lunes, 27 de junio de 2011

Reflexiones del evangelio de cada día. Décima tercera semana del tiempo ordinario (I)


Semana décima tercera
Lunes
Mateo 8, 18-22
Sígueme. Jesús llama a seguirle personalmente. Esa palabra manifiesta la iniciativa de Jesús. Con anterioridad, quienes deseaban seguir la enseñanza de un maestro, elegían a la persona de la que querían convertirse en discípulos. Por el contrario, Jesús, con esa palabra: ‘Sígueme’, muestra que es él quien elige a los que quiere tener como compañeros y discípulos. En efecto, más tarde dirá a los Apóstoles: “No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes” (Jn 15, 16).
Podemos decir que esta llamada está en el centro mismo del Evangelio. Por una parte Jesús lanza esta llamada; hemos oído en el texto del evangelio de hoy que varios hombres lo siguen: “Un discípulo le dijo: Señor, permíteme ir primero a sepultar a mi padre; pero Jesús le respondió: Sígueme y deja a los muertos sepultar a sus muertos” (Mt 8, 21-22): forma drástica de decir: déjalo todo inmediatamente por Mí.
Seguir a Jesús significa muchas veces no sólo dejar las ocupaciones y romper los lazos que hay en el mundo, sino también distanciarse de la agitación en que se encuentra e incluso dar los propios bienes a los pobres. No todos son capaces de hacer ese desgarrón radical: no lo fue el joven rico, a pesar de que desde niño había observado la ley y quizá había buscado seriamente un camino de perfección, pero “al oír esto (es decir, la invitación de Jesús), se fue triste, porque tenía muchos bienes” (Mt 19, 22; Mc 10, 22).
“¡Ven y sígueme!”. He aquí la vocación cristiana que surge de una propuesta de amor del Señor, y que sólo puede realizarse gracias a una respuesta nuestra de amor. Jesús invita a sus discípulos a la entrega total de su vida, sin cálculo ni interés humano, con una confianza sin reservas en Dios. Los santos aceptan esta exigente invitación y emprenden, con humilde docilidad, el seguimiento de Cristo crucificado y resucitado.
Martes (Mateo 8, 23-27)
Dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. Jesús invita a sus discípulos a tener seguridad y confianza cuando la tempestad amenaza su barca. San Agustín comenta el episodio de la tempestad calmada insistiendo en la confianza que nos proporciona la presencia de Cristo en medio de nuestras dudas y dificultades. “Los discípulos -afirma en uno de sus sermones (LXXV)- se habían turbado al verlo sobre el mar y pensaban que era un fantasma. Pero al subir él a la barca, quitó la fluctuación mental de sus corazones, pues peligraban en la mente por las dudas más que en el cuerpo por las olas. (...) Pero mayor (que el viento) es que intercede por nosotros, porque en esa fluctuación en que nos debatimos nos da confianza, viniendo a nosotros y confortándonos”.
Cristo, además de infundir confianza en sus discípulos, también confirma su fe. La fe en Cristo y la esperanza de la que él es maestro permiten al hombre alcanzar la victoria sobre sí mismo, sobre todo lo que hay en él de débil y pecaminoso, y al mismo tiempo esta fe y esta esperanza lo llevan a la victoria sobre el mal y sobre los efectos del pecado en el mundo que lo rodea.
Cristo libró a los discípulos del miedo que se había apoderado de ellos ante el mar en tempestad. Cristo también nos ayuda a nosotros a superar los momentos difíciles de la vida, si nos dirigimos a él con fe y esperanza para pedirle ayuda. Una fe fuerte, de la que brota una esperanza ilimitada, virtud tan necesaria hoy, libra al hombre del miedo y le da la fuerza espiritual para resistir a todas las tempestades de la vida. ¡No tengamos miedo de Cristo! Sólo él “tiene palabras de vida eterna”. Cristo no defrauda jamás.
Miércoles: Solemnidad de san Pedro y san Pablo
Mateo 16, 13-19
Tú eres Pedro y yo te daré las llaves del Reino de los cielos. La Iglesia celebra hoy la memoria de los santos apóstoles Pedro y Pablo: La ‘Piedra’ y el ‘instrumento elegido’. Ellos acogieron a Jesús con todo el corazón, dieron testimonio de Él con toda la vida y con la muerte. San Pablo fue decapitado en Roma, muy probablemente el mismo día que San Pedro fue crucificado.
En estos apóstoles, Pedro y Pablo, Dios ha querido dar a su Iglesia un motivo de alegría: Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo, el maestro insigne que la interpretó; aquél fundo la primitiva Iglesia con el resto de Israel, éste la extendió a todas las gentes. De esta forma, por caminos diversos, los dos congregaron la única Iglesia de Cristo, y a los dos, coronados por el martirio, en Roma. En uno y en otro Dios ha concedido a la Iglesia el fundamento para confesar y mantenernos en la fe que justifica y salva: la fe en Cristo Jesús, Señor nuestro.
El texto evangélico que acabamos de proclamar, es un episodio altamente significativo: el Apóstol Pedro es el depositario de las llaves de un tesoro inestimable: el tesoro de la redención. En efecto, Pedro es constituido intermediario indispensable para el acceso normal al Reino de los Cielos; es el depositario de las llaves del tesoro de la redención, tesoro que trasciende la dimensión temporal. Éste es el tesoro de la vida divina, de la vida eterna.
Quien posee las llaves tiene la facultad y la responsabilidad de cerrar y abrir. Jesús habilita a Pedro y a los Apóstoles para que dispensen la gracia de la remisión de los pecados y abran definitivamente las puertas del reino de los cielos.
Los pueblos que no pertenecen a la misma sangre de Israel, han sido engendrados a la fe, la fe que justifica y salva, por medio de la predicación del que ha sido llamado a ser apóstol de los gentiles, Pablo de Tarso. A partir de su encuentro con el Resucitado, su vida no la entiende él y no se entiende sino es en Cristo y con Él: “Para mí la vida es Cristo”, dirá. “No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. “No quiero saber otra cosa que a Cristo y este crucificado”. “No me glorío, si no es en la Cruz de Jesucristo”. “Yo no me hecho atrás en el anuncio del Evangelio porque él es fuerza de salvación para todo el que cree”. Su vida desde aquel encuentro, que renueva y transforma, que hace nacer de nuevo y ser una nueva criatura, no tendrá otra razón de ser que dar a conocer el amor de Dios manifestado y entregado en Jesucristo, del que nada ni nadie nos puede apartar, como testifica san Pablo mismo en toda su vida y en toda su empresa apostólica.
Aquí, precisamente, en lo que recibimos de Pedro y de Pablo, está nuestra identidad, aquí está lo que somos. Lo que cuenta es poner en el centro de la propia vida a Jesucristo. Nuestra identidad de hombres y de cristianos queda marcada por el encuentro con Jesucristo, de ahí, de Él, brota nuestra vida: de la comunión con Cristo, con su vida y con su palabra. No tenemos a otro que a Cristo que dé sentido a nuestro vivir, que llene de luz y de verdad y de amor que a Jesucristo. No tenemos a otro en quien encontremos la salvación, si no es Cristo.

Jueves
Mateo 9, 1-8
La gente glorificó a Dios, que había dado tanto poder a los hombres. El de Jesús, es un poder único y eterno. “Signos” de la omnipotencia divina y del poder salvífico del Hijo del hombre, son los milagros de Cristo, narrados en los Evangelios, son también la revelación del amor de Dios hacia el hombre, particularmente hacia el hombre que sufre, que tiene necesidad, que implora la curación, el perdón, la piedad. Son, pues, “signos” del poder y del amor misericordioso.
Por tanto, el gran poder que Dios ha dado a los hombres, al que se refiere el evangelio, es al que Jesús alude, cuando afirma: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 18). El reino de Cristo “no es de este mundo” (Jn 18, 36). Su reino no es el despliegue de fuerza, de riqueza y de conquista que parece forjar nuestra historia humana. Al contrario, se trata del poder de vencer al maligno, de la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte. Es el poder de curar las heridas que deforman la imagen del Creador en sus criaturas. El poder de Cristo es un poder que transforma nuestra débil naturaleza y nos hace capaces, mediante la gracia del Espíritu Santo, de vivir en paz los unos con los otros y en comunión con Dios. “A todos los que lo acogieron, a los que creyeron en su nombre, les dio poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12).
Pero también este poder, Jesús lo comparte con sus discípulos y apóstoles; lo vemos cuando “Designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar demonios” (Mc 3, 14-15). En medio de los Doce, Simón Pedro se convierte en destinatario de un poder especial en orden al reino: “Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te dará las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra quedará atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 18-19).
El Señor quiere que sus discípulos tengan un poder inmenso: quiere que sus pobres servidores cumplan en su nombre todo lo que había hecho cuando estaba en la tierra (San Ambrosio, poenit. 1, 34).

Viernes: Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
Mateo 11, 25-30
Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón. Hoy toda la Iglesia medita y venera de modo especial el inefable amor de Dios, que encontró su expresión humana en el Corazón del Salvador, traspasado por la lanza del centurión. En esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús la Iglesia presenta a nuestra contemplación el misterio del corazón de un Dios que se conmueve y derrama todo su amor sobre la humanidad. En efecto, el Corazón de Cristo el amor de Dios salió al encuentro de la humanidad entera.
En el Corazón de Jesús se expresa el núcleo esencial del cristianismo; en Cristo se nos revela y entrega toda la novedad revolucionaria del Evangelio: el Amor que nos salva y nos hace vivir ya en la eternidad de Dios. El evangelista san Juan escribe: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Su Corazón divino llama entonces a nuestro corazón; nos invita a salir de nosotros mismos y a abandonar nuestras seguridades humanas para fiarnos de él y, siguiendo su ejemplo, a hacer de nosotros mismos un don de amor sin reservas.
El Corazón de Cristo crucificado y resucitado es la fuente inagotable de gracia donde todo hombre puede encontrar siempre, y particularmente durante este año especial del gran jubileo, amor, verdad y misericordia.
El Papa León XIII escribió, que en el Corazón de Jesús “es preciso depositar toda esperanza. En él hay que buscar y de él esperar la salvación de todos los hombres” (Annum sacrum, 6). Corazón de Jesús, Hijo del Padre eterno; Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre; Corazón de Jesús, unido sustancialmente al Verbo de Dios; Corazón de Jesús, en quien residen todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, ¡ten piedad de nosotros!
Sábado: Fiesta del inmaculado Corazón de María
Lucas 2,41-51
Conservaba todo esto en su corazón. Ayer celebramos la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, hoy la del inmaculado Corazón de María. La Iglesia celebra las dos fiestas en días consecutivos para manifestar que estos dos corazones son inseparables. María siempre nos lleva a Jesús. Veneramos el corazón que guarda todas las cosas de Dios en su Corazón y que nos ayuda a sanar y consagrar a Dios nuestro propio corazón.
Después de su entrada a los cielos, el Corazón de María sigue ejerciendo a favor nuestro su amorosa intercesión. El amor de su corazón se dirige primero a Dios y a su Hijo Jesús, pero se extiende también con solicitud maternal sobre todo el género humano que Jesús le confió al morir; y así la veneramos por la santidad de su Inmaculado Corazón y le solicitamos su ayuda maternal en nuestro camino a su Hijo.
Venerar el Inmaculado Corazón de María es venerar a la mujer que está llena del Espíritu Santo, llena de gracia, y siempre pura para Dios. Su corazón femenino siempre está lleno de amor por sus hijos.
Por tanto, entreguémonos al Corazón de María diciéndole: "¡Llévanos a Jesús de tu mano! ¡Llévanos, Reina y Madre, hasta las profundidades de su Corazón adorable! ¡Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros!

