lunes, 17 de octubre de 2011

XXIX Semana Reflexiones del Evangelio de cada día


XXIX Semana
Lunes (Lucas 12, 13-21)
“¿Para quién serán todos tus bienes?”. El hombre vive contemporáneamente en el mundo de los valores materiales y en el de los valores espirituales. En esta relación la primacía corresponde a los valores espirituales, en consideración de la naturaleza misma de estos valores, así como por motivos relacionados con el bien del hombre. La primacía de los valores del espíritu define el significado propio y el modo de servirse de los bienes terrenos y materiales.
Un hombre que centra su seguridad en sus posesiones y que no tiene en cuenta la caducidad de esta vida sólo puede ser calificado de necio, poco inteligente. La expresión usada por el Señor busca despertar y hacer salir de la ilusión a quien cree que lo más importante es atesorar para sí, poner en los bienes materiales y riquezas su gozo y confianza, cuando éstos son incapaces de asegurarle la Vida eterna.
Es sabio quien pone su confianza en Dios y encuentra su seguridad en Él, consciente de que la muerte le puede sobrevenir en cualquier momento. Para lo que hay que estar preparados es para el encuentro final con Dios, que puede llegar ese mismo día. Entonces cada uno se encontrará cara a cara ante Dios, y la riqueza entonces no se medirá por los bienes temporales que uno haya acumulado en el terreno peregrinar, sino por el amor y la caridad vivida en el compartir.
San Ambrosio enseña que “En vano amontona riquezas el que no sabe si habrá de usar de ellas; ni tampoco son nuestras aquellas cosas que no podemos llevar con nosotros. Sólo la virtud es la que acompaña a los difuntos. Únicamente nos sigue la caridad, que obtiene la vida eterna a los que mueren”.
Martes: San Lucas, el Evangelista (Lucas 10, 1-12)
“La mies es abundante y los obreros son pocos”. La primera reacción del Señor al ver a la muchedumbre “como ovejas sin pastor” es la de invitar a sus discípulos a rogar “al dueño de la cosecha que mande trabajadores a recogerla”, dado que “la cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos”.
Ante la abundancia de la cosecha han de pedirle al “dueño”, es decir, a Dios que envíe más obreros para ayudar en la recolección de la mies. La oración de petición es fundamental. También Moisés, siglos atrás, había elevado a Dios esta oración: “Que el Señor… ponga un hombre al frente de esta comunidad, uno que salga y entre delante de ellos y que los haga salir y entrar, para que no quede la comunidad del Señor como rebaño sin pastor” (Núm 27, 15-17).
Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es «enviada» al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. «La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado». Se llama «apostolado» a «toda la actividad del Cuerpo Místico» que tiende a «propagar el Reino de Cristo por toda la tierra» (CIgC 463).
“Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia”, es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo. Según sean las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos, los dones variados del Espíritu Santo, el apostolado toma las formas más diversas. Pero es siempre la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, “que es como el alma de todo apostolado” (CIgC 464).
Miércoles
Lucas 12, 39-48
“Al que mucho se le da, se le exigirá mucho”. A la pregunta de Pedro si la parábola la había dicho sólo por ellos o por todos, el Señor responde con otra parábola. En ella se refiere a un administrador. De éste se espera que sea “fiel y solícito”, que cumpla cabalmente con lo que su señor le confía mientras éste se ausenta.
La parábola es un llamado a la vigilancia, una vigilancia que implica cumplir fielmente, día a día, con las propias responsabilidades y deberes delegados por su señor. Cuando vuelva el dueño de la hacienda, el administrador deberá responder por la fidelidad con la que cumplió su gestión. Lo mismo hará el Señor con sus apóstoles y con todos aquellos a quienes les confía un puesto de gobierno en su Iglesia: “A quien se le dio mucho, se le exigirá mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá mucho más”.
El criado que conoce la voluntad de su señor, pero no está preparado o no hace lo que él quiere, recibirá un castigo muy severo. En cambio, el que, sin conocer esa voluntad, hace cosas reprobables, recibirá un castigo menor. A quien se le dio mucho, se le exigirá mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá mucho más.
Por tanto, todos y cada uno de nosotros tenemos un lugar y una misión irremplazables en el plan de Dios. Debemos tener un espíritu atento para saber descubrir en nuestro trabajo y en nuestra familia, en nuestros ambientes y en nuestra comunidad las llamadas que Dios nos dirige a asumir, nuestra responsabilidad y nuestros compromisos con fidelidad.
Que por intercesión de la Madre de Dios y Madre nuestra cultivemos un corazón generoso que nos haga avanzar con decisión para hacer de nuestra vida una respuesta fiel y generosa a la llamada de Dios.
Jueves
Lucas 12, 49-53
“No he venido a traer paz, sino más bien división”. En el evangelio, que hemos escuchado hay una expresión de Jesús que siempre atrae nuestra atención y hace falta comprenderla bien. Mientras va de camino hacia Jerusalén, donde le espera la muerte en cruz, Cristo dice a sus discípulos: “¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división”. Sin embargo, el evangelio de Cristo es un mensaje de paz por excelencia; Jesús mismo, como escribe san Pablo, "es nuestra paz" (Ef 2, 14), muerto y resucitado para derribar el muro de la enemistad e inaugurar el reino de Dios, que es amor, alegría y paz.
Entonces, ¿A qué se refiere el Señor cuando dice que ha venido a traer la “división”. Esta expresión de Cristo significa que la paz que vino a traer no es sinónimo de simple ausencia de conflictos. Al contrario, la paz de Jesús es fruto de una lucha constante contra el mal. El combate que Jesús está decidido a librar no es contra hombres o poderes humanos, sino contra el enemigo de Dios y del hombre, contra Satanás. Quien quiera resistir a este enemigo permaneciendo fiel a Dios y al bien, debe afrontar necesariamente incomprensiones y a veces auténticas persecuciones.
La paz que Jesús nos ha venido a traer no es una paz inconsistente y aparente, sino real, buscada con valentía y tenacidad en el esfuerzo diario por vencer el mal con el bien (cf. Rm 12, 21) y pagando personalmente el precio que esto implica.
La Virgen María, Reina de la paz, interceda por nosotros para que nos ayude a ser siempre testigos de la paz de Cristo, sin llegar jamás a componendas con el mal.
Viernes
Lucas 12, 54-59
“Si saben interpretar el aspecto que tienen el cielo y la tierra, ¿por qué no interpretan entonces los signos del tiempo presente?”. El concilio Vaticano II, con una expresión tomada del lenguaje de Jesús mismo, designa como “signos de los tiempos” (ib., 4) los indicios significativos de la presencia y de la acción del Espíritu de Dios en la historia.
La advertencia que dirige Jesús a sus contemporáneos resuena fuerte y saludable también para nosotros hoy: “Saben interpretar el aspecto del cielo y no pueden interpretar los signos de los tiempos. ¡Generación malvada y adúltera! Pide un signo y no se le dará otro signo que el signo de Jonás” (Mt 16, 3-4).
Jesús invita al discernimiento con respecto a las palabras y las obras que atestiguan la llegada inminente del reino del Padre. En Jesús crucificado se da una especie de transformación y concentración de los signos: él mismo es el ‘signo de Dios’, sobre todo en el misterio de su muerte y resurrección. Para discernir los signos de su presencia en la historia es preciso liberarse de toda pretensión mundana y acoger el Espíritu de Jesús que “todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios” (1 Co 2, 10).
Jesús hoy nos pide a nosotros que acojamos la fuerza del Espíritu Santo, para ser sus testigos en donde cada uno de nosotros vivimos, nos movemos y somos, para convertirnos en signos del Hijo de Dios, crucificado y resucitado (cf. 1 P 1, 19-21). Durante el arco de toda nuestra vida, se presenta ante nosotros, la invitación a “conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento” para irnos “llenando hasta la total plenitud de Dios” (Ef 3, 19). El secreto de este camino es el Espíritu Santo, que nos guía “hasta la verdad completa” (Jn 16, 13).
Sábado
Lucas 13, 1-9
“Si no se arrepienten, perecerán de manera semejante”. Hemos escuchado en el Evangelio que en medio de aquel diálogo con sus discípulos que algunos traen la dramática noticia de la masacre de los galileos en el Templo. El Señor sale inmediatamente al paso de lo primero que se les puede venir a la mente: la muerte violenta de aquellos hombres se trataría de un “castigo divino”, debido a la maldad de sus pecados. El Señor afirma categóricamente que aquellos galileos no eran “más pecadores que los demás galileos” por haber padecido esa muerte terrible, y advierte a sus oyentes: “si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”.
La misma advertencia la hace por segunda vez a propósito del accidente en el que dieciocho hombres murieron aplastados al desplomarse la torre de Siloé: “si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera”. Así pues, a decir del Señor, si de justicia pura se tratara, incluso aquellos que se creían buenos merecerían igual muerte, dado que todos eran igualmente pecadores. Por tanto, la muerte violenta sufrida por aquellos hombres no era un castigo divino.
La grave y repetida advertencia del Señor: «si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera», es una seria invitación al cambio. Quien se obstina en el mal camino y no se convierte al Señor de corazón camina hacia la propia y definitiva destrucción, a la muerte eterna. Es de esta “segunda muerte” (ver Ap 20,6.13-15; 21,8) de la que advierte el Señor. Por tanto esta exhortación de Jesús: “Si no se arrepienten, perecerán de manera semejante”, es una exhortación a la conversión del corazón y a la esperanza. Pidamos a María, la gracia de una conversión profunda, de modo que podamos morir para vivir, perder para ganar, entregar para obtener.

