lunes, 6 de junio de 2011

Séptima semana de Pascua, reflexiones del evangelio de cada día


Séptima semana
Lunes
Juan 16, 29-33
“Tengan valor, porque yo he vencido al mundo”. Nos viene muy bien recordar las palabras del Papa Juan XXII, que en 1961, con mirada profética nos decía: “La Iglesia asiste en nuestros días a una grave crisis de la humanidad, que traerá consigo profundas mutaciones. Un orden nuevo se está gestando, y la Iglesia tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas más trágicas de la historia. Porque lo que se exige hoy de la Iglesia es que infunda en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del Evangelio. La humanidad alardea de sus recientes conquistas en el campo científico y técnico, pero sufre también las consecuencias de un orden temporal que algunos han querido organizar prescindiendo de Dios. Por esto, el progreso espiritual del hombre contemporáneo no ha seguido los pasos del progreso material. De aquí surgen la indiferencia por los bienes inmortales, el afán desordenado por los placeres de la tierra, que el progreso técnico pone con tanta facilidad al alcance de todos, y, por último, un hecho completamente nuevo y desconcertante, cual es la existencia de un ateísmo militante, que ha invadido ya a muchos pueblos”.
Tengan valor es una exhortación de Jesús tan urgente para nuestros días, ante el mundo que parece que se ha decidido a vivir sin Dios, y otras veces en contra de Dios; no podemos ser indiferentes ante el mundo que nos rodea, cada uno de nosotros está llamado a poner fe en donde vive, testimoniar la esperanza en la realidades inmortales, y a perfumar con nuestra caridad los corazones que han perdido a Dios.
Tengamos fe en Jesús; seamos fuertes en la fe. La Iglesia quiere de nosotros una fe fuerte, y así la exige el compromiso de nuestra voluntad. Tengamos el valor de ejercitarla, respirarla y profesarla, no sólo interiormente para experimentar su luz y su dulzura, sino también externamente para expresarla con la palabra, con el cántico, con la conducta cotidiana.
Martes
Juan 17, 1-11
“Padre, glorifica a tu Hijo”. Existe una reciprocidad entre el Padre y el Hijo, en lo que conocen de sí mismos (cf. Jn 10, 15), en lo que son (cf. Jn 14, 10), en lo que hacen (cf. Jn 5, 19; 10, 38) y en lo que poseen: “Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío” (Jn 17, 10). Es un intercambio recíproco que encuentra su expresión plena en la gloria que Jesús obtiene del Padre en el misterio supremo de la muerte y la resurrección, después de que él mismo se la ha dado al Padre durante su vida terrena: “Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. (...) Yo te he glorificado en la tierra. (...) Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti” (Jn 17, 1.4 s).
Así, la reciprocidad entre el Padre y el Hijo llega a ser para nosotros, creyentes, el principio de una vida nueva, que nos permite participar en la misma plenitud de la vida divina: “Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios” (1 Jn 4, 15). Las criaturas viven el dinamismo de la vida trinitaria, de manera que “Toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo” (CIgC 259).
Por otra parte, Y el Apocalipsis describe así el destino escatológico de quien lucha y vence con Cristo la fuerza del mal: “Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono” (Ap 3, 21). Esta promesa de Cristo nos abre una perspectiva maravillosa de participación en su intimidad celestial con el Padre.
Miércoles
Juan 17,11b-19
Que sean uno, como nosotros. En Dios Trinidad se halla la fuente esencial de la unidad de la Iglesia. Lo indica la plegaria ‘sacerdotal’ de Cristo en el Cenáculo, que hemos escuchado: “...para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí” (Jn 17, 21-23).
Ésta es la fuente y también el modelo para la unidad de la Iglesia. En efecto, dice Jesús: que sean uno, “como nosotros somos uno”. Pero la realización de esta divina semejanza tiene lugar en el interior de la unidad de la Trinidad: “ellos en nosotros”. Y en esta unidad trinitaria permanece la Iglesia, que vive de la verdad y de la caridad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La unidad que invoca el Señor para sus discípulos es ante todo la comunión con Dios. Una comunión de existencia y no solo de sentimiento: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti”. Una comunión que es inhabitación de Dios en el hombre y asimilación del hombre a Dios. Y de esta misteriosa comunión de vida con Dios, gracias a la que hemos sido hecho partícipes de su misma naturaleza, brota la comunión entre los hijos de Dios y discípulos de Jesús. “Que sean uno... para que el mundo crea” (Jn 17, 21).
Jueves
Jn 17, 20-26
Que sean completamente uno. El deseo de Cristo es que haya perfecta unidad entre sus seguidores. Desafortunadamente, los seguidores de Jesús nos encontramos divididos. No haré referencia las divisiones al interior de la Iglesia y de las familias, que las hay, sino a las divisiones externas, divididos entre ortodoxos, anglicanos, protestantes, religiones no católicas… Sin la unidad que quiere Cristo, sus seguidores estamos incapacitados para dar testimonio satisfactorio de Él, y su división sigue siendo escándalo para el mundo, más en especial en las Iglesias jóvenes de tierras de misión.
Por esto, para que un día se llegue a la meta del deseo de Cristo, a la unidad perfecta, la Iglesia, con frecuencia nos invita a todos a la oración por la unidad. Para que un día se logre este proyecto de Jesús, tenemos necesidad de la ayuda de Dios, a quien de modo especial lo invocamos en la “Semana por la unión de los cristianos”, para que esta gran causa del restablecimiento de la unidad entre la Iglesia católica, las Iglesias separadas y las fracciones cristianas autónomas alcance el favor divino.
Hoy y ayer, la Palabra de Dios, nos hace conscientes de la llamada a mostrar una suprema fidelidad al deseo de Cristo. Pidamos todos con perseverancia al Espíritu Santo que remueva todas las divisiones de nuestra fe, que nos conceda aquella perfecta unidad en la verdad y en el amor por la que Cristo oró, por la que Cristo murió: “para reunir en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 52).
Oh Padre, concédenos la gracia de amarnos los unos a los otros a fin de que, en la unidad del Espíritu, profesemos nuestra fe viviendo en concordia y santa paz, siendo testigos del Evangelio de salvación del único Señor del cielo y de la tierra, Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Viernes
Juan 21,15-19
Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. La promesa que Jesús hace a Simón Pedro, de constituirlo piedra fundamental de su Iglesia, queda confirmada con el mandato que Cristo le confía después de su resurrección: “Apacienta mis corderos”, “Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15-17).
Las palabras: “Apacienta mis ovejas” manifiestan la intención de Jesús de asegurar el futuro de la Iglesia fundada por Él, bajo la guía de un pastor universal, o sea Pedro, al que dijo que, por su gracia, sería ‘piedra’ y tendría las “llaves del reino de los cielos”, con el poder de “atar y desatar”.
Ciertamente, Cristo, Fundador de la Iglesia, sigue siendo su Fundamento perpetuo e invisible, el Buen Pastor, la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia; pero el Sucesor de Pedro es, con un título totalmente especial, Servidor de Cristo para la edificación de la Iglesia, al asumir sus funciones de Jefe en el plano de la visibilidad.
Como pastor universal, Pedro debe actuar en el nombre de Cristo y en sintonía con él en toda la amplia área humana en la que Jesús quiso que se predicara su Evangelio y se anunciara la verdad salvífica: el mundo entero. El sucesor de Pedro en la misión de pastor universal es, pues, heredero de un oficio doctrinal, en el que está íntimamente asociado, con Pedro, a la misión de Jesús.
El sucesor de Pedro lleva a cabo su misión fundamentalmente de tres maneras: ante todo con la palabra, con sus escritos y mediante iniciativas autorizadas e institucionales de orden científico y pastoral.

Sábado. San Bernabé apóstol.
Juan 21,20-25
Éste es el discípulo que ha escrito todo esto, y su testimonio es verdadero. Este es el testimonio del discípulo amado de Jesús, el apóstol san Juan, que nos ha dejado en el cuarto evangelio; esto lo escribe al final de él como una conclusión. San Juan se presenta como un testimonio que proclama su experiencia del haber convivido, oído y compartido la vida de Jesús, y que nos ha dejado por escrito: Nosotros lo hemos contemplado y atestiguamos que el Padre envió a su Hijo al mundo para salvar al mundo (1Jn 4,14).
Esto es muy importante para nuestra vida cristiana, porque está en juego el núcleo mismo de la fe: Que Dios nos ha dado vida definitiva, y esta vida está en su Hijo (5,11). San Juan nos invita a aceptar y vivir el contenido de este libro, a tener la experiencia con el resucitado, y traducirlo con nuestra vida de todos los días. Se nos invita, como san Juan y la primera comunidad, por su Testimonio, a “venir a ver”, a caminar por donde elos caminaron y vivieron.
Esta experiencia se identifica con el Testimonio del Espíritu Santo, que da testimonio de lo que Jesús hizo y enseñó. El Espíritu de Jesús nos llevará a dar testimonio de Él, participando en la vida de Jesús; el Espíritu Santo nos hace descubrir el sentido de la vida de Jesús y y de su muerte como Testimonio del amor del Padre, y no sólo como recuerdo histórico, sino como presencia en la misma vida de la comunidad.

