sábado, 17 de septiembre de 2011

XXV Domingo ordinario/A Homilía sobre la segunda lectura


XXV Domingo del Tiempo Ordinario/A (Fil 1, 20-24,27)
Para mí, la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia, nos ha dicho san Pablo en la Segunda lectura de hoy, a los filipenses. A la luz de la fe, la vida en su sentido pleno y más profundo, es la vida en Cristo y para Dios, como nos explica también el Apóstol en Gálatas: “yo vivo, pero no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mi” (Gal.2, 20). San Pablo encontró a Jesús en el camino de Damasco y quedó impactado por él: “Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Flp 1,21).
Por tanto, el Apóstol nos recuerda que no hay que temer la muerte, pues “la muerte es una ganancia”, y que no importa el momento de morir o cuánto nos toque vivir, si en todo momento buscar permanecer unidos a Jesús, como las ramas se unen al tronco para tener vida y dar fruto.
La hermoso y divina aventura de nuestra vida en Cristo comenzó e l día de nuestro Bautismo, que es más que un baño o una purificación. Es más que la entrada en una comunidad. Es un nuevo nacimiento. Un nuevo inicio de la vida. La Carta a los Romanos dice con palabras misteriosas que en el Bautismo hemos sido como “incorporados” en la muerte de Cristo. En el Bautismo nos entregamos a Cristo; Él nos toma consigo, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino gracias a Él, con Él y en Él; para que vivamos con Él y así para los demás.
En el Bautismo nos abandonamos nosotros mismos, depositamos nuestra vida en sus manos, de modo que podamos decir con san Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Si nos entregamos de este modo, aceptando una especie de muerte de nuestro yo, entonces eso significa también que el confín entre muerte y vida se hace permeable. Tanto antes como después de la muerte estamos con Cristo y por esto, desde aquel momento en adelante, la muerte ya no es un verdadero confín.
San Pablo nos lo dice de un modo muy claro en su Carta a los Filipenses, que estamos comentando: “Para mí la vida es Cristo. Si puedo estar junto a Él (es decir, si muero) es una ganancia. Pero si quedo en esta vida, todavía puedo llevar fruto. Así me encuentro en este dilema: partir -es decir, ser ejecutado- y estar con Cristo, sería lo mejor; pero, quedarme en esta vida es más necesario para vosotros” (cf. 1,21ss). A un lado y otro del confín de la muerte él está con Cristo; ya no hay una verdadera diferencia. Pero sí, es verdad: “Sobre los hombros y de frente tú me llevas. Siempre estoy en tus manos”. A los Romanos escribió Pablo: “Ninguno… vive para sí mismo y ninguno muere por sí mismo… Si vivimos,... si morimos,... somos del Señor” (14,7s).
Por consiguiente, la novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente “muerto con Cristo”, para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este “morir con Cristo” y perfecciona así nuestra incorporación a Él en su acto redentor: San Ignacio de Antioquía, (Epistula ad Romanos 6, 1-2) nos dice: “Para mí es mejor morir en (eis) Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a Él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima (...) Déjenme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre”.
En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de san Pablo: "Deseo partir y estar con Cristo" (Flp 1, 23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo (cf. Lc 23, 46): “Mi deseo terreno ha sido crucificado; [...] hay en mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí ‘ven al Padre’” nos vuelve a decir san Ignacio de Antioquía (Epistula ad Romanos 7, 2).
La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte (“De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor”: Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros “en la hora de nuestra muerte” (Avemaría), y a confiarnos a san José, patrono de la buena muerte: “Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana?” (De imitatione Christi 1, 23, 1).
Desde esta perspectiva podemos orar como Francisco d Asís: “Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor! Ningún viviente escapa de su persecución; ¡ay si en pecado grave sorprende al pecador! ¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!”. (San Francisco de Asís, Canticum Fratris Solis).

lunes, 12 de septiembre de 2011

XXIV Semana Año I Reflexiones sobre el evangelio de cada día


Nuestra Señora de la Soledad
XXIV Semana
Lunes: Santo nombre de María
Lucas 7, 1-10
“Ni en Israel he hallado una fe tan grande”. Los “milagros y los signos” que Jesús realizaba para confirmar su misión mesiánica y la venida del reino de Dios, están ordenados y estrechamente ligados a la llamada a la fe.
El Evangelio, que hemos escuchado testimonia la fuerza de la fe. Tanto como Jesús se entristece por la “falta de fe” de los de Nazaret (Mc 6,6) y la “poca fe” de sus discípulos (Mt 8,26), así se admira hoy ante la “gran fe” del centurión romano. La fe es una adhesión filial a Dios, más allá de lo que nosotros sentimos y comprendemos. Se ha hecho posible porque el Hijo amado nos abre el acceso al Padre. Puede pedirnos que “busquemos” y que “llamemos” porque Él es la puerta y el camino. Todo esto explica de modo suficiente el vínculo particular que existe entre los “milagros-signos” de Cristo y la fe.
La fe cristiana es explicada como “una decisión que afecta a toda la existencia; es encuentro, diálogo, comunión de amor y de vida del creyente con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. Implica un acto de confianza y abandono en Cristo, y nos ayuda a vivir como Él vivió, o sea, en el mayor amor a Dios y los hermanos”.
Por eso creer en Jesucristo es hacer que resplandezca la verdad, que comienza en ese guardar los mandamientos como un primer paso para ser discípulo, para seguirlo no como una imitación exterior, sino como un “hacerse conforme a Él, que se hizo servidor de todos hasta el don de sí mismo en la cruz. Mediante la fe, Cristo habita en el corazón del creyente, el discípulo se asemeja a su Señor y se configura con Él; lo cual es fruto de la gracia, de la presencia operante del Espíritu Santo en nosotros” (Flp 2,5-8).
Martes
Lucas 7, 11-17
“Joven, yo te lo mando: levántate”. El Evangelio nos narra la escena de la resurrección del hijo de la viuda de Naín. Jesús movido de compasión ante las lágrimas de aquella madre, se acercó a ella, y le dijo: No llores. Luego se dirigió al difunto, y le dijo: “Joven, yo te lo mando, levántate”.
Jesús, en sus encuentros con quienes sufren, sean hombres o mujeres, revela tener un corazón lleno de ternura y compasión. A la viuda de Naím le dice “no llores” y le devuelve a su hijo resucitado.
En este milagro que nos ocupa vemos que Jesús demostró un poder absoluto sobre la muerte. Al devolver a la vida a este joven el Señor quiso dar un signo absolutamente inequívoco, evidente e irrefutable, de que Él era más que un gran profeta, de que Él era el Señor de la Vida y como tal tiene poder sobre la muerte.
El milagro que el Señor realizó con el hijo de la vida de Naím sale hoy a nuestro encuentro y es un signo esperanzador para cada uno de nosotros y para toda la humanidad: Cristo nos asegura que Él es la resurrección y la vida de los hombres, y que por tanto la muerte no tendrá la última palabra sobre nosotros o sobre nuestros seres queridos.
Y san Agustín «Dice, pues: “El que cree en mí, aunque hubiera muerto (en la carne), vivirá en el alma hasta que resucite la carne para no morir después jamás”. Porque la vida del alma es la fe. “Y todo aquel que vive (en la carne) y cree en mí (aunque muera en el tiempo por la muerte del cuerpo) no morirá jamás”.
Miércoles
Lc 7, 31-35
Tacamos la flauta y ustedes no bailaron, cantamos canciones tristes y no lloraron. Tenemos en estas palabras el retrato del Bautista, que incitaba a la penitencia, y el de Jesús, que invitaba a la alegría. Jesús, pues, en este texto del evangelio que hemos escuchado, alude al Precursor y al Hijo del hombre para poner de relieve el capricho de los judíos, que siempre rechazaron a Jesús y su mensaje. Los dirigentes religiosos se sentían felices diezmando el anís, la menta y el comino y descuidaban, cobijados bajo el manto de su religiosidad oficial, lo fundamental de la ley: la justicia, la misericordia, la fe.
En estas circunstancias, Jesús, como de costumbre, recurre a una comparación: Tacamos la flauta y ustedes no bailaron, cantamos canciones tristes y no lloraron. Con esto Jesús reprocha a los hombres de esta generación de ser como niños caprichosos; no saben lo que quieren; o mejor, lo saben muy bien; quieren que se les deje en paz. Se podría titular así la parábola: las excusas de quien no quiere decidirse. Para el que no quiere decidirse siempre hay excusas al alcance de la mano. Se rechaza una actitud, lo mismo que la contraria; se critica una propuesta, y luego otra; es la prueba de la falta de sinceridad. Hoy diríamos “falta de voluntad política”.
Así ve Jesús a la gente de su tiempo y a nosotros. Niños que no saben lo que quieren. Que nos dejamos llevar solamente de nuestro capricho, de nuestra voluntad propia, sin dar importancia a lo que en realidad vale para la vida eterna.
El que no abre su mente y corazón a la Palabra, a la Luz, al Amor, y el que se obstina en regular su vida con criterios de interés terreno (económico, de poder, de dominio, de autosuficiencia, de placer hedonista, de consumo), nunca encontrará a Dios; nunca apreciará el reino de la justicia y la paz; nunca experimentará los salvadores proyectos de Dios en su vida.
Jueves: Nuestra Señora de los Dolores.
Jn 19, 25-27
¿Y cuál hombre no llorara si a la Madre de Cristo en tanto dolor? Por los pecados del mundo vio en su tormento tan profundo a Jesús la dulce Madre. Vio morir a su Hijo amado,-que rindió desamparado-, el espíritu al Padre.
Hoy, al celebrar la memoria de Nuestra Señora de los Dolores, contemplamos a María que comparte la compasión de su Hijo por los pecadores. Como afirma San Bernardo, la Madre de Cristo entró en la Pasión de su Hijo por su compasión (cf. Sermón en el domingo de la infraoctava de la Asunción).
Al pie de la Cruz se cumple la profecía de Simeón de que su corazón de madre sería traspasado (cf. Lc 2,35) por el suplicio infligido al Inocente, nacido de su carne. Igual que Jesús lloró (cf. Jn 11,35), también María ciertamente lloró ante el cuerpo lacerado de su Hijo. Sin embargo, su discreción nos impide medir el abismo de su dolor; la hondura de esta aflicción queda solamente sugerida por el símbolo tradicional de las siete espadas. Se puede decir, como de su Hijo Jesús, que este sufrimiento la ha guiado también a Ella a la perfección (cf. Hb 2,10), para hacerla capaz de asumir la nueva misión espiritual que su Hijo le encomienda poco antes de expirar (cf. Jn 19,30): convertirse en la Madre de Cristo en sus miembros. En esta hora, a través de la figura del discípulo a quien amaba, Jesús presenta a cada uno de sus discípulos a su Madre, diciéndole: “Ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26-27). “He aquí a tu Madre”. Cristo mismo encomienda a su Madre a San Juan y con él a todas las generaciones de discípulos. Invitémosla a nuestra casa, para que su protección y su intercesión sean para nosotros un apoyo tanto en el tiempo de serenidad como en los días de sufrimiento.
Viernes
Lucas 8, 1-3
“Algunas mujeres acompañaban a Jesús y le ayudaban con sus bienes”. A veces las mujeres que encontraba Jesús, y que de él recibieron tantas gracias, lo acompañaban en sus peregrinaciones con los apóstoles por las ciudades y los pueblos anunciando el Evangelio del Reino de Dios; algunas de ellas “le asistían con sus bienes”. Entre éstas, el Evangelio nombra a Juana, mujer del administrador de Herodes, Susana y “otras muchas” (cf. Lc 8, 1-3).
En las enseñanzas de Jesús, así como en su modo de comportarse, no se encuentra nada que refleje la habitual discriminación de la mujer, propia del tiempo; por el contrario, sus palabras y sus obras expresan siempre el respeto y el honor debido a la mujer.
La actitud de Jesús en relación con las mujeres que se encuentran con él a lo largo del camino de su servicio mesiánico, es el reflejo del designio eterno de Dios que, al crear a cada una de ellas, la elige y la ama en Cristo (cf. Ef. 1, 1-5). Por esto, cada mujer es la "única criatura en la tierra que Dios ha querido por sí misma", cada una hereda también desde el "principio" la dignidad de persona precisamente como mujer. Jesús de Nazaret confirma esta dignidad, la recuerda, la renueva y hace de ella un contenido del Evangelio y de la redención, para lo cual fue enviado al mundo.
Las mujeres del evangelio, la actitud de Cristo hacia ellas, son un ejemplo para cada mujer de cómo vivir su identidad de mujer en su relación con Cristo y el mundo, realizándose en tales en su vocación a la santidad. Las mujeres h de ser una encarnación del ideal femenino, un modelo para todos los cristianos, un modelo de seguimiento de Cristo, un ejemplo de cómo la Esposa ha de responder con amor al amor del Esposo, Cristo Jesús: “Algunas mujeres acompañaban a Jesús y le ayudaban con sus bienes”.
Sábado
Lucas 8, 4-15
“Lo que cayó en tierra buena representa a los que escuchan la Palabra, la conservan en un corazón bueno y bien dispuesto, y dan fruto por su constancia”. La Palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).
San Juan Crisóstomo enseña que “En la parábola del sembrador Cristo nos enseña que su palabra se dirige a todos indistintamente. Del mismo modo, en efecto, que el sembrador de la parábola no hace distinción entre los terrenos sino que siembra a los cuatro vientos, así el Señor no distingue entre el rico y el pobre, el sabio y el necio, el negligente y el aplicado, el valiente y el cobarde, sino que se dirige a todos y, aunque conoce el porvenir, pone todo de su parte de manera que se puede decir: “¿Qué más puedo hacer que no haya hecho?” (Cfr. Is 5,4)”.
En el empeño por acoger en nuestras vidas al Señor y su palabra, ¡miremos a María! ¡Miremos su Inmaculado-Doloroso Corazón! ¿Quién más ejemplar que Ella? De Ella aprendemos sus mismas disposiciones para acoger al Señor y su Palabra en nuestros corazones, en nuestra vida. Con amor de hijos acerquémonos a Ella al despertar cada mañana, implorándole en oración que interceda por nosotros y nos eduque para llegar a tener un corazón como el suyo: un corazón plenamente abierto a la Palabra divina, siempre dispuesto a escuchar y a hacer lo que Dios me pida (ver Lc 1,38; Jn 2,5; Jer 15,16); un corazón constante y perseverante, para que nunca me eche atrás ante las dificultades o fatigas que experimentaré en el seguimiento del Señor (ver Jn 19,25); un corazón indiviso, para que nunca permita que los afanes de este mundo sofoquen mi amor a Cristo (ver Lc 16,13); un corazón fértil, para que alentado y fortalecido por la gracia pueda poner por obra la palabra escuchada (ver Lc 11,28; Stgo 1,22ss).