sábado, 25 de junio de 2011

Homilia XIII Domingo Ordinario/A Segunda lectura


XIII Domingo Ordinario/A
El Bautismo nos sepultó con Cristo para llevemos una vida nueva
San Pablo en la segunda lectura subraya con mucha fuerza la transformación que lleva a cabo en el hombre la gracia bautismal: “Por el bautismo, escribe, fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos (...), así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). El bautismo es como un nuevo nacimiento, como un injerto. Existe una real y profunda comunión de vida con Jesús real: el que ha muerto y ha resucitado. En efecto, por el sacramento del bautismo, "el hombre se incorpora realmente a Cristo crucificado y glorioso y se regenera para el consorcio de la vida divina... Además, el bautismo, constituye un poderoso vínculo sacramental de unidad entre todos los que con él se han regenerado” (UR 22).
El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu ("vitae spiritualis ianua") y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión (cf Cc. de Florencia: DS 1314; CIC, can 204,1; 849; CCEO 675,1).
El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios...lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios (S. Gregorio Nacianceno, Or. 40,3-4).
En todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo. Por eso, la Iglesia celebra cada año en la noche pascual la renovación de las promesas del Bautismo. La preparación al Bautismo sólo conduce al umbral de la vida nueva. El Bautismo es la fuente de la vida nueva en Cristo, de la cual brota toda la vida cristiana.
Para que la gracia bautismal pueda desarrollarse es importante la ayuda de los padres. Ese es también el papel del padrino o de la madrina, que deben ser creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana (cf CIC can. 872-874).
El fruto del Bautismo, o gracia bautismal, es una realidad rica que comprende: el perdón del pecado original y de todos los pecados personales; el nacimiento a la vida nueva, por la cual el hombre es hecho hijo adoptivo del Padre, miembro de Cristo, templo del Espíritu Santo. Por la acción misma del bautismo, el bautizado es incorporado a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y hecho partícipe del sacerdocio de Cristo.
Por consiguiente, al ver toda la profundidad de los efectos de nuestro bautismo, en nuestras almas, esta es la profundidad de vida que hemos de llevar, una vida que compagine con la fe que recibimos, pues si no vivimos lo que creemos, terminaremos creyendo como vivimos, y si creemos como estamos viviendo, ponemos en peligro nuestra dicha eterna. Por esto, el beato Juan Pablo II en 1997, nos exhortaba así: Bautizados, den testimonio a Cristo por su esfuerzo de una vida recta y fiel al Señor, que se ha de mantener con una lucha espiritual y moral. La fe y el obrar moral están unidos. En efecto, el don recibido nos conduce a una conversión permanente para imitar a Cristo y corresponder a la promesa divina. La palabra de Dios transforma la existencia de los que la acogen, pues ella es la regla de la fe y de la acción. En su existencia, para respetar los valores esenciales, los cristianos experimentan también el sufrimiento que pueden exigir las opciones morales opuestas a los comportamientos del mundo y a veces incluso de modo heroico. Pero la vida feliz con el Señor tiene ese precio. Queridos hermanos, su testimonio tiene ese precio. Confío en su valor y en su fidelidad.
Cristo está con ustedes en el camino diario de vuestra vida. Cristo nos ha llamado y elegido para vivir en la libertad de los hijos de Dios. Diríjanse a él en la oración y en el amor. Pídanle que les infunda la valentía y la fuerza para vivir siempre esta libertad. Caminad con él, que es “el camino, la verdad y la vida”.

lunes, 20 de junio de 2011

Décim seguda semana del timepo ordinario


Décima segunda semana
Lunes
Mateo 7, 1-5
Sácate primero la viga que tienes en el ojo. Hoy abunda en la Iglesia el tipo de contestatario que adopta una postura de protesta ante todo. Este el tema del Evangelio de hoy: “Ven la paja en el ojo ajeno y no ven la viga en el propio”. No sería mejor que corrigieran sus defectos antes de protestar de los ajenos.
Por desgracia, a menudo sentimos la tentación de condenar los defectos y los pecados de los demás, sin lograr ver los nuestros con la misma lucidez. ¿Cómo darnos cuenta si nuestro propio ojo está libre o cubierto con una viga? Jesús responde: “Cada árbol se conoce por su fruto” (Lc 6, 44).
San Basilio dice que “Parece, en verdad, que el conocimiento de sí mismo es el más difícil de todos. Ni el ojo que ve las cosas exteriores se ve a sí mismo, y hasta nuestro propio entendimiento, pronto para juzgar el pecado de otro, es lento para percibir sus propios defectos”.
Este sano discernimiento es don del Señor, y hay que implorarlo con oración incesante. Al mismo tiempo, es conquista personal que exige humildad y paciencia, capacidad de escucha y esfuerzo por comprender a los demás.
San Pablo nos dice que “Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera”. Cuando nos resulte arduo seguir al Señor por este camino, recurramos al apoyo y a la intercesión de María.

Martes
Mateo 7, 6.12-14
Traten a los demás como quieren que ellos los traten. Este es el principio moral por excelencia que se ha mantenido desde hace milenios y en las diferentes culturas. Algunos ejemplos:
1) Platón decía: “Que me sea dado hacer a los otros lo que yo quisiera que me hicieran a mi”.
2) Confucio: “No hagas a otro lo que no te gustaría que te hicieran”.
3) En el cristianismo: “Todas las cosas que quisieran que los hombres hicieran con ustedes, así también hagan ustedes con ellos”, etc.
Traten a los demás como quieren que ellos los traten. Esta regla es muy valiosa como guía, sin embargo, el amor al prójimo va mucho más allá. Está basado en la convicción de que cuando amamos al hermano estamos mostrando nuestro amor a Dios, y cuando herimos al hermano estamos ofendiendo a Dios. Esto significa que la religión es la enemiga de la exclusión y discriminación, de la repugnancia y rivalidad. La creencia religiosa y su práctica no pueden ser separadas de la defensa de la imagen de Dios en todo ser humano.
En el Talmud se lee: El hombre fuerte es el que domina sus instintos y sus pasiones; el hombre sabio, el que aprende de todos con amor; y el hombre honrado, el que trata a todos con dignidad. Y en el Derecho Romano: Vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo suyo. Y Jesús nos dice hoy Traten a los demás como quieren que ellos los traten, y si queremos: La Ley y los Profetas se resumen en la regla de oro del amor recíproco (cf. Mt 7, 12).
Miércoles
Mateo 7, 15-20
Por sus frutos los conocerán. El Señor hablaba de cómo podrían reconocerse a los verdaderos discípulos y también a los falsos discípulos. A principios del siglo II San Ignacio, obispo de Antioquía y mártir, escribía a los Efesios: “Como el árbol se conoce por sus frutos, así también quienes se profesan discípulos de Cristo se conocerán por sus obras. De modo que no es cuestión de profesar la fe con palabras, sino que se necesita la fuerza de la fe para que nos encuentren fieles hasta el fin” (Carta a los Efesios 14, 2).
Así como los frutos de una higuera son concretos, visibles, así también deben ser los frutos en nuestra vida cristiana: deben ser concretos, visibles a los demás. No se trata ciertamente de buscar ser reconocidos, apreciados, aplaudidos, enaltecidos por los frutos de las buenas obras, sino que se trata de que muchos al ver tus buenas obras «glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). No se trata de alimentar tu vanidad buscando que por tus obras seas alabado, sino de señalar siempre humildemente el origen de todo lo bueno que tú puedes hacer: Dios.
¿Y qué frutos concretos espera el Señor de mí? Frutos de servicio y atención a los miembros de mi propia familia; frutos de perdón y reconciliación con quienes me han o he ofendido; frutos de solidaridad y caridad con los necesitados; frutos de generosidad con quien me pide cualquier tipo de ayuda; frutos de estudio y conocimiento de la propia fe para poder dar razón de ella a muchos; frutos de un apostolado irradiante; etc.
Demos, pues, los frutos que el Señor espera de nosotros, fuertemente adheridos al Señor, nutriéndonos de la savia viva de su amor y de su gracia, con la conciencia de que sin Él no podemos dar fruto (ver Jn 15,4-5).

Jueves
Mateo 7, 21-29
La casa edificada sobre roca y la casa edificada sobre arena. Cada día debe estar ante los ojos del corazón: ¿cómo construir la casa llamada vida? Jesús, cuyas palabras hemos escuchado en el pasaje del evangelio según san Mateo, nos exhorta a construir sobre roca. En efecto, solamente así la casa no se desplomará.
Pero ¿qué quiere decir construir la casa sobre roca? Construir sobre roca quiere decir ante todo: construir sobre Cristo y con Cristo. Jesús dice: “Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que construyó su casa sobre roca” (Mt 7, 24). Aquí no se trata de palabras vacías, dichas por una persona cualquiera, sino de las palabras de Jesús. No se trata de escuchar a una persona cualquiera, sino de escuchar a Jesús. No se trata de cumplir cualquier cosa, sino de cumplir las palabras de Jesús.
Construir sobre Cristo y con Cristo significa construir sobre un fundamento que se llama amor crucificado. Quiere decir construir con Alguien que, conociéndonos mejor que nosotros mismos, nos dice: “Eres precioso a mis ojos…, eres estimado, y yo te amo” (Is 43, 4). Quiere decir construir con Alguien que siempre es fiel, aunque nosotros fallemos en la fidelidad, porque él no puede negarse a sí mismo (cf. 2 Tm 2, 13). Quiere decir construir con Alguien que se inclina constantemente sobre el corazón herido del hombre, y dice: “Yo no te condeno. Vete, y en adelante no peques más” (cf. Jn 8, 11). Quiere decir construir con Alguien que desde lo alto de la cruz extiende los brazos para repetir por toda la eternidad: “Yo doy mi vida por ti, hombre, porque te amo”. Encendamos en nosotros el deseo de construir nuestra vida con él y por él. Porque no puede perder quien lo apuesta todo por el amor crucificado del Verbo encarnado.
Viernes. Natividad de San Juan Bautista
Lucas 1, 57-66.80
Juan es su nombre. Celebramos hoy la natividad de san Juan Bautista. Él fue puesto por la Providencia inmediatamente antes del Mesías, para preparar delante de él el camino con la predicación y con el testimonio de su vida.
Entre todos los santos y santas, Juan es el único cuya natividad celebra la liturgia. Desde el seno materno Juan anuncia a Aquel que revelará al mundo la iniciativa de amor de Dios.
“Juan es su nombre” (Lc 1, 63). A sus parientes sorprendidos Zacarías confirma el nombre de su hijo escribiéndolo en una tablilla. Dios mismo, a través de su ángel, había indicado ese nombre, que en hebreo significa “Dios es favorable”. Dios es favorable al hombre: quiere su vida, su salvación. Dios es favorable a su pueblo: quiere convertirlo en una bendición para todas las naciones de la tierra. Dios es favorable a la humanidad: guía su camino hacia la tierra donde reinan la paz y la justicia. Todo esto entraña ese nombre: Juan.
Además, san Juan Bautista es modelo perenne de fidelidad a Dios y a su ley. Él preparó a Cristo el camino con el testimonio de su palabra y de su vida. Imitémosle con dócil y confiada generosidad.
San Juan Bautista es ante todo modelo de fe; Es modelo de humildad, Es modelo de coherencia y valentía para defender la verdad, por la que está dispuesto a pagar personalmente hasta la cárcel y la muerte. En la escuela de Cristo, siguiendo las huellas de san Juan Bautista, tengamos la valentía de poner siempre en primer lugar los valores espirituales.

