lunes, 25 de julio de 2011

Reflexiones del evangelio de cada día Décima séptima semana


Décima séptima semana
Lunes
Mateo 20,20-28
Mi cáliz lo beberán. Acabamos de escuchar en el Evangelio cómo la madre de Juan y de Santiago le pidió a Jesús que tuviera en cuenta a sus hijos. Lo que sí resulta novedoso es la respuesta del Señor: "No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?". ¿De qué cáliz se trata? El Señor habla del cáliz del servicio y de dar la vida hasta el punto de derramar la sangre por los que se ama.
El verdadero poder, es el poder servir por amor: “el que quiera ser grande que se haga servidor de Ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del Hombre, que no vino para ser servido sino para servir” (Mt 20,26-28).
Puesto que nuestra vida es un don, servir es ser fieles a lo que somos: se trata de esa íntima capacidad de dar lo que se es, de amar hasta el extremo de los propios límites o, como nos enseñaba con su ejemplo la Madre Teresa, servir es “amar hasta que duela”.
Las palabras del Evangelio no van dirigidas sólo al creyente y al practicante. Alcanzan a toda autoridad tanto eclesial como política, ya que sacan a la luz el verdadero sentido del poder. El poder es servicio. El poder sólo tiene sentido si está al servicio del bien común. Para el gozo egoísta de la vida no es necesario tener mucho poder. A esta luz comprendemos que una sociedad auténticamente humana, y por tanto también política.
Cerramos con una cita de san Gregorio de Nisa: “Es conveniente que aquellos que están establecidos en el cargo de superiores, se sacrifiquen más que los demás, tengan sentimientos aún más humildes que sus subordinados, y presenten a sus hermanos, por sus propias vidas, el mismo tipo de servicio. Que miren a los que les son confiados como depósitos pertenecientes a Dios”.
Martes
Mateo 13, 36-43
Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo. Por medio de la parábola del trigo y la cizaña el Hijo de Dios afirma que Dios no ha echado en el mundo semilla alguna de mal sino que éste entró en el mundo por acción de su enemigo, el diablo.
En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación. Sin embargo, el día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia.
Este tiempo, nuestro tiempo de peregrinos es un tiempo en el que Cristo llama y no deja de llamar a la conversión: “¡Conviértanse!”. La opción por responder al Plan de Dios es sostenida y nutrida por la gracia que es amorosamente derramada en los corazones por el Espíritu Santo y que impulsa a la persona a aspirar continuamente a una vida nueva. En ese sentido se da un combate en lo íntimo del ser humano. “Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos”.
La conversión como proceso de continua respuesta a la gratuita invitación de Dios a la reconciliación, alcanza en el sacramento un auxilio fundamental y con el perdón recibe también un don de gracia que impulsa a responder con mayor coherencia al divino designio de Amor.
Miércoles
Mateo 13, 44-46
El que encuentra un tesoro en un campo, vende cuanto tiene y compra aquel campo. El tesoro y la perla simbolizan algo de enorme valor. La parábola se centra en la persona que descubre un tesoro. El deseo de poseer el tesoro y el temor de que otro se lo arrebate hace que proceda con máxima premura. Dilatar la venta de sus bienes y la compra del campo aumenta el riesgo de perder el tesoro hallado. Por ello, luego de enterrar el tesoro, es de suponer que no pierde ni un instante ni escatima esfuerzos para lograr su objetivo. Actúa con máxima prontitud, astucia e inteligencia.
Con esta parábola, así como también con la siguiente, el Señor resalta la necesidad de “venderlo todo” para poder ganar el Reino de los Cielos. No es posible quedarse con el tesoro o adquirir la perla de mayor valor sin vender todo lo que se tiene, sin el desprendimiento de las antiguas riquezas, sin un sacrificio que, sin embargo, mira a alcanzar una riqueza mucho mayor. Tratándose del Reino de los Cielos, lo que se gana no tiene ni punto de comparación.
¡Cristo es el tesoro que enriquece por sobre todos los demás! ¡Cristo es la perla valiosa que anda buscando todo ser humano! Quien lo encuentra a Él, y quien tiene el coraje de desasirse de todo para ganarlo a Él, experimenta que con Él le son dados todos los demás bienes que tanto y tan desesperadamente anda buscando. Quien encuentra a Cristo, o hay que decir más bien, quien es hallado y “alcanzado” por Él (Cfr. Flp 3,12), ¡a sí mismo se encuentra! ¿Hay mayor riqueza que esa para el ser humano? El Señor Jesús constituye la verdadera riqueza para el hombre o para la mujer, porque en Él llegamos a ser verdaderamente humanos, porque en Él somos hechos partícipes de la misma naturaleza divina (Cfr. 2Pe 1,4).
Jueves
Mateo 13, 47-53
Los pescadores ponen los pescados buenos en canastos y tiran los malos. La parábola de la red que recoge todo tipo de peces está tomada de una escena de la vida cotidiana. La red no distingue las clases de peces, sino que arrastra con todo lo que cae en ella, peces buenos o malos. En el Lago de Galilea se calculan unas treinta clases de peces distintos, todos aptos para el consumo humano. Pero había una variedad que, aunque muy apreciada por los paganos, los judíos no podían comer por considerar “impura”. Los pescadores debían, pues, seleccionar entre los peces buenos y los malos. Tal escena de la vida diaria es usada por el Señor para hablar de cómo en la etapa actual del Reino de los Cielos coexisten buenos y malos, justos y pecadores. Es como la red llena de peces de todo tipo. Sólo al final, al llegar el fin del mundo, los ángeles “separarán a los malos de los buenos.”
El Señor en su parábola habla del destino eterno de los malos: “los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.” Estas imágenes, usualmente usadas por el Señor, describen el sufrimiento, la amargura profunda, la impotencia de los condenados, aquellos que a pesar de la paciencia de Dios no quisieron escucharlo ni convertirse de su maldad.
Esta Iglesia reúne toda clase de peces, porque llama para perdonarlos a todos los hombres, a los sabios y a los insensatos, a los libres y a los esclavos, a los ricos y a los pobres, a los fuertes y a los débiles. Pero al fin del mundo, serán escogidos y guardados en vasijas los buenos, y los malos son arrojados fuera. Es decir, los elegidos serán recibidos en los tabernáculos eternos, y los malos, después de haber perdido la luz que iluminaba el interior del reino, serán llevados al fuego eterno.
Viernes: Santa Marta
Juan 11,19-27
Creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. El evangelista nos dice que Jesús declaró solemnemente a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Y añadió: “¿Crees esto?” (Jn 11, 25-26). Una pregunta que Jesús nos dirige a cada uno de nosotros; una pregunta que ciertamente nos supera, que supera nuestra capacidad de comprender, y nos pide abandonarnos a él, como él se abandonó al Padre.
La respuesta de Marta es ejemplar: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” (Jn 11, 27). ¡Sí, oh Señor! También nosotros creemos, a pesar de nuestras dudas y de nuestras oscuridades; creemos en ti, porque tú tienes palabras de vida eterna; queremos creer en ti, que nos das una esperanza fiable de vida más allá de la vida, de vida auténtica y plena en tu reino de luz y de paz.
Como Marta, la hermana de Lázaro, también nosotros renovemos hoy nuestra fe en Jesús y nuestra amistad con él. Por su muerte y resurrección, se nos comunica la vida plena en el Espíritu Santo. La vida divina puede transformar nuestra existencia en don de amor a Dios y a nuestros hermanos.
Encomendemos esta oración a María santísima. Que su intercesión fortalezca nuestra fe y nuestra esperanza en Jesús, especialmente en los momentos de mayor prueba y dificultad.

Sábado
Mateo 14, 1-12
Herodes mandó degollar a Juan. Los discípulos de Juan fueron a avisarle a Jesús. Aunque el evangelista no lo indica claramente, es de suponer que al culminar su predicación en Nazaret, Jesús retornó a Cafarnaúm. Es entonces cuando un día le llegan noticias de la muerte de Juan, el Bautista. Herodes lo había mandado decapitar por honrar la promesa hecha a Salomé, hija de Herodías. Tanto le gustó el baile que le ofreció en el día de su cumpleaños, “que éste le prometió bajo juramento darle lo que pidiera”(Mt 14,7).
La noticia de la muerte del Bautista causó un impacto muy profundo en el alma del Señor, de modo que quiso pasar un tiempo en soledad, apartado de la muchedumbre que lo buscaba incesantemente. Con sus apóstoles subió a una barca para dirigirse a un sitio tranquilo y deshabitado.
La muerte de Juan el Bautista, precursor del Salvador, manifiesta que la existencia terrena no es un bien absoluto; es más importante la fidelidad a la palabra del Señor, aunque pueda poner en peligro la vida (cf. Mc 6, 17-29).

sábado, 23 de julio de 2011

XVII Domingo ordinario/A homilía sobre la segunda lectura


XVII Domingo del Tiempo Ordinario/A
Nos predestina para que reproduzcamos en nosotros mismos la imagen de su Hijo (Cfr. Rom 8, 28-30).
El designio de Dios es uno sólo: “que reproduzcan en sí mismos la imagen de su propio Hijo, a fin de que él sea el primogénito entre muchos hermanos" (v. 29), a través de un proceso salvador en cuatro fases. Así, a los que predestino (los ha amado gratuitamente desde siempre), los llamó (les ha dado la existencia), los justificó (les ha concedido la gracia del perdón por la fe) y los glorificó (los ha predestinado a la comunión eterna con él) (v. 30).
Sin embargo, para que “reproduzcamos la imagen de su Hijo” (Rom 8,29), necesariamente requerirá una gran purificación pues, por el pecado, las irregularidades y desordenes, estamos muy lejos de asemejarnos a Cristo, a su vida, sentimientos, pensamientos y deseos. Somos como una estatua que necesita ser moldeada y cincelada para llegar a lucir la perfección a la que está destinada. Para reproducir en nosotros la imagen de Cristo, el escultor divino, aunando nuestro esfuerzo, tendrá que dar duras cinceladas a nuestro barro.
Todo el ser humano, en su realidad espiritual y corporal, debe entrar en un proceso de conversión del pecado hacia Dios; por lo tanto, en todas sus dimensiones debe ser purificado para reproducir en la propia existencia la imagen misma del Hijo de Dios. Por tanto, Jesucristo debe ser conocido, amado y seguido con el fin de identificarnos con él.
El camino de la espiritualidad en la Iglesia, no es otro que el seguimiento de Jesucristo. La santidad se parece a la escultura. Leonardo da Vinci definió la escultura como «el arte de quitar». Las otras artes consisten en poner algo: color en el lienzo en la pintura, piedra sobre piedra en la arquitectura, nota tras nota en la música. Sólo la escultura consiste en quitar: quitar los pedazos de mármol que están de más para que surja la figura que se tiene en la mente. También la perfección cristiana se obtiene así, quitando, haciendo caer los pedazos inútiles, esto es, los deseos, ambiciones, proyectos y tendencias carnales que nos dispersan por todas partes y no nos dejan acabar nada.
Un día, Miguel Ángel, paseando por un jardín de Florencia, vio, en una esquina, un bloque de mármol que asomaba desde debajo de la tierra, medio cubierto de hierba y barro. Se paró en seco, como si hubiera visto a alguien, y dirigiéndose a los amigos que estaban con él exclamó: «En ese bloque de mármol está encerrado un ángel; debo sacarlo fuera». Y armado de cincel empezó a trabajar aquel bloque hasta que surgió la figura de un bello ángel.
También Dios nos mira y nos ve así: como bloques de piedra aún informes, y dice para sí: «Ahí dentro está escondida una criatura nueva y bella que espera salir a la luz; más aún, está escondida la imagen de mi propio Hijo Jesucristo [nosotros estamos destinados a “reproducir la imagen de su Hijo” (Rm 8, 29)]; ¡quiero sacarla fuera!». ¿Entonces qué hace? Toma el cincel, que es la cruz, y comienza a trabajarnos; toma las tijeras de podar y empieza a hacerlo; toma los sacramentos y santifícate, toma tiempo para la oración y transfigúrate…
Dejémonos contagiar por la manera de mirar de Jesús. Aprendamos a mirar como él. Recorramos cada rostro tratando de mirar a la gente como lo haría él. Recorramos cada rostro tratando de adivinar qué se esconde detrás de las expresiones de cansancio, indiferencia, preocupación, serenidad... Dejemos brotar en nosotros la súplica de Jesús hacia ellos.
Por tanto, reproducir en nosotros la imagen de su Hijo” significa, en resumen, vivir como Jesús, amar como Jesús; y hay que llegar a hacer eso realidad en el día a día, en la práctica. Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.