sábado, 10 de septiembre de 2011

XXIV Domingo ordinario/A Sobre la segunda lectura


XXIV Domingo del Tiempo Ordinario/A (Rom 14, 7-9)
San Pablo nos dice en la carta a los romanos que: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, vivamos o muramos, somos del Señor» (Rm 14, 7-8).
Por tanto, el hombre no se pertenece, es propiedad de Dios, dueño de la vida y de la muerte, es decir, no somos dueños de la vida, sólo somos administradores. Por esto Dios nos manda respetar la vida propia y la ajena. En el Catecismo de la Iglesia Católica está establecido claramente que somos los administradores de la vida y no dueños de la misma, ya que sólo Dios tiene el poder de dar la vida o quitarla: “Yo doy la muerte y doy la vida” (Dt 32, 39).
Así, pues, la persona humana no es dueña absoluta de sí misma. Ha sido creada por Dios. Su ser es un don: lo que ella es y el hecho mismo de su ser son un don de Dios. “Somos hechura suya”. Se sigue, entonces, que el hombre en todo su ser y existir, en su vida, en su sufrimiento, en su muerte, no se pertenece a sí mismo, sino a Dios. Entonces la vida y la muerte son propiedad de Dios, porque el hombre como tal es propiedad de Dios.
Por consiguiente, el hombre no es el dueño de la vida; es, más bien, su custodio y administrador. Y bajo la primacía de Dios automáticamente nace esta prioridad de administrar, de custodiar la vida del hombre, creada por Dios. Sin embargo, hoy proliferan nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser humano, a la vez que se va delineado y consolidando una nueva situación cultural que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito y podría decirse más inicuo, ocasionando ulteriores y graves preocupaciones: amplios sectores de la opinión pública justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual.
La vida humana es el fundamento de todos los bienes, la fuente y condición necesaria de toda actividad humana y de toda convivencia social. Si la mayor parte de los hombres creen que la vida tiene un carácter sagrado y que nadie puede disponer de ella a capricho, los creyentes hemos de ver a la vez en ella un don del amor de Dios, que somos llamados a conservar y hacer fructificar. De esta última consideración brotan las siguientes consecuencias:
1. Nadie puede atentar contra la vida de un hombre inocente sin oponerse al amor de Dios hacia él, sin violar un derecho fundamental, irrenunciable e inalienable, sin cometer, por ello, un crimen de extrema gravedad.
2. Todo hombre tiene el deber de conformar su vida con el designio de Dios. Esta le ha sido encomendada como un bien que debe dar sus frutos ya aquí en la tierra, pero que encuentra su plena perfección solamente en la vida eterna.
3. La muerte voluntaria o sea el suicidio es, por consiguiente, tan inaceptable como el homicidio y el suicidio; el aborto o la eutanasia; semejantes acciones constituyen, en efecto, por parte del hombre, el rechazo de la soberanía de Dios y de su designio de amor.
Esta es la luminosa conciencia que tenía San Pablo cuando en la Carta a los Romanos de la segunda lectura escribía: “sea que vivamos, sea que muramos, somos del Señor”. La conclusión es que la identidad del hombre es la del ser un don; proviene de Dios, que es amor donante, y su ser más profundo es ser un don. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos" (Romanos 14,7-8). Nuestra vida, lo que somos y tenemos, son propiedad del Señor. El ha puesto en nuestras manos este don y este misterio, del cual somos administradores, y del cual, al final de la vida daremos cuentas a Dios.

martes, 6 de septiembre de 2011

Apologética: conocer para vivir, defender y difundir la religión católica


IV: SE PREPARARON SU PROPIO “COCTEL RELIGIOSO”
Empezaron con eliminar al jefe visible de la Iglesia; después eliminaron a la misma Iglesia fundada por Cristo y poco a poco llegaron a eliminar hasta al mismo Cristo y a Dios, haciéndose cada quien su coctel religioso. Hoy más que nunca es necesario conocer y vivir la propia fe, para no caer en las redes de los grupos proselitistas.
1. Que todos sean uno
En vísperas de su pasión, Jesús oró al Padre: “Oh Padre, que todos sean uno, como tú estás en mi y yo en ti; que también ellos sean uno en nosotros. Así el mundo creerá que tú me has enviado” (Jn 17,21). La unidad entre los discípulos de Cristo es la señal de que Cristo es el Enviado de Dios.
PENTECOSTÉS. El día de Pentecostés este sueño de Cristo se hace realidad. Ahí vemos a los discípulos de Cristo todos unidos bajo la guía de Pedro y los Apóstoles, al amparo de María, llenos del Espíritu Santo (Hch 2,1-4).
Aquel día tres mil personas, provenientes de lugares diferentes, con idiomas y culturas diferentes, escuchando el mensaje de salvación, proclamado por Pedro y los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, creyeron en Cristo y se entregaron a Él, entrando a formar parte de la Iglesia.
Donde hay amor, allá está Dios; donde está Dios, allá hay unidad. La división no viene de Dios.
¡Qué diferencia con lo que pasó en la Torre de Babel! (Gn 11,1-9). Allá todos formaban una sola familia, con un solo idioma. Sin embargo, al querer poner como base de su unidad, no a Dios, sino a sí mismos con su egoísmo, su fuerza y su inteligencia, se dividieron. Sin Dios, no puede haber unidad.