Sábado
Mateo 8, 5-17
“Muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos, mientras que los hijos del reino serán echados a las tinieblas de fuera” (Mt 8, 11-12). Aquí se observa claramente cómo la invitación a participar en el Reino de Dios se vuelve universal: Dios tiene intención de sellar una alianza nueva en su Hijo, alianza que ya no será sólo con el pueblo elegido, sino con la humanidad entera.
La verdad testimoniada por Jesús es que él vino para salvar al mundo que, de lo contrario, estaba destinado a perderse: “Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). El reino de Dios es para todos. Jesús quiso que la Iglesia que él fundó fuera una Iglesia universal, la llamó a construir el reino de Dios con todos los vivientes, su reino es un "reino eterno y universal: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz" (Prefacio de la fiesta de Cristo, Rey del universo).
En efecto, Cristo Señor, Hijo de Dios vivo, vino a salvar del pecado a su pueblo y a santificar a todos los hombres, como El fue enviado por el Padre, así también envió a sus Apóstoles, a quienes santificó, comunicándoles el Espíritu Santo, para que también ellos glorificaran al Padre sobre la tierra y salvaran a los hombres. Jesucristo vino a salvar a todos los hombres, y a todo el hombre. . Así vemos qué rica y profunda es la salvación que Cristo ha traído. No sólo vino a salvar a todos los hombres, sino también a todo el hombre.

sábado, 18 de junio de 2011

Solemnidad de la Santísima Trinidad


SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Celebramos este Domingo el misterio de la Santísima Trinidad, “el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo” (CIgC 234).
Creemos, como verdad revelada, que Dios es uno y único, que fuera de Él no hay otros dioses. Como verdad revelada creemos también que Dios, siendo uno, es comunión de tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tres personas distintas, no tres dioses distintos. Son un solo Dios, porque poseen la misma naturaleza divina. Dios en sí mismo no es, por tanto, un ser solitario ni inmóvil: es Comunión divina de Amor.
El misterio de la Santísima Trinidad nos ha sido revelado por la Persona, palabras y acciones de Jesucristo. Después de haber hablado por los Profetas, Dios envió a su Hijo, Jesucristo, quien nos dio la Buena Nueva de la salvación.
La Iglesia no vive ‘frente a’ la Trinidad, sino ‘en’ la Trinidad, amada con el mismo amor con que se aman el Padre, el Hijo y el Espíritu. La Trinidad divina, en efecto, ha puesto su morada en nosotros el día del Bautismo: “Yo te bautizo, dice el ministro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
El nombre de Dios, en el cual fuimos bautizados, lo recordamos cada vez que nos santiguamos. El teólogo Romano Guardini, a propósito del signo de la cruz, afirma: “Lo hacemos antes de la oración, para que, nos ponga espiritualmente en orden; concentre en Dios pensamientos, corazón y voluntad; después de la oración, para que permanezca en nosotros lo que Dios nos ha dado. Esto abraza todo el ser, cuerpo y alma, y todo se convierte en consagrado en el nombre del Dios uno y trino” (Lo spirito della liturgia. I santi segni, Brescia 2000, pp. 125-126).
¿Cómo es la relación de la Santísima Trinidad con nosotros? El Espíritu Santo en su obra de santificación en cada uno de nosotros, nos va haciendo cada vez más semejantes al Hijo, y el Hijo nos va revelando al Padre y nos va llevando a Él. “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquéllos a quienes el Hijo se los quiera dar a conocer” (Mt 11, 27).
¿Cómo podemos vivir este misterio desde ya aquí en la tierra? Recordemos lo que Jesucristo nos ha dicho: “Si alguno me ama guardará mi Palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn.14, 23). Además, siendo dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo. Y podremos ser dóciles si perseveraos e la Santa Misa, en los sacramentos, en el estudio de la religión y en la oración, que nos abren al Espíritu Santo y nos hacen captar esa suave brisa que es El y que nos llevará a elegir el bien y la verdad. A través de estos medios se puede escuchar al Espíritu Santo. Permitámosle, que haga en cada uno de nosotros, su obra de santificación.
Así podremos vivir desde la tierra este misterio de la unión de nosotros con Dios. Y esa unión de nosotros con Dios no se queda allí, sino que tiene, como consecuencia segura, la unión de nosotros entre sí. Como nos dice San Pablo al final de la Segunda Lectura (2 Cor. 13, 12-13), que: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos nosotros”.
Que por manos de María, nuestra Señora de la soledad, podamos comenzar a vivir nuestra unión con la Santísima Trinidad y la unión de nosotros entre sí, pues el Dios revelado por Jesucristo, Uno y Trino, es un Dios de amor, que ama a cada uno de nosotros, y a todos.

viernes, 17 de junio de 2011

2. La Iglesia y la comunidad política


2. “IGLESIA Y LA COMUNIDAD POLÍTICA”
El catecismo de la Iglesia católica afirma que toda institución se ha de inspirar en la originalidad del hombre –hecho por Dios a su imagen y semejanza- y de su destino –si de Dios ha salido en su grandeza y dignidad, no puede menos que encontrar su plenitud en el retorno a él-. La institución que no tenga su fuente en este principio, difícilmente podrá tener una auténtica referencia de juicio, una verdadera jerarquía de valores, y una nítida línea de conducta.
En realidad, la fuerza de la doctrina de la Iglesia radica en la dignidad del hombre por ser hijo de Dios, lo que contrasta con aquella doctrina que se basa en una filosofía relativista: te ofrezco porque a mí me conviene.
Por esto “la Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir a la luz de la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Las sociedades que ignoran esta inspiración o la rechazan en nombre de su independencia respecto a Dios, se ven obligadas a buscar en sí mismas o a tomar de una ideología sus referencias y finalidades; y, al no admitir un criterio objetivo del bien y del mal, ejercen sobre el hombre y sobre su destino, un poder totalitario, declarado o velado, como lo muestra la historia” .
Además, cuando la Escritura da al Resucitado el título de Kyrios, el Señor, hace al mismo tiempo la afirmación sobre el hombre y su dignidad, en la cual se fundamenta la convivencia humana, en todas las estructuras de la vida social y eclesial. Por tanto, la ley que da la Iglesia a la política son los valores evangélicos sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo; por ejemplo, desde la etica moral, la justicia, la solidaridad, el valor de la paz, el genuino sentido del bien común y el respeto a las obras maravillosas salidas de las manos de Dios; así, ayuda a que “todo se oriente al orden querido por Dios” .
Por consiguiente, la Iglesia no solo ha de hacer una crítica negativa de la historia cuando esta se aparta del bien y la verdad, de la justicia y de la trascendencia del hombre, sino que, ella misma, sin dejar de denunciar del mal y la injusticia, ha de vivir y de anunciar el amor, que sólo busca hacer el bien. En efecto, el valor de la justicia, la caridad y solidaridad son valores que la iglesia aporta a la convivencia social, en toda la amplitud de las estructuras humanas; éstas son una luz para las relaciones interpersonales. De aquí podemos afirmar que La Iglesia ofrece una moral política a la política.
En efecto, en el orden de la moralidad, la Iglesia ejerce una misión distinta de la que ejercen las autoridades políticas; ella se ocupa de los aspectos temporales del bien común a causa de su ordenación al supremo Bien, nuestro fin último. Se esfuerza por inspirar las actitudes justas en el uso de los bienes terrenos y en las relaciones socioeconómicas y políticas.
Así, la Iglesia, expresa un juicio moral, en materia económica, social y política, cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas.
Todo esto exige en una sociedad pluralística, tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia; pues, la Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana.
En efecto, la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Pero las dos, por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas, de acuerdo a las circunstancias de lugar y tiempo.
Desde luego que el hombre no se limita solo a lo temporal, sino que, sujeto de la historia humana, ha de mantener claro e íntegro su destino eterno. Por consiguiente, la Iglesia, por su parte, fundada en el amor del Redentor, contribuye a difundir cada vez más el reino de la justicia y de la caridad en el seno de cada nación y entre las naciones.
La Iglesia, por tanto, predicando la verdad evangélica e iluminando todos los sectores de la acción humana con su doctrina y con el testimonio de los cristianos, respeta y promueve también la libertad y la responsabilidad políticas del ciudadano. Para no salirnos de la doctrina de la Revelación y del Magisterio de la Iglesia, para no traicionar la vida, la persona y el mensaje de Jesús, necesariamente hemos de seguir el ejemplo y criterios de acción, ante la política y el mundo, que vivieron los apóstoles; pues, los pastores –obispos y sus colaboradores- tenemos la misma misión de Jesús, que confío a sus apóstoles y a sus sucesores: anunciar a los hombres a Cristo, Salvador del mundo, apoyando esta misión en el poder de Dios, el cual muchas veces manifiesta la fuerza del Evangelio en la debilidad de sus testigos.
Por consiguiente, los pastores, en medio de la comunidad política de nuestra patria, en este proceso político, que estamos viviendo, nuestra misión, consideramos, que queda bien clara: seguir los caminos y medios propios del Evangelio, los cuales se diferencian en muchas cosas de los medios que la ciudad terrena utiliza.
Aunque el orden temporal y el eterno, caminan de la mano, y la misma Iglesia se sirve de medios temporales para cumplir su misión, sin embargo, su esperanza no está en privilegios dados por el poder civil; más aún, renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición.
Pero también es de justicia que la Iglesia tenga plenamente la plena libertad para predicar la fe, enseñar su doctrina social, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, utilizando todos y solos aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y de situaciones.
En conclusión, el ejercicio y la misión de la Iglesia en la comunidad política es fomentar y elevar todo lo verdadero, lo bueno y bello, adhiriéndose con fidelidad al Evangelio, para gloria de Dios ; es decir, la misión de la Iglesia es religiosa, pero por ello es plenamente humana, pues la gloria de Dios consiste en que el hombre llegue a su realización en el tiempo y en el espacio, hacia la eternidad dichosa.
Próximamente, “democracia, pluralismo y participación”