sábado, 16 de julio de 2011

XVI Domingo ordinario/A sobre la segunda lectura


XVI Domingo del Tiempo Ordinario/A
“El espíritu intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras” (Rom 8, 26-27). Hoy, en la segunda lectura el Apóstol san Pablo tiene algo muy importante que enseñarnos, sobre el Espíritu Santo y su presencia en nosotros. En este trozo el Apóstol nos habla de la oración, pero de una oración en la que el orante se abandona totalmente al Espíritu Santo, no para pedirle cosas, no para “parar de sufrir”, no para solicitarle éxito y prosperidad, no para pedirle que se logren nuestros planes, sino para dejar que sea el Espíritu Santo quien ore por el orante.
Nos encontramos en la raíz más íntima y profunda de la oración. San Pablo nos lo asegura y, por tanto, nos ayuda a entender que además de impulsarnos el Espíritu Santo a la oración, Él mismo ora en nosotros. El Espíritu Santo está en el origen de la oración que refleja del modo más perfecto la relación existente entre las Personas divinas de la Trinidad: la oración de glorificación y de acción de gracias, con que se honra al Padre y con Él, al Hijo y al Espíritu Santo.
San Pablo, por esto, exhortaba a los cristianos a permanecer en la oración, cantando a Dios de corazón y con gratitud himnos y cánticos inspirados, instruyéndose y amonestándose con toda sabiduría, y les pide que este estilo de vida de oración sea aplicado a todo lo que hagan: “Todo cuanto hagan, de palabra y de boca, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre” (Col 3,17). La misma recomendación aparece en la Carta a los Efesios: “Llénense más bien del Espíritu. Reciten entre ustedes salmos, himnos y cánticos inspirados; canten y salmodien en su corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5,18-20).
N definitiva, san Pablo nos dice que no puede haber auténtica oración sin la presencia del Espíritu en nosotros. En efecto, escribe: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene -¡realmente no sabemos hablar con Dios!―; mas el Espíritu mismo intercede continuamente por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios" (Rm 8, 26-27). Es como decir que el Espíritu Santo, o sea, el Espíritu del Padre y del Hijo, es ya como el alma de nuestra alma, la parte más secreta de nuestro ser, de la que se eleva incesantemente hacia Dios un movimiento de oración, cuyos términos no podemos ni siquiera precisar.
En efecto, el Espíritu, siempre activo en nosotros, suple nuestras carencias y ofrece al Padre nuestra adoración, junto con nuestras aspiraciones más profundas. Obviamente esto exige un nivel de gran comunión vital con el Espíritu. Es una invitación a ser cada vez más sensibles, más atentos a esta presencia del Espíritu en nosotros, a transformarla en oración, a experimentar esta presencia y a aprender así a orar, a hablar con el Padre como hijos en el Espíritu Santo.
“No sabiendo pedir lo que nos conviene, el Espíritu Santo mismo intercede por nosotros”. Esa es la forma de orar: dejar al Espíritu Santo ser Quien ore en nosotros. Orar no es decirle a Dios: “esto es lo que quiero, hazlo”. Orar es decirle a Dios: “no sé qué quieres darme, no sé qué debo pedirte, pero sé que sólo Tú sabes lo que me conviene; dame lo que Tú quieras, dame lo que Tú sabes que necesito”.
Orando así, no sólo recibiremos lo que realmente nos conviene, sino que estaremos libres del mundo de la cizaña, del mundo en el que el Enemigo de Dios puede engañarnos. Al final, entonces, podremos ser trigo que Dios colocará en su granero que es el Cielo, y no cizaña que se quemará en el fuego, que es el Infierno.
Por último, el Espíritu, según san Pablo, es una prenda generosa que el mismo Dios nos ha dado como anticipación y al mismo tiempo como garantía de nuestra herencia futura (cf. 2 Co 1, 22; 5, 5; Ef 1, 13-14). Aprendamos así de san Pablo que la acción del Espíritu orienta nuestra vida hacia los grandes valores del amor, la alegría, la comunión y la esperanza. Debemos hacer cada día esta experiencia, secundando las mociones interiores del Espíritu; en el discernimiento contamos con la guía iluminadora del Apóstol.

viernes, 15 de julio de 2011

Décima sexta semana Reflexiones del evangelio de cada día


Décima sexta semana
Lunes
Mateo 12, 38-42
La reina del sur se levantará el día del juicio contra esta generación. La ceguera de escribas y fariseos se pone singularmente de manifiesto ante los signos y milagros que hace Jesús. Éstos le piden alguna señal. Jesús se niega a darles ninguna, excepto la que es El mismo: “Se presentaron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: ‘'¿Por qué esta generación pide una señal? Yo les aseguro: No se le dará a esta generación ninguna señal’”.
Jesús reprocha a los judíos que saben leer los signos de la Naturaleza pero no saben descubrir los signos de Dios en la vida de su pueblo: el gran signo de la aparición de Jesús de Nazaret, su predicación, sus milagros que invitan a vivir de un modo nuevo. La “señal de la que habla Jesús a los escriba y fariseos es su muerte de Jesús..., su resurrección de y la conversión y la salvación de los paganos.
Por esto Jesús les dice: en el juicio se alzarán los habitantes de Nínive... Y la reina de Sur... al mismo tiempo que esta generación, y harán que la condenen, pues ellos se arrepintieron con la predicación de Jonás, y hay algo más que Jonás aquí.
El Señor dice que cuando resucitemos para ser juzgados, esta Reina se levantará con la generación de los que no escucharon sus palabras ni creyeron en él, para juzgarlos (Mt 12,42); porque ella aceptó la sabiduría que Dios le enseñaba por Salomón, en cambio ellos despreciaron la sabiduría que les predicaba el Hijo de Dios. Y eso que Salomón era un siervo, en cambio Cristo es el Hijo de Dios y el Señor de Salomón.
También a nosotros nos dice Jesús que no habrá más señal que la de Jonás. ¿En qué consiste esa señal? En que los pecadores y los que según nuestros criterios “ya no cambian más” se arrepienten de su mala conducta y vuelven a Dios. Jesús está indicando que muchas veces las personas religiosas se vuelven rígidas y autosuficientes, y entonces Dios ya no puede obrar en sus vidas.
Martes
Mateo 12, 46-50
Señalando a los discípulos, dijo: éstos son mi madre y mis hermanos. El episodio, que hemos escuchado en el evangelio es sencillo: la madre y los parientes de Jesús quieren saludarle, y alguien se lo viene a decir: tu madre y tus hermanos te buscan, es decir sus primos; y Él aprovecha para anunciarnos el nuevo concepto de familia que se va a establecer en torno a él. No van a ser decisivos los vínculos de la sangre: “el que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”.
El discípulo es “un pariente de Jesús”. Jesús ofrece a los hombres la cálida intimidad de su familia. Entre Dios y los hombres ya no hay sólo relaciones frías de obediencia y sumisión como entre un amo y los subalternos... Con Jesús entramos en la familia divina, como sus hermanos y hermanas, como su madre.
La característica esencial del discípulo de Jesús: es “hacer la voluntad de Dios”. El que actúa así es un verdadero pariente de Jesús: entrar en comunión con Dios, haciendo su Voluntad... Y María, que hizo la voluntad de Dios a la perfección, es, por ello, de forma plena ‘su madre: por los lazos de la sangre y del espíritu. Que ella nos ayude a seguir su ejemplo.
Miércoles
Mateo 13, 1-9
Algunos granos dieron el ciento por uno. La lectura del evangelio de san Mateo nos recuerda la parábola del sembrador. Ya la conocemos, pero podemos releer continuamente las palabras del Evangelio y encontrar siempre en ellas una luz nueva. Salió un sembrador a sembrar. Mientras sembraba unas semillas cayeron a lo largo del camino, otras en un pedregal; algunas entre abrojos, otras en tierra buena, y sólo éstas dieron fruto (cf. Mt 13, 3-8).
Lo sembrado en tierra buena, que significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno”. Se trata de quienes han aceptado el dinamismo reconciliador que permite coordinar las energías humanas y ponerlas en la línea del designio divino, avanzando por el camino de la paz consigo mismo, con Dios, con los hermanos.
La semilla de la vida que ha sido depositada en nuestro corazón, ha de madurar por la gracia y la fe. La gracia es derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, como él mismo nos enseña en la carta del Apóstol a los Romanos (ver Rom 5, 5), y la fe que recibimos como un don, requiere de la escucha; y ésta, del silencio.
Así pues, la fe, que es posible en virtud del don divino, requiere ser escuchada. La fe se transmite por la Palabra, por el Anuncio, y este anuncio debe ser escuchado. La fe es la acogida al anuncio que nos viene; es un anuncio perceptible por mí. Cuando realizo el acto de fe, acojo ese anuncio, esa Palabra que me interpela, que me invita a dar fruto, como anuncia el profeta Isaías: “Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando la simiente para sembrar y el pan para comer, así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero, y cumple su misión” (Is 55,10-11).

