sábado, 19 de noviembre de 2011

Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo


NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (1Cor 15, 20-26.28)
Cristo le entregará el reino a su Padre para que Dios sea todo en todas las cosas
Hoy es el último domingo del Año Litúrgico, el cual finaliza celebrando a Cristo como Rey del Universo. Las Lecturas nos invitan a reflexionar sobre el establecimiento del Reinado de Cristo en el mundo.
La segunda lectura (1 Cor. 15, 20-28), en la que nos vamos a fijarnos, nos habla del momento del establecimiento del Reino de Cristo. Nos habla de que su resurrección es primicia de la nuestra. Nos habla, también, de que en el momento de su venida, Cristo aniquilará todos los poderes del Mal, someterá a todos bajo sus pies, para luego entregar su Reino al Padre. Y así Dios será todo en todas las cosas. Tres puntos:
1º.) El momento del establecimiento del Reino de Cristo. El Reino de Dios se inicia en este mundo y tendrá su plenitud cuando Cristo venga al final de los tiempos. En efecto, el Reino de los cielos ha sido inaugurado en la tierra por Cristo. “Se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo” (LG 5).
El misterio de la realeza de Cristo se establece en el corazón del hombre, en las familias, sin ruido, con la fuerza de la gracia y la constancia de la misericordia, crece día tras día en el corazón de los creyentes, librándolos del egoísmo y del pecado y abriéndolos a la obediencia de la fe, así como a la entrega generosa de sí mismos en la caridad.
El reino de Cristo es, por consiguiente, el reino de la consolación y la paz, que libera al hombre de todas sus angustias y temores, y lo introduce en la comunión con el Padre celeste. Se trata de un reino que comienza ya aquí, en la tierra, pero que tendrá su cumplimiento pleno en el cielo, cuando Cristo le entregue el reino a su Padre para que Dios sea todo en todas las cosas.
2º.) La resurrección de Jesús es primicia de la nuestra. San Pablo pone de relieve la vinculación entre la resurrección de Cristo y la nuestra, sobre todo en su Primera Carta a los Corintios; pues escribe: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron... Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1 Co 15, 20-22). “En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que este ser mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ‘La muerte ha sido devorada en la victoria’” (1 Co 15, 53-54). “Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo” (1 Co 15, 57).
3º.) En el momento de su venida, Cristo aniquilará todos los poderes del Mal, someterá a todos bajo sus pies, para luego entregar su Reino al Padre. La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás (cf. Mt 12, 26): "Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12, 28). Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios (cf Lc 8, 26-39). Anticipan la gran victoria de Jesús sobre “el príncipe de este mundo” (Jn 12, 31). Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: Regnavit a ligno Deus (“Dios reinó desde el madero de la Cruz”, [Venancio Fortunato, Hymnus "Vexilla Regis": MGH 1/4/1, 34: PL 88, 96]) (CIgC 550).
Con Cristo, vencedor sobre las potestades adversarias, también nosotros participaremos en la nueva creación, la cual consistirá en una vuelta definitiva de todo a Aquel del que todo procede. “Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos” (1 Co 15, 28).
Por tanto, debemos estar convencidos de que “somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo” (Flp 3, 20). Aquí abajo no tenemos una ciudad permanente (cf. Hb 13, 14). Al ser peregrinos, en busca de una morada definitiva, debemos aspirar, como nuestros padres en la fe, a una patria mejor, “es decir, a la celestial” (Hb 11, 16).
El Papa Pío XI al establecer esta Fiesta quería que el Reinado de Cristo -comenzando por cada uno de nosotros los Católicos- se extendiera de cada individuo a cada familia, de cada familia a la sociedad, de la sociedad a las naciones, de las naciones al mundo entero. Esa es nuestra obligación como súbditos de Cristo, Rey del Universo. Que María, Madre del Redentor haga que tu Hijo, Rey del universo y de la historia, reine en nuestra vida, en nuestras comunidades y en el mundo entero.

sábado, 12 de noviembre de 2011

XXXIII Domingo TO/A Homilía sobre la segunda lectura


XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario/A (1Tes 5, 1-6)
Si el domingo pasado san Pablo nos decía; “A los que mueren en Jesús, Dios los llevará con Él”; y ahora nos advierte: “Que el día del Señor no los sorprenda como un ladrón. Al final del año litúrgico, la Iglesia nos invita pensar en el final de nuestra vida, nos invita a prepararnos para acoger al Señor que vendrá. Así, en la segunda lectura san Pablo nos invita a vivir preparados para cuando el señor nos llame: “…no vivamos dormidos, como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente”.
El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta advertencia de san Pablo adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. “Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela” (Ap 16,15).
El domingo pasado decíamos que “nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida: “Acuérdate de tu Creador en tus días mozos [...], mientras no vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio” (Qo 12, 1. 7) (CIgC 1007).
Ante el acontecimiento de su venida última y ante la ignorancia sobre la hora o día, el Señor enseña que sólo cabe una actitud sensata: velar y estar preparados en todo momento. Y para insistir más aún en la necesidad de este estar preparados el Señor pone a sus discípulos otra comparación: «si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón estaría vigilando y no lo dejaría asaltar su casa». Del mismo modo, el saber que vendrá y la ignorancia del momento mueven a una persona sensata a mantenerse siempre vigilante.
También el apóstol Pablo invita a los creyentes con insistencia a estar preparados en varias de sus cartas. El suyo es un llamado a “despertar del sueño” dado que «la noche está avanzada» y «se acerca el día». Este “pasar de las tinieblas a la luz” se realiza mediante un esfuerzo serio de conversión que consiste en un proceso simultáneo de despojamiento y revestimiento. De lo que hay que despojarse es de las obras de las tinieblas como los son las orgías y borracheras, las lujurias y lascivias, las rivalidades, pleitos y envidias. De lo que hay que revestirse en cambio es de las armas de la luz, más aún, hay que “revestirse” interiormente de Cristo mismo.
San Gregorio dice que el Señor “Viene cuando nos llama a juicio, pero llama cuando da a conocer por la fuerza de la enfermedad que la muerte está próxima. Y le abrimos inmediatamente si lo recibimos con amor. No quiere abrir al juez que llama el que teme la muerte del cuerpo y se horroriza de ver a aquel juez a quien se acuerda que despreció. Pero aquel que está seguro por su esperanza y buenas obras, abre inmediatamente al que llama porque cuando conoce que se aproxima el tiempo de la muerte, se alegra por la gloria del premio. Por esto añade: ‘Bienaventurados aquellos siervos, que hallare velando el Señor, cuando viniere’. Vigila aquel que tiene los ojos de su inteligencia abiertos al aspecto de la luz verdadera, el que obra conforme a lo que cree y el que rechaza de sí las tinieblas de la pereza y de la negligencia”.
Y, por su parte, San Cirilo: añade que “Así pues, cuando venga el Señor y encuentre a los suyos despiertos y ceñidos, teniendo la luz en su corazón, entonces los llamará bienaventurados”. Por tanto, en toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, “perseverar hasta el fin” y obtener el gozo del Cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que “todos los hombres se salven” (1Tim 2,4).
Santa Teresa de Jesús al respecto enseña: “Espera estar en la gloria del Cielo unida a Cristo, su esposo: “Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin”. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

LECCIONES DE APOLOGÉTICA


LECCIONES DE APOLOGÉTICA
APRENDE A VIVIR, DIFUNDIR Y DEFENDER TU FE
¡Ser discípulos misioneros!
LO QUE PIERDE UN CATÓLICO QUE SE HACE PROTESTANTE
Es tanto, tanto lo que pierde un católico que se hace protestante, que apenas si podemos dejar consignada una mínima parte de ello en este número de formación cristiana católica. Y conste que no buscamos una crítica destructiva contra ninguna denominación religiosa, sino que es una postura desde la Verdad de la Revelación en la Biblia y en la santa Tradición Apostólica; porque una cosa es criticar y calumniar como lo hacen ellos con los cristianos católicos, hablar sin fundamento, y otra cosa es ser críticos, fundamentados en la Verdad de la Revelación de Dios al hombre.
1. PIERDE, LOS SACRAMENTOS
Perder los sacramentos es la pérdida más grande de un católico al hacerse protestante: ha perdido ¡EL ORO de la religión de Cristo! por no haber entendido lo que son los Sacramentos, su excelencia, la gran necesidad que de ellos tenemos para poder seguir la Moral de Cristo.
Por su ignorancia religiosa se fueron sin haber conocido su fe, pues no se dieron cuenta de que los Sacramentos son el medio de que se valió Nuestro Señor para confortarnos, para que estemos con El, para ayudarnos a ser buenos y santos.
Los sacramentos fueron instituidos por Cristo
Todos los sacramentos fueron instituidos por Cristo. Él determinó la gracia y el signo sensible correspondiente para cada uno de ellos. Los 7 sacramentos corresponden a las diferentes etapas de la vida de un cristiano: nacimiento, crecimiento, curación y la misión que cada cristiano tiene. Y en cierto modo, existe una semejanza entre las etapas de la vida natural y la vida espiritual (Cfr. S. Tomás de Aquino, S. Th 3, 65, 1).
Aunque en ninguna parte de la Biblia encontramos un texto que hable de todos ellos juntos, encontramos diferentes pasajes que hablan de ellos de manera clara y explícita, veamos:
Bautismo: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 29). “Y les dijo: Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la Creación. El que crea y sea bautizado, se salvará, el que no crea, se condenará.” (Mc 16, 15-16).
Confirmación: “Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (He 8, 17; 19, 6).
Eucaristía: “Mientras estaban cenando, tomó Jesús el pan, y lo bendijo, lo partió, y dándoselo a sus discípulos, dijo: ‘Tomen, coman, este es mi cuerpo. Tomó luego una copa y, dadas las gracias se la dio, diciendo ‘Beban todos de ella’.” (Mt 26, 26-27), porque esta es mi sangre.
Reconciliación: “Yo les aseguro: todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo”. (Mt 18, 18). “A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengan, les quedaran retenidos” (Jn. 20, 23)
Unción de los Enfermos: “expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y se curaban” (Mc 6, 13). “¿Está enfermo alguno entre ustedes? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor”. (Sant 5, 14)
Orden sacerdotal: al final de la última Cena dijo Hagan esto en conmemoración mía. Y este testimonio: “No descuides el carisma que hay en ti, que se comunicó por intervención profética mediante la imposición de manos del colegio de presbíteros”. (1Tim 4, 14)
Matrimonio: “De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mt 19, 6). “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo con respecto a Cristo y a su Iglesia”. (Ef. 5, 31-32)
Por consiguiente, los sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios, pero como signos, también tienen un fin pedagógico. No sólo suponen la fe, sino que a la vez la alimentan, la robustecen y la expresan por medio de palabras y cosas; por esto se llaman sacramentos de la fe. Confieren ciertamente la gracia, pero también la celebración prepara perfectamente a los fieles para recibir con fruto la misma gracia, rendir el culto a Dios y practicar la caridad.
Todos estos dones, que recibimos en los sacramentos, los han dejado de recibir los que han dejado de ser cristianos católicos, llamados a ser apóstoles y a vivir en comunión. Los evangélicos no reconocen los sacramentos instituidos por Jesucristo por los cuales El se hace presente entre nosotros. Lo más grave es que no tienen el sacramento del perdón y de la Eucaristía. Aunque creen en el matrimonio como designio de Dios, no lo tienen como sacramento. Desde luego no tienen sacerdotes porque no tienen el sacramento del Orden sacerdotal…
2. RENUNCIARON A TENER A MARIA POR MADRE
Malamente, los que se han separado de la Iglesia católica, por haberse salido de ella antes de conocerla, piensan que los católicos “adoramos” a María y a los santos en sus imágenes, pero sabemos que no es así. En la Iglesia católica no veneramos las imágenes, sino a las personas que representan las imágenes, y a las imágenes, las valoramos y apreciamos por lo que representan.
En la Iglesia Dios manda alabar a María. El ángel Gabriel enviado por Dios saludó a María con estas palabras: “Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo” (Lc 1,28). Dios Padre ha querido asociar a María a la realización de su Plan de Redención: María está asociada a la obra de su Hijo, el Señor Jesús. No es un simple capricho o exageración el reconocer la maternidad divina de María. El misterio de María está íntimamente unido al misterio de su Hijo. En Ella “todo está referido a Cristo”, subordinado a Él. María no tiene naturaleza divina y todos sus dones le vienen por los méritos de su Hijo, y no por ello deja de ser una mujer única, con dones únicos, para una misión muy particular en la historia de la salvación.
Las objeciones contra la Santísima Virgen María provienen de algunas tendencias fundamentalistas cristianas, principalmente los Evangélicos, los cuales tratan de minimizar el culto a la Virgen, como si la gloria de la Madre fuera en detrimento de la gloria del Hijo.
Nuestro culto a la Santísima Virgen María no disminuye nuestro culto a Cristo, sino que lo acrecienta, pues la Madre siempre nos lleva al Hijo: “Hagan todo lo que El les mande” (Jn. 2, 5).
El poder intercesor de la Santísima Virgen María, lo han perdido los católicos que se han hecho protestantes. Y han perdido la maternidad de María, la Virgen, a la que Cristo nos dio por Madre, cuando crucificado en el Calvario le dijo: Mujer, ahí tienes a tu Hijo (Jn.19, 26), y a pesar de leer esto en sus propias Biblias, los protestantes no la quieren por Madre.