2. Espíritu sectario dentro de la Iglesia
Satanás no duerme. Pronto empezaron las divisiones dentro de la Iglesia. Primera carta de San Pablo a los Corintios, capítulo 1, versículo 12:”Yo soy de Pablo; yo soy de Apolo; yo soy de Pedro”. Liderazgos malentendidos; espíritu sectario dentro de la Iglesia. “Yo soy de Pablo; ¿qué me importa Pedro con sus seguidores?”. Otro dice: “Yo soy de Pedro; ¿qué me importa Pablo con sus simpatizantes?”. Cada uno se queda con su grupo y su líder, con su línea pastoral. Los demás no interesan.
No se trata de divisiones declaradas, sino de desconocimiento mutuo. Espíritu sectario dentro de la Iglesia. Un camino peligroso.
Peor todavía. Otros dicen: “Yo soy de Cristo” (1Cor 1,12). ¡Cómo se oye bonito: “Yo soy de Cristo”! Cristo sin Iglesia. Un contacto directo con Cristo. ¿Para qué, entonces, Jesús dijo a Pedro: “Apacienta mis corderos… apacienta mis ovejas?” (Jn 21,15-17).
3. Maldito el que cambia el Evangelio
Carta de San Pablo a los Gálatas, capítulo 1, versículos del 6 al 9: “Me maravillo de que, abandonando al que los llamó por la gracia de Cristo, se pasen tan pronto a otro Evangelio. En realidad, no existe otro Evangelio. Lo que pasa es que algunos los están perturbando y quieren cambiar el Evangelio de Cristo.
Sin embargo, aunque viniera yo mismo o un ángel bajado del cielo para anunciarles un Evangelio distinto del que ya les hemos anunciado, ¡sea maldito! Como lo he dicho, lo repito otra vez: “Si alguien les anuncia un Evangelio distinto del que ya recibieron, ¡sea maldito!”.
¿Y qué pasa? Que desde un principio se nos enseñó que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre; y ahora hay algunos que andan de casa en casa, queriéndonos convencer de que Cristo no es Dios, sino que solamente la primera creatura de Dios. Desde un principio se nos enseñó que, al celebrar la Cena del Señor, el pan se transforma en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre; y ahora resulta que algunos nos quieren convencer de que esto no es cierto: se trata de un símbolo y nada más. Lo mismo acerca del bautismo de los niños, la virginidad de María, la obediencia que se debe a los sucesores de Pedro y los Apóstoles, y tantas cosas más.
Según los nuevos “expertos en la Biblia”, desde un principio todo se entendió mal. Ellos, por fin, han descubierto la verdad. ¿Qué dice San Pablo al respecto? “Maldito el que quiere cambiar el Evangelio, que nos llegó desde un principio”.
Nada de que, “En el fondo, todo es lo mismo; todos buscamos y servimos al mismo Dios”. San Pablo no era de la misma opinión. Una cosa es el respeto y la tolerancia para con todos y otra cosa pensar que todo es lo mismo. Cuando se trata de respeto, tolerancia y amor, en nuestro corazón no debe haber límites, llegando hasta los no creyentes y los peores asesinos. Con eso no se quiere decir que todo es lo mismo, creer o no creer, ayudar o matar. Amor hacia todos, pero al mismo tiempo plena fidelidad a Cristo y a su Evangelio, hasta la muerte.
Anticristos: los que dejan la Iglesia de Cristo y se ponen en contra de ella.
Primera Carta de San Juan, capítulo 2, versículos 18 y 19: “Hijitos míos, es la última hora. Se les dijo que tendría que llegar el Anticristo; pues bien, ya han venido varios anticristos, por donde comprobamos que esta es la última hora.
Ellos salieron de entre nosotros mismos, aunque realmente no eran de los nuestros. Si hubieran sido de los nuestros se habrían quedado con nosotros. Al salir ellos, vimos claramente que no todos los que están dentro de nosotros son de los nuestros”.
¿Qué quiere decir la palabra “anticristo”? Quiere decir “enemigo de Cristo”. Así que, desde un principio, siempre han existido “enemigos de Cristo”. ¿Quiénes son? “Ellos salieron de entre nosotros mismos dice San Juan, aunque realmente no eran de los nuestros”. Estaban dentro de nosotros, sin ser de los nuestros. Una presencia física y nada más; su mente y su corazón estaban fuera.
¡Cuántas veces hemos oído decir: “Cuando yo era católico, era un borracho, un mujeriego, un ladrón no conocía la Palabra de Dios»! ¿Y qué querían, una medalla de oro, por portarse de esa manera? “Medalla de oro a don Francisco Hernández por ser el primer borracho de la parroquia”. Por eso, ahora se encuentra fuera de la Iglesia fundada por Cristo, en un grupo religioso fundado por un hombre. Si hubiera sido verdaderamente católico, no habría dejado la Iglesia. Además, la Iglesia no le ensenó ni le mandó que hiciera tal cosa, sino al contrario, el cumplimiento fiel de la voluntad de Dios.
Pues bien, por lo que nos dice San Juan, dejar la Iglesia de Cristo y ponerse en contra de ella, es ser ‘anticristo’. ¿Quién no recuerda aquellas palabras que escuchó Saulo cuando cayó en el camino de Damasco? “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”(Hch 9,4). Y todos sabemos que Saulo no estaba persiguiendo directamente a Cristo, sino a sus discípulos; es decir, a su Iglesia. Ahora bien, perseguir a la Iglesia de Cristo es perseguir a Cristo mismo, volverse en ‘anticristo’.
¿Qué está pasando ahora? Que, con la Biblia en la mano, los que salieron de la Iglesia, no dejan de atacarnos, asegurando que la Iglesia católica es la "prostituta", el Papa es el ‘anticristo’ y los católicos somos unos ‘idólatras’. Está pasando ahora lo mismo que pasó al tiempo de Cristo: los que se consideraban ‘expertos en la Palabra de Dios’ (los fariseos y los maestros de la Ley) no supieron reconocer la identidad de Jesús y por eso se pusieron en contra de Él, hasta no lograr su muerte.
“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Perdónales porque no saben que la Iglesia católica es la que fundó Cristo personalmente, cuando vivió en este mundo, y llegará hasta el fin del mundo.
4. Divisiones del primer milenio
Un hecho es cierto: las divisiones son fruto del pecado, no vienen de Dios, y, por lo tanto, no tienen ninguna garantía para el futuro. Empiezan, se desarrollan y se acaban. Es la experiencia del primer milenio de la historia de la Iglesia. Todas las divisiones que se realizaron durante el primer milenio de la historia de la Iglesia, prácticamente ya no existen. Solamente la Iglesia que fundó Cristo, durará para siempre. Las divisiones que existen ahora son del segundo milenio.
Cisma de Oriente
Iglesia de Cristo: sí. Papa: no.
Año 1,054: primera división. Los obispos de Oriente, que se autoproclaman ‘ortodoxos’ (ortodoxia = verdadera doctrina), se apartan de Roma. Durante mil años habían reconocido la autoridad del Sucesor de Pedro, el obispo de Roma; ahora ya no.
¿Qué dicen?
Iglesia de Cristo, con obispos, sacerdotes, diáconos, sacramentos, concilios ecuménicos y devoción a María y a los Santos: SI. Papa: NO
Pretenden una Iglesia sin cabeza visible.
Reforma Protestante
Cristo: sí. Iglesia de Cristo: no.
Año 1,517: Martín Lutero da inicio a su inconformidad con Roma. Su enseñanza fundamental: Cristo: SI. Basta la fe en Cristo para alcanzar la justificación (= perdón de los pecados y amistad con Dios).
Iglesia visible de Cristo, la que viene desde un principio, con Papa, obispos, sacerdotes, diáconos, sacramentos y concilios ecuménicos: NO
Lo que importa, es pertenecer a la Iglesia espiritual, a la que pertenecen los que de veras creen en Cristo, sin importar a cual entidad eclesiástica pertenezcan. Esto no tiene mucha importancia. Sirve solamente para ayudar a vivir la fe en comunidad.
Basándose en estos principios, pronto se multiplican las divisiones: luteranos (1,521), calvinistas (1,532), menonitas (1,536), presbiterianos (1,560), bautistas (1,611), metodistas (1,784) que fundamentalmente siguen las ideas de Lutero.
El año de 1,534 el rey Enrique VIII aparta Inglaterra de Roma. Así surge la Iglesia Anglicana; de esta viene la Iglesia Episcopaliana, una vez que Estados Unidos logra su independencia de Inglaterra. Se mueven entre el catolicismo y el protestantismo.
A principios de 1,800 en el mundo protestante surge un nuevo movimiento religioso, que ahora está invadiendo el mundo con un afán proselitista incontenible: mormones (1,830), adventistas del séptimo día (1,863), testigos de Jehová (1,874) y la línea evangélica pentecostal (principios del siglo XX). Normalmente, a nivel teológico, éstos grupos siguen a Lutero; pero, al mismo tiempo, rechazan todas las Iglesias anteriores, acusadas de ‘apostasía’, y cada grupo se considera la única y verdadera Iglesia visible de Cristo ‘restaurada’, en clara oposición a todas las demás y en una actitud abiertamente sectaria.
Testigos de Jehová
Dios: sí. Cristo y su Iglesia: no.
Entre los grupos que empezaron a surgir desde principios del siglo pasado, hay uno que va más allá de Lutero: la congregación de los Testigos de Jehová. No hablamos de los mormones, porque no se pueden considerar cristianos al admitir un Tercer Testamento: “El libro de Mormón" y ser politeístas.
¿Cuál es la posición de los testigos de Jehová?
Dios: SI. Un solo Dios, sin Trinidad, al estilo del Antiguo Testamento.
Cristo y su Iglesia: NO. Cristo es un hombre y nada más, la primera creatura de Dios. La Iglesia que fundó Cristo, cuando vivió en este mundo, fracasó.
Ahora los testigos de Jehová son la única y verdadera “congregación visible de Jehová”.
De por sí desde antes ya se había empezado a considerar a Cristo como hombre y no como Dios; por ejemplo, con la masonería (principios del 1,700; Cristo es visto como un sabio), o el espiritismo (mitad del 1,800; Cristo es visto como un grande médium).
Nueva Era
Religiosidad y espiritualidad: sí. Dios: no.
Se trata de otro movimiento cultural-religioso, que empezó a surgir en la primera mitad del siglo XX y se desarrolló en la segunda mitad. Actualmente está invadiendo el mundo entero, especialmente los ambientes artísticos e intelectuales o económicamente más pudientes: una mezcla entre cristianismo, antiguas religiones paganas, religiones orientales gnosis, astrología, sicología, esoterismo, ocultismo, ecología, indigenismo y medicina alternativa. Un supermercado, en que cada uno prepara so coctel al gusto, escogiendo lo que más le agrada y lo hace sentir bien.
Por lo que se refiere a Dios, he aquí la idea central: No existe un solo Dios, creador, salvador y remunerador. Todo el universo es un organismo viviente. Todo lo que forma parte del universo es Dios.
Panteísmo
Dicen los nuevaerianos: “¿Quieres buscar a Dios? Entra dentro de ti mismo y allá lo encontrarás. Además, harás el grande descubrimiento: Tú eres Dios. Lo que pasa es que tú estás ciego y no te das cuenta de lo que eres y las posibilidades ‘infinitas’ que tienes. ¿Quieres aprovechar de ellas? Inscríbete en algún taller sobre control mental, chacras, cuarzos, cristales, colores, perfumes, ángeles, y verás como poco a poco irás despertando y tomando conciencia de los poderes ‘infinitos’ que tienes”.
¿Y cómo resolver el problema de la muerte? «La muerte no es un verdadero problema contestan. Al morir, el alma pasa a otro ser viviente y mediante un proceso continuo de reencarnaciones te vas purificando. Por lo tanto, no tienes que temerle ni a la muerte, ni al purgatorio, ni al infierno. Todo es bonito en este universo; todo es energía y vida, felicidad y éxito para los que se adhieren a esta nueva visión del mundo».
Satanismo
Dios: no. El enemigo de Dios: sí.
A lo largo de la historia, siempre hubo grupos selectos de personas que han rendido culto a Satanás. La novedad actual consiste en que ahora este fenómeno se está volviendo ‘popular’.
Normalmente se trata de adolescentes y jóvenes, que empiezan reuniéndose en las discotecas para escuchar música y bailar. Mediante un buen sistema de reclutamiento, poco a poco se pasa de la música rock a la metálica, de la simple alusión al himno declarado en honor de Satanás, de la imagen a la oración y la entrega, del sacrificio con animalitos al sacrificio con seres humanos, especialmente en aquellos países en que los gobiernos no logran ejercer un control real sobre la población y así se pretende lograr «poder» para encontrar satisfacciones inmediatas.
Pluralismo religioso
Ya se acabó la sociedad monolítica del pasado. Hoy es necesario que estemos conscientes de nuestra identidad como católicos, para no dejarnos confundir y envolver por la variedad de propuestas que continuamente se nos presentan.
Para sentirnos seguros y vivir nuestra fe con dignidad, es necesario que conozcamos el Evangelio de Cristo, tengamos una verdadera experiencia de Dios y, como dice San Pedro estemos capacitados para “dar razón de nuestra esperanza” (1 Pe 3,15). Solamente así estaremos colaborando con nuestro granito de arena para que se haga realidad el sueño de Cristo: “Habrá un solo rebaño como hay un solo Pastor (Jn 10,16)”.
VISITE NUESTRA LIBRERÍA “EL EVANGELIZADOR”
Hay Biblias, libros, novenas, estampas, imágenes, velas, rosarios y llaveros
A la entrada del Templo parroquial de Nuestra Señora de la Soledad
Diariamente de 10 a 2, y de 5 a 8:30

lunes, 5 de septiembre de 2011

XXIII Semana I Reflexiones del evangelio de cada día


Vigésima Tercera semana

Lunes
Lucas 6, 6-11
"Estaban acechando a Jesús para ver si curaba en sábado". Leemos episodios de indignación de Jesús. Así, cuando se presenta a Él, para que lo cure, un hombre con la mano seca, en día de sábado, Jesús, en primer lugar, hace a los presentes esta pregunta: "¿Es lícito en sábado hacer bien o mal, salvar una vida o matarla? y ellos callaban. Y dirigiéndoles una mirada airada, entristecido por la dureza de su corazón, dice al hombre: Extiende tu mano. La extendió y le fue restituida la mano" (Mc 3, 5).
Con compasión, Cristo proclama que “es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla” (Mc 3, 4). El sábado es el día del Señor de las misericordias y del honor de Dios (cf Mt 12, 5; Jn 7, 23). “El Hijo del hombre es Señor del sábado” (Mc 2, 28).
El sábado, que representaba la coronación de la primera creación, es sustituido por el domingo que recuerda la nueva creación, inaugurada por la resurrección de Cristo. “El domingo ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto” (CIC can. 1246, § 1). “El domingo y las demás fiestas de precepto, los fieles tienen obligación de participar en la misa” (CIC can. 1247).
Así, la institución del domingo contribuye a que todos disfruten de un “reposo y ocio suficientes para cultivar la vida familiar, cultural, social y religiosa” (GS 67, 3).