Jueves
Mateo 13, 10-17
A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; pero a ellos no. Las parábolas del Señor tenían esta finalidad pedagógica, la intención de hacer asequible los misterios del Reino a gente muy sencilla. Por ello “les anunciaba la Palabra con muchas parábolas… según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas” (Mc 4,33-34).
No hay que ver en los misterios del Reino una doctrina secreta, reservada únicamente para un puñado de iniciados, a pesar de la aparente contradicción de la frase con la que hemos iniciado. Los Apóstoles tendrán la misión de “proclamar desde las azoteas” todo lo que el Señor les había explicado y enseñado en privado (ver Mt 10,27). Si a los Apóstoles se les concedía conocer y comprender los misterios del Reino de los Cielos de una forma privilegiada era para que pudiesen luego proclamar y explicar esos misterios a cuantos estuviesen dispuestos a “oír”.
La doctrina del Reino es incomprensible para quien endurece el corazón. Requiere por parte de quien la escucha una actitud de humilde acogida. Lamentablemente muchos carecen de tal disposición interior, cerrándose ellos mismos a la salvación y reconciliación ofrecida por Dios por medio de su propio Hijo. En cambio, son dichosos los Apóstoles y discípulos que “ven” y “oyen” lo que muchos profetas y justos desearon ver y oír, es decir, al mismo Mesías enviado por Dios y sus palabras de Vida.
Viernes: Memoria de santa María Magdalena
Juan 20, 1.11-18
Aparición a la Magdalena y a los Apóstoles. A las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios apóstoles. Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce. El carácter velado de la gloria del Resucitado se transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena: “Todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20, 17).
Gracias a su encuentro con el Resucitado, María Magdalena supera el desaliento y la tristeza causados por la muerte del Maestro (cf. Jn 20, 11-18). En su nueva dimensión pascual, Jesús la envía a anunciar a los discípulos que Él ha resucitado (cf. Jn 20, 17). Por este hecho se ha llamado a María Magdalena “la apóstol de los apóstoles”.
Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (ver Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la comida (ver Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (ver Lc 24, 39), pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión (ver Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso.
Ahora viendo nuestra vida y nuestro mundo en el que vivimos, en nuestros encuentros con el Resucitado, con el mismo que se encontró la Magdalena, podemos escuchar una exhortación de san Agustín: “Ahora que es tiempo, sigamos al Señor; deshagámonos de las amarras que nos impiden seguirlo…”.
Sábado
Mateo 13, 24-30
Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha. En el Reino misterioso, que el Señor Jesús ha venido a instaurar ya en la tierra, los malos coexistirán con los buenos así como el trigo y la cizaña coexisten en un mismo campo hasta el tiempo de la cosecha. Para el judaísmo esta coexistencia del bien y del mal en el Reino que Dios instauraría en los tiempos mesiánicos era absolutamente impensable. En el concepto de los judíos el Mesías que habría de venir no sólo eliminaría a los enemigos de Israel, sino que realizaría también una purificación total de todo mal.
Con esta parábola del trigo y la cizaña Jesús responde a la pregunta del mal en el mundo. Afirma que el mal que existe, que está presente y actúa en el campo del mundo y de la historia de los hombres, no viene de Dios que sólo ha sembrado la buena semilla, que lo ha hecho todo bueno (ver Gen 1,31). El mal en cambio viene de su “enemigo” y de sus secuaces: “la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo”. El mal en el corazón del hombre y en el mundo es consecuencia de un mal uso de la libertad por parte del ser humano, que antes que escuchar a Dios prefirió escuchar la voz del enemigo de Dios y hacer lo que éste le sugería. Esta desobediencia y rechazo de Dios es la causa de que haya germinado la cizaña en la vida de las personas y en la historia de la humanidad.
El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia.

lunes, 11 de julio de 2011

XV Semana del tiempo Ordinario Reflexiones del evvangelio de cada día


Décima quinta semana

Lunes
Mateo 10, 34-42; 11,1
No he venido a traer paz, sino discordia. Esta expresión de Jesús atrae nuestra atención y hace falta comprenderla bien. Lejos de ser una incitación a la discordia, esta expresión es un mensaje de paz por excelencia; Jesús mismo, como escribe san Pablo, “es nuestra paz” (Ef 2, 14), muerto y resucitado para derribar el muro de la enemistad e inaugurar el reino de Dios, que es amor, alegría y paz.
Esta expresión de Cristo significa que la paz que vino a traer no es sinónimo de simple ausencia de conflictos. Al contrario, la paz de Jesús es fruto de una lucha constante contra el mal. El combate que Jesús está decidido a librar no es contra hombres o poderes humanos, sino contra el enemigo de Dios y del hombre, contra Satanás. Quien quiera resistir a este enemigo permaneciendo fiel a Dios y al bien, debe afrontar necesariamente incomprensiones y a veces auténticas persecuciones.
Por eso, todos los que quieran seguir a Jesús y comprometerse sin componendas en favor de la verdad, deben saber que encontrarán oposiciones y se convertirán, sin buscarlo, en signo de división entre las personas, incluso en el seno de sus mismas familias.
La Virgen María, Reina de la paz, compartió hasta el martirio del alma la lucha de su Hijo Jesús contra el Maligno, y sigue compartiéndola hasta el fin de los tiempos. Invoquemos su intercesión materna para que nos ayude a ser siempre testigos de la paz de Cristo, sin llegar jamás a componendas con el mal.

Martes
Mateo 11, 20-24
El día del juicio será menos riguroso para Tiro, Sidón y Sodoma que para otras ciudades. Jesús comenzó a recriminar a aquellas ciudades donde había realizado más milagros, Ante la actitud hostil de los fariseos, ahora Jesús, asocia otra actitud semejante de algunas ciudades en las que él predicó. Jesús increpa a las ciudades de Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm porque en ellas había hecho muchos milagros, y, sin embargo, no se habían convertido a Él.
La doctrina que tantas veces había enseñado allí Jesús, rubricada con milagros, les hacía ver que El era el Mesías. Pero no respondieron a amor de Jesús; no cambiaron su modo de ser, su judaísmo rabínico y alega: porque no se habían convertido.
Al respecto, san Cirilo, comenta; “Por medio de esto, Jesús, nos enseña que todo lo que nos dicen los apóstoles debe aceptarse y dar frutos de conversión. Nadie ha comprado la salvación como propiedad privada. Cada día necesitamos volver sobre nuestras vidas, confrontarnos con el evangelio de Jesús y dar un paso en nuestro camino de conversión. La autosuficiencia es mala consejera. Para conservar y aumentar las gracias y dones recibidos de Jesús, esforcémonos por una conversión permanente de la mente y del corazón, combatiendo decididamente el pecado, que destruye la vida del alma.
Hay que corresponder a ese amor y luego comprometerse a comunicarlo a los demás: Cristo «me atrae hacia sí» para unirse a mí, a fin de que aprenda a amar a los hermanos con su mismo amor.
Miércoles
Mateo 11, 25-27
Escondiste estas cosas a los sabios y las revelaste a la gente sencilla. Ante la dureza de corazón de muchos, particularmente de los cultísimos fariseos y maestros de la Ley, el Señor Jesús da gracias al Padre por la humildad de aquellos que sí creyeron y acogieron la verdad revelada por Él, que lo acogieron a Él mismo.
Por consiguiente, Jesús no fustiga el hecho de ser sabios, sino la soberbia que lleva a asumir una actitud cerrada, intolerante e incluso hostil frente a la Verdad revelada por el Señor Jesús. Él muestra esa verdad a todos, pero no todos la acogen, sino sólo los “sencillos”.
En este sentido interpreta las palabras del Señor San Juan Crisóstomo: “al decir ‘a los sabios’, (el Señor) no se refiere a la verdadera sabiduría, sino a aquella que pretendían tener los escribas y los fariseos”. Y en un sentido más amplio afirma San Agustín que “bajo el nombre de sabios y prudentes, se entiende los soberbios”.
En resumen, el Señor Jesús “da gracias de haber revelado los misterios de su advenimiento a los Apóstoles, como párvulos, mientras que los escribas y fariseos, que se creían sabios y se miraban como prudentes, los ignoraron” (San Beda). La humildad nos hace reconocer que “nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar”, es decir “a los pequeños” (Mt 11,25-27).
Contemplemos a la Madre de Dios. En Ella se expresa la sabiduría de los sencillos, de los pobres, y se trasciende la ruptura generada por la ciencia que hincha y oscurece el entendimiento.
Jueves
Mateo 11, 28-30
Soy manso y humilde de corazón. Hoy el Señor hace una invitación a “todos los que están cansados y agobiados”. Los invita a acudir a Él, les promete que Él aliviará el peso que cargan sobre sus hombros, la fatiga que experimentan.
¿A qué peso se refiere? Es el peso de la Ley y de las observancias farisaicas que recargan más aún el peso de la Ley (ver Mt 23,4). El “yugo de la Ley” era una metáfora frecuentemente usada entre los rabinos, y es eso a lo que hace referencia el Señor. Él ofrece ahora otro yugo, el “suyo”, un yugo que es suave y ligero.
Quien del Señor aprende a cargar ese yugo, quien acude a Él, quien lo ama como es amado por Él, encontrará en Él el descanso del corazón, encontrará que la “carga” de los mandamientos divinos –que para muchos es un yugo insoportable– se hace ligera, fácil de cumplir y sobrellevar. Para quien ama, hasta lo más duro y exigente se torna “suave” y se hace con enorme gozo y alegría.
“¡Vengan a Mí!”, nos dice el Señor, cuando nos experimentamos fatigados, agobiados, invitándonos a salir de nosotros mismos, a buscar en Él ese apoyo, ese consuelo, esa fortaleza que hace ligera la carga. Él, que experimentó en su propia carne y espíritu la fatiga, el cansancio, la angustia, la pesada carga de la cruz, nos comprende bien y sabe cómo aligerar nuestra propia fatiga y el peso de la cruz que nos agobia. “Sin Dios, la cruz nos aplasta; con Dios, nos redime y nos salva”. (S.S. Juan Pablo II) Si buscamos al Señor, en Él encontraremos el descanso del corazón, el consuelo, la fortaleza en nuestra fragilidad. Y aunque el Señor no nos libere del yugo de la cruz, nos promete aliviar nuestro peso haciéndose Él mismo nuestro Cireneo.
Viernes
Mateo 12, 1-8
El Hijo del hombre también es dueño del sábado. Jesús enfrenta la actitud autoritaria y opresora de los fariseos. Estos lo cuestionan por la acción que cometen los discípulos “arrancan espigas en sábado”. Arrancar espigas era equivalente a cosechar, trabajo no permitido durante el descanso obligatorio, según la interpretación de los fariseos.
Jesús los contradice con unos hechos referidos al rey David y a la vida del templo. David infringió la ley para alimentar a su tropa; los sacerdotes por el exceso de actividad del culto violan el descanso obligatorio. Luego les cita la misma escritura, donde se hace evidente en la boca de los profetas que lo importante es la misericordia y no los sacrificios.
El precepto sabático sólo puede ser entendido adecuadamente en el marco del culto tributado a Dios y éste sólo puede brotar auténticamente en el ámbito de la misericordia y desde el sentimiento de ayuda al semejante.
Desde el tiempo del Nuevo Testamento (tiempos Apostólicos), el domingo remplazó al sábado judío como día dedicado al Señor para darle culto y descansar de las labores. San Ignacio de Antioquía, discípulo de los Apóstoles, Padre de la Iglesia del siglo I, enseña: Los que vivían según el orden de cosas antiguo han pasado a la nueva esperanza, no observando ya el sábado, sino el día del Señor, en el que nuestra vida es bendecida por El y por su muerte (Magn. 9,1).
Juan pablo II, decía que “El domingo, pues, más que una «sustitución» del sábado, es su realización perfecta, y en cierto modo su expansión y su expresión más plena, en el camino de la historia de la salvación, que tiene su culmen en Cristo”.