viernes, 14 de octubre de 2011

XXIX Domingo O/A sobre la segunda lectura


XXIX Domingo del Tiempo Ordinario/A (1Ts 1,1-5)
San Pablo en la segunda lectura dice a los de Tesalónica: “Recordamos su fe, esperanza y caridad”. Este es el tema que les voy a proponer, las virtudes teologales: La fe, la esperanza y la caridad, que son como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios. Estas tres virtudes nos ponen en comunión con Dios y nos llevan a él.
1. LA FE
Hablemos de la fe. La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado… Por la fe “el hombre se entrega entera y libremente a Dios” (DV 5). Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. “El justo (...) vivirá por la fe” (Rm 1, 17). La fe viva “actúa por la caridad” (Ga 5, 6).
Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela su amor. San Pablo habla de la “obediencia de la fe” (Rm 1, 5; 16, 26) como de la primera obligación. Hace ver en el “desconocimiento de Dios” el principio y la explicación de todas las desviaciones morales (cf Rm 1, 18-32). Nuestro deber para con Dios es creer en Él y dar testimonio de Él (CIgC 2087).
El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: “Todos [...] vivan preparados para confesar a Cristo ante los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (LG 42; cf DH 14). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: “Todo [...] aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 32-33) (CIgC 1816).
2. LA ESPERANZA
La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo (CIgC 1817). En otras palabras, decimos que la esperanza es aguardar confiadamente la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios.
La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad (CIgC 1818).
Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman (cf Rm 8, 28-30) y hacen su voluntad (cf Mt 7, 21). En este punto santa teresa de Jesús nos dice: “Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin” (Exclamaciones del alma a Dios, 15, 3)
3. LA CARIDAD
La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf Jn 13, 34). Amando a los suyos “hasta el fin” (Jn 13, 1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). Y también: “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 12) (CIgC 1822-1823). El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad.
En el vértice de las tres virtudes teologales está el amor, que san Pablo compara casi con un lazo de oro que une en armonía perfecta a toda la comunidad cristiana: “Y por encima de todo esto, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14). Estas son las tres virtudes teologales, que nos disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Fueron infundidas por Dios en nuestra alma para hacernos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna.

lunes, 10 de octubre de 2011

Reflexiones del evangelio de cada día. XXVIII Semana


XXVIII Semana
Lunes (Lucas 11, 29-32)
“A la gente de este tiempo no se le dará otra señal que la del profeta Jonás”. El signo de Jonás es una imagen profética pascual que el mismo Jesús utilizó para anunciar su muerte y su resurrección. Este profeta escapista, desconforme, quejumbroso, pero finalmente fiel, puede ayudarnos en nuestro peregrinar diario de muerte y resurrección. Por tanto, la advertencia que dirige Jesús a sus contemporáneos resuena fuerte y saludable también para nosotros hoy: “Ustedes saben interpretar el aspecto del cielo y no pueden interpretar los signos de los tiempos. ¡Generación malvada y adúltera! Pide un signo y no se le dará otro signo que el signo de Jonás” (Mt 16, 3-4).
Jonás no sólo es prefiguración del Resucitado, sino también signo del desafío que la fe plantea a todo creyente. La señal del profeta indicada por Cristo como símbolo de su resurrección, lo es también de la vida nueva del cristiano que ha renacido en el bautismo. Sólo la fuerza del resucitado puede cambiar nuestros corazones y hacernos triunfar sobre el poder del pecado. Sólo la gracia de Dios puede crear en nosotros un corazón nuevo. Sólo su amor puede cambiar nuestro “corazón de piedra” (Ez 11,19) y hacernos capaces de construir, en lugar de demoler. Sólo Dios puede hacer nuevas todas las cosas.
Así, Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él (cf. Jn 5, 24-25; 6, 40). Esta es la gran y única señal, que ha de conducir y transformar nuestra vida de cada día, la muerte y resurrección de Jesús, misterio, que da luz esperanza a nuestros gozos y alegrías, a nuestras angustias y tristezas, a la slaud y a la enfermedad, a lo próspero y la adverso de nuestra vida.
Martes (Lucas 11, 37-41)
“Den limosna de lo que tienen, y todo lo de ustedes quedará limpio”. El Espíritu dará al corazón la pureza que conviene en el ejercicio de la limosna y la oración. Así se cumplirla palabra: “El alzar de mis manos es como una ofrenda de la tarde” (ps.140, 2), y esta otra: "Las manos de los poderosos distribuyen riquezas" (Prov.10,4) Y san León Magno dice que “Junto al razonable y santo ayuno, nada más provechoso que la limosna, denominación que incluye una extensa gama de obras de misericordia, de modo que todos los fieles son capaces de practicarla, por diversas que sean sus posibilidades”.
La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros.
Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. Y hay más: San Pedro cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. “La caridad –escribe– cubre multitud de pecados” (1P 4,8). Por eso hoy Jesús, en el evangelio nos ha dicho: “Den limosna de lo que tienen, y todo lo de ustedes quedará limpio”.
San José Benito Cottolengo solía recomendar: “Nunca cuentes las monedas que das, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo” (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201).
Miércoles (Lucas 11, 42-46)
“¡Ay de ustedes, fariseos! ¡Ay de ustedes también, doctores de la ley!”. El Evangelio relata la controversia del Señor Jesús con los fariseos doctores de la ley. Los fariseos formaban el grupo más observante y más religioso de Israel. Los escribas, también fariseos, eran los “letrados” que sabían leer y escribir, muy instruidos en la Ley de Moisés y los profetas. Por su parte, los doctores de la ley, conocían mejor que nadie la Palabra de Dios, la Ley y los Profetas, pero no vivían lo que conocían. Por esto Jesús hoy en el Evangelio les reprocha: “¡Ay de ustedes, fariseos! ¡Ay de ustedes también, doctores de la ley!”. Con estas represiones que Jesús les hace a estos grupos, busca descubrir la maldad de éstos, algo que ellos disimulaban con engañosas apariencias de bondad.
El corazón de los fariseos y doctores de la ley se hallaba lejos de Dios, porque su corazón no sintonizaba con el corazón misericordioso del padre. Su corazón estaba cerrado a la justicia y a la misericordia: cumplían la Ley a su modo, pero en realidad estaban lejos de su corazón, por su falta de misericordia, algo que continuamente les reclama el Señor, como en el caso que nos ocupa: “¡Ay de ustedes, fariseos! ¡Ay de ustedes también, doctores de la ley!”.
A nosotros también nos puede pasar como a los fariseos y doctores de la ley: ¡Nos ocupamos tanto en cuidar lo exterior, la apariencia, estar limpios, bien vestidos y peinados, perfumados, etc.! Sin embargo, ¿nos empeñamos igualmente en tener y mantener un corazón limpio y puro, cerca de Dios, que sintonice con Él?
La incoherencia entre lo que creo como católico y lo que vivo día a día es un gravísimo mal que nos afecta a todos. Es la misma hipocresía que denuncia el Señor ante quienes se preocupan por guardar las formas externas de la moralidad pero no purifican debidamente el propio corazón: «Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío…”».
Jueves
Lucas 11, 47-54
“Les pedirán cuentas de la sangre de los profetas, desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías”. Desde el principio la sangre de los justos clamó al cielo, en efecto, Dios dijo a Caín, homicida de su hermano: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí” (Gén 4,10); de los acompañantes de Noé se dice: “Pediré cuentas de vuestra sangre de vuestras vidas, de la mano de todas las fieras” (Gén 9, 5). Y también: “Será derramada la sangre de quien derramare la sangre de un hombre” (Gén 9,6).
Y en el Evangelio de hoy, hemos escuchado de parte del Señor, a los que habrían de derramar su sangre: “Se pedirá cuenta de toda la sangre justa derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías (Lc 11,50-51), con lo cual quería decir que él recapitularía en la suya propia el derramamiento de la sangre de todos los justos y profetas desde el principio, y que él mismo pediría cuenta de la sangre de ellos. En efecto, la sangre de todo hombre asesinado después de Abel es un clamor que se eleva al Señor.
El martirio por confesar la fe, por ser fieles a Dios, no es solo para algunos, todos los seguidores de Cristo, tanto en el AT como en el NT, estamos llamados a ser mártires, testigo en las cosas grandes y pequeñas, en privado y en público. Pero en todo, como en los mártires de todos los tiempos, Dios está de nuestro lado, no sólo para fortalecernos, sino también para darles el premio eterno de los cielos. Sin miedo, sigamos siendo fieles a Dios.

Viernes
Lucas 12, 1-7
“Todos los cabellos de su cabeza están contados”. El Señor nos pide que confiemos en su Divina Providencia, pues El está pendiente de todo:
“…no teman, hasta los cabellos de sus cabezas están contados. … ustedes valen más que los pajaritos” (Mt 10, 30-31).
“No anden preocupados por su vida con problemas de alimentos, ni por su cuerpo con problemas de ropa. ¿No es más importante la vida que el alimento y más valioso el cuerpo que la ropa?” (Mt 6, 25).
“Miren cómo crecen las flores del campo, y no trabajan ni tejen. Pero Yo les digo que ni Salomón, con todo su lujo, pudo vestir como una de ellas. Y si Dios viste así el pasto del campo, que hoy brota y mañana se echa al fuego, ¿no hará mucho más por ustedes? ¡Qué poca fe tienen!” (Mt 6, 28).
Dios no quiere directamente ningún mal físico, entendido como privación de algún bien físico (por ejemplo, una enfermedad). Tampoco quiere directamente ninguna carencia, como una privación injusta de la libertad, una situación económica difícil, pero permite estos llamados “males” para obtener mayores bienes. Estos llamados “males” pueden resultar “bienes” cuando los aprovechamos como lo que son: gracias de privación, de sufrimiento, de dolor, para crecer en nuestra vida espiritual.
De allí que San Agustín enseñe: “El Dios Omnipotente no habría permitido que hubiese mal en sus obras si no fuese tan Omnipotente y Bueno que consiga sacar bien del propio mal”.

