TERCER DOMINGO DE PASCUA
Ustedes han sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha
Hoy, Domingo 3 de Pascua, continúa la Liturgia en tono de júbilo, porque Cristo ha resucitado. El “Aleluya” sigue resonando como un grito de celebración victoriosa, pues Jesús ha vuelto de la muerte a la Vida, para comunicarnos esa Vida a nosotros.
En la primera carta de san Pedro, que acabamos de escuchar, leemos que fuimos rescatados “no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha” (1 P 1, 19). Por su parte, el apóstol san Pablo afirma en la carta a los Gálatas que “para ser libres nos libertó Cristo” (Ga 5, 1). Esta libertad tiene un precio muy alto: la vida, la sangre del Redentor. ¡Sí! La sangre de Cristo es el precio que Dios pagó para librar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte. La sangre de Cristo es la prueba irrefutable del amor del Padre celestial a todo hombre, sin excluir a nadie.
El Beato Juan XXIII, devoto de la Sangre del Señor desde su infancia, elegido Papa, escribió una carta apostólica para promover su culto (Inde a primis, 30 de junio de 1959), invitando a los fieles a meditar en el valor infinito de esa sangre, de la que "una sola gota puede salvar a todo el mundo de cualquier culpa" (Himno Adoro te devote).
El tema de la sangre, unido al del Cordero pascual, es de primaria importancia en la Sagrada Escritura. Jesús en la última Cena cuando, ofreciendo el cáliz a los discípulos, dice: “Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26, 28). Y efectivamente, desde la flagelación hasta que le traspasaron el costado después de su muerte en la cruz, Cristo derramó toda su sangre, como verdadero Cordero inmolado para la redención universal.
El valor salvífico de la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha, se afirma expresamente en muchos pasajes del Nuevo Testamento. Basta citar la bella expresión de la carta a los Hebreos: “Cristo... penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de novillos y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!” (Hb 9, 11-14).
Toda la vida de la Iglesia está inmersa en la Redención, respira la Redención. Para redimirnos, vino Cristo al mundo desde el seno del Padre; para redimirnos, se ofreció a sí mismo sobre la cruz en acto de amor supremo hacia la humanidad, dejando a su Iglesia su Cuerpo y su Sangre “en memoria suya” y haciéndola ministro de la reconciliación con poder para perdonar los pecados.
En efecto, todos los que han respondido a la elección divina para obedecer a Jesucristo, para ser rociados con su sangre y llegar a ser partícipes de su resurrección, creen que la Redención de la esclavitud del pecado es el cumplimiento de toda la Revelación divina, porque en ella se ha verificado lo que ninguna criatura habría podido nunca pensar ni hacer: o sea, que Dios inmortal en Cristo se inmoló en la Cruz por el hombre y que la humanidad mortal ha resucitado en El. Creen que la Redención es la suprema exaltación del hombre, ya que lo hace morir al pecado con el fin de hacerlo partícipe de la vida misma de Dios. Creen que cada existencia humana y la historia entera de la humanidad reciben plenitud de significado solamente por la inquebrantable certeza de que “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 51. 54). Este ha sido nuestro tema: Ustedes han sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha
Que la Virgen María, quien al pie de la cruz, junto al apóstol san Juan, recogió el testamento de la sangre de Jesús, nos ayude, al participación en esta Eucaristía, a reavivar nuestra fe, para que, al recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, experimentemos cada vez más plenamente su amor infinito.
CUARTO DOMINGO DE PASCUA
Han vuelto ustedes al guardián y pastor de sus vidas
Las lecturas del día de hoy nos hablan de Jesús, el Buen Pastor, y de nosotros, sus ovejas. San Pedro en su primera carta, llama al Señor Jesús ¡pastor y obispo –guardián- de nuestras almas! (1 P 2, 25). El Buen Pastor, Jesucristo, Hijo de Dios y de María, nuestro hermano y redentor, que nos conduce a las fuentes del agua de la vida, porque Él da la vida por las ovejas (Jn 10, 11); sólo Él nos guía y conduce por caminos seguros; sólo Él nos defiende del mal.
San Pedro llama al propio Cristo obispo –obispo de las almas-. Es decir, el “vigilante”, que ve desde lo alto, desde la altura de Dios, a partir de Dios, Cristo tiene una visión de conjunto, desde Dios se ven los peligros y también las esperanzas y las posibilidades. Si Cristo es el obispo de las almas, el objetivo es evitar que el alma del hombre se haga miserable, es evitar que el hombre pierda su esencia, la capacidad para la verdad y para el amor. Hacer que llegue a conocer a Dios; que no se pierda en callejones sin salida; que no se pierda en el aislamiento, sino que permanezca abierto a lo demás. Jesús, el “obispo de las almas” es el prototipo de todo ministerio episcopal y sacerdotal. Ser obispo, ser sacerdote significa, en esta perspectiva, asumir la posición de Cristo. Pensar, ver y actuar a partir de su posición elevada. A partir de Él, estar a disposición de los hombres, para que encuentren la vida.
En su carta san Pedro también nos dice que ‘andaban descarriados como ovejas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas’. Cómo nos recuerda cuando Jesús veía aquellas multitudes que lo seguían en el evangelio y sentía lástima porque los veía como ovejas sin pastor y los enseñaba y prodigaba sus milagros, como cuando multiplicó los panes en el desierto para alimentarlos a todos.
No podemos andar solos, “como ovejas descarriadas”, tal como lo dice San Pedro en la Segunda Lectura (1 Pe 2, 20-25), pues corremos el riesgo de ser devorados por los lobos que están siempre al acecho.
Tenemos, entonces, que reconocernos dependientes -totalmente dependientes de Dios- como son las ovejas con su pastor. Así, como ellas, podemos y debemos ser totalmente obedientes a su Voz y a la Voluntad de Jesucristo, el Buen Pastor.
El Buen Pastor, Jesucristo, Hijo de Dios y de María, en su obra admirable de salvación, no quiere estar y actuar solo, sino que quiere asociar colaboradores, hombres elegidos entre los hombres en favor de otros hombres (cf. Heb 5, 1), a los que llama con “vocación” particular de amor, les concede sus poderes sagrados y los envía como Apóstoles al mundo, para que continúen, siempre y por todas partes, su misión salvífica hasta el fin de los siglos.
Así, desde Cristo, la tarea del pastor consiste en apacentar, en cuidar la grey y llevarla a buenos pastos. Apacentar la grey quiere decir encargarse de que las ovejas encuentren el alimento necesario, de que sacien su hambre y apaguen su sed. Sin metáfora, esto significa: la Palabra de Dios es el alimento que el hombre necesita. Hacer continuamente presente la Palabra de Dios y dar así alimento a los hombres es tarea del buen pastor. Y este también debe saber resistir a los enemigos, a los lobos. Debe preceder, indicar el camino, conservar la unidad de la grey.
Han vuelto ustedes al guardián y pastor de sus vidas: la carta nos dice que la meta de nuestra fe es la salvación de las almas (cf. 1 P 1, 9). Para san Pedro, aunque nos sorprenda, la verdadera enfermedad de las almas es la ignorancia, es decir, no conocer a Dios. Quien no conoce a Dios, quien al menos no lo busca sinceramente, queda fuera de la verdadera vida (cf. 1 P 1, 14).
Como el pastor guía a las ovejas hacia lugares en que pueden encontrar alimento y seguridad, así el pastor de las almas debe ofrecerles el alimento de la palabra de Dios y de su santa voluntad (cf. Jn 4, 34), asegurando la unidad de la grey y defendiéndola de toda incursión hostil.
Sigamos al Buen Pastor, permanezcamos unidos a Él, como el sarmiento que, permaneciendo en la vid, da fruto. Cristo, el Buen Pastor, quiere que demos fruto, mucho fruto. Por eso quiere que permanezcamos en El como miembros de su Cuerpo que es la Iglesia. Y si el Buen Pastor busca a cada oveja perdida, lo hace para protegerla de los peligros y al mismo tiempo para que no se separe nunca jamás de la vid vivificante, nuestro último destino, nuestro destino feliz.
Bienvenidos a mi Blogg personal, en este espacio encontraras ordinariamente las homilías dominicales.
sábado, 14 de mayo de 2011
Homilía del cuarto domingo de cuaresma, segunda lectura
TERCER DOMINGO DE PASCUA
Ustedes han sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha
Hoy, Domingo 3 de Pascua, continúa la Liturgia en tono de júbilo, porque Cristo ha resucitado. El “Aleluya” sigue resonando como un grito de celebración victoriosa, pues Jesús ha vuelto de la muerte a la Vida, para comunicarnos esa Vida a nosotros.
En la primera carta de san Pedro, que acabamos de escuchar, leemos que fuimos rescatados “no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha” (1 P 1, 19). Por su parte, el apóstol san Pablo afirma en la carta a los Gálatas que “para ser libres nos libertó Cristo” (Ga 5, 1). Esta libertad tiene un precio muy alto: la vida, la sangre del Redentor. ¡Sí! La sangre de Cristo es el precio que Dios pagó para librar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte. La sangre de Cristo es la prueba irrefutable del amor del Padre celestial a todo hombre, sin excluir a nadie.
El Beato Juan XXIII, devoto de la Sangre del Señor desde su infancia, elegido Papa, escribió una carta apostólica para promover su culto (Inde a primis, 30 de junio de 1959), invitando a los fieles a meditar en el valor infinito de esa sangre, de la que "una sola gota puede salvar a todo el mundo de cualquier culpa" (Himno Adoro te devote).
El tema de la sangre, unido al del Cordero pascual, es de primaria importancia en la Sagrada Escritura. Jesús en la última Cena cuando, ofreciendo el cáliz a los discípulos, dice: “Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26, 28). Y efectivamente, desde la flagelación hasta que le traspasaron el costado después de su muerte en la cruz, Cristo derramó toda su sangre, como verdadero Cordero inmolado para la redención universal.
El valor salvífico de la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha, se afirma expresamente en muchos pasajes del Nuevo Testamento. Basta citar la bella expresión de la carta a los Hebreos: “Cristo... penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de novillos y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!” (Hb 9, 11-14).
Toda la vida de la Iglesia está inmersa en la Redención, respira la Redención. Para redimirnos, vino Cristo al mundo desde el seno del Padre; para redimirnos, se ofreció a sí mismo sobre la cruz en acto de amor supremo hacia la humanidad, dejando a su Iglesia su Cuerpo y su Sangre “en memoria suya” y haciéndola ministro de la reconciliación con poder para perdonar los pecados.
En efecto, todos los que han respondido a la elección divina para obedecer a Jesucristo, para ser rociados con su sangre y llegar a ser partícipes de su resurrección, creen que la Redención de la esclavitud del pecado es el cumplimiento de toda la Revelación divina, porque en ella se ha verificado lo que ninguna criatura habría podido nunca pensar ni hacer: o sea, que Dios inmortal en Cristo se inmoló en la Cruz por el hombre y que la humanidad mortal ha resucitado en El. Creen que la Redención es la suprema exaltación del hombre, ya que lo hace morir al pecado con el fin de hacerlo partícipe de la vida misma de Dios. Creen que cada existencia humana y la historia entera de la humanidad reciben plenitud de significado solamente por la inquebrantable certeza de que “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 51. 54). Este ha sido nuestro tema: Ustedes han sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha
Que la Virgen María, quien al pie de la cruz, junto al apóstol san Juan, recogió el testamento de la sangre de Jesús, nos ayude, al participación en esta Eucaristía, a reavivar nuestra fe, para que, al recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, experimentemos cada vez más plenamente su amor infinito.
CUARTO DOMINGO DE PASCUA
Han vuelto ustedes al guardián y pastor de sus vidas
Las lecturas del día de hoy nos hablan de Jesús, el Buen Pastor, y de nosotros, sus ovejas. San Pedro en su primera carta, llama al Señor Jesús ¡pastor y obispo –guardián- de nuestras almas! (1 P 2, 25). El Buen Pastor, Jesucristo, Hijo de Dios y de María, nuestro hermano y redentor, que nos conduce a las fuentes del agua de la vida, porque Él da la vida por las ovejas (Jn 10, 11); sólo Él nos guía y conduce por caminos seguros; sólo Él nos defiende del mal.
San Pedro llama al propio Cristo obispo –obispo de las almas-. Es decir, el “vigilante”, que ve desde lo alto, desde la altura de Dios, a partir de Dios, Cristo tiene una visión de conjunto, desde Dios se ven los peligros y también las esperanzas y las posibilidades. Si Cristo es el obispo de las almas, el objetivo es evitar que el alma del hombre se haga miserable, es evitar que el hombre pierda su esencia, la capacidad para la verdad y para el amor. Hacer que llegue a conocer a Dios; que no se pierda en callejones sin salida; que no se pierda en el aislamiento, sino que permanezca abierto a lo demás. Jesús, el “obispo de las almas” es el prototipo de todo ministerio episcopal y sacerdotal. Ser obispo, ser sacerdote significa, en esta perspectiva, asumir la posición de Cristo. Pensar, ver y actuar a partir de su posición elevada. A partir de Él, estar a disposición de los hombres, para que encuentren la vida.
En su carta san Pedro también nos dice que ‘andaban descarriados como ovejas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas’. Cómo nos recuerda cuando Jesús veía aquellas multitudes que lo seguían en el evangelio y sentía lástima porque los veía como ovejas sin pastor y los enseñaba y prodigaba sus milagros, como cuando multiplicó los panes en el desierto para alimentarlos a todos.
No podemos andar solos, “como ovejas descarriadas”, tal como lo dice San Pedro en la Segunda Lectura (1 Pe 2, 20-25), pues corremos el riesgo de ser devorados por los lobos que están siempre al acecho.
Tenemos, entonces, que reconocernos dependientes -totalmente dependientes de Dios- como son las ovejas con su pastor. Así, como ellas, podemos y debemos ser totalmente obedientes a su Voz y a la Voluntad de Jesucristo, el Buen Pastor.
