viernes, 17 de junio de 2011

2. La Iglesia y la comunidad política


2. “IGLESIA Y LA COMUNIDAD POLÍTICA”
El catecismo de la Iglesia católica afirma que toda institución se ha de inspirar en la originalidad del hombre –hecho por Dios a su imagen y semejanza- y de su destino –si de Dios ha salido en su grandeza y dignidad, no puede menos que encontrar su plenitud en el retorno a él-. La institución que no tenga su fuente en este principio, difícilmente podrá tener una auténtica referencia de juicio, una verdadera jerarquía de valores, y una nítida línea de conducta.
En realidad, la fuerza de la doctrina de la Iglesia radica en la dignidad del hombre por ser hijo de Dios, lo que contrasta con aquella doctrina que se basa en una filosofía relativista: te ofrezco porque a mí me conviene.
Por esto “la Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir a la luz de la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Las sociedades que ignoran esta inspiración o la rechazan en nombre de su independencia respecto a Dios, se ven obligadas a buscar en sí mismas o a tomar de una ideología sus referencias y finalidades; y, al no admitir un criterio objetivo del bien y del mal, ejercen sobre el hombre y sobre su destino, un poder totalitario, declarado o velado, como lo muestra la historia” .
Además, cuando la Escritura da al Resucitado el título de Kyrios, el Señor, hace al mismo tiempo la afirmación sobre el hombre y su dignidad, en la cual se fundamenta la convivencia humana, en todas las estructuras de la vida social y eclesial. Por tanto, la ley que da la Iglesia a la política son los valores evangélicos sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo; por ejemplo, desde la etica moral, la justicia, la solidaridad, el valor de la paz, el genuino sentido del bien común y el respeto a las obras maravillosas salidas de las manos de Dios; así, ayuda a que “todo se oriente al orden querido por Dios” .
Por consiguiente, la Iglesia no solo ha de hacer una crítica negativa de la historia cuando esta se aparta del bien y la verdad, de la justicia y de la trascendencia del hombre, sino que, ella misma, sin dejar de denunciar del mal y la injusticia, ha de vivir y de anunciar el amor, que sólo busca hacer el bien. En efecto, el valor de la justicia, la caridad y solidaridad son valores que la iglesia aporta a la convivencia social, en toda la amplitud de las estructuras humanas; éstas son una luz para las relaciones interpersonales. De aquí podemos afirmar que La Iglesia ofrece una moral política a la política.
En efecto, en el orden de la moralidad, la Iglesia ejerce una misión distinta de la que ejercen las autoridades políticas; ella se ocupa de los aspectos temporales del bien común a causa de su ordenación al supremo Bien, nuestro fin último. Se esfuerza por inspirar las actitudes justas en el uso de los bienes terrenos y en las relaciones socioeconómicas y políticas.
Así, la Iglesia, expresa un juicio moral, en materia económica, social y política, cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas.
Todo esto exige en una sociedad pluralística, tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia; pues, la Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana.
En efecto, la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Pero las dos, por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas, de acuerdo a las circunstancias de lugar y tiempo.
Desde luego que el hombre no se limita solo a lo temporal, sino que, sujeto de la historia humana, ha de mantener claro e íntegro su destino eterno. Por consiguiente, la Iglesia, por su parte, fundada en el amor del Redentor, contribuye a difundir cada vez más el reino de la justicia y de la caridad en el seno de cada nación y entre las naciones.
La Iglesia, por tanto, predicando la verdad evangélica e iluminando todos los sectores de la acción humana con su doctrina y con el testimonio de los cristianos, respeta y promueve también la libertad y la responsabilidad políticas del ciudadano. Para no salirnos de la doctrina de la Revelación y del Magisterio de la Iglesia, para no traicionar la vida, la persona y el mensaje de Jesús, necesariamente hemos de seguir el ejemplo y criterios de acción, ante la política y el mundo, que vivieron los apóstoles; pues, los pastores –obispos y sus colaboradores- tenemos la misma misión de Jesús, que confío a sus apóstoles y a sus sucesores: anunciar a los hombres a Cristo, Salvador del mundo, apoyando esta misión en el poder de Dios, el cual muchas veces manifiesta la fuerza del Evangelio en la debilidad de sus testigos.
Por consiguiente, los pastores, en medio de la comunidad política de nuestra patria, en este proceso político, que estamos viviendo, nuestra misión, consideramos, que queda bien clara: seguir los caminos y medios propios del Evangelio, los cuales se diferencian en muchas cosas de los medios que la ciudad terrena utiliza.
Aunque el orden temporal y el eterno, caminan de la mano, y la misma Iglesia se sirve de medios temporales para cumplir su misión, sin embargo, su esperanza no está en privilegios dados por el poder civil; más aún, renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición.
Pero también es de justicia que la Iglesia tenga plenamente la plena libertad para predicar la fe, enseñar su doctrina social, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, utilizando todos y solos aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y de situaciones.
En conclusión, el ejercicio y la misión de la Iglesia en la comunidad política es fomentar y elevar todo lo verdadero, lo bueno y bello, adhiriéndose con fidelidad al Evangelio, para gloria de Dios ; es decir, la misión de la Iglesia es religiosa, pero por ello es plenamente humana, pues la gloria de Dios consiste en que el hombre llegue a su realización en el tiempo y en el espacio, hacia la eternidad dichosa.
Próximamente, “democracia, pluralismo y participación”

miércoles, 15 de junio de 2011

V. La Iglesia y la política: 1. Jesús y la política


V. “LA IGLESIA Y LA POLÍTICA”

1. JESÚS Y LA POLÍTICA
Es una hermosa oportunidad la que me ha dado “Emaús”, al invitarme a colaborar en esta edición. Agradezco, con esperanza e ilusión, poder dar algo de lo que Dios me ha dado, para gloria de la Trinidad y bien de la Iglesia.
Ante la inmensa gama de temas que pueden tratarse, hemos escogido este de “La Iglesia y la Política”, por ser un tema del momento histórico por el que está pasando nuestra Patria. El objetivo no es enseñar cosas nuevas, no hay nada nuevo bajo el sol, nos damos por satisfechos con puntualizar algunos de los aspectos de los temas que vayamos tratando.
Las fuentes a las que acudiremos con frecuencia serán la Revelación, el Magisterio de la Iglesia, La CEM, y el CELAM, tocando algunas veces los clásicos griegos y la patrística, sin olvidar los pensadores de actualidad.
Comenzamos, pues, reflexionando en las actitudes de Jesús y la política.
Numerosos judíos, y algunos paganos, “reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico “hijo de David” prometido por Dios a Israel (Cfr. Mt 2, 2; 9, 27; 12, 23). Jesús aceptó el titulo del Mesías al cual tenía derecho (Cfr. Jn 4, 25-26; 11, 27), pero no sin reservas, porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana (Cfr. Mt 22, 41-46), esencialmente política (Cfr. Jn 6, 15; Lc 24, 21)” ; como fue el caso del grupo de los zelotes, revolucionarios extremistas de la época, contra el Imperio Romano.
Jesús no admite un Estado que pueda entrar en comparación y en competición con el Reino de Dios, ya que todo Estado temporal desaparece, y su Reino mira a las cosas eternas: su reino no es de este mundo (Cfr. Mt 25 34; Jn 18: 36). En efecto, su discípulo ha de orientar sus opciones hacia el futuro Reino y la voluntad de Dios, su Padre y Padre nuestro. Esto no supone un rechazo, sino primero buscar el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se dará por añadidura (Cfr. Mt 6:33).
La presencia del Estado es querida por Dios, el discípulo ha de pagar el impuesto para la subsistencia de éste: dar al César lo del César y a Dios, lo de Dios (Cfr. Lc 20, 25). Por tanto, “el deber de obediencia impone a todos la obligación de dar a la autoridad los honores que le son debidos, y de rodear de respeto y, según su mérito, de gratitud y de benevolencia a las personas que la ejercen” . En realidad, hay una legitimidad del Estado y colaboración con el Estado, con sus exigencias cuando no se extralimitan, pues, ante un Estado totalitario, cesan las obligaciones con él, porque “la autoridad política debe actuar dentro de los límites del orden moral y debe garantizar las condiciones del ejercicio de la libertad” .
Ciertamente, Jesús comparte con el zelotismo la espera del reino, pero con un carácter escatológico, que relativiza el orden político, lo saca del orden de lo absoluto. Pero a la vez que comparte con los zelotes la espera del reino, Jesús, se separa de sus comportamientos:
Mi reino no es de este mundo, no se construye por las fuerzas humanas, por medio de violencia o medios políticos.
Jesús no excluye el papel del Estado, tiene una función, es querido por Dios en el momento temporal presente.
El programa zelote trata de sustituir el totalitarismo romano por uno peor, que implica la sacralización de la política.
No está permitido dar al Estado lo que corresponde a Dios; en este orden sí cabe la resistencia, como los mártires. En este caso se excede el Estado de Derecho: es una actitud totalitaria, de represión por la fe de los cristianos. Tampoco en esos casos a la comunidad de los discípulos le corresponde la guerra santa. Puede ser un asunto civil, pero no religioso. En efecto, cuando la autoridad pública, excediéndose en sus competencias, oprime a los ciudadanos, éstos no deben rechazar las exigencias objetivas del bien común; pero les es lícito defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de esta autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y evangélica” .
Cristo adopta ante el Imperio Romano una postura política critica, pero no de rechazo total… esto describe la configuración entre el orden político y religioso.
La actitud cristiana no es una actitud de rechazo al Estado político, pero tampoco es una actitud de pasivismo. Por eso, “deber de los ciudadanos es cooperar con la autoridad civil al bien de la sociedad en espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política” , por ejemplo el voto, denunciar la injusticia…
San Pablo, enseña la necesidad de sometimiento al Estado, pero con esto no quiere decir que el Estado sea absoluto. Esta postura coincide sustancialmente con la actitud de Jesús: el Estado no es absoluto, es sujeto de crítica cuando asume una actitud de totalitarismo. Por otra parte, recibe una cierta dignidad, dice, en efecto, sométanse,…oren…, porque toda autoridad procede de Dios (Cfr. Rom 13); y, por tanto, si viene de Dios, no cabe en la voluntad de Dios, ningún dejo de actitudes totalitarias, con mucha menos razón en la estructura de la Iglesia. Si san Pablo hubiera tenido presente a un totalitarista, sin duda, que lo hubiera condenado. Cuando el Estado se erige en representante del absoluto, el rechazo se justifica.
CONCLUSIONES
1ª.) La absolutización de lo temporal, en el NT, no es compatible cuando la política invade el terreno de la religión y viceversa: según si el Estado permanezca o no en sus propios límites, es servidor de Dios o no.
2ª.) El Nuevo Testamento introduce un cierto dualismo moral, presente y futuro, que no conduce al cristianismo a un rechazo abierto al Estado. El Estado Romano era un Estado gentil, no judío, y sin embargo, se considera que puede estar en los planes de Dios y, puede convertirse en servidor de Dios, siempre que distinga la justicia de la injusticia, el bien del mal. Por tanto, se admite que el Estado gentil puede tener un conocimiento del bien y del mal.
3ª.) El cometido de la Iglesia, de los Pastores, ante el Estado, lo marca la doctrina de Jesús:
Combatir toda clase de zelotismo dentro de sus filas, se rechaza toda dinámica revolucionaria, ocupar cargos públicos y hacer política. Todo pastor tiene el derecho y el deber de educar, formar en la cuestión política a sus ovejas, sin hacer ni política, ni partidismo. En efecto, Jesús evade a los que quieren hacerlo rey, el mensaje y la vida de Jesús son claros, no da lugar a confusión.
Otro cometido de la Iglesia, y sus Pastores, es permanecer critica ante le Estado y prevenirle de su límites.
La Iglesia “respeta y promueve la libertad y la responsabilidad política de los ciudadanos” . Por tanto, la misión de la Iglesia, desde su realidad temporal, se ordena más allá del tiempo y del espacio, es de orden divino y escatológico. “La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia, no se confunde en modo alguno con la comunidad política, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana .
En el próximo número, “Iglesia y la comunidad política”.