Sábado
Lucas 12, 8-12
“El Espíritu Santo les enseñará lo que convenga decir”. El Espíritu les enseñará toda la verdad, dijo Jesús a sus apóstoles, tomándola de la riqueza de la palabra de Cristo, para que ellos, a su vez, la comuniquen a los hombres en Jerusalén y en el resto del mundo.
Desafortunadamente, Nuestro tiempo está desorientado y confundido; a veces, incluso, parece que no conoce la frontera entre el bien y el mal; aparentemente, rechaza a Dios, porque lo desconoce o porque no lo quiere conocer. Por esto es una urgencia permitir que el Espíritu de Dios nos lo enseñe todo, poniéndonos en una actitud de docilidad y humildad a su escucha, a fin de aprender la “sabiduría del corazón” (Sal 90, 12) que sostiene y alimenta nuestra vida.
Creer es ver las cosas como las ve Dios, participar de la visión que Dios tiene del mundo y del hombre, de acuerdo con las palabras del Salmo: «Tu luz nos hace ver la luz» (Sal 36, 10). Esta «luz de la fe» en nosotros es un rayo de la luz del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo da al cristiano -cuya vida, de otro modo, correría el riesgo de quedar sujeta únicamente al esfuerzo, a la regla e incluso al conformismo exterior- la docilidad, la libertad y la fidelidad. En efecto, él es “Espíritu de sabiduría e inteligencia, Espíritu de consejo y fortaleza, Espíritu de ciencia y temor del Señor” (Is 11, 2).

jueves, 6 de octubre de 2011

XXVIII Domingo Ordinario/A sobre la segunda lectura


XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario/A (Fil 4, 12-14, 19-20)
Todo lo puede en Aquel que me conforta. Hoy san Pablo en la segunda lectura nos ha recordado que con Dios todo es posible, puesto que nuestra vida cristiana se apoya en la roca más estable y segura que pueda imaginarse. Es decir, que en esta vida tenemos todas las fuerzas necesarias venidas de Dios, para soportar cualquier dificultad, o vivir simplemente nuestra vida como Dios manda, porque “Dios, con su infinita riqueza, remediará con esplendidez todas nuestras necesidades”.
En efecto, Jesús es nuestra fuerza. Lo es sobre todo cuando la cruz resulta demasiado pesada y, como le sucedió a él, experimentamos miedo y angustia (cf. Mc 14, 33). Acordémonos entonces de las palabras que dijo a sus discípulos: “Velen y oren” (Mc 14, 38). Velando y orando con él entramos en el misterio de su Pascua: nos da a beber su cáliz, que es cáliz de pasión, pero sobre todo cáliz de amor. El amor de Dios es capaz de transformar el mal en bien, la oscuridad en luz, la muerte en vida.
Mantener encendida la antorcha de la fe en el mundo herido por la cultura de la muerte y envuelto en su oscuridad, constituye un llamado a todo bautizado, quien debe ser siempre consciente que la victoria que vence al mundo es nuestra fe. Ante los obstáculos que se puedan presentar hay que recordar bien las palabras del Apóstol Pablo: Todo lo puedo en Aquel que me conforta. Alguno puede olvidar esta visión que alimenta el ardor y dejarse atenazar por el miedo, quizá disfrazado de molicie. Pero, precisamente el Santo Padre viene recordando con insistencia que hay que escuchar a Dios que nos invita a no tener miedo, a no acobardarse. Por el contrario, hay que acoger el soplo del Espíritu que impulsa a elevar muy en alto la enseña de la esperanza y confiar siempre en las promesas del Señor.
El sufrimiento, en efecto, es siempre una prueba -a veces una prueba bastante dura-, a la que es sometida la humanidad. Desde las páginas de las cartas de San Pablo nos habla con frecuencia aquella paradoja evangélica de la debilidad y de la fuerza, experimentada de manera particular por el Apóstol mismo y que, junto con él, prueban todos aquellos que participan en los sufrimientos de Cristo. El escribe en la segunda carta a los Corintios: “Muy gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo”. En la segunda carta a Timoteo leemos: “Por esta causa sufro, pero no me avergüenzo, porque sé a quién me he confiado”. Y en la carta a los Filipenses dirá incluso: “Todo lo puedo en aquél que me conforta” (SD 23).
En definitiva, san Pablo, ante el miedo que podemos experimentar, nos invita a confiar en Dios y lanzarnos hacia adelante para conquistar el horizonte que el Señor nos propone: el horizonte de la propia grandeza, el horizonte de ser también nosotros pescadores de hombres, según la vocación particular a la que el Señor te llame: el matrimonio, el sacerdocio o la vida consagrada. El miedo se resuelve en un profundo acto de confianza en Dios: “En la confianza estará nuestra fortaleza” (Is 30,15). “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor” (Sal 40,5).
¡Que el poder de Cristo se manifieste con toda su potencia y esplendor en nuestra propia vida, en una vida nueva, a través de todos tus actos nutridos de fe, esperanza y caridad! ¡Al Señor que sale victorioso del sepulcro abrámosle la mente y el corazón! ¡Brillemos con la luz y el esplendor de Aquel en el que lo podemos todo! ¡Es hora de luchar! ¡Es hora de morir a todo lo que es muerte para triunfar con Cristo! ¡Dejemos atrás nuestros miedos, nuestras cobardías, nuestras mezquindades, nuestras vanidades y soberbias, tus sensualidades, tus odios y rencores, tus amarguras y resentimientos, tus hipocresías y tinieblas, nuestras envidias e indiferencias, nuestras perezas y avaricias! ¡Pidámosle al Señor Jesús que con su fuerza nos ayude a liberarnos de esos pecados que nos atan, que con pesadas aunque invisibles cadenas nos mantienen esclavizado a la muerte!
Así, quien se abre a la fuerza y potencia del Hijo de Dios, quien se deja tocar por Él, quien no abandona la lucha, puede -contando incluso con la propia fragilidad e inclinación al mal- decir perfectamente: “Todo lo puedo hacer con la ayuda de Cristo, quien me da la fuerza que necesito” (Flp 4,13).

sábado, 1 de octubre de 2011

XXVII Domingo ordinario/A sobre la segunda lectura


XXVII Domingo del Tiempo Ordinario/A (Fil 4, 6-9)
En el Evangelio el Señor nos dice que nos ha elegido para que demos fruto y nuestro fruto permanezca (Jn. 15, 16). Él quiere que cada uno de nosotros seamos una viña fructífera que dé buenos frutos. El Señor nos está diciendo que nos da todo, nos da todo lo que nuestra alma necesita para dar frutos de santidad, para dar frutos de caridad, para dar lo que El espera de nosotros.
¿Cuáles son los frutos esperados? Los frutos son todas esas cosas buenas de que nos habla San Pablo, en la carta a los Filipenses, de la segunda lectura, que nos dice: “Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta” (Flp 4, 8). Obren bien y el Dios de la paz estará con ustedes. Este es nuestro tema de hoy.
En este mismo contexto de las virtudes, que nos presenta san Pablo, Juan XXIII indicó las condiciones esenciales para la paz en cuatro exigencias concretas del ánimo humano: la verdad, la justicia, el amor y la libertad (cf. P in T., I: l.c., 265-266):
La verdad –dijo– será fundamento de la paz cuando cada individuo tome consciencia rectamente, más que de los propios derechos, también de los propios deberes con los otros.
La justicia edificará la paz cuando cada uno respete concretamente los derechos ajenos y se esfuerce por cumplir plenamente los mismos deberes con los demás.
El amor será fermento de paz, cuando la gente sienta las necesidades de los otros como propias, y comparta con ellos lo que posee, empezando por los valores del espíritu.
Finalmente, la libertad alimentará la paz y la hará fructificar cuando, en la elección de los medios para alcanzarla, los individuos se guíen por la razón y asuman con valentía la responsabilidad de las propias acciones.
Caminando en la vida diaria, en donde cada uno de nosotros vivimos, para agradar a Dios, es el mayor y más noble fin de la vida y la fuente inagotable de las satisfacciones más puras. No olvidemos que desde el momento en que la religión cristiana arraigue en medio de nosotros, desde el momento en que no queramos otra cosa que agradar a Dios con una vida intachable y una práctica ejemplar del Cristianismo, el Dios de la paz estará siempre con nosotros, y si Dios está con nosotros, nada nos puede faltar: tendremos el amor y la paz.
La fe en el Dios que tiene rostro humano, en Cristo Jesús, trae la alegría y la paz a cada hombre y mujer, que le acoge en su corazón. En efecto, el cristianismo es fuente de todo lo que alegra, consuela y fortalece nuestra existencia. "Cristo es nuestra paz”. ¡Él es el Príncipe de la paz! Él es el gran artesano de lo verdadero, noble y justo, del orden y la paz en el corazón del hombre, porque es él quien conduce la historia humana y el único que puede inclinar los corazones a renunciar a las malas pasiones que engendran el mal y la mentira, el pecado, que da muerte y quita la paz y del amor del corazón del hombre.
Cristo es la luz, el amor y la paz, y la luz, el amor y la paz no pueden ocultarse o desaparecer del corazón del hombre; sólo pueden iluminar, consolar y fortalecer. Por tanto, que nadie tenga miedo de Cristo y de su mensaje. Y si a lo largo de la historia los cristianos, por ser hombres limitados y pecadores, lo han traicionado a veces con sus comportamientos, esto hace resaltar aún más que la luz es Cristo y que la Iglesia Por consiguiente, los cristianos no tenemos permiso de sentarnos o retroceder en nuestro camino del seguimiento de Cristo. Hay que seguir siempre perfeccionándonos a sí mismos: procurar obrar bien, en paz con Dios y con el prójimo, persuadidos de que sólo así son modernos, completos; sólo así estaremos al día, en una perspectiva que une el tiempo con la eternidad, la criatura con Dios. Una vez más nos habla el Apóstol: “Todo es de ustedes, y ustedes de Cristo, y Cristo de Dios” (1 Cor. 3, 22). Y de nuevo: "Consideren cuanto hay de verdadero, de digno, de honorable, de justo, de santo, de amable, de laudable, de virtuoso, de digno de alabanza" (Phil. 4, 8), y el Dios de la paz estará con ustedes.
Que por manos de María, entregamos a Dios, a su inmenso amor, los deseos más puros y más profundos de nuestro corazón, nunca quedaremos defraudados. “Y todo será bien”, “todo será para bien”: todo será para gloria de Dios y salvación de los hombres.