El Buen Pastor, Jesucristo, Hijo de Dios y de María, en su obra admirable de salvación, no quiere estar y actuar solo, sino que quiere asociar colaboradores, hombres elegidos entre los hombres en favor de otros hombres (cf. Heb 5, 1), a los que llama con “vocación” particular de amor, les concede sus poderes sagrados y los envía como Apóstoles al mundo, para que continúen, siempre y por todas partes, su misión salvífica hasta el fin de los siglos.
Así, desde Cristo, la tarea del pastor consiste en apacentar, en cuidar la grey y llevarla a buenos pastos. Apacentar la grey quiere decir encargarse de que las ovejas encuentren el alimento necesario, de que sacien su hambre y apaguen su sed. Sin metáfora, esto significa: la Palabra de Dios es el alimento que el hombre necesita. Hacer continuamente presente la Palabra de Dios y dar así alimento a los hombres es tarea del buen pastor. Y este también debe saber resistir a los enemigos, a los lobos. Debe preceder, indicar el camino, conservar la unidad de la grey.
Han vuelto ustedes al guardián y pastor de sus vidas: la carta nos dice que la meta de nuestra fe es la salvación de las almas (cf. 1 P 1, 9). Para san Pedro, aunque nos sorprenda, la verdadera enfermedad de las almas es la ignorancia, es decir, no conocer a Dios. Quien no conoce a Dios, quien al menos no lo busca sinceramente, queda fuera de la verdadera vida (cf. 1 P 1, 14).
Como el pastor guía a las ovejas hacia lugares en que pueden encontrar alimento y seguridad, así el pastor de las almas debe ofrecerles el alimento de la palabra de Dios y de su santa voluntad (cf. Jn 4, 34), asegurando la unidad de la grey y defendiéndola de toda incursión hostil.
Sigamos al Buen Pastor, permanezcamos unidos a Él, como el sarmiento que, permaneciendo en la vid, da fruto. Cristo, el Buen Pastor, quiere que demos fruto, mucho fruto. Por eso quiere que permanezcamos en El como miembros de su Cuerpo que es la Iglesia. Y si el Buen Pastor busca a cada oveja perdida, lo hace para protegerla de los peligros y al mismo tiempo para que no se separe nunca jamás de la vid vivificante, nuestro último destino, nuestro destino feliz.
Ustedes han sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha
Hoy, Domingo 3 de Pascua, continúa la Liturgia en tono de júbilo, porque Cristo ha resucitado. El “Aleluya” sigue resonando como un grito de celebración victoriosa, pues Jesús ha vuelto de la muerte a la Vida, para comunicarnos esa Vida a nosotros.
En la primera carta de san Pedro, que acabamos de escuchar, leemos que fuimos rescatados “no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha” (1 P 1, 19). Por su parte, el apóstol san Pablo afirma en la carta a los Gálatas que “para ser libres nos libertó Cristo” (Ga 5, 1). Esta libertad tiene un precio muy alto: la vida, la sangre del Redentor. ¡Sí! La sangre de Cristo es el precio que Dios pagó para librar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte. La sangre de Cristo es la prueba irrefutable del amor del Padre celestial a todo hombre, sin excluir a nadie.
El Beato Juan XXIII, devoto de la Sangre del Señor desde su infancia, elegido Papa, escribió una carta apostólica para promover su culto (Inde a primis, 30 de junio de 1959), invitando a los fieles a meditar en el valor infinito de esa sangre, de la que "una sola gota puede salvar a todo el mundo de cualquier culpa" (Himno Adoro te devote).
El tema de la sangre, unido al del Cordero pascual, es de primaria importancia en la Sagrada Escritura. Jesús en la última Cena cuando, ofreciendo el cáliz a los discípulos, dice: “Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26, 28). Y efectivamente, desde la flagelación hasta que le traspasaron el costado después de su muerte en la cruz, Cristo derramó toda su sangre, como verdadero Cordero inmolado para la redención universal.
El valor salvífico de la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha, se afirma expresamente en muchos pasajes del Nuevo Testamento. Basta citar la bella expresión de la carta a los Hebreos: “Cristo... penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de novillos y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!” (Hb 9, 11-14).
Toda la vida de la Iglesia está inmersa en la Redención, respira la Redención. Para redimirnos, vino Cristo al mundo desde el seno del Padre; para redimirnos, se ofreció a sí mismo sobre la cruz en acto de amor supremo hacia la humanidad, dejando a su Iglesia su Cuerpo y su Sangre “en memoria suya” y haciéndola ministro de la reconciliación con poder para perdonar los pecados.
En efecto, todos los que han respondido a la elección divina para obedecer a Jesucristo, para ser rociados con su sangre y llegar a ser partícipes de su resurrección, creen que la Redención de la esclavitud del pecado es el cumplimiento de toda la Revelación divina, porque en ella se ha verificado lo que ninguna criatura habría podido nunca pensar ni hacer: o sea, que Dios inmortal en Cristo se inmoló en la Cruz por el hombre y que la humanidad mortal ha resucitado en El. Creen que la Redención es la suprema exaltación del hombre, ya que lo hace morir al pecado con el fin de hacerlo partícipe de la vida misma de Dios. Creen que cada existencia humana y la historia entera de la humanidad reciben plenitud de significado solamente por la inquebrantable certeza de que “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 51. 54). Este ha sido nuestro tema: Ustedes han sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha
Que la Virgen María, quien al pie de la cruz, junto al apóstol san Juan, recogió el testamento de la sangre de Jesús, nos ayude, al participación en esta Eucaristía, a reavivar nuestra fe, para que, al recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, experimentemos cada vez más plenamente su amor infinito.
CUARTO DOMINGO DE PASCUA
Han vuelto ustedes al guardián y pastor de sus vidas
Las lecturas del día de hoy nos hablan de Jesús, el Buen Pastor, y de nosotros, sus ovejas. San Pedro en su primera carta, llama al Señor Jesús ¡pastor y obispo –guardián- de nuestras almas! (1 P 2, 25). El Buen Pastor, Jesucristo, Hijo de Dios y de María, nuestro hermano y redentor, que nos conduce a las fuentes del agua de la vida, porque Él da la vida por las ovejas (Jn 10, 11); sólo Él nos guía y conduce por caminos seguros; sólo Él nos defiende del mal.
San Pedro llama al propio Cristo obispo –obispo de las almas-. Es decir, el “vigilante”, que ve desde lo alto, desde la altura de Dios, a partir de Dios, Cristo tiene una visión de conjunto, desde Dios se ven los peligros y también las esperanzas y las posibilidades. Si Cristo es el obispo de las almas, el objetivo es evitar que el alma del hombre se haga miserable, es evitar que el hombre pierda su esencia, la capacidad para la verdad y para el amor. Hacer que llegue a conocer a Dios; que no se pierda en callejones sin salida; que no se pierda en el aislamiento, sino que permanezca abierto a lo demás. Jesús, el “obispo de las almas” es el prototipo de todo ministerio episcopal y sacerdotal. Ser obispo, ser sacerdote significa, en esta perspectiva, asumir la posición de Cristo. Pensar, ver y actuar a partir de su posición elevada. A partir de Él, estar a disposición de los hombres, para que encuentren la vida.
En su carta san Pedro también nos dice que ‘andaban descarriados como ovejas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas’. Cómo nos recuerda cuando Jesús veía aquellas multitudes que lo seguían en el evangelio y sentía lástima porque los veía como ovejas sin pastor y los enseñaba y prodigaba sus milagros, como cuando multiplicó los panes en el desierto para alimentarlos a todos.
No podemos andar solos, “como ovejas descarriadas”, tal como lo dice San Pedro en la Segunda Lectura (1 Pe 2, 20-25), pues corremos el riesgo de ser devorados por los lobos que están siempre al acecho.
Tenemos, entonces, que reconocernos dependientes -totalmente dependientes de Dios- como son las ovejas con su pastor. Así, como ellas, podemos y debemos ser totalmente obedientes a su Voz y a la Voluntad de Jesucristo, el Buen Pastor.
El Buen Pastor, Jesucristo, Hijo de Dios y de María, en su obra admirable de salvación, no quiere estar y actuar solo, sino que quiere asociar colaboradores, hombres elegidos entre los hombres en favor de otros hombres (cf. Heb 5, 1), a los que llama con “vocación” particular de amor, les concede sus poderes sagrados y los envía como Apóstoles al mundo, para que continúen, siempre y por todas partes, su misión salvífica hasta el fin de los siglos.
Así, desde Cristo, la tarea del pastor consiste en apacentar, en cuidar la grey y llevarla a buenos pastos. Apacentar la grey quiere decir encargarse de que las ovejas encuentren el alimento necesario, de que sacien su hambre y apaguen su sed. Sin metáfora, esto significa: la Palabra de Dios es el alimento que el hombre necesita. Hacer continuamente presente la Palabra de Dios y dar así alimento a los hombres es tarea del buen pastor. Y este también debe saber resistir a los enemigos, a los lobos. Debe preceder, indicar el camino, conservar la unidad de la grey.
Han vuelto ustedes al guardián y pastor de sus vidas: la carta nos dice que la meta de nuestra fe es la salvación de las almas (cf. 1 P 1, 9). Para san Pedro, aunque nos sorprenda, la verdadera enfermedad de las almas es la ignorancia, es decir, no conocer a Dios. Quien no conoce a Dios, quien al menos no lo busca sinceramente, queda fuera de la verdadera vida (cf. 1 P 1, 14).
Como el pastor guía a las ovejas hacia lugares en que pueden encontrar alimento y seguridad, así el pastor de las almas debe ofrecerles el alimento de la palabra de Dios y de su santa voluntad (cf. Jn 4, 34), asegurando la unidad de la grey y defendiéndola de toda incursión hostil.
Sigamos al Buen Pastor, permanezcamos unidos a Él, como el sarmiento que, permaneciendo en la vid, da fruto. Cristo, el Buen Pastor, quiere que demos fruto, mucho fruto. Por eso quiere que permanezcamos en El como miembros de su Cuerpo que es la Iglesia. Y si el Buen Pastor busca a cada oveja perdida, lo hace para protegerla de los peligros y al mismo tiempo para que no se separe nunca jamás de la vid vivificante, nuestro último destino, nuestro destino feliz.
lunes, 9 de mayo de 2011
GRandeza de ser Madre

Mujer, ¿quién eres?
Grandeza e Identidad y misión
10 de mayo, el Día de la madre, el día de todas y cada una de las madres, con su individualidad irrepetible, con las características propias de toda mujer y de toda madre. Cada uno de nosotros hoy recuerda a su propia madre. Son muchas las que viven aún, pero hay otras que ya no viven. Y por todas las madres oramos, a todas expresamos nuestro afecto cordial y nuestros mejores deseos: pidiendo al autor de toda maternidad que encuentren consuelo en el fruto de su maternidad, que el Señor las bendiga, y que se sientan bendecidas y amadas por todos. A la única Madre de las madres hemos encomiendo a las madres del Bajío guanajuatense y a todas las madres del mundo.
Finalizábamos el programa haciendo referencia a las características específicas de la mujer. En el mundo de las ciencias y las artes, de las letras y las comunicaciones, de la política, la actividad sindical y la universidad, la mujer tiene su lugar y sabe ocuparlo muy bien. Pero, de igual modo, nadie debe ignorar que, sirviendo a la sociedad familiar con sus propias características, la mujer esposa y madre sirve directamente a la sociedad mayor y también a la humanidad.
La misión que Dios ha confiado a la mujer en su sabio plan se funda en la profundidad de su ser personal que, a la vez que la iguala al hombre en dignidad, la distingue de él por las riquezas específicas de la femineidad, pues la mujer representa “un valor particular como persona humana y, al mismo tiempo, como aquella persona concreta, por el hecho de su femineidad [...], independientemente del contexto cultural en el que vive cada una y de sus características espirituales, psíquicas y corporales, como, por ejemplo, la edad, la instrucción, la salud, el trabajo, la condición de casada o soltera”. (Mulieris dignitatem, 29).
Nunca se insistirá bastante en el hecho de que es preciso valorar a la mujer en todos los ámbitos de la vida. Con todo, hay que reconocer que, entre los dones y las tareas que le son propias, destaca de manera especial su vocación a la maternidad.
Con ella, la mujer asume casi un papel de fundación con respecto a la sociedad. Es un papel que comparte con su esposo, pero es indiscutible que la naturaleza le ha atribuido a ella la parte mayor. A este respecto, escribí en la carta apostólica Mulieris dignitatem: “Aunque “el hecho de ser padres” pertenece a los dos, es una realidad más profunda en la mujer, especialmente en el período prenatal. La mujer es “la que paga” directamente por este común engendrar, que absorbe literalmente las energías de su cuerpo y de su alma. Por consiguiente, es necesario que el hombre sea plenamente consciente de que, en este ser padres en común, él contrae una deuda especial con la mujer” (n. 18).
De la vocación materna brota la singular relación de la mujer con la vida humana. Abriéndose a la maternidad, ella siente surgir y crecer la vida en su seno. Es privilegio de las madres hacer esta experiencia inefable, pero todas las mujeres, de alguna manera, tienen intuición de ella, dado que están predispuestas a ese don admirable.
La misión materna es también fundamento de una responsabilidad particular. La madre está puesta como protectora de la vida. A ella le corresponde acogerla con solicitud, favoreciendo ese primer diálogo del ser humano con el mundo, que se realiza precisamente en la simbiosis con el cuerpo materno. Aquí es donde comienza la historia de todo hombre, Cada uno de nosotros, repasando esa historia, no puede menos de llegar a aquel instante en que comenzó a existir dentro del cuerpo materno, con un proyecto de vida exclusivo e inconfundible. Estábamos en nuestra madre, pero sin confundirnos con ella: necesitados de su cuerpo y de su amor, pero plenamente autónomos en nuestra identidad personal.
La mujer está llamada a ofrecer lo mejor de sí al niño que crece dentro de ella. Y precisamente haciéndose don, se conoce mejor a sí misma y se realiza en su femineidad. Se podría decir que la fragilidad de su criatura despierta sus mejores recursos afectivos y espirituales. Es un verdadero intercambio de dones. El éxito de este intercambio es de inestimable valor para el desarrollo sereno del niño.