sábado, 4 de junio de 2011

La Ascension del Señor

Domingo de la Ascensión del Señor
Jesús los cita a sus discípulos en “un monte” de Galilea. En un monte Jesús sufrió la tentación del poder, en un monte se transfiguró, en un monte proclamó su mensaje. Dios ha querido revelarse de forma especial en la cumbre de las montañas, como un signo de su presencia.
En este monte Jesús manifiesta du poder y su divinidad. Y, con este poder, confía una misión a los discípulos y en ellos a toda la Iglesia, a cada uno de nosotros: hagan discípulos míos a todas las gentes; enséñenles “todo lo que Yo les ha mandado”. En efecto, el que anuncia y enseña la persona y la doctrina de Jesús, no enseña su doctrina, sino la persona, la vida y la persona de Jesús.
Esto es lo que Jesús pidió a sus seguidores y, hoy, nos lo sigue pidiendo a nosotros: “bautizar” y “enseñar”. Bautizar en el nombre de alguien significa establecer con él una relación personal. Por el bautismo entramos en relación personal con el Dios de Jesús, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por nuestro bautismo nos hemos hecho discípulos de Jesús. Y ser discípulos de Jesús implica, no sólo conocer la doctrina del maestro, sino vivir en una estrecha relación con Él; una relación personal y un seguimiento, que compromete toda la vida y es para siempre... En realidad, el discípulo se liga a la persona del Maestro y se compromete a compartir su proyecto de vida, a identificarse con sus palabras, sus pensamientos y sus obras.
La fiesta de la ascensión de Jesús subraya la responsabilidad de los creyentes. La palabra de Dios que hemos escuchado nos indica el verdadero camino, en el cumplimiento de nuestro deber de cristianos. Ahora comienza para la Iglesia el camino de la fe y de la madurez cristiana: caminará sola, sin la ayuda visible del Maestro. Comienza también el camino de la esperanza: “volverá”. La Iglesia espera la venida del Señor y su espera hará que se mantenga fiel. El reproche de los dos personajes: “¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo?”, viene a ser como una indicación de que la misión del cristiano está sobre la tierra; su mirada y atención será sobre las realidades humanas que él deberá transformar y cristianizar.
Es tanto la cercanía y el amor y la vida de Jesús con nosotros que promete vivir siempre entre nosotros: “Yo “estaré con ustedes hasta el fin del mundo”. En realidad, el Señor resucitado se ha ido, pero al mismo tiempo está aquí, se ha quedado con nosotros para siempre, es el Emmanuel = el “Dios con nosotros”.
Ahora Jesús no Está entre nosotros de forma visible, física, pero se ha presente de diversos modos, y esto hace que sea posible estar con cada uno y con todos: está en Iglesia, en la comunidad concreta, en los sacramentos, en la Eucaristía, en los más abandonados, en el perdón, etc. Reto nuestro es estar atentos para encontrar al Señor en todo y de tantas maneras, se acerca a todos…
La presencia de Jesús nos urge a caminar, no podemos quedarnos “ahí parados mirando al cielo”. Necesitamos ponernos a trabajar en la personal salvación y en la salvación de los hermanos; desde al trabajo, desde la propia realidad..., Jesús nos quiere testigos de su presencia. Así nos podemos preparar para ser bautizados con el Espíritu Santo”, Él es fuerza de Dios en nuestra debilidad. Esta semana es tiempo de oración y reconciliación para prepararnos a Pentecostés, a tener la experiencia de la presencia del divino Consolador, y llenarnos de serenidad, ciencia y fortaleza.
Que el próximo domingo sean todos llenos del Espíritu Santo, que los llene de luz y de verdad, de poder y de fuerza para que den testimonio de Jesús resucitado. Cuenten con mi oración para que sea en cada uno un nuevo Pentecostés; a la vez me encomiendo a su oración… Que Dios Padre, en su Hijo Jesús, por el Espíritu Santo bendiga a todos (que la Madre de la Soledad haga a todos valientes testigos del resucitado. Cada uno desde donde estemos hagamos Historia, hagamos historia de salvación).

viernes, 3 de junio de 2011

La moral y las leyes civiles


II. MORAL Y LEYES CIVILES
VER
Nuevamente el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, hace gala de un laicismo excluyente, que está lejos de ser la sana laicidad que necesitamos para construir una democracia madura e incluyente. En réplica a las declaraciones que hemos hecho contra la ley de la capital del país que ha cambiado hasta el mismo concepto de matrimonio, homologándolo con la unión de personas del mismo sexo, dándoles incluso la facultad de adoptar niños, dijo: "La moral de la Iglesia no puede ser el fundamento de una ley... Lo que no se puede hacer es imponer una moral en la ley..., pues somos un Estado laico". Y en un tono sarcástico, el senador Manlio Fabio Beltrones presume de que no le preocupan las leyes divinas, sino las humanas. ¡Y estos son quienes aspiran a gobernar a todo el país! ¡Cuidado! Al hacer leyes sin tomar en cuenta la moral, se pueden hacer leyes inmorales. En esta denuncia ha llevado la voz cantante el cardenal Norberto Rivera Carrera, pues se trata de su arquidiócesis, pero le apoyamos cien por ciento.
En términos semejantes se expresan quienes critican que ya 18 Estados hayan hecho cambios constitucionales en sus legislaciones locales, para blindar el derecho a la vida desde la concepción. Insisten en que las Iglesias debemos estar ajenas a estos procesos jurídicos, pues juzgan que es una intromisión indebida en la vida nacional. Alegan el laicismo e incluso cabildean con legisladores para que éste se haga precepto constitucional. Tienen un concepto anticuado de laicismo, que en muchos países ha sido superado. Aducen una interpretación restrictiva del artículo 130 constitucional, y no tienen en cuenta la Ley de Asociaciones y Culto Público, que en su artículo 2º. Nos garantiza el derecho de "no ser objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa por la manifestación de ideas religiosas", así como de "propagar" nuestra doctrina, en este caso sobre el matrimonio y el derecho a la vida. No estamos impidiendo que se cumplan las leyes civiles, sino que urgimos se respete nuestro derecho a proclamar nuestra fe, sin discriminación ni represión.
JUZGAR
En su discurso al Cuerpo Diplomático, acreditado ante la Santa Sede, y que aglutina a 178 países, acaba de decir el Papa Benedicto XVI: "La Iglesia está abierta a todos porque, en Dios, ella existe para los demás...La comunidad de los creyentes puede y quiere participar en promover un cambio efectivo de la mentalidad y establecer nuevos modelos de vida; pero para hacerlo es necesario que se reconozca su papel público. Lamentablemente, en ciertos países, sobre todo occidentales, se difunde en ámbitos políticos y culturales, así como en los medios de comunicación social, un sentimiento de escasa consideración y a veces de hostilidad, por no decir de menosprecio, hacia la religión, en particular la religión cristiana.
Es evidente que si se considera el relativismo como un elemento constitutivo esencial de la democracia, se corre el riesgo de concebir la laicidad sólo en términos de exclusión o, más exactamente, de rechazo de la importancia social del hecho religioso. Dicho planteamiento, sin embargo, crea confrontación y división, hiere la paz, perturba la ecología humana y, rechazando por principio actitudes diferentes a la suya, se convierte en un callejón sin salida. Es urgente, por tanto, definir una laicidad positiva, abierta, y que, fundada en una justa autonomía del orden temporal y del orden espiritual, favorezca una sana colaboración y un espíritu de responsabilidad compartida.
Uno de estos ataques proviene de leyes o proyectos que, en nombre de la lucha contra la discriminación, atentan contra el fundamento biológico de la diferencia entre los sexos. Pero la libertad no puede ser absoluta, ya que el hombre no es Dios, sino imagen de Dios, su criatura. Para el hombre, el rumbo a seguir no puede ser fijado por la arbitrariedad o el deseo, sino que debe más bien consistir en la correspondencia con la estructura querida por el Creador. La negación de Dios desfigura la libertad de la persona humana. La naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que nos precede y que viene de Dios" (11-I-2010).
ACTUAR
No pretendemos imponer una moral católica a todo un país, pero sí luchamos por que haya moral en la sociedad. Sin una moral básica, la sociedad se hunde, y lo peor es que la hundan los mismos legisladores. Hay una moral natural, es decir, la que respeta lo que la misma naturaleza implica, como es que el matrimonio sólo puede realizar se entre un hombre y una mujer; que los niños necesitan un padre y una madre, para que crezcan normales; que la vida es humana desde su inicio, en la fecundación y concepción, hasta su término natural; que todo ser humano vale como persona, independientemente de su edad, género, condición social, religión, cultura, e incluso de su tendencia sexual. Se le ha de respetar como persona, pero no se puede legalizar lo que es contra la misma naturaleza.
Esta es nuestra palabra, y respeten nuestro derecho a emitirla. Son libres de asumirla o no, pero no nos repriman.