lunes, 26 de septiembre de 2011

XXVI Semana Reflexiones del Evangelio de cada día


XXVI Semana
Lunes
Lucas 9, 46-50
“El más pequeño entre todos ustedes, ése es el más grande”. Estando los Apóstoles discutiendo sobre quién era el más grande, pondrá en medio de ellos a un niño y dirá: “Si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos” (Mt 18, 3). Esta es la respuesta desconcertante de Jesús: ¡la condición indispensable para entrar en el reino de los cielos es hacerse pequeños y humildes como niños!
Los niños son, desde luego, el término del amor delicado y generoso de Nuestro Señor Jesucristo: a ellos reserva su bendición y, más aún, les asegura el Reino de los cielos (cf. Mt 19, 13-15; Mc 10, 14). Jesús pone al niño como modelo para entrar en el reino de los cielos por el valor simbólico que el niño encierra en sí:
-ante todo, el niño es inocente, y el primer requisito para entrar en el reino de los cielos es la vida de “gracia”, que excluye el pecado, que siempre es un acto de orgullo y de egoísmo;
-en segundo lugar, el niño vive de fe y de confianza en sus padres y se abandona con disposición total a quienes le guían y le aman. Así el cristiano debe ser humilde y abandonarse con total confianza a Cristo y a la Iglesia. Jesús insiste en la virtud de la humildad, porque ante el Infinito no se puede menos de ser humildes; la humildad es verdad y es, además, signo de inteligencia y fuente de serenidad;
- finalmente, el niño se contenta con las pequeñas cosas que bastan para hacerle feliz: un pequeño éxito, una buena nota merecida, una alabanza recibida le hacen exultar de alegría.
Son, por tanto, verdaderos niños los que sólo conocen a Dios como padre y son sencillos, ingenuos, puros, los creyentes en un solo Dios. A los que son como niños el Padre los recibe con agrado porque aprecia su dulzura, los ama singularmente, les presta ayuda, lucha por ellos y los llama ‘hijitos’.
Martes
Lucas 9, 51-56
“Jesús tomó la firme determinación de ir a Jerusalén”. En el Evangelio de hoy, Jesús explica a sus discípulos que deberá “ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día” (Mt 16, 21). Jesús subió voluntariamente a Jerusalén sabiendo perfectamente que allí moriría de muerte violenta a causa de la contradicción de los pecadores (cf. Hb 12,3).
Aceptando voluntariamente la muerte, Jesús lleva la cruz de todos los hombres y se convierte en fuente de salvación para toda la humanidad. San Cirilo de Jerusalén comenta: “La cruz victoriosa ha iluminado a quien estaba cegado por la ignorancia, ha liberado a quien era prisionero del pecado, ha traído la redención a toda la humanidad”.
Así pues, sabemos, que con la entrada de Jesús en Jerusalén se manifestaría la venida del Reino que el Rey-Mesías, recibido en su ciudad por los niños y por los humildes de corazón, iba a llevar a cabo por la Pascua de su Muerte y de su Resurrección.
Dios Padre nuestro: tu Hijo Jesús, “decidió subir resueltamente a Jerusalén”, sin importarle todo lo que aquel camino le iba a acarrear de sufrimiento y de cruz; ayúdanos, a los que queremos ser seguidores radicales suyos, a tomar también resueltamente la opción de dar nuestra vida día a día en el servicio a la Causa que él con su entrega nos mostró.

Miércoles (Lucas 9, 57-62)
“Te seguiré adondequiera que vayas”. No es fácil escuchar la voz del Señor y menos decirle ‘sí’, pues ese ‘sí’ conlleva un cambio radical de los propios planes que uno se ha hecho. Decirle al Señor «te seguiré adondequiera que vayas» (Lc 9,57) se asemeja a dar un salto al vacío. Implica renunciar a todo, ir contra corriente, afrontar a veces la incomprensión y oposición de los propios amigos, parientes o padres. ¡Cuántas vocaciones se pierden por la oposición de los padres que ven en la vocación a la vida sacerdotal o consagrada de uno de sus hijos no un signo de una singular predilección divina, sino una maldición para toda la familia! En una sociedad que se descristianiza cada vez más, quienes experimentan y quieren responder al llamado del Señor serán ciertamente incomprendidos y sometidos a duras pruebas.
Pero hay también de aquellos que escuchando y descubriendo el llamado del Señor, con valor y decisión, sobreponiéndose a todo temor, renunciando generosamente a sus propios planes, saben decirle “aquí me tienes, Señor, hágase en mí según tu palabra” (ver Is 6,8; Lc 1,38). Hoy hay también jóvenes audaces y heroicos que encontrando su fuerza en el Señor perseveran en medio de las múltiples pruebas, obstáculos, tentaciones y dificultades que se les puedan presentar en el camino. Y hay también padres generosos que abriéndose al llamado de alguno de sus hijos los alientan y apoyan a ponerse a la escucha del Señor y responderle con generosidad. ¡También estos recibirán del Señor el ciento por uno, por la inmensa generosidad, sacrificio y renuncia que implica entregar un hijo al Señor!
Rezar por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en general es una grave necesidad, y apoyarlas un deber que experimenta todo católico coherente, todo aquel que verdaderamente escucha la voz del Pastor y lo sigue. ¡Este Domingo especialmente, pero también todos los días, recemos intensamente a Dios para que envíe más obreros a su mies (ver Mt 9,38) y también para que respondan todos aquellos que han sido llamados!
Jueves: Santos Miguel, Gabriel y Rafael, Arcángeles (Juan 1, 47-51)
Verán a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre. La liturgia de hoy nos invita a recordar a los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Cada uno de ellos, como leemos en la Biblia, cumplió una misión peculiar en la historia de la salvación.
Invoquemos con confianza su ayuda, así como la protección de los ángeles custodios, cuya fiesta celebraremos dentro de algunos días, el 2 de octubre. La presencia invisible de estos espíritus bienaventurados nos es de gran ayuda y consuelo: caminan a nuestro lado y nos protegen en toda circunstancia, nos defienden de los peligros y podemos recurrir a ellos en cualquier momento.
Muchos santos mantuvieron con los ángeles una relación de verdadera amistad, y son numerosos los episodios que testimonian su ayuda en ocasiones particulares. Como recuerda la carta a los Hebreos, los ángeles son enviados por Dios "a asistir a los que han de heredar la salvación" (Hb 1, 14), y, por tanto, son para nosotros un auxilio valioso durante nuestra peregrinación terrena hacia la patria celestial.
Sabemos por las sagradas Escrituras que: Miguel, que significa “¿Quién como Dios?”, viene presentado en el Apocalipsis (12, 7) en acto de combatir las potencias infernales; Gabriel, que significa “Fortaleza de Dios”, es enviado a la Virgen María para anunciarle su vocación a ser corredentora de la humanidad; Rafael, que significa “Medicina de Dios”, es enviado por el Señor a Tobías -según la narración bíblica- para curarlo de la ceguera. La liturgia nos invita a sentir cercanos, como amigos y protectores ante Dios, a estos tres Arcángeles y a nuestro Ángel custodio. Que ellos nos protejan y nos guíen en el camino de la vida cristiana.
Viernes
Lucas 10, 13-16
“El que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado”. Los discípulos son enviados para anunciar la llegada del reino de Dios. Realizarán esa predicación en nombre de Cristo, con su autoridad: “Quien a Ustedes los escucha, a mí me escucha; y quien a ustedes los rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lc 10, 16). Jesús establece así un estrecho paralelismo entre el ministerio confiado a los apóstoles y su propia misión.
Es importante recordar que el amor al Señor se expresa de una manera muy concreta en la adhesión a las enseñanzas de la Iglesia, según lo dicho por el Señor: “El que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lc 10,16). Hay muchos católicos que hoy dicen “creo en Cristo, pero no en la Iglesia”. Hay tantos otros que “seleccionan” y rechazan algunas de sus enseñanzas de la Iglesia sin siquiera informarse bien, pues les parecen demasiado incómodas o exigentes y opinan que “la Iglesia debería adecuarse a los tiempos modernos”. Quien así piensa, no ama al Señor, sino al mundo y lo que hay en él (ver 1Jn 2,15).
Al Señor y a su Iglesia no los podemos disociar. Cristo es la Cabeza del Cuerpo místico, que es la Iglesia que Él fundó sobre Pedro. Pretender separarlos sería como decapitar a una persona. Y la verdad enseñada por el Señor, guardada, rectamente interpretada y transmitida fielmente por la Iglesia gracias a la asistencia del Espíritu Santo qué Él mismo prometió (ver Jn 14,26), no es la que debe “acomodarse” a los propios pareceres, caprichosas corrientes de moda u opinión de la mayoría. Somos los hijos de la Iglesia quienes amorosa y confiadamente hemos de adherirnos a sus maternales enseñanzas y enseñarlas de una manera comprensible a quienes no las comprenden bien.
No se puede “creer en Cristo pero no en la Iglesia”, porque sencillamente no es posible separar a Cristo de su Iglesia.

Sábado
Lucas 10, 17-24
“Alégrense de que sus nombres estén escritos en el cielo”. El hecho de que nuestros nombres estén escritos en el cielo es testimonio para nuestra virtud, pero en cuanto a expulsar demonios, eso es don del Salvador que él concede. Por eso, a los que se jactaban no de su virtud sino de sus milagros y decían: ¿Señor, no hemos expulsado demonios en tu nombre y no hemos obrado milagros también en tu nombre? (Mt 7,22). El respondió: En verdad, les digo que no los conozco (Mt 7,23), pues el Señor no conoce el camino de los impíos (Sal 1,6), a los malos.
En efecto, los santos y los hombres y mujeres virtuosos de todos los tiempos son de esos dóciles servidores del Evangelio, cuyos nombres están escritos para siempre en el cielo, aunque vivieron en períodos históricos distantes entre sí y en ambientes culturales muy diversos, tienen en común una experiencia idéntica de fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Los une la misma confianza incondicional en el Señor y la misma pasión profunda por el Evangelio.
Los seguidores de Jesús que han vivido el evangelio no perderán nunca sus nombres: están indeleblemente grabados en el corazón de sus seres queridos, de sus compañeros de trabajo, Pero sobre todo sus nombres están grabados para siempre en la memoria de Dios omnipotente. Por esto el Señor nos ha dicho hoy: vivan el evangelio y “Alégrense de que sus nombres estén escritos en el cielo”.