Martes
Lucas 6, 12-19
“Pasó la noche en oración y eligió a doce discípulos, a los que llamó apóstoles”. Vemos en el Evangelio de hoy el modo cómo Jesús ha realizado la elección de los Doce. “...Jesús se fue al monte a orar y se pasó la noche en la oración con Dios. Cuando se hizo de día llamó a sus discípulos y eligió doce de entre ellos a los que llamó también apóstoles” (Lc 6, 12-13).
Jesús ora antes de los momentos decisivos de su misión: antes de que el Padre dé testimonio de Él en su Bautismo (cf Lc 3, 21) y de su Transfiguración (cf Lc 9, 28), y antes de dar cumplimiento con su Pasión al designio de amor del Padre (cf Lc 22, 41-44);Jesús ora también ante los momentos decisivos que van a comprometer la misión de sus apóstoles: antes de elegir y de llamar a los Doce, como hemos escuchado hoy (cf Lc 6, 12), antes de que Pedro lo confiese como “el Cristo de Dios” (Lc 9, 18-20) y para que la fe del príncipe de los apóstoles no desfallezca ante la tentación (cf Lc 22, 32). La oración de Jesús ante los acontecimientos de salvación que el Padre le pide es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre.
El modelo perfecto de oración se encuentra en la oración filial de Jesús. Hecha con frecuencia en la soledad, en lo secreto, la oración de Jesús entraña una adhesión amorosa a la voluntad del Padre hasta la cruz y una absoluta confianza en ser escuchada.
En su enseñanza, Jesús instruye a sus discípulos para que oren con un corazón purificado, una fe viva y perseverante, una audacia filial. Les insta a la vigilancia y les invita a presentar sus peticiones a Dios en su Nombre.
Miércoles
Lucas 6, 20-26
Dichosos los pobres ¡Ay de ustedes, los ricos! «La vida y la palabra del Señor Jesús anuncian la plena confianza en Dios y denuncian la adhesión a las riquezas: “Es más difícil que un rico entre al Reino de los Cielos que un camello pase por la puerta pequeña de la ciudad”. El tener bienes terrenales implica un grave riesgo para la vida eterna. La afición a los bienes, la ambición de bienes, son pesada carga de la que es muy difícil librarse, salvo con la fuerza de Dios. No es que los bienes sean necesariamente malos, ciertamente no lo son, sino que aficionarse a ellos, depender de ellos, estar esclavizados a ellos ansiándolos y venerándolos como ídolos ése es el mal. “No se puede servir a Dios y a las riquezas”. El rico y el pobre Lázaro es un vívido relato donde el Señor enseña el auténtico drama sobre el que advierte en los “ayes” a quienes viven plenos de riquezas y están saciados.
La bienaventuranza nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor:
El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje «instintivo» la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad... Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza, por tanto, es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro... La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración (Card. Newman).
Y san Beda nos dice que “Si son bienaventurados aquellos que tienen hambre de obras justas, deben por el contrario considerarse como desgraciados aquellos que, satisfaciendo todos sus deseos, no padecen hambre del verdadero bien”.
Jueves: Natividad de la santísima Virgen María
Mateo 1, 18-23
Ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. La liturgia nos recuerda hoy la Natividad de la santísima Virgen María. Esta fiesta nos lleva a admirar en María niña la aurora purísima de la Redención. Contemplamos a una niña como todas las demás y, al mismo tiempo, única, la “bendita entre las mujeres” (Lc 1, 42). María es la “esperanza de todo el mundo y aurora de la salvación”.
Además esta fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María, nos hace meditar de nuevo sobre la vida de esta criatura singular, que Dios ha llamado a realizar un papel tan importante en la obra de la Redención. En efecto, por obra del Espíritu Santo fue concebido el Hijo de Dios para hacerse hombre: Hijo de María; Este fue el misterio del Espíritu Santo y de María. EL misterio de la Virgen, que a las palabras de la anunciación, contestó: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).
Por tanto, toda la Iglesia no puede menos de alegrarse hoy al celebrar la Natividad de María Santísima, que es esa "puerta virginal y divina, por la cual y a través de la cual Dios, que está por encima de todas las cosas, hizo su entrada en la tierra corporalmente...
Contemplar a María significa mirarnos en un modelo que Dios mismo nos ha dado para nuestra elevación y para nuestra santificación. Por esto, hoy e decimos a Aquella, que ha concebido por obra del Espíritu Santo: ¡Oh Virgen naciente, esperanza y aurora de salvación para todo el mundo, vuelve benigna tu mirada materna hacia todos nosotros, reunidos aquí para celebrar y proclamar tus glorias!
Viernes
Lucas 6, 39-42
“¿Puede un ciego guiar a otro ciego?”. Esta pregunta que hace Jesús a sus oyentes, cabe muy bien a la consideración de todo Obispo y sacerdote, del padre y la madre de familia, del profesor y profesora… de todo aquel que tiene a su cuidado la educación y formación de los valores humanos y evangélicos, porque Jesús, nos advierte del peligro de guiar a los demás sin antes cuidar nuestra vida formación y educación en la fe y del cuidado interior. Bien pueden aplicarse aquella sentencia del Papa Paulo VI, en el mundo hace falta testigo más que maestros, pero si son testigos y maestros mejor.
Por consiguiente, el primer campo de acción en la misión que Dios nos ha encomendado es luchar personalmente por ser santo, por ver con claridad el camino, por quitar esos defectos que nos apartan de Dios.
Jesús no nos dice que no ayudemos a los demás, sino que primero empecemos por nuestra propia vida. De ahí que el primer campo de apostolado sea uno mismo. El apóstol debe trabajar incansablemente por su propia conversión, debe colaborar activamente con la gracia para vivir la reconciliación; formándose sólidamente en la fe, alimentándose en la Eucaristía, renovándose en el sacramento de la reconciliación, cimentándose en la oración asidua. El apostolado que no nace de un corazón cada vez más reconciliado es estéril, se convierte en una mera proyección de la propia ruptura interior.
Sobre este tema san Agustín nos dice: “Cuando nos veamos precisados a reprender a otros, pensemos primero si alguna vez hemos cometido aquella falta que vamos a reprender; y si no la hemos cometido, pensemos que somos hombres y que hemos podido cometerla. O si la hemos cometido en otro tiempo, aun que ahora no la cometamos. Y entonces tengamos presente la común fragilidad para que la misericordia, y no el rencor, preceda a aquella corrección” (San Agustín).

Sábado
Lucas 6, 43-49
“¿Por qué me dicen “Señor, Señor”, y no hacen lo que yo les digo?” La oración de fe no consiste solamente en decir «Señor, Señor», sino en disponer el corazón para hacer la voluntad del Padre (Mt 7,21). Jesús invita a sus discípulos a llevar a la oración esta voluntad de cooperar con el plan divino.
“No todo el que dice ‘Señor, Señor’ se salvará”. Es una sentencia clara que invita a la coherencia entre lo que se cree y la vida. Buenas intenciones tenemos todos; al menos casi siempre. Lo importante es llevar esos buenos propósitos a la práctica.
El asunto es bastante claro. No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de Dios (ver Mt 7, 21). No todo consiste en ser bautizado y llamarse o “mal llamarse” cristiano, sino en serlo efectivamente. Es decir en abrirse al dinamismo del Bautismo, que cada uno ha recibido, para que con nuestra cooperación nos vaya transformando cada vez más según la profunda identidad de Jesús en cuya vida hemos sido sumergidos para nacer a la nueva vida.
San Jerónimo enseña: “Una y otra cosa es necesaria a los que sirven al Señor: que las obras se prueben con las palabras y las palabras con las obras”.
Y San Hilario: “El camino del Reino de los Cielos es la obediencia al designio de Dios, no el repetir su nombre”.

sábado, 3 de septiembre de 2011

XXIII Domingo ordinario/A Sobre la segunda lectura


XXIII Domingo del Tiempo Ordinario/A (Rom 13, 8-10)
Cumplir perfectamente la ley consiste en amar. Las lecturas que la liturgia ofrece hoy a nuestra meditación nos recuerdan que la plenitud de la Ley, como la de todas las Escrituras divinas, es el amor. Por eso, quien cree haber comprendido las Escrituras, o por lo menos alguna parte de ellas, sin comprometerse a construir, mediante su inteligencia, el doble amor a Dios y al prójimo, demuestra en realidad que está todavía lejos de haber captado su sentido profundo.
El amor evangélico y la vocación de hijos de Dios, a la que todos los hombres están llamados, tienen como consecuencia la exigencia directa e imperativa de respetar a cada ser humano en sus derechos a la vida y a la dignidad. Pero, no todos, sea cual fuere la cultura a la que pertenezcamos, definimos el amor como "querer el bien de la persona amada". El bien de la persona es lo que ella es: su ser. Querer el bien es querer que el otro alcance la plenitud de su ser. Por eso, el acto más puro de amor que se puede imaginar es el acto creador de Dios: el cual hace que cada uno de nosotros sencillamente sea.
El bien de la persona es lo que ella es: su ser. Querer el bien es querer que el otro alcance la plenitud de su ser. Por eso, el acto más puro de amor que se puede imaginar es el acto creador de Dios: el cual hace que cada uno de nosotros sencillamente sea.
Todo ser exige que se le reconozca, es decir, que se le ame de forma adecuada a su verdad: Dios como Dios, el hombre como hombre, las cosas como cosas. ;"La plenitud de la ley es el amor", nos enseña el Apóstol. ¡Cómo es verdadera esta afirmación! El amor es la realización plena de toda norma moral, ya que el amor busca el bien de todo ser en su verdad: esa verdad cuya fuerza normativa en relación con la libertad se expresa mediante las normas morales.
San Agustín, comentando el capítulo cuarto de la primera carta de san Juan, puede hacer una afirmación atrevida: «Ama y haz lo que quieras». Y continúa: «Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; que esté en ti la raíz del amor, porque de esta raíz no puede salir nada que no sea el bien» (7, 8: PL 35). Quien se deja guiar por el amor, quien vive plenamente la caridad, es guiado por Dios, porque Dios es amor. Así, tienen gran valor estas palabras: «Dilige et fac quod vis», «Ama y haz lo que quieras».
Quien ama a Cristo como lo amaba san Pablo, verdaderamente puede hacer lo que quiera, porque su amor está unido a la voluntad de Cristo y, de este modo, a la voluntad de Dios; porque su voluntad está anclada en la verdad y porque su voluntad ya no es simplemente su voluntad, arbitrio del yo autónomo, sino que está integrada en la libertad de Dios y de ella recibe el camino por recorrer.
Por consiguiente, tratándose de una Ley de amor, hay que dar importancia a nada que se tenga en el corazón contra el otro: el amor que Jesús predicó iguala y unifica a todos en querer el bien, en establecer o restablecer la armonía en las relaciones con el prójimo, hasta en los casos de contiendas o de procedimientos judiciales (cf. Mt 5, 25). En efecto, no existe verdadero amor de Dios sin amor al prójimo, y no existe amor del prójimo sin justicia. Tampoco podemos hablar sinceramente de justicia, ni promoverla eficazmente, si la justicia no es una realidad encarnada en nuestras vidas...
Por esto san Cromacio de Aquileya decía: “Muestra el Señor que no podemos poseer el mérito del amor perfecto si amamos sólo a quienes sabemos que nos devolverán en pago el amor mutuo, porque sabemos que este tipo de amor es común también a los gentiles y pecadores. Por eso quiere el Señor que superemos la ley común del amor humano con la ley del amor evangélico; de modo que no sólo mostremos el afecto de nuestro amor hacia los que nos aman, sino también hacia los enemigos y los que nos odian, para que imitemos en esto el ejemplo de la verdadera piedad y bondad paternas”.
El Concilio Vaticano II nos exhorta: Vean en cada hombre un hermano; y en cada hermano a Cristo, de manera que el amor a Dios y el amor al prójimo se unan en un mismo amor, vivo y operante, que es lo único que puede redimir las miserias del mundo, renovándolo en su raíz más honda: el corazón del hombre.
Este amor a Dios y al prójimo es el impulso fundamental de la vida cristiana. Por esto san Pablo nos ha dicho en el tema de hoy: “el amor es la plenitud de la Ley" (Rom 13, 10), porque el que ama a Dios ha cumplido la Ley.