miércoles, 15 de junio de 2011

V. La Iglesia y la política: 1. Jesús y la política


V. “LA IGLESIA Y LA POLÍTICA”

1. JESÚS Y LA POLÍTICA
Es una hermosa oportunidad la que me ha dado “Emaús”, al invitarme a colaborar en esta edición. Agradezco, con esperanza e ilusión, poder dar algo de lo que Dios me ha dado, para gloria de la Trinidad y bien de la Iglesia.
Ante la inmensa gama de temas que pueden tratarse, hemos escogido este de “La Iglesia y la Política”, por ser un tema del momento histórico por el que está pasando nuestra Patria. El objetivo no es enseñar cosas nuevas, no hay nada nuevo bajo el sol, nos damos por satisfechos con puntualizar algunos de los aspectos de los temas que vayamos tratando.
Las fuentes a las que acudiremos con frecuencia serán la Revelación, el Magisterio de la Iglesia, La CEM, y el CELAM, tocando algunas veces los clásicos griegos y la patrística, sin olvidar los pensadores de actualidad.
Comenzamos, pues, reflexionando en las actitudes de Jesús y la política.
Numerosos judíos, y algunos paganos, “reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico “hijo de David” prometido por Dios a Israel (Cfr. Mt 2, 2; 9, 27; 12, 23). Jesús aceptó el titulo del Mesías al cual tenía derecho (Cfr. Jn 4, 25-26; 11, 27), pero no sin reservas, porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana (Cfr. Mt 22, 41-46), esencialmente política (Cfr. Jn 6, 15; Lc 24, 21)” ; como fue el caso del grupo de los zelotes, revolucionarios extremistas de la época, contra el Imperio Romano.
Jesús no admite un Estado que pueda entrar en comparación y en competición con el Reino de Dios, ya que todo Estado temporal desaparece, y su Reino mira a las cosas eternas: su reino no es de este mundo (Cfr. Mt 25 34; Jn 18: 36). En efecto, su discípulo ha de orientar sus opciones hacia el futuro Reino y la voluntad de Dios, su Padre y Padre nuestro. Esto no supone un rechazo, sino primero buscar el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se dará por añadidura (Cfr. Mt 6:33).
La presencia del Estado es querida por Dios, el discípulo ha de pagar el impuesto para la subsistencia de éste: dar al César lo del César y a Dios, lo de Dios (Cfr. Lc 20, 25). Por tanto, “el deber de obediencia impone a todos la obligación de dar a la autoridad los honores que le son debidos, y de rodear de respeto y, según su mérito, de gratitud y de benevolencia a las personas que la ejercen” . En realidad, hay una legitimidad del Estado y colaboración con el Estado, con sus exigencias cuando no se extralimitan, pues, ante un Estado totalitario, cesan las obligaciones con él, porque “la autoridad política debe actuar dentro de los límites del orden moral y debe garantizar las condiciones del ejercicio de la libertad” .
Ciertamente, Jesús comparte con el zelotismo la espera del reino, pero con un carácter escatológico, que relativiza el orden político, lo saca del orden de lo absoluto. Pero a la vez que comparte con los zelotes la espera del reino, Jesús, se separa de sus comportamientos:
Mi reino no es de este mundo, no se construye por las fuerzas humanas, por medio de violencia o medios políticos.
Jesús no excluye el papel del Estado, tiene una función, es querido por Dios en el momento temporal presente.
El programa zelote trata de sustituir el totalitarismo romano por uno peor, que implica la sacralización de la política.
No está permitido dar al Estado lo que corresponde a Dios; en este orden sí cabe la resistencia, como los mártires. En este caso se excede el Estado de Derecho: es una actitud totalitaria, de represión por la fe de los cristianos. Tampoco en esos casos a la comunidad de los discípulos le corresponde la guerra santa. Puede ser un asunto civil, pero no religioso. En efecto, cuando la autoridad pública, excediéndose en sus competencias, oprime a los ciudadanos, éstos no deben rechazar las exigencias objetivas del bien común; pero les es lícito defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de esta autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y evangélica” .
Cristo adopta ante el Imperio Romano una postura política critica, pero no de rechazo total… esto describe la configuración entre el orden político y religioso.
La actitud cristiana no es una actitud de rechazo al Estado político, pero tampoco es una actitud de pasivismo. Por eso, “deber de los ciudadanos es cooperar con la autoridad civil al bien de la sociedad en espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política” , por ejemplo el voto, denunciar la injusticia…
San Pablo, enseña la necesidad de sometimiento al Estado, pero con esto no quiere decir que el Estado sea absoluto. Esta postura coincide sustancialmente con la actitud de Jesús: el Estado no es absoluto, es sujeto de crítica cuando asume una actitud de totalitarismo. Por otra parte, recibe una cierta dignidad, dice, en efecto, sométanse,…oren…, porque toda autoridad procede de Dios (Cfr. Rom 13); y, por tanto, si viene de Dios, no cabe en la voluntad de Dios, ningún dejo de actitudes totalitarias, con mucha menos razón en la estructura de la Iglesia. Si san Pablo hubiera tenido presente a un totalitarista, sin duda, que lo hubiera condenado. Cuando el Estado se erige en representante del absoluto, el rechazo se justifica.
CONCLUSIONES
1ª.) La absolutización de lo temporal, en el NT, no es compatible cuando la política invade el terreno de la religión y viceversa: según si el Estado permanezca o no en sus propios límites, es servidor de Dios o no.
2ª.) El Nuevo Testamento introduce un cierto dualismo moral, presente y futuro, que no conduce al cristianismo a un rechazo abierto al Estado. El Estado Romano era un Estado gentil, no judío, y sin embargo, se considera que puede estar en los planes de Dios y, puede convertirse en servidor de Dios, siempre que distinga la justicia de la injusticia, el bien del mal. Por tanto, se admite que el Estado gentil puede tener un conocimiento del bien y del mal.
3ª.) El cometido de la Iglesia, de los Pastores, ante el Estado, lo marca la doctrina de Jesús:
Combatir toda clase de zelotismo dentro de sus filas, se rechaza toda dinámica revolucionaria, ocupar cargos públicos y hacer política. Todo pastor tiene el derecho y el deber de educar, formar en la cuestión política a sus ovejas, sin hacer ni política, ni partidismo. En efecto, Jesús evade a los que quieren hacerlo rey, el mensaje y la vida de Jesús son claros, no da lugar a confusión.
Otro cometido de la Iglesia, y sus Pastores, es permanecer critica ante le Estado y prevenirle de su límites.
La Iglesia “respeta y promueve la libertad y la responsabilidad política de los ciudadanos” . Por tanto, la misión de la Iglesia, desde su realidad temporal, se ordena más allá del tiempo y del espacio, es de orden divino y escatológico. “La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia, no se confunde en modo alguno con la comunidad política, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana .
En el próximo número, “Iglesia y la comunidad política”.

lunes, 13 de junio de 2011

Décima primera semana, Tiempo ordinario


Tiempo ordinario
Décima primera semana
Lunes (Mateo 5, 38-42)
Yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Jesús proclama para sus discípulos el principio de la caridad suprema: “No hagan frente al que los agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas”.
El Señor hoy nos propone la purificación del corazón de todo odio y resentimiento y, en consecuencia, la erradicación total de toda reacción de venganza, de devolver el mal con otro mal. Por ello propone: “…no hagan resistencia al hombre malo”, o según la traducción literal: “no resistan al mal”, es decir, al hombre malo, al que les hace mal. El discípulo no debe dar lugar a la cólera, no debe tomar la venganza por su cuenta, debe vencer el mal con el bien (Cfr. Rom 12,17-21).
El Señor nos pide reaccionar ante el mal no con la cólera o la ira, sino con una caridad extrema, incluso con los enemigos, porque es posible, porque al menos podemos acercarnos cada día más a ella, con su ayuda y con nuestro empeño; y porque es esencial para nuestra propia paz interior y felicidad.
San Cromacio de Aquileya nos dice: “Muestra el Señor que no podemos poseer el mérito del amor perfecto si amamos sólo a quienes sabemos que nos devolverán en pago el amor mutuo, porque sabemos que este tipo de amor es común también a los gentiles y pecadores. Por eso quiere el Señor que superemos la ley común del amor humano con la ley del amor evangélico; de modo que no sólo mostremos el afecto de nuestro amor hacia los que nos aman, sino también hacia los enemigos y los que nos odian, para que imitemos en esto el ejemplo de la verdadera piedad y bondad paternas”.
Martes (Mateo 5, 43-4)
Amen a sus enemigos. En el mismo contexto de ayer, y en el mismo texto, ahora el Señor nos dice: “Han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, y recen por los que los persiguen…”. Esta es una invitación a amar sin ninguna distinción, amigos y enemigos por igual, esto es de la misma forma como ama Dios a todos los hombres.
Cuando Jesús nos dice “Amen”, nos dice háganlo. Esta es la nueva actitud de los hombres frente a otros hombres, este es el comportamiento y el estado de ánimo que debemos manifestar exteriormente y sentir interiormente, es la nueva actitud del cristiano hacia los enemigos, con esto tenemos la oportunidad de superar toda agresividad, la nuestra y la de ellos, porque si amamos a nuestros enemigos, éstos dejan de serlo por nuestra parte y les damos la oportunidad, como posibilidad sincera de que ellos al mismo tiempo no nos consideren ya como tales, sino amigos, y de esta forma nace un cambio de su actitud hacia nosotros. A nosotros como cristiano nos corresponde dar el primer paso y así abrir las puertas a la conversión al amor de nuestros enemigos.
Si ayer se nos decía, no hagas resistencia al hombre malo, al enemigo, hoy se nos ha dicho, ama a tu enemigo, en palabras de san Juan de la cruz podemos decir: Donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor, o también como ha dicho san Agustín: Ama y haz lo que quieras; si te callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo de tu corazón: de esta raíz solamente puede salir lo que es bueno.