sábado, 24 de septiembre de 2011

XXVI Domingo Ordinario/A Homilía sobre la segunda lectura


XXVI Domingo del Tiempo Ordinario/A (Fil 2, 1-11)
Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús. Hoy hemos escuchado el gran himno sobre el Señor, donde el Apóstol nos dice: “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo”, entren en el pensar de Cristo. Así pues, podemos tener todos juntos la fe de la Iglesia, porque con esta fe entramos en los pensamientos, en los sentimientos del Señor. Pensar con Cristo.
Esta es la meta a la que lleva este himno cristológico que, desde hace siglos, la Iglesia medita, canta y considera guía de su vida; es decir, aprender a sentir como sentía Jesús; conformar nuestro modo de pensar, de decidir, de actuar, a los sentimientos de Jesús. Si nos esforzamos por conformar nuestros sentimientos a los de Jesús, vamos por el camino correcto.
Para poder pensar con el sentimiento de Cristo es menester pasar muchos ratos con él cada día, leer las santas escrituras, recibir los sacramentos, celebrar y vivir la eucaristía, sobre todo el domingo. A través de estas prácticas Cristo nos habla y nosotros le hablamos, sin mediar palabras, pero sí con el corazón. En este sentido, deberíamos ejercitarnos en descubrir en las Escrituras el pensamiento de Cristo, aprender a pensar con Cristo, a pensar con el pensamiento de Cristo para tener los mismos sentimientos de Cristo, para poder dar a los demás también el pensamiento de Cristo, los sentimientos de Cristo.
Señalando “la contemplación del rostro de Cristo” como vivencia fundamental que ha de constituir también a la Iglesia del tercer milenio, Juan Pablo II apuntaba, en definitiva, a dejarse transformar por los verdaderos sentimientos percibidos en Cristo. Justo en la línea de lo que antaño recomendara ya el Apóstol Pablo a los primeros cristianos, para edificarse como verdadera Iglesia: “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,5-8). Como advierte Benedicto XVI en su Encíclica sobre el amor cristiano, “es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar” (n. 12).
Se describe aquí el misterio de la Encarnación y de la Redención, como despojamiento total de sí, que lleva a Cristo a vivir plenamente la condición humana y a obedecer hasta el final el designio del Padre. Se trata de un anonadamiento que, no obstante, está impregnado de amor y expresa el amor.
Por consiguiente, así como el Apóstol, consciente de lo fácil que es sucumbir a la amenaza siempre latente de conflictos y discordias, exhortaba a la comunidad de Filipos a la concordia y a la unidad, así a nosotros hoy, en la carta de la segunda lectura, san Pablo nos recuerda con fuerza que toda la ley tiene su plenitud en el único mandamiento del amor; y nos exhortará a caminar según el Espíritu, para evitar las obras de la carne -discordias, celos, rencillas, divisiones, disensiones, envidias-, obteniendo así el fruto del Espíritu que es, en cambio, el amor (cf. Ga 5, 14-23).
Eso exige, evidentemente, que salgamos de nosotros mismos, de nuestros razonamientos, de nuestra ‘prudencia’, de nuestra indiferencia, de nuestra suficiencia, de costumbres no cristianas que quizá hemos adquirido. Sí; esto pide renuncias, una conversión, que primeramente debemos atrevernos a desear, pedirla en la oración y comenzar a practicar.
Dejemos que Cristo sea para nosotros el camino, la verdad y la vida. Dejemos que sea nuestra salvación y vuestra felicidad. Dejemos que ocupe toda nuestra vida para alcanzar con El todas sus dimensiones, para que todas nuestras relaciones, actividades, sentimientos, pensamientos sean integrados en El o, por decirlo así, sean ‘cristificados’. Con Cristo reconozcamos a Dios como el principio y fin de nuestra existencia.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Octubre, mes del Rosario y de las Misiones


OCTUBRE, MES DEL ROSARIO Y DE LAS MISIONES
El mes de octubre está dedicado al santo rosario, singular oración contemplativa con la que, guiados por la Madre celestial del Señor, fijamos nuestra mirada en el rostro del Redentor, para ser configurados con su misterio de alegría, de luz, de dolor y de gloria.
En este mes de octubre, mes misionero y del rosario, ¡cuántos fieles y cuántas comunidades ofrecen el santo rosario por los misioneros y por la evangelización! Así, pues, octubre es el mes de la oración del rosario y el compromiso en favor de las misiones. Cada año la Virgen nos invitara a redescubrir la belleza de esta oración, tan sencilla y tan profunda. El beato Juan Pablo II fue gran apóstol del rosario: lo recordamos arrodillado, con el rosario entre las manos, sumergido en la contemplación de Cristo.
Octubre es también el mes misionero, y el domingo 22 celebraremos la Jornada mundial de las misiones. La Iglesia es por su misma naturaleza misionera. "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21), dijo Jesús resucitado a los Apóstoles en el Cenáculo. La misión de la Iglesia es la continuación de la de Cristo: llevar a todos el amor de Dios, anunciándolo con las palabras y con el testimonio concreto de la caridad. En el Mensaje para la próxima Jornada mundial de las misiones he querido presentar la caridad precisamente como “alma de la misión”. San Pablo, el apóstol de los gentiles, escribió: “El amor de Cristo nos apremia” (2 Co 5, 14). Que todo cristiano haga suyas estas palabras, con la gozosa experiencia de ser misionero del Amor allí donde la Providencia lo ha puesto, con humildad y valentía, sirviendo al prójimo sin segundas intenciones y sacando de la oración la fuerza de la caridad alegre y activa (cf. Deus caritas est, 32-39).

QUÉ ES EL ROSARIO
La palabra Rosario significa “Corona de Rosas”. Nuestra Señora ha revelado a varias personas que cada vez que dicen el Ave María le están dando a Ella una hermosa rosa y que cada Rosario completo le hace una corona de rosas. La rosa es la reina de las flores, y así el Rosario es la rosa de todas las devociones, y por ello la más importante de todas.
El Papa San Pío V en su ‘Bula’ de 1569 nos enseñó que “El Rosario o salterio de la Santísima Virgen, es un modo piadosísimo de oración, al alcance de todos, que consiste en ir repitiendo el saludo que el ángel le dio a María; interponiendo un Padrenuestro entre cada diez Avemarías y tratando de ir meditando mientras tanto en la Vida de Nuestro Señor”. El rosario es la oración del cristiano que avanza en la peregrinación de la fe, siguiendo a Jesús, precedido por María.
La plegaria del Rosario es oración del hombre en favor del hombre: es la oración de la solidaridad humana, oración colegial de los redimidos, que refleja el espíritu y las intenciones de la primera redimida, María, Madre e imagen de la Iglesia: oración en favor de todos los hombres del mundo y de la historia, vivos o difuntos, llamados a formar con nosotros Cuerpo de Cristo y a ser, con El, coherederos de la gloria del Padre.
El santo Rosario es un «compendio de todo el Evangelio”, en cuanto saca de él el enunciado de los misterios y las fórmulas principales; se inspira en el Evangelio para sugerir, partiendo del gozoso saludo del Ángel y del religioso consentimiento de la Virgen, la actitud con que debe recitarlo el fiel; y continúa proponiendo, en la sucesión armoniosa de las Ave Marías, un misterio fundamental del Evangelio -la Encarnación del Verbo- en el momento decisivo de la Anunciación hecha a María. Oración evangélica por tanto el Rosario, como hoy día, quizá más que en el pasado, gustan definirlo los pastores y los estudiosos (La Marialis cultus en el 44).
Y, este mismo tenor, la MC 45, enseña que “el Rosario considera en armónica sucesión los principales acontecimientos salvíficos que se han cumplido en Cristo: desde la concepción virginal y los misterios de la infancia hasta los momentos culminantes de la Pascua -la pasión y la gloriosa resurrección- y a los efectos de ella sobre la Iglesia naciente en el día de Pentecostés y sobre la Virgen en el día en que, terminando el exilio terreno, fue asunta en cuerpo y alma a la patria celestial. Y se ha observado también cómo la cuadruple división de los misterios del Rosario no sólo se adapta estrictamente al orden cronológico de los hechos, sino que sobre todo refleja el esquema del primitivo anuncio de la fe y propone nuevamente el misterio de Cristo…”.
ELEMENTOS DEL SANTO ROSARIO
San Pío V enseña que el rosario consta varios elementos orgánicamente dispuestos:
1) la contemplación, en comunión con María, de una serie de misterios de la salvación, sabiamente distribuidos en tres ciclos que expresan el gozo de los tiempos mesiánicos, el dolor salvífico de Cristo, la gloria del Resucitado que inunda la Iglesia; contemplación que, por su naturaleza, lleva a la reflexión práctica y a estimulante norma de vida;
2) la oración dominical o Padrenuestro, que por su inmenso valor es fundamental en la plegaria cristiana y la ennoblece en sus diversas expresiones;
3) la sucesión litánica del Avemaría, que está compuesta por el saludo del Ángel a la Virgen (Cf. Lc 1,28) y la alabanza obsequiosa del santa Isabel (Cf. Lc 1,42), a la cual sigue la súplica eclesial Santa María. La serie continuada de las Avemarías es una característica peculiar del Rosario y su número, en le forma típica y plenaria de ciento cincuenta, presenta cierta analogía con el Salterio y es un dato que se remonta a los orígenes mismos de este piadoso ejercicio. Pero tal número, según una comprobada costumbre, se distribuye —dividido en decenas para cada misterio— en los tres ciclos de los que hablamos antes, dando lugar a la conocida forma del Rosario compuesto por cincuenta Avemarías, que se ha convertido en la medida habitual de la práctica del mismo y que ha sido así adoptado por la piedad popular y aprobado por la Autoridad pontificia, que lo enriqueció también con numerosas indulgencias;
4) la doxología Gloria al Padre que, en conformidad con una orientación común de la piedad cristiana, termina la oración con la glorificación de Dios, uno y trino, “de quien, por quien y en quien subsiste todo” (Cf. Rom 11,36).