lunes, 29 de agosto de 2011

XXII Semana Reflexiones del evangelio de cada día


Vigésima Segunda semana

Lunes: San Juan Bautista, Martirio
Marcos 6, 17-29
Muerte del Bautista. Hoy la tradición cristiana recuerda el martirio de san Juan Bautista, “el mayor entre los nacidos de mujer”, según el elogio del Mesías mismo (cf. Lc 7, 28). Ofreció a Dios el supremo testimonio de la sangre, inmolando su existencia por la verdad y la justicia; en efecto, fue decapitado por orden de Herodes, al que había osado decir que no le era lícito tener la mujer de su hermano (cf. Mc 6, 17-29).
En la encíclica Veritatis splendor, Benedicto, recordando el sacrificio de san Juan Bautista (cf. n. 91), afirmó que el martirio es un “signo preclaro de la santidad de la Iglesia" (n. 93). En efecto, "es el testimonio culminante de la verdad moral” (ib.). Aunque son pocos relativamente los llamados al sacrificio supremo, existe sin embargo “un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios” (ib.). Realmente, a veces hace falta un esfuerzo heroico para no ceder, incluso en la vida diaria, ante las dificultades y las componendas, y para vivir el Evangelio sin cortapisas.
Como auténtico profeta, san Juan dio testimonio de la verdad sin componendas. Denunció las transgresiones de los mandamientos de Dios, incluso cuando los protagonistas eran los poderosos. Así, cuando acusó de adulterio a Herodes y Herodías, pagó con su vida, coronando con el martirio su servicio a Cristo, que es la verdad en persona.
Invoquemos su intercesión, junto con la de María santísima, para que nosotros nos mantengamos siempre fiel a Cristo y testimoniemos con valentía su verdad y su amor a todos.

Martes Santa Rosa de Lima, Virgen
Mt 13, 44-46
Va y vende cuanto tiene y compra aquel campo. “El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre.... va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel” (Ibíd., 13, 44).
San Gregorio nos explica que “El tesoro escondido en el campo significa el deseo del Cielo, y el campo en que se esconde el tesoro es la enseñanza del estudio de las cosas divinas: “Este tesoro, cuando lo halla el hombre, lo esconde”, es decir, a fin de conservarlo; porque no basta el guardar el deseo de las cosas celestiales y defenderlo de los espíritus malignos, sino que es preciso además el despojarlo de toda gloria humana… Compra sin duda el campo después de haber vendido todo lo que posee aquél que renunciando a los placeres de la carne echa debajo de sus pies todos sus deseos terrenales por guardar las leyes divinas”.
Con esta parábola el Señor resalta la necesidad de “venderlo todo” para poder ganar el Reino de los Cielos. ¿Qué tenemos qué vender para hacernos del Reino de los cielos? Puede haber muchos tipos de bienes que hemos de vender. Unos son materiales, otros pueden ser espirituales. Así, pues, las parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa (Mt 13, 44-46), expresan el valor supremo y absoluto del reino de Dios: quien lo percibe, está dispuesto a afrontar cualquier sacrificio y renuncia para entrar en él.
Miércoles
Lucas 4, 38-44
También a los otros pueblos tengo que anunciarles el Reino de Dios, pues para eso he sido enviado. El Señor manifiesta la razón que le impulsa a tomar esa decisión de abandonar a quienes lo buscan e ir a otros pueblos a predicar también allí: “para eso he venido”. En esta frase el Señor define toda su misión: ha sido enviado por le Padre Dios para anunciar el Evangelio.
San Juan Crisóstomo enseña que Jesús al decir ‘para esto he venido’ “manifiesta el misterio de la Encarnación y el señorío de su divinidad confirmando que había venido al mundo por su voluntad. Y San Lucas dice: “Para esto soy enviado” (Lc 4,43), manifestando la buena voluntad de Dios Padre sobre la disposición de la Encarnación del Hijo».
Corresponde al Hijo realizar el plan de Salvación de su Padre, en la plenitud de los tiempos; ése es el motivo de su ‘misión’. ‘El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras’. Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los Cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo ‘presente ya en misterio’.
Luego de Él los Apóstoles son los primeros llamados a anunciar el Evangelio de Jesucristo. También San Pablo es un vaso elegido por el Señor. La misión de anunciar el Evangelio la ha recibido directamente del Señor, misión de la que se experimenta absolutamente responsable: «¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!». Impulsado por ese celo y sentido del deber San Pablo se hace “todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos”.
Jueves
Lucas 5, 1-11
Dejándolo todo, lo siguieron. La escena del Evangelio se desarrolla a orillas del lago de Genesaret, probablemente en las proximidades de Cafarnaúm, puesto que es allí donde residía Pedro y donde por lo mismo es de suponer que ejercía su oficio de pescador.
Una mañana el Señor Jesús va en busca de Pedro, que con sus compañeros se ha pasado la noche pescando. Sin embargo, por su obediencia se produce una pesca inesperada y tan sobreabundante que reventaba la red. Al llegar a la orilla Simón Pedro no hace sino arrojarse a los pies de Jesús: el asombro se ha apoderado de él y de sus compañeros. El signo realizado por Jesús hace que de Maestro pase a llamarlo “Señor”, como reconocimiento de la divinidad de Jesucristo. Ante esta manifestación de la gloria del Señor Pedro le suplica que se aparte de él, puesto que él es un hombre impuro, pecador.
Jesús conoce bien de qué barro está hecho Pedro, conoce sus pecados, sus miserias y debilidades, sabe perfectamente que no es digno de Él, incluso sabe que lo va a negar y traicionar, pero su mirada va más allá de todo eso: el Señor Jesús mira su corazón, sabe que ha sido formado desde el seno materno para ser “pescador de hombres”, para ser apóstol de las naciones, para ser “Pedro”, la roca sobre la que va a construir su Iglesia, y teniendo todo ello en mente lo alienta a no tener miedo de mirar el horizonte y asumir la grandeza de su vocación y misión.
También a nosotros el Señor, profundo conocedor del corazón humano, nos dice: “¡No tengan miedo!, los haré pescadores de hombre, remen mar adentro. ¡No tengan miedo a descubrir el sentido de su vida y su misión en el mundo!”, a través del matrimonio, el sacerdocio o la vida consagrada. Mejor resolvamos nuestros miedos en un profundo acto de confianza en Dios: “En la confianza estará su fortaleza” (Is 30,15).
Viernes (Lucas 5, 33-39)
Vendrá un día en que les quiten al esposo y entonces sí ayunarán. Jesús de Nazaret es introducido en medio de su pueblo como el Esposo que había sido anunciado por los profetas. Lo confirma él mismo en la página evangélica que hemos escuchado, a la pregunta de los discípulos de Juan: “¿Por qué... tus discípulos no ayunan?” (Mc 2, 18), responde: “¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Mientras tengan consigo al esposo no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el esposo; entonces ayunarán, en aquel día” (Mc 2, 19-20).
Con esta respuesta, Jesús da a entender que el anuncio de los profetas sobre el Dios-Esposo, sobre “el Redentor, el Santo de Israel”, encuentra en él mismo su cumplimiento. Él revela su conciencia del hecho de ser Esposo entre sus discípulos, aunque al final “les será arrebatado”.
En el Evangelio de hoy, Jesús insiste en que la “alegría” y el cumplimiento de los mandamientos, sea primero. Antes del “ayuno”, antes del sacrificio, hay la alegría de estar “con el Esposo”, con Dios. Jesús quiere indicar, a propósito de la discusión sobre el ayuno que su presencia lleva una alegría que desborda el espíritu de la ley antigua. Con su venida ha empezado la gran fiesta de los esponsales de Dios con la humanidad; hemos de rehuir, pues, la tristeza y vivir en el clima alegre de la nueva alianza, que debe impregnar las necesarias prácticas penitenciales.
Así pues, Jesús es muy claro en la respuesta que da a los discípulos de Juan: está convencido que primero es la justicia y el amor, y que ése es el ayuno primero que Dios quiere: el ayuno de todo lo que estorba para que el Esposo, Jesús, se aposente en nuestro corazón. El ayuno que Él busca es el del corazón, la conversión que Él busca es la del corazón y siempre que nos enfrentemos a esta dimensión de la conversión del corazón.
Sábado (Lucas 6, 1-5)
"¿Por qué hacen lo que está prohibido hacer en sábado”. Los fariseos se entregaban totalmente al estudio de la Ley dada por Dios a Moisés así como de las “tradiciones de los padres”. Sus miembros se daban al riguroso cumplimiento de su propia interpretación de la Ley, especialmente en lo tocante al descanso sabático, a la pureza ritual y a los diezmos.
Según la tradición judía el sábado (shabbat) es el séptimo y último día de la semana, en el que el pueblo recordaba el día en que Dios había descansado luego de la obra creadora, el día que por mandato divino debía ser santificado por el pueblo de Israel mediante el descanso (ver Ex 20,9-11).
Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no recibían su interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con que la acompañaba. Esto ocurre, en particular, respecto al problema del sábado: Jesús recuerda, frecuentemente con argumentos rabínicos, que el descanso del sábado no se quebranta por el servicio a Dios o al prójimo que realizan sus curaciones.
El Evangelio relata numerosos incidentes en que Jesús fue acusado de quebrantar la ley del sábado. Pero Jesús nunca falta a la santidad de este día, sino que con autoridad da la interpretación auténtica de esta ley: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27). Con compasión, Cristo proclama que “es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla” (Mc 3, 4). El sábado es el día del Señor de las misericordias y del honor de Dios. “El Hijo del hombre es Señor del sábado” (Mc 2, 28).
Nuestro sábado, el primer día en que actuó el Señor, El Domingo, Día del Señor, porque es el Día de su triunfo, el Día grandioso en que el Señor Jesús resucitó rompiendo las ataduras de la muerte, Día en el que Él hizo todo nuevo, Día por tanto consagrado al Señor.