PERDIERON EL CULTO A LA MADRE DE DIOS Y A LOS SANTOS
Dentro del culto especial que los Católicos rendimos a los Santos está, principalmente, su imitación. La intención de la Iglesia al presentarnos a los Santos canonizados es para que imitemos su forma de relacionarse con Dios y sigamos su ejemplo y sus consejos.
La imitación es un principio contenido en la Biblia. No sólo San Pablo aconsejaba que se le imitara a él en su seguimiento de Cristo y a que se siguieran las enseñanzas que trasmitía (Cfr. 1 Cor. 11, 1-2), sino que también recomendó imitar a los guías espirituales que habían ya muerto y que eran considerados dignos de ejemplo: “miren cómo terminaron su vida e imiten su fe” (Hb. 13, 7).
Así como la Virgen María, los Santos siguen intercediendo en el Cielo por nosotros. En efecto, san Juan en el Apocalipsis expresamente nos hace saber que esto es así, cuando nos describe a los Santos ofreciendo nuestras oraciones a Dios. Los describe como “los veinticuatro ancianos” (los guías del pueblo de Dios en el Cielo) “que tenían en sus manos arpas y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos” (Ap. 5, 8). Así que los Santos, aquellos seres humanos que nos han precedido en la gloria eterna, interceden por nosotros ante Dios de manera activa y continua.
Como el protestantismo no es una Religión Sobrenatural, no puede producir Santos. De aquí el odio que tienen por las Imágenes, las que combaten de cuantas maneras pueden.
3. APAGARON LA BÍBLICA ORACIÓN DEL SANTO ROSARIO
Desde siempre, María de Nazaret, ha sido el centro de la vida espiritual de los discípulos de Jesús, después de Él, que es la Puerta, el primero y el último, el centro y fin de la historia. Y Con el rosario el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con “la oración del corazón” u “oración de Jesús”.
La las oraciones que se rezan en el Rosario, tienen su origen en la Biblia, a excepción de algunas palabras o frases, compuestas por la Iglesia. Por ejemplo, la primera mitad del Ave María es textualmente bíblica. La segunda mitad no viene directamente de la Sagrada Escritura, pero su significado es enteramente bíblico: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”.
4. SE OLVIDARON DE QUE HAY INFIERNO
Respecto del Infierno hay errores muy difundidos entre los que han dejado de ser católicos: unos creen que el Infierno no existe. Otros creen que sí existe, pero que allí no va nadie, aduciendo que Dios es infinitamente bueno. Pero no hay que olvidar que Dios es, al mismo tiempo, infinitamente justo.
El infierno es un estado que corresponde, en el más allá, a los que mueren en pecado mortal y enemistad con Dios, habiendo perdido la gracia santificante por un acto personal, es decir, inteligente, libre y voluntario.
Jesucristo habla de lo que es el infierno y vino al mundo para librarnos de ese castigo, a enseñarnos el camino para llegar al Cielo. Por otra parte, si el infierno no existiera, ¿qué sentido tendría la salvación? ¿A qué hubiera venido Jesús al mundo? ¿A salvarnos de qué?
5. PERDIERON EL SENTIDO DE LA UNIDAD Y DE LA AUTORIDAD
Desconocer la autoridad del Papa es no aceptar las Escrituras en su totalidad y, a la vez, desconocer la intención de Jesús de fundar su Iglesia, la Iglesia Católica. Como es imposible no aceptar que los Papas son sucesores directos de San Pedro, el primer Papa, entonces se trata de demostrar que Cristo no edificó su Iglesia sobre Pedro. Hay suficiente evidencia en el Nuevo Testamento de que Pedro era el primero en autoridad entre los Apóstoles. Y por otra parte, los Padres de la Iglesia, aquellos cristianos más cercanos a los Apóstoles en tiempo, cultura y preparación teológica, entendieron en forma clara que Jesús prometió construir su Iglesia sobre Pedro.
Así, al no aceptar este plan de Cristo, los no católicos se han proliferado en miles de grupos, creyendo cada uno lo que mejor le conviene.
6. PERDIERON EL PURGATORIO Y LA ORACIÓN POR LOS DIFUNTOS
Esta doctrina es impugnada por los protestantes, porque, dicen, la palabra Purgatorio no aparece en la Biblia. A esta cuestión podemos responder que, ciertamente la palabra literal no aparece en la Biblia, pero no por eso se puede descartar su existencia, pues a pesar de no aparecer los términos en la Sagrada Escritura, sí aparece la realidad de lo que significan en la Biblia. En II Macabeos nos muestra que el pueblo hebreo creía en un estado intermedio, ni Cielo, ni Infierno eterno, al narrarnos que después de sepultar a los caídos, los soldados de Judas Macabeo “rezaron al Señor para que perdonara totalmente ese pecado a sus compañeros muertos”.
7. LA BIBLIA Y LA TRADICIÓN
Después de esto podemos decir que la revelación divina ha llegado hasta nosotros por la Tradición Apostólica y por la Sagrada Escritura. No debemos considerarlas como dos fuentes, sino como dos aspectos de la Revelación de Dios. La Tradición y la Escritura están unidas y ligadas, de modo que ninguna puede subsistir sin la otra.
La Sagrada Escritura presenta la Tradición como base de la fe del creyente: “Todo lo que han aprendido, recibido y oído de mí, todo lo que me han visto hacer, háganlo” (Fil.4,9); “Lo que aprendiste de mí, confirmado por muchos testigos, confíalo a hombres que merezcan confianza, capaces de instruir después a otros” (2. Tim 2, 2)…
Es un error creer que basta la Biblia para nuestra salvación. Esto nunca lo ha dicho Jesús y tampoco está escrito en la Biblia. Jesús nunca escribió un libro sagrado, ni repartió ninguna Biblia. Lo único que hizo Jesús fue fundar su Iglesia y entregarle su Evangelio para que fuera anunciado a todos los hombres hasta el fin del mundo. Fue dentro de la Tradición de la Iglesia donde se escribió y fue aceptado el N.T., bajo su autoridad apostólica. Además la Iglesia vivió muchos años sin el N.T., el que se terminó de escribir en el año 97 después de Cristo.
Por tanto, si aceptamos solamente la Biblia, ¿cómo sabemos cuáles son los libros inspirados? La Biblia, en efecto, no contiene ninguna lista de ellos. Fue la Tradición de la Iglesia la que nos transmitió la lista de los libros inspirados. Los evangélicos, al aceptar solamente la Biblia, están reduciendo considerablemente el conocimiento auténtico de la Revelación Divina. Guardemos esta ley de oro que nos dejó el apóstol Pablo: “Manténganse firmes guardando fielmente la Tradiciones que les enseñamos de palabra y por carta” (2 Te 2, 15).
En conclusión, expuesto brevemente lo anterior, cabe preguntar ¿en cambio de haber perdido tanto, tantísimo, qué es lo que ha ganado un católico que se ha hecho protestante? Por tanto, es falso que los protestantes conozcan bien la Biblia, pues tuercen lo que ella dice. Por otra parte, ¡a cuántas cosas los invita y compromete su pastor!
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lunes, 7 de noviembre de 2011

XXXII Semana Reflexiones del evangelio de cada día


XXXII Semana
Lunes
Lucas 17, 1-6
“Si tu hermano te ofende siete veces al día, y siete veces viene a ti para decirte que se arrepiente, perdónalo”. El cristiano, por tanto, está llamado a amar y a perdonar según una medida que trasciende toda medida humana de justicia y produce una reciprocidad entre los seres humanos, que refleja la existente entre Jesús y el Padre (cf. Jn 13,34s; 15,1-11; 17,21-26).
A sus discípulos Jesús les pide estar siempre dispuestos a perdonar a cuantos les hayan ofendido, así como Dios mismo ofrece siempre su perdón: “Perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6,12.12-15). Quien se halla en grado de perdonar al prójimo demuestra haber comprendido la necesidad que personalmente tiene del perdón de Dios. El discípulo está invitado a perdonar “hasta setenta veces siete” a quien le ofende, incluso aunque éste no pidiera perdón (Mt 18,21-22).
Sabemos que somos ante Dios insolventes ante nuestras deudas, nuestras culpas. Por eso su perdón no conoce límites. En el lenguaje oriental, es menester perdonar “hasta siete veces siete”. Es perdón sin barreras. En la lógica del Sermón de la Montaña la indulgencia ha de cubrir a los mismos enemigos. Hay que ofrecer la otra mejilla y dar el manto a quien pide túnica. Es el golpe certero del amor indulgente contra la tentación del odio y contra todas las formas de violencia.
Que por la intercesión de Nuestra Madre, la virgen María, sepamos hacer de cada Eucaristía una celebración de hombres y mujeres reconciliados y pues de Ella nace el perdón, en el compartir un mismo Pan y un mismo Cáliz.