LOS MISTERIOS DEL SANTO ROSARIO
El Rosario está compuesto por veinte ‘misterios’ (acontecimientos, momentos significativos) de la vida de Jesús y de María, divididos en cuatro ‘rosarios’: el primer ‘rosario’ comprende los misterios gozosos (lunes y sábado), el segundo los luminosos (jueves), el tercero los dolorosos (martes y viernes) y el cuarto los gloriosos (miércoles y domingo).
1) Los misterios gozosos
El primer ciclo, el de los ‘misterios gozosos’, se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: ‘Alégrate, María’. A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo. En efecto, si el designio del Padre es de recapitular en Cristo todas las cosas (cf. Ef 1, 10), el don divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el fiat con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios.
El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen ‘saltar de alegría’ a Juan (cf. Lc 1, 44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los ángeles y anunciado a los pastores como ‘una gran alegría’ (Lc 2, 10).
2) Los misterios Luminosos (Juan Pablo II, 23 de octubre de 1983).
Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús, la contemplación nos lleva a los misterios que se llaman de manera especial “misterios de luz”. En realidad, todo el misterio de Cristo es luz. Él es “la luz del mundo” (Jn 8, 12). Pero esta dimensión se manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el evangelio del Reino. Deseando indicar a la comunidad cristiana cinco momentos significativos –misterios ‘luminosos’– de esta fase de la vida de Cristo, se señalan: 1º.) Su Bautismo en el Jordán; 2oa.) Su autorrevelación en las bodas de Caná; 3º.) Su anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4º.) Su Transfiguración; 5º.) Institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual.
Cada uno de estos misterios revela el Reino ya presente en la persona misma de Jesús. Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace 'pecado' por nosotros (cf. 2 Co 5, 21), entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cf. Mt 3, 17 par.), y el Espíritu desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera. Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Jn 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente. Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1, 15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cf. Mc 2, 3-13; Lc 7,47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia. Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo « escuchen » (cf. Lc 9, 35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo. Misterio de luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad « hasta el extremo » (Jn13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.
2) Los misterios dolorosos (Juan Pablo II el 30 de octubre de 1983)
En los misterios dolorosos contemplamos en Cristo todos los dolores del hombre: en El, angustiado, traicionado, abandonado, capturado aprisionado; en El, injustamente procesado y sometido a la flagelación; en El, mal entendido y escarnecido su misión; en El, condenado con complicidad del poder político; en El conducido públicamente al suplicio y expuesto a la muerte más infamante: en El, Varón de dolores profetizado por Isaías, queda resumido y santificado todo dolor humano.
En el camino doloroso y en el Gólgota está la Madre, la primera Mártir. Y nosotros, con el corazón de la Madre, a la cual desde la cruz entregó en testamento a cada uno de los discípulos y a cada uno de los hombres, contemplamos conmovidos los padecimientos de Cristo, aprendiendo de El la obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz; aprendiendo de Ella a acoger a cada hombre como hermano, para estar con Ella junto a las innumerables cruces en las que el Señor de la gloria todavía está injustamente enclavado, no en su Cuerpo glorioso, sino en los miembros dolientes de su Cuerpo místico.
3) Las esperanzas del hombre (6 de noviembre de 1983).
En los misterios gloriosos del Santo Rosario reviven las esperanzas del cristiano: las esperanzas de la vida eterna que comprometen la omnipotencia de Dios y las expectativas del tiempo presente que obligan a los hombres a colaborar con Dios.
En Cristo resucitado resurge el mundo entero y se inauguran los cielos nuevos y la tierra nueva que llegarán a cumplimiento a su vuelta gloriosa, cuando “la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado” (Ap 21, 4).
En la gloria de la Virgen elevada al cielo, contemplamos entre otras cosas la sublimación real de los vínculos de la sangre y los afectos familiares, pues Cristo glorificó a María no sólo por ser inmaculada y arca de la presencia divina, sino también por honrar a su Madre como Hijo.
Así es que, en los misterios del Santo Rosario contemplamos y revivimos los gozos, dolores y gloria de Cristo y su Madre Santa, que pasan a ser gozos, dolores y esperanzas del hombre.
VALOR Y EFICACIA DEL SANTO ROSARIO
Sabemos de la poderosa eficacia del rezo del Santo rosario “para obtener la ayuda maternal de la Virgen, porque, si bien puede conseguirse con diversas maneras de orar, sin embargo, estimamos que el santo Rosario es el medio más conveniente y eficaz, según lo recomienda su origen, más celestial que humano, y su misma naturaleza. ¿Qué plegaria, en efecto, más idónea y más bella que la oración dominical y la salutación angélica, que son como las flores con que se compone esta mística corona? A la oración vocal va también unida la meditación de los sagrados misterios, y así se logra otra grandísima ventaja, a saber, que todos, aun los más sencillos y los menos instruidos, encuentran en ella una manera fácil y rápida para alimentar y defender su propia fe. Y en verdad que con la frecuente meditación de los misterios el espíritu, poco a poco y sin dificultad, absorbe y se asimila la virtud en ellos encerrada, se anima de modo admirable a esperar los bienes inmortales y se siente inclinado, fuerte y suavemente, a seguir las huellas de Cristo mismo y de su Madre. Aun la misma oración tantas veces repetida con idénticas fórmulas, lejos de resultar estéril y enojosa, posee (como lo demuestra la experiencia) una admirable virtud para infundir confianza al que reza y para hacer como una especie de dulce violencia al maternal corazón de María” (Pío XII Ingruentium Malorum, Carta encíclica sobre el Rosario en la Familia 15 de septiembre de 1951).

INVITACIÓN
En este mes de octubre, dedicado al santo rosario y a las misiones, recémoslo con fe, devoción y amor, ya sea en familia, o el templo más próximo, o personalmente, y al final del mes de forma pública, participando los 12 templos de la parroquia de Nuestra Señora de la Soledad. Pidamos por las necesidades de la Iglesia, por quienes dedican su vida a las misiones, por la conversión del mundo, por la justicia y la paz en nuestra Patria… Hagamos que el Rosario sea “dulce cadena que nos una a Dios” por medio de María.
Que el Rosario, pues, nos sumerja en los misterios de Cristo, y proponga en el rostro de la Madre a cada uno de los fieles y a toda la Iglesia el modelo perfecto de cómo se acoge, se guarda y se vive cada palabra y acontecimiento de Dios, en el camino todavía en marcha de la salvación del mundo.
VISITE LA LIBRERÍA “EL EVANGELIZADOR”
A la entrada del Templo parroquial de “La Soledad”.


lunes, 19 de septiembre de 2011

XXV Semana (I) Reflexiones sobre el evangelio de cada día


XXV semana

Lunes
Lucas 8, 16-18
"La vela se pone en el candelero, para que los que entren puedan ver". El Señor dijo a sus discípulos que eran la luz del mundo, ya que, iluminados por Él mismo, que es la luz verdadera y eterna, se convirtieron ellos también en luz que disipó las tinieblas.
También nosotros, iluminados por Cristo, nos hemos convertido de tinieblas en luz, tal como dice el Apóstol: Un tiempo eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Caminen como hijos de la luz. Y también: Todos son hijos de la luz e hijos del día. No somos de la noche ni de las tinieblas.
En este mismo sentido habla San Juan en su carta, cuando dice: Dios es luz, y el que permanece en Dios está en la luz, como Él también está en la luz. Por lo tanto, ya que tenemos la dicha de haber sido liberados de las tinieblas del error, debemos caminar siempre en la luz, como hijos que somos de la luz. Por esto dice el Apóstol: Aparecen como antorchas en el mundo, presentándole la palabra de vida.
Así, pues, Cristo es la luz resplandeciente, encendida para nuestra salvación, que debe brillar siempre en nosotros. Poseemos, en efecto, no sólo la luz eterna, sino también la lámpara de los mandatos celestiales y de la gracia espiritual, acerca de la cual afirma el salmista: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. De ella dice también Salomón: El consejo de los mandamientos es lámpara, que ha de iluminar en nuestras vidas.
Martes
Lucas 8, 19-21
“Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”. ante la exclamación de una mujer que entre la muchedumbre quiere exaltar el vientre que lo ha llevado y los pechos que lo han criado, Jesús muestra el secreto de la verdadera alegría: «Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» (11,28). Jesús muestra la verdadera grandeza de María, abriendo así también para todos nosotros la posibilidad de esa bienaventuranza que nace de la Palabra acogida y puesta en práctica.
Por tanto, María fue la primera que vivió en modo incomparable el encuentro con la Palabra de Dios, que es el mismo Jesús. Por este motivo, ella es un modelo providencial de toda escucha y anuncio.
María, educada en la familiaridad con la Palabra de Dios en la experiencia intensa de las Escrituras del pueblo al cual ella pertenecía, María de Nazaret, desde el evento de la Anunciación hasta la Cruz, y aún hasta Pentecostés, recibe la Palabra en la fe, la medita, la interioriza y la vive intensamente (cf. Lc 1, 38; 2, 19.51; Hch 17, 11). Por lo tanto, a ella se aplica cuanto ha dicho Jesús en su presencia: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8, 21). “Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada”.
La Palabra de Dios hoy, pues, nos llama a leer con fe la Escritura, para tener un encuentro vivo con la persona de Jesucristo que viene a iluminar y a transformar nuestra vida. Leer, escuchar, reflexionar lo podemos hacer tanto en familia, como en nuestras pequeñas comunidades o movimientos, para hacerse cada vez más una familia que pertenece a Cristo: “mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8, 21).
Miércoles: Fiesta de san Mateo, apóstol y evangelista
Mateo 9, 9-13
“Sígueme. El se levantó y lo siguió”. Mateo responde inmediatamente a la llamada de Jesús. Esto implicaba para él abandonarlo todo, en especial una fuente de ingresos segura, aunque a menudo injusta y deshonrosa. Evidentemente Mateo comprendió que la familiaridad con Jesús no le permitía seguir realizando actividades desaprobadas por Dios.
Aplicando esto al presente, decimos que tampoco hoy se puede admitir el apego a lo que es incompatible con el seguimiento de Jesús, como son las riquezas deshonestas. En cierta ocasión dijo tajantemente: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme” (Mt 19, 21). Esto es precisamente lo que hizo Mateo: se levantó y lo siguió. En este “levantarse” se puede ver el desapego de una situación de pecado y, al mismo tiempo, la adhesión consciente a una existencia nueva, recta, en comunión con Jesús: De publicano se convirtió inmediatamente en discípulo de Cristo. De ‘último’ se convirtió en ‘primero’, gracias a la lógica de Dios, que -¡por suerte para nosotros!- es diversa de la del mundo. “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos”, dice el Señor por boca del profeta Isaías (Is 55, 8).
Para seguidor de Jesús resulta fundamental la experiencia de sentirse llamados como lo fue Mateo: “Sígueme”. El se levantó y lo siguió» (Mt 9, 9). En efecto, en el Bautismo todos los cristianos hemos recibido la llamada a la santidad; toda vocación personal es una llamada a compartir la misión de la Iglesia, y, ante la necesidad de la nueva evangelización, importa mucho, que los laicos caigan en la cuenta de su especial llamada a la comunión, al apostolado y la santidad.
Que María nos ayude a responder siempre y con alegría a la llamada del Señor y a encontrar nuestra felicidad en poder trabajar por el reino de los cielos.