Pero frente a estas reflexiones, surge el escenario preocupante del extravío espiritual y de la crisis cultural que afecta al hombre contemporáneo, y que no puede menos de tener efectos insidiosos también con respecto a una auténtica y equilibrada comprensión del papel y la misión de la mujer. Se trata de una desorientación y de una crisis de carácter personal y social, que exponen al hombre al peligro de caer en la indiferencia ética, el aturdimiento hedonista, la autoafirmación a menudo agresiva y siempre lejana de la lógica del auténtico amor y de la solidaridad.
Ante una situación tan preocupante, se puede comprender fácilmente la urgencia y la actualidad de una nueva evangelización, que anuncie a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo el amor que Dios nos ha manifestado en Cristo y les brinde la certeza de la ternura con la que continuamente sigue nuestro camino. Así pues, un anuncio de alegría y esperanza, que contrarreste el sentido de soledad deprimente a la que tantas veces exponen la falta de certezas, la complejidad de la vida moderna y la angustia del futuro. Pero, a la vez, un anuncio exigente, que impulse a aceptar con generosidad el plan y la invitación de Dios, y no dude en entregar íntegramente la verdad sobre el hombre, como aparece a la luz de la razón y ha sido plenamente revelada por aquel que es «camino, verdad y vida» de los hombres (cf. Jn 14, 6).
María, a quien hoy invocamos bajo el título de santísima Virgen del Carmen, hizo plenamente esa experiencia, pues tuvo la misión de engendrar en el tiempo al Hijo eterno de Dios. En ella la vocación materna alcanza la cima de su dignidad y de sus potencialidades. Que la Virgen santísima ayude a las mujeres a ser cada vez más conscientes de su misión e impulse a la sociedad entera a expresar a las madres toda forma posible de reconocimiento y cercanía.
¡FELICIDADES!
Refllexiones del Evangelio de cada día, Tercera semana de cuaresma

Jesús, pan de vida eterna
TERCERA SEMANA
Lunes Jn 6, 22-29
No trabajen por el alimento que se acaba, sino por el que dura para la vida eterna. Jesús se alejó de la gente que quería hacerlo rey y la gente lo buscó hasta encontrarlo, entonces Jesús les dice que lo buscan porque se saciaron de comida pero lo que debían buscar era el alimento que dura hasta la vida eterna. Jesús es el pan de la vida. En efecto, Jesús nos ha dicho: Yo soy el pan de la vida! Yo soy su alimento, su confort, su esperanza, su felicidad.
Nosotros también hemos de Buscar a Jesús personalmente con el ansia y el gozo de descubrir la verdad, que da honda satisfacción interior y gran fuerza espiritual para poner en práctica después lo que El exige, aunque cueste sacrificio. Nosotros no tenemos qué descaminarnos mucho, para encontrar a Jesús, El esta no sólo cerca, sino dentro de nosotros mismos. Jesús no es una idea ni un sentimiento ni un recuerdo. Jesús es una “persona” viva siempre y presente entre nosotros.
El que busca a Jesús lo encuentra, el que lo encuentra lo ama, y encuentra el sentido a su vida. Por tanto, conozcamos a Jesús, para amarlo, Le podemos encontrar al partir el pan de la palabra y en el pan de la Eucaristía. Está presente de modo sacrificial en la Santa Misa que renueva el Sacrificio de la cruz. Ir a Misa significa ir al Calvario para encontrarnos con El, nuestro Redentor.
Todos debemos buscar a Jesús. Muchas veces hay que buscarlo porque todavía no se le conoce; otras, porque lo hemos perdido; a veces se le busca para conocerle mejor, para amarlo más y hacerlo amar. Se puede decir que toda la vida del hombre y toda la historia humana es una gran búsqueda de Jesús.
Jesús no está lejos, Él viene a nosotros en la santa comunión y queda presente en el sagrario de nuestras iglesias, porque El es nuestro amigo, amigo de todos, y desea ser especialmente amigo y fortaleza en el camino de nuestra vida, que tiene tanta necesidad de confianza y amistad.
Martes Jn 6, 30-35
No fue Moisés, sino mi Padre, quien les dio el verdadero pan del cielo. La milagrosa multiplicación de los panes no había suscitado la esperada respuesta de fe en los testigos oculares de ese acontecimiento. Querían una nueva señal: “¿Qué señal haces, para que, viéndola, creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer” (Jn 6, 30-31). Así, los discípulos que rodean a Jesús esperan una señal semejante al maná, que sus padres habían comido en el desierto. Sin embargo, Jesús los exhorta a esperar algo más que una ordinaria repetición del milagro del maná, a esperar un alimento de otro tipo. Cristo les dice: “No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo” (Jn 6, 32-33).
Además del hambre física, el hombre lleva en sí también otra hambre, un hambre más fundamental, que no puede saciarse con un alimento ordinario. Se trata aquí de un hambre de vida, un hambre de eternidad. La señal del maná era el anuncio del acontecimiento de Cristo, que saciaría el hambre de eternidad del hombre, convirtiéndose él mismo en el ‘pan vivo’ que ‘da la vida al mundo’.
El Hijo de Dios se nos entrega en el santísimo Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. ¡Cuán infinitamente grande es la liberalidad de Dios! Responde a nuestros más profundos deseos, que no son únicamente deseos de pan terreno, sino que alcanzan los horizontes de la vida eterna. ¡Este es el gran misterio de la fe!
Miércoles
Jn 6, 35-40
La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga la vida eterna. Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en aquel que él ha enviado, ‘su Hijo amado’, en quien ha puesto toda su complacencia (Mc 1,11). Dios nos ha dicho que les escuchemos (cf. Mc 9,7). El Señor mismo dice a sus discípulos: “Crean en Dios, crean también en mí” (Jn 14,1). Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1,18). Porque “ha visto al Padre” (Jn 6,46), él es único en conocerlo y en poderlo revelar (cf. Mt 11,27) (CIgC 151).
Creer en Cristo Jesús y en aquél que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación (cf. Mc 16,16; Jn 3,36; 6,40 e. a.). “Puesto que ‘sin la fe... es imposible agradar a Dios’ (Hb 11,6) y llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que `haya perseverado en ella hasta el fin' (Mt 10,22; 24,13), obtendrá la vida eterna” (Cc. Vaticano I: DS 3012; cf. Cc. de Trento: DS 1532: Cfr. CIgC 161).
La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios ‘cara a cara’ (1 Cor 13,12), ‘tal cual es’ (1 Jn 3,2). La fe es pues ya el comienzo de la vida eterna: Mientras que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como el reflejo en un espejo, es como si poseyéramos ya las cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura que gozaremos un día (S. Basilio, Spir. 15,36; cf. S. Tomás de A., s.th. 2-2, 4, 1).
Jueves
Jn 6, 44-51
Yo soy el pan que ha bajado del cielo. En el Cenáculo se cumplen las palabras pronunciadas por Jesús cerca de Cafarnaún, tras la multiplicación milagrosa de los panes: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 51). Estas palabras se verifican con la institución de la Eucaristía durante la Ultima Cena.
Cristo es luz de los pueblos; es la Palabra hecha carne para ser nuestra luz; es el Pan bajado del cielo para ser la vida de todos. “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Ibíd., 12, 32). Cristo, elevado en la cruz entre el cielo y la tierra, exaltado a la derecha del Padre, levantado sobre el mundo por las manos de los sacerdotes en gesto de ofrenda al Padre y de adoración, es la luz de los pueblos, faro luminoso para nuestro camino, viático y meta de nuestro caminar.
El mundo, nosotros hemos de hacer un alto con frecuencia en nuestra vida para meditar que, entre tantos caminos que conducen a la muerte, uno sólo lleva a la vida. Es el camino de la Vida eterna. Es Cristo. Es Cristo, luz de los pueblos. Palabra hecha carne. Pan bajado del cielo. Es Cristo, elevado en la Cruz entre el cielo y la tierra. Levantado sobre el mundo por las manos de los sacerdotes, en gesto de ofrenda al Padre y de adoración. Cristo. Él es el Pan y el camino de vida eterna. Él es el pan que ha bajado del cielo para darnos vida eterna.
Viernes
Jn 6, 52-59
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Jesús, en su carne y en su sangre, se convierte en comida y bebida de la humanidad. En el banquete eucarístico el hombre se alimenta de Dios.
Jesús subraya vigorosamente la verdad objetiva de sus palabras, afirmando la necesidad del alimento eucarístico: “En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6, 53). No se trata de una comida puramente espiritual, en que las expresiones ‘comer la carne’ de Cristo y ‘beber su sangre’, tendrían un sentido metafórico. Es una verdadera comida, como precisa Jesús con fuerza: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6, 55).
Esta comida no es menos necesaria para el desarrollo de la vida divina en los fieles, que los alimentos materiales para el mantenimiento y desarrollo de la vida corporal. La Eucaristía no es un lujo ofrecido a los que quieran vivir más íntimamente unidos a Cristo: es una exigencia de la vida cristiana. Esta exigencia la comprendieron los discípulos, porque, según el testimonio de los Hechos de los Apóstoles, en los primeros tiempos de la Iglesia, la ‘fracción del pan’, o sea, la comida eucarística, se practicaba cada día en las casas de los fieles “con alegría y sencillez de corazón” (Hch 2, 46).
Al recibir a Cristo muerto y resucitado, participamos de su gracia, que nos ayuda a superar las pruebas de la vida presente y que nos da fuerza para abrirnos al amor a Dios y a la entrega generosa a los hermanos.
Sábado. San Matías, Apóstol
Jn 15, 9-17
No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido. Estas palabras las tenemos todos grabadas a fuego en nuestros corazones: ¡ustedes y yo! Son las palabras de Jesús en el marco familiar e íntimo de la última Cena, cuando el Señor abre de par en par su corazón a sus discípulos. Por una parte, es la gratuidad de elección de aquellos a quienes constituye ministros suyos, a quienes confía una misión de particular importancia; pero, por otra parte, todos hemos sido elegidos a cumplir una misión, y cada uno y todos a vivir en el amor y en la amistad con Jesús. Todos hemos sido elegidos por Él ara ser satos, para ir a la cada del Padre. U en todo y en todos, es Dios quien inicia el diálogo en la historia de la salvación, tejida en esa maravillosa realidad de su amor. Es Él quien toma la iniciativa con la fuerza transformadora de su Palabra, que todo lo recrea. “El nos amó primero” (1Jn 4,9).
La propuesta que Jesús hace a todos es la misma: «¡Sígueme!”, en el camino que Él nos otorgado a cada uno, en nuestra propia vocación; está elección es ardua y exultante: los invita a entrar en su amistad, a escuchar de cerca su Palabra y a vivir con Él; desde nuestra propia situación nos enseña la entrega total a Dios y a la difusión de su Reino según la ley del Evangelio: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24); nos invita a salir de la propia voluntad cerrada en sí misma, de nuestra idea de autorrealización, para sumergirse en otra voluntad, la de Dios, y dejarnos guiar por ella; nos hace vivir la comunión con Dios y con nuestros hermanos, que nace de esta disponibilidad total a Dios (cf. Mt 12, 49-50), y que llega a ser el rasgo distintivo de los seguidores de Jesús: “La señal por la que conocerán que son discípulos míos, será que se amen unos a otros” (Jn 13, 35).
sábado, 7 de mayo de 2011
Tercer domingo de Pascua

TERCER DOMINGO DE PASCUA
Ustedes han sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha
Hoy, Domingo 3 de Pascua, continúa la Liturgia en tono de júbilo, porque Cristo ha resucitado. El “Aleluya” sigue resonando como un grito de celebración victoriosa, pues Jesús ha vuelto de la muerte a la Vida, para comunicarnos esa Vida a nosotros.
En la primera carta de san Pedro, que acabamos de escuchar, leemos que fuimos rescatados “no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha” (1 P 1, 19). Por su parte, el apóstol san Pablo afirma en la carta a los Gálatas que “para ser libres nos libertó Cristo” (Ga 5, 1). Esta libertad tiene un precio muy alto: la vida, la sangre del Redentor. ¡Sí! La sangre de Cristo es el precio que Dios pagó para librar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte. La sangre de Cristo es la prueba irrefutable del amor del Padre celestial a todo hombre, sin excluir a nadie.
El Beato Juan XXIII, devoto de la Sangre del Señor desde su infancia, elegido Papa, escribió una carta apostólica para promover su culto (Inde a primis, 30 de junio de 1959), invitando a los fieles a meditar en el valor infinito de esa sangre, de la que "una sola gota puede salvar a todo el mundo de cualquier culpa" (Himno Adoro te devote).
El tema de la sangre, unido al del Cordero pascual, es de primaria importancia en la Sagrada Escritura. Jesús en la última Cena cuando, ofreciendo el cáliz a los discípulos, dice: “Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26, 28). Y efectivamente, desde la flagelación hasta que le traspasaron el costado después de su muerte en la cruz, Cristo derramó toda su sangre, como verdadero Cordero inmolado para la redención universal.
El valor salvífico de la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha, se afirma expresamente en muchos pasajes del Nuevo Testamento. Basta citar la bella expresión de la carta a los Hebreos: “Cristo... penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de novillos y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!” (Hb 9, 11-14).
Toda la vida de la Iglesia está inmersa en la Redención, respira la Redención. Para redimirnos, vino Cristo al mundo desde el seno del Padre; para redimirnos, se ofreció a sí mismo sobre la cruz en acto de amor supremo hacia la humanidad, dejando a su Iglesia su Cuerpo y su Sangre “en memoria suya” y haciéndola ministro de la reconciliación con poder para perdonar los pecados.