Martes
Lucas 17, 7-10
“No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”. En estas palabras que hemos escuchado en el Evangelio, Jesús nos plantea una pregunta que no es posible evitar: ¿Realmente estamos haciendo lo que debemos?
Juan Pablo II decía que el cristiano sabe que, junto con los demás ciudadanos, tiene una responsabilidad muy precisa con respecto al destino de su patria y a la promoción del bien común. La fe impulsa siempre al servicio de los demás, de los compatriotas, considerados como hermanos. Y no puede haber testimonio eficaz sin una fe profundamente vivida, sin una vida enraizada en el Evangelio e impregnada de amor a Dios y al prójimo a ejemplo de Jesucristo.
Para el cristiano dar testimonio quiere decir revelar a los demás las maravillas del amor de Dios, construyendo en unión con sus hermanos el Reino, del que la Iglesia “constituye el germen y el comienzo” (LG, 5).
“… Somos siervos inútiles...”. La fe no busca cosas extraordinarias, sino que se esfuerza por ser útil, sirviendo a los hermanos desde la perspectiva del Reino. Su grandeza reside en la humildad: “Somos siervos inútiles...”. Una fe humilde es una fe auténtica. Y una fe auténtica, aunque sea pequeña “como un grano de mostaza”, puede realizar cosas extraordinarias (Juan Pablo II).
San Beda afirma que “Somos siervos porque hemos sido comprados por precio; inútiles porque el Señor no necesita de nuestras buenas acciones, o porque no son condignos los trabajos de esta vida para merecer la gloria; así la perfección de la fe en los hombres consiste en reconocerse imperfectos después de cumplir todos los mandamientos”.



Miércoles: Basílica de Letrán
Juan 2, 13-22
“Jesús hablaba del templo de su cuerpo”. Hoy celebramos la dedicación de la Basílica de Letrán, es la catedral del Obispo de Roma, el Papa. En esta solemnidad la liturgia nos propone lecturas relativas al templo. El Señor en el Evangelio habla del templo de su cuerpo. Nosotros somos el templo vivo y verdadero de Dios.
La realidad visible de un templo de piedra nos lleva a reflexionar sobre aquel otro templo que somos nosotros mismos. En efecto, Benedicto XVI, nos dice que “la iglesia-edificio es signo concreto de la Iglesia-comunidad, formada por las 'piedras vivas', que son los creyentes, imagen tan querida a los Apóstoles. San Pedro y San Pablo ponen de relieve cómo la 'piedra angular' de este templo espiritual es Cristo y que, unidos a Él y bien compactos, también nosotros estamos llamados a participar en la edificación de este templo vivo".
Todos nosotros… después del Bautismo nos convertimos en templos de Cristo. Y, si pensamos con atención en lo que atañe a la salvación de nuestras almas, tomamos conciencia de nuestra condición de templos verdaderos y vivos de Dios. Dios habita no sólo en templos levantados por los hombres ni en casas hechas de piedra y de madera, sino principalmente en el alma hecha a imagen de Dios y construida por Él mismo, que es su arquitecto. Por esto dice el apóstol Pablo: El templo de Dios es santo: ese templo son ustedes.
Por tanto, por amor a Dios debemos arrojar también nosotros, del templo que somos nosotros mismos, a todos aquellos ‘mercaderes’ y ‘cambistas’ que son nuestros vicios y pecados, con el mismo celo que mostró el Señor.

Jueves
Lucas 17, 20-25
“El Reino de Dios ya está entre ustedes”. La presencia de Jesús y el anunciar de su Evangelio es la realización del reino de Dios en el corazón del hombre: a lo largo de todo el desarrollo de su misión el reino nace y se desarrolla ya en el tiempo, como germen inserto en la historia del hombre y del mundo. Esta realización del reino tiene lugar mediante la palabra del Evangelio y mediante toda la vida terrena del Hijo del hombre, coronada en el misterio pascual con la cruz y la resurrección.
Si en Cristo el Reino de Dios ‘está cerca’ -es más, está presente- de manera definitiva en la historia del hombre y del mundo, al mismo tiempo, su cumplimiento sigue perteneciendo al futuro. Por tanto, el Reino de Dios está cerca, pero aún no se ha realizado plenamente; por eso, unidos a Cristo pidamos todos al Padre: “Venga a nosotros tu reino”(Mt 6, 10).
El librito de la imitación de Cristo en el 1 nos dice qué hemos de hacer para que este Reino de establezca en nuestro corazón, para que el Reino de Dios esté entre nosotros: “… Aprende a menospreciar los intereses exteriores, entrégate a los interiores y verás que el Reino de Dios llega a ti. Porque el Reino de Dios es paz y alegría con el Espíritu Santo (Rm 14,17) que no se da a los faltos de piedad.
Cuando Cristo venga a ti, te mostrará su amor siempre que encuentre allí dentro un hogar preparado. Todo esplendor y belleza se encuentra dentro y ahí le gusta entrar. Frecuentemente visita a la persona de vida interior le conversa suavemente, le manifiesta su afecto, mucha paz y maravillosa intimidad.

Viernes
Lucas 17, 26-37
“Lo mismo sucederá el día en que el Hijo del hombre se manifieste”. Es decir, así sucederá en el fin del mundo, puesto que no concluirá éste antes que todos los hombres buenos y justos sean separados de malos e impíos.
El fin del mundo es muy probable que sea para cada uno de nosotros la hora de nuestra muerte. Hoy podemos preguntarnos: ¿Soy consciente de que detrás de mi muerte está Cristo? ¿Cómo me presentaré ante Él? ¿Cómo estar preparado para ese momento crucial en el que se define mi eternidad? “Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan por la vida libertina, por las borracheras y las preocupaciones de la vida” (Lc 21,34). Sólo quien está despierto no será tomado de sorpresa.
Que no les suceda –advierte Jesús- lo que pasó en tiempo de Noé o en tiempo de Lot, cuando los hombres comían y bebían despreocupadamente, y el diluvio los encontró desprevenidos (cf. Mt 24, 37-38). Lo que quiere darnos a entender el Señor con esta recomendación es que no debemos dejarnos absorber por las realidades y preocupaciones materiales hasta el punto de quedar atrapados en ellas. Debemos vivir ante los ojos del Señor con la convicción de que cada día puede hacerse presente. Si vivimos así, el mundo será mejor.
San Gregorio Magno: Los que aman a Dios se regocijan al ver llegar el fin del mundo, porque encontrarán pronto aquella patria que aman, cuando haya pasado aquel mundo al que no se sienten apegados. Quiera Dios que ningún fiel que desea ver a Dios se queje de las pruebas de este mundo, ya que no ignora la caducidad de este mundo. En efecto, está escrito: “El que ama a este mundo es enemigo de Dios”. Aquel, pues, que no se alegra de ver llegar el fin de este mundo es su amigo y por lo tanto, enemigo de Dios. No será así entre los fieles, entre aquellos que creen que hay otra vida y que manifiestan por sus obras que la aman.
Sábado
Lucas 18, 1-8
“Dios hará justicia a sus elegidos que claman a él”. Luego de afirmar la necesidad de la oración continua y de la perseverancia en la misma, y en vistas a “aquel día”, el Señor ofrece una parábola para salir al paso de aquellos que piensan que Dios no hace justicia a pesar de sus súplicas. Quien así piensa, corre el peligro de abandonar la oración y, como consecuencia, perder la fe.
La viuda de la parábola no tenía cómo “comprar” al juez corrupto, un hombre cínico que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Por más que la causa de esta viuda fuera justa, al juez no le interesaba perder el tiempo con ella. Con un juez así ninguna viuda tenía las de ganar. Sin embargo, ante una situación tan desalentadora, ella persevera en su súplica día tras día hasta que el juez decide hacerle justicia para liberarse de la continua molestia. Es así como por su insistencia y persistente súplica la viuda obtuvo justicia.
De esta parábola el Señor Jesús saca la siguiente conclusión: si aquel juez inicuo le hizo justicia a la viuda por su terca e insistente súplica, “Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?”. Ante la tentación del desfallecimiento por una larga espera, ante las duras pruebas e injusticias sufridas día a día, los discípulos deben perseverar en la oración y en la súplica, con la certeza de que Dios “les hará justicia sin tardar” y les dará lo que en justicia les pertenece (ver Lc 16,12).
El Señor Jesús da a entender que la fidelidad de Dios y el cumplimiento de sus promesas están garantizados. La gran pregunta más bien es si los discípulos mantendrán la fe durante la espera y las pruebas que puedan sobrevenirles: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esa fe sobre la tierra?”
San Agustín enseña que “La perseverancia del que ruega debe durar hasta que se consiga lo que se pida en presencia del Justo Juez. Por tanto, deben estar bien seguros los que ruegan a Dios con perseverancia, porque Él es la fuente de la justicia y de la misericordia”.