Jueves
Lucas 9, 7-9
“A Juan yo lo mandé decapitar. ¿Quién es entonces éste, de quien oigo semejantes cosas?”. Acordémonos que Herodes había mandado decapitar a Juan el Bautista por honrar la promesa hecha a Salomé, hija de Herodías. Tanto le gustó el baile que le ofreció en el día de su cumpleaños, “que éste le prometió bajo juramento darle lo que pidiera” (Mt 14,7).
El evangelio de hoy nos deja entrever que Herodes sintió un gran remordimiento por el crimen que cometió ordenando decapitar a Juan, por eso cuando conoció la fama de Jesús, le hizo pensar “Éste es Juan el Bautista; ha resucitado de entre los muertos, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos”, porque el pecado lleva consigo el remordimiento que golpea fuerte la conciencia del que comete la falta, no le hace vivir tranquilo ni conocer la paz. “La mentira destruye el alma, la verdad la fortalece”.
Y así como el gusano carcome la madera, el remordimiento del pecado roe la conciencia del hombre. El hombre si es derrotado por el pecado, sufre. Sí, los remordimientos de conciencia constituyen un sufrimiento. No se pueden eliminar. Antes o después, es preciso buscar el perdón. Si el mal que hemos cometido concierne a otros hombres hay que pedirles también perdón a ellos, pero, para que la culpa sea realmente perdonada, siempre es necesario obtener el perdón de Dios.
El sacramento de la reconciliación constituye un gran regalo de Cristo. Si lo sabemos vivir con fidelidad se transforma en fuente inagotable de vida nueva.
Viernes
Lucas 9, 18-22
“Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que sufrir mucho”. Este título que se da a Jesús nos habla de su especial y única relación filial con Dios Padre. En efecto, cuando Jesús nos habla de de Dios, nos lo presenta como “mi Padre”, o distingue: “mi Padre, su Padre”. No duda en afirmar: “Todo me ha sido entregado por mi Padre” (Mt 11, 27).
Esta exclusividad de la relación filial con Dios se manifiesta especialmente en la oración, cuando Jesús se dirige a Dios como Padre usando la palabra aramea "Abbá", que indica una singular cercanía filial y, en boca de Jesús, constituye una expresión de su total entrega a la voluntad del Padre: “Abbá, Padre, todo te es posible; aleja de mí este cáliz” (Mc 14, 36).
Así, hemos escuchado, en el evangelio de hoy, la confesión de Simón Pedro, junto a Cesarea de Filipo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Esta confesión fue confirmada por Jesús: “Bienaventurado tú, Simón, porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre, que está en los cielos” (Mt 16, 17). Esta fe de Pedro en Jesús es también la nuestra, por esto también nosotros podemos confesar nuestra fe diciendo a Jesús: Jesús, yo sé que Tú eres el Hijo de Dios que has dado tu vida por mí. Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu palabra. Tú me conoces y me amas. Yo me fío de ti y pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que me sostenga, la alegría que nunca me abandone.
Que nos guíe y acompañe siempre con su intercesión la santísima Madre de Dios: su fe indefectible, que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, siga sosteniendo la fe en cada uno y en cada una de nuestras familias: Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros.

Sábado
Lucas 9, 43-45
“El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres”. Jesús sabe que la razón de ser de la Encarnación, la finalidad de su vida es la contemplada en el eterno designio de Dios sobre la salvación. "El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mc 10, 45).
Sabemos que Jesucristo es el Redentor del mundo mediante su muerte en cruz, y nos sabemos también que todos, por causa de nuestros pecados, somos responsables de la muerte de Cristo en la cruz: todos, mediante el pecado provocamos que Cristo muriera por nosotros como víctima de expiación. En este sentido podemos entender las palabras de Jesús: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al tercer día resucitará” (Mt 17, 22).
Cuando Jesús predice su pasión y su muerte, no deja de considerarlas en la perspectiva de la resurrección. No se limita a anunciar que el Hijo del hombre debe sufrir mucho y morir; añade que es necesario que el Hijo del hombre resucite al tercer día. La resurrección es inseparable de la muerte y le da su verdadero significado. El itinerario de la cruz tiene como punto de llegada el triunfo glorioso.
La Cruz de Cristo no cesa de ser para cada uno de nosotros una llamada misericordiosa y, al mismo tiempo, severa, a reconocer y confesar la propia culpa. Es una llamada a vivir en la verdad y en el bien.

sábado, 17 de septiembre de 2011

XXV Domingo ordinario/A Homilía sobre la segunda lectura


XXV Domingo del Tiempo Ordinario/A (Fil 1, 20-24,27)
Para mí, la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia, nos ha dicho san Pablo en la Segunda lectura de hoy, a los filipenses. A la luz de la fe, la vida en su sentido pleno y más profundo, es la vida en Cristo y para Dios, como nos explica también el Apóstol en Gálatas: “yo vivo, pero no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mi” (Gal.2, 20). San Pablo encontró a Jesús en el camino de Damasco y quedó impactado por él: “Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Flp 1,21).
Por tanto, el Apóstol nos recuerda que no hay que temer la muerte, pues “la muerte es una ganancia”, y que no importa el momento de morir o cuánto nos toque vivir, si en todo momento buscar permanecer unidos a Jesús, como las ramas se unen al tronco para tener vida y dar fruto.
La hermoso y divina aventura de nuestra vida en Cristo comenzó e l día de nuestro Bautismo, que es más que un baño o una purificación. Es más que la entrada en una comunidad. Es un nuevo nacimiento. Un nuevo inicio de la vida. La Carta a los Romanos dice con palabras misteriosas que en el Bautismo hemos sido como “incorporados” en la muerte de Cristo. En el Bautismo nos entregamos a Cristo; Él nos toma consigo, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino gracias a Él, con Él y en Él; para que vivamos con Él y así para los demás.
En el Bautismo nos abandonamos nosotros mismos, depositamos nuestra vida en sus manos, de modo que podamos decir con san Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Si nos entregamos de este modo, aceptando una especie de muerte de nuestro yo, entonces eso significa también que el confín entre muerte y vida se hace permeable. Tanto antes como después de la muerte estamos con Cristo y por esto, desde aquel momento en adelante, la muerte ya no es un verdadero confín.
San Pablo nos lo dice de un modo muy claro en su Carta a los Filipenses, que estamos comentando: “Para mí la vida es Cristo. Si puedo estar junto a Él (es decir, si muero) es una ganancia. Pero si quedo en esta vida, todavía puedo llevar fruto. Así me encuentro en este dilema: partir -es decir, ser ejecutado- y estar con Cristo, sería lo mejor; pero, quedarme en esta vida es más necesario para vosotros” (cf. 1,21ss). A un lado y otro del confín de la muerte él está con Cristo; ya no hay una verdadera diferencia. Pero sí, es verdad: “Sobre los hombros y de frente tú me llevas. Siempre estoy en tus manos”. A los Romanos escribió Pablo: “Ninguno… vive para sí mismo y ninguno muere por sí mismo… Si vivimos,... si morimos,... somos del Señor” (14,7s).
Por consiguiente, la novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente “muerto con Cristo”, para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este “morir con Cristo” y perfecciona así nuestra incorporación a Él en su acto redentor: San Ignacio de Antioquía, (Epistula ad Romanos 6, 1-2) nos dice: “Para mí es mejor morir en (eis) Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a Él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima (...) Déjenme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre”.
En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de san Pablo: "Deseo partir y estar con Cristo" (Flp 1, 23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo (cf. Lc 23, 46): “Mi deseo terreno ha sido crucificado; [...] hay en mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí ‘ven al Padre’” nos vuelve a decir san Ignacio de Antioquía (Epistula ad Romanos 7, 2).
La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte (“De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor”: Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros “en la hora de nuestra muerte” (Avemaría), y a confiarnos a san José, patrono de la buena muerte: “Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana?” (De imitatione Christi 1, 23, 1).
Desde esta perspectiva podemos orar como Francisco d Asís: “Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor! Ningún viviente escapa de su persecución; ¡ay si en pecado grave sorprende al pecador! ¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!”. (San Francisco de Asís, Canticum Fratris Solis).