Miércoles
Mateo 6, 1-6.16-18
Tu padre, que ve lo secreto, te recompensará. El Evangelio subraya que el Señor “ve en lo secreto”, es decir, escruta el corazón. Los gestos externos de penitencia, de la oración y de limosna, tienen valor si son expresión de una actitud interior, si manifiestan la firme voluntad de apartarse del mal y recorrer la senda del bien.
Aquí se trata de recobrar la sencillez de pensamiento, voluntad y corazón, que es indispensable para encontrarse con Dios en el propio ‘yo’ interior. ¡Y Dios espera esto para acercarse al hombre interiormente recogido y, a la vez, abierto a su palabra y a su amor! Dios desea comunicarse al alma así dispuesta. Desea darle la verdad y el amor que tienen en Él la verdadera fuente.
Para llegar a ser auténticos discípulos de Cristo, es necesario renunciar a sí mismos, tomar la propia cruz y seguirlo (cf. Lc 9, 23). Es el arduo sendero de la santidad, que todo bautizado está llamado a recorrer.
Desde siempre, la Iglesia señala algunos medios adecuados para caminar por esta senda. Ante todo, la humilde y dócil adhesión a la voluntad de Dios, acompañada por una oración incesante; las formas penitenciales típicas de la tradición cristiana, como la abstinencia, el ayuno, la mortificación y la renuncia incluso a bienes de por sí legítimos; y los gestos concretos de acogida con respecto al prójimo, que el evangélico evoca con la palabra ‘limosna’. Y todo esto debe hacerse en el silencio del corazón: Tu padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Jueves. Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote
Lucas 22, 14-20
Hagan esto en memoria mía. Hoy celebramos la fiesta de Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, la liturgia nos presenta el tema eucarístico: el Evangelio de san Lucas nos refiere la institución de la Eucaristía (22,14-20): el pan y el vino adquieren una realidad y un nuevo significado a partir de las palabras de Jesús.
Jesús, en esta escena del Evangelio les dice a sus discípulos: “Este es mi cuerpo que es entregado por ustedes” (22,19ab). El Señor con numerosos actos de misericordia había nutrido la gente a lo largo de todo el Evangelio y había distribuido pan y pescado a la multitud hambrienta, ahora vuelve a dar alimento. Pero ahora:
1) El alimento es el mismo Jesús: no un Jesús abstracto sino un Jesús que se “da” a sí mismo por sus discípulos.
2) La frase “por ustedes”, hace explícito el significado de la fracción y la distribución del pan: la muerte de Jesús es una muerte padecida por el bien de los otros. “Por ustedes”: Jesús muere por los que ama, por sus discípulos.
Por otra parte, el cáliz de vino también es distribuido por Jesús a los apóstoles, diciendo: “Esta es la copa de la Nueva Alianza de mi sangre, que será derramada por ustedes”. Se subraya también que la muerte de Jesús es por el bien de aquellos que Él ama.
Notemos que Jesús sobre el pan y el vino, dice: “Hagan esto en memoria mía”. Con estas palabras Jesús el sacerdocio de Jesús continúa presente en medio de la Iglesia: el don de su vida por sus discípulos continúa vivo en aquellos que junto con Él son llamados a hacer lo mismo. Esto se realiza en la liturgia, en una vida de dedicación completa al servicio de los demás y, sobre todo, en la configuración de la propia personal con Jesús Eucaristía. Como dice san Juan Eudes: “El Corazón de Jesús no es solamente el Templo, sino el altar del divino amor. Él es el soberano sacerdote que se ofrece continuamente con amor infinito. Ofrezcámonos con Él, que Él nos consuma enteramente en el fuego de amor de su corazón”.

Viernes
Mateo 6, 19-23
Donde está tu tesoro, allí también está tu corazón. Jesús en el evangelio nos describe el auténtico tesoro que desafía a la muerte: “No amontonen tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonen más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6, 19-21).
San Ambrosio reafirma de modo neto y firme la inconsistencia de las riquezas: “Son cosas caducas y se van con más rapidez de la que llegaron. Un tesoro de este tipo no es más que un sueño. Te despiertas y ya ha desaparecido, porque el hombre que logra superar la borrachera de este mundo y vivir la sobriedad de las virtudes, desprecia todas estas cosas y no da valor alguno al dinero” (Comentario al 23).
El obispo de Milán invita, por consiguiente, a no dejarse atraer ingenuamente por las riquezas y por la gloria humana: “No tengas miedo, ni siquiera cuando veas que se ha agigantado la gloria de algún linaje poderoso. Mirando a fondo con atención, te parecerá vacía si no tiene una brizna de la plenitud de la fe”. De hecho, antes de la venida de Cristo, el hombre se encontraba arruinado y vacío: “La ruinosa caída del antiguo Adán nos vació, pero la gracia de Cristo nos llenó. Él se vació a sí mismo para llenarnos a nosotros y para que en la carne del hombre habitara la plenitud de la virtud”. San Ambrosio concluye que, precisamente por eso, ahora podemos exclamar, con san Juan: “De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia” (Jn 1, 16) (cf. ib.).
Por consiguiente, sólo las buenas obras permanecen y forman ese tesoro, acumulado en el cielo, y “donde los ladrones no lo desentierran ni roban, porque ?continúa el divino Jesús? donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 6, 20, 21).
Sábado
Mateo 6, 24-34
No se preocupen por el día de mañana. Estas palabras del Evangelio parecen contradecir tantos criterios y actitudes que vemos en nuestro mundo. En efecto, para la humanidad, para la sociedad actual, la producción, la ganancia, el progreso económico parecen asumir la categoría de criterios últimos y definitivos que rigen el comportamiento humano. De acuerdo con estos criterios se enjuicia y se da valor a la gente y a los pueblos, y se determina su posición en la escala social por la importancia que se les concede o por el poder que tienen.
Si se aceptara moralmente esta jerarquía de valores, el hombre quedaría obligado a buscar en todo momento el poseer, el poder, el placer y el parecer, como única meta de la vida. Entonces el hombre se mediría, no por lo que es, sino por lo que tiene.
Juan Pablo II, en Monterrey, el 10 de mayo de1990, decía: A ti, hombre que miras complacido las obras de tus manos, el fruto de tu ingenio, Cristo te dice: ¡no te olvides de Aquel que ha dado origen a todo! ¡No te olvides del Creador! Es más, cuanto más profundamente conozcas las leyes de la naturaleza, cuanto más descubras sus riquezas y sus potencialidades, tanto más te has de acordar de Él.
Por tanto, “Busquen primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura”. En un mundo que busca certezas humanas y seguridades terrenas, mostremos que Cristo es la roca firme sobre la cual construir el edificio de la propia existencia, y que la confianza depositada en Él jamás queda defraudada.

sábado, 11 de junio de 2011

Solemnidad de Pentecostés

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS
La fiesta de Pentecostés, cincuenta días después de la Resurrección del Señor, recuerda que el Espíritu Santo bajó sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego e hizo que se abrieran sus mentes y sus corazones. En el día de Pentecostés el Espíritu Santo descendió con fuerza sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo y los hizo capaces de predicar con valentía el Evangelio a todas las naciones (cf. Hch 2, 1-13).
San Lucas pone en el capítulo segundo de los Hechos de los Apóstoles el relato del acontecimiento de Pentecostés, que hemos escuchado en la primera lectura. Introduce el capítulo con la expresión: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar» (Hch 2, 1).
Jesús, Antes de su ascensión al cielo, “les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre” (cf. Hch 1, 4-5); es decir, les pidió que permanecieran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo, en espera de ese acontecimiento prometido (cf. Hch 1, 14).
Por lo tanto, no hay Iglesia sin Pentecostés. Y quiero añadir: no hay Pentecostés sin la Virgen María. Así fue al inicio, en el Cenáculo, donde los discípulos «perseveraban en la oración con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la Madre de Jesús, y de sus hermanos», como nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles (1, 14).
El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. Sin él, ¿a qué se reduciría? Ciertamente, sería un gran movimiento histórico, una institución social compleja y sólida, tal vez una especie de agencia humanitaria. Y en verdad es así como la consideran quienes la ven desde fuera de la perspectiva de la fe. Pero, en realidad, en su verdadera naturaleza y también en su presencia histórica más auténtica, la Iglesia es plasmada y guiada sin cesar por el Espíritu de su Señor. Es un cuerpo vivo, cuya vitalidad es precisamente fruto del Espíritu divino invisible.
Además, El Espíritu Santo nos asiste a cada uno de nosotros en nuestro peregrinar a la meta a que hemos sido llamados. Y ¿cuál es esa meta? Es el Cielo que el Señor nos muestra en su Ascensión y que ha prometido a aquéllos que cumplan la Voluntad del Padre.
Es el Espíritu Santo quien nos lleva a conocer y a vivir todo lo que Cristo nos ha dicho. El nos recuerda todo lo que el Señor nos enseñó. El nos lleva a conocer y a aceptar el Mensaje de Cristo en su totalidad. El Espíritu Santo -el Espíritu de la Verdad- nos lleva a la Verdad plena.
En efecto, el Espíritu Santo se va derramando en cada uno de nosotros con sus gracias, dones, frutos y carismas (Cfr. 1Co.12, 3-7. 12-13). Todos estos son regalos del Espíritu Santo; es decir, cosas que recibimos gratis, como un obsequio y, además... sin merecerlas.
Y todos estos regalos del Espíritu Santo son los auxilios que Dios nos da para el desarrollo de nuestra vida espiritual, para ayudarnos en nuestra santificación, para ayudarnos a llegar a nuestra meta definitiva que es el Cielo.
¿Qué hacer para poder recibir todos estos regalos del Espíritu Santo? Lo mismo que hacían los Apóstoles antes de Pentecostés: “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu... en compañía de María, la Madre de Jesús... Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo” (Hech. 1, 12-14 y 2, 46).
He aquí el secreto para recibir al Espíritu Santo. He aquí el secreto de la acción del Espíritu Santo en nosotros y a través de nosotros. Ese secreto está en la oración: en una oración perseverante, frecuente, con entusiasmo, con la Santísima Virgen María. ¡Ven, Espíritu Santo!