Sábado: 16 de julio fiesta de Nuestra Señora del Carmen
Mateo 12, 14-21
Les mandó que no lo publicaran, para que se cumplieran las palabras del profeta. Teneos un nuevo incidente de Jesús respecto al sábado: en ese día curó a un paralítico, y ¡en plena sinagoga esta vez!
Los fariseos salieron y tuvieron consejo para planear el modo de acabar con El. Jesús se enteró y se fue de allí. Le siguieron muchos y El los curó a todos, mandándoles que no lo publicaran...
Esta orden de Jesús a sus oyentes de que no lo dijeran fue para que se cumpliera la profecía de Isaías, pues este estilo es del que habla el profeta hablando del Siervo de Dios y que ahora san Mateo afirma que se cumple a la perfección en Jesús: anuncia el derecho, pero no grita ni vocea por las calles. Tiene un modo de actuar lleno de misericordia: la caña cascada no la quiebra, el pábilo vacilante no lo apaga. Ayer decía aquello de “misericordia quiero y no sacrificios”. El es el que mejor lo cumple con su manera de tratar a las personas.
La misión de Jesús es pacifista, solidaria y defensora de la justicia y el derecho. Sólo de un hombre así, sin pretensiones mundanas, el pueblo puede esperar la salvación. Jesús anunciará su misión salvífica con el testimonio de su propia vida, respaldado con acciones concretas en favor de los más pobres y desvalidos de la sociedad. Es precisamente en favor de ellos que instaurará el derecho y la justicia entre las naciones.

Nuestra Señora del Carmen
Cuando nosotros celebramos la fiesta de María, Madre de Dios, bajo cualquier advocación con que la llamemos, estamos celebrando también el gozo de que una mujer, tomada de entre nosotros, se engalana para recibir el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. El monte Carmelo es símbolo de María.
Se escogió esta fecha de la fiesta del 16 de julio, por ser el día en que la Virgen se apareció a San Simón Stock dándole el escapulario. San Simón Stock, comprendió que, sin la intervención de la Virgen, la Orden tendría vida corta. Recurrió a María, a la que llamó “Flor del Carmelo” y “Estrella del Mar” y puso la Orden bajo su amparo, suplicándole su protección para toda la comunidad. En respuesta a su oración, el 16 de julio de 1251 se le apareció la Virgen y le dio el escapulario para la Orden con la siguiente promesa: “Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los Carmelitas: quien muera con el escapulario no sufrirá el fuego eterno”.
Para el cristiano, el escapulario es una señal de su compromiso de vivir la vida cristiana siguiendo el ejemplo de la Virgen Santísima y el signo del amor y la protección maternal de María, que envuelve a sus devotos en su manto, como lo hizo con Jesús al nacer, como Madre que cobija a sus hijos. San Pablo nos dice que nos revistamos de Cristo, con el vestido de sus virtudes. El escapulario es el signo de que pertenecemos a María como sus hijos escogidos, consagrados y entregados a ella, para dejarnos guiar, enseñar, moldear por Ella y en su corazón.
El escapulario es un signo de nuestra identidad como cristianos, vinculados íntimamente a la Virgen María con el propósito de vivir plenamente nuestro bautismo. Por tanto, “No lleguemos a la conclusión de que el escapulario está dotado de alguna clase de poder sobrenatural que nos salvará a pesar de lo que hagamos o de cuanto pequemos...Una voluntad pecadora y perversa puede derrotar la omnipotencia suplicante de la Madre de la Misericordia”.
La Virgen ha prometido sacar del purgatorio el primer sábado después de la muerte a la persona que muera con el escapulario. La Virgen prometió al Papa Juan XXII que aquellos que cumplieran los requisitos de esta devoción que “como Madre de Misericordia, con sus ruegos, oraciones, méritos y protección especial, les ayudaría para que, libres cuanto antes de sus penas, sean trasladadas sus almas a la bienaventuranza”. Las condiciones para gozar de este privilegio son llevar el escapulario con fidelidad, guardar la castidad de su estado, rezar el oficio de la Virgen o los cinco misterios del rosario…
Oración. “Madre del Carmelo: Tengo mil dificultades, ayúdame. De los enemigos del alma, sálvame. En mis desaciertos, ilumíname. En mis dudas y penas, confórtame. En mis enfermedades, fortaléceme. Cuando me desprecien, anímame. En las tentaciones, defiéndeme. En horas difíciles, consuélame. Con tu corazón maternal, ámame. Con tu inmenso poder, protégeme. Y en tus brazos de Madre, al expirar, recíbeme. Virgen del Carmen, ruega por nosotros. Amén.”

sábado, 9 de julio de 2011

XV Domingo Ordinario/A Segunda Lectura


DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO/A
De san Pablo, en la Segunda lectura, hemos escuchado: “la creación expectante está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios (...) y espera ser liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Rm 8, 19-21). El Apocalipsis nos anuncia “un cielo nuevo y una tierra nueva”, porque el cielo y la tierra anteriores desaparecerán (cf. Ap 21, 1). Y san Pedro, en su segunda carta, recurre a imágenes Apocalípticas tradicionales para reafirmar el mismo concepto: “Los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia” (2 P 3, 12-13).
De todo esto podemos sacar tres puntos: buscar a Dios y buscarlo a través de Jesucristo que lo reveló (cf. Jn 1, 18), tratando de fijar la mirada en las realidades invisibles que son eternas (cf. 2 Co 4, 18), y en espera de la manifestación gloriosa del Salvador (cf. Ti 2, 13).
Buscar a Dios y buscarlo a través de Jesucristo que lo reveló (cf. Jn 1, 18): Buscar a Dios, caminar con Dios, seguir dócilmente las enseñanzas de su Hijo, Jesucristo. La orientación religiosa del hombre le viene de su misma naturaleza de criatura, que lo impulsa a buscar a Dios, quien lo ha creado a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 27). El concilio Vaticano II ha enseñado que “la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. Desde su nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador” (GS 19).
El deseo sincero de Dios nos lleva a evitar el mal y a hacer el bien. Esta conversión del corazón es ante todo un don gratuito de Dios, que nos ha creado para sí y en Jesucristo nos ha redimido: nuestra verdadera felicidad consiste en permanecer en él (cf. Jn 15, 4). Por este motivo, él mismo previene con su gracia nuestro deseo y acompaña nuestros esfuerzos de conversión.
A través de la unión profunda con Cristo, iniciada en el bautismo y alimentada por la oración, los sacramentos y la práctica de las virtudes evangélicas, hombres y mujeres de todos los tiempos, como hijos de la Iglesia, han alcanzado la meta de la santidad. Son santos porque pusieron a Dios en el centro de su vida e hicieron de la búsqueda y extensión de su Reino el móvil de su propia existencia; santos porque sus obras siguen hablando de su amor total al Señor y a los hermanos dando copiosos frutos, gracias a su fe viva en Jesucristo, y a su compromiso de amar como Él nos ha amado, incluso a los enemigos.
Tratando de fijar la mirada en las realidades invisibles que son eternas (cf. 2 Co 4, 18): Pero vemos con frecuencia, que se ha invertido la jerarquía de valores: lo que es secundario, caduco, se pone a la cabeza, pasa al primer plano. En cambio, lo que realmente debe estar en primer plano es siempre y sólo Dios. Y no puede ser de otra manera. Por esto dice Cristo: “Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Ibíd. 6, 33).
…en espera de la manifestación gloriosa del Salvador (cf. Ti 2, 13): El Espíritu construye el Reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo” (TMA 45). Observaba san Agustín, todos queremos la “vida bienaventurada”, la felicidad; queremos ser felices. No sabemos bien qué es y cómo es, pero nos sentimos atraídos hacia ella. Se trata de una esperanza universal, común a los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares. La expresión “vida eterna” querría dar un nombre a esta espera que no podemos suprimir: no una sucesión sin fin, sino una inmersión en el océano del amor infinito, en el que ya no existen el tiempo, el antes y el después. Una plenitud de vida y de alegría: esto es lo que esperamos y aguardamos de nuestro ser con Cristo (cf. ib., 12).
Renovemos hoy la esperanza en la vida eterna fundada realmente en la muerte y resurrección de Cristo. Que María, Estrella de la esperanza, haga más fuerte y auténtica nuestra fe en la vida eterna.