sábado, 5 de noviembre de 2011

XXXII Domingo TO/A Homilía sobre la segunda lectura


XXXII Domingo del Tiempo Ordinario/A (1Tes 4, 13-18)
A los que mueren en Jesús, Dios os llevará con Él
En la Segunda Lectura (1 Tes 4, 13-18) San Pablo nos muestra en qué consiste la muerte para los creyentes. A la luz de Dios, la muerte no es motivo para “vivir tristes, sino para vivir en esperanza”, pues la muerte es el paso necesario para el encuentro definitivo con el Señor. Por esto San Pablo nos dice: “a los que murieron en Jesús, Dios los llevará con Él”. Dios nuestro Señor nos llevará a esa meta que El nos ha prometido: el Reino de los Cielos. Eso sí: siempre y cuando hagamos lo requerido por El.
Sabemos que la muerte forma parte de la condición humana; es el momento terminal de la fase histórica de la vida. En la concepción cristiana, la muerte es un paso: de la luz creada a la luz increada, de la vida temporal a la vida eterna.
Ahora bien, si la persona y la enseñanza de Cristo es la fuente de la que el cristiano recibe luz y energía para vivir como hijo de Dios, ¿a qué otra fuente se dirigirá para sacar la fuerza necesaria para morir de modo coherente con su fe? Como ‘vive en Cristo’, así no puede menos de ‘morir en Cristo’. Y estar dispuestos a morir por Cristo supone la decisión de aceptar con generosidad y coherencia las exigencias de la vida cristiana; es decir, significa vivir para Cristo.
Pero ¿Qué significa "morir en Cristo"? Significa ante todo, leer el evento desgarrador y misterioso de la muerte a la luz de la enseñanza del Hijo de Dios y verlo, por ello, como el momento de la partida hacia la casa del Padre, donde Jesús, pasando también Él a través de la muerte, ha ido a prepararnos un lugar (cf. Jn 14, 2).
“Morir en Cristo” significa, además, confiar en Cristo y abandonarse totalmente a Él, poniendo en sus manos -de hermano, de amigo, de buen Pastor- el propio destino, así como Él, muriendo, puso su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46). Significa cerrar los ojos a la luz de este mundo en la paz, en la amistad, en la comunión con Jesús, porque nada, "ni la muerte ni la vida... podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rm 8, 38-39). En aquella hora suprema, el cristiano sabe que, aunque el corazón le reproche algunas culpas, el Corazón de Cristo es más grande que el suyo y puede borrar toda su deuda si él está arrepentido (cf. 1 Jn 3, 20).
“Morir en Cristo” significa también, fortificarse para aquel momento decisivo con los ‘signos santos’ del ‘paso pascual’: el sacramento de la Penitencia, que nos reconcilia con el Padre y con todas las creaturas; el santo Viático, Pan de vida y medicina de inmortalidad; y la Unción de los enfermos, que da vigor al cuerpo y al espíritu para el combate supremo.
“Morir en Cristo” significa, finalmente, “morir como Cristo” orando y perdonando; teniendo junto a sí a la bienaventurada Virgen. Como madre, Ella estuvo junto a la cruz de su Hijo (cf. Jn 19, 25); como madre está al lado de sus hijos moribundos, Ella que, con el sacrificio de su corazón, cooperó a engendrarlos a la vida de la gracia (cf. Lumen gentium, 53); está al lado de ellos, presencia compasiva y materna, para que del sufrimiento de la muerte nazcan a la vida de la gloria.
De cara a la muerte san Ignacio de Antioquía decía: “Para mí es mejor morir en Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a Él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima [...] Dejadme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre” (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos 6, 1-2).
Por esto, la Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte (“De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor”: Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros “en la hora de nuestra muerte” (Avemaría), y a confiarnos a san José, patrono de la buena muerte: “Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieras de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado (preparado), ¿cómo lo estarás mañana?” (De imitatione Christi 1, 23, 1) (CIgC 1014).

lunes, 31 de octubre de 2011

XXXI Semana Reflexiones del evangelio de cada día


XXXI Semana
Lunes
Lucas 14,12-14
“No invites a tus amigos, sino a los pobres”. Esto es lo que el Señor propone al que lo había invitado a comer, para que los pobres lo reciban “cuando resuciten los justos”. San Beda enseña que el Señor “No prohíbe como un delito que se convide a los hermanos, a los amigos y a los ricos, pero manifiesta que, como los otros comercios de la necesidad humana, de nada nos aprovecha para obtener la salvación. Por esto añade: “No sea que te vuelvan ellos a convidar y te lo paguen”. No dice que se pecará. Y esto se parece a lo que dice en otro lugar (Lc 6,36): “¿Y si hacen beneficios a los que se los hacen, en qué consistirán sus méritos?”.
Por esto, san Antonio invita repetidamente a los fieles a pensar en la verdadera riqueza, la del corazón, que haciéndonos ser buenos y misericordiosos nos hace acumular tesoros para el cielo. "Oh ricos —así los exhorta— hagan amigos... a los pobres, acójanlos en sus casas: luego serán ellos, los pobres, quienes los acogerán en los tabernáculos eternos, donde existe la belleza de la paz, la confianza de la seguridad, y la opulenta serenidad de la saciedad eterna” (ib., p. 29).
Por consiguiente, si algún hombre ha dado alimento o vestido a los pobres como limosna en el nombre de Cristo, escuchará estas palabras consoladoras en el Día del Juicio: “Tuve hambre, y me diste de comer... estaba desnudo, y me vestiste”, recibe, por lo tanto, mi Reino eterno.
Martes
Mateo 5,1-12ª
“Estén alegres y contentos, porque su recompensa será grande en el cielo”. Inicia el Señor su “sermón” proclamando “dichosos” o “bienaventurados” a los pobres en el espíritu, a los que lloran, a los sufridos, a los que tienen hambre y sed de la justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los que trabajan por la paz, a los perseguidos por causa de la justicia, por causa del Señor.
El discípulo está llamado a santificarse en Cristo, participando de su misma vida y destino. El discípulo debe aprender del Maestro. Él, que promulgó las Bienaventuranzas, es al mismo tiempo su Modelo supremo. Se santifican aquellos que, escuchando y siguiendo al Señor, asumen las Bienaventuranzas como programa de vida. Por tanto, la fiesta de todos los santos nos recuerda que también a nosotros Dios nos llama a ser santos: “santifíquense y sean santos, pues yo soy santo” (Lev 11,44; ver Mt 5,48).
Ante esta invitación más de uno puede preguntarse con escepticismo: “¿Yo, santo?”. Muchos se dicen a sí mismos: No puedo, siempre caigo en lo mismo”. Otros, envueltos en las múltiples fascinaciones del mundo, no entienden qué pueda tener de atractivo un ideal así: “¿Ser santo? ¡Qué aburrido! ¡Me perdería demasiadas cosas!”.
Lo cierto es que el llamado a ser santo, a ser santa, es un llamado hecho a pecadores. Nadie nace santo. Por más pecador que seas, tú estás llamado a ser santo. ¿Que eres muy frágil y siempre caes en lo mismo? Pues te respondo que santo no es aquel o aquella que nunca cae, sino quien siempre se levanta, quien una y otra vez, tercamente, pide perdón al Señor y vuelve a la batalla, renovándose en sus propósitos. Santo es aquel que a pesar de caer “siempre en lo mismo” jamás se desalienta, y persevera hasta el fin. Podemos ser santos, podemos volver a ponernos de pie, porque contamos con el perdón del Señor, porque contamos con su fuerza y su gracia, que viene en auxilio de nuestra debilidad cuando humildes acudimos a Él. Esta fuerza, no podemos olvidarlo, la encontramos especialmente en la confesión sacramental, en la Eucaristía y en la oración perseverante. Puede, quien tercamente acude al Señor y encuentra en Él su fuerza: “Todo lo puedo en Aquel que me fortalece” (Flp 4,13). Por tanto, una vez que contamos con la gracia de Dios, para ser santos “no se necesita otra cosa que quererlo” (San Juan Crisóstomo). Y es que, el que quiere el fin, pone los medios.
San Gregorio Magno nos exhorta así: “Busquemos, pues, queridos hermanos, estos pastos [de la vida eterna], para alegrarnos en ellos junto con la multitud de los ciudadanos del Cielo. La misma alegría de los que ya disfrutan de este gozo nos invita a ello. Por tanto, hermanos, despertemos nuestro espíritu, enardezcamos nuestra fe, inflamemos nuestro deseo de las cosas celestiales; amar así es ponernos ya en camino. Que ninguna adversidad nos prive del gozo de esta fiesta interior, porque al que tiene la firme decisión de llegar a término ningún obstáculo del camino puede frenarlo en su propósito. No nos dejemos seducir por la prosperidad, ya que sería un caminante insensato el que, contemplando la amenidad del paisaje, se olvidara del término de su camino”.

Miércoles: Día de los fieles difuntos.
Tercera Misa: Lic. 23, 44-46. 50.52-53; 24, 1-6
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.Ayer, la fiesta de Todos los Santos nos hizo contemplar “la ciudad del cielo, la Jerusalén celeste, que es nuestra madre” (Prefacio de Todos los Santos). Hoy, con el corazón dirigido todavía a estas realidades últimas, conmemoramos a todos los fieles difuntos, que “nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz” (Plegaria eucarística I).
Es muy importante que los cristianos vivamos la relación con los difuntos en la verdad de la fe, y miremos la muerte y el más allá a la luz de la Revelación. Ya el apóstol san Pablo, escribiendo a las primeras comunidades, exhortaba a los fieles a “no afligirse como los hombres sin esperanza”. “Si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, escribía, del mismo modo a los que han muerto en Jesús Dios los llevará con él” (1 Tes. 4, 13-14). También hoy es necesario evangelizar la realidad de la muerte y de la vida eterna, realidades particularmente sujetas a creencias supersticiosas y sincretismos, para que la verdad cristiana no corra el riesgo de mezclarse con mitologías de diferentes tipos.
En realidad, como ya observaba san Agustín, todos queremos la “vida bienaventurada”, la felicidad; queremos ser felices. No sabemos bien qué es y cómo es, pero nos sentimos atraídos hacia ella. Se trata de una esperanza universal, común a los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares. La expresión “vida eterna” querría dar un nombre a esta espera que no podemos suprimir: no una sucesión sin fin, sino una inmersión en el océano del amor infinito, en el que ya no existen el tiempo, el antes y el después. Una plenitud de vida y de alegría: esto es lo que esperamos y aguardamos de nuestro ser con Cristo (cf. ib., 12).
Pero, mientras somos peregrinos, hemos de caminar por los caminos de Jesús, para que al fin de nuestra peregrinación podamos exclamar como Él, con gran confianza en el momento de nuestra muerte: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, Tu me has redimido, Señor, Dios de la verdad”. Jesús revolucionó el sentido de la muerte. Lo hizo con su enseñanza, pero sobre todo afrontando Él mismo a la muerte, viviendo y muriendo en las manos del Padre.
“Cuando morimos pasamos de la muerte a la inmortalidad; y la vida eterna no se nos puede dar más que saliendo de este mundo. No es esa un punto final sino un paso. Al final de nuestro viaje en el tiempo, llega nuestro paso a la eternidad. ¿Quién no se apresuraría hacia un tan gran bien? ¿Quién no desearía ser cambiado y transformado a imagen de Cristo?” (San Cipriano). Por esto hoy la Iglesia nos invita a rezar por nuestros queridos difuntos y a visitar sus tumbas en los cementerios.
Que María, Estrella de la esperanza, haga más fuerte y auténtica nuestra fe en la vida eterna y sostenga nuestra oración de sufragio por los hermanos difuntos.