lunes, 13 de junio de 2011

Décima primera semana, Tiempo ordinario


Tiempo ordinario
Décima primera semana
Lunes (Mateo 5, 38-42)
Yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Jesús proclama para sus discípulos el principio de la caridad suprema: “No hagan frente al que los agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas”.
El Señor hoy nos propone la purificación del corazón de todo odio y resentimiento y, en consecuencia, la erradicación total de toda reacción de venganza, de devolver el mal con otro mal. Por ello propone: “…no hagan resistencia al hombre malo”, o según la traducción literal: “no resistan al mal”, es decir, al hombre malo, al que les hace mal. El discípulo no debe dar lugar a la cólera, no debe tomar la venganza por su cuenta, debe vencer el mal con el bien (Cfr. Rom 12,17-21).
El Señor nos pide reaccionar ante el mal no con la cólera o la ira, sino con una caridad extrema, incluso con los enemigos, porque es posible, porque al menos podemos acercarnos cada día más a ella, con su ayuda y con nuestro empeño; y porque es esencial para nuestra propia paz interior y felicidad.
San Cromacio de Aquileya nos dice: “Muestra el Señor que no podemos poseer el mérito del amor perfecto si amamos sólo a quienes sabemos que nos devolverán en pago el amor mutuo, porque sabemos que este tipo de amor es común también a los gentiles y pecadores. Por eso quiere el Señor que superemos la ley común del amor humano con la ley del amor evangélico; de modo que no sólo mostremos el afecto de nuestro amor hacia los que nos aman, sino también hacia los enemigos y los que nos odian, para que imitemos en esto el ejemplo de la verdadera piedad y bondad paternas”.
Martes (Mateo 5, 43-4)
Amen a sus enemigos. En el mismo contexto de ayer, y en el mismo texto, ahora el Señor nos dice: “Han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, y recen por los que los persiguen…”. Esta es una invitación a amar sin ninguna distinción, amigos y enemigos por igual, esto es de la misma forma como ama Dios a todos los hombres.
Cuando Jesús nos dice “Amen”, nos dice háganlo. Esta es la nueva actitud de los hombres frente a otros hombres, este es el comportamiento y el estado de ánimo que debemos manifestar exteriormente y sentir interiormente, es la nueva actitud del cristiano hacia los enemigos, con esto tenemos la oportunidad de superar toda agresividad, la nuestra y la de ellos, porque si amamos a nuestros enemigos, éstos dejan de serlo por nuestra parte y les damos la oportunidad, como posibilidad sincera de que ellos al mismo tiempo no nos consideren ya como tales, sino amigos, y de esta forma nace un cambio de su actitud hacia nosotros. A nosotros como cristiano nos corresponde dar el primer paso y así abrir las puertas a la conversión al amor de nuestros enemigos.
Si ayer se nos decía, no hagas resistencia al hombre malo, al enemigo, hoy se nos ha dicho, ama a tu enemigo, en palabras de san Juan de la cruz podemos decir: Donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor, o también como ha dicho san Agustín: Ama y haz lo que quieras; si te callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo de tu corazón: de esta raíz solamente puede salir lo que es bueno.

Miércoles
Mateo 6, 1-6.16-18
Tu padre, que ve lo secreto, te recompensará. El Evangelio subraya que el Señor “ve en lo secreto”, es decir, escruta el corazón. Los gestos externos de penitencia, de la oración y de limosna, tienen valor si son expresión de una actitud interior, si manifiestan la firme voluntad de apartarse del mal y recorrer la senda del bien.
Aquí se trata de recobrar la sencillez de pensamiento, voluntad y corazón, que es indispensable para encontrarse con Dios en el propio ‘yo’ interior. ¡Y Dios espera esto para acercarse al hombre interiormente recogido y, a la vez, abierto a su palabra y a su amor! Dios desea comunicarse al alma así dispuesta. Desea darle la verdad y el amor que tienen en Él la verdadera fuente.
Para llegar a ser auténticos discípulos de Cristo, es necesario renunciar a sí mismos, tomar la propia cruz y seguirlo (cf. Lc 9, 23). Es el arduo sendero de la santidad, que todo bautizado está llamado a recorrer.
Desde siempre, la Iglesia señala algunos medios adecuados para caminar por esta senda. Ante todo, la humilde y dócil adhesión a la voluntad de Dios, acompañada por una oración incesante; las formas penitenciales típicas de la tradición cristiana, como la abstinencia, el ayuno, la mortificación y la renuncia incluso a bienes de por sí legítimos; y los gestos concretos de acogida con respecto al prójimo, que el evangélico evoca con la palabra ‘limosna’. Y todo esto debe hacerse en el silencio del corazón: Tu padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Jueves. Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote
Lucas 22, 14-20
Hagan esto en memoria mía. Hoy celebramos la fiesta de Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, la liturgia nos presenta el tema eucarístico: el Evangelio de san Lucas nos refiere la institución de la Eucaristía (22,14-20): el pan y el vino adquieren una realidad y un nuevo significado a partir de las palabras de Jesús.
Jesús, en esta escena del Evangelio les dice a sus discípulos: “Este es mi cuerpo que es entregado por ustedes” (22,19ab). El Señor con numerosos actos de misericordia había nutrido la gente a lo largo de todo el Evangelio y había distribuido pan y pescado a la multitud hambrienta, ahora vuelve a dar alimento. Pero ahora:
1) El alimento es el mismo Jesús: no un Jesús abstracto sino un Jesús que se “da” a sí mismo por sus discípulos.
2) La frase “por ustedes”, hace explícito el significado de la fracción y la distribución del pan: la muerte de Jesús es una muerte padecida por el bien de los otros. “Por ustedes”: Jesús muere por los que ama, por sus discípulos.
Por otra parte, el cáliz de vino también es distribuido por Jesús a los apóstoles, diciendo: “Esta es la copa de la Nueva Alianza de mi sangre, que será derramada por ustedes”. Se subraya también que la muerte de Jesús es por el bien de aquellos que Él ama.
Notemos que Jesús sobre el pan y el vino, dice: “Hagan esto en memoria mía”. Con estas palabras Jesús el sacerdocio de Jesús continúa presente en medio de la Iglesia: el don de su vida por sus discípulos continúa vivo en aquellos que junto con Él son llamados a hacer lo mismo. Esto se realiza en la liturgia, en una vida de dedicación completa al servicio de los demás y, sobre todo, en la configuración de la propia personal con Jesús Eucaristía. Como dice san Juan Eudes: “El Corazón de Jesús no es solamente el Templo, sino el altar del divino amor. Él es el soberano sacerdote que se ofrece continuamente con amor infinito. Ofrezcámonos con Él, que Él nos consuma enteramente en el fuego de amor de su corazón”.

Viernes
Mateo 6, 19-23
Donde está tu tesoro, allí también está tu corazón. Jesús en el evangelio nos describe el auténtico tesoro que desafía a la muerte: “No amontonen tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonen más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6, 19-21).
San Ambrosio reafirma de modo neto y firme la inconsistencia de las riquezas: “Son cosas caducas y se van con más rapidez de la que llegaron. Un tesoro de este tipo no es más que un sueño. Te despiertas y ya ha desaparecido, porque el hombre que logra superar la borrachera de este mundo y vivir la sobriedad de las virtudes, desprecia todas estas cosas y no da valor alguno al dinero” (Comentario al 23).
El obispo de Milán invita, por consiguiente, a no dejarse atraer ingenuamente por las riquezas y por la gloria humana: “No tengas miedo, ni siquiera cuando veas que se ha agigantado la gloria de algún linaje poderoso. Mirando a fondo con atención, te parecerá vacía si no tiene una brizna de la plenitud de la fe”. De hecho, antes de la venida de Cristo, el hombre se encontraba arruinado y vacío: “La ruinosa caída del antiguo Adán nos vació, pero la gracia de Cristo nos llenó. Él se vació a sí mismo para llenarnos a nosotros y para que en la carne del hombre habitara la plenitud de la virtud”. San Ambrosio concluye que, precisamente por eso, ahora podemos exclamar, con san Juan: “De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia” (Jn 1, 16) (cf. ib.).
Por consiguiente, sólo las buenas obras permanecen y forman ese tesoro, acumulado en el cielo, y “donde los ladrones no lo desentierran ni roban, porque ?continúa el divino Jesús? donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 6, 20, 21).
Sábado
Mateo 6, 24-34
No se preocupen por el día de mañana. Estas palabras del Evangelio parecen contradecir tantos criterios y actitudes que vemos en nuestro mundo. En efecto, para la humanidad, para la sociedad actual, la producción, la ganancia, el progreso económico parecen asumir la categoría de criterios últimos y definitivos que rigen el comportamiento humano. De acuerdo con estos criterios se enjuicia y se da valor a la gente y a los pueblos, y se determina su posición en la escala social por la importancia que se les concede o por el poder que tienen.
Si se aceptara moralmente esta jerarquía de valores, el hombre quedaría obligado a buscar en todo momento el poseer, el poder, el placer y el parecer, como única meta de la vida. Entonces el hombre se mediría, no por lo que es, sino por lo que tiene.
Juan Pablo II, en Monterrey, el 10 de mayo de1990, decía: A ti, hombre que miras complacido las obras de tus manos, el fruto de tu ingenio, Cristo te dice: ¡no te olvides de Aquel que ha dado origen a todo! ¡No te olvides del Creador! Es más, cuanto más profundamente conozcas las leyes de la naturaleza, cuanto más descubras sus riquezas y sus potencialidades, tanto más te has de acordar de Él.
Por tanto, “Busquen primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura”. En un mundo que busca certezas humanas y seguridades terrenas, mostremos que Cristo es la roca firme sobre la cual construir el edificio de la propia existencia, y que la confianza depositada en Él jamás queda defraudada.