lunes, 4 de julio de 2011

Décima cuarta semana del tiempo ordinario


Décima cuarta semana
Lunes. Mateo 9, 18-26
Mi hija acaba de morir; pero ven tú y volverá a vivir. Nuestro mundo necesita una profunda mejoría, una honda resurrección espiritual. Aunque el Señor lo sabe todo, quiere que, con la misma confianza de aquel jefe de la sinagoga, Jairo –que cuenta la gravedad del estado de su hija: “Mi niña está en las últimas” (Mc 5, 23)-, le digamos cuáles son nuestros problemas, todo lo que nos preocupa o entristece. Y el Señor espera que le dirijamos la misma súplica de Jairo, cuando le pedía la salud de su hija: “Ven, pon las manos sobre ella, para que sane” (Ibíd.).
Es necesario nuestra oración, nuestro testimonio y nuestra palabra para la salvación del mundo entero, para que todos los hombres resuciten a una vida nueva en Cristo Jesús. Debemos rezar y testimoniar nuestra fe para vencer la muerte. Debemos rezar para lograr una vida nueva en Cristo Jesús. El es la vida; El es la verdad; Él es el camino.
Jesucristo, muerto, Jesucristo resucitado es para nosotros la prueba definitiva del amor de Dios por todos los hombres. Jesucristo, “el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Hb 13, 8), continúa mostrando por cada uno de nosotros el mismo amor que describe el Evangelio cuando se encuentra con Jairo y con su enferma hija, a quien da la salud y la vida.
Así podemos contemplarlo en la lectura bíblica que hemos escuchado: la resurrección de la hija de Jairo. Estamos viendo cómo Jesús sale al paso de la humanidad, en las situaciones más difíciles y penosas. El milagro realizado en casa de Jairo nos muestra su poder sobre el mal. Es el Señor de la vida, el vencedor de la muerte.
Martes. Mateo 9, 32-38
La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Sabemos que estas palabras valen para todos los tiempos. Por tanto, estas palabras valen también para nuestro tiempo. Eso significa: en el corazón de los hombres crece una mies. Eso significa, una vez más: en lo más profundo de su ser esperan a Dios; esperan una orientación que sea luz, que indique el camino. Esperan una palabra que sea más que una simple palabra. Se trata de una esperanza, una espera del amor que, más allá del instante presente, nos sostenga y acoja eternamente. La mies es mucha y necesita obreros en todas las generaciones. Y para todas las generaciones, aunque de modo diferente, valen siempre también las otras palabras: “Los obreros son pocos”.
“Rueguen, pues, al Dueño de la mies que mande obreros”. Eso significa: la mies existe, pero Dios quiere servirse de los hombres, para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres. Necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que ya está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y se transforme en perenne comunión divina de alegría y amor”.
“Rueguen, pues, al Dueño de la mies” quiere decir también: no podemos ‘producir’ vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre.
Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción, a fin de que de nuestro corazón brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su ‘sí’. Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte.
Miércoles
Mateo 10, 1-7
Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. En el evangelio, Jesús parece limitar su misión sólo a Israel: parece circunscribir la misión encomendada a los Doce: “A estos Doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: ‘No tomen camino de gentiles ni entren en ciudad de samaritanos; diríjanse más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel’” (Mt 10, 5-6).
Más bien, en esta expresión del evangelio de hoy, se ponen de manifiesto dos realidades; por una parte, la apertura universal de la salvación y la fidelidad a Israel, que a primera vista pueden parecer opuestas, son en realidad dos aspectos inseparables y recíprocos del mismo misterio de salvación: precisamente la intensidad y la firmeza del amor de Dios por el pueblo que eligió son las que convierten este amor en una ‘bendición’ para todos los pueblos (cf. Gn 12, 3). Esto se manifiesta en el grado más alto en la cruz de Cristo, signo máximo de su entrega a las ovejas perdidas de la casa de Israel y, al mismo tiempo, de la redención de la humanidad entera.
De una o de otra forma, descubrimos el amor de Cristo por los hombres, que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de Dios, tanto el pueblo de Israel como todos los demás naciones de la tierra. El pueblo de la promesa es signo de salvación para todos los pueblos, El pueblo de Israel es el inicio de la universalización de la Alianza. En efecto, después de la pasión y la resurrección de Cristo, la misión universal de los Apóstoles se hará explícita. Cristo enviará a los Apóstoles “a todo el mundo” (Mc 16, 15), a “todas las naciones” (Mt 28, 19; Lc 24, 47), “hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8).
Este proyecto de Dios continúa: Dios quiere que todos los hombres se salven, y nos quiere colaboradores, desde nuestra propia vocación.

Jueves
Mateo 10, 7-15
Gratuitamente han recibido este poder, ejérzanlo, pues, gratuitamente. Todos hemos recibido gratuitamente la fe, la salvación del Señor. Cristo nos llama a la fe, nos dio su mensaje evangélico, somos depositarios de él, y somos apóstoles con la misión de transmitirlo al mundo.
Somos depositarios del Reino de Dios, pero no lo hemos recibido para guardarlo para nosotros, es para compartirlo con todos los demás, porque todos, como decíamos ayer, hemos sido llamados a la salvación. Jesús a todos nos llama a difundir el Reino de los Cielos, esta es nuestra misión, somos misioneros por nuestro bautismo, Jesús nos ha llamado ser testigos de su amor.
Pero no basta dar gratuitamente lo que hemos recibido de igual forma, debemos darlo con cariño, con generosidad, con entrega total, a manos llenas, sin regateos, con todo el corazón, está claro, con las cosas de Dios no podemos ser tacaños.
Los apóstoles, somos todos los miembros de la Iglesia, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, aunque lo hagamos en distintos frentes y de diferentes maneras, todos estamos encargados por Jesús a proclamar su Reino en el mundo. Tenemos fe porque la hemos recibido de Dios a través de nuestros padres, de catequistas y de los hermanos… Ahora nos toca pasarla gratuitamente a los que están a nuestro alrededor.
Viernes
Mateo 10, 16-23
No serán ustedes los que hablarán, sino el Espíritu de su Padre. El Espíritu Santo fue el abogado defensor de los Apóstoles, y de todos aquellos que, a lo largo de los siglos, han sido en la Iglesia los herederos de su testimonio y de su apostolado, especialmente en los momentos difíciles que comprometieron su responsabilidad hasta el heroísmo.
Jesús lo predijo y lo prometió: “los entregarán a los tribunales... serán llevados ante gobernadores y reyes... Mas cuando los entreguen, no se preocupen de cómo o qué van a hablar... no serán ustedes los que hablarán, sino el Espíritu de su Padre el que hablará en ustedes” (Mt 10, 17-20; “…el Espíritu Santo les enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir”.
Cuando los Apóstoles tienen que confesar la verdad, motivarla y defenderla, el Espíritu Santo siempre está presente. Él mismo se convierte, entonces, en el inspirador; él mismo habla con sus palabras, y juntamente con ellos y por medio de ellos da testimonio de Cristo y de su Evangelio. Ante los acusadores Él llega a ser como el “Abogado” invisible de los acusados, por el hecho de que actúa como su patrocinador, defensor, confortador.
Por tanto, en el dar testimonio de Cristo, el Paráclito es un asiduo (aunque invisible) Abogado y Defensor de la obra de la salvación, y de todos aquellos que se comprometen en esta obra. Y es también el Garante de la definitiva victoria sobre el pecado y sobre el mundo sometido al pecado, para librarlo del pecado e introducirlo en el camino de la salvación.

Sábado
Mateo 10, 24-33
No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. En esta expresión del evangelio de hoy encontramos, en la tradición bíblica, la dualidad del hombre. Esta tradición se refleja en las palabras de Cristo: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y el alma no pueden matarla; o también: “teman más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo en la gehena” (Mt 10, 28).
Las fuentes bíblicas autorizan a ver el hombre como unidad personal y al mismo tiempo como dualidad de alma y cuerpo. En Deus caritas est leemos: “El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; (...) ni el cuerpo ni el espíritu aman por sí solos: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma” (n. 5). Si se elimina esta unidad, se pierde el valor de la persona y se cae en el grave peligro de considerar el cuerpo como un objeto que se puede comprar o vender (cf. ib.).
La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la ‘forma’ del cuerpo (cf. Cc. de Vienne, año 1312, DS 902); es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza. A pesar de que se manifieste a menudo la convicción de que el hombre es ‘imagen de Dios’ gracias al alma, no está ausente en la doctrina tradicional la convicción de que también el cuerpo participa a su modo, de la dignidad de la ‘imagen de Dios’, lo mismo que participa de la dignidad de la persona. Por consiguiente, no es lícito al hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, tiene que considerar su cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último día (GS 14,1).

sábado, 2 de julio de 2011

XIV Domingo del tiempo ordinario/A


DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO/A
Soy manso y humilde de corazón
En estos últimos domingos Cristo nos ha llamado a seguirle; a anunciar, a comunicar su Evangelio; hoy nos invita a vivir en comunión con él. Una comunión que ofrece especialmente a los sencillos: a quienes no se creen sabios ni entendidos; a los hombres y mujeres que andan cansados y agobiados: quizá muchos, quizá la mayoría de nosotros; no nos pese: éstos son los preferidos de Cristo.
Evitemos la tentación de pensar que Cristo, antes que nada, nos exige, nos manda, nos impone. No, antes que nada nos ama de tal modo que nos quiere comunicar aliento y fuerza para nuestro camino, porque él sabe que este camino es difícil. Es hombre como nosotros, compañero de camino y es el Señor, que nos ama y nos llama a vivir con él.
Jesús nos quiere dar lo mejor que tiene: su comunión de vida con el Padre. Sí, no propone fáciles soluciones a nuestro andar “cansados y agobiados”, no esconde que la vida está llena de dureza; lo que hace es decir sencillamente: “Vengan a mí... y encontrarán su descanso”. No es un descanso que esquive nuestra lucha de cada día; pues también nos dice: “carguen con mi yugo”, sino un descanso que se halla por el extraño camino de saberse hijo de Dios, querido por el Padre, discípulo de Cristo. Es decir, en el vivir en comunión con Dios, comunión de vida y amor. Una comunión que no evita la lucha, el peso del yugo de cada día. Pero que -dice Cristo- puede convertirlo en un ¡yugo llevadero y una carga ligera! Si es asumido como un compartir el camino de amor de Cristo, ante y con Dios, viviendo en su presencia, haciendo en todo su santa voluntad.
Las palabras son insuficientes para expresar lo que Cristo nos dice. Pero, todos lo hemos experimentado alguna vez, cuando hemos conseguido sintonizar con su presencia, cuando en momentos concretos de nuestra vida hemos tenido la experiencia de su presencia en nuestro caminar. Con una entera confianza en el Espíritu de Dios, que habita en nosotros -como hemos leído en la carta de Pablo-, intentemos cada día el encuentro con Jesús, para tener momentos de paz, para ir a lo más hondo, para encontrar un espacio de oración, para escuchar las palabras de Cristo: “Vengan a mí...”
Cargar con el yugo de Jesús, se trata de dejarse subyugar por Cristo y el evangelio. Esta palabra -subyugar expresa a las mil maravillas el profundo sentido evangélico de las palabras de Jesús, pues cuando el yugo es el amor, el único que puede cargar con el yugo es el enamorado. No se trata en consecuencia de cargar con nada, sino de hacerse cargo del amor de Dios para realizarlo en y con los hermanos, con todos los hombres. Sabemos que, para el que ama, todas las obligaciones están de más. No hace falta que nadie le diga qué tiene que hacer, pues se lo dicta su corazón. Y también sabemos que, cuando falta el amor, todas las leyes son insuficientes. Por eso el evangelio es algo muy sencillo, tan sencillo como amar.
Y por eso es sólo para gente sencilla, para los que se dejan llevar del amor: enamorarse y no especular con los sentimientos. Ser cristiano es dejarse llenar del amor de Dios y rebosarlo en los hermanos. Eso es todo.
Intentemos, en la semana, caminar con Jesús, dóciles a su Espíritu, subyugados por su amor, yugo llevadero y carga ligera.