Jueves
Lucas 15,1-10
“Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”. Las parábolas presentadas quieren expresar con cuánto empeño busca Dios a su criatura humana, que por su pecado se ha “perdido” y alejado de Él. Dios sale en su busca y hace todo lo que está a su alcance para hallarla. La alegría que experimenta el pastor al encontrar su oveja extraviada o la mujer al hallar la moneda perdida es análoga a la alegría que Dios experimenta por un pecador que se convierte.
San Ambrosio dice que “No carece de significado que Lucas nos haya presentado tres parábolas seguidas: La oveja perdida se había descarriado y fue recobrada, la dracma perdida fue hallada; el hijo pródigo que daban por muerto lo recobraron con vida, para que, solicitados por este triple remedio, nosotros curásemos nuestras heridas. ¿Quién es este padre, este pastor, esta mujer? ¿No es Dios Padre, Cristo, la Iglesia? Cristo que ha cargado con tus pecados te lleva en su cuerpo; la Iglesia te busca; el Padre te acoge. Como un pastor, te conduce; como una madre, te busca; como un padre te viste de gala. Primero la misericordia, después la solicitud, luego la reconciliación”
Las parábolas del evangelio de hoy hablan de una realidad presente en la historia de la humanidad, presente en nuestra propia historia personal: el pecado. El pecado “es rechazo y oposición a Dios” (CIgC 386), “es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente” (CIgC 387). Es un querer ser dios pero sin Dios, es querer vivir de espaldas a Él, desvinculado de los preceptos y caminos que en su amor Él señala al ser humano para su propia realización. El pecado es un acto de rebeldía, un “no” dado a Dios y al amor que Él le manifiesta. Todo esto queda retratado en la actitud del hijo que reclama su herencia: quiere liberarse del padre, salir de su casa para marcharse lejos y poder gozar de su herencia sin límites ni restricciones.
Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador (CIgC 1465).

Viernes (Lucas 16, 1-8)
“Los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz”. El Evangelio que hemos escuchado trae la parábola de un hombre rico que despide a su administrador por haber estado haciendo mal uso de sus bienes. Antes de marcharse, sin embargo, es instado por el dueño de la hacienda a presentarle las cuentas de su gestión.
Los bienes materiales son necesarios a todos. Son queridos por Dios mismo para el hombre, para su subsistencia, su desarrollo y pacífica convivencia. ¿Quién puede subsistir sin ellos? Por tanto, es lícito a todo hombre procurar, poseer, administrar y aumentar, para sí mismo y para sus seres queridos, los bienes materiales: dinero, bienes muebles o inmuebles.
Sin embargo, hay también un enorme peligro con respecto a los bienes materiales, en sí mismos útiles y necesarios como hemos dicho. La posesión de riquezas o la aspiración a poseerlas es capaz de trastornar completamente al ser humano, de volverlo avaro, egoísta, insensible a las necesidades de sus hermanos humanos, astuto para el mal, implacable y cruel. Por dinero, por el afán de “tener”, el ser humano es capaz de robar, engañar, traicionar, cometer fraudes, ir a la guerra, asesinar. En efecto, “por amor a la ganancia han pecado muchos” (Eclo. 27,1).
La recta valoración de los bienes materiales debe producir una actitud de desprendimiento, una conducta que no se afane tanto en las posesiones, en el tener, sino que viva el desapego y se abra a la dimensión solidaria de la comunicación de bienes. Bien enseña el Espíritu a Timoteo: «A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas sino en Dios, que nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos; que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y con liberalidad; de esta forma irán atesorando para el futuro un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera» (1Tim 6,17-19). Así, el tener queda purificado por el desapego y la comunicación de bienes en el horizonte de la caridad.
Sábado
Lucas 16, 9-15
“Si con el dinero, tan lleno de injusticias no fueron fieles, ¿quién les confiará los bienes verdaderos?”. Sobre ese tema que nos presenta el evangelio de hoy, San Agustín enseña que: «El Señor… nos declara la diferencia que hay entre los bienes que debemos buscar y los bienes que necesitamos consumir en la siguiente sentencia: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura”. El Reino de Dios, en consecuencia, y su justicia son nuestros verdaderos bienes, los cuales debemos nosotros buscar y poner en ellos el fin por el cual debemos hacer todo aquello que hacemos. Mas como nosotros luchamos en esta vida para poder arribar a aquel Reino y esas cosas son indispensables para vivir, el Señor dijo: “Todas estas cosas se os darán por añadidura, pero vosotros buscad primero el Reino de Dios y su justicia”».
Desde esta reflexión de san Agustín, podríamos decir que por medio de las riquezas terrenas debemos conseguir las verdaderas y eternas. En efecto, si existen personas dispuestas a todo tipo de injusticias con tal de obtener un bienestar material siempre aleatorio, ¡cuánto más nosotros, los cristianos, deberíamos preocuparnos de proveer a nuestra felicidad eterna con los bienes de esta tierra! (cf. Discursos 359, 10).
A los hombres nos corresponde una tarea primordial: Buscar el Reino de Dios y su justicia (cf. Ibíd. 6, 33). En esto debemos emplear todas nuestras fuerzas, porque ese Reino es como un tesoro escondido en un campo, la perla más valiosa, de que nos habla el Evangelio; y para obtenerlo, debemos hacer todo lo posible, hasta venderlo todo (cf. Ibíd. 13, 44. 45), es decir, no tener otro afán en el corazón.
Que María nos libre de la codicia de las riquezas, y haga que, elevando al cielo manos libres y puras, demos gloria a Dios con toda nuestra vida.

sábado, 29 de octubre de 2011

XXXI Domingo O/A Homilía sobre la segunda lectura


XXXI Domingo del Tiempo Ordinario/A (1Tes 2, 7b-9.13)
“Queríamos entregarles no sólo el Evangelio de Dios, sino nuestra propia vida”. Las Lecturas de hoy se refieren muy especialmente a aquéllos que tienen responsabilidad dentro de la Iglesia, quienes con su ejemplo y su predicación deben guiar al pueblo de Dios; y nosotros hoy tomaremos a san Pablo como modelo de evangelizador, que entrega el evangelio y la vida. En san Pablo vemos cuál ha de ser el trato que el Apóstol ha dado a aquéllos a quienes sirve. Más allá del servicio, les habla de una ternura maternal y hasta de entregar la propia vida por ellos.
La EN 79 nos dice que “La obra de la evangelización supone, en el evangelizador, un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza. Un modelo de evangelizador como el Apóstol San Pablo escribía a los tesalonicenses estas palabras que son todo un programa para nosotros: “Así, llevados de nuestro amor por ustedes, queremos no sólo darles el Evangelio de Dios, sino aun nuestras propias vidas: tan amados vinieron a sernos”.
La obra de la evangelización que san Pablo había llevado a cabo se apoya en el hecho de que anunció las enseñanzas de Dios. Y no sólo las enseñanzas de Dios. El estaba también dispuesto a entregar su misma vida movido por el amor que sentía por aquéllos a los que había sido enviado.
El Evangelio es proclamado por medio de palabras vivas, de gestos de vida. Y especialmente es proclamado mediante el testimonio de una donación total a Dios. Compartir la misión de Cristo supone una actitud esponsal de correr su suerte arriesgando todo por El. La participación en el apostolado de la Iglesia, en su misión universal, nace del “amor esponsal por Cristo, que se convierte de modo casi orgánico en amor por la Iglesia como Cuerpo de Cristo, por la Iglesia como Pueblo de Dios, por la Iglesia que es a la vez Esposa y Madre” (RD 15).
El Evangelio representa la belleza de la Revelación. Lleva consigo una sabiduría que no es de este mundo. Es capaz de suscitar por sí mismo la fe, una fe que tiene su fundamento en la potencia de Dios. Es la Verdad. Por esto, merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, si es necesario, le consagre su propia vida. Esta es la enseñanza y el ejemplo de san Pablo: “Queríamos entregarles no sólo el Evangelio de Dios, sino nuestra propia vida”.
Sin embargo el Evangelio no agrada siempre a los hombres. No puede gustarles siempre. Porque no puede ser falsificado con vanas lisonjas, ni se puede buscar en él ninguna ventaja personal, ni tipo alguno de fama o celebridad. A los oyentes les parecerá “palabras duras”, y quien lo anuncia y lo confiesa se convertirá en “signo de contradicción”. Pues esta verdad divina, esta buena noticia encierra de hecho una fuerte tensión en su interior. En ella se condensa la oposición entre aquello que viene de Dios y aquello que viene del mundo. Cristo dice: “Si fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no son del mundo, sino que yo los escogí del mundo, por esto el mundo los aborrece” (Jn 15, 19). Y también: “Sapan que me aborreció a mí primero que a ustedes” (ib., 15, 18).
En lo más íntimo del corazón del Evangelio, de la buena noticia, está impresa la cruz. En ella se entrecruzan las dos grandes corrientes: la una, que partiendo de Dios se dirige hacia el mundo, hacia los hombres que están en el mundo, una corriente de amor y de verdad; la segunda, que discurre a través del mundo: “concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, y orgullo de la vida” (1 Jn 2, 16). Todo esto no viene “del Padre”.
Pero nosotros sabemos que el Evangelio que, se nos ha dado para vivirlo y anunciarlo a los demás, es el Evangelio de la verdad. Una verdad que hace libres y que es la única verdad que procura la paz del corazón; esto es lo que la gente va buscando cuando le anunciamos la Buena Nueva. La verdad acerca de Dios, la verdad acerca del hombre y de su misterioso destino, la verdad acerca del mundo. Verdad difícil que buscamos en la Palabra de Dios y de la cual nosotros no somos, lo repetimos una vez más, ni los dueños, ni los árbitros, sino los depositarios, los herederos, los servidores.
Que la Virgen María nos enseñe a tener como único regla de vida el Evangelio, que nos salva y nos libera de todo lo que puede oprimir nuestro ser en el tiempo y en la eternidad.

miércoles, 19 de octubre de 2011

XXX Semana Reflexiones al Evangelio de cada día


XXX Semana
Lunes
Lucas 13, 10-17
“¿No era bueno desatar a esta hija de Abrahán de esa atadura, aun en día de sábado?”. El Evangelio refiere la curación en sábado de la mujer encorvada, que provocó la indignación del jefe de la sinagoga; Jesús reprende a los que lo criticaban diciéndoles: “¡Hipócritas!” (Lc 13,15). Jesús sabe lo que hay en el corazón de cada hombre, quiere condenar el pecado, pero salvar al pecador, y desenmascarar la hipocresía.
“¿No era bueno desatar a esta hija de Abrahán de esa atadura, aun en día de sábado?”. Estas palabras están llenas de la fuerza de la verdad, que desarma, que derriba el muro de la hipocresía y abre las conciencias a una justicia mayor, la del amor, en la que consiste el cumplimiento pleno de todo precepto (cf. Rm 13, 8-10). Con estas palabras, Jesús no sólo condena la actitud de falsedad y el afán de hacerse notar, sino también la presunción de creerse justos, que excluye toda posibilidad de auténtica conversión y de fe en Dios.
Por esto, el comportamiento que, más que ningún otro indignaba a Jesús era la hipocresía. Cuántas veces dijo a sus discípulos: no hagan “como los hipócritas” (Mt 6, 2.5.16), o a los que desacreditaban sus buenas acciones: “¡Ay de ustedes hipócritas!” (Mt 23, 13.15). En efecto, Jesús no soportaba la hipocresía porque ésta es la falsificación de la vida, la perversión del pensamiento, la profanación de la palabra. Al mentir, el hipócrita quiere pensar como habla, y vivir después como piensa, es decir, siempre en contradicción con la verdad.
Por tanto, con esta pregunta que Jesús hace a sus enemigos “¿No era bueno desatar a esta hija de Abrahán de esa atadura, aun en día de sábado?”, les dice a ellos y a nosotros que la ley tiene que desembocar en el amor. El corazón del hombre no está hecho para la ley. Está hecho para el amor. Y una religión que no se traduzca en amor merece un solo nombre: hipocresía.