jueves, 9 de junio de 2011

Magisterio de los úlimos Papas sobre el laicismo y Estado laico


IV. LA VOZ DE LOS ÚLTIMOS PAPAS SOBRE LA CUESTIÓN LAICISMO Y ESTADO LAICO
Ofrecemos un resumen, tomando los puntos que responden al tema que traemos entre manos

a) Juan Pablo II, encuentro con los obispos cubanos, 25 de enero de 1998, expresaba que “El respeto de la libertad religiosa debe garantizar los espacios, obras y medios para llevar a cabo la misión cultual, profética y caritativa de la Iglesia, de modo que, además del culto, la Iglesia pueda dedicarse al anuncio del Evangelio, a la defensa de la justicia y de la paz, al mismo tiempo que promueve el desarrollo integral de las personas. Ninguna de estas dimensiones debe verse restringida, pues ninguna es excluyente de las demás ni debe ser privilegiada a costa de las otras.
Cuando la Iglesia reclama la libertad religiosa no solicita una dádiva, un privilegio, una licencia que depende de situaciones contingentes, de estrategias políticas o de la voluntad de las autoridades, sino que está pidiendo el reconocimiento efectivo de un derecho inalienable. Este derecho no puede estar condicionado por el comportamiento de Pastores y fieles, ni por la renuncia al ejercicio de alguna de las dimensiones de su misión, ni menos aún, por razones ideológicas o económicas: no se trata sólo de un derecho de la Iglesia como institución, se trata además de un derecho de cada persona y de cada pueblo. Todos los hombres y todos los pueblos se verán enriquecidos en su dimensión espiritual en la medida en que la libertad religiosa sea reconocida y practicada”.
El 24 febrero 2004 Juan Pablo II se dirigió al señor Javier Moctezuma Barragán en estos términos: “Es de desear que la Iglesia en México pueda gozar de plena libertad en todos los sectores donde desarrolla su misión pastoral y social. La Iglesia no pide privilegios ni quiere ocupar ámbitos que no le son propios, sino que desea cumplir su misión en favor del bien espiritual y humano del pueblo mexicano sin trabas ni impedimentos. Para ello es preciso que las instituciones del Estado garanticen el derecho a la libertad religiosa de las personas y los grupos, evitando toda forma de intolerancia o discriminación (…) No se debe ceder a las pretensiones de quienes, amparándose en una errónea concepción del principio de separación Iglesia-Estado y del carácter laico del Estado, intentan reducir la religión a la esfera meramente privada del individuo, no reconociendo a la Iglesia el derecho a enseñar su doctrina y a emitir juicios morales sobre asuntos que afectan al orden social, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o el bien espiritual de los fieles. A este respecto, quiero destacar el valiente compromiso de los Pastores de la Iglesia en México en defensa de la vida y de la familia”.
b) Benedicto XVI al señor Luis Felipe Bravo Mena embajador de de México ante la Santa Sede, el 23 de septiembre de 2005 le decía: “Un Estado democrático laico es aquel que protege la práctica religiosa de sus ciudadanos, sin preferencias ni rechazos (…) Ante el creciente laicismo, que pretende reducir la vida religiosa de los ciudadanos a la esfera privada, sin ninguna manifestación social y pública, la Iglesia sabe muy bien que el mensaje cristiano refuerza e ilumina los principios básicos de toda convivencia, como el don sagrado de la vida, la dignidad de la persona junto con la igualdad e inviolabilidad de sus derechos, el valor irrenunciable del matrimonio y de la familia que no se puede equiparar ni confundir con otras formas de uniones humanas.
Benedicto XVI dijo a la Unión de Juristas Católicos el 9 de diciembre de 2006, que por laicidad el mundo la entiende por lo común como exclusión de la religión de los diversos ámbitos de la sociedad y como su confín en el ámbito de la conciencia individual. La laicidad se manifiesta como una total separación entre el Estado y la Iglesia, no teniendo esta última título alguno para intervenir sobre temas relativos a la vida y al comportamiento de los ciudadanos; la laicidad, así, comporta incluso la exclusión de los símbolos religiosos de los lugares públicos destinados al desempeño de las funciones propias de la comunidad política: oficinas, escuelas, tribunales, hospitales, cárceles, etc., como es el caso muy concreto de nuestra patria, aunque la mayoría seamos católicos y no pocos “cristianos”.
El Papa continúa diciendo que “Basándose en estas múltiples maneras de concebir la laicidad, se habla hoy de pensamiento laico, de moral laica, de ciencia laica, de política laica. En efecto, en la base de esta concepción hay una visión a-religiosa de la vida, del pensamiento y de la moral, es decir, una visión en la que no hay lugar para Dios, para un Misterio que trascienda la pura razón, para una ley moral de valor absoluto, vigente en todo tiempo y en toda situación. Solamente dándose cuenta de esto se puede medir el peso de los problemas que entraña un término como laicidad, que parece haberse convertido en el emblema fundamental de la posmodernidad, en especial de la democracia moderna.
Por tanto, todos los creyentes, y de modo especial los creyentes en Cristo, tienen el deber de contribuir a elaborar un concepto de laicidad que, por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a Cristo y a su Iglesia, el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete “la legítima autonomía de las realidades terrenas”, entendiendo con esta expresión -como afirma el concilio Vaticano II- que “las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente” .
Esta autonomía es una “exigencia legítima, que no sólo reclaman los hombres de nuestro tiempo, sino que está también de acuerdo con la voluntad del Creador, pues, por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden y leyes propias, que el hombre debe respetar reconociendo los métodos propios de cada ciencia o arte” . Por el contrario, si con la expresión “autonomía de las realidades terrenas” se quisiera entender que “las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede utilizarlas sin referirlas al Creador”, entonces la falsedad de esta opinión sería evidente para quien cree en Dios y en su presencia trascendente en el mundo creado .
Esta afirmación conciliar constituye la base doctrinal de la “sana laicidad”, la cual implica que las realidades terrenas ciertamente gozan de una autonomía efectiva de la esfera eclesiástica, pero no del orden moral. Por tanto, a la Iglesia no compete indicar cuál ordenamiento político y social se debe preferir, sino que es el pueblo quien debe decidir libremente los modos mejores y más adecuados de organizar la vida política. Toda intervención directa de la Iglesia en este campo sería una injerencia indebida.
Por otra parte, la “sana laicidad” implica que el Estado no considere la religión como un simple sentimiento individual, que se podría confinar al ámbito privado. Al contrario, la religión, al estar organizada también en estructuras visibles, como sucede con la Iglesia, se ha de reconocer como presencia comunitaria pública. Esto supone, además, que a cada confesión religiosa (con tal de que no esté en contraste con el orden moral y no sea peligrosa para el orden público) se le garantice el libre ejercicio de las actividades de culto -espirituales, culturales, educativas y caritativas- de la comunidad de los creyentes.
A la luz de estas consideraciones, ciertamente no es expresión de laicidad, sino su degeneración en laicismo, la hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular, contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas.
Tampoco es signo de sana laicidad negar a la comunidad cristiana, y a quienes la representan legítimamente, el derecho de pronunciarse sobre los problemas morales que hoy interpelan la conciencia de todos los seres humanos, en particular de los legisladores y de los juristas. En efecto, no se trata de injerencia indebida de la Iglesia en la actividad legislativa, propia y exclusiva del Estado, sino de la afirmación y de la defensa de los grandes valores que dan sentido a la vida de la persona y salvaguardan su dignidad. Estos valores, antes de ser cristianos, son humanos; por eso ante ellos no puede quedar indiferente y silenciosa la Iglesia, que tiene el deber de proclamar con firmeza la verdad sobre el hombre y sobre su destino”, expreso el Papa.
En otro mensaje de Benedicto XVI, que envió al presidente del Senado italiano, Marcello Pera: …parece legítima y provechosa una sana laicidad del Estado, en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según normas que les son propias, a las que pertenecen también esas instancias éticas que tienen su fundamento en la existencia misma del hombre. …Un Estado sanamente laico (…) tendrá que dejar lógicamente espacio en su legislación a esta dimensión fundamental del espíritu humano. Se trata, en realidad, de una “laicidad positiva”, que garantice a cada ciudadano el derecho de vivir su propia fe religiosa con auténtica libertad, incluso en el ámbito público.
Conclusiones
La práctica religiosa se expresa de manera individual y asociada, pública o privada, y es un derecho fundamental, como lo indica la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 18, así como otros pactos y acuerdos internacionales que México ha suscrito.
La Iglesia reconoce y promueve el derecho a la libertad religiosa y está en contra de “toda forma de discriminación de los derechos fundamentales de la persona” (GS 29). Para evitar el peligro de discriminación, es oportuno realizar de forma permanente una revisión sobre las características de un Estado laico garante de todos los derechos humanos. Esto pasa necesariamente por distinguir entre laicismo y laicidad del Estado y así evitar malas interpretaciones o reduccionismos que comprometen, por ejemplo, el ejercicio de la libertad religiosa.
Hoy más que nunca urge, que en México re-encontrarnos un nuevo escenario en el que no existan fáciles reduccionismos sino que prevalezca la apertura y el respeto del derecho a la libertad de conciencia, sobre todo en materia religiosa, que radica principalmente en la afirmación positiva de que la dimensión religiosa de la existencia pueda y deba manifestarse en todo ámbito de la vida privada y pública, con el único límite del derecho de terceros. Cuando un Estado promueve la libertad religiosa y, simultáneamente, se mantiene al margen de imponer cualquier forma de religiosidad o de irreligiosidad en su sociedad, se constituye como auténtico Estado laico.