sábado, 11 de junio de 2011

Solemnidad de Pentecostés

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS
La fiesta de Pentecostés, cincuenta días después de la Resurrección del Señor, recuerda que el Espíritu Santo bajó sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego e hizo que se abrieran sus mentes y sus corazones. En el día de Pentecostés el Espíritu Santo descendió con fuerza sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo y los hizo capaces de predicar con valentía el Evangelio a todas las naciones (cf. Hch 2, 1-13).
San Lucas pone en el capítulo segundo de los Hechos de los Apóstoles el relato del acontecimiento de Pentecostés, que hemos escuchado en la primera lectura. Introduce el capítulo con la expresión: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar» (Hch 2, 1).
Jesús, Antes de su ascensión al cielo, “les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre” (cf. Hch 1, 4-5); es decir, les pidió que permanecieran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo, en espera de ese acontecimiento prometido (cf. Hch 1, 14).
Por lo tanto, no hay Iglesia sin Pentecostés. Y quiero añadir: no hay Pentecostés sin la Virgen María. Así fue al inicio, en el Cenáculo, donde los discípulos «perseveraban en la oración con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la Madre de Jesús, y de sus hermanos», como nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles (1, 14).
El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. Sin él, ¿a qué se reduciría? Ciertamente, sería un gran movimiento histórico, una institución social compleja y sólida, tal vez una especie de agencia humanitaria. Y en verdad es así como la consideran quienes la ven desde fuera de la perspectiva de la fe. Pero, en realidad, en su verdadera naturaleza y también en su presencia histórica más auténtica, la Iglesia es plasmada y guiada sin cesar por el Espíritu de su Señor. Es un cuerpo vivo, cuya vitalidad es precisamente fruto del Espíritu divino invisible.
Además, El Espíritu Santo nos asiste a cada uno de nosotros en nuestro peregrinar a la meta a que hemos sido llamados. Y ¿cuál es esa meta? Es el Cielo que el Señor nos muestra en su Ascensión y que ha prometido a aquéllos que cumplan la Voluntad del Padre.
Es el Espíritu Santo quien nos lleva a conocer y a vivir todo lo que Cristo nos ha dicho. El nos recuerda todo lo que el Señor nos enseñó. El nos lleva a conocer y a aceptar el Mensaje de Cristo en su totalidad. El Espíritu Santo -el Espíritu de la Verdad- nos lleva a la Verdad plena.
En efecto, el Espíritu Santo se va derramando en cada uno de nosotros con sus gracias, dones, frutos y carismas (Cfr. 1Co.12, 3-7. 12-13). Todos estos son regalos del Espíritu Santo; es decir, cosas que recibimos gratis, como un obsequio y, además... sin merecerlas.
Y todos estos regalos del Espíritu Santo son los auxilios que Dios nos da para el desarrollo de nuestra vida espiritual, para ayudarnos en nuestra santificación, para ayudarnos a llegar a nuestra meta definitiva que es el Cielo.
¿Qué hacer para poder recibir todos estos regalos del Espíritu Santo? Lo mismo que hacían los Apóstoles antes de Pentecostés: “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu... en compañía de María, la Madre de Jesús... Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo” (Hech. 1, 12-14 y 2, 46).
He aquí el secreto para recibir al Espíritu Santo. He aquí el secreto de la acción del Espíritu Santo en nosotros y a través de nosotros. Ese secreto está en la oración: en una oración perseverante, frecuente, con entusiasmo, con la Santísima Virgen María. ¡Ven, Espíritu Santo!

jueves, 9 de junio de 2011

Magisterio de los úlimos Papas sobre el laicismo y Estado laico


IV. LA VOZ DE LOS ÚLTIMOS PAPAS SOBRE LA CUESTIÓN LAICISMO Y ESTADO LAICO
Ofrecemos un resumen, tomando los puntos que responden al tema que traemos entre manos

a) Juan Pablo II, encuentro con los obispos cubanos, 25 de enero de 1998, expresaba que “El respeto de la libertad religiosa debe garantizar los espacios, obras y medios para llevar a cabo la misión cultual, profética y caritativa de la Iglesia, de modo que, además del culto, la Iglesia pueda dedicarse al anuncio del Evangelio, a la defensa de la justicia y de la paz, al mismo tiempo que promueve el desarrollo integral de las personas. Ninguna de estas dimensiones debe verse restringida, pues ninguna es excluyente de las demás ni debe ser privilegiada a costa de las otras.
Cuando la Iglesia reclama la libertad religiosa no solicita una dádiva, un privilegio, una licencia que depende de situaciones contingentes, de estrategias políticas o de la voluntad de las autoridades, sino que está pidiendo el reconocimiento efectivo de un derecho inalienable. Este derecho no puede estar condicionado por el comportamiento de Pastores y fieles, ni por la renuncia al ejercicio de alguna de las dimensiones de su misión, ni menos aún, por razones ideológicas o económicas: no se trata sólo de un derecho de la Iglesia como institución, se trata además de un derecho de cada persona y de cada pueblo. Todos los hombres y todos los pueblos se verán enriquecidos en su dimensión espiritual en la medida en que la libertad religiosa sea reconocida y practicada”.
El 24 febrero 2004 Juan Pablo II se dirigió al señor Javier Moctezuma Barragán en estos términos: “Es de desear que la Iglesia en México pueda gozar de plena libertad en todos los sectores donde desarrolla su misión pastoral y social. La Iglesia no pide privilegios ni quiere ocupar ámbitos que no le son propios, sino que desea cumplir su misión en favor del bien espiritual y humano del pueblo mexicano sin trabas ni impedimentos. Para ello es preciso que las instituciones del Estado garanticen el derecho a la libertad religiosa de las personas y los grupos, evitando toda forma de intolerancia o discriminación (…) No se debe ceder a las pretensiones de quienes, amparándose en una errónea concepción del principio de separación Iglesia-Estado y del carácter laico del Estado, intentan reducir la religión a la esfera meramente privada del individuo, no reconociendo a la Iglesia el derecho a enseñar su doctrina y a emitir juicios morales sobre asuntos que afectan al orden social, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o el bien espiritual de los fieles. A este respecto, quiero destacar el valiente compromiso de los Pastores de la Iglesia en México en defensa de la vida y de la familia”.
b) Benedicto XVI al señor Luis Felipe Bravo Mena embajador de de México ante la Santa Sede, el 23 de septiembre de 2005 le decía: “Un Estado democrático laico es aquel que protege la práctica religiosa de sus ciudadanos, sin preferencias ni rechazos (…) Ante el creciente laicismo, que pretende reducir la vida religiosa de los ciudadanos a la esfera privada, sin ninguna manifestación social y pública, la Iglesia sabe muy bien que el mensaje cristiano refuerza e ilumina los principios básicos de toda convivencia, como el don sagrado de la vida, la dignidad de la persona junto con la igualdad e inviolabilidad de sus derechos, el valor irrenunciable del matrimonio y de la familia que no se puede equiparar ni confundir con otras formas de uniones humanas.
Benedicto XVI dijo a la Unión de Juristas Católicos el 9 de diciembre de 2006, que por laicidad el mundo la entiende por lo común como exclusión de la religión de los diversos ámbitos de la sociedad y como su confín en el ámbito de la conciencia individual. La laicidad se manifiesta como una total separación entre el Estado y la Iglesia, no teniendo esta última título alguno para intervenir sobre temas relativos a la vida y al comportamiento de los ciudadanos; la laicidad, así, comporta incluso la exclusión de los símbolos religiosos de los lugares públicos destinados al desempeño de las funciones propias de la comunidad política: oficinas, escuelas, tribunales, hospitales, cárceles, etc., como es el caso muy concreto de nuestra patria, aunque la mayoría seamos católicos y no pocos “cristianos”.
El Papa continúa diciendo que “Basándose en estas múltiples maneras de concebir la laicidad, se habla hoy de pensamiento laico, de moral laica, de ciencia laica, de política laica. En efecto, en la base de esta concepción hay una visión a-religiosa de la vida, del pensamiento y de la moral, es decir, una visión en la que no hay lugar para Dios, para un Misterio que trascienda la pura razón, para una ley moral de valor absoluto, vigente en todo tiempo y en toda situación. Solamente dándose cuenta de esto se puede medir el peso de los problemas que entraña un término como laicidad, que parece haberse convertido en el emblema fundamental de la posmodernidad, en especial de la democracia moderna.
Por tanto, todos los creyentes, y de modo especial los creyentes en Cristo, tienen el deber de contribuir a elaborar un concepto de laicidad que, por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a Cristo y a su Iglesia, el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete “la legítima autonomía de las realidades terrenas”, entendiendo con esta expresión -como afirma el concilio Vaticano II- que “las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente” .
Esta autonomía es una “exigencia legítima, que no sólo reclaman los hombres de nuestro tiempo, sino que está también de acuerdo con la voluntad del Creador, pues, por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden y leyes propias, que el hombre debe respetar reconociendo los métodos propios de cada ciencia o arte” . Por el contrario, si con la expresión “autonomía de las realidades terrenas” se quisiera entender que “las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede utilizarlas sin referirlas al Creador”, entonces la falsedad de esta opinión sería evidente para quien cree en Dios y en su presencia trascendente en el mundo creado .
Esta afirmación conciliar constituye la base doctrinal de la “sana laicidad”, la cual implica que las realidades terrenas ciertamente gozan de una autonomía efectiva de la esfera eclesiástica, pero no del orden moral. Por tanto, a la Iglesia no compete indicar cuál ordenamiento político y social se debe preferir, sino que es el pueblo quien debe decidir libremente los modos mejores y más adecuados de organizar la vida política. Toda intervención directa de la Iglesia en este campo sería una injerencia indebida.
Por otra parte, la “sana laicidad” implica que el Estado no considere la religión como un simple sentimiento individual, que se podría confinar al ámbito privado. Al contrario, la religión, al estar organizada también en estructuras visibles, como sucede con la Iglesia, se ha de reconocer como presencia comunitaria pública. Esto supone, además, que a cada confesión religiosa (con tal de que no esté en contraste con el orden moral y no sea peligrosa para el orden público) se le garantice el libre ejercicio de las actividades de culto -espirituales, culturales, educativas y caritativas- de la comunidad de los creyentes.
A la luz de estas consideraciones, ciertamente no es expresión de laicidad, sino su degeneración en laicismo, la hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular, contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas.
Tampoco es signo de sana laicidad negar a la comunidad cristiana, y a quienes la representan legítimamente, el derecho de pronunciarse sobre los problemas morales que hoy interpelan la conciencia de todos los seres humanos, en particular de los legisladores y de los juristas. En efecto, no se trata de injerencia indebida de la Iglesia en la actividad legislativa, propia y exclusiva del Estado, sino de la afirmación y de la defensa de los grandes valores que dan sentido a la vida de la persona y salvaguardan su dignidad. Estos valores, antes de ser cristianos, son humanos; por eso ante ellos no puede quedar indiferente y silenciosa la Iglesia, que tiene el deber de proclamar con firmeza la verdad sobre el hombre y sobre su destino”, expreso el Papa.
En otro mensaje de Benedicto XVI, que envió al presidente del Senado italiano, Marcello Pera: …parece legítima y provechosa una sana laicidad del Estado, en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según normas que les son propias, a las que pertenecen también esas instancias éticas que tienen su fundamento en la existencia misma del hombre. …Un Estado sanamente laico (…) tendrá que dejar lógicamente espacio en su legislación a esta dimensión fundamental del espíritu humano. Se trata, en realidad, de una “laicidad positiva”, que garantice a cada ciudadano el derecho de vivir su propia fe religiosa con auténtica libertad, incluso en el ámbito público.
Conclusiones
La práctica religiosa se expresa de manera individual y asociada, pública o privada, y es un derecho fundamental, como lo indica la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 18, así como otros pactos y acuerdos internacionales que México ha suscrito.
La Iglesia reconoce y promueve el derecho a la libertad religiosa y está en contra de “toda forma de discriminación de los derechos fundamentales de la persona” (GS 29). Para evitar el peligro de discriminación, es oportuno realizar de forma permanente una revisión sobre las características de un Estado laico garante de todos los derechos humanos. Esto pasa necesariamente por distinguir entre laicismo y laicidad del Estado y así evitar malas interpretaciones o reduccionismos que comprometen, por ejemplo, el ejercicio de la libertad religiosa.
Hoy más que nunca urge, que en México re-encontrarnos un nuevo escenario en el que no existan fáciles reduccionismos sino que prevalezca la apertura y el respeto del derecho a la libertad de conciencia, sobre todo en materia religiosa, que radica principalmente en la afirmación positiva de que la dimensión religiosa de la existencia pueda y deba manifestarse en todo ámbito de la vida privada y pública, con el único límite del derecho de terceros. Cuando un Estado promueve la libertad religiosa y, simultáneamente, se mantiene al margen de imponer cualquier forma de religiosidad o de irreligiosidad en su sociedad, se constituye como auténtico Estado laico.