En efecto, todos los que han respondido a la elección divina para obedecer a Jesucristo, para ser rociados con su sangre y llegar a ser partícipes de su resurrección, creen que la Redención de la esclavitud del pecado es el cumplimiento de toda la Revelación divina, porque en ella se ha verificado lo que ninguna criatura habría podido nunca pensar ni hacer: o sea, que Dios inmortal en Cristo se inmoló en la Cruz por el hombre y que la humanidad mortal ha resucitado en El. Creen que la Redención es la suprema exaltación del hombre, ya que lo hace morir al pecado con el fin de hacerlo partícipe de la vida misma de Dios. Creen que cada existencia humana y la historia entera de la humanidad reciben plenitud de significado solamente por la inquebrantable certeza de que “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 51. 54). Este ha sido nuestro tema: Ustedes han sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha
Que la Virgen María, quien al pie de la cruz, junto al apóstol san Juan, recogió el testamento de la sangre de Jesús, nos ayude, al participación en esta Eucaristía, a reavivar nuestra fe, para que, al recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, experimentemos cada vez más plenamente su amor infinito.
Tercer domingo de pascua, segunda lectura

TERCER DOMINGO DE PASCUA
Ustedes han sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha
Hoy, Domingo 3 de Pascua, continúa la Liturgia en tono de júbilo, porque Cristo ha resucitado. El “Aleluya” sigue resonando como un grito de celebración victoriosa, pues Jesús ha vuelto de la muerte a la Vida, para comunicarnos esa Vida a nosotros.
En la primera carta de san Pedro, que acabamos de escuchar, leemos que fuimos rescatados “no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha” (1 P 1, 19). Por su parte, el apóstol san Pablo afirma en la carta a los Gálatas que “para ser libres nos libertó Cristo” (Ga 5, 1). Esta libertad tiene un precio muy alto: la vida, la sangre del Redentor. ¡Sí! La sangre de Cristo es el precio que Dios pagó para librar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte. La sangre de Cristo es la prueba irrefutable del amor del Padre celestial a todo hombre, sin excluir a nadie.
El Beato Juan XXIII, devoto de la Sangre del Señor desde su infancia, elegido Papa, escribió una carta apostólica para promover su culto (Inde a primis, 30 de junio de 1959), invitando a los fieles a meditar en el valor infinito de esa sangre, de la que "una sola gota puede salvar a todo el mundo de cualquier culpa" (Himno Adoro te devote).
El tema de la sangre, unido al del Cordero pascual, es de primaria importancia en la Sagrada Escritura. Jesús en la última Cena cuando, ofreciendo el cáliz a los discípulos, dice: “Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26, 28). Y efectivamente, desde la flagelación hasta que le traspasaron el costado después de su muerte en la cruz, Cristo derramó toda su sangre, como verdadero Cordero inmolado para la redención universal.
El valor salvífico de la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha, se afirma expresamente en muchos pasajes del Nuevo Testamento. Basta citar la bella expresión de la carta a los Hebreos: “Cristo... penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de novillos y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!” (Hb 9, 11-14).
Toda la vida de la Iglesia está inmersa en la Redención, respira la Redención. Para redimirnos, vino Cristo al mundo desde el seno del Padre; para redimirnos, se ofreció a sí mismo sobre la cruz en acto de amor supremo hacia la humanidad, dejando a su Iglesia su Cuerpo y su Sangre “en memoria suya” y haciéndola ministro de la reconciliación con poder para perdonar los pecados.
En efecto, todos los que han respondido a la elección divina para obedecer a Jesucristo, para ser rociados con su sangre y llegar a ser partícipes de su resurrección, creen que la Redención de la esclavitud del pecado es el cumplimiento de toda la Revelación divina, porque en ella se ha verificado lo que ninguna criatura habría podido nunca pensar ni hacer: o sea, que Dios inmortal en Cristo se inmoló en la Cruz por el hombre y que la humanidad mortal ha resucitado en El. Creen que la Redención es la suprema exaltación del hombre, ya que lo hace morir al pecado con el fin de hacerlo partícipe de la vida misma de Dios. Creen que cada existencia humana y la historia entera de la humanidad reciben plenitud de significado solamente por la inquebrantable certeza de que “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 51. 54). Este ha sido nuestro tema: Ustedes han sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha
Que la Virgen María, quien al pie de la cruz, junto al apóstol san Juan, recogió el testamento de la sangre de Jesús, nos ayude, al participación en esta Eucaristía, a reavivar nuestra fe, para que, al recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, experimentemos cada vez más plenamente su amor infinito.
Tercer Domingo de Pascua, segunda lectura

TERCER DOMINGO DE PASCUA
Ustedes han sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha
Hoy, Domingo 3 de Pascua, continúa la Liturgia en tono de júbilo, porque Cristo ha resucitado. El “Aleluya” sigue resonando como un grito de celebración victoriosa, pues Jesús ha vuelto de la muerte a la Vida, para comunicarnos esa Vida a nosotros.
En la primera carta de san Pedro, que acabamos de escuchar, leemos que fuimos rescatados “no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha” (1 P 1, 19). Por su parte, el apóstol san Pablo afirma en la carta a los Gálatas que “para ser libres nos libertó Cristo” (Ga 5, 1). Esta libertad tiene un precio muy alto: la vida, la sangre del Redentor. ¡Sí! La sangre de Cristo es el precio que Dios pagó para librar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte. La sangre de Cristo es la prueba irrefutable del amor del Padre celestial a todo hombre, sin excluir a nadie.
El Beato Juan XXIII, devoto de la Sangre del Señor desde su infancia, elegido Papa, escribió una carta apostólica para promover su culto (Inde a primis, 30 de junio de 1959), invitando a los fieles a meditar en el valor infinito de esa sangre, de la que "una sola gota puede salvar a todo el mundo de cualquier culpa" (Himno Adoro te devote).
El tema de la sangre, unido al del Cordero pascual, es de primaria importancia en la Sagrada Escritura. Jesús en la última Cena cuando, ofreciendo el cáliz a los discípulos, dice: “Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26, 28). Y efectivamente, desde la flagelación hasta que le traspasaron el costado después de su muerte en la cruz, Cristo derramó toda su sangre, como verdadero Cordero inmolado para la redención universal.
El valor salvífico de la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha, se afirma expresamente en muchos pasajes del Nuevo Testamento. Basta citar la bella expresión de la carta a los Hebreos: “Cristo... penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de novillos y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!” (Hb 9, 11-14).
Toda la vida de la Iglesia está inmersa en la Redención, respira la Redención. Para redimirnos, vino Cristo al mundo desde el seno del Padre; para redimirnos, se ofreció a sí mismo sobre la cruz en acto de amor supremo hacia la humanidad, dejando a su Iglesia su Cuerpo y su Sangre “en memoria suya” y haciéndola ministro de la reconciliación con poder para perdonar los pecados.
En efecto, todos los que han respondido a la elección divina para obedecer a Jesucristo, para ser rociados con su sangre y llegar a ser partícipes de su resurrección, creen que la Redención de la esclavitud del pecado es el cumplimiento de toda la Revelación divina, porque en ella se ha verificado lo que ninguna criatura habría podido nunca pensar ni hacer: o sea, que Dios inmortal en Cristo se inmoló en la Cruz por el hombre y que la humanidad mortal ha resucitado en El. Creen que la Redención es la suprema exaltación del hombre, ya que lo hace morir al pecado con el fin de hacerlo partícipe de la vida misma de Dios. Creen que cada existencia humana y la historia entera de la humanidad reciben plenitud de significado solamente por la inquebrantable certeza de que “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 51. 54). Este ha sido nuestro tema: Ustedes han sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin mancha
Que la Virgen María, quien al pie de la cruz, junto al apóstol san Juan, recogió el testamento de la sangre de Jesús, nos ayude, al participación en esta Eucaristía, a reavivar nuestra fe, para que, al recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, experimentemos cada vez más plenamente su amor infinito.
jueves, 5 de mayo de 2011
lunes, 2 de mayo de 2011
reflexiones del evangelio de cada día. Segunda semana de Pascua

¡Resucitó!
TIEMPO PASCUAL/A
PRIMERA SEMANA: NOVENARIO EN HONOR DE NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD
SEGUNDA SEMANA
Lunes
Jn 3, 1-8
El que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Recordemos las preguntas de Nicodemo al Señor “¿Y cómo puede uno nacer cuando es viejo? ¿Acaso podrá entrar otra vez dentro de su madre, para volver a nacer?” (Jn 3;4) y la respuesta de Jesús “Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Jn 3;5). En otra parte del evangelio se nos dice: “Así también, el Padre de ustedes que está en el cielo no quiere que se pierda ninguno de estos pequeños” (Mt 18; 14). Por tanto, el Padre nos quiere a todos en su Reino, el quiere que conservemos fresco, vivo, y activo la gracia de nuestro nuevo nacimiento.
Estamos hablando de nuestro bautismo, primer sacramento, en cuanto es obra del Espíritu Santo, al que Jesús alude en el coloquio con Nicodemo: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 5): En aquel mismo coloquio Jesús alude también a su futura muerte en la cruz (cf. Jn 3, 14-15) y a su exaltación celeste (cf. Jn 3, 13); es el bautismo del sacrificio, del que el bautismo de agua, el primer sacramento de la Iglesia, recibirá la virtud de obrar el nacimiento por el Espíritu Santo y de abrir a los hombres “la entrada al reino de Dios”.
Dada esta presencia del Espíritu Santo en los bautizados, el Apóstol recomendaba a los cristianos de entonces y lo repite también a nosotros hoy: “No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, con el que fueron sellados para el día de la redención” (Ef 4, 30).
Martes
Jn 3, 13-17
El Hijo del hombre tiene que ser levantado. El Misterio pascual de Cristo nos ha abierto la vida eterna, y la fe es el camino para alcanzarla. Lo vemos en las palabras que Jesús dirige a Nicodemo y que recoge el evangelista san Juan: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna” (Jn 3, 14-15).
Jesús, en la conversación con Nicodemo, desvela el sentido más profundo de ese acontecimiento de salvación (del levantamiento de la serpiente en el desierto por Moisés, como sanación de los israelitas, mordidos por las serpientes), relacionándolo con su propia muerte y resurrección: el Hijo del hombre tiene que ser levantado en el madero de la cruz para que todo el que crea tenga por él vida.
San Juan ve precisamente en el misterio de la cruz el momento en el que se revela la gloria regia de Jesús, la gloria de un amor que se entrega totalmente en la pasión y muerte. Así la cruz, paradójicamente, de signo de condena, de muerte, de fracaso, se convierte en signo de redención, de vida, de victoria, en el cual, con mirada de fe, se pueden vislumbrar los frutos de la salvación.
Todo lo que Jesús hacía y enseñaba, todo lo que los Apóstoles predicaron y testificaron, y los Evangelistas escribieron, todo lo que la Iglesia conserva y repite de su enseñanza, debe servir a la fe, para que, creyendo, alcancemos la salvación.
Miércoles
Jn 14, 6-14
Tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? Durante la última Cena, después de afirmar Jesús que conocerlo a él significa también conocer al Padre (cf. Jn 14, 7), Felipe, casi ingenuamente, le pide: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta” (Jn 14, 8). Jesús le responde con un tono de benévolo reproche: “¿Tanto tiempo hace que estoy con ustedes y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? (...) Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14, 9-11). Son unas de las palabras más sublimes del evangelio según san Juan. Contienen una auténtica revelación.
En la respuesta a Felipe Jesús hace referencia a su propia persona como tal, dando a entender que no sólo se le puede comprender a través de lo que dice, sino sobre todo a través de lo que él es. Para explicarlo desde la perspectiva de la paradoja de la Encarnación, podemos decir que Dios asumió un rostro humano, el de Jesús, y por consiguiente de ahora en adelante, si queremos conocer realmente el rostro de Dios, nos basta contemplar el rostro de Jesús. En su rostro vemos realmente quién es Dios y cómo es Dios.
El objetivo hacia el que debe orientarse nuestra vida es encontrar a Jesús, como lo encontró Felipe, tratando de ver en él a Dios mismo, al Padre celestial. Si no actuamos así, nos encontraremos sólo a nosotros mismos, como en un espejo, y cada vez estaremos más solos. En cambio, Felipe nos enseña a dejarnos conquistar por Jesús, a estar con él y a invitar también a otros a compartir esta compañía indispensable; y, viendo, encontrando a Dios, a encontrar la verdadera vida.
Jueves
Jn 3, 31-36
El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. En la oración sacerdotal, dirigida al Padre en la Última Cena, Jesús dice: “Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17, 26). Se trata del amor con el que el Padre ha amado al Hijo “antes de la creación del mundo” (Jn 17, 24). Según algunos exegetas recientes, las palabras de Jesús indican aquí, al menos indirectamente, el Espíritu Santo, el Amor con el que el Padre ama eternamente al Hijo, eternamente amado por él.
“De la misma manera que decimos que el árbol florece en las flores, así decimos que el Padre se dice a sí mismo y a la creación en el Verbo, o Hijo, y que el Padre y el Hijo se aman a sí mismos y a nosotros en el Espíritu Santo, es decir, en el Amor procedente”. (Summa Theologiae I, q. 37, a. 2).
También en el discurso de despedida, Jesús anuncia que el Padre enviará a los Apóstoles (y a la Iglesia) el “Paráclito... el Espíritu de la verdad” (Jn 14, 16-17), y que también él, el Hijo, lo enviará (cf. Jn 16, 7) “para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14, 16). Los Apóstoles, por tanto, recibirán al Espíritu Santo como Amor que une al Padre y al Hijo. Por obra de este Amor, el Padre y el Hijo harán morada en ellos (cf. Jn 14, 23).
San Agustín enseña que “El Amor es de Dios y es Dios: por tanto, propiamente es el Espíritu Santo, por el que se derrama la caridad de Dios en nuestros corazones, haciendo morar en nosotros a la Trinidad... El Espíritu Santo es llamado con propiedad Don, por causa del Amor” (De Trinitate, XV, 18, 32: PL 42, 1082 - 1083). Por ser Amor, el Espíritu Santo es Don.
Viernes
Jn 6, 1-15
Jesús distribuyó el pan a los que estaban sentados, hasta que se saciaron. Hemos escuchado la multiplicación de los panes: Jesús tomó cinco panes y dos peces, levantó los ojos al cielo, los bendijo, los partió, y los dio a los Apóstoles para que los fueran distribuyendo a la gente (cf. Lc 9, 16).