El hombre postmoderno explsa al hombre de su casa


I. El hombre postmoderno expulsa a Dios de su casa
Duele ver cómo a la Iglesia siempre se le calla y se le echa en cara el que levante la voz. Pareciera que la libertad de expresión para los católicos, y sobre todo para la clerecía, es un sueño guajiro, porque existe un tipo de sensibilidad social que se siente amenazada y explota majaderamente cuando alguien trata de buscarle un sentido evangélico a la realidad que le rodea.
Parece que Dios ya no puede estar presente en la vida de las sociedades, porque molesta. En México se sigue luchando desde muchos frentes por hacernos creer que Estado laico es sinónimo de Estado opuesto a la Iglesia o a cualquier confesión religiosa.
Lo aprobado, aprobado está, ya no hay marcha atrás. Sin embargo, así como es verdad que una nación se rige por una Constitución, así también ya quedó claro que lo que las leyes aprueban no es lo que la sociedad en general aprueba y quiere.
No hubo ni consensos ni sondeos ni referendos. Todo se dio con pericia, pero de manera acelerada. ¿Por qué?, ¿por qué no ir a fondo, analizar las consecuencias, elaborar estudios, emitir posibles resultados? Por una simple y sencilla razón: se trata de niños, de los que no tienen voz, de los que no pelearán ni exigirán respeto, de los que tendrán que obedecer y actuar para satisfacer las necesidades de un puñado de adultos que tiempo atrás perdieron el norte.
En esta lógica materialista, un niño, para desgracia nuestra, no constituye ningún tipo de amenaza. Y quien lo quiere defender con valentía, como el Cardenal Sandoval, comienza a recibir ataques personales, en vez de recibir la oportunidad de debatir, de cuestionar y de defender la verdad.
El niño que quiere tener un hogar y que quiere ser adoptado, también tiene derecho a elegir. ¿Por qué no?
Después de este preámbulo cito algunos números de la Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, de la Congregación para la Doctrina de la Fe. La Nota se dirige a los Obispos de la Iglesia Católica y, de especial modo, a los políticos católicos y a todos los fieles laicos llamados a la participación en la vida pública y política en las sociedades democráticas.
2. La sociedad civil se encuentra hoy dentro de un complejo proceso cultural que marca el fin de una época y la incertidumbre por la nueva que emerge al horizonte. Las grandes conquistas de las que somos espectadores nos impulsan a comprobar el camino positivo que la humanidad ha realizado en el progreso y la adquisición de condiciones de vida más humanas. La mayor responsabilidad hacia Países en vías de desarrollo es ciertamente una señal de gran relieve, que muestra la creciente sensibilidad por el bien común. Junto a ello, no es posible callar, por otra parte, sobre los graves peligros hacia los que algunas tendencias culturales tratan de orientar las legislaciones y, por consiguiente, los comportamientos de las futuras generaciones.
Se puede verificar hoy un cierto relativismo cultural, que se hace evidente en la teorización y defensa del pluralismo ético, que determina la decadencia y disolución de la razón y los principios de la ley moral natural. Desafortunadamente, como consecuencia de esta tendencia, no es extraño hallar en declaraciones públicas afirmaciones según las cuales tal pluralismo ético es la condición de posibilidad de la democracia [ Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Centesimus annus, n. 46, AAS 83 (1991) 793-867; Carta Encíclica Veritatis splendor, n. 101, AAS 85 (1993) 1133-1228; Discurso al Parlamento Italiano en sesión pública conjunta, en L’Osservatore Romano, n. 5, 14-XI-2002. 12].
Ocurre así que, por una parte, los ciudadanos reivindican la más completa autonomía para sus propias preferencias morales, mientras que, por otra parte, los legisladores creen que respetan esa libertad formulando leyes que prescinden de los principios de la ética natural, limitándose a la condescendencia con ciertas orientaciones culturales o morales transitorias,[13 Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 22, AAS 87 (1995) 401-522. ] como si todas las posibles concepciones de la vida tuvieran igual valor. Al mismo tiempo, invocando engañosamente la tolerancia, se pide a una buena parte de los ciudadanos – incluidos los católicos – que renuncien a contribuir a la vida social y política de sus propios Países, según la concepción de la persona y del bien común que consideran humanamente verdadera y justa, a través de los medios lícitos que el orden jurídico democrático pone a disposición de todos los miembros de la comunidad política. La historia del siglo XX es prueba suficiente de que la razón está de la parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis relativista, según la cual no existe una norma moral, arraigada en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene que someter toda concepción del hombre, del bien común y del Estado.
3. Esta concepción relativista del pluralismo no tiene nada que ver con la legítima libertad de los ciudadanos católicos de elegir, entre las opiniones políticas compatibles con la fe y la ley moral natural, aquella que, según el propio criterio, se conforma mejor a las exigencias del bien común. La libertad política no está ni puede estar basada en la idea relativista según la cual todas las concepciones sobre el bien del hombre son igualmente verdaderas y tienen el mismo valor, sino sobre el hecho de que las actividades políticas apuntan caso por caso hacia la realización extremadamente concreta del verdadero bien humano y social en un contexto histórico, geográfico, económico, tecnológico y cultural bien determinado. La pluralidad de las orientaciones y soluciones, que deben ser en todo caso moralmente aceptables, surge precisamente de la concreción de los hechos particulares y de la diversidad de las circunstancias. No es tarea de la Iglesia formular soluciones concretas – y menos todavía soluciones únicas – para cuestiones temporales, que Dios ha dejado al juicio libre y responsable de cada uno. Sin embargo, la Iglesia tiene el derecho y el deber de pronunciar juicios morales sobre realidades temporales cuando lo exija la fe o la ley moral.[14 Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76] Si el cristiano debe «reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales»,[15 CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. ] también está llamado a disentir de una concepción del pluralismo en clave de relativismo moral, nociva para la misma vida democrática, pues ésta tiene necesidad de fundamentos verdaderos y sólidos, esto es, de principios éticos que, por su naturaleza y papel fundacional de la vida social, no son “negociables”.
En el plano de la militancia política concreta, es importante hacer notar que el carácter contingente de algunas opciones en materia social, el hecho de que a menudo sean moralmente posibles diversas estrategias para realizar o garantizar un mismo valor sustancial de fondo, la posibilidad de interpretar de manera diferente algunos principios básicos de la teoría política, y la complejidad técnica de buena parte de los problemas políticos, explican el hecho de que generalmente pueda darse una pluralidad de partidos en los cuales puedan militar los católicos para ejercitar – particularmente por la representación parlamentaria – su derecho-deber de participar en la construcción de la vida civil de su País.[16 Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 43 y 75.]
Esta obvia constatación no puede ser confundida, sin embargo, con un indistinto pluralismo en la elección de los principios morales y los valores sustanciales a los cuales se hace referencia. La legítima pluralidad de opciones temporales mantiene íntegra la matriz de la que proviene el compromiso de los católicos en la política, que hace referencia directa a la doctrina moral y social cristiana. Sobre esta enseñanza los laicos católicos están obligados a confrontarse siempre para tener la certeza de que la propia participación en la vida política esté caracterizada por una coherente responsabilidad hacia las realidades temporales.
La Iglesia es consciente de que la vía de la democracia, aunque sin duda expresa mejor la participación directa de los ciudadanos en las opciones políticas, sólo se hace posible en la medida en que se funda sobre una recta concepción de la persona.[17 Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 25.]
Se trata de un principio sobre el que los católicos no pueden admitir componendas, pues de lo contrario se menoscabaría el testimonio de la fe cristiana en el mundo y la unidad y coherencia interior de los mismos fieles. La estructura democrática sobre la cual un Estado moderno pretende construirse sería sumamente frágil si no pusiera como fundamento propio la centralidad de la persona. El respeto de la persona es, por lo demás, lo que hace posible la participación democrática. Como enseña el Concilio Vaticano II, la tutela «de los derechos de la persona es condición necesaria para que los ciudadanos, como individuos o como miembros de asociaciones, puedan participar activamente en la vida y en el gobierno de la cosa pública» [18 CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 73.].

lunes, 30 de mayo de 2011

Sexta semana de pascua. Reflexiones del evangelio de cada día


Sexta semana
Lunes (Jn 15, 26-16, 4)
El Espíritu de la verdad dará testimonio de mí. Notemos que Jesús llama al Paráclito el “Espíritu de la verdad”. Notemos que Jesús también dijo de sí mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). De esta doble referencia a la verdad que Jesús hace para definir tanto a Sí mismo como al Espíritu Santo se deduce que, si el Paráclito es llamado por Él “Espíritu de la verdad”, esto significa que el Espíritu Santo es quien después de la partida de Cristo, mantendrá entre los discípulos la misma verdad, que Él ha anunciado y revelado y, más aún, que es Él mismo.
El Paráclito, en efecto, es la verdad, como lo es Cristo. Lo dirá san Juan en su Primera Carta: “El Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad” (1 Jn 5, 6). En la misma Carta el Apóstol escribe también: “Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error” (1 Jn 4, 6).
La misión del Hijo y la del Espíritu Santo se encuentran, están ligadas y se complementan recíprocamente en la afirmación de la verdad y en la victoria sobre el error. Los campos de acción en que actúa son el espíritu humano y la historia del mundo. La distinción entre la verdad y error es el primer momento de dicha actuación.
Gracias a la acción del Espíritu Santo, la Iglesia no sólo recuerda la verdad, sino que permanece y vive en la verdad recibida de su Señor. También de este modo se cumplen las palabras de Cristo: “Él (el Espíritu Santo) dará testimonio de mí” (Jn 15, 26). El Espíritu Santo conduce a la Iglesia hacia un constante progreso en la comprensión de la verdad revelada. Vela por la enseñanza de dicha verdad, por su conservación, por su aplicación a las cambiantes situaciones históricas.
Así el “Paráclito”, el Espíritu de la verdad, es el verdadero “Consolador” del hombre; es el verdadero Defensor y Abogado; es el verdadero Garante del Evangelio en la historia: bajo su acción la Buena Nueva es siempre “la misma” y es siempre “nueva”; y de modo siempre nuevo ilumina el camino del hombre en la perspectiva del cielo con “palabras de vida eterna” (Jn 6, 68).
Martes. Visitación de la santísima Virgen María (Lc 1, 39-56)
¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga verme? Concluimos el mes de mayo, mes de María. Celebramos hoy la fiesta de la Visitación de la santísima Virgen. Todo esto nos invita a dirigir con confianza la mirada a María. En esta fiesta de la Visitación la liturgia nos hace escuchar de nuevo el pasaje del evangelio de san Lucas que relata el viaje de María desde Nazaret hasta la casa de su anciana prima Isabel.
María se encontró con un gran misterio encerrado en su seno; sabía que había acontecido algo extraordinariamente único, y decide compartirlo con su parienta Isabel. Impulsada por el misterio de amor que acaba de acoger en sí misma, se pone en camino y va ‘aprisa’ a prestarle su ayuda, que también estaba esperando un hijo, Juan. He aquí la grandeza sencilla y sublime de María.
La luz interior del Espíritu Santo envuelve sus personas. E Isabel, iluminada por el Espíritu, exclama: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1, 42-45).
Tengamos los mismos sentimientos de alabanza y de acción de gracias de María hacia el Señor, su fe y su esperanza, su dócil abandono en manos de la divina Providencia. Imitemos su ejemplo de disponibilidad y generosidad para servir a los hermanos.
Miércoles
Juan 16,12-15
“El Espíritu de la verdad los guiará hasta la verdad plena”. Ahora nos centramos en la misión del Espíritu Santo, que Jesús señala cuando dice: “Los guiará hasta la verdad plena; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. El me dará gloria. Porque recibirá de lo mío y se los anunciará” (Jn 16, 13-14). Así pues el Espíritu no traerá una nueva revelación, sino que guiará a los fieles hacia una interiorización y hacia una penetración más profunda en la verdad revelada por Jesús.
El Espíritu de la verdad ilumina al espíritu humano, como afirma san Pablo: “Todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Co 12, 13). Su presencia crea una conciencia y una certeza nuevas con respecto a la verdad revelada, permitiendo participar así en el conocimiento de Dios mismo. De ese modo, el Espíritu Santo revela a los hombres a Cristo crucificado y resucitado, y les indica el camino para llegar a ser cada vez más semejantes a él.
Con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés comienzan todas las maravillas de Dios, tanto en la vida de las personas como en la de toda la comunidad eclesial. La Iglesia, que surgió el día de la venida del Espíritu Santo, en realidad nace continuamente por obra del mismo Espíritu en numerosos lugares del mundo, en muchos corazones humanos y en las diversas culturas y naciones.
El Espíritu Santo sigue realizando, también hoy, las maravillas de la salvación, inauguradas el día de Pentecostés: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.
Jueves
Juan 16, 16-20
“Su tristeza se transformará en alegría”. San Pablo afirma en diversas ocasiones que “el fruto del Espíritu es alegría” (Ga 5, 22), como lo son el amor y la paz. Está claro que el Apóstol habla de la alegría verdadera, esa que colma el corazón humano, no de una alegría superficial y transitoria, como es a menudo la alegría mundana.
Si el cristiano “entristece” al Espíritu santo, que vive en el alma, ciertamente no puede esperar poseer la alegría verdadera, que proviene de él: “Fruto del Espíritu es amor, alegría, paz...” (Ga 5, 22). Sólo el Espíritu Santo da la alegría profunda, plena, duradera, a la que aspira todo corazón humano. El hombre es un ser hecho para la alegría, no para la tristeza. La alegría verdadera es don del Espíritu Santo.
La alegría está vinculada a la caridad (cf. Ga 5, 22). No puede ser, por tanto, una experiencia egoísta, fruto de un amor desordenado. La alegría verdadera incluye la justicia del reino de Dios, del que san Pablo dice que es “justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17).
Santo Tomás dice que “la tristeza como mal y vicio es causada por el amor desordenado hacia sí mismo, que (...) es la raíz general de los vicios” (II-II, q. 28, a. 4, ad 1; cf. I-II, q. 72, a. 4). El pecado es fuente de tristeza, sobre todo porque es una desviación y casi una separación del alma del justo en orden a Dios, que da consistencia a la vida. El Espíritu Santo, que obra en el hombre la nueva justicia en la caridad, elimina la tristeza y da la alegría. Pidamos al Espíritu Santo que encienda cada vez más en nosotros el deseo de los bienes celestiales y que un día gocemos de su plenitud: “Danos virtud y premio, danos una muerte santa, danos la alegría eterna”.