miércoles, 8 de junio de 2011

Laicismo y pluralismo


III. PRINCIPIOS DE LA DOCTRINA CATÓLICA
ACERCA DEL LAICISMO Y EL PLURALISMO
Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, de la Congregación para la Doctrina de la Fe. La Nota se dirige a los Obispos de la Iglesia Católica y, de especial modo, a los políticos católicos y a todos los fieles laicos llamados a la participación en la vida pública y política en las sociedades democráticas.
Ante estas problemáticas, si bien es lícito pensar en la utilización de una pluralidad de metodologías que reflejen sensibilidades y culturas diferentes, ningún fiel puede, sin embargo, apelar al principio del pluralismo y autonomía de los laicos en política, para favorecer soluciones que comprometan o menoscaben la salvaguardia de las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad. No se trata en sí de “valores confesionales”, pues tales exigencias éticas están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural. Éstas no exigen de suyo en quien las defiende una profesión de fe cristiana, si bien la doctrina de la Iglesia las confirma y tutela siempre y en todas partes, como servicio desinteresado a la verdad sobre el hombre y el bien común de la sociedad civil. Por lo demás, no se puede negar que la política debe hacer también referencia a principios dotados de valor absoluto, precisamente porque están al servicio de la dignidad de la persona y del verdadero progreso humano.
La frecuentemente referencia a la “laicidad”, que debería guiar el compromiso de los católicos, requiere una clarificación no solamente terminológica. La promoción en conciencia del bien común de la sociedad política no tiene nada qué ver con la “confesionalidad” o la intolerancia religiosa. Para la doctrina moral católica, la laicidad, entendida como autonomía de la esfera civil y política de la esfera religiosa y eclesiástica – nunca de la esfera moral –, es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado.[23 Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. ] Juan Pablo II ha puesto varias veces en guardia contra los peligros derivados de cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política. «Son particularmente delicadas las situaciones en las que una norma específicamente religiosa se convierte o tiende a convertirse en ley del Estado, sin que se tenga en debida cuenta la distinción entre las competencias de la religión y las de la sociedad política. Identificar la ley religiosa con la civil puede, de hecho, sofocar la libertad religiosa e incluso limitar o negar otros derechos humanos inalienables».[24 JUAN PABLO II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1991: “Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada hombre”, IV, AAS 83 (1991) 410-421. ] Todos los fieles son bien conscientes de que los actos específicamente religiosos (profesión de fe, cumplimiento de actos de culto y sacramentos, doctrinas teológicas, comunicación recíproca entre las autoridades religiosas y los fieles, etc.) quedan fuera de la competencia del Estado, el cual no debe entrometerse ni para exigirlos o para impedirlos, salvo por razones de orden público. El reconocimiento de los derechos civiles y políticos, y la administración de servicios públicos no pueden ser condicionados por convicciones o prestaciones de naturaleza religiosa por parte de los ciudadanos.
Una cuestión completamente diferente es el derecho-deber que tienen los ciudadanos católicos, como todos los demás, de buscar sinceramente la verdad y promover y defender, con medios lícitos, las verdades morales sobre la vida social, la justicia, la libertad, el respeto a la vida y todos los demás derechos de la persona. El hecho de que algunas de estas verdades también sean enseñadas por la Iglesia, no disminuye la legitimidad civil y la “laicidad” del compromiso de quienes se identifican con ellas, independientemente del papel que la búsqueda racional y la confirmación procedente de la fe hayan desarrollado en la adquisición de tales convicciones. En efecto, la “laicidad” indica en primer lugar la actitud de quien respeta las verdades que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en sociedad, aunque tales verdades sean enseñadas al mismo tiempo por una religión específica, pues la verdad es una. Sería un error confundir la justa autonomía que los católicos deben asumir en política, con la reivindicación de un principio que prescinda de la enseñanza moral y social de la Iglesia.
Con su intervención en este ámbito, el Magisterio de la Iglesia no quiere ejercer un poder político ni eliminar la libertad de opinión de los católicos sobre cuestiones contingentes. Busca, en cambio –en cumplimiento de su deber– instruir e iluminar la conciencia de los fieles, sobre todo de los que están comprometidos en la vida política, para que su acción esté siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del bien común. La enseñanza social de la Iglesia no es una intromisión en el gobierno de los diferentes Países. Plantea ciertamente, en la conciencia única y unitaria de los fieles laicos, un deber moral de coherencia. «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida “espiritual”, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida “secular”, esto es, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento, arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de la acción y de la existencia. En efecto, todos los campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” de la manifestación y realización de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, situación, esfuerzo concreto –como por ejemplo la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura– constituye una ocasión providencial para un “continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad”».[25 JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59. La citación interna proviene del Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 4] Vivir y actuar políticamente en conformidad con la propia conciencia no es un acomodarse en posiciones extrañas al compromiso político o en una forma de confesionalidad, sino expresión de la aportación de los cristianos para que, a través de la política, se instaure un ordenamiento social más justo y coherente con la dignidad de la persona humana.
En las sociedades democráticas todas las propuestas son discutidas y examinadas libremente. Aquellos que, en nombre del respeto de la conciencia individual, pretendieran ver en el deber moral de los cristianos de ser coherentes con la propia conciencia un motivo para descalificarlos políticamente, negándoles la legitimidad de actuar en política de acuerdo con las propias convicciones acerca del bien común, incurrirían en una forma de laicismo intolerante. En esta perspectiva, en efecto, se quiere negar no sólo la relevancia política y cultural de la fe cristiana, sino hasta la misma posibilidad de una ética natural. Si así fuera, se abriría el camino a una anarquía moral, que no podría identificarse nunca con forma alguna de legítimo pluralismo. El abuso del más fuerte sobre el débil sería la consecuencia obvia de esta actitud. La marginalización del Cristianismo, por otra parte, no favorecería ciertamente el futuro de proyecto alguno de sociedad ni la concordia entre los pueblos, sino que pondría más bien en peligro los mismos fundamentos espirituales y culturales de la civilización.[26 Cfr. JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, en L’Osservatore Romano, 11 de enero de 2002]

