poder) a los apóstoles y de los Apóstoles ha sido transmitido al oficio de los sacerdotes” (Op.cit., II, ii, 12).
“El poder de perdonar se extiende a todos los pecados: “Dios no hace distinción; Él prometió misericordia para todos y a Sus sacerdotes les otorgó la autoridad para perdonar sin ninguna excepción” [Op.cit., I, iii, 10).
9) San Agustín de Hipona (354-430 d.C.)
Considerado como uno de los más grandes padres de la Iglesia por su notable y perdurable influencia en el pensamiento de la Iglesia. Nacido en el año 354 d. C. llegó a ser, no sólo obispo de Hipona, sino uno de los más grandes teólogos que el mundo ha conocido y uno de los primeros doctores de la Iglesia. Intervino en las controversias que los cristianos sostuvieron con los maniqueos, donatistas, pelagianos, arrianos y paganos. Muere el 430 d.C., dejando tras de sí una gran cantidad de obras, parte de un legado que perdura hasta hoy.
Escribe contra aquellos que niegan quela Iglesia hubiera recibido el poder de perdonar pecados: “No escuchemos a aquellos que niegan que la Iglesia de Dios tiene poder para perdonar todos los pecados” (De agonia Christi, III).
Para finalizar citaremos brevemente otros testimonios claros. San Pacián, Obispo de Barcelona (m. 390 d.C.) escribe respecto al perdón de los pecados: “Este que tú dices, sólo Dios lo puede hacer. Bastante cierto: pero cuando lo hace a través de Sus sacerdotes es Su hacer de Su propio poder” (Epístola I ad Simpron, 6 en P.L., XIII, 1057).

4. EL SACRAMENTO DEL PERDÓN EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA
Durante los primeros siglos, la reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados particularmente graves después del bautismo (por ejemplo: idolatría, homicidio, adulterio) estaba vinculada a una disciplina muy rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer penitencia pública por sus pecados, a menudo durante largos años, antes de recibir la reconciliación o perdón de los pecados. Y se admitía raramente y, en ciertas regiones, una sola vez en la vida.
Durante el siglo VII, los monjes irlandeses, inspirados en la tradición monástica de Oriente, trajeron a Europa la práctica “privada” de la penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada de obras de penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. El sacramento desde entonces es de una manera más secreta entre el penitente y el sacerdote. Esta nueva práctica preveía la posibilidad de la reiteración del sacramento y abría así el camino a una recepción regular del mismo. Permitía integrar en una sola celebración sacramental el perdón de los pecados graves y veniales.
En el Evangelio vemos a Jesús como “el que salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). Es Jesús mismo el que perdona al paralítico y a la pecadora. Jesús comunica su poder de perdonar a sus Apóstoles. Así como Dios Padre le ha dado todo a Jesús, así también Jesús comunica a la Iglesia, ese poder perdonador que de Él emanaba para regenerar a los hombres. "A quien perdonéis los pecados, le quedan perdonados" afirma textualmente el Evangelio, (Jn 20, 23).
La Iglesia por medio de sus ministros en el nombre de Jesús otorga el perdón tal como lo hacía Jesús. En la Iglesia primitiva, la Penitencia se convirtió en una tabla de salvación para el pecador bautizado. Pero se propagó la práctica de limitar el frecuente acceso al sacramento para evitar abusos. San Juan Crisóstomo se veía reprochado por sus adversarios por otorgar sin cansarse la penitencia y el perdón de los pecados a los fieles que venían arrepentidos.
En el siglo III, el rigor del que hablábamos da paso a excesos y herejía. Se propaga la herejía de Montano, que predicaba que el final del mundo estaba cerca y decía: “La Iglesia puede perdonar los pecados, pero yo no lo haré para que los demás no pequen ya”. Tertuliano y muchos otros se adhieren al ‘montanismo’.