Viernes
Juan 16, 20-23
“Nadie podrá quitarles su alegría”. Esto si permanecemos unidos a Jesús en el Espíritu Santo, a ejemplo de María, y unidos entre nosotros con el vínculo misterioso que instauran la fe, esperanza y la caridad cristianas.
La alegría, que brota de la gracia divina no es superficial y efímera. Es una alegría profunda, enraizada en el corazón y capaz de impregnar toda la existencia del creyente. Se trata de una alegría que puede convivir con las dificultades, con las pruebas e incluso, aunque pueda parecer paradójico, con el dolor y la muerte. Es la alegría de la Navidad y de la Pascua, don del Hijo de Dios encarnado, muerto y resucitado; una alegría que nadie puede quitar a cuantos están unidos a él en la fe y en las obras (cf. Jn 16, 22-23).
Aquí se halla la fuente y el secreto de la alegría cristiana, que nadie puede quitar a los amigos del Señor, según su promesa (cf. Jn 16, 22). Todos estamos invitados a acoger en nuestra vida esta alegría, que recibimos a diario en la Eucaristía, en la que se renueva el misterio pascual: el sacrificio de Cristo se hace presente en la Eucaristía, de forma sacramental, mística, con su coronamiento en el misterio de la resurrección. La vida de la gracia, que llevamos dentro de nosotros mismos, es la vida de Cristo resucitado. Por consiguiente, con la gracia reina en nuestro interior una alegría que nada nos puede arrebatar, de acuerdo con la promesa de Cristo a sus discípulos: “Se alegrará su corazón y su alegría nadie s las podrá quitar” (Jn 16, 22).
Sábado
Juan 16, 23b-28
“El Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado y han creído que salí del Padre”. Desde el aposento de nuestro ser, todo hombre y mujer, para realizarse como tal y llegar a la plenitud de su vida, debe escuchar con gratitud y admiración la sorprendente revelación de Jesús: “El Padre los ama” (cf. Jn 16, 27). Así es hermanos, Dios nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 19), acojamos su amor. Permanezcamos firmes en esta certeza, la única capaz de dar sentido, fuerza y alegría a la vida: su amor nunca se apartará de nosotros y su alianza de paz nunca fallará (cf. Is 54, 10). Ha tatuado nuestro nombre en las palmas de sus manos (cf. Is 49, 16).
Gracias a su obra, la misma relación amorosa que existe en el seno de la Trinidad se repite en la relación del Padre con la humanidad redimida: “El Padre los ama”. ¿Cómo podría comprenderse este misterio de amor sin la acción del Espíritu Santo, derramado por el Padre sobre los discípulos gracias a la oración de Jesús? (cf. Jn 14, 16). La encarnación del Verbo eterno en el tiempo y el nacimiento para la eternidad de cuantos se incorporan a él mediante el bautismo no podrían concebirse sin la acción vivificante de ese mismo Espíritu.
Dios ama al mundo. Y a pesar de todos sus rechazos, seguirá amándolo hasta el fin. “El Padre los ama” desde siempre y para siempre: ésta es la novedad inaudita, “el simplicísimo y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del hombre” (CL 34). Aunque el Hijo nos hubiera dicho únicamente estas palabras, nos habría bastado. “¡Qué gran amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios! Y lo somos” (1 Jn 3, 1). No somos huérfanos; el amor es posible. Porque, como sabemos muy bien, nadie puede amar si no se siente amado.
“El Padre los ama”. Este anuncio asombroso se deposita en el corazón de todo creyente que, como el discípulo amado por Jesús, reclina su cabeza en el pecho del Maestro y recoge sus confidencias: “El que me ama será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14, 21), porque “ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3).

domingo, 29 de mayo de 2011

Homilia del sexto domingo de pascua sobre la segunda lectura


SEXTO DOMINGO DE PASCUA/A
Dar razón de nuestra esperanza
La segunda lectura de la primera carta de san Pedro, nos dice: “Glorifiquen en su corazón a Cristo Señor y estén siempre prontos para dar razón de su esperanza a todo el que se las pida” (1 P 3, 15). Esto es una invitación que nos hace el Espíritu Santo a una relación personal de amor con Cristo, amor primero y más grande, único y totalizador, dentro del cual vivir, purificar, iluminar y santificar todas nuestras relaciones.
Nuestra esperanza en Cristo, que murió en su cuerpo y resucitó glorificado, está vinculada a esta ‘glorificación’, a este amor a Cristo, que por el Espíritu, habita en nosotros. Nuestra esperanza, su esperanza, es Dios, en Jesús y en el Espíritu. Esta esperanza es de apertura a la fe y al encuentro con Dios para cuantos se acerquen a nosotros buscando la verdad; esperanza de paz y de consuelo para los que sufren y para los heridos por la vida.
Nuestra esperanza se manifiesta en el compromiso común, a través de la oración y la activa coherencia de vida, con vistas al establecimiento del reino de Dios. Para nosotros, los cristianos, sigue siendo válida la exhortación de san Pedro a dar razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15). Un poeta francés escribió: “Esperar es lo más difícil (...). Lo fácil, la gran tentación, es desesperarse” (Charles Peguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud, ed. Pléyade, p. 538). Pero para nosotros, los cristianos, nos reconforta y nos anima el saber que El Espíritu es el “custodio de la esperanza en el corazón humano” (“Dominum et Vivificantem”, 67), por esto sigue siendo válida la exhortación de san Pedro a dar razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15).
La esperanza en la que el Espíritu Santo sostiene a los creyentes es sobre todo la esperanza de la salvación: esperanza en el Cielo, esperanza en la perfecta comunión con Dios. Esta esperanza es, como afirma la Carta a los Hebreos, “un ancla para el alma, sólida y firme, que penetra más allá del velo, allá donde Jesús entró por nosotros como precursor” (Heb 6,19-20). Sí, además, Jesucristo es el centro de nuestra vida, raíz de nuestra fe, razón de nuestra esperanza y manantial de nuestra caridad.
En efecto, El Resucitado vuelve a nosotros con la plenitud de la alegría y con una sobreabundante riqueza de vida. La esperanza se convierte en certeza, porque, si él ha vencido a la muerte, también nosotros podemos esperar triunfar un día en la plenitud de los tiempos, contemplando de modo definitivo a Dios.
Que la virgen de la esperanza nos lleve hacia su Hijo, que murió y resucitó para nuestra salvación, pues, Jesús vino a ofrecernos su Palabra como lámpara que guía nuestros pasos; viene a ofrecerse a sí mismo; y en nuestra existencia cotidiana debemos saber dar razón de él, nuestra esperanza cierta, conscientes de que “el misterio del hombre sólo se esclarece verdaderamente en el misterio del Verbo encarnado”, (Gaudium et spes, 22), y resucitado para nuestra salvación.