Martes
Lucas 13, 18-21
“Creció la semilla y se convirtió en un arbusto”. En la página evangélica que la liturgia nos propone, Jesús compara el reino de los cielos con un grano de mostaza, una de las semillas más pequeñas que, en cambio, cuando crece, se convierte en un lozano arbusto.
El Señor Jesús ha utilizado muchas veces en sus parábolas la imagen de la semilla, porque expresa bien muchos aspectos del dinamismo del reino de los cielos: se desarrolla por su propia fuerza; tiene que morir antes en la tierra para poder brotar y fructificar; al principio es invisible y oculta, pero luego se manifiesta en la bondad y belleza de sus frutos.
También nosotros, hermanos y hermanas, hemos de convertirnos en semilla que, oculta en la tierra, es decir, en la humildad y en la obediencia a la voluntad divina, brota y produce frutos abundantes de amor y vida eterna.
La semilla está destinada ‘a dar fruto’, por su propia virtualidad interior, sin duda alguna, pero el fruto depende también de la tierra en la que cae (cf. Mt 13, 19-23), es decir, de la respuesta de cada uno de nosotros, y todos los días en nuestra vida diaria, pública u oculta.
Miércoles (Lucas 13, 22-30)
“Vendrán del oriente y del poniente y participarán en el banquete del Reino de Dios”. El Señor Jesús, antes de ascender al cielo, confió a sus discípulos el mandato de anunciar el Evangelio al mundo entero y de bautizar a todas las naciones. La misión universal de la Iglesia nace del mandato de Jesucristo y se cumple en el curso de los siglos en la proclamación del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y del misterio de la encarnación del Hijo, como evento de salvación para toda la humanidad.
La Iglesia, en el curso de los siglos, ha proclamado y testimoniado con fidelidad el Evangelio de Jesús. Al final del segundo milenio, sin embargo, esta misión está todavía lejos de su cumplimiento. Por eso, hoy más que nunca, es actual el grito del apóstol Pablo sobre el compromiso misionero de cada bautizado: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Co 9,16). Eso explica la particular atención que el Magisterio ha dedicado a motivar y a sostener la misión evangelizadora de la Iglesia, sobre todo en relación con las tradiciones religiosas del mundo.
En efecto, al decir Jesús que “Vendrán del oriente y del poniente y participarán en el banquete del Reino de Dios”, nos está diciendo que “(Dios) quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos” (1 Tm 2,4-6). Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos.
Jueves (Lucas 13, 31-35)
“No conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén”. “Como se iban cumpliendo los días de su asunción, Jesús se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén” (Lc 9, 51; cf. Jn 13, 1). Por esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección (cf. Mc 8, 31-33; 9, 31-32; 10, 32-34). Al dirigirse a Jerusalén dice: “No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén” (Lc 13, 33) (CIgC 557), porque esta ciudad es signo de “la ciudad del Dios vivo”.
Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido muertos en Jerusalén (cf. Mt 23, 37a). Sin embargo, persiste en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a él: “¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no han querido!” (Mt 23, 37b). Cuando está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella (cf. Lc 19, 41) y expresa una vez más el deseo de su corazón: “Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! pero ahora está oculto a tus ojos” (Lc 19, 41-42) (CIgC 558).
La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías, recibido en su ciudad por los niños y por los humildes de corazón, va a llevar a cabo por la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Así, Jerusalén nos revelan la ciudad que es meta última de nuestra peregrinación, la Jerusalén celestial, por esto Jesús dijo: “No conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén”.
Ahora nosotros, “en la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la que nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero” (SC 8).
Viernes: Santos Simón y Judas Tadeo, Apóstoles
Lucas 6, 12-16
“Eligió a doce de ellos y los nombró apóstoles”. Con la creación del grupo de los Doce, Jesús creaba la Iglesia como sociedad visible y estructurada al servicio del Evangelio y de la llegada del reino de Dios. El número doce hacía referencia a las doce tribus de Israel, y el uso que Jesús hizo de él revela su intención de crear un nuevo Israel, el nuevo pueblo de Dios, instituido como Iglesia.
Los doce Apóstoles se convertían, así, en una realidad socio-eclesial característica, distinta y, en muchos aspectos, irrepetible. Un su grupo destacaba el apóstol Pedro, sobre el cual Jesús manifestaba de modo más explícito la intención de fundar un nuevo Israel, con aquel nombre que dio a Simón: ‘piedra’, sobre la que Jesús quería edificar su Iglesia (cf. Mt 16, 18).
El primer elemento constitutivo del grupo de los Doce es, por consiguiente, la adhesión absoluta a Cristo: se trata de personas llamadas a «estar con él», es decir, a seguirlo dejándolo todo. El segundo elemento es el carácter misionero, expresado en el modelo de la misma misión de Jesús, que predicaba y expulsaba demonios. La misión de los Doce es una participación en la misión de Cristo por parte de hombres estrechamente vinculados a él como discípulos, amigos, representantes.
Así, la Iglesia, único rebaño de Dios, como un lábaro alzado entre todos los pueblos, al comunicar el Evangelio de la paz a todo el género humano, se siente conducida por la esperanza en su peregrinación hacia la meta de la patria celestial

Sábado
Lucas 14, 1. 7-11
“El que se engrandece a sí mismo será humillado; y el que se humilla será engrandecido”. El Señor tiene una intención muy clara cuando contrapone la oración del fariseo a la del publicano: educar a quienes se tenían por justos y despreciaban a los demás. Esta actitud la conocemos con el nombre de soberbia.
Sí, hay en cada uno de nosotros una profunda raíz de soberbia, raíz que debemos arrancar. Y no hay otro modo de vencer la soberbia sino ejercitándonos en la virtud contraria: la humildad.
La humildad es andar en verdad, es reconocer nuestra pequeñez ante Dios, nuestra absoluta dependencia de Él. La humildad es reconocerme pecador ante Dios, necesitado de su misericordia, de su perdón y de su gracia. En cuanto al prójimo, es no creerme más, ni mejor, ni superior a nadie.
San Juan Crisóstomo: «Aunque hagas multitud de cosas bien hechas, si crees que puedes presumir de ello perderás el fruto de tu oración. Por el contrario, aun cuando lleves en tu conciencia el peso de mil culpas, si te crees el más pequeño de todos, alcanzarás mucha confianza en Dios. Por lo que señala la causa de su sentencia cuando añade (Sal 50,19): “Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla, será ensalzado”».
Cristo es el modelo de humildad, y María, la mujer humilde. Que Ella nos ayude a seguir al Señor que dijo: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).

XXX Domingo O/A Homilía sobre la segunda lectura


XXX Domingo del Tiempo Ordinario/A (Rom 10, 9-18)
Hay dos hechos muy relevantes en la vida y misión de la Iglesia:
1º.) La celebración del día mundial de las misiones, que nos recuerda, que la Iglesia existe para “evangelizar, es su dicha y su vocación propia, su identidad más profunda Cfr. EN 14). E mandato misionero sigue siendo una prioridad absoluta para todos los bautizados, llamados a ser “siervos y apóstoles de Cristo Jesús”. Ser cristiano es ser misionero. No se es cristiano si no se es misionero. El anuncio es un deber de la Iglesia y del cristiano. El anuncio respetuoso y pacífico no es proselitismo.
2º.) El lunes pasado Benedicto XVI instituyó el Año de la fe con la Carta Apostólica Porta Fide en forma de Motu proprio que va del el 11 de octubre de 2012 (50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II) y acabará el 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Cristo, Rey del Universo. El Año de la Fe “es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo”.
Estos dos hechos: evangelizar para suscitar la fe o despertarla o hacerla crecer, y el año de la fe son iluminados por la Palabra de Dios de este Domingo. El tema que propongo hoy, en el contexto de estas celebraciones, es la afirmación de san Pablo en la segunda Lectura: “La fe viene de la predicación y la predicación consiste en anunciar la palabra de Cristo”. Esta ley enunciada un día por San Pablo conserva hoy todo su vigor.
“El tedio que provocan hoy tantos discursos vacíos, y la actualidad de muchas otras formas de comunicación, no deben sin embargo disminuir el valor permanente de la palabra, ni hacer prender la confianza en ella. La palabra permanece siempre actual, sobre todo cuando va acompañada del poder de Dios (70). Por esto conserva también su actualidad el axioma de San Pablo: “la fe viene de la audición”, es decir, es la Palabra oída la que invita a creer” (EN 42).
En efecto, “Cristo llevó a cabo esta proclamación del reino de Dios, mediante la predicación infatigable de una palabra, de la que se dirá que no admite parangón con ninguna otra: ‘¿Qué es esto? Una doctrina nueva y revestida de autoridad’ (Mc 1, 27); ‘Todos le aprobaron, maravillados de las palabras llenas de gracia, que salían de su boca...’ (Lc 4, 22); ‘Jamás hombre alguno habló como éste’ (Jn 7, 46). Sus palabras desvelan el secreto de Dios, su designio y su promesa, y por eso cambian el corazón del hombre y su destino” (EN 11).
Así, todo discípulo de Jesús, por el hecho de ser seguir del Maestro, está llamado a suscitar la fe por la predicación, a través de su vida íntima con Jesús: en la vida de oración, en la escucha de la Palabra y de las enseñanzas de los Apóstoles, la caridad fraterna vivida; de tal modo que cada creyente, se convierte en testimonio, provocando la admiración y la conversión de los que viven en su entorno; y así, cada uno se hace predicación y anuncio de la Buena Nueva. Es así como la Iglesia recibe la misión de evangelizar y como la actividad de cada miembro constituye algo importante para el conjunto (Cfr. EN 15, 4).
Benedicto XVI en la Carta Apostólica Porta Fide con la que ha instituido el Año de la fe, en el n. 6, dice que la renovación de la Iglesia pasa “a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó”.
Continúa el Papa diciendo el no. 7 que “…hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo» (De utilitate credendi, 1, 2).
La fe sólo crece y se fortalece creyendo y compartiendo lo que se cree. Así el testimonio de vida de los creyentes será cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada (Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum), y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio. (Cf. Ibidem 9).