miércoles, 29 de junio de 2011

Democracia, pluralismo y paricipación


DEMOCRACIA, PLURALISMO Y PARTICIPACIÓN
Introducción
Con los temas democracia y Verdad, consolidación de la Democracia, Participación ciudadana y Voto consciente, los Obispos, “como Pastores de la Iglesia católica en México”, han exhortado a los creyentes a ser protagonistas de la vida política de México, ejerciendo sus derechos y deberes en la vida pública; por tanto, nuestro reflexión quiere ser una modesta contribución a la formación permanente cívica de todo ciudadano, que se ha de tener en tiempos de efervescencia política y en tiempos de calma.
El tema sobre democracia, pluralismo y participación, que nos ocupa, son tres ejes del marco político, que consideramos, todo ciudadano ha de tener con claridad en su mente para entrar en el escenario de las cosas públicas y ejercer con responsabilidad sus deberes y exigir sus derechos como ciudadano.
1) La democracia
La Centessimus Annus 46, 1ª. Parte, dice que “la Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado”.
Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la «subjetividad» de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad. Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.
Concluimos este punto con los pensamientos de Federico Mayor: “No hay lugar a duda: el mundo es uno solo. Nos salvamos todos juntos o no podremos evitar el caos y la catástrofe...Tenemos que salir de los senderos recorridos para idear formas de coexistencia completamente nuevas”. Desde el desarrollo hasta la promoción de los derechos del hombre y de la democracia, los espíritus se enfrentan a menudo en oposiciones estériles. Lo más importante es volver a lo esencial: “Los unos hablan de derechos del hombre y de la democracia, los otros se apelan al desarrollo. Y a menudo, olvidan todos lo que es central: el ser humano y la exigencia -unánimemente expresada- de justicia”. Entre las tareas prioritarias, construir la paz, superar las grandes contradicciones que hay en el corazón del mundo actual, dar la prioridad a la generosidad y al amor para organizar la trama de un tejido social renovado: “La razón puede aconsejar que se dé, pero sólo la pasión y la compasión pueden conducir a darse a sí mismo -participar- lo que es la única urgencia en los tiempos en que vivimos, mientras tenemos que buscarnos caminos más justos... Sólo la desmesura es histórica y en este período de transición de una cultura de guerra a una cultura de paz, solamente una voluntad de abnegación sin medida permitirá que se hagan realidad los cambios a las transformaciones ineluctables ser realidad. La medida en amor, es amar sin medida”.
2) El Pluralismo
Cuando se piensa en una libertad individual y se traslada al orden de la convivencia surgen problemas no pequeños. Si hablamos de moral política, el núcleo de la discusión es el pluralismo en distintos niveles, en el político, religioso, cultural, las acciones dentro de un estado.
CA 46, Párrafo 2º. Expresa que “La Iglesia tampoco cierra los ojos ante el peligro del fanatismo, o fundamentalismo de quienes, en nombre de una ideología con pretensiones de científica o religiosa, creen que pueden imponer a los demás hombres su concepción de la verdad y del bien. No es de esta índole la verdad cristiana. Al no ser ideológica, la fe cristiana no pretende encuadrar en un rígido esquema la cambiante realidad sociopolítica y reconoce que la vida del hombre se desarrolla en la historia en condiciones diversas y no perfectas. La Iglesia, por tanto, al ratificar constantemente la trascendente dignidad de la persona, utiliza como método propio el respeto de la libertad.
La libertad, no obstante, es valorizada en pleno solamente por la aceptación de la verdad. En un mundo sin verdad la libertad pierde su consistencia y el hombre queda expuesto a la violencia de las pasiones y a condicionamientos patentes o encubiertos. El cristiano vive la libertad y la sirve (cf. Jn 8, 3132), proponiendo continuamente, en conformidad con la naturaleza misionera de su vocación, la verdad que ha conocido. En el diálogo con los demás hombres y estando atento a la parte de verdad que encuentra en la experiencia de vida y en la cultura de las personas y de las Naciones, el cristiano no renuncia a afirmar todo lo que le han dado a conocer su fe y el correcto ejercicio de su razón”.
Por consiguiente, la existencia de un Estado de Derecho implica en los ciudadanos y, más aún, en la clase dirigente el convencimiento de que la libertad no puede estar desvinculada de la verdad. En efecto, « los graves problemas que amenazan la dignidad de la persona humana, la familia, el matrimonio, la educación, la economía y las condiciones de trabajo, la calidad de la vida y la vida misma, proponen la cuestión del Derecho ». Los Padres sinodales han subrayado con razón que « los derechos fundamentales de la persona humana están inscritos en su misma naturaleza, son queridos por Dios y, por tanto, exigen su observancia y aceptación universal. Ninguna autoridad humana puede transgredirlos apelando a la mayoría o a los consensos políticos, con el pretexto de que así se respetan el pluralismo y la democracia. Por ello, la Iglesia debe comprometerse en formar y acompañar a los laicos que están presentes en los órganos legislativos, en el gobierno y en la administración de la justicia, para que las leyes expresen siempre los principios y los valores morales que sean conformes con una sana antropología y que tengan presente el bien común ».
En efecto, El respeto de la conciencia de cada persona en la búsqueda de la verdad es el primer deber moral. El hombre ha de tener el deber de reacoger la verdad. Que el ciudadano merece respeto a su conciencia, no significa privatizar la verdad moral, no se puede decir que cada quien exprese su opinión y que cada opinión equivalga a la verdad, hay mucha distancia a la realidad.
Por tanto, es importante que, a la vez que se respeta un sano sentido de la naturaleza secular del Estado, se reconozca el papel positivo de los creyentes en la vida pública. Esto corresponde, entre otras cosas, a las exigencias de un sano pluralismo y contribuye a la construcción de una democracia auténtica.
La libertad de la que habla el sistema democrático es una libertad de carácter formal, afirma solo una parte de la libertad, que se sitúa al margen de los contenidos de la libertad y su conexión con la verdad y el bien; es una libertad de, y no una libertad para. Una libertad así no se hace cargo de toda la profundidad de la libertad humana. El despliegue de la libertad al margen de coacciones externas fracasa, no alcanza los fines que se propone. La democracia no es criticable en lo que afirma, sino en lo que niega.
Cada persona tiene que recorrer el camino hacia la verdad, en este camino no puede ser violentada. La capacidad para conocer la verdad moral es falible, dialéctica: se ejerce en dialogo, tiene importancia la tradición, siendo dialéctica, no se puede decir que la capacidad sea nula. El relativismo tiene desconfianza ante el conocimiento moral. En su conjunto es posible afirmar un pluralismo social no relativista, compatible con la presencia de la religión en la vida pública, que no anula el pluralismo.
3) La participación
Del ideal democrático ha venido la idea de la participación ciudadana. Aquí está la grandeza y la dificultad en el aunar voluntades en un proyecto común.
La participación es un paso positivo. La democracia es el sistema que mas exige del ciudadano, su compromiso y una libertad madura. Por esto, deber de los ciudadanos es cooperar con la autoridad civil al bien de la sociedad en espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio a la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política (CIgC 2239).
En el compendio de doctrina social católica justicia y paz encontramos en el no. 189, se dice: «Consecuencia característica de la subsidiaridad es la participación, que se expresa, esencialmente, en una serie de actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece. La participación es un deber que todos han de cumplir conscientemente, en modo responsable y con vistas al bien común.
La participación no puede ser delimitada o restringida a algún contenido particular de la vida social, dada su importancia para el crecimiento, sobre todo humano, en ámbitos como el mundo del trabajo y de las actividades económicas en sus dinámicas internas, la información y la cultura y, muy especialmente, la vida social y política hasta los niveles más altos, como son aquellos de los que depende la colaboración de todos los pueblos en la edificación de una comunidad internacional solidaria. Desde esta perspectiva, se hace imprescindible la exigencia de favorecer la participación, sobre todo, de los más débiles, así como la alternancia de los dirigentes políticos, con el fin de evitar que se instauren privilegios ocultos; es necesario, además, un fuerte empeño moral, para que la gestión de la vida pública sea el fruto de la corresponsabilidad de cada uno con respecto al bien común».
Por otra parte, en mismo documento cuando habla de ‘Participación y democracia’ en los nos. 190-191, dice que «La participación en la vida comunitaria no es solamente una de las mayores aspiraciones del ciudadano, llamado a ejercitar libre y responsablemente el propio papel cívico con y para los demás, sino también uno de los pilares de todos los ordenamientos democráticos, además de una de las mejores garantías de permanencia de la democracia. El gobierno democrático, en efecto, se define a partir de la atribución, por parte del pueblo, de poderes y funciones, que deben ejercitarse en su nombre, por su cuenta y a su favor; es evidente, pues, que toda democracia debe ser participativa. Lo cual comporta que los diversos sujetos de la comunidad civil, en cualquiera de sus niveles, sean informados, escuchados e implicados en el ejercicio de las funciones que ésta desarrolla.
La participación puede lograrse en todas las relaciones posibles entre el ciudadano y las instituciones: para ello, se debe prestar particular atención a los contextos históricos y sociales en los que la participación debería actuarse verdaderamente. La superación de los obstáculos culturales, jurídicos y sociales que con frecuencia se interponen, como verdaderas barreras, a la participación solidaria de los ciudadanos en los destinos de la propia comunidad, requiere una obra informativa y educativa. Una consideración cuidadosa merecen, en este sentido, todas las posturas que llevan al ciudadano a formas de participación insuficientes o incorrectas, y al difundido desinterés por todo lo que concierne a la esfera de la vida social y política: piénsese, por ejemplo, en los intentos de los ciudadanos de “contratar” con las instituciones las condiciones más ventajosas para sí mismos, casi como si éstas estuviesen al servicio de las necesidades egoístas; y en la praxis de limitarse a la expresión de la opción electoral, llegando aun en muchos casos, a abstenerse».
En el ámbito de la participación, una fuente de preocupación proviene de aquellos países con un régimen totalitario o dictatorial, donde el derecho fundamental a participar en la vida pública es negado de raíz, porque se considera una amenaza para el Estado mismo; de los países donde este derecho es enunciado sólo formalmente, sin que se pueda ejercer concretamente; y también de aquellos otros donde el crecimiento exagerado del aparato burocrático niega de hecho al ciudadano la posibilidad de proponerse como un verdadero actor de la vida social y política.
A esto podemos aunar el hecho de que el estado laico no solo niega su cooperación con las confesiones religiosas, sino que se propone ignorar positivamente el hecho religioso. El laicismo no puede reducir la religión a algo meramente privado, por la contradicción; pues, sería algo totalitario, en un mundo civilizado toda persona tiene derecho a manifestar sus ideas. Y en México mientras se dice que todos somos ciudadanos mexicanos, excluye de tal participación a los obispos, sacerdotes y pastores de otras confesiones, por el hecho de ser clérigos o pastores. Así por ejemplo, un sector de diputados y senadores, mientras defienden derechos de los gaymonios, niegan los derechos a los clérigos, considerándolos directa o indirectamente sin derechos a manifestar sus ideas; es más, se les niega su derecho de educar y formar a sus fieles en política. La Iglesia tiene “el mandato del Señor de predicar su Evangelio a todas las creaturas para que este mundo sea más justo y digno, nos obliga a no quedarnos encerrados en los templos, en las sacristías, sólo mirando al cielo y hablando de ángeles y nubes etéreas”.
El miedo que tiene el laicismo a las religiones y a sus representantes, es que se conviertan en un grupo de presión, en un poder transversal, que resulte peligroso al interés de poder. La desconfianza al hecho religioso de modo público no tiene fundamento en la lógica democrática, por el derecho de asociación, por tanto si toda Constitución puede ser reformada, ésta puede ser criticada o discutida. Aún más, cuando Ésta se contradice en lo que afirma, carece de lógica, y donde hay contradicciones es un caldo de cultivo para la discriminación, quedando al margen muchos de la tutela de los derechos humanos.
Por tanto, esto supone una concepción equivocada de la fe cristiana, como si de ella derivara un opción política, como su fuera un ejercito que atacaría a los interés del poder político o económico. El miedo o desconfianza a la religión, la etica civil se proclama por encima de la ética religiosa. En realidad, como hemos dicho en otro apartado, una verdadera ley (humana o divina) es aquella que proclama la dignidad del hombre y el bien común, el respeto a los derechos del hombre sin admitir discriminación.
«Ante estas problemáticas, si bien es lícito pensar en la utilización de una pluralidad de metodologías que reflejen sensibilidades y culturas diferentes, ningún fiel puede, sin embargo, apelar al principio del pluralismo y autonomía de los laicos en política, para favorecer soluciones que comprometan o menoscaben la salvaguardia de las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad. No se trata en sí de “valores confesionales”, pues tales exigencias éticas están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural. Éstas no exigen de suyo en quien las defiende una profesión de fe cristiana, si bien la doctrina de la Iglesia las confirma y tutela siempre y en todas partes, como servicio desinteresado a la verdad sobre el hombre y el bien común de la sociedad civil. Por lo demás, no se puede negar que la política debe hacer también referencia a principios dotados de valor absoluto, precisamente porque están al servicio de la dignidad de la persona y del verdadero progreso humano» .
La fuerza de la doctrina de la Iglesia radica en la dignidad del hombre por ser hijo de Dios, lo que contrasta con aquella doctrina que se basa en una filosofía relativista: te ofrezco porque a mí me conviene. La Iglesia expresa un juicio moral, en materia económica y social, cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas.
“En el orden de la moralidad, la Iglesia ejerce una misión distinta de la que ejercen las autoridades políticas; ella se ocupa de los aspectos temporales del bien común a causa de su ordenación al supremo Bien, nuestro fin último. Se esfuerza por inspirar las actitudes justas en el uso de los bienes terrenos y en las
Cabe señalar que la Iglesia en México no puede inducir a nadie a votar a favor de ningún partido ni de ningún candidato, pero se siente en la obligación de enunciar los criterios generales para que cada quien los considere, los evalúe y dejando, el juicio último sobre por quién determinarme, en favor de quién dar el voto.
“El Evangelio debe iluminar la vida toda, como es la familia, la escuela, la política, la economía, el deporte, las relaciones internacionales, etc. En este sentido, no se pueden separar fe y política, religión y proceso electoral. Se distinguen, pero no son antagónicos. Si la fe cristiana es verdadera, debe influir en las campañas electorales, en las plataformas de los partidos, en la selección de candidatos, en la emisión del voto. Si la religión no llega a estos campos, es incompleta, mocha, coja, espiritualista; es decir, no es cristiana”.
“Por ello, que quede claro otra vez, los clérigos no pretenden el poder civil y político; no queremos imponer por la fuerza una sola concepción de la vida; no luchamos al lado de un partido político; no hacemos proselitismo a favor o en contra de candidatos o partidos. Sólo ofrecemos criterios a la comunidad para que haga una buena elección de sus legisladores y gobernantes. Sólo les recordamos las verdades fundamentales del Evangelio”.
“Les decimos, por ejemplo, que analicen si están dispuestos a hacerse corresponsables de asesinatos de inocentes, cuando apoyan con su voto a quienes legitiman el aborto, porque fallan al quinto mandamiento de la ley de Dios, que nos ordena respetar la vida. Predicamos a los creyentes que Dios hizo sólo dos sexos: masculino y femenino; que estableció el matrimonio entre hombre y mujer. Por tanto, si un católico apoya con su voto a quienes pretenden llevar al país por caminos distintos, colabora a la corrupción y a la distorsión moral de la nación. Piénsenlo”.
Asimismo, enfatizamos que “los clérigos no somos dueños de la conciencia y de la libertad ciudadana. Pero deténganse a analizar a quién van a apoyar con su voto, y no se dejen engañar por la publicidad, o por otros intereses. Y si algún candidato se siente ofendido porque recordamos estos principios morales, ¡quién sabe cómo estén su conciencia y su vida! ¿La ciudadanía puede confiar en él?”
“Pongamos los ojos en Jesús y que Él sea nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Sigamos su ejemplo, para construir un adelanto de cielo desde esta tierra. Dejémonos conducir por su Evangelio, y que Él sea nuestra luz, también en tiempos y decisiones electorales”.
“El reino de Cristo no es de origen terreno, le viene de lo alto, ni se sustenta en la fuerza o en el poder mundano, su realeza se realiza en el anuncio de la verdad, manifestando claramente la revelación de la bondad del Padre”.
“En esta época de separación jurídica entre Iglesia y Estado, los cristianos, lo mismo que otros grupos humanos, debemos defender la libertad de expresión y debemos manifestar abiertamente nuestros criterios y convicciones, los cuales deberán ser escuchados dentro del sistema democrático”.
“Cuando Jesús afirma ‘Mi reino no es de este mundo’, no quiere decir que no deba vivirse en la tierra, pues es en la tierra a donde él vino a proclamar la Buena Nueva, sino que no ha de implantarse ni defenderse como los regímenes terrenos desde el poder y la fuerza”.
“Por esto, todos nosotros debemos sentirnos no sólo amados y elegidos, sino también enviados por Cristo, como hermosamente lo expresa Juan Pablo II en su Exhortación Postsinodal Christifideles Laici: ‘Dios me llama y me envía como obrero a su viña; me llama y me envía a trabajar para el advenimiento de su Reino en la historia. Esta vocación y misión define la dignidad y la responsabilidad de cada cristiano’”.