No obstante, Jesús tiene su propia manera de solucionar los problemas. Como provocando a los Apóstoles, les dice: “Denles ustedes de comer” (Lc 9, 13). Conocemos bien la conclusión del episodio: “Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos” (Lc 9, 17).
La multiplicación de los panes, constituye el comienzo de un largo proceso histórico: la multiplicación incesante en la Iglesia del Pan de vida nueva para los hombres de todas las razas y culturas. Este ministerio sacramental se confía a los Apóstoles y a sus sucesores. Y ellos, fieles a la consigna del divino Maestro, no dejan de partir y distribuir el Pan eucarístico de generación en generación.
Con este Pan de vida, medicina de inmortalidad, se han alimentado innumerables santos y mártires, obteniendo la fuerza para soportar incluso duras y prolongadas tribulaciones. Han creído en las palabras que Jesús pronunció un día en Cafarnaúm: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre” (Jn 6, 51).
Todos comieron hasta saciarse. En efecto, el Señor desea que todos los seres humanos se alimenten de la Eucaristía, porque la Eucaristía es para todos.
Sábado
Jn 6, 16-21
Vieron a Jesús caminando sobre las agua. El pasaje del evangelio de san Mateo que acabamos de leer nos lleva al lago de Genesaret. Los Apóstoles habían subido a la barca para ir a la otra orilla por delante de Cristo. Y he aquí que, remando en la dirección elegida, lo vieron precisamente a él caminando sobre el lago. Cristo caminaba sobre el agua como si se tratara de tierra sólida. Los Apóstoles se turbaron, creyendo que era un fantasma. Jesús, al oír el grito, les habló: “¡Ánimo!, soy yo; no tengan miedo” (Mt 14, 27).
El beato Juan Pablo II no se cansaba de hacer presentes estas palabras de Cristo: “¡No tengan miedo! Y añadía: ¡Abran, de par en par, las puertas a Cristo! No pocos tienen miedo de muchas cosas, e incluso, se tiene miedo a Jesucristo, sea porque no se le conoce o también porque entre los mismos cristianos no se llega a hacer la experiencia, exigente pero a la vez vivificante, de una existencia inspirada en el Evangelio.
Otro pensamiento, en esta misma línea, que el Beato Juan Pablo II decía en la Vigilia de 1998 era este: “¡Déjense guiar por el Espíritu del Señor! ¡No tengan miedo!”. En nuestro diario caminar, contamos con una aliada inestimable. Me refiero a María, la Madre de Jesús. Cada uno de nosotros, como san Juan en el Calvario, acojamos a la Virgen en nuestra casa, es decir, en nuestro corazón, en nuestra vida, en nuestras alegrías y dificultades (Cf. Jn 19, 25-27).
viernes, 29 de abril de 2011
Predicación en el Novenario a Nuestra Señora de la Soledad
Imagen de Nuestra Señora de la Soledad Patrona de la Diócesis de Irapuato
PINCELADAS DEL MAGISTERIO MARIANO DE JUAN PABLO II
En el Novenario a Nuestra Señora de la Soledad
LUNES 25 DE ABRIL
María, sostén y modelo de nuestra vida
Están ante nuestra mirada, y arden en nuestro corazón, dos acontecimientos que están muy en nuestra memoria: La fiesta y devoción de nuestra Señora de la soledad, y la beatificación del Papa tan querido para nosotros, Juan Pablo II. Por esto nuestra temática para este novenario, y la preparación a su beatificación, será: El espíritu Mariano de Juan pablo II en torno a nuestra devoción a la Madre de Dios, nuestra Patrona y reina.
Juan Pablo II no es solo un fiel intérprete de la doctrina sobre la virgen María, sino que expande nuevos caminos en el pensamiento, en la teología, enseñanza y en la espiritualidad mariana. La devoción mariana fue un particular carisma de su pontificado, con sus palabras, en su Magisterio, con los hechos y con sus gestos. De modo que muy bien podríamos parodiar en él, en su doctrina mariana, lo que dice la Constitución Dogmática Dei Verbum, “Cristo se reveló, la Palabra se hizo carne, y reveló el plan de salvación no solo con palabras, sino que con hechos, con gestos claros que estaban intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras y los gestos, por muy pequeños que sean, manifiesten y confirmen la doctrina. Que los hechos estén explicados por las palabras y que las palabras, proclamen las obras y esclarezcan el misterio contenido en ellas” (DV 2).
En la persona y misión de Juan Pablo II, elocuentes fueron sus gestos. Esos detalles con los que constantemente dirigía la mirada de toda la Iglesia a la Madre de Dios, y nuestra Madre. Cuántas fotos podemos contemplar, especialmente en todos los libros que han surgido después de la muerte, de Juan Pablo II con una imagen de la Virgen. Por esto, es difícil imaginarnos al Papa sin la Virgen o sin un rosario en mano.
En realidad, Juan Pablo II fue un hombre de palabras, de obras y de gestos, que se inspiraban en la vida y en la persona de María, en su relación Trinitaria: Dios Padre “dio a su Hijo único al mundo sólo por medio de María” y “quiere tener hijos por medio de María hasta el fin del mundo”. Dios Hijo “se hizo hombre por nuestra salvación, pero en María y por medio de María” y “quiere formarse y, por decirlo así, encarnarse día a día, por medio de su amada madre, en sus miembros” (ib., 16 y 31). Dios Espíritu Santo “comunicó a María, su Esposa fiel, sus dones inefables” y “quiere formarse, en ella y por medio de ella, a elegidos”.
Por esta razón la Toda Santa lleva hacia la Trinidad. Repitiéndole a diario Totus tuus y viviendo en sintonía con ella, se puede llegar a la experiencia del Padre mediante la confianza y el amor sin límites (cf. ib., 169 y 215), a la docilidad al Espíritu Santo (cf. ib., 258) y a la transformación de sí según la imagen de Cristo (cf. ib., 218-221).
De aquí podemos vernos a nosotros mismos, a nuestra historia, a nuestro presente, y sacar enseñanzas para nuestra vida y misión ante la mirada del “dolor profundo y del llanto sin consuelo”, de nuestra Señora de la Soledad, que nos recuerda permanentemente, el drama del Calvario, el amor de Dios por el hombre, los méritos redentores de la Cruz, el plan de salvación del Padre, que decide enviarnos a su Hijo por medio, para que nos redimiera del pecado y de la muerte.
Por tanto, nos dice el Papa, respecto a la devoción mariana, cada uno de nosotros debe tener claro que no se trata sólo de una necesidad del corazón, de una inclinación sentimental, sino que corresponde a la verdad objetiva sobre la Madre de Dios, que nosotros tenemos en su advocación de Nuestra Señora de la Soledad.
26 DE ABRIL
La Maternidad de María
La dimensión Mariana en Juan Pablo II es fruto de toda una vida de profunda devoción a María Santísima como Madre, que llevó, como él mismo lo ha dicho, un largo proceso de maduración. Podríamos decir que Juan Pablo II en su experiencia personal y en su dimensión teológica, coloca, la Maternidad de María como el tronco sobre el cual se desarrollan todas las ramas (dimensiones) de su vida y espiritualidad mariana.
Él está convencido que cada discípulo de Cristo debe encontrarse en las palabras del Maestro en la Cruz: “He aquí a tu hijo; hijo he aquí a tu Madre” y que estas palabras son el testamento de Cristo que deben ser acogidas por cada uno de los fieles de la Iglesia. "En Juan, el discípulo amado, cada persona, descubre que es hijo o hija de aquella que dio al mundo al Hijo de Dios".
Para Juan Pablo II, identificarse como hijo de María, fue determinante en el desarrollo de su espiritualidad Mariana. Descubrirse en el rostro de San Juan evocó una profunda conciencia de la necesidad de acoger en su corazón, en su interior, a la Madre del Salvador, y que era el expreso deseo del Redentor, que él asumiese ese amor filial, dejando a la Virgen ejercer toda su misión materna.
Como expresó en la Encíclica Madre del Redentor, 45: “La maternidad en el orden de la gracia igual que en el orden natural caracteriza la unión de la madre con el hijo. En esta luz se hace más comprensible el hecho que, en el testamento de Cristo en el Gólgota, la nueva maternidad de su madre haya sido expresada en singular, refiriéndose a un hombre: Ahí tienes a tu hijo. En estas mismas palabras está indicado el motivo de la dimensión mariana de la vida de los discípulos de Cristo; no solo de Juan, sino de todo cristiano. El Redentor confía su madre al discípulo y al mismo tiempo, se la da como madre. La maternidad de María, que se convierte en herencia del hombre, es un don: un don que Cristo mismo hace personalmente a cada hombre. A los pies de la cruz comienza aquella especial entrega del hombre a la madre de Cristo”.
La Madre de Dios es la Nueva Eva, que Dios pone ante el nuevo Adán -Cristo-, comenzando por la Anunciación, a través de la noche del Nacimiento en Belén, el banquete de la Boda en Caná de Galilea, la Cruz sobre el Gólgota, hasta el Cenáculo de Pentecostés: la Madre de Cristo Redentor es la Madre de la Iglesia. (S.S. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la Esperanza). Estaba “convencido que María nos conduce a Cristo” pero a partir de allí comenzó “a comprender que también Cristo nos conduce a su Madre” (Giovanni Paolo II, Dono e misterio, pág. 37-38).
La maternidad espiritual de María, se expresa particularmente, con su mediación materna. Ella intercede ante su Hijo e interviene directamente en el dinamismo de la salvación para alcanzarnos las gracias de santidad que Cristo ha hecho posible para la Iglesia con su sacrificio redentor.
En efecto, la experiencia de este pueblo ha sido desde 198 años de ser La Virgen María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, en su advocación de la Soledad, la Patrona de la ciudad de Irapuato, siendo Papa Urbano VIII, y Obispo de Michoacán el Sr. Dn Manuel Abad y Queipo; y, el 89 aniversario de su coronación pontificia, siendo Papa Benedicto XV, y Obispo de León, el Excmo. Sr. Emeterio Valverde y Téllez; 7 años como Patrona de la Diócesis de Irapuato, por voluntad del siervo de Dios, Juan Pablo II, y siendo primer Obispo de Irapuato su excelencia José de Jesús Martínez Zepeda; y 5 años de haber sido constituido este Santuario de la Soledad como sede Parroquial… Desde 1813 nuestros antepasados, los cristianos y cristianas de Irapuato, la recibieron en su casa, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Soledad, como Juan, el discípulo amado de Jesús.
27 DE ABRIL
La Encíclica Madre del Redentor del 25 Marzo de 1987
El Siervo de Dios nos legó una encíclica Mariana: Madre del Redentor, que busca despertar en todos los fieles, una sólida y necesaria espiritualidad mariana, basada en la Tradición de la Iglesia y en las enseñanzas del Concilio Vaticano II.
Juan Pablo II al hablar de la maternidad de María, Madre de Cristo y Madre de Iglesia, dice que “La Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan de salvación”... negarlo, dice, sería negar la historia. En efecto, María es la nueva Eva, que Dios pone ante el nuevo Adán -Cristo-, comenzando en la Anunciación, a través de la noche en Belén, en las bodas de Caná, en la Cruz sobre el Gólgota, hasta el cenáculo en Pentecostés: la Madre de Cristo Redentor, es Madre de la Iglesia”.
Esta encíclica a la Madre del Redentor es la expresión de su devoción y doctrina mariana, el fruto maduro de un largo camino de relación filial con la Virgen. Sus palabras al entregar a la Iglesia este documento fueron: “he estado pensando sobre este tema por un largo tiempo. Lo he ponderado profundamente en mi propio corazón”.
Con esta encíclica, Juan Pablo II quiso recalcar que la Virgen tiene un lugar preciso en el dinamismo de la salvación porque ella estaba destinada desde el principio para ser la Madre del Hijo de Dios, que nacería de ella en la plenitud de los tiempos. Esta plenitud revela, que el culmen de la historia, hacia la que caminaba y desde la que parte, es la Encarnación del Hijo de Dios, llevada a cabo por el poder del Espíritu Santo y la cooperación materna de María. Los reyes magos, representan la historia: recorren largos y difíciles caminos tras una estrella hasta que su búsqueda termina con el Mesías, y desde ahí parten por otro camino. Pero ellos, igual que los pastores, encuentran al Mesías en brazos de su Madre. La humanidad, la historia, cada corazón está llamado a encontrar al Señor, que se ha encarnado y que ha venido al mundo por medio de una Mujer, la Virgen.
Por consiguiente, es una hermosa coincidencia el que nosotros nos preparemos a la Fiesta de Nuestra Señora de la Soledad, a través del pensamiento y vivencia mariana de Juan Pablo II, y también nos preparemos de la mano de nuestra Patrona y Reina a recibir el don de la beatificación de nuestro querido Papa. Ambos acontecimientos son una oportunidad para:
1) Profundizar en la doctrina de fe sobre María, pero que esta sea “una fe vivida, la teología del corazón”, para que nuestra Iglesia, cada uno de nosotros, viva una auténtica “espiritualidad mariana”.
2) Que optemos por convertirnos en verdaderos misioneros de Nuestra Madre, y vivamos nuestra consagración a Cristo por manos de María, como medio eficaz para vivir fielmente el compromiso del bautismo.
3) Preparar, de cara al futuro, el Bicentenario del Patronato de Nuestra Señora de la Soledad, sobre la ciudad de Irapuato. Nuestra preparación en estos dos años, nos debe llevar a es “remar mar adentro” (¡Duc in altum!) para proclamar a Cristo Señor y Salvador, Camino, Verdad y Vida, la meta y fin de la historia humana.
Siguiendo la figura la enseñanza y el testimonio de Juan Pablo II, vemos que la figura de María tiene que estar fuertemente presente en nuestra vida ordinaria. Su enseñanza y su testimonio ve a la Bienaventurada Madre de Dios “maternalmente presente y partícipe en los múltiples y complejos problemas que acompañan hoy la vida de los individuos, de las familias y de las naciones; la ve socorriendo al pueblo cristiano en la lucha incesante entre el bien y el mal, para que ‘'no caiga’, o, si cae, ‘se levante’”.