jueves, 26 de mayo de 2011

¿Derechos sólo para pocos? el derecho y la justicia


¿DERECHOS SOLO PARA POCOS?
¿Tiene el derecho algo que ver con la justicia?
En este articulo, no se pretende halar del derecho a la vida, que tiene el ser humano, desde su concepción a la muerte natural: aquí los legisladores adornan a las madres con todos sus derechos a tener o no tener a un hijo, olvidando los derechos de aquellos nuevos seres que no saben por qué no los quieren, que no tienen voz, que no pueden exigir sus derechos ni defenderse. Tampoco queremos abordar el tema de los derechos dados a aquellos, que se han puesto por encima de los derechos de Dios, que no quieren a Dios, y que han decidido resolver su vida al margen de Dios.
No buscamos, pues tocar las grandes cuestiones relativas al derecho a la vida de todo ser humano desde la concepción hasta la muerte, el empeño en la promoción de la familia según el designio originario de Dios, sino a la necesidad urgente, que ya sienten todos, de tutelar el ambiente en el que vivimos. Sobre todo en este campo, que concierne a los derechos fundamentales de la convivencia humana.
En todo sociedad, para la armonía de la convivencia se requieren normas, pocas, pero las suficientes, para vivir y dejar vivir. Claro que en este artículo, lejos de estar en contra, estamos a favor del diálogo entre la autoridad municipal y la sociedad, que les ha concedido la oportunidad de servir al bien de todos.
Junto con el sano esparcimiento personal y colectivo, exigimos los vecinos que se garantizará también la tutela del ambiente, ambos ordenados hacia la paz interior de las familias, sobre todo en ciertas horas de la noche o en ciertos momentos en que se oficia el culto en los templos.
El radicalismo de los desafíos que plantean hoy a la humanidad, por una parte, el progreso de la ciencia y de la tecnología y, por otra, los procesos de laicización de la sociedad, exige un esfuerzo intenso de profundización de la reflexión sobre el hombre y sobre su ser en el mundo y en la historia. Es necesario dar prueba de una gran capacidad de diálogo, de escucha y de propuesta, con vistas a la formación de las conciencias. Sin una cultura que promueva los valores fundamentales de cada persona, no puede existir una sociedad sana ni la garantía de paz y justicia.
La igualdad de oportunidades es una forma de justicia social que propugna que un sistema es socialmente justo cuando todas las personas potencialmente tienen básicamente las mismas posibilidades de acceder al bienestar social y poseen los mismos derechos políticos y civiles.
Sin embargo, pareciera que algunas autoridades o desconocen o no lo han sabido aplicar o sencillamente no quieren meterse en temas que les resten desgaste político o quizá simplemente no tiene aptitudes para ser buenos representantes del pueblo que reclama el bien común. En nuestro entorno se ve que no se toma en cuenta la relación justicia-derecho, por ejemplo:
1) la justicia distributiva que regula la participación de los diferentes individuos en los bienes de que dispone el conjunto de la sociedad;
2) la justicia conmutativa, que regula las relaciones entre los mismos individuos o las instituciones particulares, y
3) la justicia legal, que regula las relaciones de los individuos con la sociedad, de manera que el individuo queda subordinado al bien común.
Después de estas premisas denunciamos, que:
1) en el centro histórico de Irapuato los de algunas iglesias tienen derecho a pregonar su doctrina a voz en cuello en las plazas, pero lo que están en su entorno, tienen qué soportarlos, aunque no les guste, porque dicen que son mexicanos y que es un lugar público, pero entonces ¿donde están las reglas de respeto y legalidad, necesarias para la convivencia?
2) Sólo unos tienen derechos y los demás; o en este mismo orden de cosas, los no católicos tienen derecho a estar pregonando a todo volumen sus oraciones y sus doctrinas desde las 6 de la mañana, mientras en sus hogares los vecinos descansan un poco más, antes de levantarse para ir a sus ocupaciones diarias. ¿A esto se le puede llamar respeto ajeno entre los individuos como entre los ciudadanos?
3) Desde la nueve de la mañana a todo volumen hay música por parte de la presidencia para hacer ejercicios físicos. Dicen es que es parte del programa de…, bueno y ¿los vecinos no tienen derecho al silencio y estar en santa paz, o dormir un poco más el domingo?
4) El famoso danzón que va desde las 6 de la tarde hasta a las 11 de la noche, y esto como es costumbre a todo volumen, con un alcance a decenas de cuadras a la redonda, ¿Qué los vecinos no tienen derecho a su privacidad, invadida por los ruidos todo el día?, ¿No tienen derecho a descansar, para ir al trabajo el día siguiente?
5) A todo esto podemos añadir que con todo este ruido se contaminan nuestros templos, y se celebran los misterios de nuestra fe entre y el ruido y los gritos de todos.
De todo esto aclaro, que no es tema personal, sino que soy portador de un gran contingente de vecinos que ya están hartos de tanta contaminación ambiental, y que hacen o apoyan nuestras las autoridades municipales. Nada. Al pueblo “pan y circo”, como en la costumbre romana, y con esto el pueblo está tranquilo y satisfecho…
Es que tienen derecho, se dice. Pero acaso, ¿los derechos son para todos o para unos cuantos? Todos los actores anteriores exigen derechos para divertirse o atraer prosélitos. ¿Pero, los que qué tenemos que soportarlos, semana a semana, no tenemos derechos?
Parece ser que se desconoce la dimensión pública de la justicia, que está en íntima relación con la dimensión privada, y se desconoce la fundamental igualdad de todos los hombres y la necesidad de llegar a una condición de vida más humana y más justa. En efecto, todos sabemos y intuimos que las instituciones humanas, privadas o públicas, han de esforzarse por ponerse al servicio de la dignidad y del fin del hombre; que han de luchar con energía contra cualquier esclavitud social o política y que se han de respetar, bajo cualquier régimen político, los derechos fundamentales del hombre. Más aún, estas instituciones deben ir respondiendo cada vez más a las realidades espirituales, que son las más profundas de todas, aunque lamentablemente, es necesario todavía largo plazo de tiempo para llegar al final deseado. Es un texto básico para renovar la práctica de la justicia dentro de toda comunidad, particularmente en los llamados países en vías de desarrollo.
Tanto en las sociedades como en las comunidades existen normas y reglas que facilitan la convivencia, de no ser así, la vida entre varias personas con distintas características, intereses, ideas, etc., es difícil de llevar, especialmente cuando se debe respetar los derechos y deberes que cada uno tiene por igual.
Al vivir en sociedad, se hace indispensable un orden, un mecanismo que regule la conducta de las personas, de tal manera que se respeten los derechos y las libertades de todos por igual; con ello surgen las normas, que en el caso que nos ocupa, si las hay pedimos que se apliquen en vistas a una convivencia pacífica, de forma que todos vivaos y dejemos vivir.
No me cuesta comprender la necesidad de tales esparcimientos, pero no a costa de los derechos del prójimo. Porque los derechos tienen límites, condicionados por los derechos del otro. Aquí está el tema del asunto: sólo para unos derechos y para otros sólo discriminación. Parece que hoy día se empeña el mundo por proclamar los derechos de las minorías, en contra de las mayorías.
Reitero, que esto no es sólo el sentir y el pensar del que suscribe, sino de la mayoría de los vecinos del área, que incluso están dispuestos a manifestarse anexando sus firmas a este artículo. Pero esto no sería necesario en la medida en que la autoridad aplica las reglas de convivencia, para logar la armonía y la paz de todos.
Si no, que la autoridad venga y pernocte en las áreas de mayor ruido, o que esté en una ceremonia religiosa, por ejemplo, si se le cosa un hijo, teniendo la música enfrente o a un constado del Templo, y entonces quizá verían que es muy desagradable, realizar los grandes acontecimientos de la vida familiar en tales condiciones.
Cuando tu estés my cansado con ganas de dormir o simplemente de descansar, y el vecino ponga a todo volumen su alta voz, o tengas un enfermo en casa, podrías, quizá comprender mejor la razón de este artículo.
Para finalizar, podemos traer aquí las palabras de Benito Juáres: “Mexicanos: encaminemos ahora todos nuestros esfuerzos a obtener y a consolidar los beneficios de la paz. Bajo sus auspicios, será eficaz la protección de las leyes y de las autoridades para los derechos de todos los habitantes de la República. Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz” (Benito Juárez, 15 de julio de 1867).
Vivimos en una sociedad donde cada uno sabe que tiene unos “derechos” por los cuales de vez en cuando se entra en discusión con los demás. Para convivir los unos con los otros sin problemas debemos respetar esos derechos y por ello es necesario el Derecho ya que sin él podíamos entrar en un caos.
Por consiguiente, la convivencia social consiste en el respeto mutuo entre las personas, las cosas y el medio en el cual vivimos y desarrollamos nuestra actividad diaria. Decimos de la importancia de las leyes por que éstas regulan y garantizan el cumplimiento de esa convivencia social.



lunes, 23 de mayo de 2011

Reflexiones del evangelio de cada día. Quinta semana de pascua


Quinta semana

Lunes
Jn 14, 21-26
El Espíritu Santo, que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas. La venida del Espíritu Santo sucede después de la ascensión al cielo. La pasión y muerte redentora de Cristo producen entonces su pleno fruto.
El Espíritu Santo es el que “viene” después y en virtud de la “partida” de Cristo. Más aún, “según el designio divino, la ‘partida’ de Cristo es condición indispensable del ‘envío’ y de la venida del Espíritu Santo, indican que entonces comienza la nueva comunicación salvífica por el Espíritu Santo” (cf. Encíclica Dominum et Vivificantem, 11).
La encarnación alcanza su eficacia redentora mediante el Espíritu Santo. Cristo, al marcharse de este mundo, no sólo deja su mensaje salvífico, sino que “da” el Espíritu Santo, al que está ligada la eficacia del mensaje y de la misma redención en toda su plenitud.
En efecto, “El Paráclito, el Espíritu Santo, nos hace entender a los creyentes y a la Iglesia el significado y el valor de las palabras de Cristo. El Espíritu, de hecho, actualiza en la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares la única Revelación traída por Cristo a los hombres, haciéndola viva y eficaz en el ánimo de cada uno: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26).

Martes
Jn 14, 27-31
Les doy mi paz. Estas palabras las pronunció Jesús durante la última Cena: se trata de su testamento espiritual. La promesa que hizo a sus discípulos se realizará en plenitud en su Resurrección. Al aparecerse a los Once en el Cenáculo, les dirigirá tres veces el saludo: “¡Paz a ustedes!” (Jn 20, 19).
Por tanto, el don que hace a los Apóstoles no es una ‘paz’ cualquiera, sino que es la misma paz de Cristo: ‘mi paz’, como dice él. Y para que lo comprendan bien, les explica de manera más sencilla: “Les doy mi paz, no como la da el mundo” (Jn 14, 27).
El mundo, hoy como ayer, anhela la paz, necesita paz, pero a menudo la busca con medios inadecuados, en ocasiones incluso recurriendo a la fuerza o con el equilibrio de potencias contrapuestas. En esas situaciones, el hombre vive con el corazón turbado por el miedo y la incertidumbre. En cambio, la paz de Cristo reconcilia las almas, purifica los corazones y convierte las mentes.
“Donde hay caridad y amor, allí está Dios”. De la caridad y del amor mutuo brotan la paz y la unidad de todos los cristianos, que pueden dar una contribución decisiva para que la humanidad supere las razones de las divisiones y de los conflictos.
Todo, en nuestro ambiente, estamos llamados a ser auténticos “constructores de paz” (cf. Mt 5, 9). Que la Virgen de la Paz nos ayude y acompañe, signo y transparencia de la paz de Cristo.

Miércoles
Jn 15, 1-8
El que permanece en mí y Yo en él, ese da fruto abundante. Jesús nos ofrece la oportunidad de una maravillosa unión con él, cuando lo recibimos en los sacramentos, sobre todo en la eucaristía. Jesús nos enseña en el evangelio de hoy que nuestra única esperanza de dar fruto, es nuestra unión con él “Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí” (Jn 15, 4).
La salvación entera, toda la gracia, se encuentra en Él, en Cristo. Y en nosotros: en los hombres, por Él y sólo por Él y por medio de Él. El Padre es el viñador de esta vida que nos ha sido revelada y nos ha sido dada a nosotros los hombres en Jesucristo crucificado y resucitado.
En el evangelio que hemos escuchado, Jesús nos ha exhortado a permanecer en Él, para unir consigo a todos los hombres. Esta invitación exige llevar a cabo nuestro compromiso bautismal, vivir en su amor, inspirarse en su Palabra, alimentarse con la Eucaristía, recibir su perdón y, cuando sea el caso, llevar con Él la cruz. La separación de Dios es la tragedia más grande que el hombre puede vivir. La savia que llega al sarmiento lo hace crecer; la gracia que nos viene por Cristo nos hace adultos y maduros a fin de que demos frutos de vida eterna.

Jueves
Jn 15, 9-11
Permanezcan en mi amor para que su alegría sea plena. Desde lo alto de la cruz y desde el corazón de su sacrificio salvífico, Cristo continúa diciéndonos: “Permanezcan en mi amor” (Jn 15,9). El amor que nos tiene Cristo arranca del amor eterno entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Por eso se manifiesta con una máxima expresión: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Ibíd., 15, 13).
“Permanezcan en mi amor” (Ibíd., 15, 9). Y ¿cómo es este amor de Cristo? “Hasta dar la vida por sus amigos” (Ibíd., 15, 13). Así lo había dicho el Señor cuando se presentó como Buen Pastor: “Yo doy mi vida por mis ovejas” (Ibíd., 10, 15). ¿Qué podría haber más grande para nosotros? Y por eso hemos de tener siempre el deseo de Cristo en nuestro ser: ¡permanezcamos en su amistad! Permanezcamos en El como El permanece en el amor del Padre.
El mandamiento del Señor, necesario para permanecer en él, no es otro que el del amor, que Jesús mismo, al inicio del discurso (cf. Jn 13, 34) califica como ‘nuevo’. “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15, 12). Por tanto, el amor al prójimo, a todo prójimo, que junto con el amor a Dios sobre todas las cosas, constituye el núcleo de los mandamientos divinos.
Jesús quiere que sus discípulos “permanezcan” en el amor que él les tiene; pero esto sólo es posible si demuestran responder a su amor, cumpliendo todo lo que él les ha enseñado y mandado, “para que su alegría esté en nosotros y nuestra alegría sea plena” (cf. Jn 15,11).