lunes, 17 de octubre de 2011

XXIX Semana Reflexiones del Evangelio de cada día


XXIX Semana
Lunes (Lucas 12, 13-21)
“¿Para quién serán todos tus bienes?”. El hombre vive contemporáneamente en el mundo de los valores materiales y en el de los valores espirituales. En esta relación la primacía corresponde a los valores espirituales, en consideración de la naturaleza misma de estos valores, así como por motivos relacionados con el bien del hombre. La primacía de los valores del espíritu define el significado propio y el modo de servirse de los bienes terrenos y materiales.
Un hombre que centra su seguridad en sus posesiones y que no tiene en cuenta la caducidad de esta vida sólo puede ser calificado de necio, poco inteligente. La expresión usada por el Señor busca despertar y hacer salir de la ilusión a quien cree que lo más importante es atesorar para sí, poner en los bienes materiales y riquezas su gozo y confianza, cuando éstos son incapaces de asegurarle la Vida eterna.
Es sabio quien pone su confianza en Dios y encuentra su seguridad en Él, consciente de que la muerte le puede sobrevenir en cualquier momento. Para lo que hay que estar preparados es para el encuentro final con Dios, que puede llegar ese mismo día. Entonces cada uno se encontrará cara a cara ante Dios, y la riqueza entonces no se medirá por los bienes temporales que uno haya acumulado en el terreno peregrinar, sino por el amor y la caridad vivida en el compartir.
San Ambrosio enseña que “En vano amontona riquezas el que no sabe si habrá de usar de ellas; ni tampoco son nuestras aquellas cosas que no podemos llevar con nosotros. Sólo la virtud es la que acompaña a los difuntos. Únicamente nos sigue la caridad, que obtiene la vida eterna a los que mueren”.
Martes: San Lucas, el Evangelista (Lucas 10, 1-12)
“La mies es abundante y los obreros son pocos”. La primera reacción del Señor al ver a la muchedumbre “como ovejas sin pastor” es la de invitar a sus discípulos a rogar “al dueño de la cosecha que mande trabajadores a recogerla”, dado que “la cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos”.
Ante la abundancia de la cosecha han de pedirle al “dueño”, es decir, a Dios que envíe más obreros para ayudar en la recolección de la mies. La oración de petición es fundamental. También Moisés, siglos atrás, había elevado a Dios esta oración: “Que el Señor… ponga un hombre al frente de esta comunidad, uno que salga y entre delante de ellos y que los haga salir y entrar, para que no quede la comunidad del Señor como rebaño sin pastor” (Núm 27, 15-17).
Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es «enviada» al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. «La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado». Se llama «apostolado» a «toda la actividad del Cuerpo Místico» que tiende a «propagar el Reino de Cristo por toda la tierra» (CIgC 463).
“Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia”, es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo. Según sean las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos, los dones variados del Espíritu Santo, el apostolado toma las formas más diversas. Pero es siempre la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, “que es como el alma de todo apostolado” (CIgC 464).
Miércoles
Lucas 12, 39-48
“Al que mucho se le da, se le exigirá mucho”. A la pregunta de Pedro si la parábola la había dicho sólo por ellos o por todos, el Señor responde con otra parábola. En ella se refiere a un administrador. De éste se espera que sea “fiel y solícito”, que cumpla cabalmente con lo que su señor le confía mientras éste se ausenta.
La parábola es un llamado a la vigilancia, una vigilancia que implica cumplir fielmente, día a día, con las propias responsabilidades y deberes delegados por su señor. Cuando vuelva el dueño de la hacienda, el administrador deberá responder por la fidelidad con la que cumplió su gestión. Lo mismo hará el Señor con sus apóstoles y con todos aquellos a quienes les confía un puesto de gobierno en su Iglesia: “A quien se le dio mucho, se le exigirá mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá mucho más”.
El criado que conoce la voluntad de su señor, pero no está preparado o no hace lo que él quiere, recibirá un castigo muy severo. En cambio, el que, sin conocer esa voluntad, hace cosas reprobables, recibirá un castigo menor. A quien se le dio mucho, se le exigirá mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá mucho más.
Por tanto, todos y cada uno de nosotros tenemos un lugar y una misión irremplazables en el plan de Dios. Debemos tener un espíritu atento para saber descubrir en nuestro trabajo y en nuestra familia, en nuestros ambientes y en nuestra comunidad las llamadas que Dios nos dirige a asumir, nuestra responsabilidad y nuestros compromisos con fidelidad.
Que por intercesión de la Madre de Dios y Madre nuestra cultivemos un corazón generoso que nos haga avanzar con decisión para hacer de nuestra vida una respuesta fiel y generosa a la llamada de Dios.
Jueves
Lucas 12, 49-53
“No he venido a traer paz, sino más bien división”. En el evangelio, que hemos escuchado hay una expresión de Jesús que siempre atrae nuestra atención y hace falta comprenderla bien. Mientras va de camino hacia Jerusalén, donde le espera la muerte en cruz, Cristo dice a sus discípulos: “¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división”. Sin embargo, el evangelio de Cristo es un mensaje de paz por excelencia; Jesús mismo, como escribe san Pablo, "es nuestra paz" (Ef 2, 14), muerto y resucitado para derribar el muro de la enemistad e inaugurar el reino de Dios, que es amor, alegría y paz.
Entonces, ¿A qué se refiere el Señor cuando dice que ha venido a traer la “división”. Esta expresión de Cristo significa que la paz que vino a traer no es sinónimo de simple ausencia de conflictos. Al contrario, la paz de Jesús es fruto de una lucha constante contra el mal. El combate que Jesús está decidido a librar no es contra hombres o poderes humanos, sino contra el enemigo de Dios y del hombre, contra Satanás. Quien quiera resistir a este enemigo permaneciendo fiel a Dios y al bien, debe afrontar necesariamente incomprensiones y a veces auténticas persecuciones.
La paz que Jesús nos ha venido a traer no es una paz inconsistente y aparente, sino real, buscada con valentía y tenacidad en el esfuerzo diario por vencer el mal con el bien (cf. Rm 12, 21) y pagando personalmente el precio que esto implica.
La Virgen María, Reina de la paz, interceda por nosotros para que nos ayude a ser siempre testigos de la paz de Cristo, sin llegar jamás a componendas con el mal.
Viernes
Lucas 12, 54-59
“Si saben interpretar el aspecto que tienen el cielo y la tierra, ¿por qué no interpretan entonces los signos del tiempo presente?”. El concilio Vaticano II, con una expresión tomada del lenguaje de Jesús mismo, designa como “signos de los tiempos” (ib., 4) los indicios significativos de la presencia y de la acción del Espíritu de Dios en la historia.
La advertencia que dirige Jesús a sus contemporáneos resuena fuerte y saludable también para nosotros hoy: “Saben interpretar el aspecto del cielo y no pueden interpretar los signos de los tiempos. ¡Generación malvada y adúltera! Pide un signo y no se le dará otro signo que el signo de Jonás” (Mt 16, 3-4).
Jesús invita al discernimiento con respecto a las palabras y las obras que atestiguan la llegada inminente del reino del Padre. En Jesús crucificado se da una especie de transformación y concentración de los signos: él mismo es el ‘signo de Dios’, sobre todo en el misterio de su muerte y resurrección. Para discernir los signos de su presencia en la historia es preciso liberarse de toda pretensión mundana y acoger el Espíritu de Jesús que “todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios” (1 Co 2, 10).
Jesús hoy nos pide a nosotros que acojamos la fuerza del Espíritu Santo, para ser sus testigos en donde cada uno de nosotros vivimos, nos movemos y somos, para convertirnos en signos del Hijo de Dios, crucificado y resucitado (cf. 1 P 1, 19-21). Durante el arco de toda nuestra vida, se presenta ante nosotros, la invitación a “conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento” para irnos “llenando hasta la total plenitud de Dios” (Ef 3, 19). El secreto de este camino es el Espíritu Santo, que nos guía “hasta la verdad completa” (Jn 16, 13).
Sábado
Lucas 13, 1-9
“Si no se arrepienten, perecerán de manera semejante”. Hemos escuchado en el Evangelio que en medio de aquel diálogo con sus discípulos que algunos traen la dramática noticia de la masacre de los galileos en el Templo. El Señor sale inmediatamente al paso de lo primero que se les puede venir a la mente: la muerte violenta de aquellos hombres se trataría de un “castigo divino”, debido a la maldad de sus pecados. El Señor afirma categóricamente que aquellos galileos no eran “más pecadores que los demás galileos” por haber padecido esa muerte terrible, y advierte a sus oyentes: “si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”.
La misma advertencia la hace por segunda vez a propósito del accidente en el que dieciocho hombres murieron aplastados al desplomarse la torre de Siloé: “si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera”. Así pues, a decir del Señor, si de justicia pura se tratara, incluso aquellos que se creían buenos merecerían igual muerte, dado que todos eran igualmente pecadores. Por tanto, la muerte violenta sufrida por aquellos hombres no era un castigo divino.
La grave y repetida advertencia del Señor: «si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera», es una seria invitación al cambio. Quien se obstina en el mal camino y no se convierte al Señor de corazón camina hacia la propia y definitiva destrucción, a la muerte eterna. Es de esta “segunda muerte” (ver Ap 20,6.13-15; 21,8) de la que advierte el Señor. Por tanto esta exhortación de Jesús: “Si no se arrepienten, perecerán de manera semejante”, es una exhortación a la conversión del corazón y a la esperanza. Pidamos a María, la gracia de una conversión profunda, de modo que podamos morir para vivir, perder para ganar, entregar para obtener.