lunes, 6 de junio de 2011

Séptima semana de Pascua, reflexiones del evangelio de cada día


Séptima semana
Lunes
Juan 16, 29-33
“Tengan valor, porque yo he vencido al mundo”. Nos viene muy bien recordar las palabras del Papa Juan XXII, que en 1961, con mirada profética nos decía: “La Iglesia asiste en nuestros días a una grave crisis de la humanidad, que traerá consigo profundas mutaciones. Un orden nuevo se está gestando, y la Iglesia tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas más trágicas de la historia. Porque lo que se exige hoy de la Iglesia es que infunda en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del Evangelio. La humanidad alardea de sus recientes conquistas en el campo científico y técnico, pero sufre también las consecuencias de un orden temporal que algunos han querido organizar prescindiendo de Dios. Por esto, el progreso espiritual del hombre contemporáneo no ha seguido los pasos del progreso material. De aquí surgen la indiferencia por los bienes inmortales, el afán desordenado por los placeres de la tierra, que el progreso técnico pone con tanta facilidad al alcance de todos, y, por último, un hecho completamente nuevo y desconcertante, cual es la existencia de un ateísmo militante, que ha invadido ya a muchos pueblos”.
Tengan valor es una exhortación de Jesús tan urgente para nuestros días, ante el mundo que parece que se ha decidido a vivir sin Dios, y otras veces en contra de Dios; no podemos ser indiferentes ante el mundo que nos rodea, cada uno de nosotros está llamado a poner fe en donde vive, testimoniar la esperanza en la realidades inmortales, y a perfumar con nuestra caridad los corazones que han perdido a Dios.
Tengamos fe en Jesús; seamos fuertes en la fe. La Iglesia quiere de nosotros una fe fuerte, y así la exige el compromiso de nuestra voluntad. Tengamos el valor de ejercitarla, respirarla y profesarla, no sólo interiormente para experimentar su luz y su dulzura, sino también externamente para expresarla con la palabra, con el cántico, con la conducta cotidiana.
Martes
Juan 17, 1-11
“Padre, glorifica a tu Hijo”. Existe una reciprocidad entre el Padre y el Hijo, en lo que conocen de sí mismos (cf. Jn 10, 15), en lo que son (cf. Jn 14, 10), en lo que hacen (cf. Jn 5, 19; 10, 38) y en lo que poseen: “Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío” (Jn 17, 10). Es un intercambio recíproco que encuentra su expresión plena en la gloria que Jesús obtiene del Padre en el misterio supremo de la muerte y la resurrección, después de que él mismo se la ha dado al Padre durante su vida terrena: “Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. (...) Yo te he glorificado en la tierra. (...) Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti” (Jn 17, 1.4 s).
Así, la reciprocidad entre el Padre y el Hijo llega a ser para nosotros, creyentes, el principio de una vida nueva, que nos permite participar en la misma plenitud de la vida divina: “Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios” (1 Jn 4, 15). Las criaturas viven el dinamismo de la vida trinitaria, de manera que “Toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo” (CIgC 259).
Por otra parte, Y el Apocalipsis describe así el destino escatológico de quien lucha y vence con Cristo la fuerza del mal: “Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono” (Ap 3, 21). Esta promesa de Cristo nos abre una perspectiva maravillosa de participación en su intimidad celestial con el Padre.
Miércoles
Juan 17,11b-19
Que sean uno, como nosotros. En Dios Trinidad se halla la fuente esencial de la unidad de la Iglesia. Lo indica la plegaria ‘sacerdotal’ de Cristo en el Cenáculo, que hemos escuchado: “...para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí” (Jn 17, 21-23).
Ésta es la fuente y también el modelo para la unidad de la Iglesia. En efecto, dice Jesús: que sean uno, “como nosotros somos uno”. Pero la realización de esta divina semejanza tiene lugar en el interior de la unidad de la Trinidad: “ellos en nosotros”. Y en esta unidad trinitaria permanece la Iglesia, que vive de la verdad y de la caridad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La unidad que invoca el Señor para sus discípulos es ante todo la comunión con Dios. Una comunión de existencia y no solo de sentimiento: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti”. Una comunión que es inhabitación de Dios en el hombre y asimilación del hombre a Dios. Y de esta misteriosa comunión de vida con Dios, gracias a la que hemos sido hecho partícipes de su misma naturaleza, brota la comunión entre los hijos de Dios y discípulos de Jesús. “Que sean uno... para que el mundo crea” (Jn 17, 21).
Jueves
Jn 17, 20-26
Que sean completamente uno. El deseo de Cristo es que haya perfecta unidad entre sus seguidores. Desafortunadamente, los seguidores de Jesús nos encontramos divididos. No haré referencia las divisiones al interior de la Iglesia y de las familias, que las hay, sino a las divisiones externas, divididos entre ortodoxos, anglicanos, protestantes, religiones no católicas… Sin la unidad que quiere Cristo, sus seguidores estamos incapacitados para dar testimonio satisfactorio de Él, y su división sigue siendo escándalo para el mundo, más en especial en las Iglesias jóvenes de tierras de misión.
Por esto, para que un día se llegue a la meta del deseo de Cristo, a la unidad perfecta, la Iglesia, con frecuencia nos invita a todos a la oración por la unidad. Para que un día se logre este proyecto de Jesús, tenemos necesidad de la ayuda de Dios, a quien de modo especial lo invocamos en la “Semana por la unión de los cristianos”, para que esta gran causa del restablecimiento de la unidad entre la Iglesia católica, las Iglesias separadas y las fracciones cristianas autónomas alcance el favor divino.
Hoy y ayer, la Palabra de Dios, nos hace conscientes de la llamada a mostrar una suprema fidelidad al deseo de Cristo. Pidamos todos con perseverancia al Espíritu Santo que remueva todas las divisiones de nuestra fe, que nos conceda aquella perfecta unidad en la verdad y en el amor por la que Cristo oró, por la que Cristo murió: “para reunir en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 52).
Oh Padre, concédenos la gracia de amarnos los unos a los otros a fin de que, en la unidad del Espíritu, profesemos nuestra fe viviendo en concordia y santa paz, siendo testigos del Evangelio de salvación del único Señor del cielo y de la tierra, Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Viernes
Juan 21,15-19
Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. La promesa que Jesús hace a Simón Pedro, de constituirlo piedra fundamental de su Iglesia, queda confirmada con el mandato que Cristo le confía después de su resurrección: “Apacienta mis corderos”, “Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15-17).
Las palabras: “Apacienta mis ovejas” manifiestan la intención de Jesús de asegurar el futuro de la Iglesia fundada por Él, bajo la guía de un pastor universal, o sea Pedro, al que dijo que, por su gracia, sería ‘piedra’ y tendría las “llaves del reino de los cielos”, con el poder de “atar y desatar”.
Ciertamente, Cristo, Fundador de la Iglesia, sigue siendo su Fundamento perpetuo e invisible, el Buen Pastor, la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia; pero el Sucesor de Pedro es, con un título totalmente especial, Servidor de Cristo para la edificación de la Iglesia, al asumir sus funciones de Jefe en el plano de la visibilidad.
Como pastor universal, Pedro debe actuar en el nombre de Cristo y en sintonía con él en toda la amplia área humana en la que Jesús quiso que se predicara su Evangelio y se anunciara la verdad salvífica: el mundo entero. El sucesor de Pedro en la misión de pastor universal es, pues, heredero de un oficio doctrinal, en el que está íntimamente asociado, con Pedro, a la misión de Jesús.
El sucesor de Pedro lleva a cabo su misión fundamentalmente de tres maneras: ante todo con la palabra, con sus escritos y mediante iniciativas autorizadas e institucionales de orden científico y pastoral.

Sábado. San Bernabé apóstol.
Juan 21,20-25
Éste es el discípulo que ha escrito todo esto, y su testimonio es verdadero. Este es el testimonio del discípulo amado de Jesús, el apóstol san Juan, que nos ha dejado en el cuarto evangelio; esto lo escribe al final de él como una conclusión. San Juan se presenta como un testimonio que proclama su experiencia del haber convivido, oído y compartido la vida de Jesús, y que nos ha dejado por escrito: Nosotros lo hemos contemplado y atestiguamos que el Padre envió a su Hijo al mundo para salvar al mundo (1Jn 4,14).
Esto es muy importante para nuestra vida cristiana, porque está en juego el núcleo mismo de la fe: Que Dios nos ha dado vida definitiva, y esta vida está en su Hijo (5,11). San Juan nos invita a aceptar y vivir el contenido de este libro, a tener la experiencia con el resucitado, y traducirlo con nuestra vida de todos los días. Se nos invita, como san Juan y la primera comunidad, por su Testimonio, a “venir a ver”, a caminar por donde elos caminaron y vivieron.
Esta experiencia se identifica con el Testimonio del Espíritu Santo, que da testimonio de lo que Jesús hizo y enseñó. El Espíritu de Jesús nos llevará a dar testimonio de Él, participando en la vida de Jesús; el Espíritu Santo nos hace descubrir el sentido de la vida de Jesús y y de su muerte como Testimonio del amor del Padre, y no sólo como recuerdo histórico, sino como presencia en la misma vida de la comunidad.

sábado, 4 de junio de 2011

La Ascension del Señor

Domingo de la Ascensión del Señor
Jesús los cita a sus discípulos en “un monte” de Galilea. En un monte Jesús sufrió la tentación del poder, en un monte se transfiguró, en un monte proclamó su mensaje. Dios ha querido revelarse de forma especial en la cumbre de las montañas, como un signo de su presencia.
En este monte Jesús manifiesta du poder y su divinidad. Y, con este poder, confía una misión a los discípulos y en ellos a toda la Iglesia, a cada uno de nosotros: hagan discípulos míos a todas las gentes; enséñenles “todo lo que Yo les ha mandado”. En efecto, el que anuncia y enseña la persona y la doctrina de Jesús, no enseña su doctrina, sino la persona, la vida y la persona de Jesús.
Esto es lo que Jesús pidió a sus seguidores y, hoy, nos lo sigue pidiendo a nosotros: “bautizar” y “enseñar”. Bautizar en el nombre de alguien significa establecer con él una relación personal. Por el bautismo entramos en relación personal con el Dios de Jesús, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por nuestro bautismo nos hemos hecho discípulos de Jesús. Y ser discípulos de Jesús implica, no sólo conocer la doctrina del maestro, sino vivir en una estrecha relación con Él; una relación personal y un seguimiento, que compromete toda la vida y es para siempre... En realidad, el discípulo se liga a la persona del Maestro y se compromete a compartir su proyecto de vida, a identificarse con sus palabras, sus pensamientos y sus obras.
La fiesta de la ascensión de Jesús subraya la responsabilidad de los creyentes. La palabra de Dios que hemos escuchado nos indica el verdadero camino, en el cumplimiento de nuestro deber de cristianos. Ahora comienza para la Iglesia el camino de la fe y de la madurez cristiana: caminará sola, sin la ayuda visible del Maestro. Comienza también el camino de la esperanza: “volverá”. La Iglesia espera la venida del Señor y su espera hará que se mantenga fiel. El reproche de los dos personajes: “¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo?”, viene a ser como una indicación de que la misión del cristiano está sobre la tierra; su mirada y atención será sobre las realidades humanas que él deberá transformar y cristianizar.
Es tanto la cercanía y el amor y la vida de Jesús con nosotros que promete vivir siempre entre nosotros: “Yo “estaré con ustedes hasta el fin del mundo”. En realidad, el Señor resucitado se ha ido, pero al mismo tiempo está aquí, se ha quedado con nosotros para siempre, es el Emmanuel = el “Dios con nosotros”.
Ahora Jesús no Está entre nosotros de forma visible, física, pero se ha presente de diversos modos, y esto hace que sea posible estar con cada uno y con todos: está en Iglesia, en la comunidad concreta, en los sacramentos, en la Eucaristía, en los más abandonados, en el perdón, etc. Reto nuestro es estar atentos para encontrar al Señor en todo y de tantas maneras, se acerca a todos…
La presencia de Jesús nos urge a caminar, no podemos quedarnos “ahí parados mirando al cielo”. Necesitamos ponernos a trabajar en la personal salvación y en la salvación de los hermanos; desde al trabajo, desde la propia realidad..., Jesús nos quiere testigos de su presencia. Así nos podemos preparar para ser bautizados con el Espíritu Santo”, Él es fuerza de Dios en nuestra debilidad. Esta semana es tiempo de oración y reconciliación para prepararnos a Pentecostés, a tener la experiencia de la presencia del divino Consolador, y llenarnos de serenidad, ciencia y fortaleza.
Que el próximo domingo sean todos llenos del Espíritu Santo, que los llene de luz y de verdad, de poder y de fuerza para que den testimonio de Jesús resucitado. Cuenten con mi oración para que sea en cada uno un nuevo Pentecostés; a la vez me encomiendo a su oración… Que Dios Padre, en su Hijo Jesús, por el Espíritu Santo bendiga a todos (que la Madre de la Soledad haga a todos valientes testigos del resucitado. Cada uno desde donde estemos hagamos Historia, hagamos historia de salvación).