Viernes
Jn 15, 12-17
Este es mi mandamiento que se amen los unos a los otros. Ayer decíamos que el centro de la enseñanza de Cristo se halla en el gran mandamiento del amor, este es el mandamiento mayor.
La vocación mayor del hombre es la llamada al amor. El amor da incluso el significado definitivo a la vida humana. Es la condición esencial de la dignidad del hombre, la prueba de la nobleza de su alma. San Pablo dirá que es "el vínculo de la perfección" (Col 3, 14). Es lo más grande en la vida del hombre, porque ?el verdadero amor? lleva en sí la dimensión de la eternidad.
El verdadero amor al hombre, al prójimo, por lo mismo que es amor verdadero, es, a la vez, amor a Dios. Si Cristo asigna al hombre como un deber este amor, a saber, el amor de Dios a quien él, el hombre, no ve, esto quiere decir que el corazón humano esconde en sí la capacidad de este amor, que el corazón humano es creado ‘a medida de este amor’. ¿No es acaso ésta la primera verdad sobre el hombre, es decir, que él es la imagen y semejanza de Dios mismo? ¿No habla San Agustín del corazón humano que está inquieto hasta que descansa en Dios?

Sábado
Jn 15, 18-21
Ustedes no son del mundo, pues, al elegirlos, yo los he separado del mundo. el Evangelio no agrada siempre a los hombres. No puede gustarles siempre. Porque no puede ser falsificado con vanas lisonjas, ni se puede buscar en él ninguna ventaja personal, ni tipo alguno de fama o celebridad. A los oyentes les parecerá ‘palabras duras’, y quien lo anuncia y lo confiesa se convertirá en ‘signo de contradicción’. Pues esta verdad divina, esta buena noticia encierra de hecho una fuerte tensión en su interior. En ella se condensa la oposición entre aquello que viene de Dios y aquello que viene del mundo. Cristo dice: “Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece” (Jn 15, 19). Y también: “Sepan que me aborreció a mí primero que a ustedes” (ib., 15, 18).
En lo más íntimo del corazón del Evangelio, de la buena noticia, está impresa la cruz. En ella se entrecruzan las dos grandes corrientes: la una, que partiendo de Dios se dirige hacia el mundo, hacia los hombres que están en el mundo, una corriente de amor y de verdad; la segunda, que discurre a través del mundo: “concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, y orgullo de la vida” (1 Jn 2, 16). Todo esto no viene #del Padre”.
Ser amigos de Cristo y dar testimonio de Él allí donde nos encontremos exige, además, el esfuerzo de ir contracorriente, recordando las palabras del Señor: estáis en el mundo pero no sois del mundo (cf. Jn 15,19). No tengáis, por tanto, miedo, cuando sea necesario, de ser inconformistas en la familia, entre los amigos o en el trabajo y en todas partes digamos con nuestra vida y nuestras palabras que somos de Jesucristo.