viernes, 26 de agosto de 2011

XXII Domingo ordinario/A Sobre la seguda lectura


XXII Domingo del Tiempo Ordinario/A (Rom 12, 1-2)
Ofrézcanse ustedes mismos como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en esto consiste el verdadero culto.Estas palabras de San Pablo a los Romanos son la formulación más sintética de cómo la Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios. En esta exhortación se ve la imagen del nuevo culto como ofrenda total de la propia persona en comunión con toda la Iglesia.
En ese texto, el Concilio vincula la oración, que es la Eucaristía por excelencia, mediante la cual los cristianos dan gloria a Dios, con la ofrenda de sí mismos “como hostia viva, santa y grata a Dios” (cf. Rm 12, 1) y con el testimonio que es preciso dar de Cristo. Así el cristiano hace suyo el culto de Cristo que no es sólo un culto ritual (el culto del Templo), sino la ofrenda de sí mismo en un acto de obediencia con toda su existencia. El culto de Cristo en el cristiano no sólo se realiza, pues, con la celebración de la ofrenda de la eucaristía y con la recepción de los sacramentos, con la oración y acción de gracias, sino mediante el testimonio de una vida santa.
El verdadero culto a Dios no es sólo algo exterior, sino la propia vida; en este sentido la Misa aparece calificada como “nuestra Misa”: no es una ceremonia a la que se asiste, sino un encuentro en el que, quien participa, recibe el don que Cristo hace de sí mismo y queda comprometido a convertirse, él mismo, en un don para glorificar al Padre y servir a los hermanos.
Por tanto, todo lo que hay de auténticamente humano -pensamientos y afectos, palabras y obras- encuentra en el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud. El culto a Dios en la vida humana no puede quedar relegado a un momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar cualquier aspecto de la realidad del individuo. El culto agradable a Dios se convierte así en un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de la existencia, en la que cada detalle queda exaltado al ser vivido dentro de la relación con Cristo y como ofrenda a Dios. La gloria de Dios es el hombre viviente (cf. 1 Co 10,31). Y la vida del hombre es la visión de Dios.
Y precisamente, el Domingo es el día en que el cristiano encuentra esa forma eucarística de su existencia y a la que está llamado a vivir constantemente. Y “Vivir según el domingo” quiere decir vivir conscientes de la liberación traída por Cristo y desarrollar la propia vida como ofrenda de sí mismos a Dios, para que su victoria se manifieste plenamente a todos los hombres a través de una conducta renovada íntimamente. Por tanto, la espiritualidad eucarística no es solamente participación en la Misa y devoción al Santísimo Sacramento. Abarca la vida entera. Por esto, san Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos, que estamos meditando, nos invita a vivir el nuevo culto espiritual, cambiando el propio modo de vivir y pensar: “Y no se ajusten a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto” (12, 2).
Así, pues, es necesario dar a la Eucaristía toda su verdad en nosotros, en lo cotidiano de nuestras vidas (…). Poner toda la vida en la Misa, incluir la Misa en la vida, ha sido siempre (…) la verdad más práctica predicada por la Iglesia a los fieles en materia de participación eucarística. Siendo miembros de la asamblea litúrgica, nos ofrecemos con Cristo, completando el acto del sacerdocio espiritual interior en el de nuestro sacerdocio bautismal. Y acto seguido damos a nuestra vida, toda su realidad a nuestra Misa, manifestándonos en el testimonio alegre y convencido de nuestra vida cristiana, “… como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en esto consiste el verdadero culto.
Que por intercesión de la Virgen Madre, sepamos perseverar en la oración, alabando juntos a Dios, ofreciéndonos a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios.

lunes, 22 de agosto de 2011

Vigésima primera Semana Reflexiones al evangelio de cada día


Vigésima primera Semana
Lunes
Mateo 23, 13-22
¡Ay de ustedes, guías ciegos! A los guías espirituales del pueblo elegido les reprocha Jesús su ceguera: “Son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo" (Mt 15,14). Los discípulos no están exentos de incurrir en la misma insensibilidad y hacerse merecedores del mismo juicio. A continuación del reproche a los escribas, Jesús, vuelto hacia Pedro lo amonesta: “¿También ustedes están todavía sin inteligencia?” (15,16). Los discípulos tienen que guardarse de la levadura de los escribas y fariseos, que es la incredulidad y la hipocresía, porque les es igualmente fácil incurrir en ellas. Por eso los ayes de Jesús, pueden tener también algo de advertencia disuasoria para sus propios discípulos: ¡Ay de ustedes escribas y fariseos hipócritas! (...) ¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante, el oro o el Santuario que hace sagrado el oro? (...) ¡Ciegos! ¿Qué es más importante, la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? (...) ¡Guías ciegos que cuelan el mosquito y se tragan el camello!” (Mt 23,13-32; citamos los vv. 13.17.19.24).
En efecto, Los sacerdotes…, padres y madres de familia, profesores y profesoras…, cada cristiano, queremos ser Luz y sin embargo podemos ser tinieblas, y en vez de llevar a nuestros hermanos por el buen camino, los podemos llevar por el despeñadero, empujados por nuestra mala actitud y malos ejemplos, y así nos podemos transformar en ciegos, guiando a otros ciegos por caminos peligrosos, y esto porque nosotros, quizá, no somos capaces de ver cuál es el verdadero camino, que conduce a la santidad, al Reino de los Cielos.
Tratemos entonces de cumplir con la obligaciones de vida apostólica que el Señor nos ha encargado, hagámoslo con consecuencia, con coherencia, y como cristianos que estamos siendo llamados por Dios todos los días a ser luz del mundo, seamos luces verdadera, demos todo de sí, para dar testimonio y ejemplo, para que nuestros hermanos abran su corazón al amor de Dios.
Martes
Mateo 23, 23-26
Esto es lo que tenían que practicar, sin descuidar aquello. Es decir, dar el diezmo, pero sin descuidar lo que es la misericordia, la justicia y la fe. Nos sentimos todos aludidos por estas acusaciones que Jesús hace a los fariseos, Ellos son una posibilidad permanente de nuestro corazón. Es decir, en cada uno de nosotros puede haber un fariseo.
Todos somos fariseos cuando anulamos la Palabra de Dios detrás de las tradiciones, cuando nos limitamos al cumplimiento, a la legalidad, cuando reducimos la religión a una cuestión de prácticas piadosas, cuando pretendemos llegar a Dios pasando por encima del otro. Y lo primero en nuestro diario vivir es la misericordia, la justicia y la fe, como encuentro vivo y personal con Jesús resucitado.
No olvidemos que Dios es Padre de misericordia y de toda consolación, y que quiere que nuestra vida sea un reflejo de Él, por esto ante los legalismos, nos pide misericordia con el hermano. Jesús, al revelarnos la plenitud de la misericordia del Padre, también nos enseñó que a este Padre tan justo y misericordioso sólo se accede por la experiencia de la misericordia que debe caracterizar nuestras relaciones con el prójimo.

Miércoles San Bartolome, Apóstol
Juan 1, 45-51
Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Estas palabras de Natanael presentan un doble aspecto de la identidad de Jesús: es reconocido tanto en su relación especial con Dios Padre, de quien es Hijo unigénito, como en su relación con el pueblo de Israel, del que es declarado rey, calificación propia del Mesías esperado.
Jesús es el verdadero rey de Israel, verdadero rey porque es hombre y Dios. Y la inscripción en la cruz realmente había anunciado al mundo esta realidad: ya está presente el verdadero rey de Israel, que es el rey del mundo; el rey de los judíos está colgado en la cruz. Es una proclamación de la realeza de Jesús, del cumplimiento de la espera mesiánica del Antiguo Testamento, que, en el fondo del corazón, es una expectativa de todos los hombres que esperan al verdadero rey, que da justicia, amor y fraternidad.
Jesús no sólo cumple la promesa davídica, la espera del verdadero rey de Israel y del mundo, sino que realiza también la promesa del verdadero Sacerdote. Por tanto, en Cristo están unidas las dos promesas: Cristo es el verdadero Rey, el Hijo de Dios, pero es también el verdadero Sacerdote.
Que en esta fiesta de Natanael sepamos responder como él, con una confesión de fe límpida y hermosa, diciendo y viviendo: “Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel” (Jn 1, 49), o como decimos en el credo: Creo en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
Jueves
Mateo 24, 42-51
Estén preparados. Ante el acontecimiento de su venida última y ante la ignorancia sobre la hora o día, el Señor enseña que sólo cabe una actitud sensata: velar y estar preparados en todo momento. Y para insistir más aún en la necesidad de este estar preparados el Señor pone a sus discípulos otra comparación: «si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón estaría vigilando y no lo dejaría asaltar su casa». Del mismo modo, el saber que vendrá y la ignorancia del momento mueven a una persona sensata a mantenerse siempre vigilante.
Jesús, mientras somos peregrinos en este mundo, estemos en permanente conversión, con una fe viva y en permanente vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación.
San Gregorio Magno nos dice que “El ladrón mina la casa sin saberlo el padre de familia, porque mientras el espíritu duerme sin tener cuidado de guardarla, viene la muerte repentina y penetra violentamente en la morada de nuestra carne, y mata al Señor de la casa, a quien halló durmiendo. Porque mientras el espíritu no prevé los daños futuros, la muerte, sin él saberlo, le arrastra al suplicio. Mas resistiría al ladrón, si velara, porque precaviendo la venida del Juez, que insensiblemente arrebata a las almas, le saldría al encuentro por medio del arrepentimiento, para no morir impenitente. Quiso, pues, el Señor, que la última hora sea desconocida, para que siempre pueda ser sospechosa; y mientras no la podamos prever, incesantemente nos prepararemos para recibirla”.
Por su parte, santa Teresa de Jesús nos dice: Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin.
Viernes
Mateo 25, 1-13
Ya viene el esposo, salgan a su encuentro. El Señor nos vuelve a insistir en nuestra actitud ante la llegada de Jesús y su Reino. Como ayer, hoy también nos hace un llamado a nuestra responsabilidad personal frente a Dios que nos ama y viene a nuestro encuentro. El nos hace un insistente aviso a velar, a estar alerta.
Y nos relata el Señor que: “El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes, que tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo.” El Esposo es Cristo; viene de improviso llamar a su banquete eterno a los creyentes, simbolizados en las diez jóvenes vírgenes que velan a la espera de introducidas en la boda. En esta parábola las relaciones entre Dios y el hombre se presentan, como sucede con frecuencia en el Antiguo Testamento— como relaciones nupciales.
Por cierto, nuestra vida es una espera desvelada del Esposo, y debe ser una vida que se ocupe en buenas obras, para este caso, en la parábola están representadas por el aceite que alimenta la lámpara de la fe. Las vírgenes prudentes están bien provistas de él, por lo tanto pueden resistir lo prolongado de la vigilia nocturna y encontrarse prontas para el recibimiento del esposo. En cambio, las vírgenes necias, que representan a los cristianos descuidados el cumplimiento de sus deberes, ven que sus lámparas se apagan sin remedio, llegan luego tarde y llaman inútilmente: “Señor, señor, ábrenos”.
Hagamos de nuestra vida una lámpara encendida que brille con la luz de la fe y permanezcamos en oración, sabedores de que el Señor es el supremo valor, y estemos en permanente deseo de Dios.