viernes, 3 de junio de 2011

La moral y las leyes civiles


II. MORAL Y LEYES CIVILES
VER
Nuevamente el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, hace gala de un laicismo excluyente, que está lejos de ser la sana laicidad que necesitamos para construir una democracia madura e incluyente. En réplica a las declaraciones que hemos hecho contra la ley de la capital del país que ha cambiado hasta el mismo concepto de matrimonio, homologándolo con la unión de personas del mismo sexo, dándoles incluso la facultad de adoptar niños, dijo: "La moral de la Iglesia no puede ser el fundamento de una ley... Lo que no se puede hacer es imponer una moral en la ley..., pues somos un Estado laico". Y en un tono sarcástico, el senador Manlio Fabio Beltrones presume de que no le preocupan las leyes divinas, sino las humanas. ¡Y estos son quienes aspiran a gobernar a todo el país! ¡Cuidado! Al hacer leyes sin tomar en cuenta la moral, se pueden hacer leyes inmorales. En esta denuncia ha llevado la voz cantante el cardenal Norberto Rivera Carrera, pues se trata de su arquidiócesis, pero le apoyamos cien por ciento.
En términos semejantes se expresan quienes critican que ya 18 Estados hayan hecho cambios constitucionales en sus legislaciones locales, para blindar el derecho a la vida desde la concepción. Insisten en que las Iglesias debemos estar ajenas a estos procesos jurídicos, pues juzgan que es una intromisión indebida en la vida nacional. Alegan el laicismo e incluso cabildean con legisladores para que éste se haga precepto constitucional. Tienen un concepto anticuado de laicismo, que en muchos países ha sido superado. Aducen una interpretación restrictiva del artículo 130 constitucional, y no tienen en cuenta la Ley de Asociaciones y Culto Público, que en su artículo 2º. Nos garantiza el derecho de "no ser objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa por la manifestación de ideas religiosas", así como de "propagar" nuestra doctrina, en este caso sobre el matrimonio y el derecho a la vida. No estamos impidiendo que se cumplan las leyes civiles, sino que urgimos se respete nuestro derecho a proclamar nuestra fe, sin discriminación ni represión.
JUZGAR
En su discurso al Cuerpo Diplomático, acreditado ante la Santa Sede, y que aglutina a 178 países, acaba de decir el Papa Benedicto XVI: "La Iglesia está abierta a todos porque, en Dios, ella existe para los demás...La comunidad de los creyentes puede y quiere participar en promover un cambio efectivo de la mentalidad y establecer nuevos modelos de vida; pero para hacerlo es necesario que se reconozca su papel público. Lamentablemente, en ciertos países, sobre todo occidentales, se difunde en ámbitos políticos y culturales, así como en los medios de comunicación social, un sentimiento de escasa consideración y a veces de hostilidad, por no decir de menosprecio, hacia la religión, en particular la religión cristiana.
Es evidente que si se considera el relativismo como un elemento constitutivo esencial de la democracia, se corre el riesgo de concebir la laicidad sólo en términos de exclusión o, más exactamente, de rechazo de la importancia social del hecho religioso. Dicho planteamiento, sin embargo, crea confrontación y división, hiere la paz, perturba la ecología humana y, rechazando por principio actitudes diferentes a la suya, se convierte en un callejón sin salida. Es urgente, por tanto, definir una laicidad positiva, abierta, y que, fundada en una justa autonomía del orden temporal y del orden espiritual, favorezca una sana colaboración y un espíritu de responsabilidad compartida.
Uno de estos ataques proviene de leyes o proyectos que, en nombre de la lucha contra la discriminación, atentan contra el fundamento biológico de la diferencia entre los sexos. Pero la libertad no puede ser absoluta, ya que el hombre no es Dios, sino imagen de Dios, su criatura. Para el hombre, el rumbo a seguir no puede ser fijado por la arbitrariedad o el deseo, sino que debe más bien consistir en la correspondencia con la estructura querida por el Creador. La negación de Dios desfigura la libertad de la persona humana. La naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que nos precede y que viene de Dios" (11-I-2010).
ACTUAR
No pretendemos imponer una moral católica a todo un país, pero sí luchamos por que haya moral en la sociedad. Sin una moral básica, la sociedad se hunde, y lo peor es que la hundan los mismos legisladores. Hay una moral natural, es decir, la que respeta lo que la misma naturaleza implica, como es que el matrimonio sólo puede realizar se entre un hombre y una mujer; que los niños necesitan un padre y una madre, para que crezcan normales; que la vida es humana desde su inicio, en la fecundación y concepción, hasta su término natural; que todo ser humano vale como persona, independientemente de su edad, género, condición social, religión, cultura, e incluso de su tendencia sexual. Se le ha de respetar como persona, pero no se puede legalizar lo que es contra la misma naturaleza.
Esta es nuestra palabra, y respeten nuestro derecho a emitirla. Son libres de asumirla o no, pero no nos repriman.

El hombre postmoderno explsa al hombre de su casa


I. El hombre postmoderno expulsa a Dios de su casa
Duele ver cómo a la Iglesia siempre se le calla y se le echa en cara el que levante la voz. Pareciera que la libertad de expresión para los católicos, y sobre todo para la clerecía, es un sueño guajiro, porque existe un tipo de sensibilidad social que se siente amenazada y explota majaderamente cuando alguien trata de buscarle un sentido evangélico a la realidad que le rodea.
Parece que Dios ya no puede estar presente en la vida de las sociedades, porque molesta. En México se sigue luchando desde muchos frentes por hacernos creer que Estado laico es sinónimo de Estado opuesto a la Iglesia o a cualquier confesión religiosa.
Lo aprobado, aprobado está, ya no hay marcha atrás. Sin embargo, así como es verdad que una nación se rige por una Constitución, así también ya quedó claro que lo que las leyes aprueban no es lo que la sociedad en general aprueba y quiere.
No hubo ni consensos ni sondeos ni referendos. Todo se dio con pericia, pero de manera acelerada. ¿Por qué?, ¿por qué no ir a fondo, analizar las consecuencias, elaborar estudios, emitir posibles resultados? Por una simple y sencilla razón: se trata de niños, de los que no tienen voz, de los que no pelearán ni exigirán respeto, de los que tendrán que obedecer y actuar para satisfacer las necesidades de un puñado de adultos que tiempo atrás perdieron el norte.
En esta lógica materialista, un niño, para desgracia nuestra, no constituye ningún tipo de amenaza. Y quien lo quiere defender con valentía, como el Cardenal Sandoval, comienza a recibir ataques personales, en vez de recibir la oportunidad de debatir, de cuestionar y de defender la verdad.
El niño que quiere tener un hogar y que quiere ser adoptado, también tiene derecho a elegir. ¿Por qué no?
Después de este preámbulo cito algunos números de la Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, de la Congregación para la Doctrina de la Fe. La Nota se dirige a los Obispos de la Iglesia Católica y, de especial modo, a los políticos católicos y a todos los fieles laicos llamados a la participación en la vida pública y política en las sociedades democráticas.
2. La sociedad civil se encuentra hoy dentro de un complejo proceso cultural que marca el fin de una época y la incertidumbre por la nueva que emerge al horizonte. Las grandes conquistas de las que somos espectadores nos impulsan a comprobar el camino positivo que la humanidad ha realizado en el progreso y la adquisición de condiciones de vida más humanas. La mayor responsabilidad hacia Países en vías de desarrollo es ciertamente una señal de gran relieve, que muestra la creciente sensibilidad por el bien común. Junto a ello, no es posible callar, por otra parte, sobre los graves peligros hacia los que algunas tendencias culturales tratan de orientar las legislaciones y, por consiguiente, los comportamientos de las futuras generaciones.
Se puede verificar hoy un cierto relativismo cultural, que se hace evidente en la teorización y defensa del pluralismo ético, que determina la decadencia y disolución de la razón y los principios de la ley moral natural. Desafortunadamente, como consecuencia de esta tendencia, no es extraño hallar en declaraciones públicas afirmaciones según las cuales tal pluralismo ético es la condición de posibilidad de la democracia [ Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Centesimus annus, n. 46, AAS 83 (1991) 793-867; Carta Encíclica Veritatis splendor, n. 101, AAS 85 (1993) 1133-1228; Discurso al Parlamento Italiano en sesión pública conjunta, en L’Osservatore Romano, n. 5, 14-XI-2002. 12].
Ocurre así que, por una parte, los ciudadanos reivindican la más completa autonomía para sus propias preferencias morales, mientras que, por otra parte, los legisladores creen que respetan esa libertad formulando leyes que prescinden de los principios de la ética natural, limitándose a la condescendencia con ciertas orientaciones culturales o morales transitorias,[13 Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 22, AAS 87 (1995) 401-522. ] como si todas las posibles concepciones de la vida tuvieran igual valor. Al mismo tiempo, invocando engañosamente la tolerancia, se pide a una buena parte de los ciudadanos – incluidos los católicos – que renuncien a contribuir a la vida social y política de sus propios Países, según la concepción de la persona y del bien común que consideran humanamente verdadera y justa, a través de los medios lícitos que el orden jurídico democrático pone a disposición de todos los miembros de la comunidad política. La historia del siglo XX es prueba suficiente de que la razón está de la parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis relativista, según la cual no existe una norma moral, arraigada en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene que someter toda concepción del hombre, del bien común y del Estado.
3. Esta concepción relativista del pluralismo no tiene nada que ver con la legítima libertad de los ciudadanos católicos de elegir, entre las opiniones políticas compatibles con la fe y la ley moral natural, aquella que, según el propio criterio, se conforma mejor a las exigencias del bien común. La libertad política no está ni puede estar basada en la idea relativista según la cual todas las concepciones sobre el bien del hombre son igualmente verdaderas y tienen el mismo valor, sino sobre el hecho de que las actividades políticas apuntan caso por caso hacia la realización extremadamente concreta del verdadero bien humano y social en un contexto histórico, geográfico, económico, tecnológico y cultural bien determinado. La pluralidad de las orientaciones y soluciones, que deben ser en todo caso moralmente aceptables, surge precisamente de la concreción de los hechos particulares y de la diversidad de las circunstancias. No es tarea de la Iglesia formular soluciones concretas – y menos todavía soluciones únicas – para cuestiones temporales, que Dios ha dejado al juicio libre y responsable de cada uno. Sin embargo, la Iglesia tiene el derecho y el deber de pronunciar juicios morales sobre realidades temporales cuando lo exija la fe o la ley moral.[14 Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76] Si el cristiano debe «reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales»,[15 CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75. ] también está llamado a disentir de una concepción del pluralismo en clave de relativismo moral, nociva para la misma vida democrática, pues ésta tiene necesidad de fundamentos verdaderos y sólidos, esto es, de principios éticos que, por su naturaleza y papel fundacional de la vida social, no son “negociables”.
En el plano de la militancia política concreta, es importante hacer notar que el carácter contingente de algunas opciones en materia social, el hecho de que a menudo sean moralmente posibles diversas estrategias para realizar o garantizar un mismo valor sustancial de fondo, la posibilidad de interpretar de manera diferente algunos principios básicos de la teoría política, y la complejidad técnica de buena parte de los problemas políticos, explican el hecho de que generalmente pueda darse una pluralidad de partidos en los cuales puedan militar los católicos para ejercitar – particularmente por la representación parlamentaria – su derecho-deber de participar en la construcción de la vida civil de su País.[16 Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 43 y 75.]
Esta obvia constatación no puede ser confundida, sin embargo, con un indistinto pluralismo en la elección de los principios morales y los valores sustanciales a los cuales se hace referencia. La legítima pluralidad de opciones temporales mantiene íntegra la matriz de la que proviene el compromiso de los católicos en la política, que hace referencia directa a la doctrina moral y social cristiana. Sobre esta enseñanza los laicos católicos están obligados a confrontarse siempre para tener la certeza de que la propia participación en la vida política esté caracterizada por una coherente responsabilidad hacia las realidades temporales.
La Iglesia es consciente de que la vía de la democracia, aunque sin duda expresa mejor la participación directa de los ciudadanos en las opciones políticas, sólo se hace posible en la medida en que se funda sobre una recta concepción de la persona.[17 Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 25.]
Se trata de un principio sobre el que los católicos no pueden admitir componendas, pues de lo contrario se menoscabaría el testimonio de la fe cristiana en el mundo y la unidad y coherencia interior de los mismos fieles. La estructura democrática sobre la cual un Estado moderno pretende construirse sería sumamente frágil si no pusiera como fundamento propio la centralidad de la persona. El respeto de la persona es, por lo demás, lo que hace posible la participación democrática. Como enseña el Concilio Vaticano II, la tutela «de los derechos de la persona es condición necesaria para que los ciudadanos, como individuos o como miembros de asociaciones, puedan participar activamente en la vida y en el gobierno de la cosa pública» [18 CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 73.].