viernes, 14 de octubre de 2011

XXIX Domingo O/A sobre la segunda lectura


XXIX Domingo del Tiempo Ordinario/A (1Ts 1,1-5)
San Pablo en la segunda lectura dice a los de Tesalónica: “Recordamos su fe, esperanza y caridad”. Este es el tema que les voy a proponer, las virtudes teologales: La fe, la esperanza y la caridad, que son como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios. Estas tres virtudes nos ponen en comunión con Dios y nos llevan a él.
1. LA FE
Hablemos de la fe. La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado… Por la fe “el hombre se entrega entera y libremente a Dios” (DV 5). Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. “El justo (...) vivirá por la fe” (Rm 1, 17). La fe viva “actúa por la caridad” (Ga 5, 6).
Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela su amor. San Pablo habla de la “obediencia de la fe” (Rm 1, 5; 16, 26) como de la primera obligación. Hace ver en el “desconocimiento de Dios” el principio y la explicación de todas las desviaciones morales (cf Rm 1, 18-32). Nuestro deber para con Dios es creer en Él y dar testimonio de Él (CIgC 2087).
El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: “Todos [...] vivan preparados para confesar a Cristo ante los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (LG 42; cf DH 14). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: “Todo [...] aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 32-33) (CIgC 1816).
2. LA ESPERANZA
La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo (CIgC 1817). En otras palabras, decimos que la esperanza es aguardar confiadamente la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios.
La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad (CIgC 1818).
Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman (cf Rm 8, 28-30) y hacen su voluntad (cf Mt 7, 21). En este punto santa teresa de Jesús nos dice: “Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin” (Exclamaciones del alma a Dios, 15, 3)
3. LA CARIDAD
La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf Jn 13, 34). Amando a los suyos “hasta el fin” (Jn 13, 1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). Y también: “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 12) (CIgC 1822-1823). El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad.
En el vértice de las tres virtudes teologales está el amor, que san Pablo compara casi con un lazo de oro que une en armonía perfecta a toda la comunidad cristiana: “Y por encima de todo esto, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14). Estas son las tres virtudes teologales, que nos disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Fueron infundidas por Dios en nuestra alma para hacernos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna.

lunes, 10 de octubre de 2011

Reflexiones del evangelio de cada día. XXVIII Semana


XXVIII Semana
Lunes (Lucas 11, 29-32)
“A la gente de este tiempo no se le dará otra señal que la del profeta Jonás”. El signo de Jonás es una imagen profética pascual que el mismo Jesús utilizó para anunciar su muerte y su resurrección. Este profeta escapista, desconforme, quejumbroso, pero finalmente fiel, puede ayudarnos en nuestro peregrinar diario de muerte y resurrección. Por tanto, la advertencia que dirige Jesús a sus contemporáneos resuena fuerte y saludable también para nosotros hoy: “Ustedes saben interpretar el aspecto del cielo y no pueden interpretar los signos de los tiempos. ¡Generación malvada y adúltera! Pide un signo y no se le dará otro signo que el signo de Jonás” (Mt 16, 3-4).
Jonás no sólo es prefiguración del Resucitado, sino también signo del desafío que la fe plantea a todo creyente. La señal del profeta indicada por Cristo como símbolo de su resurrección, lo es también de la vida nueva del cristiano que ha renacido en el bautismo. Sólo la fuerza del resucitado puede cambiar nuestros corazones y hacernos triunfar sobre el poder del pecado. Sólo la gracia de Dios puede crear en nosotros un corazón nuevo. Sólo su amor puede cambiar nuestro “corazón de piedra” (Ez 11,19) y hacernos capaces de construir, en lugar de demoler. Sólo Dios puede hacer nuevas todas las cosas.
Así, Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él (cf. Jn 5, 24-25; 6, 40). Esta es la gran y única señal, que ha de conducir y transformar nuestra vida de cada día, la muerte y resurrección de Jesús, misterio, que da luz esperanza a nuestros gozos y alegrías, a nuestras angustias y tristezas, a la slaud y a la enfermedad, a lo próspero y la adverso de nuestra vida.
Martes (Lucas 11, 37-41)
“Den limosna de lo que tienen, y todo lo de ustedes quedará limpio”. El Espíritu dará al corazón la pureza que conviene en el ejercicio de la limosna y la oración. Así se cumplirla palabra: “El alzar de mis manos es como una ofrenda de la tarde” (ps.140, 2), y esta otra: "Las manos de los poderosos distribuyen riquezas" (Prov.10,4) Y san León Magno dice que “Junto al razonable y santo ayuno, nada más provechoso que la limosna, denominación que incluye una extensa gama de obras de misericordia, de modo que todos los fieles son capaces de practicarla, por diversas que sean sus posibilidades”.
La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros.
Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. Y hay más: San Pedro cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. “La caridad –escribe– cubre multitud de pecados” (1P 4,8). Por eso hoy Jesús, en el evangelio nos ha dicho: “Den limosna de lo que tienen, y todo lo de ustedes quedará limpio”.
San José Benito Cottolengo solía recomendar: “Nunca cuentes las monedas que das, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo” (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201).
Miércoles (Lucas 11, 42-46)
“¡Ay de ustedes, fariseos! ¡Ay de ustedes también, doctores de la ley!”. El Evangelio relata la controversia del Señor Jesús con los fariseos doctores de la ley. Los fariseos formaban el grupo más observante y más religioso de Israel. Los escribas, también fariseos, eran los “letrados” que sabían leer y escribir, muy instruidos en la Ley de Moisés y los profetas. Por su parte, los doctores de la ley, conocían mejor que nadie la Palabra de Dios, la Ley y los Profetas, pero no vivían lo que conocían. Por esto Jesús hoy en el Evangelio les reprocha: “¡Ay de ustedes, fariseos! ¡Ay de ustedes también, doctores de la ley!”. Con estas represiones que Jesús les hace a estos grupos, busca descubrir la maldad de éstos, algo que ellos disimulaban con engañosas apariencias de bondad.
El corazón de los fariseos y doctores de la ley se hallaba lejos de Dios, porque su corazón no sintonizaba con el corazón misericordioso del padre. Su corazón estaba cerrado a la justicia y a la misericordia: cumplían la Ley a su modo, pero en realidad estaban lejos de su corazón, por su falta de misericordia, algo que continuamente les reclama el Señor, como en el caso que nos ocupa: “¡Ay de ustedes, fariseos! ¡Ay de ustedes también, doctores de la ley!”.
A nosotros también nos puede pasar como a los fariseos y doctores de la ley: ¡Nos ocupamos tanto en cuidar lo exterior, la apariencia, estar limpios, bien vestidos y peinados, perfumados, etc.! Sin embargo, ¿nos empeñamos igualmente en tener y mantener un corazón limpio y puro, cerca de Dios, que sintonice con Él?
La incoherencia entre lo que creo como católico y lo que vivo día a día es un gravísimo mal que nos afecta a todos. Es la misma hipocresía que denuncia el Señor ante quienes se preocupan por guardar las formas externas de la moralidad pero no purifican debidamente el propio corazón: «Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío…”».
Jueves
Lucas 11, 47-54
“Les pedirán cuentas de la sangre de los profetas, desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías”. Desde el principio la sangre de los justos clamó al cielo, en efecto, Dios dijo a Caín, homicida de su hermano: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí” (Gén 4,10); de los acompañantes de Noé se dice: “Pediré cuentas de vuestra sangre de vuestras vidas, de la mano de todas las fieras” (Gén 9, 5). Y también: “Será derramada la sangre de quien derramare la sangre de un hombre” (Gén 9,6).
Y en el Evangelio de hoy, hemos escuchado de parte del Señor, a los que habrían de derramar su sangre: “Se pedirá cuenta de toda la sangre justa derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías (Lc 11,50-51), con lo cual quería decir que él recapitularía en la suya propia el derramamiento de la sangre de todos los justos y profetas desde el principio, y que él mismo pediría cuenta de la sangre de ellos. En efecto, la sangre de todo hombre asesinado después de Abel es un clamor que se eleva al Señor.
El martirio por confesar la fe, por ser fieles a Dios, no es solo para algunos, todos los seguidores de Cristo, tanto en el AT como en el NT, estamos llamados a ser mártires, testigo en las cosas grandes y pequeñas, en privado y en público. Pero en todo, como en los mártires de todos los tiempos, Dios está de nuestro lado, no sólo para fortalecernos, sino también para darles el premio eterno de los cielos. Sin miedo, sigamos siendo fieles a Dios.

Viernes
Lucas 12, 1-7
“Todos los cabellos de su cabeza están contados”. El Señor nos pide que confiemos en su Divina Providencia, pues El está pendiente de todo:
“…no teman, hasta los cabellos de sus cabezas están contados. … ustedes valen más que los pajaritos” (Mt 10, 30-31).
“No anden preocupados por su vida con problemas de alimentos, ni por su cuerpo con problemas de ropa. ¿No es más importante la vida que el alimento y más valioso el cuerpo que la ropa?” (Mt 6, 25).
“Miren cómo crecen las flores del campo, y no trabajan ni tejen. Pero Yo les digo que ni Salomón, con todo su lujo, pudo vestir como una de ellas. Y si Dios viste así el pasto del campo, que hoy brota y mañana se echa al fuego, ¿no hará mucho más por ustedes? ¡Qué poca fe tienen!” (Mt 6, 28).
Dios no quiere directamente ningún mal físico, entendido como privación de algún bien físico (por ejemplo, una enfermedad). Tampoco quiere directamente ninguna carencia, como una privación injusta de la libertad, una situación económica difícil, pero permite estos llamados “males” para obtener mayores bienes. Estos llamados “males” pueden resultar “bienes” cuando los aprovechamos como lo que son: gracias de privación, de sufrimiento, de dolor, para crecer en nuestra vida espiritual.
De allí que San Agustín enseñe: “El Dios Omnipotente no habría permitido que hubiese mal en sus obras si no fuese tan Omnipotente y Bueno que consiga sacar bien del propio mal”.

Sábado
Lucas 12, 8-12
“El Espíritu Santo les enseñará lo que convenga decir”. El Espíritu les enseñará toda la verdad, dijo Jesús a sus apóstoles, tomándola de la riqueza de la palabra de Cristo, para que ellos, a su vez, la comuniquen a los hombres en Jerusalén y en el resto del mundo.
Desafortunadamente, Nuestro tiempo está desorientado y confundido; a veces, incluso, parece que no conoce la frontera entre el bien y el mal; aparentemente, rechaza a Dios, porque lo desconoce o porque no lo quiere conocer. Por esto es una urgencia permitir que el Espíritu de Dios nos lo enseñe todo, poniéndonos en una actitud de docilidad y humildad a su escucha, a fin de aprender la “sabiduría del corazón” (Sal 90, 12) que sostiene y alimenta nuestra vida.
Creer es ver las cosas como las ve Dios, participar de la visión que Dios tiene del mundo y del hombre, de acuerdo con las palabras del Salmo: «Tu luz nos hace ver la luz» (Sal 36, 10). Esta «luz de la fe» en nosotros es un rayo de la luz del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo da al cristiano -cuya vida, de otro modo, correría el riesgo de quedar sujeta únicamente al esfuerzo, a la regla e incluso al conformismo exterior- la docilidad, la libertad y la fidelidad. En efecto, él es “Espíritu de sabiduría e inteligencia, Espíritu de consejo y fortaleza, Espíritu de ciencia y temor del Señor” (Is 11, 2).