viernes, 20 de mayo de 2011

El derecho a quitarse la vida


EL DERECHO DE LAS PERSONAS A QUITARSE LA VIDA
Derecho del hombre a una muerte digna
Hace pocos días un medio me preguntaba sobre lo que pienso sobre la aprobación de las leyes, por parte de los legisladores, sobre el derecho de las personas a quitarse la vida; es decir, en favor de la legalización de la cooperación al suicidio, o, si se prefiere, su apología de la muerte voluntaria y del asesinato filantrópico, o si se refiere el derecho a la asistencia médica para morir, esto es, la eutanasia. Esto me ha movido a ofrecer una respuesta sobre el tema, de de forma más razonada y dentro de la investigación, por este medio.
La vida es un don que no se recibe a beneficio de inventario. ¿Es que, acaso, es menos digna la vida de los enfermos incurables o terminales que deciden seguir viviendo? Por lo demás, el de eutanasia es un pésimo término para designar lo que pretende. No hay otra buena muerte que la que pone fin (para los creyentes en la inmortalidad, un final sólo mundano o terreno) a una vida buena. Es grave irresponsabilidad promover una decisión definitiva y mortal para quienes pueden padecer un transitorio episodio depresivo. Se invoca la libertad. Pero, ¿es imposible manipular la voluntad de quien sufre? ¿No es irresponsable ofrecerle una salida fácil a quien no tendrá la oportunidad de arrepentirse?
Estamos ante una cultura que no valora al ser humano por lo que es, sino por lo que tiene o pueda aportar al conjunto de la sociedad es una cultura llamada a la muerte. Bajo la supuesta compasión solidaria se alberga una actitud de evasión, egoísmo, y soberbia de querer ser el dueño de la vida y de la muerte, apropiándose de potestades divinas. En los países en los que impera el utilitarismo, los ancianos, enfermos y discapacitados son seres absolutamente indefensos ya que su sola existencia es declarada non grata; son personas cuya presencia molesta y estorba al Estado y como gran remedio están destinadas a una muerte cruel, fría y demoledora.
Se argumenta que todo hombre tiene derecho a decidir sobre sí mismo. Pero quienes sostienen esta premisa muchas veces se olvidan de los derechos de los demás y de los derechos de Dios. Por tanto, así como el hombre tiene derechos; por encima de todo, Dios tiene derechos sobre sus creaturas, por ser el Creador y Padre de todos los vivientes.
El cuidado de la salud y el respeto a la integridad corporal supone que el hombre no tiene un dominio absoluto sobre su vida: es un inteligente administrador y un libre poseedor de la misma, pero no puede disponer de ella a capricho. Así se expresa Dios en el Antiguo Testamento: "Ved ahora que yo, sólo yo soy, y no existe otro dios frente a mí. Yo doy la muerte y yo doy la vida, yo hago la herida y yo mismo la curo, y no hay quien pueda librar de mi mano (Dt 32,39). La Biblia y la Tradición es unánime en la condena de todo tipo de suicidio.
El acabar con la propia vida no es fruto de una opción valiente y decisiva de la persona, al contrario, significa una debilidad y falta de voluntad, dado que el suicida no es capaz de asumir las grandes dificultades que pueden acontecer en su existencia. Para el creyente significa además una falta de confianza en Dios. Con frecuencia, el suicidio se consuma cuando el individuo está sometido a profundas debilidades psicológicas que le impiden asumir valientemente las dificultades que entraña la vida. Además, el suicidio supone un desprecio de la propia persona y causa un grave mal a la convivencia social.
Ante el aumento del fenómeno social del suicidio, la Santa Sede emitió un documento, en el cual enjuicia las causas que lo provocan, ofrece los remedios para evitarlo, argumenta sobre su no licitud y finaliza con la condena en estos términos: "La muerte voluntaria, o sea, el suicidio, es, por consiguiente, tan inaceptable como el homicidio; semejante acción constituye, en efecto, por parte del hombre, el rechazo de la soberanía de Dios y de su designio de amor. Además, el suicidio es a menudo un rechazo del amor hacia sí mismo, una negación de la natural aspiración a la vida, una renuncia frente a los deberes de justicia y caridad hacia el prójimo, hacia las diversas comunidades y hacia la sociedad entera, aunque a veces intervengan, como se sabe, factores psicológicos que pueden atenuar o incluso quitar la responsabilidad" (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre la eutanasia, I, 3. Vaticano 27-VI-1980).
Hay dos maneras muy diferentes de defender los derechos humanos. La primera consiste en hacer una reflexión antropológica profunda, seria, sobre la condición humana, sobre lo que significa ser persona, sobre lo específico del hombre. A través de ella, muchos pensadores del pasado y del presente han descubierto que el hombre está dotado de una dignidad profunda debida a su condición de ser superior a lo simplemente material. Esta superioridad se funda en la condición espiritual, transcendente, del ser humano.
La otra manera de defender los derechos humanos consiste en dejar de lado las discusiones filosóficas y antropológicas para limitarse a analizar y elaborar leyes, constituciones, resoluciones, declaraciones nacionales o internacionales. Creen que esta estrategia permitiría promover aquellos derechos, por el hecho de estar apoyados en muchas resoluciones y leyes.
En realidad, el más rico conjunto de resoluciones, por muy perfectas que puedan parecer, no es capaz de fundar ni el más “pequeño” derecho humano. Como tampoco será capaz de “demostrar” que lo blanco es negro. O, por poner dos ejemplos tristemente famosos, una resolución nunca probará realmente que el aborto sea un derecho, cuando en realidad es un crimen; o que existe un “matrimonio entre personas del mismo sexo”, lo cual es una afirmación sin sentido, pues sólo hay matrimonio entre personas de distinto sexo.
Al respecto decía Juan Pablo II: “El hombre de hoy vive como si Dios no existiese y por ello se coloca a sí mismo en el puesto de Dios, se apodera del derecho del Creador de interferir en el misterio de la vida humana y esto quiere decir que aspira a decidir mediante manipulación genética en la vida del hombre y a determinar los límites de la muerte. Rechazando las leyes divinas y los principios morales atenta abiertamente contra la familia. Intenta de muchas maneras hacer callar la voz de Dios en el corazón de los hombres; quiere hacer de Dios el gran ausente de la cultura y de la conciencia de los pueblos. El misterio de la iniquidad continúa marcando la realidad de este mundo.» (Juan Pablo II, Homilía en Cracovia, 18/8/2002).
En efecto, ante todo los legisladores que viven y dictan leyes al margen de Dios, no ven o no quieren ver la voluntad santo de Dios: “No matarás”, y por ende, deciden legislar sobre mal llamado derecho a morir con dignidad –amparándose en el derecho a establecer la fecha de su muerte, y el derecho a no sufrir. Bien se comprende que es desalentador ver que el enferma no mejora; que pasan los días, meses y años; y su estado va en detrimento; la esperanza se desvanece ante tan triste panorama; pero, poner fin a los tormentos con la muerte es huir de la realidad, es renunciar a enfrentarse al sufrimiento; es a fin de cuentas dejarse llevar por una auténtica desesperanza que no concluye nunca pues lo que a continuación acontece es un remordimiento que invade la capa más sublime del hombre: su conciencia.
Quizás lo que está ausente es la búsqueda del sentido del dolor, el misterio del sufrimiento –que bien merece una reflexión aparte– presente en la vida del hombre y que difícilmente puede eludir. Vienen a mi memoria tantos testimonios ejemplares, de personas que supieron aceptar –que no soportar– con profunda serenidad dentro de una agonía sin límites su enfermedad o la del familiar, transformando las pesadas cargas en valiosas oportunidades, con el fin de prepararse con paz y esperanza al tránsito a la otra vida.
Por tanto, el derecho a la asistencia médica para morir sería un autentico fracaso, se cometería una aberración con un mal uso de la libertad, pues sólo se es realmente libre cuando se procura el bien y cuando se sabe respetar y comprender la verdad sobre el ser humano y su dignidad.
La vida del hombre sobre la tierra está determinada en el tiempo. El hombre y la mujer clausuran su estadio terrestre con la muerte. Al colofón de la muerte, con frecuencia, le acompaña la enfermedad y el dolor. El dolor representa una de las grandes aporías de la existencia del hombre, hasta el punto que, como enseña el Concilio Vaticano II, "la violenta protesta contra el mal es una de las causas del ateísmo moderno (GS 19).
Dado que la enfermedad y el dolor son un hecho frecuente en la vida humana, cada persona ha de saber asumir los ritmos de salud y enfermedad que se alternan a lo largo de su biografía. La imitación de Jesucristo y su invitación para seguirle en la cruz es el camino que debe guiar al cristiano cuando le sorprenda la enfermedad y con ella aparezca el dolor.
Pero es un hecho que, si en todas las épocas el dolor ha sido un enigma y una sobrecarga, parece que nuestra época -falta de fe y con una palpable pasión por el placer- está menos preparada para descubrir el sentido del sufrimiento. Así se apuesta por eliminarlo cuando la existencia propia o ajena empieza a deteriorarse. De ahí, la defensa de la "muerte dulce", tal como se entiende la eutanasia.
La Encíclica ‘Evangelium vitae’ define así la eutanasia: "Es una acción o una omisión que, por su naturaleza y en la intención, causa la muerte con el fin de eliminar cualquier dolor" (EV 65). Y este documento magisterial concluye: "La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados". En consecuencia, para que pueda hablarse de eutanasia se requiere:
1) tener la intención de provocar la muerte del enfermo y que se pongan los medios adecuados para conseguirla;
2) aplicar los mecanismos que causen la muerte o que se omitan los medios normales y proporcionados para obtener la salud del enfermo;
3) que estas medidas se tomen, precisamente, para eliminar el dolor.
Cabe distinguir la "autoeutanasia", que es la que reclama el mismo paciente, bien se la aplique a sí mismo el sujeto o autorice a otra persona (incluido el médico) para que su muerte se lleve a término en las condiciones por él dispuestas.
La "heteroeutanasia" es la provocada por otro, sin la autorización del sujeto.
La "autoeutanasia" provocada es siempre un mal y un pecado grave, por cuanto el hombre se constituye en dueño absoluto de su vida, cuya pertenencia es exclusiva de Dios. La "heteroeutanasia", además de ser un pecado grave, lesiona también gravemente la justicia, dado que se dispone de la vida de otra persona.
Es claro que el hombre tiene derecho a vivir y a morir dignamente, por cuanto no todo acto decisorio sobre el último momento de la existencia terrena puede considerarse como "eutanasia". En efecto, cuando la vida está seriamente amenazada y se inicia el estado terminal, el enfermo no está obligado a emplear medios desproporcionados, aunque, al rehuir tales medios, puede adelantar el momento de su óbito. Tal situación, cuando se dan las condiciones debidas, no se considera como eutanasia, sino que en este caso entra en juego el principio ético de "morir dignamente". El derecho a morir con dignidad se fundamenta en la propia condición de la persona. Es el rechazo de la "distanasia", que así se denomina el intento de alargar la vida más de lo debido con medios extraordinarios o desproporcionados. La moral católica rechaza el "ensañamiento terapéutico" (EV 65).
Ante el riesgo de una mentalidad favorable a la eutanasia, alimentada por argumentaciones que conmueven la sensibilidad, la Iglesia -que subraya el derecho que tiene el hombre a una muerte digna- condena de continuo la eutanasia. Juan Pablo II lo hizo con esta fórmula tan solemne: "De acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia Católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario universal" (EV 65).
La razón última que justifica el quinto mandamiento es la defensa del valor inconmensurable de la vida humana. Pues bien, más que cualquier antropología filosófica, es la Revelación la que destaca la significación, el alcance, la calidad y la trascendencia de la vida. En efecto, la Biblia se inicia con la narración del origen del mundo y del hombre: Dios llama a la existencia a todas las criaturas y en ese relato se destaca el comienzo de los seres vivos, especialmente del hombre y de la mujer, como corona y reyes de la entera creación. Jesús afirmará, como tesis fundamental de la revelación, que el Dios cristiano "no es el Dios de muertos, sino de vivos" (Mc 12,27).
A partir de este dato inicial, la Revelación destaca en todo momento ese valor trascendente de la vida humana. Por eso, ante la muerte violenta de Abel, Dios lanza al asesino Caín esta dolorosa pregunta: "¿Qué has hecho?". Y el Señor clausuró su discurso con esta condena radical de la muerte: "La voz de la sangre de tu hermano clama hacia mí desde la tierra. Ahora, maldito seas, márchate de esta tierra que ha abierto su boca para recibir la sangre que has derramado de tu hermano" (Gn 4,10-11).
Esa significación valiosa de la vida y de la condena de la muerte violenta quedan consignadas gráficamente en el dato de que en el Paraíso sólo se hace mención de dos árboles: uno es el "árbol de la vida" (Gn 2,9), el otro es el árbol del "bien y de mal", del cual el hombre no debe comer, pues si come de él morirá (Gn 2,17).
Pero, según la Revelación, Dios no ha creado al hombre para la muerte, sino para la vida (Sap 2,22-23); de ahí que se alegre con la vida y "no se recrea en la destrucción de los vivientes, pues todo lo creó para que subsistiera" (Sap 1,11). Dios asegura: "no me complazco en la muerte de nadie" (Ez 18,32). Al contrario, el ideal divino es que el hombre goce de una larga vida. Por eso, se elogia la longevidad de Abraham, que murió "lleno de años" (Gn 25,8) y Dios premia a los buenos con una vida larga (Dt 4,40; Ecl 11,8-11). En consecuencia, quien desee vivir debe acudir a Yavéh, el cual "es la fuente de la vida! (Prov 14,27).
Pero es en el Nuevo Testamento en donde sobresale aún más la valoración de la vida. Jesús es "el Verbo de la vida" (1 Jn 1,1); Él posee la vida desde la eternidad (Jn 1,4); dispone de la vida (Jn 5,26) y vino, precisamente, para dar una vida abundante (Jn 10,10). Él mismo es "la vida" (Jn 14,6). Él puede comunicar una vida que "salta hasta la vida eterna" (Jn 4,14). Y el Señor Jesús hace esta solemne promesa: "El que crea en mí no morirá para siempre" (Jn 11,25). En resumen, el tema de la vida es un recurso habitual del Nuevo Testamento. De ahí la abundancia de milagros en la vida histórica de Jesús dando la salud a muchos enfermos y aún devolviéndola a algunos muertos.
A la vista de estos datos, se entiende que el quinto precepto del Decálogo se enuncie con este grave y tajante imperativo: "No matarás" (Ex 20,13). Y Dios amenaza que quien mata a un hombre, será llamado asesino, y por ello merecerá la muerte: "Pediré cuentas de vuestra sangre y de vuestras vidas... si uno derrama sangre de hombre, otro hombre derramará su sangre; porque a imagen de Dios fue hecho el hombre" (Gn 9,5-6).
De acuerdo con estas enseñanzas bíblicas, el Magisterio de la Iglesia enseña que toda vida humana es digna y sagrada: "La vida humana es sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde el comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente".
Según el pensar cristiano, en el origen y en el ser mismo de la vida humana se rastrea y se encuentra siempre a Dios. En consecuencia, la luz que brota de este postulado muestra la grandiosidad de la doctrina moral cristiana sobre el valor de la vida. Por el contrario, otras corrientes de pensamiento laicas y más aún las laicistas -sobre todo si son negadoras de Dios-, parten no del valor de la vida humana en sí misma, sino de la vida adjetivada como productiva, útil, placentera... Por eso, aunque aparentemente defiendan la vida, sin embargo sólo protegen la "vida sana" y "útil" y en su perspectiva la vida débil queda indefensa.

jueves, 19 de mayo de 2011

Quinta Semana de Pascua/A Seguna lectura


QUINTO DOMINGO DE PASCUA/A
Ustedes son piedras vivas, estirpe elegida, sacerdocio real
Nosotros, la Iglesia no vive ‘frente a’ la Trinidad, sino ‘en’ la Trinidad, amada con el mismo amor con que se aman el Padre, el Hijo y el Espíritu. Y, contemplando una realidad tan inefable, el apóstol san Pedro, en la segunda lectura de hoy, puede definir al nuevo pueblo de los bautizados como “piedras vivas para la construcción de un edificio espiritual..., linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz” (1 P 2, 5-9). Se trata de hacer de la propia vida un don, una oblación a Dios, que nos llama a construir el edificio espiritual que es la Iglesia.
Estas palabras, dirigidas a los cristianos de la Iglesia naciente, vinieron a ser una realidad para nosotros el día de nuestro bautismo, cuando quedaos consagrados a la Santísima Trinidad. Al bendito día de nuestro bautismo se refiere la exhortación citada de san Pedro contenida en la segunda lectura: Todos nosotros fuimos llamados a formar parte del edificio espiritual que es la Iglesia, cuya piedra angular es Cristo Jesús.
“Ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes”. El prefacio nos dice: Cristo ‘no sólo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión” (Prefacio IV de la Pasión del Señor).
Por consiguiente, La liturgia, el culto, es acción de todo el Cuerpo místico de Cristo, Cabeza y miembros (cf. ib., n. 1071). Es acción de todos los fieles, porque todos participan en el sacerdocio de Cristo (cf. ib., nn. 1141 y 1273). Pero no todos tienen la misma función, porque no todos participan del mismo modo en el sacerdocio de Cristo. “Por el bautismo, todos los fieles participan del sacerdocio de Cristo. Esta participación se llama “sacerdocio común de los fieles”. A partir de este sacerdocio y al servicio del mismo existe otra participación en la misión de Cristo: la del ministerio conferido por el sacramento del orden” (ib., n. 1591), o sea, el “sacerdocio ministerial”. “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico están ordenados el uno al otro; ambos, en efecto, participan, cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo. Su diferencia, sin embargo, es esencial y no sólo de grado. En efecto, el sacerdocio ministerial, por el poder sagrado de que goza, configura y dirige al pueblo sacerdotal, realiza como representante de Cristo el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo. Los fieles, en cambio, participan en la celebración de la Eucaristía en virtud de su sacerdocio real y lo ejercen al recibir los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras” (LG 10).
El Bautismo y la Confirmación constituyen el ingreso en el Pueblo de Dios, que abraza todo el mundo; la unción en el Bautismo y en la Confirmación es una unción que introduce en ese ministerio sacerdotal para la humanidad. Los cristianos son un pueblo sacerdotal para el mundo. Deberíamos hacer visible en el mundo al Dios vivo, testimoniarlo y llevarle a Él. Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (cf. 1 P 2, 4-10)” (n. 10).
Por esto, san Pedro también nos dice: “Cristo sufrió por ustedes, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas” (1 P 2, 21). Seguir las huellas de Jesucristo quiere decir revivir en nosotros su vida santa, de la que hemos sido hechos partícipes con la gracia santificante y consagrante recibida en el bautismo. La Iglesia necesita hoy laicos maduros que actúen como discípulos y testigos de Cristo, artífices de comunidades cristianas, transformadores del mundo con los valores del Evangelio.
Todos los cristianos, pues, debemos pues mirar a María, que precede en la fe a la Iglesia, para comprender y llevar a la práctica el sentido de la propia misión: cooperar en la obra de la salvación operada por Cristo hasta su conclusión definitiva en el reino de los cielos.