lunes, 30 de mayo de 2011

Sexta semana de pascua. Reflexiones del evangelio de cada día


Sexta semana
Lunes (Jn 15, 26-16, 4)
El Espíritu de la verdad dará testimonio de mí. Notemos que Jesús llama al Paráclito el “Espíritu de la verdad”. Notemos que Jesús también dijo de sí mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). De esta doble referencia a la verdad que Jesús hace para definir tanto a Sí mismo como al Espíritu Santo se deduce que, si el Paráclito es llamado por Él “Espíritu de la verdad”, esto significa que el Espíritu Santo es quien después de la partida de Cristo, mantendrá entre los discípulos la misma verdad, que Él ha anunciado y revelado y, más aún, que es Él mismo.
El Paráclito, en efecto, es la verdad, como lo es Cristo. Lo dirá san Juan en su Primera Carta: “El Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad” (1 Jn 5, 6). En la misma Carta el Apóstol escribe también: “Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error” (1 Jn 4, 6).
La misión del Hijo y la del Espíritu Santo se encuentran, están ligadas y se complementan recíprocamente en la afirmación de la verdad y en la victoria sobre el error. Los campos de acción en que actúa son el espíritu humano y la historia del mundo. La distinción entre la verdad y error es el primer momento de dicha actuación.
Gracias a la acción del Espíritu Santo, la Iglesia no sólo recuerda la verdad, sino que permanece y vive en la verdad recibida de su Señor. También de este modo se cumplen las palabras de Cristo: “Él (el Espíritu Santo) dará testimonio de mí” (Jn 15, 26). El Espíritu Santo conduce a la Iglesia hacia un constante progreso en la comprensión de la verdad revelada. Vela por la enseñanza de dicha verdad, por su conservación, por su aplicación a las cambiantes situaciones históricas.
Así el “Paráclito”, el Espíritu de la verdad, es el verdadero “Consolador” del hombre; es el verdadero Defensor y Abogado; es el verdadero Garante del Evangelio en la historia: bajo su acción la Buena Nueva es siempre “la misma” y es siempre “nueva”; y de modo siempre nuevo ilumina el camino del hombre en la perspectiva del cielo con “palabras de vida eterna” (Jn 6, 68).
Martes. Visitación de la santísima Virgen María (Lc 1, 39-56)
¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga verme? Concluimos el mes de mayo, mes de María. Celebramos hoy la fiesta de la Visitación de la santísima Virgen. Todo esto nos invita a dirigir con confianza la mirada a María. En esta fiesta de la Visitación la liturgia nos hace escuchar de nuevo el pasaje del evangelio de san Lucas que relata el viaje de María desde Nazaret hasta la casa de su anciana prima Isabel.
María se encontró con un gran misterio encerrado en su seno; sabía que había acontecido algo extraordinariamente único, y decide compartirlo con su parienta Isabel. Impulsada por el misterio de amor que acaba de acoger en sí misma, se pone en camino y va ‘aprisa’ a prestarle su ayuda, que también estaba esperando un hijo, Juan. He aquí la grandeza sencilla y sublime de María.
La luz interior del Espíritu Santo envuelve sus personas. E Isabel, iluminada por el Espíritu, exclama: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1, 42-45).
Tengamos los mismos sentimientos de alabanza y de acción de gracias de María hacia el Señor, su fe y su esperanza, su dócil abandono en manos de la divina Providencia. Imitemos su ejemplo de disponibilidad y generosidad para servir a los hermanos.
Miércoles
Juan 16,12-15
“El Espíritu de la verdad los guiará hasta la verdad plena”. Ahora nos centramos en la misión del Espíritu Santo, que Jesús señala cuando dice: “Los guiará hasta la verdad plena; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. El me dará gloria. Porque recibirá de lo mío y se los anunciará” (Jn 16, 13-14). Así pues el Espíritu no traerá una nueva revelación, sino que guiará a los fieles hacia una interiorización y hacia una penetración más profunda en la verdad revelada por Jesús.
El Espíritu de la verdad ilumina al espíritu humano, como afirma san Pablo: “Todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Co 12, 13). Su presencia crea una conciencia y una certeza nuevas con respecto a la verdad revelada, permitiendo participar así en el conocimiento de Dios mismo. De ese modo, el Espíritu Santo revela a los hombres a Cristo crucificado y resucitado, y les indica el camino para llegar a ser cada vez más semejantes a él.
Con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés comienzan todas las maravillas de Dios, tanto en la vida de las personas como en la de toda la comunidad eclesial. La Iglesia, que surgió el día de la venida del Espíritu Santo, en realidad nace continuamente por obra del mismo Espíritu en numerosos lugares del mundo, en muchos corazones humanos y en las diversas culturas y naciones.
El Espíritu Santo sigue realizando, también hoy, las maravillas de la salvación, inauguradas el día de Pentecostés: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.
Jueves
Juan 16, 16-20
“Su tristeza se transformará en alegría”. San Pablo afirma en diversas ocasiones que “el fruto del Espíritu es alegría” (Ga 5, 22), como lo son el amor y la paz. Está claro que el Apóstol habla de la alegría verdadera, esa que colma el corazón humano, no de una alegría superficial y transitoria, como es a menudo la alegría mundana.
Si el cristiano “entristece” al Espíritu santo, que vive en el alma, ciertamente no puede esperar poseer la alegría verdadera, que proviene de él: “Fruto del Espíritu es amor, alegría, paz...” (Ga 5, 22). Sólo el Espíritu Santo da la alegría profunda, plena, duradera, a la que aspira todo corazón humano. El hombre es un ser hecho para la alegría, no para la tristeza. La alegría verdadera es don del Espíritu Santo.
La alegría está vinculada a la caridad (cf. Ga 5, 22). No puede ser, por tanto, una experiencia egoísta, fruto de un amor desordenado. La alegría verdadera incluye la justicia del reino de Dios, del que san Pablo dice que es “justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17).
Santo Tomás dice que “la tristeza como mal y vicio es causada por el amor desordenado hacia sí mismo, que (...) es la raíz general de los vicios” (II-II, q. 28, a. 4, ad 1; cf. I-II, q. 72, a. 4). El pecado es fuente de tristeza, sobre todo porque es una desviación y casi una separación del alma del justo en orden a Dios, que da consistencia a la vida. El Espíritu Santo, que obra en el hombre la nueva justicia en la caridad, elimina la tristeza y da la alegría. Pidamos al Espíritu Santo que encienda cada vez más en nosotros el deseo de los bienes celestiales y que un día gocemos de su plenitud: “Danos virtud y premio, danos una muerte santa, danos la alegría eterna”.

Viernes
Juan 16, 20-23
“Nadie podrá quitarles su alegría”. Esto si permanecemos unidos a Jesús en el Espíritu Santo, a ejemplo de María, y unidos entre nosotros con el vínculo misterioso que instauran la fe, esperanza y la caridad cristianas.
La alegría, que brota de la gracia divina no es superficial y efímera. Es una alegría profunda, enraizada en el corazón y capaz de impregnar toda la existencia del creyente. Se trata de una alegría que puede convivir con las dificultades, con las pruebas e incluso, aunque pueda parecer paradójico, con el dolor y la muerte. Es la alegría de la Navidad y de la Pascua, don del Hijo de Dios encarnado, muerto y resucitado; una alegría que nadie puede quitar a cuantos están unidos a él en la fe y en las obras (cf. Jn 16, 22-23).
Aquí se halla la fuente y el secreto de la alegría cristiana, que nadie puede quitar a los amigos del Señor, según su promesa (cf. Jn 16, 22). Todos estamos invitados a acoger en nuestra vida esta alegría, que recibimos a diario en la Eucaristía, en la que se renueva el misterio pascual: el sacrificio de Cristo se hace presente en la Eucaristía, de forma sacramental, mística, con su coronamiento en el misterio de la resurrección. La vida de la gracia, que llevamos dentro de nosotros mismos, es la vida de Cristo resucitado. Por consiguiente, con la gracia reina en nuestro interior una alegría que nada nos puede arrebatar, de acuerdo con la promesa de Cristo a sus discípulos: “Se alegrará su corazón y su alegría nadie s las podrá quitar” (Jn 16, 22).
Sábado
Juan 16, 23b-28
“El Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado y han creído que salí del Padre”. Desde el aposento de nuestro ser, todo hombre y mujer, para realizarse como tal y llegar a la plenitud de su vida, debe escuchar con gratitud y admiración la sorprendente revelación de Jesús: “El Padre los ama” (cf. Jn 16, 27). Así es hermanos, Dios nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 19), acojamos su amor. Permanezcamos firmes en esta certeza, la única capaz de dar sentido, fuerza y alegría a la vida: su amor nunca se apartará de nosotros y su alianza de paz nunca fallará (cf. Is 54, 10). Ha tatuado nuestro nombre en las palmas de sus manos (cf. Is 49, 16).
Gracias a su obra, la misma relación amorosa que existe en el seno de la Trinidad se repite en la relación del Padre con la humanidad redimida: “El Padre los ama”. ¿Cómo podría comprenderse este misterio de amor sin la acción del Espíritu Santo, derramado por el Padre sobre los discípulos gracias a la oración de Jesús? (cf. Jn 14, 16). La encarnación del Verbo eterno en el tiempo y el nacimiento para la eternidad de cuantos se incorporan a él mediante el bautismo no podrían concebirse sin la acción vivificante de ese mismo Espíritu.
Dios ama al mundo. Y a pesar de todos sus rechazos, seguirá amándolo hasta el fin. “El Padre los ama” desde siempre y para siempre: ésta es la novedad inaudita, “el simplicísimo y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del hombre” (CL 34). Aunque el Hijo nos hubiera dicho únicamente estas palabras, nos habría bastado. “¡Qué gran amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios! Y lo somos” (1 Jn 3, 1). No somos huérfanos; el amor es posible. Porque, como sabemos muy bien, nadie puede amar si no se siente amado.
“El Padre los ama”. Este anuncio asombroso se deposita en el corazón de todo creyente que, como el discípulo amado por Jesús, reclina su cabeza en el pecho del Maestro y recoge sus confidencias: “El que me ama será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14, 21), porque “ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3).