lunes, 27 de junio de 2011

Reflexiones del evangelio de cada día. Décima tercera semana del tiempo ordinario (I)


Semana décima tercera
Lunes
Mateo 8, 18-22
Sígueme. Jesús llama a seguirle personalmente. Esa palabra manifiesta la iniciativa de Jesús. Con anterioridad, quienes deseaban seguir la enseñanza de un maestro, elegían a la persona de la que querían convertirse en discípulos. Por el contrario, Jesús, con esa palabra: ‘Sígueme’, muestra que es él quien elige a los que quiere tener como compañeros y discípulos. En efecto, más tarde dirá a los Apóstoles: “No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes” (Jn 15, 16).
Podemos decir que esta llamada está en el centro mismo del Evangelio. Por una parte Jesús lanza esta llamada; hemos oído en el texto del evangelio de hoy que varios hombres lo siguen: “Un discípulo le dijo: Señor, permíteme ir primero a sepultar a mi padre; pero Jesús le respondió: Sígueme y deja a los muertos sepultar a sus muertos” (Mt 8, 21-22): forma drástica de decir: déjalo todo inmediatamente por Mí.
Seguir a Jesús significa muchas veces no sólo dejar las ocupaciones y romper los lazos que hay en el mundo, sino también distanciarse de la agitación en que se encuentra e incluso dar los propios bienes a los pobres. No todos son capaces de hacer ese desgarrón radical: no lo fue el joven rico, a pesar de que desde niño había observado la ley y quizá había buscado seriamente un camino de perfección, pero “al oír esto (es decir, la invitación de Jesús), se fue triste, porque tenía muchos bienes” (Mt 19, 22; Mc 10, 22).
“¡Ven y sígueme!”. He aquí la vocación cristiana que surge de una propuesta de amor del Señor, y que sólo puede realizarse gracias a una respuesta nuestra de amor. Jesús invita a sus discípulos a la entrega total de su vida, sin cálculo ni interés humano, con una confianza sin reservas en Dios. Los santos aceptan esta exigente invitación y emprenden, con humilde docilidad, el seguimiento de Cristo crucificado y resucitado.
Martes (Mateo 8, 23-27)
Dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. Jesús invita a sus discípulos a tener seguridad y confianza cuando la tempestad amenaza su barca. San Agustín comenta el episodio de la tempestad calmada insistiendo en la confianza que nos proporciona la presencia de Cristo en medio de nuestras dudas y dificultades. “Los discípulos -afirma en uno de sus sermones (LXXV)- se habían turbado al verlo sobre el mar y pensaban que era un fantasma. Pero al subir él a la barca, quitó la fluctuación mental de sus corazones, pues peligraban en la mente por las dudas más que en el cuerpo por las olas. (...) Pero mayor (que el viento) es que intercede por nosotros, porque en esa fluctuación en que nos debatimos nos da confianza, viniendo a nosotros y confortándonos”.
Cristo, además de infundir confianza en sus discípulos, también confirma su fe. La fe en Cristo y la esperanza de la que él es maestro permiten al hombre alcanzar la victoria sobre sí mismo, sobre todo lo que hay en él de débil y pecaminoso, y al mismo tiempo esta fe y esta esperanza lo llevan a la victoria sobre el mal y sobre los efectos del pecado en el mundo que lo rodea.
Cristo libró a los discípulos del miedo que se había apoderado de ellos ante el mar en tempestad. Cristo también nos ayuda a nosotros a superar los momentos difíciles de la vida, si nos dirigimos a él con fe y esperanza para pedirle ayuda. Una fe fuerte, de la que brota una esperanza ilimitada, virtud tan necesaria hoy, libra al hombre del miedo y le da la fuerza espiritual para resistir a todas las tempestades de la vida. ¡No tengamos miedo de Cristo! Sólo él “tiene palabras de vida eterna”. Cristo no defrauda jamás.
Miércoles: Solemnidad de san Pedro y san Pablo
Mateo 16, 13-19
Tú eres Pedro y yo te daré las llaves del Reino de los cielos. La Iglesia celebra hoy la memoria de los santos apóstoles Pedro y Pablo: La ‘Piedra’ y el ‘instrumento elegido’. Ellos acogieron a Jesús con todo el corazón, dieron testimonio de Él con toda la vida y con la muerte. San Pablo fue decapitado en Roma, muy probablemente el mismo día que San Pedro fue crucificado.
En estos apóstoles, Pedro y Pablo, Dios ha querido dar a su Iglesia un motivo de alegría: Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo, el maestro insigne que la interpretó; aquél fundo la primitiva Iglesia con el resto de Israel, éste la extendió a todas las gentes. De esta forma, por caminos diversos, los dos congregaron la única Iglesia de Cristo, y a los dos, coronados por el martirio, en Roma. En uno y en otro Dios ha concedido a la Iglesia el fundamento para confesar y mantenernos en la fe que justifica y salva: la fe en Cristo Jesús, Señor nuestro.
El texto evangélico que acabamos de proclamar, es un episodio altamente significativo: el Apóstol Pedro es el depositario de las llaves de un tesoro inestimable: el tesoro de la redención. En efecto, Pedro es constituido intermediario indispensable para el acceso normal al Reino de los Cielos; es el depositario de las llaves del tesoro de la redención, tesoro que trasciende la dimensión temporal. Éste es el tesoro de la vida divina, de la vida eterna.
Quien posee las llaves tiene la facultad y la responsabilidad de cerrar y abrir. Jesús habilita a Pedro y a los Apóstoles para que dispensen la gracia de la remisión de los pecados y abran definitivamente las puertas del reino de los cielos.
Los pueblos que no pertenecen a la misma sangre de Israel, han sido engendrados a la fe, la fe que justifica y salva, por medio de la predicación del que ha sido llamado a ser apóstol de los gentiles, Pablo de Tarso. A partir de su encuentro con el Resucitado, su vida no la entiende él y no se entiende sino es en Cristo y con Él: “Para mí la vida es Cristo”, dirá. “No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. “No quiero saber otra cosa que a Cristo y este crucificado”. “No me glorío, si no es en la Cruz de Jesucristo”. “Yo no me hecho atrás en el anuncio del Evangelio porque él es fuerza de salvación para todo el que cree”. Su vida desde aquel encuentro, que renueva y transforma, que hace nacer de nuevo y ser una nueva criatura, no tendrá otra razón de ser que dar a conocer el amor de Dios manifestado y entregado en Jesucristo, del que nada ni nadie nos puede apartar, como testifica san Pablo mismo en toda su vida y en toda su empresa apostólica.
Aquí, precisamente, en lo que recibimos de Pedro y de Pablo, está nuestra identidad, aquí está lo que somos. Lo que cuenta es poner en el centro de la propia vida a Jesucristo. Nuestra identidad de hombres y de cristianos queda marcada por el encuentro con Jesucristo, de ahí, de Él, brota nuestra vida: de la comunión con Cristo, con su vida y con su palabra. No tenemos a otro que a Cristo que dé sentido a nuestro vivir, que llene de luz y de verdad y de amor que a Jesucristo. No tenemos a otro en quien encontremos la salvación, si no es Cristo.