Con grandes dificultades, la Iglesia superó esta herejía, poniendo en claro el estatuto del penitente y la forma pública y solemne en que debía desarrollarse la disciplina sacramental de la penitencia.
Después que la Iglesia impusiera la penitencia, los pecadores se constituían en un grupo penitencial u ‘orden de los penitentes’. Los pecados no se proclamaban en público, pero si era pública la entrada al grupo ya que se hacía ante el obispo y los fieles.
El ‘orden de los penitentes’ mantenía un tiempo largo de renuncia al mundo, semejante al de los monjes más austeros. Según la región, los penitentes llevaban un hábito especial o la cabeza rapada.
El obispo fijaba la medida de la penitencia, “a cada pecado le corresponde su penitencia adecuada, plena y justa”. Se fijaban las obligaciones penitenciales por medio de concilios locales, ej. Elvira, en España o Arlés, en Francia. Las obligaciones penitenciales eran de tipo general, litúrgicas y las estrictamente penitenciales, como la vida mortificada, ayunos, limosnas y otras formas de virtud exterior.
En la práctica ocurría que la gente iba posponiendo el tiempo de penitencia hasta la hora de la muerte, haciendo de la penitencia, un ejercicio de preparación para bien morir, porque solo podía ser ejercitada una vez.
El proceso penitencial equivalía a un verdadero estado de excomunión. Hasta que el penitente no fuera reconciliado, no podía acercarse a la Eucaristía. El término del proceso penitencial era la reconciliación con la Iglesia, signo de la reconciliación con Dios.
A partir del siglo V se realizaba la reconciliación el Jueves Santo, al término de una cuaresma que, de por sí, ya es un ejercicio penitencial.
El obispo acogía e imponía las manos a los penitentes, en signo de bendición. La plegaria de los fieles era el eco comunitario de esta reconciliación.
Mientras, en las Islas Británicas, especialmente en Irlanda, se iba abriendo paso a un nuevo procedimiento de reconciliación con penitencia privada con un sacerdote y utilizando los famosos manuales de pecados (penitenciales), confeccionados por algunos Padres de la Iglesia, como San Agustín o Cesareo de Arlés. Desde las Iglesias Celtas, esta forma de penitencia se propaga por Europa.
Los manuales penitenciales establecían la penitencia según el pecado cometido y fueron muy importantes para evitar el ‘abaratamiento del perdón’ y el relajamiento del compromiso cristiano. Ayudaron también a desenmascarar las herejías de los siglos III al VII. Delimitaban que cosa es pecado grave, fruto de la malicia y que es pecado leve, cometido por debilidad o imprudencia.
Se renuncia al principio de otorgar la reconciliación una sola vez en la vida. Concilio de Trento reiteró la fe de la Iglesia: la confesión de los pecados ante los sacerdotes, es necesaria para los que han caído (gravemente) después del Bautismo.
La confesión íntegra, por parte del penitente, y la absolución, por parte del sacerdote que preside el Sacramento y que hace de mediador del juicio benévolo y regenerador de Dios sobre el pecador, vienen siendo las dos columnas de la disciplina del Concilio de Trento hasta nuestros días, (Código de Derechos Canónicos, Canon 960).


5. La reconciliación en el Magisterio de la Iglesia
Como inicio de este tema ofrecemos un breve apunto sobre el magisterio de la Iglesia, y acto seguido expondremos algunas ideas sobre la enseñanza de la Iglesia del sacramento de la Reconciliación.
El magisterio de la Iglesia es la expresión con que la Iglesia Católica se refiere a la función y autoridad de enseñar que tienen el Papa (Magisterio Pontificio) y los obispos que están en comunión con él.
Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escritura (sic), ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo” (DV 10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma. (Parte 1ª, Secc. 1ª, cap. 2, art. 2, III)
Dentro del Magisterio Eclesiástico se distinguen el Magisterio Solemne (o extraordinario) y el Magisterio Ordinario. Según la doctrina católica, el primero es infalible (no puede contener error) e incluye las enseñanzas ex-cathedra de los papas y de los concilios (convocados y presididos por él) y el llamado Magisterio Ordinario y Universal, ambos tratan únicamente sobre cuestiones de Fe y de moral. Lo contenido en el Magisterio Sagrado es irrevocable, es decir, no puede contradecirse ni aún por el Papa o los concilios, quedando fijado para siempre.
El Magisterio Ordinario consiste en las enseñanzas no infalibles de los papas y los concilios, las de los obispos y las conferencias episcopales (en comunión con el Papa), y aunque el fiel católico debe creerlo y proclamarlo, cabe que decisiones ulteriores del Magisterio alteren o contradigan su contenido anterior. Dice el Código de Derecho Canónico: Se ha de creer con fe divina y católica todo aquello que se contiene en la palabra de Dios escrita o transmitida por tradición, es decir, en el único depósito de la fe encomendado a la Iglesia, y que además es propuesto como revelado por Dios, ya sea por el magisterio solemne de la Iglesia, ya por su magisterio ordinario y universal, que se manifiesta en la común adhesión de los fieles bajo la guía del sagrado magisterio; por tanto, todos están obligados a evitar cualquier doctrina contraria. (Canon 750, libro III)
La obligación del fiel católico es creer y defender activamente todo lo que enseña el Magisterio Eclesiástico Sagrado, «con la plenitud de su fe», y también lo que enseña el Magisterio Ordinario, pero con un grado menor. Puede leerse en los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús (jesuitas): Debemos siempre tener para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina, creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas, porque por el mismo Espíritu y Señor nuestro, que dio los diez Mandamientos, es regida y gobernada nuestra Santa Madre Iglesia.
Entrando en el segundo punto anunciado, sobre la reconciliación y el Magisterio de la Iglesia, decimos que, como hemos visto, desde un principio los apóstoles fueron conscientes de que el ministerio de la reconciliación proviene de Dios y que ellos habían recibido la palabra de la reconciliación para exhortar a los hombres a la conversión y a cambiar de vida. Siguiendo fielmente la doctrina revelada por Cristo y fieles a sus mandatos el Magisterio de la Iglesia, a través de los Papas, ha hablado sobre este sacramento de la confesión o reconciliación a través de la historia de la iglesia fundada por Cristo.
En efecto, la Iglesia participa de la misión reconciliadora de su Fundador, el Señor Jesús. En cierto sentido, se puede decir que le es inherente una dinámica reconciliativa, tanto ad intra (en su propia existencia comunitaria) como ad extra (en el cumplimiento de la tarea evangelizadora), pues la Iglesia refleja a Jesús reconciliador, siendo su Cuerpo místico, y al Espíritu Santo que plasma la reconciliación histórica en el hoy de la vida cristiana. En otras palabras, se trata de la Iglesia que es al mismo tiempo reconciliadora y reconciliada.
Por consiguiente, el Magisterio de la Iglesia, a través de los Papas, ha hablado sobre este sacramento de la confesión o reconciliación. Presentamos algunos documentos más importantes, como muestra, de lo que ha enseñado el Magisterio sobre este sacramento de ‘las ternuras de Dios’:
1) Constitución apostólica, “Poenitemini” (Convertíos) del 17 de febrero de 1966, sobre doctrina y moral de la Penitencia del Papa Pablo VI.
2) También de Pablo VI está la constitución “Indulgentiarum doctrina” sobre la doctrina de las indulgencias, del 1 de enero de 1967
3) De Juan Pablo II, tenemos la exhortación apostólica “Reconciliatio et Poenitentia” del 2 de diciembre de 1984.
4) Están, por supuesto, otros documentos, por ejemplo el ritual de la Penitencia del 2 de diciembre de 1973; el Código de Derecho Canónico del 25 de enero de 1983; en los cánones 959-997.