miércoles, 8 de junio de 2011

Laicismo y pluralismo


III. PRINCIPIOS DE LA DOCTRINA CATÓLICA
ACERCA DEL LAICISMO Y EL PLURALISMO
Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, de la Congregación para la Doctrina de la Fe. La Nota se dirige a los Obispos de la Iglesia Católica y, de especial modo, a los políticos católicos y a todos los fieles laicos llamados a la participación en la vida pública y política en las sociedades democráticas.
Ante estas problemáticas, si bien es lícito pensar en la utilización de una pluralidad de metodologías que reflejen sensibilidades y culturas diferentes, ningún fiel puede, sin embargo, apelar al principio del pluralismo y autonomía de los laicos en política, para favorecer soluciones que comprometan o menoscaben la salvaguardia de las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad. No se trata en sí de “valores confesionales”, pues tales exigencias éticas están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural. Éstas no exigen de suyo en quien las defiende una profesión de fe cristiana, si bien la doctrina de la Iglesia las confirma y tutela siempre y en todas partes, como servicio desinteresado a la verdad sobre el hombre y el bien común de la sociedad civil. Por lo demás, no se puede negar que la política debe hacer también referencia a principios dotados de valor absoluto, precisamente porque están al servicio de la dignidad de la persona y del verdadero progreso humano.
La frecuentemente referencia a la “laicidad”, que debería guiar el compromiso de los católicos, requiere una clarificación no solamente terminológica. La promoción en conciencia del bien común de la sociedad política no tiene nada qué ver con la “confesionalidad” o la intolerancia religiosa. Para la doctrina moral católica, la laicidad, entendida como autonomía de la esfera civil y política de la esfera religiosa y eclesiástica – nunca de la esfera moral –, es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado.[23 Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76. ] Juan Pablo II ha puesto varias veces en guardia contra los peligros derivados de cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política. «Son particularmente delicadas las situaciones en las que una norma específicamente religiosa se convierte o tiende a convertirse en ley del Estado, sin que se tenga en debida cuenta la distinción entre las competencias de la religión y las de la sociedad política. Identificar la ley religiosa con la civil puede, de hecho, sofocar la libertad religiosa e incluso limitar o negar otros derechos humanos inalienables».[24 JUAN PABLO II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1991: “Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada hombre”, IV, AAS 83 (1991) 410-421. ] Todos los fieles son bien conscientes de que los actos específicamente religiosos (profesión de fe, cumplimiento de actos de culto y sacramentos, doctrinas teológicas, comunicación recíproca entre las autoridades religiosas y los fieles, etc.) quedan fuera de la competencia del Estado, el cual no debe entrometerse ni para exigirlos o para impedirlos, salvo por razones de orden público. El reconocimiento de los derechos civiles y políticos, y la administración de servicios públicos no pueden ser condicionados por convicciones o prestaciones de naturaleza religiosa por parte de los ciudadanos.
Una cuestión completamente diferente es el derecho-deber que tienen los ciudadanos católicos, como todos los demás, de buscar sinceramente la verdad y promover y defender, con medios lícitos, las verdades morales sobre la vida social, la justicia, la libertad, el respeto a la vida y todos los demás derechos de la persona. El hecho de que algunas de estas verdades también sean enseñadas por la Iglesia, no disminuye la legitimidad civil y la “laicidad” del compromiso de quienes se identifican con ellas, independientemente del papel que la búsqueda racional y la confirmación procedente de la fe hayan desarrollado en la adquisición de tales convicciones. En efecto, la “laicidad” indica en primer lugar la actitud de quien respeta las verdades que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en sociedad, aunque tales verdades sean enseñadas al mismo tiempo por una religión específica, pues la verdad es una. Sería un error confundir la justa autonomía que los católicos deben asumir en política, con la reivindicación de un principio que prescinda de la enseñanza moral y social de la Iglesia.
Con su intervención en este ámbito, el Magisterio de la Iglesia no quiere ejercer un poder político ni eliminar la libertad de opinión de los católicos sobre cuestiones contingentes. Busca, en cambio –en cumplimiento de su deber– instruir e iluminar la conciencia de los fieles, sobre todo de los que están comprometidos en la vida política, para que su acción esté siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del bien común. La enseñanza social de la Iglesia no es una intromisión en el gobierno de los diferentes Países. Plantea ciertamente, en la conciencia única y unitaria de los fieles laicos, un deber moral de coherencia. «En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida “espiritual”, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida “secular”, esto es, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento, arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de la acción y de la existencia. En efecto, todos los campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el “lugar histórico” de la manifestación y realización de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, situación, esfuerzo concreto –como por ejemplo la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura– constituye una ocasión providencial para un “continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad”».[25 JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59. La citación interna proviene del Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 4] Vivir y actuar políticamente en conformidad con la propia conciencia no es un acomodarse en posiciones extrañas al compromiso político o en una forma de confesionalidad, sino expresión de la aportación de los cristianos para que, a través de la política, se instaure un ordenamiento social más justo y coherente con la dignidad de la persona humana.
En las sociedades democráticas todas las propuestas son discutidas y examinadas libremente. Aquellos que, en nombre del respeto de la conciencia individual, pretendieran ver en el deber moral de los cristianos de ser coherentes con la propia conciencia un motivo para descalificarlos políticamente, negándoles la legitimidad de actuar en política de acuerdo con las propias convicciones acerca del bien común, incurrirían en una forma de laicismo intolerante. En esta perspectiva, en efecto, se quiere negar no sólo la relevancia política y cultural de la fe cristiana, sino hasta la misma posibilidad de una ética natural. Si así fuera, se abriría el camino a una anarquía moral, que no podría identificarse nunca con forma alguna de legítimo pluralismo. El abuso del más fuerte sobre el débil sería la consecuencia obvia de esta actitud. La marginalización del Cristianismo, por otra parte, no favorecería ciertamente el futuro de proyecto alguno de sociedad ni la concordia entre los pueblos, sino que pondría más bien en peligro los mismos fundamentos espirituales y culturales de la civilización.[26 Cfr. JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, en L’Osservatore Romano, 11 de enero de 2002]

lunes, 6 de junio de 2011

Séptima semana de Pascua, reflexiones del evangelio de cada día


Séptima semana
Lunes
Juan 16, 29-33
“Tengan valor, porque yo he vencido al mundo”. Nos viene muy bien recordar las palabras del Papa Juan XXII, que en 1961, con mirada profética nos decía: “La Iglesia asiste en nuestros días a una grave crisis de la humanidad, que traerá consigo profundas mutaciones. Un orden nuevo se está gestando, y la Iglesia tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas más trágicas de la historia. Porque lo que se exige hoy de la Iglesia es que infunda en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del Evangelio. La humanidad alardea de sus recientes conquistas en el campo científico y técnico, pero sufre también las consecuencias de un orden temporal que algunos han querido organizar prescindiendo de Dios. Por esto, el progreso espiritual del hombre contemporáneo no ha seguido los pasos del progreso material. De aquí surgen la indiferencia por los bienes inmortales, el afán desordenado por los placeres de la tierra, que el progreso técnico pone con tanta facilidad al alcance de todos, y, por último, un hecho completamente nuevo y desconcertante, cual es la existencia de un ateísmo militante, que ha invadido ya a muchos pueblos”.
Tengan valor es una exhortación de Jesús tan urgente para nuestros días, ante el mundo que parece que se ha decidido a vivir sin Dios, y otras veces en contra de Dios; no podemos ser indiferentes ante el mundo que nos rodea, cada uno de nosotros está llamado a poner fe en donde vive, testimoniar la esperanza en la realidades inmortales, y a perfumar con nuestra caridad los corazones que han perdido a Dios.
Tengamos fe en Jesús; seamos fuertes en la fe. La Iglesia quiere de nosotros una fe fuerte, y así la exige el compromiso de nuestra voluntad. Tengamos el valor de ejercitarla, respirarla y profesarla, no sólo interiormente para experimentar su luz y su dulzura, sino también externamente para expresarla con la palabra, con el cántico, con la conducta cotidiana.
Martes
Juan 17, 1-11
“Padre, glorifica a tu Hijo”. Existe una reciprocidad entre el Padre y el Hijo, en lo que conocen de sí mismos (cf. Jn 10, 15), en lo que son (cf. Jn 14, 10), en lo que hacen (cf. Jn 5, 19; 10, 38) y en lo que poseen: “Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío” (Jn 17, 10). Es un intercambio recíproco que encuentra su expresión plena en la gloria que Jesús obtiene del Padre en el misterio supremo de la muerte y la resurrección, después de que él mismo se la ha dado al Padre durante su vida terrena: “Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. (...) Yo te he glorificado en la tierra. (...) Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti” (Jn 17, 1.4 s).
Así, la reciprocidad entre el Padre y el Hijo llega a ser para nosotros, creyentes, el principio de una vida nueva, que nos permite participar en la misma plenitud de la vida divina: “Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios” (1 Jn 4, 15). Las criaturas viven el dinamismo de la vida trinitaria, de manera que “Toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo” (CIgC 259).
Por otra parte, Y el Apocalipsis describe así el destino escatológico de quien lucha y vence con Cristo la fuerza del mal: “Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono” (Ap 3, 21). Esta promesa de Cristo nos abre una perspectiva maravillosa de participación en su intimidad celestial con el Padre.
Miércoles
Juan 17,11b-19
Que sean uno, como nosotros. En Dios Trinidad se halla la fuente esencial de la unidad de la Iglesia. Lo indica la plegaria ‘sacerdotal’ de Cristo en el Cenáculo, que hemos escuchado: “...para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí” (Jn 17, 21-23).
Ésta es la fuente y también el modelo para la unidad de la Iglesia. En efecto, dice Jesús: que sean uno, “como nosotros somos uno”. Pero la realización de esta divina semejanza tiene lugar en el interior de la unidad de la Trinidad: “ellos en nosotros”. Y en esta unidad trinitaria permanece la Iglesia, que vive de la verdad y de la caridad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La unidad que invoca el Señor para sus discípulos es ante todo la comunión con Dios. Una comunión de existencia y no solo de sentimiento: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti”. Una comunión que es inhabitación de Dios en el hombre y asimilación del hombre a Dios. Y de esta misteriosa comunión de vida con Dios, gracias a la que hemos sido hecho partícipes de su misma naturaleza, brota la comunión entre los hijos de Dios y discípulos de Jesús. “Que sean uno... para que el mundo crea” (Jn 17, 21).
Jueves
Jn 17, 20-26
Que sean completamente uno. El deseo de Cristo es que haya perfecta unidad entre sus seguidores. Desafortunadamente, los seguidores de Jesús nos encontramos divididos. No haré referencia las divisiones al interior de la Iglesia y de las familias, que las hay, sino a las divisiones externas, divididos entre ortodoxos, anglicanos, protestantes, religiones no católicas… Sin la unidad que quiere Cristo, sus seguidores estamos incapacitados para dar testimonio satisfactorio de Él, y su división sigue siendo escándalo para el mundo, más en especial en las Iglesias jóvenes de tierras de misión.
Por esto, para que un día se llegue a la meta del deseo de Cristo, a la unidad perfecta, la Iglesia, con frecuencia nos invita a todos a la oración por la unidad. Para que un día se logre este proyecto de Jesús, tenemos necesidad de la ayuda de Dios, a quien de modo especial lo invocamos en la “Semana por la unión de los cristianos”, para que esta gran causa del restablecimiento de la unidad entre la Iglesia católica, las Iglesias separadas y las fracciones cristianas autónomas alcance el favor divino.
Hoy y ayer, la Palabra de Dios, nos hace conscientes de la llamada a mostrar una suprema fidelidad al deseo de Cristo. Pidamos todos con perseverancia al Espíritu Santo que remueva todas las divisiones de nuestra fe, que nos conceda aquella perfecta unidad en la verdad y en el amor por la que Cristo oró, por la que Cristo murió: “para reunir en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 52).
Oh Padre, concédenos la gracia de amarnos los unos a los otros a fin de que, en la unidad del Espíritu, profesemos nuestra fe viviendo en concordia y santa paz, siendo testigos del Evangelio de salvación del único Señor del cielo y de la tierra, Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Viernes
Juan 21,15-19
Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. La promesa que Jesús hace a Simón Pedro, de constituirlo piedra fundamental de su Iglesia, queda confirmada con el mandato que Cristo le confía después de su resurrección: “Apacienta mis corderos”, “Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15-17).
Las palabras: “Apacienta mis ovejas” manifiestan la intención de Jesús de asegurar el futuro de la Iglesia fundada por Él, bajo la guía de un pastor universal, o sea Pedro, al que dijo que, por su gracia, sería ‘piedra’ y tendría las “llaves del reino de los cielos”, con el poder de “atar y desatar”.
Ciertamente, Cristo, Fundador de la Iglesia, sigue siendo su Fundamento perpetuo e invisible, el Buen Pastor, la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia; pero el Sucesor de Pedro es, con un título totalmente especial, Servidor de Cristo para la edificación de la Iglesia, al asumir sus funciones de Jefe en el plano de la visibilidad.
Como pastor universal, Pedro debe actuar en el nombre de Cristo y en sintonía con él en toda la amplia área humana en la que Jesús quiso que se predicara su Evangelio y se anunciara la verdad salvífica: el mundo entero. El sucesor de Pedro en la misión de pastor universal es, pues, heredero de un oficio doctrinal, en el que está íntimamente asociado, con Pedro, a la misión de Jesús.
El sucesor de Pedro lleva a cabo su misión fundamentalmente de tres maneras: ante todo con la palabra, con sus escritos y mediante iniciativas autorizadas e institucionales de orden científico y pastoral.