Jueves
Mateo 9, 1-8
La gente glorificó a Dios, que había dado tanto poder a los hombres. El de Jesús, es un poder único y eterno. “Signos” de la omnipotencia divina y del poder salvífico del Hijo del hombre, son los milagros de Cristo, narrados en los Evangelios, son también la revelación del amor de Dios hacia el hombre, particularmente hacia el hombre que sufre, que tiene necesidad, que implora la curación, el perdón, la piedad. Son, pues, “signos” del poder y del amor misericordioso.
Por tanto, el gran poder que Dios ha dado a los hombres, al que se refiere el evangelio, es al que Jesús alude, cuando afirma: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 18). El reino de Cristo “no es de este mundo” (Jn 18, 36). Su reino no es el despliegue de fuerza, de riqueza y de conquista que parece forjar nuestra historia humana. Al contrario, se trata del poder de vencer al maligno, de la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte. Es el poder de curar las heridas que deforman la imagen del Creador en sus criaturas. El poder de Cristo es un poder que transforma nuestra débil naturaleza y nos hace capaces, mediante la gracia del Espíritu Santo, de vivir en paz los unos con los otros y en comunión con Dios. “A todos los que lo acogieron, a los que creyeron en su nombre, les dio poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12).
Pero también este poder, Jesús lo comparte con sus discípulos y apóstoles; lo vemos cuando “Designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar demonios” (Mc 3, 14-15). En medio de los Doce, Simón Pedro se convierte en destinatario de un poder especial en orden al reino: “Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te dará las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra quedará atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 18-19).
El Señor quiere que sus discípulos tengan un poder inmenso: quiere que sus pobres servidores cumplan en su nombre todo lo que había hecho cuando estaba en la tierra (San Ambrosio, poenit. 1, 34).

Viernes: Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
Mateo 11, 25-30
Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón. Hoy toda la Iglesia medita y venera de modo especial el inefable amor de Dios, que encontró su expresión humana en el Corazón del Salvador, traspasado por la lanza del centurión. En esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús la Iglesia presenta a nuestra contemplación el misterio del corazón de un Dios que se conmueve y derrama todo su amor sobre la humanidad. En efecto, el Corazón de Cristo el amor de Dios salió al encuentro de la humanidad entera.
En el Corazón de Jesús se expresa el núcleo esencial del cristianismo; en Cristo se nos revela y entrega toda la novedad revolucionaria del Evangelio: el Amor que nos salva y nos hace vivir ya en la eternidad de Dios. El evangelista san Juan escribe: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Su Corazón divino llama entonces a nuestro corazón; nos invita a salir de nosotros mismos y a abandonar nuestras seguridades humanas para fiarnos de él y, siguiendo su ejemplo, a hacer de nosotros mismos un don de amor sin reservas.
El Corazón de Cristo crucificado y resucitado es la fuente inagotable de gracia donde todo hombre puede encontrar siempre, y particularmente durante este año especial del gran jubileo, amor, verdad y misericordia.
El Papa León XIII escribió, que en el Corazón de Jesús “es preciso depositar toda esperanza. En él hay que buscar y de él esperar la salvación de todos los hombres” (Annum sacrum, 6). Corazón de Jesús, Hijo del Padre eterno; Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre; Corazón de Jesús, unido sustancialmente al Verbo de Dios; Corazón de Jesús, en quien residen todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, ¡ten piedad de nosotros!
Sábado: Fiesta del inmaculado Corazón de María
Lucas 2,41-51
Conservaba todo esto en su corazón. Ayer celebramos la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, hoy la del inmaculado Corazón de María. La Iglesia celebra las dos fiestas en días consecutivos para manifestar que estos dos corazones son inseparables. María siempre nos lleva a Jesús. Veneramos el corazón que guarda todas las cosas de Dios en su Corazón y que nos ayuda a sanar y consagrar a Dios nuestro propio corazón.
Después de su entrada a los cielos, el Corazón de María sigue ejerciendo a favor nuestro su amorosa intercesión. El amor de su corazón se dirige primero a Dios y a su Hijo Jesús, pero se extiende también con solicitud maternal sobre todo el género humano que Jesús le confió al morir; y así la veneramos por la santidad de su Inmaculado Corazón y le solicitamos su ayuda maternal en nuestro camino a su Hijo.
Venerar el Inmaculado Corazón de María es venerar a la mujer que está llena del Espíritu Santo, llena de gracia, y siempre pura para Dios. Su corazón femenino siempre está lleno de amor por sus hijos.
Por tanto, entreguémonos al Corazón de María diciéndole: "¡Llévanos a Jesús de tu mano! ¡Llévanos, Reina y Madre, hasta las profundidades de su Corazón adorable! ¡Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros!

sábado, 25 de junio de 2011

Homilia XIII Domingo Ordinario/A Segunda lectura


XIII Domingo Ordinario/A
El Bautismo nos sepultó con Cristo para llevemos una vida nueva
San Pablo en la segunda lectura subraya con mucha fuerza la transformación que lleva a cabo en el hombre la gracia bautismal: “Por el bautismo, escribe, fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos (...), así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). El bautismo es como un nuevo nacimiento, como un injerto. Existe una real y profunda comunión de vida con Jesús real: el que ha muerto y ha resucitado. En efecto, por el sacramento del bautismo, "el hombre se incorpora realmente a Cristo crucificado y glorioso y se regenera para el consorcio de la vida divina... Además, el bautismo, constituye un poderoso vínculo sacramental de unidad entre todos los que con él se han regenerado” (UR 22).
El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu ("vitae spiritualis ianua") y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión (cf Cc. de Florencia: DS 1314; CIC, can 204,1; 849; CCEO 675,1).
El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios...lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios (S. Gregorio Nacianceno, Or. 40,3-4).
En todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo. Por eso, la Iglesia celebra cada año en la noche pascual la renovación de las promesas del Bautismo. La preparación al Bautismo sólo conduce al umbral de la vida nueva. El Bautismo es la fuente de la vida nueva en Cristo, de la cual brota toda la vida cristiana.
Para que la gracia bautismal pueda desarrollarse es importante la ayuda de los padres. Ese es también el papel del padrino o de la madrina, que deben ser creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana (cf CIC can. 872-874).
El fruto del Bautismo, o gracia bautismal, es una realidad rica que comprende: el perdón del pecado original y de todos los pecados personales; el nacimiento a la vida nueva, por la cual el hombre es hecho hijo adoptivo del Padre, miembro de Cristo, templo del Espíritu Santo. Por la acción misma del bautismo, el bautizado es incorporado a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y hecho partícipe del sacerdocio de Cristo.
Por consiguiente, al ver toda la profundidad de los efectos de nuestro bautismo, en nuestras almas, esta es la profundidad de vida que hemos de llevar, una vida que compagine con la fe que recibimos, pues si no vivimos lo que creemos, terminaremos creyendo como vivimos, y si creemos como estamos viviendo, ponemos en peligro nuestra dicha eterna. Por esto, el beato Juan Pablo II en 1997, nos exhortaba así: Bautizados, den testimonio a Cristo por su esfuerzo de una vida recta y fiel al Señor, que se ha de mantener con una lucha espiritual y moral. La fe y el obrar moral están unidos. En efecto, el don recibido nos conduce a una conversión permanente para imitar a Cristo y corresponder a la promesa divina. La palabra de Dios transforma la existencia de los que la acogen, pues ella es la regla de la fe y de la acción. En su existencia, para respetar los valores esenciales, los cristianos experimentan también el sufrimiento que pueden exigir las opciones morales opuestas a los comportamientos del mundo y a veces incluso de modo heroico. Pero la vida feliz con el Señor tiene ese precio. Queridos hermanos, su testimonio tiene ese precio. Confío en su valor y en su fidelidad.
Cristo está con ustedes en el camino diario de vuestra vida. Cristo nos ha llamado y elegido para vivir en la libertad de los hijos de Dios. Diríjanse a él en la oración y en el amor. Pídanle que les infunda la valentía y la fuerza para vivir siempre esta libertad. Caminad con él, que es “el camino, la verdad y la vida”.