28 DE ABRIL
El rosario
Juan Pablo II aprovechó siempre toda ocasión para hablar a la Iglesia sobre la Madre del Señor, porque, María de Nazaret, ha sido el centro de la vida espiritual de los discípulos de Jesús, después de Él, que es la Puerta, el primero y el último, el centro y fin de la historia. El Papa Juan Pablo II ha dicho que la devoción mariana es signo de la fe viva del pueblo de Dios a la Virgen María, así como su expresión de vida cristiana y misionera: discípulos y misioneros de Jesucristo por medio de María.
Hoy les propongo algunas ideas sobre la carta apostólica de Juan Pablo II de “El Rosario de la Virgen María”. Con el rosario el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con “la oración del corazón” u “oración de Jesús”.
Fomentar el rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de la crisis actual.
El ritmo del rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de María.
Cuando dos amigos se frecuentan, suelen parecerse también en las costumbres; así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la virgen María, al meditar los misterios del rosario y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos.
La oración de la Iglesia está como apoyada en la oración de María. La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado, ¡El es el resucitado! Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida, descubre también en Él, la verdad sobre el hombre. Por tanto, cada misterio, bien meditado, alumbra el misterio del hombre.
Para comprender el rosario es necesario entrar en la psicología propia del amor. Y así, se afirma que la familia que reza unida permanece unida, porque el amor es vínculo de la perfecta unión.
Hoy, como en los tiempos de primeros fervientes devotos de Nuestra Señora de la Soledad, es necesario anunciar a Cristo a esta ciudad de Irapuato, que camina desde hace doscientos años bajo el patrocinio de su Patrona, porque que se está alejando de los valores cristianos y pierde incluso su recuerdo. Con la esta bendita Imagen como telón de fondo, la propuesta del Rosario adquiere el valor histórico de un nuevo empuje en el anuncio cristiano en nuestro tiempo, porque el Rosario es camino de María.
En la carta apostólica “Rosarium Virginis Mariae” el Papa decía que el Rosario es una oración orientada por su propia naturaleza a la paz. No sólo porque nos lleva a invocarla, apoyados en la intercesión de María, sino también porque nos hace asimilar, junto a el misterio de Jesús, su proyecto de paz, don de Dios para cada uno, y para cada familia. Este es el mensaje de la cruz de Jesús resucitado, que nos sigue bendiciendo por manos de nuestra patrona y reina.
29 de abril
Consagración mariana
El Papa Juan Pablo II resume su consagración con su lema “Totus tuus ego sum. Et mea omnia tua sun”: Soy todo tuyo. Y todo lo mío es tuyo, y ha propuesto la Consagración a Cristo por manos de María como medio eficaz para vivir fielmente el bautismo (RM 48). Este es nuestro último tema de este novenario: PINCELADAS DEL MAGISTERIO MARIANO DE JUAN PABLO II, como preparación a nuestra fiesta y a su beatificación, el próximo domingo.
Consagrarse es entrar en alianza, comunión profunda de corazón con el Corazón Inmaculado para así ser llevados a alcanzar una plena comunión de corazón con el Corazón de Cristo. “Debemos permanecer en alianza con el Corazón de Jesús a través del Corazón Inmaculado de María”. Se dedicó a llevar a toda la Iglesia hacia una profunda unión espiritual con Cristo a través de María, por medio de la Consagración Total. Se ha dedicado a despertar en toda la Iglesia, el amor, y devoción filial a la Santísima Virgen.
Juan Pablo II hizo de la consagración mariana un punto clave en su vida personal y en su misión petrina. Un famoso mariólogo, Stephano D'Fiores afirma que “Si los últimos Papas han hablado favorablemente sobre la Consagración Mariana, Juan Pablo II la ha hecho una de las características claves de su Pontificado. Para Juan Pablo II, la consagración Mariana, es un punto elemental en su programa de vida espiritual y pastoral".
Su profunda piedad mariana, teológicamente enriquecida, llevó a Juan Pablo II, hacia una espiritualidad de profunda confianza. Es este sentido de confianza lo que llevó al Santo Padre a pronunciar estas palabras en Czestochowa en 1979, en el monasterio de Jasna Gora, durante su primera peregrinación a Polonia: “Soy un hombre de una gran confianza, aquí aprendí a serlo. Aprendí a ser un hombre de profunda confianza aquí, en oración y meditación frente al gran ícono de María, la primera discípula: Hágase en mí según tu Palabra”.
Nosotros necesitamos volver a María, consagrarnos a ella, e iniciar una profunda renovación en cada persona y en cada familia. Necesitamos volver nuestros ojos y nuestros corazones a Nuestra Señora de la Soledad, porque urge recuperar a los que están lejos, a los que se nos han ido y fortalecer a los que están cerca.
En cada novenario, en cada fiesta del 30 de abril, hemos de recordar que Cristo nos ha confiado al cuidado materno de Nuestra Señora de la Soledad, comprendamos que a tal amor materno solo podemos responder con la entrega total y generosa de sí, al Corazón de nuestra Madre. Y ya que María fue dada como Madre personalmente a “discípulo de Jesús, hemos de responder con ‘la entrega’ con una auténtica devoción. La entrega es la respuesta al amor de una persona, y, en concreto al amor de la madre. Entregándose filialmente a María, el cristiano, como el apóstol Juan, introduce a María en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su yo humano y cristiano”, afirma Juan pablo II.
Ahora, al final del novenario, hagamos nuestra consagración a Nuestra Señora de la Soledad…
ACTO DE CONSAGRACIÓN
¡Oh Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre de los hombres y de las mujeres: Reina y Patrona Nuestra, Señora de la Soledad!
Al final de este novenario queremos “CONSAGRARNOS A TI ANTE ESTE ALTAR Y TU BENDITA IMAGEN”, y ofrecerte el homenaje de nuestra vida y de nuestro amor; para felicitarte, como hijos tuyos, por los incomparables privilegios con que Dios te adornó desde el primer instante de tu concepción inmaculada, y para alegrarnos contigo por la gloria sublime de que ahora gozas en el cielo.
(---) Bendita seas, Señora Nuestra, (…) por tu santidad y por tu poder de mediadora universal; por tu piedad y tu misericordia.
Tu nunca te olvidas de que has sido levantada hasta el trono de Dios, no sólo para tu gloria, sino también para nuestra salvación; no te olvides de que Dios te ha llevado al cielo en cuerpo y alma, para que así intercedas mejor por nosotros, pobres pecadores.
Llenos de confianza en tu poder y en tu bondad, y sabiendo que, como Madre buena, oyes los ruegos de tus hijos y de tus hijas, te suplicamos con todo el fervor de nuestro corazón, que no nos dejes de tu mano, porque, si tú nos dejas, nos perderemos para siempre.
¡No nos abandones y danos fortaleza, Santa Madre de Dios!
Para luchar contra las malas inclinaciones de nuestra naturaleza, herida por el pecado.
Para dominar las miradas peligrosas, y para impedir las conversaciones atrevidas.
Para apartarnos de compañías que nos lleven al pecado; para cumplir decididamente nuestros deberes de trabajo y estudio.
Para ser buenos y leales con los que convivimos y amigos, caritativos y atentos con los pobres y los enfermos, constantes y devotos en la recepción de los sacramentos de Confesión y Comunión.
Danos fortaleza para luchar y vencer; ¡Oh celestial vencedora de todas las batallas de Dios!
Y concédenos que los que hoy nos hemos reunido ante Ti para haceros entrega de todo nuestro ser mediante esta consagración, cantar tus alabanzas y pedir tu protección, nos reunamos un día en la gloria del paraíso para ofrecer contigo nuestro amor a tu Hijo y Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos.
30 DE ABRIL
FIESTA A NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD 2010
Nuestra Patrona (1813-2010) y Reina (1922-20010): proximidad del bicentenario de su Patronato sobre Irapuato
La Fiesta a nuestra Señora de la Soledad nos invita a cantar y alabar: “Salve, Reina poderosa, Que tus bondades derramas. Sobre todos los que amas Compasiva y generosa. Nuestros ojos siempre fijos Tenemos en tu bondad (Pbro. Ángel Miranda). Esta es una fiesta de esperanza, porque la Madre de Dios y Madre nuestra, es nuestra esperanza y protección.
Desde nuestra Madre de la Soledad podemos encontrar el sentido a nuestra vida: desde el corazón de nuestra Reina, encontramos el sentido al dolor y a la soledad, que llevamos pegados siempre a nuestra piel. Nuestra vida, en la medida en que comienza a identificarse con la de Ella, entendemos mejor el misterio Pascual, pasión, muerte y Resurrección del Señor Jesús, y con ella, en unión con el Redentor, sabemos que el dolor es redentor, y la soledad, una oportunidad para hacer espacio a Dios en nuestra intimidad: todo ofrecido al Padre por el Hijo, en unión con María, tienen precio de eternidad, para si y para la humanidad, para nuestra ciudad, para nuestra familia. Así nos lo ha enseñado la Reina de Irapuato, sí, La del dolor más amargo, nos ha dicho que el dolor purifica, y “lo que es puro, es lo santo, es la virtud, la belleza, lo inmortal, lo inmaculado. ¡Salve a ti! ¡Paz a tus hijos! ¡Linda joya de Irapuato!” .
Vista desde Jesús y María y José las penalidades de la vida humana, todo se convierte como “ojos que penetran a través de la niebla que confunde los objetos y difumina las verdades, y al atravesarla nos permite llegar a lo que verdaderamente es y a lo que verdaderamente importa, pues significa acallar toda clase de voces confusas y discordantes para que se pueda oír la Palabra viva, clara y penetrante”. Todo desde Cristo y desde María de la Soledad tiene sentido, tiene luz, tiene precio de eternidad.
Y es que si por medio de la Santísima Virgen vino Jesucristo al mundo, por medio de Ella debe también reinar en el mundo; y si por María vino el Salvador, el Redentor, El Camino y la luz al mundo, por medio de María tenemos el camino cierto para saber vivir en los gozos y las alegrías, las angustias y las tristezas de nuestro corazón, y conseguir la salvación, caminando por donde ella caminó, haciendo lo que ella amó y vivió.
Prueba del patrocinio de la Santísima Virgen, como de la filial gratitud de sus devotos, es el magnífico templo que fue edificado en la primera mitad del siglo XVIII, en el cual se venera la bendita Imagen, y el cual es un monumento de la generosidad de los habitantes de Irapuato puesta al servicio de la piedad y del amor. Y que ahora, todos, nos hemos dado a la tarea de restaurarlo: baste como signo, lo que hemos hecho, para vislubrar lo que nos falta por hacer…
La grande obra, la epopeya de Irapuato, el apoteosis de Nuestra Señora de la Soledad, el colmo del entusiasmo religioso, la cumbre de la perfecta vida social, el fundamento de nuestra felicidad temporal, el augurio de nuestra dicha futu¬ra, fue la declaración solemne como Patrona de Irapuato, en 1813, y la Coronación, en 1922, de Nuestra Señora de la Soledad.
A nosotros nos ha tocado en hora ver a María de la Soledad en su palacio irapuatense, asistirla en su trono, aclamarla por Reina nuestra, bendecirla con nuestros corazones, alabarla con nuestras lenguas, y acogernos a Ella como Reina, Patrona y Madre. Al celebrar la grandeza y hermosura de Nuestra Señora de la Soledad, los irapuatenses hemos de profesar ante el cielo y la tierra que queremos ser para siempre la peana de sus pies.
30 de abril de 1813 y de 1922, son fechas que llenaron de fe y de gozo a nuestros antepasados, que nada ni nadie debería borrar de nuestra memoria, porque un pueblo sin memoria, se queda infantil, se despersonaliza. Me refiero, sobre todo, a las solemnísimas fiestas, celebradas en honor de la “Linda Joya de Irapuato”, los días 30 de abril desde 1813 y de 1922. Estos días eran muy lucidos: se llevaba en procesión a su Patrona, era llevada en andas, conducida con todo respeto y veneración de su iglesia a la parroquia, pasando por diversas calles. El clero, sacerdotes religiosos y diocesanos, las cofradías y hermandades, las colegialas de la “Enseñanza”, los alumnos del Colegio de San Francisco de Asís, y los de otras escuelas, el pueblo todo, prácticamente formaban las procesiones.
María de la Soledad, ¿por qué quisiste venir a este pueblo?, ¿qué tenemos, que haz querido vivir con nosotros, si tu eres la Reina, la madre de Dios?, Así como tu Hijo, que tomó lo nuestro para que fuéramos ricos, tú ha venido a nosotros porque éramos y somos pobres, y tu amor se ensancha ante los pobres y afligidos… Así lo han expresado nuestros antepasados: “Heme aquí, Oh Madre, ante tus pies postrado. Heme aquí, Oh Madre, contrito y humillado; Delante de tu altar; pues, tu nombre a tanto alcanza, Que al llamarte Madre, crece mi esperanza tan grande como el mar.
Ser dóciles a las enseñanzas de Jesús, ser fieles devotos de Nuestra Señora de la Soledad, amarla e imitarla, es la respuesta que los niños y ancianos, jóvenes, hombres y mujeres, padre y madres de familia, sacerdotes y Obispo, es la mejor forma de no echar en saco roto, la fe, la esperanza y el amor que testimoniaron nuestros mayores a nuestra Reina de la Soledad, como expresara en 1922, el Sr. Obispo Miguel M. Mora: ¡Oh Virgen de la Soledad profunda, Y del llanto sin consuelo, Mira, oh tierna Madre, a tu pueblo; Mira, ¡cómo te ama!, ¡Haz que te ame más y más, Y que tus hijos de Irapuato, Primero pierdan la vida; que dejarte de amar! (Del Sr. Obispo Miguel M. Mora).
domingo segundo de pascua o de la Misericordia divina
SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA O DE LA MISERICORDIA DIVINA
Este domingo cierra la Octava de Pascua como un único día ‘en que actuó el Señor’, caracterizado por el distintivo de la Resurrección y de la alegría de los discípulos al ver a Jesús.