Sábado. San Bernabé apóstol.
Juan 21,20-25
Éste es el discípulo que ha escrito todo esto, y su testimonio es verdadero. Este es el testimonio del discípulo amado de Jesús, el apóstol san Juan, que nos ha dejado en el cuarto evangelio; esto lo escribe al final de él como una conclusión. San Juan se presenta como un testimonio que proclama su experiencia del haber convivido, oído y compartido la vida de Jesús, y que nos ha dejado por escrito: Nosotros lo hemos contemplado y atestiguamos que el Padre envió a su Hijo al mundo para salvar al mundo (1Jn 4,14).
Esto es muy importante para nuestra vida cristiana, porque está en juego el núcleo mismo de la fe: Que Dios nos ha dado vida definitiva, y esta vida está en su Hijo (5,11). San Juan nos invita a aceptar y vivir el contenido de este libro, a tener la experiencia con el resucitado, y traducirlo con nuestra vida de todos los días. Se nos invita, como san Juan y la primera comunidad, por su Testimonio, a “venir a ver”, a caminar por donde elos caminaron y vivieron.
Esta experiencia se identifica con el Testimonio del Espíritu Santo, que da testimonio de lo que Jesús hizo y enseñó. El Espíritu de Jesús nos llevará a dar testimonio de Él, participando en la vida de Jesús; el Espíritu Santo nos hace descubrir el sentido de la vida de Jesús y y de su muerte como Testimonio del amor del Padre, y no sólo como recuerdo histórico, sino como presencia en la misma vida de la comunidad.

sábado, 4 de junio de 2011

La Ascension del Señor

Domingo de la Ascensión del Señor
Jesús los cita a sus discípulos en “un monte” de Galilea. En un monte Jesús sufrió la tentación del poder, en un monte se transfiguró, en un monte proclamó su mensaje. Dios ha querido revelarse de forma especial en la cumbre de las montañas, como un signo de su presencia.
En este monte Jesús manifiesta du poder y su divinidad. Y, con este poder, confía una misión a los discípulos y en ellos a toda la Iglesia, a cada uno de nosotros: hagan discípulos míos a todas las gentes; enséñenles “todo lo que Yo les ha mandado”. En efecto, el que anuncia y enseña la persona y la doctrina de Jesús, no enseña su doctrina, sino la persona, la vida y la persona de Jesús.
Esto es lo que Jesús pidió a sus seguidores y, hoy, nos lo sigue pidiendo a nosotros: “bautizar” y “enseñar”. Bautizar en el nombre de alguien significa establecer con él una relación personal. Por el bautismo entramos en relación personal con el Dios de Jesús, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por nuestro bautismo nos hemos hecho discípulos de Jesús. Y ser discípulos de Jesús implica, no sólo conocer la doctrina del maestro, sino vivir en una estrecha relación con Él; una relación personal y un seguimiento, que compromete toda la vida y es para siempre... En realidad, el discípulo se liga a la persona del Maestro y se compromete a compartir su proyecto de vida, a identificarse con sus palabras, sus pensamientos y sus obras.
La fiesta de la ascensión de Jesús subraya la responsabilidad de los creyentes. La palabra de Dios que hemos escuchado nos indica el verdadero camino, en el cumplimiento de nuestro deber de cristianos. Ahora comienza para la Iglesia el camino de la fe y de la madurez cristiana: caminará sola, sin la ayuda visible del Maestro. Comienza también el camino de la esperanza: “volverá”. La Iglesia espera la venida del Señor y su espera hará que se mantenga fiel. El reproche de los dos personajes: “¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo?”, viene a ser como una indicación de que la misión del cristiano está sobre la tierra; su mirada y atención será sobre las realidades humanas que él deberá transformar y cristianizar.
Es tanto la cercanía y el amor y la vida de Jesús con nosotros que promete vivir siempre entre nosotros: “Yo “estaré con ustedes hasta el fin del mundo”. En realidad, el Señor resucitado se ha ido, pero al mismo tiempo está aquí, se ha quedado con nosotros para siempre, es el Emmanuel = el “Dios con nosotros”.
Ahora Jesús no Está entre nosotros de forma visible, física, pero se ha presente de diversos modos, y esto hace que sea posible estar con cada uno y con todos: está en Iglesia, en la comunidad concreta, en los sacramentos, en la Eucaristía, en los más abandonados, en el perdón, etc. Reto nuestro es estar atentos para encontrar al Señor en todo y de tantas maneras, se acerca a todos…
La presencia de Jesús nos urge a caminar, no podemos quedarnos “ahí parados mirando al cielo”. Necesitamos ponernos a trabajar en la personal salvación y en la salvación de los hermanos; desde al trabajo, desde la propia realidad..., Jesús nos quiere testigos de su presencia. Así nos podemos preparar para ser bautizados con el Espíritu Santo”, Él es fuerza de Dios en nuestra debilidad. Esta semana es tiempo de oración y reconciliación para prepararnos a Pentecostés, a tener la experiencia de la presencia del divino Consolador, y llenarnos de serenidad, ciencia y fortaleza.
Que el próximo domingo sean todos llenos del Espíritu Santo, que los llene de luz y de verdad, de poder y de fuerza para que den testimonio de Jesús resucitado. Cuenten con mi oración para que sea en cada uno un nuevo Pentecostés; a la vez me encomiendo a su oración… Que Dios Padre, en su Hijo Jesús, por el Espíritu Santo bendiga a todos (que la Madre de la Soledad haga a todos valientes testigos del resucitado. Cada uno desde donde estemos hagamos Historia, hagamos historia de salvación).

viernes, 3 de junio de 2011

La moral y las leyes civiles


II. MORAL Y LEYES CIVILES
VER
Nuevamente el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, hace gala de un laicismo excluyente, que está lejos de ser la sana laicidad que necesitamos para construir una democracia madura e incluyente. En réplica a las declaraciones que hemos hecho contra la ley de la capital del país que ha cambiado hasta el mismo concepto de matrimonio, homologándolo con la unión de personas del mismo sexo, dándoles incluso la facultad de adoptar niños, dijo: "La moral de la Iglesia no puede ser el fundamento de una ley... Lo que no se puede hacer es imponer una moral en la ley..., pues somos un Estado laico". Y en un tono sarcástico, el senador Manlio Fabio Beltrones presume de que no le preocupan las leyes divinas, sino las humanas. ¡Y estos son quienes aspiran a gobernar a todo el país! ¡Cuidado! Al hacer leyes sin tomar en cuenta la moral, se pueden hacer leyes inmorales. En esta denuncia ha llevado la voz cantante el cardenal Norberto Rivera Carrera, pues se trata de su arquidiócesis, pero le apoyamos cien por ciento.
En términos semejantes se expresan quienes critican que ya 18 Estados hayan hecho cambios constitucionales en sus legislaciones locales, para blindar el derecho a la vida desde la concepción. Insisten en que las Iglesias debemos estar ajenas a estos procesos jurídicos, pues juzgan que es una intromisión indebida en la vida nacional. Alegan el laicismo e incluso cabildean con legisladores para que éste se haga precepto constitucional. Tienen un concepto anticuado de laicismo, que en muchos países ha sido superado. Aducen una interpretación restrictiva del artículo 130 constitucional, y no tienen en cuenta la Ley de Asociaciones y Culto Público, que en su artículo 2º. Nos garantiza el derecho de "no ser objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa por la manifestación de ideas religiosas", así como de "propagar" nuestra doctrina, en este caso sobre el matrimonio y el derecho a la vida. No estamos impidiendo que se cumplan las leyes civiles, sino que urgimos se respete nuestro derecho a proclamar nuestra fe, sin discriminación ni represión.
JUZGAR
En su discurso al Cuerpo Diplomático, acreditado ante la Santa Sede, y que aglutina a 178 países, acaba de decir el Papa Benedicto XVI: "La Iglesia está abierta a todos porque, en Dios, ella existe para los demás...La comunidad de los creyentes puede y quiere participar en promover un cambio efectivo de la mentalidad y establecer nuevos modelos de vida; pero para hacerlo es necesario que se reconozca su papel público. Lamentablemente, en ciertos países, sobre todo occidentales, se difunde en ámbitos políticos y culturales, así como en los medios de comunicación social, un sentimiento de escasa consideración y a veces de hostilidad, por no decir de menosprecio, hacia la religión, en particular la religión cristiana.
Es evidente que si se considera el relativismo como un elemento constitutivo esencial de la democracia, se corre el riesgo de concebir la laicidad sólo en términos de exclusión o, más exactamente, de rechazo de la importancia social del hecho religioso. Dicho planteamiento, sin embargo, crea confrontación y división, hiere la paz, perturba la ecología humana y, rechazando por principio actitudes diferentes a la suya, se convierte en un callejón sin salida. Es urgente, por tanto, definir una laicidad positiva, abierta, y que, fundada en una justa autonomía del orden temporal y del orden espiritual, favorezca una sana colaboración y un espíritu de responsabilidad compartida.
Uno de estos ataques proviene de leyes o proyectos que, en nombre de la lucha contra la discriminación, atentan contra el fundamento biológico de la diferencia entre los sexos. Pero la libertad no puede ser absoluta, ya que el hombre no es Dios, sino imagen de Dios, su criatura. Para el hombre, el rumbo a seguir no puede ser fijado por la arbitrariedad o el deseo, sino que debe más bien consistir en la correspondencia con la estructura querida por el Creador. La negación de Dios desfigura la libertad de la persona humana. La naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que nos precede y que viene de Dios" (11-I-2010).
ACTUAR
No pretendemos imponer una moral católica a todo un país, pero sí luchamos por que haya moral en la sociedad. Sin una moral básica, la sociedad se hunde, y lo peor es que la hundan los mismos legisladores. Hay una moral natural, es decir, la que respeta lo que la misma naturaleza implica, como es que el matrimonio sólo puede realizar se entre un hombre y una mujer; que los niños necesitan un padre y una madre, para que crezcan normales; que la vida es humana desde su inicio, en la fecundación y concepción, hasta su término natural; que todo ser humano vale como persona, independientemente de su edad, género, condición social, religión, cultura, e incluso de su tendencia sexual. Se le ha de respetar como persona, pero no se puede legalizar lo que es contra la misma naturaleza.
Esta es nuestra palabra, y respeten nuestro derecho a emitirla. Son libres de asumirla o no, pero no nos repriman.