Sábado
Mateo 25, 14-30
Porque has sido fiel en cosas de poco valor, entra a tomar parte en la alegría de tu señor. El Evangelio, con la narración de la parábola de los talentos, mientras nos alienta al empleo generoso de todas nuestras energías, nos señala al mismo tiempo la meta final, que es la consecución y la consumación de la alegría perfecta: “Siervo bueno y fiel..., entra en el gozo de tu señor” (cf. Mt 25, 21-23).
Ante esta parábola nos podemos preguntar: ¿Cómo debemos vivir en la espera de la vuelta de Jesús? La respuesta nos la da Jesús: todo lo que somos y todo lo que tenemos debemos emplearlo y ponerlo al servicio del Señor y de nuestro prójimo, porque lo que somos y tenemos Dios nos ha dado no sólo para beneficio personal, sino para ponernos al servicio de los demás.
Por consiguiente, ante Dios, llevaremos sólo lo que hayamos dado y no lo que hayamos acumulado, porque lo que damos lo ponemos en el banco del amor. Por este motivo Jesús alaba a los dos hombres que supieron negociar con los talentos recibidos: es precisamente lo que hicieron los santos, con la lógica divina del amor y del don total de sí.
Por otro lado, vemos el trato severo reservado al que osó esconder el talento recibido: “Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí... Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos” (Mt 25, 26-28). A nosotros, que recibimos los dones de Dios para hacerlos fructificar, nos toca “sembrar” y “recoger”. Si no lo hacemos, se nos quitará incluso lo que tenemos.

sábado, 20 de agosto de 2011

XXI Domingo ordinario/A Sobre la segunda lectura


XXI Domingo del Tiempo Ordinario/A
(Rom 11, 33-36)
Todo proviene de Dios, todo ha sido hecho por Él y todo está orientado hacia Él. Dios, y sólo Dios, es la fuente de la vida, una fuente viva, activa, abundante y desbordante. Él lo ha creado todo, lo penetra todo con su soplo de vida; él conserva todo en la vida y al final lleva todo a la plenitud de la vida. "En él vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 28).
Todo proviene de Dios, todo ha sido hecho por Él, es lo mismo que decimos en el credo: ‘Creador del cielo y de la tierra’, y confesar a Dios como ‘Creador del cielo y de la tierra’, quiere decir, que todo el mundo, la realidad entera que me envuelve y me hace estar enclavado en el tiempo y en el espacio, es creación divina, obra de sus manos. Buena, por tanto: “Y vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno” (Gén 1,4.10.12.18.21.31). Buena, y querida por Dios. Este mundo ha brotado de la bondad y del amor de Dios: “Tú has creado el universo; por tu voluntad lo que no existía fue creado” (Ap 4,11). “Porque El es bueno, existimos”, sintetiza San Agustín.
Dios crea para dar amor al ser creado, es decir, para hacer felices a las criaturas que salen de sus manos. Por eso, la creación es un acto de amor que sólo desde el amor puede funcionar correctamente. Cuando se rompe el vínculo del amor, se introduce el mal y se arruina la creación. Por ese amor la sostiene en la creación. Ese amor se manifiesta a través de la divina providencia, que actúa a veces misteriosamente en medio del dolor.
Dios es amor y, por lo tanto, todo lo hace desde el amor y por amor. En el amor está, pues, la causa, la motivación de la Creación. Dios crea el mundo que conocemos, “lo visible y lo invisible” -incluidos los ángeles, que también son criaturas de Dios-, por amor.
“…y todo está orientado hacia Él”. La creación, en el plan de Dios, desde el comienzo, está orientada a la plenitud. Al acabar la obra de los seis días, Dios descansó, creando el descanso. La corona de la creación es el sábado. Toda la creación está orientada a la glorificación de Dios, a entrar en la libertad de los hijos de Dios, en la gloria de la plenitud del Reino de Dios (Rom 8,19-24). La primera creación lleva ya en germen su tensión hacia el nuevo cielo y la nueva tierra (Cfr. Is 65,17; 66, 22; Ap 21,2). Alcanzará su plenitud cuando Dios sea “todo en todo” (1Cor 15,28).
En el centro está Cristo, como cúspide o piedra angular de la creación y de la historia: “El es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de El fueron creadas todas las cosas celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por El y para El. El es anterior a todo, y todo se mantiene en El” (Col 1,15-17).
Cristo es nuestro futuro y, como escribíó el´Papa en la carta encíclica Spe salvi, su Evangelio es comunicación que “cambia la vida”, da la esperanza, abre de par en par la puerta oscura del tiempo e ilumina el futuro de la humanidad y del universo (cf. n. 2).
Dios, en cambio, no pasa nunca y todos existimos en virtud de su amor. Existimos porque él nos ama, porque él nos ha pensado y nos ha llamado a la vida. Existimos en los pensamientos y en el amor de Dios. Existimos en toda nuestra realidad, no sólo en nuestra ‘sombra’. Nuestra serenidad, nuestra esperanza, nuestra paz se fundan precisamente en esto: en Dios, en su pensamiento y en su amor; no sobrevive sólo una «sombra» de nosotros mismos, sino que en él, en su amor creador, somos conservados e introducidos con toda nuestra vida, con todo nuestro ser, en la eternidad.
Que por intercesión de la Madre de Dios y Madre nuestra, esta reflexión sobre la creación nos conduzca al descubrimiento de que, en el acto de la fundación del mundo y del hombre, Dios ha sembrado el primer testimonio universal de su amor poderoso, la primera profecía de la historia de nuestra salvación; y de que “Dios no se encuentra lejos de cada uno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 27-28).

lunes, 15 de agosto de 2011

Semana Vigésima Reflexiones del evangelio de cada día


Vigésima semana
Lunes: La asunción de la Santísima Virgen María
Lucas 1, 39-56
Ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Exaltó a los humildes. La Virgen es el ejemplo perfecto de esta verdad evangélica, es decir, que Dios humilla a los soberbios y poderosos de este mundo y enaltece a los humildes (cf. Lc 1, 52). La pequeña y sencilla muchacha de Nazaret se ha convertido en la Reina del mundo, Reina y Señora y Madre nuestra. Por esto, ella es la primera que pasó por el ‘camino’ abierto por Cristo para entrar en el reino de Dios, un camino accesible a los humildes, a quienes se fían de la Palabra de Dios y se comprometen a ponerla en práctica.
Santa María asunta a los Cielos es para nosotros, hijos de la Iglesia peregrinante, un signo de esperanza que brilla intenso en el horizonte, signo que nos atrae, nos alienta y anima a seguir sus huellas y caminar juntos y confiadamente hacia donde Ella se encuentra gloriosa junto a su Hijo resucitado.
“… la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos” (CIgC 966).
Por consiguiente, la fiesta de la Asunción de la Virgen María constituye para todos los creyentes una ocasión propicia para meditar sobre el sentido verdadero y sobre el valor de la existencia humana en la perspectiva de la eternidad. El cielo es nuestra morada definitiva. Desde allí María, con su ejemplo, nos anima a aceptar la voluntad de Dios, a no dejarnos seducir por las sugestiones falaces de todo lo que es efímero y pasajero, a no ceder ante las tentaciones del egoísmo y del mal que apagan en el corazón la alegría de la vida.
¡Virgen Madre de Cristo, vela sobre nosotros! Haz que un día también nosotros podamos compartir tu misma gloria en el Paraíso, donde “hoy has sido elevada por encima de los ángeles y con Cristo triunfas para siempre” (Antífona de entrada de la misa vespertina de la vigilia).
Martes
Mateo 19, 23-30
Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los cielos. El tener bienes terrenales implica un grave riesgo para la vida eterna. La afición a los bienes, la ambición de bienes, son pesada carga de la que es muy difícil librarse, salvo con la fuerza de Dios. No es que los bienes sean necesariamente malos, ciertamente no lo son, sino que aficionarse a ellos, depender de ellos, estar esclavizados a ellos ansiándolos y venerándolos como ídolos ése es el mal. “No se puede servir a Dios y a las riquezas”.
San Ambrosio enseña que “Aun cuando en la abundancia de las riquezas hay muchos alicientes para pecar, también hay muchos medios para practicar la virtud. Aunque la virtud no necesita opulencia, y la largueza del pobre es más laudable que la liberalidad del rico, sin embargo la autoridad de la sentencia celeste no condena a los que tienen riquezas, sino a los que no saben usar de ellas. Porque así como el pobre es tanto más laudable cuanto más pronto es el afecto con que da, así es tanto más culpable el rico que tarda en dar gracias a Dios por lo que ha recibido, y se reserva sin utilidad la fortuna que le ha sido dada para el uso de todos. Luego no es la fortuna, sino el afecto a la fortuna, el que es criminal; y aunque no hay mayor tormento que amontonar con inquietud lo que ha de aprovechar a los herederos, sin embargo, como los deseos de amontonar de la avaricia se alimentan de cierta complacencia, los que tienen el consuelo de la vida presente pierden el premio eterno”.
Miércoles
Mateo 20, 1-16
¿Es que tienes envidia porque yo soy bueno? De la parábola del evangelio, que hemos escuchado, llama la atención la reacción de los jornaleros, que protestan porque a los últimos se les paga lo mismo que a los que trabajaron desde la mañana. Se quejan porque consideran injusto que a ellos, habiendo trabajado más, se les pague igual. El dueño de la viña pone de manifiesto lo que en realidad se esconde detrás del reclamo aparentemente justo: “¿Has de ser tú envidioso porque yo soy bueno?” (Mt 20,15).
La envidia es la tristeza experimentada ante el bien o prosperidad del prójimo, así como también el gozo ante el daño o mal que sufre. San Agustín calificaba la envidia como el “pecado diabólico por excelencia”, y San Gregorio Magno afirmaba que “de la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia”. ¡Cuántos llevados de la envidia inventan historias, divulgan o exageran defectos del prójimo, dañan o destruyen su buena imagen o reputación!
La envidia surge con especial intensidad frente a las personas a las que guardamos algún resentimiento, o también frente a aquellos con quienes entramos en competencia y rivalidad. También se da entre amigos o hermanos. No pocas veces escuchamos a los niños protestar llorosos o airados ante sus padres: “¿Por qué a él/ella sí y a mí no? ¡Qué injusto! ¡Yo merezco más!” ¡Cuántas veces reclamamos también nosotros de la misma manera ante todo lo que juzgamos como una “injusticia” que se nos hace!
La protesta surge ante todo lo que pueda ser interpretado como un favoritismo para con el otro. La soberbia nos lleva a querer estar siempre por encima de los demás, ser mejores que el otro, y por lo tanto nos creemos con el derecho de merecer más que él. Y cuando no es así, la envidia dispara nuestras protestas.
La envidia produce numerosas heridas, rencores, resentimientos, que van envenenando el propio corazón y van difundiendo ese veneno por doquier. Se da frente a todos los que han sido más favorecidos que yo. El reclamo será a “la vida” que a mí no me ha dado las oportunidades que a otros, o a Dios que no me ha dado estos u otros dones, talentos, capacidades, constitución física, inteligencia, etc. que tal o cual poseen.
El envidioso se encierra cada vez más en su propio egoísmo. El estar mirándose primero a sí mismo lo vuelve mezquino, lo hace incapaz de alegrarse cuando el otro progresa o recibe beneficios que él no. Como está siempre centrado en sí mismo y en su propio interés, no en el de los demás, percibe todo don hecho al hermano como una afrenta e injusticia para consigo. En efecto, es propio de los envidiosos quejarse de lo que se da a otros como si se les quitara a ellos.
¿Cuál es el remedio a este terrible mal, a este pecado diabólico que sin duda a todos nos afecta, en mayor o menor medida? He aquí la recomendación de Fray Luis de Granada: “si quieres una muy cierta medicina contra este veneno, ama la humildad y aborrece la soberbia, que ésta es la madre de esta peste. Porque como el soberbio ni puede sufrir superior ni tener igual, fácilmente tiene envidia de aquellos que en alguna cosa le hacen ventaja, por parecerle que queda él más bajo si ve a otros en más alto lugar”
Y si quieres asemejarte más aún al Señor, pon por obra también este otro sabio consejo de aquel mismo maestro espiritual: “no te debes contentar con no tener pesar de los bienes del prójimo, sino trabaja por hacerle todo el bien que pudieres, y pide a nuestro Señor le haga lo que tú no pudieres”.