lunes, 12 de septiembre de 2011

XXIV Semana Año I Reflexiones sobre el evangelio de cada día


Nuestra Señora de la Soledad
XXIV Semana
Lunes: Santo nombre de María
Lucas 7, 1-10
“Ni en Israel he hallado una fe tan grande”. Los “milagros y los signos” que Jesús realizaba para confirmar su misión mesiánica y la venida del reino de Dios, están ordenados y estrechamente ligados a la llamada a la fe.
El Evangelio, que hemos escuchado testimonia la fuerza de la fe. Tanto como Jesús se entristece por la “falta de fe” de los de Nazaret (Mc 6,6) y la “poca fe” de sus discípulos (Mt 8,26), así se admira hoy ante la “gran fe” del centurión romano. La fe es una adhesión filial a Dios, más allá de lo que nosotros sentimos y comprendemos. Se ha hecho posible porque el Hijo amado nos abre el acceso al Padre. Puede pedirnos que “busquemos” y que “llamemos” porque Él es la puerta y el camino. Todo esto explica de modo suficiente el vínculo particular que existe entre los “milagros-signos” de Cristo y la fe.
La fe cristiana es explicada como “una decisión que afecta a toda la existencia; es encuentro, diálogo, comunión de amor y de vida del creyente con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. Implica un acto de confianza y abandono en Cristo, y nos ayuda a vivir como Él vivió, o sea, en el mayor amor a Dios y los hermanos”.
Por eso creer en Jesucristo es hacer que resplandezca la verdad, que comienza en ese guardar los mandamientos como un primer paso para ser discípulo, para seguirlo no como una imitación exterior, sino como un “hacerse conforme a Él, que se hizo servidor de todos hasta el don de sí mismo en la cruz. Mediante la fe, Cristo habita en el corazón del creyente, el discípulo se asemeja a su Señor y se configura con Él; lo cual es fruto de la gracia, de la presencia operante del Espíritu Santo en nosotros” (Flp 2,5-8).
Martes
Lucas 7, 11-17
“Joven, yo te lo mando: levántate”. El Evangelio nos narra la escena de la resurrección del hijo de la viuda de Naín. Jesús movido de compasión ante las lágrimas de aquella madre, se acercó a ella, y le dijo: No llores. Luego se dirigió al difunto, y le dijo: “Joven, yo te lo mando, levántate”.
Jesús, en sus encuentros con quienes sufren, sean hombres o mujeres, revela tener un corazón lleno de ternura y compasión. A la viuda de Naím le dice “no llores” y le devuelve a su hijo resucitado.
En este milagro que nos ocupa vemos que Jesús demostró un poder absoluto sobre la muerte. Al devolver a la vida a este joven el Señor quiso dar un signo absolutamente inequívoco, evidente e irrefutable, de que Él era más que un gran profeta, de que Él era el Señor de la Vida y como tal tiene poder sobre la muerte.
El milagro que el Señor realizó con el hijo de la vida de Naím sale hoy a nuestro encuentro y es un signo esperanzador para cada uno de nosotros y para toda la humanidad: Cristo nos asegura que Él es la resurrección y la vida de los hombres, y que por tanto la muerte no tendrá la última palabra sobre nosotros o sobre nuestros seres queridos.
Y san Agustín «Dice, pues: “El que cree en mí, aunque hubiera muerto (en la carne), vivirá en el alma hasta que resucite la carne para no morir después jamás”. Porque la vida del alma es la fe. “Y todo aquel que vive (en la carne) y cree en mí (aunque muera en el tiempo por la muerte del cuerpo) no morirá jamás”.
Miércoles
Lc 7, 31-35
Tacamos la flauta y ustedes no bailaron, cantamos canciones tristes y no lloraron. Tenemos en estas palabras el retrato del Bautista, que incitaba a la penitencia, y el de Jesús, que invitaba a la alegría. Jesús, pues, en este texto del evangelio que hemos escuchado, alude al Precursor y al Hijo del hombre para poner de relieve el capricho de los judíos, que siempre rechazaron a Jesús y su mensaje. Los dirigentes religiosos se sentían felices diezmando el anís, la menta y el comino y descuidaban, cobijados bajo el manto de su religiosidad oficial, lo fundamental de la ley: la justicia, la misericordia, la fe.
En estas circunstancias, Jesús, como de costumbre, recurre a una comparación: Tacamos la flauta y ustedes no bailaron, cantamos canciones tristes y no lloraron. Con esto Jesús reprocha a los hombres de esta generación de ser como niños caprichosos; no saben lo que quieren; o mejor, lo saben muy bien; quieren que se les deje en paz. Se podría titular así la parábola: las excusas de quien no quiere decidirse. Para el que no quiere decidirse siempre hay excusas al alcance de la mano. Se rechaza una actitud, lo mismo que la contraria; se critica una propuesta, y luego otra; es la prueba de la falta de sinceridad. Hoy diríamos “falta de voluntad política”.
Así ve Jesús a la gente de su tiempo y a nosotros. Niños que no saben lo que quieren. Que nos dejamos llevar solamente de nuestro capricho, de nuestra voluntad propia, sin dar importancia a lo que en realidad vale para la vida eterna.
El que no abre su mente y corazón a la Palabra, a la Luz, al Amor, y el que se obstina en regular su vida con criterios de interés terreno (económico, de poder, de dominio, de autosuficiencia, de placer hedonista, de consumo), nunca encontrará a Dios; nunca apreciará el reino de la justicia y la paz; nunca experimentará los salvadores proyectos de Dios en su vida.
Jueves: Nuestra Señora de los Dolores.
Jn 19, 25-27
¿Y cuál hombre no llorara si a la Madre de Cristo en tanto dolor? Por los pecados del mundo vio en su tormento tan profundo a Jesús la dulce Madre. Vio morir a su Hijo amado,-que rindió desamparado-, el espíritu al Padre.
Hoy, al celebrar la memoria de Nuestra Señora de los Dolores, contemplamos a María que comparte la compasión de su Hijo por los pecadores. Como afirma San Bernardo, la Madre de Cristo entró en la Pasión de su Hijo por su compasión (cf. Sermón en el domingo de la infraoctava de la Asunción).
Al pie de la Cruz se cumple la profecía de Simeón de que su corazón de madre sería traspasado (cf. Lc 2,35) por el suplicio infligido al Inocente, nacido de su carne. Igual que Jesús lloró (cf. Jn 11,35), también María ciertamente lloró ante el cuerpo lacerado de su Hijo. Sin embargo, su discreción nos impide medir el abismo de su dolor; la hondura de esta aflicción queda solamente sugerida por el símbolo tradicional de las siete espadas. Se puede decir, como de su Hijo Jesús, que este sufrimiento la ha guiado también a Ella a la perfección (cf. Hb 2,10), para hacerla capaz de asumir la nueva misión espiritual que su Hijo le encomienda poco antes de expirar (cf. Jn 19,30): convertirse en la Madre de Cristo en sus miembros. En esta hora, a través de la figura del discípulo a quien amaba, Jesús presenta a cada uno de sus discípulos a su Madre, diciéndole: “Ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26-27). “He aquí a tu Madre”. Cristo mismo encomienda a su Madre a San Juan y con él a todas las generaciones de discípulos. Invitémosla a nuestra casa, para que su protección y su intercesión sean para nosotros un apoyo tanto en el tiempo de serenidad como en los días de sufrimiento.
Viernes
Lucas 8, 1-3
“Algunas mujeres acompañaban a Jesús y le ayudaban con sus bienes”. A veces las mujeres que encontraba Jesús, y que de él recibieron tantas gracias, lo acompañaban en sus peregrinaciones con los apóstoles por las ciudades y los pueblos anunciando el Evangelio del Reino de Dios; algunas de ellas “le asistían con sus bienes”. Entre éstas, el Evangelio nombra a Juana, mujer del administrador de Herodes, Susana y “otras muchas” (cf. Lc 8, 1-3).
En las enseñanzas de Jesús, así como en su modo de comportarse, no se encuentra nada que refleje la habitual discriminación de la mujer, propia del tiempo; por el contrario, sus palabras y sus obras expresan siempre el respeto y el honor debido a la mujer.
La actitud de Jesús en relación con las mujeres que se encuentran con él a lo largo del camino de su servicio mesiánico, es el reflejo del designio eterno de Dios que, al crear a cada una de ellas, la elige y la ama en Cristo (cf. Ef. 1, 1-5). Por esto, cada mujer es la "única criatura en la tierra que Dios ha querido por sí misma", cada una hereda también desde el "principio" la dignidad de persona precisamente como mujer. Jesús de Nazaret confirma esta dignidad, la recuerda, la renueva y hace de ella un contenido del Evangelio y de la redención, para lo cual fue enviado al mundo.
Las mujeres del evangelio, la actitud de Cristo hacia ellas, son un ejemplo para cada mujer de cómo vivir su identidad de mujer en su relación con Cristo y el mundo, realizándose en tales en su vocación a la santidad. Las mujeres h de ser una encarnación del ideal femenino, un modelo para todos los cristianos, un modelo de seguimiento de Cristo, un ejemplo de cómo la Esposa ha de responder con amor al amor del Esposo, Cristo Jesús: “Algunas mujeres acompañaban a Jesús y le ayudaban con sus bienes”.
Sábado
Lucas 8, 4-15
“Lo que cayó en tierra buena representa a los que escuchan la Palabra, la conservan en un corazón bueno y bien dispuesto, y dan fruto por su constancia”. La Palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).
San Juan Crisóstomo enseña que “En la parábola del sembrador Cristo nos enseña que su palabra se dirige a todos indistintamente. Del mismo modo, en efecto, que el sembrador de la parábola no hace distinción entre los terrenos sino que siembra a los cuatro vientos, así el Señor no distingue entre el rico y el pobre, el sabio y el necio, el negligente y el aplicado, el valiente y el cobarde, sino que se dirige a todos y, aunque conoce el porvenir, pone todo de su parte de manera que se puede decir: “¿Qué más puedo hacer que no haya hecho?” (Cfr. Is 5,4)”.
En el empeño por acoger en nuestras vidas al Señor y su palabra, ¡miremos a María! ¡Miremos su Inmaculado-Doloroso Corazón! ¿Quién más ejemplar que Ella? De Ella aprendemos sus mismas disposiciones para acoger al Señor y su Palabra en nuestros corazones, en nuestra vida. Con amor de hijos acerquémonos a Ella al despertar cada mañana, implorándole en oración que interceda por nosotros y nos eduque para llegar a tener un corazón como el suyo: un corazón plenamente abierto a la Palabra divina, siempre dispuesto a escuchar y a hacer lo que Dios me pida (ver Lc 1,38; Jn 2,5; Jer 15,16); un corazón constante y perseverante, para que nunca me eche atrás ante las dificultades o fatigas que experimentaré en el seguimiento del Señor (ver Jn 19,25); un corazón indiviso, para que nunca permita que los afanes de este mundo sofoquen mi amor a Cristo (ver Lc 16,13); un corazón fértil, para que alentado y fortalecido por la gracia pueda poner por obra la palabra escuchada (ver Lc 11,28; Stgo 1,22ss).

sábado, 10 de septiembre de 2011

XXIV Domingo ordinario/A Sobre la segunda lectura


XXIV Domingo del Tiempo Ordinario/A (Rom 14, 7-9)
San Pablo nos dice en la carta a los romanos que: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, vivamos o muramos, somos del Señor» (Rm 14, 7-8).
Por tanto, el hombre no se pertenece, es propiedad de Dios, dueño de la vida y de la muerte, es decir, no somos dueños de la vida, sólo somos administradores. Por esto Dios nos manda respetar la vida propia y la ajena. En el Catecismo de la Iglesia Católica está establecido claramente que somos los administradores de la vida y no dueños de la misma, ya que sólo Dios tiene el poder de dar la vida o quitarla: “Yo doy la muerte y doy la vida” (Dt 32, 39).
Así, pues, la persona humana no es dueña absoluta de sí misma. Ha sido creada por Dios. Su ser es un don: lo que ella es y el hecho mismo de su ser son un don de Dios. “Somos hechura suya”. Se sigue, entonces, que el hombre en todo su ser y existir, en su vida, en su sufrimiento, en su muerte, no se pertenece a sí mismo, sino a Dios. Entonces la vida y la muerte son propiedad de Dios, porque el hombre como tal es propiedad de Dios.
Por consiguiente, el hombre no es el dueño de la vida; es, más bien, su custodio y administrador. Y bajo la primacía de Dios automáticamente nace esta prioridad de administrar, de custodiar la vida del hombre, creada por Dios. Sin embargo, hoy proliferan nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser humano, a la vez que se va delineado y consolidando una nueva situación cultural que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito y podría decirse más inicuo, ocasionando ulteriores y graves preocupaciones: amplios sectores de la opinión pública justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual.
La vida humana es el fundamento de todos los bienes, la fuente y condición necesaria de toda actividad humana y de toda convivencia social. Si la mayor parte de los hombres creen que la vida tiene un carácter sagrado y que nadie puede disponer de ella a capricho, los creyentes hemos de ver a la vez en ella un don del amor de Dios, que somos llamados a conservar y hacer fructificar. De esta última consideración brotan las siguientes consecuencias:
1. Nadie puede atentar contra la vida de un hombre inocente sin oponerse al amor de Dios hacia él, sin violar un derecho fundamental, irrenunciable e inalienable, sin cometer, por ello, un crimen de extrema gravedad.
2. Todo hombre tiene el deber de conformar su vida con el designio de Dios. Esta le ha sido encomendada como un bien que debe dar sus frutos ya aquí en la tierra, pero que encuentra su plena perfección solamente en la vida eterna.
3. La muerte voluntaria o sea el suicidio es, por consiguiente, tan inaceptable como el homicidio y el suicidio; el aborto o la eutanasia; semejantes acciones constituyen, en efecto, por parte del hombre, el rechazo de la soberanía de Dios y de su designio de amor.
Esta es la luminosa conciencia que tenía San Pablo cuando en la Carta a los Romanos de la segunda lectura escribía: “sea que vivamos, sea que muramos, somos del Señor”. La conclusión es que la identidad del hombre es la del ser un don; proviene de Dios, que es amor donante, y su ser más profundo es ser un don. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos" (Romanos 14,7-8). Nuestra vida, lo que somos y tenemos, son propiedad del Señor. El ha puesto en nuestras manos este don y este misterio, del cual somos administradores, y del cual, al final de la vida daremos cuentas a Dios.