Hemos escuchado que Jesús resucitado se aparece en el Cenáculo a los discípulos y les ofrece el don pascual de la paz y de la misericordia. Recordando la página evangélica de hoy, se comprende muy bien que la verdadera paz brota del corazón reconciliado que ha experimentado la alegría del perdón y, por tanto, está dispuesto a perdonar. Hoy día del trabajo, de san José Obrero, de la misericordia divina, y beatificación de Juan Pablo II, abramos el alma al amor de Jesucristo, a su misericordia.
Durante el jubileo del año 2000, el beato Juan Pablo II estableció que en toda la Iglesia el domingo que sigue a la Pascua, se denominara Domingo de la Misericordia Divina. Esto sucedió en concomitancia con la canonización de Faustina Kowalska, humilde religiosa polaca, celosa mensajera de Jesús misericordioso. Y ahora también, coincide la beatificación de nuestro querido Papa.
Recordemos que hace seis años, después de las primeras Vísperas de esta festividad, Juan Pablo II terminó su existencia terrena, y justamente hoy es proclamado beato.... Hoy la Iglesia nos asegura que al morir, entró en la luz de la Misericordia divina, desde la cual, más allá de la muerte y desde Dios, ahora nos habla de un modo nuevo, como beato, tengan confianza, nos dice, en la Misericordia divina. Conviértanse día a día en hombres y mujeres de la misericordia de Dios. La misericordia es el vestido de luz que el Señor nos ha dado en el bautismo. No debemos dejar que esta luz se apague; al contrario, debe aumentar en nosotros cada día para llevar al mundo la buena nueva de Dios.
En realidad, la misericordia es el núcleo central del mensaje evangélico, es el nombre mismo de Dios, el rostro con el que se reveló en la Antigua Alianza y plenamente en Jesucristo, encarnación del Amor creador y redentor. Este amor de misericordia ilumina también el rostro de la Iglesia y se manifiesta mediante los sacramentos, especialmente el de la Reconciliación, y mediante las obras de caridad, comunitarias e individuales.
Volviendo al Beato Juan Pablo II, realmente, como sor Faustina, Juan Pablo II se hizo a su vez apóstol de la Misericordia divina. La tarde del inolvidable sábado 2 de abril de 2005, cuando cerró los ojos a este mundo, era precisamente la víspera del segundo domingo de Pascua, y muchos notaron la singular coincidencia, que unía en sí la dimensión mariana, era el primer sábado del mes, y la de la Misericordia divina.
En efecto, su largo y multiforme pontificado tiene aquí su núcleo central; toda su misión al servicio de la verdad sobre Dios y sobre el hombre y de la paz en el mundo se resume en este anuncio, como él mismo dijo en Cracovia-Lagiewniki en el año 2002 al inaugurar el gran santuario de la Misericordia Divina: “Fuera de la misericordia de Dios no existe otra fuente de esperanza para el hombre” (Homilía durante la misa de consagración del santuario de la Misericordia Divina, 17 de agosto).
Así pues, su mensaje, como el de santa Faustina, conduce al rostro de Cristo, revelación suprema de la misericordia de Dios. Contemplar constantemente ese Rostro es la herencia que nos ha dejado y que nosotros, con alegría, acogemos y hacemos nuestra.
“La mentalidad contemporánea... parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a dejar al margen de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de misericordia” (Dives in misericordia, 2). Pero el hombre tiene íntimamente necesidad de encontrarse con la misericordia de Dios hoy más que nunca, para sentirse radicalmente comprendido en la debilidad de su naturaleza herida; y sobre todo para hacer la experiencia espiritual de ese Amor que acoge, vivifica y resucita a vida nueva.
Ahora, oficialmente en Juan Pablo II, al ser elevado a los altares, se ha hecho en él efectiva aquella frase de san Agustín: “Cuando me haya unido a Ti con todo mi ser, nada será para mi dolor ni pena. Será verdadera vida mi vida, llena de Ti” (S. Agustín, Confesiones 10, 28, 39). Esta meta a la que llegó el Papa, que amó a santa María de Guadalupe, es también la nuestra.
Que la Madre de la Misericordia, que veneramos aquí con el título particular de “Nuestra Señora de la Soledad, cuya fiesta celebramos ayer, nos haga cada vez más conscientes de su maternidad, que “perdura sin interrupción desde el momento de su asentimiento fielmente prestado en la Anunciación”, y ratificado fielmente al pie de la Cruz, como contemplamos aquí en este hermoso retablo mayor, signo de la misericordia divina.
miércoles, 20 de abril de 2011
Sema santa, semana de plena

SEMANA SANTA
Lunes
Jn 12, 1-11
Déjala. Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura. El Evangelio nos conduce a Betania, donde Lázaro, Marta y María ofrecieron una cena al Maestro (cf. Jn 12, 1). Este banquete en casa de los tres amigos de Jesús se caracteriza por los presentimientos de la muerte inminente: los seis días antes de Pascua, la insinuación del traidor Judas, la respuesta de Jesús que recuerda uno de los piadosos actos de la sepultura anticipado por María, la alusión a que no lo tendrían siempre con ellos, el propósito de eliminar a Lázaro, en el que se refleja la voluntad de matar a Jesús.
El gesto de María es la expresión de fe y de amor grandes por el Señor: para ella no es suficiente lavar los pies del Maestro con agua, sino que los unge con una gran cantidad de perfume precioso que, como protestará Judas, se habría podido vender por trescientos denarios; y no unge la cabeza, como era costumbre, sino los pies: María ofrece a Jesús cuanto tiene de mayor valor y lo hace con un gesto de profunda devoción.
Jesús comprende que María ha intuido el amor de Dios e indica que ya se acerca su "hora", la "hora" en la que el Amor hallará su expresión suprema en el madero de la cruz: el Hijo de Dios se entrega a sí mismo para que el hombre tenga vida, desciende a los abismos de la muerte para llevar al hombre a las alturas de Dios, no teme humillarse "haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz" (Flp 2, 8).
San Agustín, en el Sermón en el que comenta este pasaje evangélico, dice: “Toda alma que quiera ser fiel, únase a María para ungir con perfume precioso los pies del Señor... Unja los pies de Jesús: siga las huellas del Señor llevando una vida digna. Seque los pies con los cabellos: si tienes cosas superfluas, dalas a los pobres, y habrás enjugado los pies del Señor” (In Ioh. evang., 50, 6).
Martes
Jn 13, 21-23. 36-38
Uno de ustedes me entregará. No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces. Jesús abiertamente les dice que uno de ellos le va a entregar, es decir, a la muerte. Estas predicciones, en el momento de esta cena, fue motivo de turbación profunda. La consternación era general. ¿Quién sería capaz de algo así? ¿“Seré yo acaso”?, le preguntaban uno tras otro los confundidos discípulos. Otros, consternados por el anuncio, querían saber de quién se trataba preguntándole quién era. La respuesta y el gesto no fueron lo suficientemente evidentes para dejar en claro de quién se trataba. El Señor no quiso exponer su identidad.
Una vez que Judas salió del Cenáculo, otro anuncio debió perturbarlos más aún: «Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros» (Jn 13,33). El Señor se refiere a su Pascua. Él partirá al encuentro del Padre por medio de su muerte en Cruz.
Finalmente, al preguntarle Pedro a dónde va y luego de asegurarle que está dispuesto a dar la vida por Él, el Señor le anuncia que lo negará tres veces.
La traición de Judas y la negación de Pedro, nos pueden ayudar para ponernos ante Jesús y revisar nuestra vida…
Miércoles
Mt 26, 14-25
¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Este juicio que Jesús pronuncia contra Judas es muy severo. Sin embargo, a nosotros no nos corresponde juzgar su gesto, poniéndonos en el lugar de Dios, infinitamente misericordioso y justo.
Judas: ¿por qué traicionó a Jesús? Para responder a este interrogante se han hecho varias hipótesis. Algunos recurren al factor de la avidez por el dinero; otros dan una explicación de carácter mesiánico: Judas habría quedado decepcionado al ver que Jesús no incluía en su programa la liberación político-militar de su país.
Sin embargo, los hombres indicados nominalmente por los Evangelios, al menos en parte, son históricamente los responsables de esta muerte. Lo declara Jesús mismo cuando dice a Pilato durante el proceso: “El que me ha entregado a ti tiene mayor pecado” (Jn 19, 11). Y en otro lugar: “El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero, ¡ay de aquél por quien el Hijo del hombre es entregado! “Más le valdría a ese hombre no haber nacido!” (Mc 14, 21; Mt 26, 24; Lc 22, 22). Jesús alude a las diversas personas que, de distintos modos, serán los artífices de su muerte: a Judas, a los representantes del sanedrín, a Pilato, a los demás... También Simón Pedro, en el discurso que tuvo después de Pentecostés imputará a los jefes del sanedrín la muerte de Jesús: “Ustedes le mataron clavándole en la cruz por mano de los impíos” (He 2, 23).
Pero en definitiva, Jesús llevó nuestros pecados a la cruz, y nuestros pecados llevaron a Jesús a la cruz: fue triturado por nuestras culpas (cf. Is 53, 5). Nosotros, nuestros pecados hicieron morir a Jesús: el proceso y la pasión de Jesús, los renueva cada persona que, cayendo en el pecado, prolonga el grito: “No a éste, sino a Barrabás. ¡Crucifícalo!”.
JUEVES SANTO
Con la Misa vespertina de hoy damos inicio al Triduo Pascual. Hasta esta hora, el Jueves pertenece a la Cuaresma. Con la Eucaristía de esta tarde entramos ya en la Pascua.
Como la última Cena fue un «anticipo» de lo que luego iba a pasar en la cruz, anticipando la entrega del Cuerpo y Sangre de Cristo en el sacramento del pan y del vino, así la Eucaristía de hoy es un anticipo de la Pascua de Cristo, de su Muerte y Resurrección. La Misa de hoy, al recordar la última Cena de Cristo, no es la Eucaristía más importante: lo será la de la Vigilia Pascual, pasado mañana.
Para los judíos (1ª. lectura), la Pascua es la celebración anual del gran acontecimiento de su primera Pascua, su éxodo, su liberación de la esclavitud, con el paso del Mar Rojo y la alianza del Sinaí.
Para los cristianos (2ª. lectura), esta celebración adquiere un nuevo sentido: es la Pascua de Jesús, su muerte y resurrección, de la que hacemos por encargo del mismo Cristo, un memorial: la Eucaristía, en forma de comida. En ese pan partido y en esa copa de vino, nos ha asegurado Él mismo, que nos da su propia persona, su Cuerpo y su Sangre, para que tengamos su propia vida.
Con la institución de la Eucaristía, Jesús comunica a los Apóstoles la participación ministerial en su sacerdocio, el sacerdocio de la Alianza nueva y eterna, en virtud de la cual él, y sólo él, es siempre y por doquier artífice y ministro de la Eucaristía. Los Apóstoles, a su vez, se convierten en ministros de este excelso misterio de la fe, destinado a perpetuarse hasta el fin del mundo. Se convierten, al mismo tiempo, en servidores de todos los que van a participar de este don y misterio tan grandes.
La Eucaristía, el supremo sacramento de la Iglesia, está unida al sacerdocio ministerial, que nació también en el Cenáculo, como don del gran amor de Jesús, que “sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).
La eucaristía, el sacerdocio y el mandamiento nuevo del amor. ¡Este es el memorial vivo que contemplamos hoy, Jueves Santo! (Cfr. Juan Pablo II, Misa “in cena domini” (20 de abril de 2000):
1º.) La institución de la Sagrada Eucaristía: Cada vez que por orden del Señor, nos reunimos a celebrar la Cena del Señor, se transforma el pan en su propio Cuerpo y el vino en su propia Sangre: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes”; “Este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi sangre”; así, Jesús se nos da como alimento en la Sagrada Comunión.
San Agustín dice que “si ustedes mismos son Cuerpo y miembros de Cristo, son el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y reciben este sacramento suyo. Responden «amén» (es decir, «Si», «es verdad») a lo que reciben, con lo que, respondiendo, lo reafirman. Oyes decir «el Cuerpo de Cristo», y respondes «amén». Por lo tanto, sé tú verdadero miembro de Cristo para que tu «amén» sea también verdadero” (S. AGUSTÍN, serm. 272)
2º.) El sacerdocio ministerial: Jesús quiso elegir de entre el pueblo a algunos que se consagraran a Él, para continuar en ellos su obra salvadora. En efecto, el ministro consagrado posee, en verdad, el papel del mismo Sacerdote, Cristo Jesús. El sacerdote es asimilado al Sumo Sacerdote Jesús, por la consagración sacerdotal: goza de la facultad de actuar por el poder y en la persona de Cristo mismo, a quien representa (Cfr. Virtute ac persona ipsius Christi; PÍO XII, enc Mediator Dei)
En efecto, “Cristo es la fuente de todo sacerdocio, y por eso, el sacerdote, actúa en representación suya” (S. TOMÁS DE A., STh 3, n, 4)).
Que todos reverencien a los diáconos como a Jesucristo, como también al obispo, que es imagen del Padre, y a los presbíteros como al senado de Dios y como a la asamblea de los Apóstoles: sin ellos no se puede hablar de Iglesia (S. IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Trall. 3, 1)
Grandeza obliga; así, san Gregorio Nacianceno, siendo joven sacerdote, exclama: “Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir, es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia (or. 2, 71). Se de quién somos ministros, dónde nos encontramos y a dónde nos dirigimos. Conozco la altura de Dios y la flaqueza del hombre, pero también su fuerza (ibíd. 74). Por tanto, ¿quién es el sacerdote? Es el defensor de la verdad, se sitúa junto a los ángeles, glorifica con los arcángeles, hace subir sobre el altar de lo alto las víctimas de los sacrificios, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la criatura, restablece [en ella] la imagen [de Dios], la recrea para el mundo de lo alto, y, para decir lo más grande que hay en Él, es divinizado y diviniza (ibíd. 73).
3º.) El amor y el servicio a los demás, la proclamación del gran precepto, cuyo cumplimiento nos manifiesta discípulos de Jesucristo, el mandato del amor. Los apóstoles discutían quien era el mayor entre ellos, Jesús le respondió: El que quiera ser grande entro ustedes, deberá amar y servir a los demás. Porque ni aún el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para amar y servir, y dar su vida como rescato por todos (Cfr. Mc.10:43.45).