Jueves
Mateo 22, 1-14
Conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren. El Señor en el Templo, a los ya alterados sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, les vuelve a hablar con una nueva parábola: un rey, que celebraba la boda de su hijo, manda a sus siervos para avisar a los invitados, pero estos “no quisieron ir”. Rechazan la invitación porque, según su criterio, tienen otras cosas más importantes que hacer, como cuidar sus negocios o trabajar sus tierras. Al estar pendientes de sus propios asuntos no les interesa la invitación del rey a participar de su alegría ni de las bodas de su hijo.
En esta nueva alegoría el rey representa también a Dios Padre. El “banquete preparado” es el Reino de los Cielos, presente y establecido ya en la tierra por la presencia de Jesucristo, el Hijo del Padre que ha venido a sellar una nueva Alianza con su pueblo por medio de su propio sacrificio en el Altar de la Cruz. Con Él han comenzado los tiempos mesiánicos, con Él ha llegado ya “la plenitud de los tiempos” (Gal 4,4): todo está listo para “la boda” del Hijo.
San Gregorio Magno, enseña que “El [Padre] ha enviado a sus criados para invitar a sus amigos a las bodas. Los envió una primera vez y una segunda vez, es decir, primero por los profetas, luego por los Apóstoles, para anunciar la encarnación del Señor. (…) “Pero ellos no hicieron caso, y se fueron unos a su campo y otros a su negocio” (Mt 22,5). Ir a su campo significa dedicarse sin reserva a las tareas de aquí abajo. Ir a sus negocios es buscar ávidamente el provecho propio en los asuntos de este mundo. Los unos y los otros se olvidan de pensar en el misterio de la encarnación del Verbo y de configurar sus vidas según este misterio. Aun más grave es el comportamiento de aquellos, que, no contentos con despreciar el favor de quien los invita, lo persiguen”.
Y San Juan Crisóstomo dice: “Aun cuando parece que los motivos son razonables, aprendemos, sin embargo, que incluso cuando sean necesarias las cosas que nos detienen, conviene siempre dar la preferencia a las espirituales: y a mí me parece que cuando alegaban estas razones, daban a conocer los pretextos de su negligencia”.
Viernes
Mateo 22, 34-40
Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo. El Señor sitúa por encima de todos los demás mandamientos el precepto del amor a Dios sobre todas las cosas: “Este mandamiento es el principal y primero”. Sin embargo, añade inmediatamente: “El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Este segundo mandamiento también estaba contenido en la Torá (Cfr. Lev 19,18). Al decir “semejante” quiere decir “de igual valor”, de igual importancia, de igual peso y necesidad de obediencia. Ambos preceptos, profundamente entrelazados, inseparables el uno del otro, forman para Él el “máximo” mandamiento que está por encima de cualquier rito u ofrecimiento: «vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (Mc 12,33).
Concluye el Señor afirmando solemnemente que “estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.” La Torá y la enseñanza de los Profetas “penden” o “se sostienen” de estos dos preceptos, del mismo modo que una puerta se sostiene de sus goznes. De esta manera el Señor destaca nuevamente la suprema importancia de ambos mandamientos y manifiesta por otro lado que estos dos principios fundamentales y vitales son los que revelan el verdadero espíritu del que está animada toda la enseñanza divina.
San Agustín enseña que “Amando al prójimo y preocupándote por él, progresas sin duda en tu camino. Y ¿hacia dónde avanzas por este camino sino hacia el Señor, tu Dios, hacia aquel a quien debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente? Aún no hemos llegado hasta el Señor, pero al prójimo lo tenemos ya con nosotros. Preocúpate, pues, de aquel que tienes a tu lado mientras caminas por este mundo y llegarás a aquel con quien deseas permanecer eternamente”.
Sábado
Mateo 23, 1-12
Los fariseos dicen una cosa y hacen otra. Al escuchar las acusaciones que Jesús hace a los escribas y fariseos, en el evangelio que hemos escuchado, las palabras del Señor nos cuestionan profundamente y nos obligan a preguntarnos sobre nuestra coherencia como cristianos: ¿Me esfuerzo realmente en vivir de acuerdo a lo que creo? La coherencia es la unión que debe existir entre la fe y la vida, entre aquello que decimos creer y nuestro cotidiano obrar. Los que dicen y no hacen, se asemejan a los escribas y fariseos, de quienes el mismo divino Redentor, si bien dejando en su lugar la autoridad de la palabra de Dios, que legítimamente anunciaban, hubo de decir, censurándolos, al pueblo que le escuchaba: En la cátedra de Moisés se sentaron los escribas y fariseos; cuantas cosas, pues, os dijeren, guárdenlas y háganlas todas; pero no hagn conforme a sus obras.
Un cristiano coherente es aquel que refrenda con sus obras lo que afirma de palabra. No hay diferencia entre lo uno y lo otro. Se descubre en él o en ella una total unidad entre la fe que profesa con sus labios y su conducta en la vida cotidiana: su fe pasa a la acción, se muestra en sus actos. En él la fe se convierte en «principio operativo del cristiano. Recordemos la palabra de San Pablo, que es el quicio de su doctrina: “el justo vive de la fe” (Gál 3,11; Heb 10,38; Rom 1,17).
Un cristiano incoherente, en cambio, es aquél cuyas obras contradicen abiertamente lo que sostiene con sus palabras. Es, por ejemplo, aquel que dice: “soy creyente, pero no practicante”, no sólo porque no va a Misa los Domingos, sino porque no pone en práctica su fe. Son aquellos a quienes el Señor reclama: “¿Por qué me llamáis: “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo?” (Lc 6,46). El incoherente es un bautizado que, aunque dice que cree actúa del mismo modo como lo hace quien no cree en Dios: “profesan conocer a Dios, mas con sus obras le niegan” (Tit 1,16).
San Beda dice que “Debe entenderse que cree verdaderamente aquel que realiza en sus hechos aquello que él cree”.

sábado, 13 de agosto de 2011

XX Domingo ordinario/A Segunda lectura


XX Domingo del Tiempo Ordinario/A
(Rom 11, 13-15.29-32)
Dios no se arrepiente de sus dones ni de su elección. Continuamos con el tema del Domingo pasado: En la Segunda Lectura (Rm 11, 13-15.29-32) de San Pablo, vemos que el Apóstol se dirige especialmente a los no-judíos, lamentándose de los judíos, los de su raza, que han rechazado a Cristo. Decíamos que los Judíos no aceptaron el Evangelio, y no pocos aun se opusieron a su difusión. Ello no obstante, según el Apóstol, los Judíos continúan todavía siendo muy amados de Dios a causa de sus Padres, porque Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación.
También el domingo decíamos que nosotros... ¡cuántas veces no hemos rechazado a Cristo! ¡Cuánto tiempo estuvimos rechazándolo y dándole la espalda! ¡Cuántas veces nos hemos comportado como paganos! ¡Cuántas veces al más mínimo silencio de Dios nos empecinamos más en nuestro mal! ¡Cuántas veces, porque Dios no nos complace nuestro capricho o nos hace esperar un rato, le protestamos y nos alejamos de El! ¡Qué diferente nuestra fe a la de la mujer cananea del Evangelio!
El pecado es un mal y es causa de condenación para los que no desean arrepentirse y que terminan por no arrepentirse. Pero, si reconocemos a tiempo nuestra rebeldía para con Dios, se manifiesta su perdón, su misericordia infinita. Y si perseveramos hasta el final, obtenemos la salvación, que vino Cristo a traer y que prometió a todos los que aman a Dios. Es decir, a todos los que -como nos dice Isaías en la Primera Lectura- crean en Él, lo sirvan y lo amen, le rindan culto y cumplan su alianza: a todos los que hagan su Voluntad.
Por esto el Beato Juan Pablo II enseñaba que (“la reconciliación y la penitencia” en el n 10) Dios es fiel a su designio eterno de salvación, incluso cuando el hombre, empujado por el Maligno y arrastrado por su orgullo, abusa de la libertad que le fue dada para amar y buscar el bien generosamente, negándose a reconocer y obedecer a su Señor y Padre; continúa siéndolo incluso cuando el hombre, en lugar de responder con amor al amor de Dios, se le enfrenta como a un rival, haciéndose ilusiones y presumiendo de sus propias fuerzas, con la consiguiente ruptura de relaciones con el buen Padre Dios que lo creó.
A pesar de esta prevaricación del hombre, Dios permanece fiel al amor. Ciertamente, la narración del paraíso del Edén nos hace meditar sobre las funestas consecuencias del rechazo del Padre, lo cual se traduce en un desorden en el interior del hombre y en la ruptura de la armonía entre hombre y mujer, entre hermano y hermano. También la parábola evangélica de los dos hijos -que de formas diversas se alejan del padre, abriendo un abismo entre ellos- es significativa. El rechazo del amor paterno de Dios y de sus dones de amor está siempre en la raíz de las divisiones de la humanidad…
Pero nosotros sabemos que Dios "rico en misericordia" a semejanza del padre de la parábola, no cierra el corazón a ninguno de sus hijos. Él los espera, los busca, los encuentra donde el rechazo de la comunión los hace prisioneros del aislamiento y de la división, los llama a reunirse en torno a su mesa en la alegría de la fiesta del perdón y de la reconciliación.
Esta iniciativa de Dios se concreta y manifiesta en el acto redentor de Cristo que se irradia en el mundo mediante el ministerio de la Iglesia.
En efecto, según nuestra fe, el Verbo de Dios se hizo hombre y ha venido a habitar la tierra de los hombres; ha entrado en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola en sí. Venciendo con la muerte en la cruz el mal y el poder del pecado con su total obediencia de amor, Él ha traído a todos la salvación y se ha hecho "reconciliación" para todos. En Él Dios ha reconciliado al hombre consigo mismo.
La Iglesia, continuando el anuncio de reconciliación que Cristo hizo resonar por las aldeas de Galilea y de toda Palestina, no cesa de invitar a la humanidad entera a convertirse y a creer en la Buena Nueva. Ella habla en nombre de Cristo, haciendo suya la apelación del apóstol Pablo que ya hemos mencionado: “Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios os exhortara por medio de nosotros. Por eso os rogamos: reconcíliense con Dios”.
Por tanto, todos -cada hombre, cada pueblo- hemos sido llamados a gozar de los frutos de esta reconciliación querida por Dios, que no se arrepiente de sus dones ni de su elección. Pero Dios que te creo sin ti no te salvará sin ti.