domingo, 29 de mayo de 2011

Homilia del sexto domingo de pascua sobre la segunda lectura


SEXTO DOMINGO DE PASCUA/A
Dar razón de nuestra esperanza
La segunda lectura de la primera carta de san Pedro, nos dice: “Glorifiquen en su corazón a Cristo Señor y estén siempre prontos para dar razón de su esperanza a todo el que se las pida” (1 P 3, 15). Esto es una invitación que nos hace el Espíritu Santo a una relación personal de amor con Cristo, amor primero y más grande, único y totalizador, dentro del cual vivir, purificar, iluminar y santificar todas nuestras relaciones.
Nuestra esperanza en Cristo, que murió en su cuerpo y resucitó glorificado, está vinculada a esta ‘glorificación’, a este amor a Cristo, que por el Espíritu, habita en nosotros. Nuestra esperanza, su esperanza, es Dios, en Jesús y en el Espíritu. Esta esperanza es de apertura a la fe y al encuentro con Dios para cuantos se acerquen a nosotros buscando la verdad; esperanza de paz y de consuelo para los que sufren y para los heridos por la vida.
Nuestra esperanza se manifiesta en el compromiso común, a través de la oración y la activa coherencia de vida, con vistas al establecimiento del reino de Dios. Para nosotros, los cristianos, sigue siendo válida la exhortación de san Pedro a dar razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15). Un poeta francés escribió: “Esperar es lo más difícil (...). Lo fácil, la gran tentación, es desesperarse” (Charles Peguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud, ed. Pléyade, p. 538). Pero para nosotros, los cristianos, nos reconforta y nos anima el saber que El Espíritu es el “custodio de la esperanza en el corazón humano” (“Dominum et Vivificantem”, 67), por esto sigue siendo válida la exhortación de san Pedro a dar razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15).
La esperanza en la que el Espíritu Santo sostiene a los creyentes es sobre todo la esperanza de la salvación: esperanza en el Cielo, esperanza en la perfecta comunión con Dios. Esta esperanza es, como afirma la Carta a los Hebreos, “un ancla para el alma, sólida y firme, que penetra más allá del velo, allá donde Jesús entró por nosotros como precursor” (Heb 6,19-20). Sí, además, Jesucristo es el centro de nuestra vida, raíz de nuestra fe, razón de nuestra esperanza y manantial de nuestra caridad.
En efecto, El Resucitado vuelve a nosotros con la plenitud de la alegría y con una sobreabundante riqueza de vida. La esperanza se convierte en certeza, porque, si él ha vencido a la muerte, también nosotros podemos esperar triunfar un día en la plenitud de los tiempos, contemplando de modo definitivo a Dios.
Que la virgen de la esperanza nos lleve hacia su Hijo, que murió y resucitó para nuestra salvación, pues, Jesús vino a ofrecernos su Palabra como lámpara que guía nuestros pasos; viene a ofrecerse a sí mismo; y en nuestra existencia cotidiana debemos saber dar razón de él, nuestra esperanza cierta, conscientes de que “el misterio del hombre sólo se esclarece verdaderamente en el misterio del Verbo encarnado”, (Gaudium et spes, 22), y resucitado para nuestra salvación.

jueves, 26 de mayo de 2011

¿Derechos sólo para pocos? el derecho y la justicia


¿DERECHOS SOLO PARA POCOS?
¿Tiene el derecho algo que ver con la justicia?
En este articulo, no se pretende halar del derecho a la vida, que tiene el ser humano, desde su concepción a la muerte natural: aquí los legisladores adornan a las madres con todos sus derechos a tener o no tener a un hijo, olvidando los derechos de aquellos nuevos seres que no saben por qué no los quieren, que no tienen voz, que no pueden exigir sus derechos ni defenderse. Tampoco queremos abordar el tema de los derechos dados a aquellos, que se han puesto por encima de los derechos de Dios, que no quieren a Dios, y que han decidido resolver su vida al margen de Dios.
No buscamos, pues tocar las grandes cuestiones relativas al derecho a la vida de todo ser humano desde la concepción hasta la muerte, el empeño en la promoción de la familia según el designio originario de Dios, sino a la necesidad urgente, que ya sienten todos, de tutelar el ambiente en el que vivimos. Sobre todo en este campo, que concierne a los derechos fundamentales de la convivencia humana.
En todo sociedad, para la armonía de la convivencia se requieren normas, pocas, pero las suficientes, para vivir y dejar vivir. Claro que en este artículo, lejos de estar en contra, estamos a favor del diálogo entre la autoridad municipal y la sociedad, que les ha concedido la oportunidad de servir al bien de todos.
Junto con el sano esparcimiento personal y colectivo, exigimos los vecinos que se garantizará también la tutela del ambiente, ambos ordenados hacia la paz interior de las familias, sobre todo en ciertas horas de la noche o en ciertos momentos en que se oficia el culto en los templos.
El radicalismo de los desafíos que plantean hoy a la humanidad, por una parte, el progreso de la ciencia y de la tecnología y, por otra, los procesos de laicización de la sociedad, exige un esfuerzo intenso de profundización de la reflexión sobre el hombre y sobre su ser en el mundo y en la historia. Es necesario dar prueba de una gran capacidad de diálogo, de escucha y de propuesta, con vistas a la formación de las conciencias. Sin una cultura que promueva los valores fundamentales de cada persona, no puede existir una sociedad sana ni la garantía de paz y justicia.
La igualdad de oportunidades es una forma de justicia social que propugna que un sistema es socialmente justo cuando todas las personas potencialmente tienen básicamente las mismas posibilidades de acceder al bienestar social y poseen los mismos derechos políticos y civiles.
Sin embargo, pareciera que algunas autoridades o desconocen o no lo han sabido aplicar o sencillamente no quieren meterse en temas que les resten desgaste político o quizá simplemente no tiene aptitudes para ser buenos representantes del pueblo que reclama el bien común. En nuestro entorno se ve que no se toma en cuenta la relación justicia-derecho, por ejemplo:
1) la justicia distributiva que regula la participación de los diferentes individuos en los bienes de que dispone el conjunto de la sociedad;
2) la justicia conmutativa, que regula las relaciones entre los mismos individuos o las instituciones particulares, y
3) la justicia legal, que regula las relaciones de los individuos con la sociedad, de manera que el individuo queda subordinado al bien común.
Después de estas premisas denunciamos, que:
1) en el centro histórico de Irapuato los de algunas iglesias tienen derecho a pregonar su doctrina a voz en cuello en las plazas, pero lo que están en su entorno, tienen qué soportarlos, aunque no les guste, porque dicen que son mexicanos y que es un lugar público, pero entonces ¿donde están las reglas de respeto y legalidad, necesarias para la convivencia?
2) Sólo unos tienen derechos y los demás; o en este mismo orden de cosas, los no católicos tienen derecho a estar pregonando a todo volumen sus oraciones y sus doctrinas desde las 6 de la mañana, mientras en sus hogares los vecinos descansan un poco más, antes de levantarse para ir a sus ocupaciones diarias. ¿A esto se le puede llamar respeto ajeno entre los individuos como entre los ciudadanos?
3) Desde la nueve de la mañana a todo volumen hay música por parte de la presidencia para hacer ejercicios físicos. Dicen es que es parte del programa de…, bueno y ¿los vecinos no tienen derecho al silencio y estar en santa paz, o dormir un poco más el domingo?
4) El famoso danzón que va desde las 6 de la tarde hasta a las 11 de la noche, y esto como es costumbre a todo volumen, con un alcance a decenas de cuadras a la redonda, ¿Qué los vecinos no tienen derecho a su privacidad, invadida por los ruidos todo el día?, ¿No tienen derecho a descansar, para ir al trabajo el día siguiente?
5) A todo esto podemos añadir que con todo este ruido se contaminan nuestros templos, y se celebran los misterios de nuestra fe entre y el ruido y los gritos de todos.
De todo esto aclaro, que no es tema personal, sino que soy portador de un gran contingente de vecinos que ya están hartos de tanta contaminación ambiental, y que hacen o apoyan nuestras las autoridades municipales. Nada. Al pueblo “pan y circo”, como en la costumbre romana, y con esto el pueblo está tranquilo y satisfecho…
Es que tienen derecho, se dice. Pero acaso, ¿los derechos son para todos o para unos cuantos? Todos los actores anteriores exigen derechos para divertirse o atraer prosélitos. ¿Pero, los que qué tenemos que soportarlos, semana a semana, no tenemos derechos?
Parece ser que se desconoce la dimensión pública de la justicia, que está en íntima relación con la dimensión privada, y se desconoce la fundamental igualdad de todos los hombres y la necesidad de llegar a una condición de vida más humana y más justa. En efecto, todos sabemos y intuimos que las instituciones humanas, privadas o públicas, han de esforzarse por ponerse al servicio de la dignidad y del fin del hombre; que han de luchar con energía contra cualquier esclavitud social o política y que se han de respetar, bajo cualquier régimen político, los derechos fundamentales del hombre. Más aún, estas instituciones deben ir respondiendo cada vez más a las realidades espirituales, que son las más profundas de todas, aunque lamentablemente, es necesario todavía largo plazo de tiempo para llegar al final deseado. Es un texto básico para renovar la práctica de la justicia dentro de toda comunidad, particularmente en los llamados países en vías de desarrollo.
Tanto en las sociedades como en las comunidades existen normas y reglas que facilitan la convivencia, de no ser así, la vida entre varias personas con distintas características, intereses, ideas, etc., es difícil de llevar, especialmente cuando se debe respetar los derechos y deberes que cada uno tiene por igual.
Al vivir en sociedad, se hace indispensable un orden, un mecanismo que regule la conducta de las personas, de tal manera que se respeten los derechos y las libertades de todos por igual; con ello surgen las normas, que en el caso que nos ocupa, si las hay pedimos que se apliquen en vistas a una convivencia pacífica, de forma que todos vivaos y dejemos vivir.
No me cuesta comprender la necesidad de tales esparcimientos, pero no a costa de los derechos del prójimo. Porque los derechos tienen límites, condicionados por los derechos del otro. Aquí está el tema del asunto: sólo para unos derechos y para otros sólo discriminación. Parece que hoy día se empeña el mundo por proclamar los derechos de las minorías, en contra de las mayorías.
Reitero, que esto no es sólo el sentir y el pensar del que suscribe, sino de la mayoría de los vecinos del área, que incluso están dispuestos a manifestarse anexando sus firmas a este artículo. Pero esto no sería necesario en la medida en que la autoridad aplica las reglas de convivencia, para logar la armonía y la paz de todos.
Si no, que la autoridad venga y pernocte en las áreas de mayor ruido, o que esté en una ceremonia religiosa, por ejemplo, si se le cosa un hijo, teniendo la música enfrente o a un constado del Templo, y entonces quizá verían que es muy desagradable, realizar los grandes acontecimientos de la vida familiar en tales condiciones.
Cuando tu estés my cansado con ganas de dormir o simplemente de descansar, y el vecino ponga a todo volumen su alta voz, o tengas un enfermo en casa, podrías, quizá comprender mejor la razón de este artículo.
Para finalizar, podemos traer aquí las palabras de Benito Juáres: “Mexicanos: encaminemos ahora todos nuestros esfuerzos a obtener y a consolidar los beneficios de la paz. Bajo sus auspicios, será eficaz la protección de las leyes y de las autoridades para los derechos de todos los habitantes de la República. Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz” (Benito Juárez, 15 de julio de 1867).
Vivimos en una sociedad donde cada uno sabe que tiene unos “derechos” por los cuales de vez en cuando se entra en discusión con los demás. Para convivir los unos con los otros sin problemas debemos respetar esos derechos y por ello es necesario el Derecho ya que sin él podíamos entrar en un caos.
Por consiguiente, la convivencia social consiste en el respeto mutuo entre las personas, las cosas y el medio en el cual vivimos y desarrollamos nuestra actividad diaria. Decimos de la importancia de las leyes por que éstas regulan y garantizan el cumplimiento de esa convivencia social.