El Jueves santo nos exhorta a no dejar que, en lo más profundo, el rencor hacia el otro se transforme en un envenenamiento del alma. Nos exhorta a purificar continuamente nuestra memoria, perdonándonos mutuamente de corazón, lavándonos los pies los unos a los otros, para poder así participar juntos en el banquete de Dios.
El Jueves santo es un día de gratitud y de alegría por el gran don del amor hasta el extremo, que el Señor nos ha hecho. Oremos al Señor, en esta hora, para que la gratitud y la alegría se transformen en nosotros en la fuerza para amar juntamente con su amor.
VIERNES SANTO
Los frutos de la cruz
Hoy es el primer día del Triduo Pascual, que inauguramos con la Eucaristía vespertina de ayer. De esa gran unidad que forman la muerte y la resurrección de Jesús y que llamamos «Pascua», hoy celebramos de modo intenso el primer acto, la «Pascha Crucifixionis». Aunque este recuerdo de la muerte está ya hoy lleno de esperanza y victoria. A su vez, la fiesta de la Resurrección, a partir de la Vigilia Pascual, seguirá teniendo presente el paso por la muerte: «Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado», diremos en el prefacio pascual.
Los frutos de la Cruz no se hicieron esperar. Uno de los ladrones, después de reconocer sus pecados, se dirige a Jesús: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. Le habla con la confianza que le otorga el ser compañero de suplicio. Seguramente habría oído hablar antes de Cristo, de su vida, de sus milagros. Ahora ha coincidido con Él en los momentos en que parece estar oculta su divinidad. Pero ha visto su comportamiento desde que emprendieron la marcha hacia el Calvario: su silencio que impresiona, su mirar lleno de compasión ante las gentes, su majestad grande en medio de tanto cansancio y de tanto dolor. Estas palabras que ahora pronuncia no son improvisadas: expresan el resultado final de un proceso que se inició en su interior desde el momento en que se unió a Jesús. Para convertirse en discípulo de Cristo no ha necesitado de ningún milagro; le ha bastado contemplar de cerca el sufrimiento del Señor. Escuchó el Señor emocionado, entre tantos insultos, aquella voz que le reconocía como Dios. Debió producir alegría en su corazón, después de tanto sufrimiento. Yo te aseguro, le dijo, que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso.
La eficacia de la Pasión no tiene fin. Ha llenado el mundo de paz, de gracia, de perdón, de felicidad en las almas, de salvación. Aquella Redención que Cristo realizó una vez, se aplica a cada hombre, con la cooperación de su libertad. Cada uno de nosotros puede decir en verdad: “el Hijo de Dios me amó y se entregó por mí”. No ya por “nosotros”, de modo genérico, sino por mí, como si fuese único. Se actualiza la Redención salvadora de Cristo cada vez que en el altar se celebra la Santa Misa.
“Jesucristo quiso someterse por amor, con plena conciencia, entera libertad y corazón sensible (…). Nadie ha muerto como Jesucristo, porque era la misma vida. Nadie ha expiado el pecado como Él, porque era la misma pureza”. Nosotros estamos recibiendo ahora copiosamente los frutos de aquel amor de Jesús en la Cruz. Sólo nuestro “no querer” puede hacer baldía la Pasión de Cristo.
Muy cerca de Jesús está su Madre, con otras santas mujeres. También está allí Juan, el más joven de los Apóstoles. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su madre: “Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa”. Jesús, después de darse a sí mismo en la última Cena, nos da ahora lo que más quiere en la tierra, lo más precioso que le queda. Le han despojado de todo. Y Él nos da a María como Madre nuestra.
Este gesto tiene un doble sentido. Por una parte se preocupa de la Virgen, cumpliendo con toda fidelidad el cuarto Mandamiento del Decálogo. Por otra, declara que Ella es nuestra Madre. “La Santísima Virgen avanzó también en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo de pie” (Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús, agonizante en la Cruz, como madre al discípulo, en quien todos estamos representados.
Con María, nuestra Madre, nos será más fácil, y por eso le cantamos con el himno litúrgico: “¡Oh dulce fuente de amor!, hazme sentir tu dolor para que llore contigo. Hazme contigo llorar y dolerme de veras de sus penas mientras vivo; porque deseo acompañar en la cruz, donde le veo, tu corazón compasivo. Haz que me enamore su cruz y que en ella viva y more…”
LA VIGILIA PASCUAL
El domingo, día del Señor
En esta noche el Señor resucitó e inauguró para nosotros en su carne, la vida en que no hay muerte. Cuando aquellas mujeres que lo amaban vinieron a su sepulcro, en su busca, supieron por los ángeles que había ya resucitado durante la noche. El Mesías, prenda de nuestra resurrección, ¡Ha Resucitado! Esta será para nosotros una ley eterna hasta el fin del mundo. Por tanto, es paso de Cristo de este mundo al Padre; de la muerte a la vida; de la derrota y el fracaso a la victoria definitiva. Es el paso del cristiano de la muerte del pecado a la vida de Dios; de las tinieblas a la luz; de la esclavitud a la libertad; de la condición de siervo a la del Hijo. Por esto llamamos a Cristo, «nuestra Pascua»: «Cristo, nuestra Pascua, se inmoló (1 Co 5,7). Él fue para nosotros el paso único y el puente definitivo para pasar nosotros al Padre.
¡Ha Resucitado! Es lo que celebramos esta noche. Y la liturgia se vuelca en ello con toda la exuberancia de signos: fuego, luz, agua, Palabras, cantos, flores. Todo es vida. Todo proclama la resurrección de Jesús. Todo, esta noche es un grito de fiesta. Todo se puede resumir en una palabra significativa, que se canta con toda el alma.- ¡ALELUYA! Del hebreo Hallelú-Yah, significa: alaben, con sentido de júbilo, y Yah, que es abreviación de Yahvé (el Señor). Significa: ¡Alaben al Señor! La Iglesia en su culto la ha usado desde el principio, como aparece en el Apocalipsis (19,4). En la liturgia el Aleluya es manifestación del culto cristiano que prorrumpe en la solemnidad de la Pascua y se repite en la cincuentena pascual.
La palabra «vigilia», aquí tiene un sentido propio: «una noche en vela». La Vigilia Pascual supone que «pasamos en vela la noche en que el Señor resucitó»: es la madre de todas las vigilias. Es la Solemnidad de las Solemnidades, la noche primordial de todo el año. Más importante que la Navidad, que también tiene su celebración nocturna. La Pascua de Resurrección es la primera de todas las solemnidades cristianas, y la raíz y el fundamento de todas ellas. Estamos en la cumbre de la Historia de la Salvación y en el centro y corazón de toda la liturgia cristiana. Cristo ha resucitado, según las Escrituras (1 Co 15,4). Este es el núcleo central de la predicación apostólica, del kerigma primitivo (Hch 2, 24-32; 3, 5; 4, 10, 33, 34; Lc 24,46). Y el fundamento de la fe cristiana (1 Co 15,1 7). La Resurrección de Jesús, tal como Pedro la proclama ante los primeros gentiles convertidos (Hch 10,36-43), es el «acontecimiento-síntesis», que abarca e ilumina la totalidad del Misterio de Cristo. La resurrección de Cristo inaugura el tiempo de la «nueva-creación» en el mundo (Rm 1,4; 2 Co 13,4; Flp 2,9-10), y en nosotros (Rm 6,4; Co 5,1 7; 1 P 1,3-4).
Pascua es la fiesta de la alegría, del triunfo, de la vida: en contraste con las tristezas de los días pasados, el recordar y revivir la tragedia del Calvario y el escándalo de la Cruz, hoy nos llena de alegría de la primavera cristiana en la que nacemos a una nueva existencia, a una nueva vida (Rm 6,4). Pascua es la fiesta de la luz. Este cirio cuya luz nos ilumina, es el símbolo de Cristo, luz de los hombres y del mundo (Jn 1,4.9; 8,12). Ese lucero encendido en la noche de Pascua «no volverá a conocer ocaso» (Pregón pascual). Pascua es la fiesta de la libertad: La humanidad estaba encadenada a los pies del peor de los amos, era esclava del pecado (Rm 6,17-18), pero ahora por la Resurrección de Cristo, «libres del pecado y siervos de Dios, tienen por fruto la santificación y por fin, la vida eterna» (Rm 6,22).
El día del Señor. «La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón ‘día del Señor’ o domingo» (SC 106). Aquí es donde toda la comunidad de los fieles encuentra al Señor resucitado que los invita a su banquete (Cfr. Jn 21,12; Lc 24,30): El día del Señor, el día de la resurrección, el día de los cristianos, es nuestro día. Por eso es llamado día del Señor: porque es en este día cuando el Señor subió victorioso junto al Padre (Cfr. S. JERÓNIMO, pasch).
El domingo es el día por excelencia de la asamblea litúrgica, en que los fieles “deben reunirse para, escuchando la Palabra de Dios y participando en la eucaristía, recordar la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los ‘hizo renacer a la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos” (SC 106). Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del domingo de tu santa resurrección, decimos: Bendito es el día del domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación… la salvación del mundo… la renovación del género humano… en él el Cielo y la Tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de Luz. Bendito es el día del domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor” (Fangith, Oficio Siriaco de Antioquía, Vol. 6, 1º. parte del verano, p. 193, 2).
Domingo de la resurrección del Señor
Este Domingo es el tercer día del Triduo Pascual, que ha tenido en la Vigilia su punto culminante y, a la vez, el primer día de la Cincuentena Pascual, las siete semanas de celebración de la Pascua, que concluirá con Pentecostés, el nombre griego del “día quincuagésimo”.
Pascua es el día que hizo el Señor, el día grande, la solemnidad de las solemnidades, el día rey, el día primero, día sin noche, tiempo sin tiempo, edad definitiva, primavera de primaveras… pasión inusitada. La Resurrección es la verdad fundamental del cristianismo y el motivo y garantía de nuestra esperanza.
El concilio Vaticano II enseña que “la Iglesia celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón ‘día del Señor’ o domingo’ (SC 106). En efecto, durante el tiempo pascual la Iglesia vuelve a contemplar este inefable misterio con su pensamiento, con su reflexión, y sobre todo con su oración. Más aún, vuelve a ello cada domingo del año, porque cada domingo es una pequeña pascua, que recuerda y representa la muerte y resurrección de Jesús. Así, la Pascua no es un episodio aislado, sino que está unido a nuestro destino y a nuestra salvación. La Pascua es una fiesta muy nuestra que nos afecta interiormente, porque, como dice San Pablo: “Cristo fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación” (Rom. 4, 25). Así la suerte de Cristo se convierte en la nuestra, su pasión se convierte en la nuestra y su resurrección en nuestra resurrección.
Para los primeros cristianos la participación en las celebraciones dominicales constituía la expresión natural de su pertenencia a Cristo, de la comunión con su Cuerpo místico, en la gozosa espera de su vuelta gloriosa. Esta pertenencia se manifestó de manera heroica en la historia de los mártires de Abitina, que afrontaron la muerte, exclamando: ‘Sine dominico non possumus’, es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir.
¡Cuánto más hoy es preciso reafirmar el carácter sagrado del día del Señor y la necesidad de participar en la misa dominical! El contexto cultural en que vivimos, a menudo marcado por la indiferencia religiosa y el secularismo que ofusca el horizonte de lo trascendente, no debe hacernos olvidar que el pueblo de Dios, nacido del acontecimiento pascual, debe volver a él como a su fuente inagotable, para comprender cada vez mejor los rasgos de su identidad y las razones de su existencia. El concilio Vaticano II, después de indicar el origen del domingo, prosigue así: “En este día los fieles deben reunirse para, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la pasión, resurrección y gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los hizo renacer a la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos” (SC 106).
El domingo fue elegido por Cristo mismo, que en aquel día, “el primer día de la semana”, resucitó y se apareció a los discípulos (cf. Mt 28, 1; Mc 16, 9; Lc 24, 1; Jn 20, 1. 19; Hch 20, 7; 1 Co 16, 2), apareciéndose de nuevo “ocho días después” (Jn 20, 26). El domingo es el día en el que el Señor resucitado se hace presente a los suyos, los invita a su mesa y los hace partícipes para que ellos, unidos y configurados con él, puedan rendir el culto debido a Dios. Necesitamos recobrar el valor del Domingo, necesitamos profundizar cada vez más en la importancia del ‘día del Señor’. La Eucaristía es el pilar fundamental del domingo y de toda la vida del cristiano: en cada celebración eucarística dominical se realiza la santificación del pueblo cristiano, hasta el domingo sin ocaso, día del encuentro definitivo de Dios con sus criaturas.
Recuperemos el sentido cristiano del domingo. Ojalá que el ‘día del Señor’, que podría llamarse también el ‘señor de los días’, cobre nuevamente todo su relieve y se perciba y viva plenamente en la celebración de la Eucaristía, raíz y fundamento de un auténtico crecimiento de la comunidad cristiana (cf. PO 6).
Oh Jesús, vencedor de la muerte y del pecado, tuyos somos y tuyos queremos ser: nosotros y nuestras familias y cuanto tenemos de más querido y precioso, en los ardores de la juventud, en la prudencia de la edad madura, en los inevitables desconsuelos y renuncias de la vejez incipiente y ya avanzada: siempre tuyos.
Y danos tu bendición, y derrama en todo el mundo tu paz, oh Jesús, como lo hiciste al reaparecer por vez primera en la mañana de Pascua a tus más íntimos, y como seguiste haciéndolo en las sucesivas apariciones en el Cenáculo, junto al lago, en el camino: No tengan miedo, Yo estoy con ustedes todos los días.
Que por intercesión de Nuestra Señora de la Soledad, el domingo, cada domingo, sea para nosotros el gran día, que saltemos de gozo y de alegría, que no se aparte nunca de nuestra memoria y que sea el comienzo de una vida de esperanza y de amor, de luz y de salvación.
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