martes, 17 de mayo de 2011


"Señor mío y Dios mío"
Cuarta Semana
Lunes Jn 10, 11-18
El buen pastor de la vida por sus ovejas. Jesús se aplica a sí mismo esta imagen (cf. Jn 10, 6), arraigada en el Antiguo Testamento y muy apreciada por la tradición cristiana. Cristo es el buen pastor que, muriendo en la cruz, da la vida por sus ovejas. Se estable así una profunda comunión entre el buen Pastor y su grey. Jesús, escribe el evangelista, “a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. (...) Y las ovejas le siguen, porque conocen su voz” (Jn 10, 3-4). Una costumbre consolidada, un conocimiento real y una pertenencia recíproca unen al pastor y sus ovejas: él las cuida, y ellas confían en él y lo siguen fielmente.
El buen pastor de la vida por sus ovejas, lo que equivale a decir: “En esto consiste mi conocimiento del Padre y el conocimiento que el Padre tiene de mí, en que doy mi vida por mis ovejas; esto es, el amor que me hace morir por mis ovejas demuestra hasta qué punto amo al Padre”. Referente a sus ovejas, dice también: Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy vida eterna. Y un poco antes había dicho también acerca de ellas: El que entre por mí se salvará, disfrutará de libertad para entrar y salir, y encontrará pastos abundantes. Entrará, en efecto, al abrirse a la fe, saldrá al pasar de la fe a la visión y la contemplación, encontrará pastos en el banquete eterno.
Al meditar en el Evangelio del buen Pastor, pidamos al Señor que abra cada vez más nuestro corazón y nuestra mente para escuchar su llamada, y seguirlo acogiendo su persona, su vida y su mensaje, en la vida ordinaria de cada día.
Martes
Jn 10, 22-30
El Padre y Yo somos uno. Si ayer en el texto del Evangelio Jesús nos decía: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre; hoy nos dice: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 27-30); esto quiere decir que Jesús es Dios como el Padre. Jesucristo, en cuanto Dios, es Señor de la vida, es la resurrección para todo aquél que crea en Él.
Dios es Amor, Bien, Belleza, Verdad, es la fuente de la alegría. Esas realidades se manifiestan en Jesús, “totalmente Dios aunque hombre, y totalmente hombre aunque Dios”. Podríamos decir que Jesús es el rostro de Dios para la humanidad, haciéndonos eco del Apóstol, quien lo llama “Imagen de Dios invisible”. Desde que el Verbo Eterno pone su morada entre nosotros y se hace hombre en el vientre inmaculado de la siempre Virgen María, el misterio del ‘Unigénito del Padre’ se manifiesta entre los seres humanos.
El Señor expresa el gran misterio de su identidad divina cuando enseña: “Yo y el Padre somos uno”. Y en la línea de la manifestación lo hace al decir: “Si me conocen a mí, conocerán también a mi Padre; desde ahora lo conocen y lo han visto... El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”: los dos somos de la misma naturaleza. Yo soy Dios como el Padre. Pero Jesús quiere que sus discípulos “…sean uno”, como él y el Padre son uno. Jesús nos pide la unidad fraterna: Los fieles hemos de vivir esta unidad del Padre y del hijo en el Espíritu Santo, para que el mundo crea en Él y se salve.
Así pues, por medio de su Hijo y por el Don de su Espíritu “Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de unidad salvadora” (LG 9).
Miércoles
Jn 12, 44-50
Yo he venido al mundo como luz. Como dice el apóstol Juan: “Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna” (1 Jn 1, 5). Dios no ha creado la oscuridad, sino la luz. Cristo es la luz, y la luz no puede oscurecerse; sólo puede iluminar, aclarar, revelar. Cristo ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como “hijo de la luz”.
Cristo, luz de la humanidad, disipa las tinieblas del corazón y del espíritu e ilumina a todo hombre que viene al mundo. Cristo, que estaba en Dios desde el principio (cf. Jn 1, 4), es vida que se dona, que nada retiene para sí y que, sin cansarse, libremente se comunica. Es luz, "la luz verdadera que ilumina a todo hombre" (Jn 1, 9). Es Dios, que vino a poner su tienda entre nosotros (cf. Jn 1, 14) para indicarnos el camino de la inmortalidad propia de los hijos de Dios y para hacerlo accesible.
En otro lugar Jesús ha dicho: “Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas” (Jn 12,46). Él ha querido hacer brillar su Luz asociando a su misión a sus discípulos, quienes congregados en su Iglesia -desde que el Señor Resucitado ascendió a los cielos hasta que Él vuelva- han de hacer brillar “en su rostro”, es decir, en sí mismos la luz de Cristo para reflejarla al mundo entero: “Luz de los Pueblos es Cristo…” (LG 1).
San Gregorio de Nisa al respecto enseña: “Considerando que Cristo es la luz verdadera sin mezcla posible de error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los rayos de luz verdadera. Los rayos del sol de justicia son las virtudes que de Él emanan para iluminarnos, para que nos desnudemos de las obras de las tinieblas y andemos como en pleno día, con dignidad, y apartando de nosotros las ignominias que se cometen a escondidas y obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz y, según es propio de la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras”.

Jueves
Jn 13, 16-20
El que recibe al que yo envío, me recibe a mí. Al hacerse una sola cosa con el Maestro, los discípulos ya no están solos para anunciar el Reino de los cielos, sino que el mismo Jesús es quien actúa en ellos. Y además, como verdaderos testigos, “revestidos de la fuerza que viene de lo alto” (cf. Lc 24, 49), predican “la conversión y el perdón de los pecados” (Lc 24, 47) a todo el mundo.
Jesús los asocia los discípulos a su misión recibida del Padre: como “el Hijo no puede hacer nada por su cuenta” (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin El de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como “ministros de una nueva alianza” (2 Cor 3, 6), “ministros de Dios” (2 Cor 6, 4), “embajadores de Cristo” (2 Cor 5, 20), “servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4, 1).
Jesús establece así un estrecho paralelismo entre el ministerio confiado a los apóstoles y su propia misión: “quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquél que me ha enviado” (Mt 10, 40).
Viernes Jn 14, 1-6
Yo soy el camino, la verdad y la vida. Hablemos de cada término, aunque sea brevemente:
Por camino los judíos entendían la norma de conducta codificada en la Ley. Al decir Yo soy el Camino afirma que guardando sus mandamientos el creyente alcanza la salvación, al entrar en una profunda comunión de amor con Él y con el Padre: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama… Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,21.23). De aquí se desprende que cuando Cristo dice Yo soy el Camino no se refiere sólo a sus mandamientos, sino también a su propia Persona. En este sentido es fundamental comprender la identidad del Señor Jesús, quién es Él: Él es el Camino, Él es Dios mismo que se ha hecho verdaderamente hombre para que el hombre, entrando y permaneciendo en comunión con Él, pueda llegar a participar plenamente de la naturaleza divina (Cfr 2Pe 1,4).
Cuando Jesús dice: Yo soy la Verdad, quiere decir que, Él es el único capaz de hablar verazmente de Dios porque “a Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado” (Jn 1,18). Él es el único que viniendo de Dios conoce a Dios y puede dar testimonio de Él. En cuanto que es el único que posee la verdad sobre Dios es también el único que posee la verdad completa sobre el ser humano: su origen, su identidad, el sentido de su existencia, su destino último. Él, que es la Verdad y ha venido a dar testimonio de la verdad (ver Jn 18,37), revela al hombre el propio hombre y le muestra la sublimidad de su altísima vocación.
Y cuando el Señor afirma: “Yo soy la Vida”, quiere decir que, en cuanto Señor de la Vida, Él es para el ser humano la fuente de su propia existencia y el fundamento de una vida que luego de la muerte y resurrección se prolongará por toda la eternidad en la comunión y participación con Dios, uno y trino.
Concluyamos con el pensamiento magistral de San Agustín: “’Yo soy el camino, la verdad y la vida’ Con estas palabras Cristo parece decirnos: “¿Por dónde quieres tú pasar? Yo soy el camino. ¿Dónde quieres llegar? Yo soy la verdad, ¿Dónde quieres residir? Yo soy la vida.” Caminemos, pues, con toda seguridad sobre el camino; fuera del camino, temamos las trampas, porque en el camino el enemigo no se atreve atacar -el camino, es Cristo- pero fuera del camino levanta sus trampas”.
Sábado Jn 14, 7-14
Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. Aunque no sea siempre consciente y clara, en el corazón del hombre existe una profunda nostalgia de Dios, que san Ignacio de Antioquía expresó elocuentemente con estas palabras: «Un agua viva murmura en mí y me dice interiormente: “¡Ve al Padre!”» (Ad Rom., 7). “Déjame ver, por favor, tu gloria” (Ex 33, 18), pide Moisés al Señor en el monte.
“A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, lo ha revelado” (Jn 1, 18). Por tanto, ¿basta conocer al Hijo para conocer al Padre? Felipe no se deja convencer fácilmente, y pide: “Señor, muéstranos al Padre”. Su insistencia obtiene una respuesta que supera nuestras expectativas: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 8-11).
Por tanto, también el que acoge al Hijo de Dios acoge a Aquel que lo envió (cf. Jn 13, 20). Por el contrario, “el que me odia, odia también a mi Padre” (Jn 15, 23). Desde entonces es posible una nueva relación entre el Creador y la criatura, es decir, la relación del hijo con su Padre: a los discípulos que quieren conocer los secretos de Dios y piden aprender a rezar para encontrar apoyo en el camino, Jesús les responde enseñándoles el Padre nuestro, “síntesis de todo el Evangelio” (Tertuliano, De oratione, 1), en el que se confirma nuestra condición de hijos (cf. Lc 11, 1-4).