sábado, 26 de noviembre de 2011

T/Adviento/B Homilía sobre la segunda lectura


ADVIENTO
I DOMINGO/B (1 Co 1, 3-9)
Este domingo iniciamos, por gracia de Dios, un nuevo Año litúrgico, que se abre naturalmente con el Adviento, tiempo de preparación para el nacimiento del Señor. En el Adviento el pueblo cristiano revive un doble movimiento del espíritu: por una parte, eleva su mirada hacia la meta final de su peregrinación en la historia, que es la vuelta gloriosa del Señor Jesús; por otra, recordando con emoción su nacimiento en Belén, se arrodilla ante el pesebre.
El Evangelio nos invita hoy a estar vigilantes, en espera de la última venida de Cristo: “Velad -dice Jesús-: pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa” (Mc 13, 35. 37). La breve parábola del señor que se fue de viaje y de los criados a los que dejó en su lugar muestra cuán importante es estar preparados para acoger al Señor, cuando venga repentinamente. La comunidad cristiana espera con ansia su “manifestación”, y el apóstol san Pablo, escribiendo a los Corintios, los exhorta a confiar en la fidelidad de Dios y a vivir de modo que se encuentren “irreprensibles” (cf. 1 Co 1, 7-9) el día del Señor. Por eso, al inicio del Adviento, muy oportunamente la liturgia pone en nuestros labios la invocación del salmo: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación” (Sal 84, 8).
En la segunda lectura san Pablo afirma que “Esperamos la manifestación de nuestro señor Jesucristo”. En efecto, este tiempo de adviento es el tiempo propicio para reavivar en nuestro corazón la espera de Aquel “que es, que era y que va a venir” (Ap 1, 8). Ciertamente, que el Hijo de Dios ya vino en Belén hace veinte siglos, pero Él quiere venir en cada momento al alma y a la comunidad dispuestas a recibirlo, y de nuevo vendrá al final de los tiempos para “juzgar a vivos y muertos”. Por eso, el creyente h de estar siempre vigilante, animado por la íntima esperanza de encontrar al Señor, como dice el Salmo: “Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela a la aurora” (Sal 130, 5-6).
Esta esperanza de la manifestación de Jesús, nos dice la encíclica Spe Salvi, consiste en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso. Jesús, con su nacimiento, su vida toda y su enseñanza, y sobre todo con su muerte en la cruz y su resurrección, nos reveló su rostro, el rostro de un Dios con un amor tan grande que comunica una esperanza inquebrantable, que ni siquiera la muerte puede destruir, porque la vida de quien se pone en manos de este Padre se abre a la perspectiva de la bienaventuranza eterna.
La "gracia de Dios aparecida" en Jesús es su amor misericordioso, que dirige toda la historia de la salvación y la lleva a su cumplimiento definitivo. La manifestación de Dios “en la humildad de nuestra carne” (Prefacio de Adviento I) anticipa en la tierra su ‘manifestación’ gloriosa al final de los tiempos (cf. Tt 2, 13).
No sólo eso. El acontecimiento histórico que estamos viviendo en el misterio es el ‘camino’ que se nos ofrece para llegar al encuentro con Cristo glorioso. En efecto, con su Encarnación, Jesús, -como dice el Apóstol- nos enseña a “renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos” (Tt 2, 12-13).
En Cristo esperamos; es a él a quien aguardamos. Con María, su Madre, la Iglesia va al encuentro del Esposo: lo hace con las obra de caridad, porque la esperanza, como la fe, se manifiesta en el amor. ¡Buen Adviento a todos!

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Año Litúrgico. Tiempo de Adviento


EL NUEVO AÑO LITURGICO INICIA CON EL ADVIENTO
Abrimos el nuevo Año litúrgico con su primera etapa: el Adviento, el período que conmemora la venida de Dios entre nosotros. En este Adviento se nos concederá, una vez más, experimentar la cercanía de Aquel que ha creado el mundo, que orienta la historia y que ha querido cuidar de nosotros hasta llegar al culmen de su condescendencia haciéndose hombre. Precisamente el misterio grande y fascinante del Dios con nosotros, es más, del Dios que se hace uno de nosotros, es lo que celebraremos en las próximas semanas caminando hacia la santa Navidad. Durante el tiempo de Adviento sentiremos que la Iglesia nos toma de la mano y, a imagen de María santísima, manifiesta su maternidad haciéndonos experimentar la espera gozosa de la venida del Señor, que nos abraza a todos en su amor que salva y consuela.
1. AÑO LITÚRGICO
En año Litúrgico es el período cíclico anual durante el cual la Iglesia celebra la historia de la salvación realizada en y por Cristo a la que distribuye en festividades y ciclos menores.
El año comienza el primer domingo del adviento (el más cercano al 30 de noviembre), se centra en el misterio pascual, termina con la fiesta de Cristo Rey y se basa en la estructura semanal, cuyo eje lo constituye el ‘Día del Señor’ o Domingo. Su organización anual es sencilla: el primer gran Ciclo, el de la Navidad, comprende un período de preparación llamado Adviento (cuatro semanas). A este lo sigue el período de la Navidad propiamente tal, que concluye con la Epifanía.
El segundo ciclo, el principal, es el de la Pascua. Lo prepara la Cuaresma (cuarenta días). Lo sigue un período de cincuenta días. (Pentecostés), y lo concluye la solemnidad el mismo nombre.
En el centro de cada uno de estos dos ciclos están las festividades por excelencia: el triduo pascual (de la celebración vespertina del jueves Santo hasta la Vigilia pascual: nacimiento para la gloria) y la Vigilia de la Navidad (nacimiento para la tierra). Ambos momentos y eventos se celebran por la noche y evocan la salvación de Dios desde la oscuridad que envuelve al hombre.
El resto del año litúrgico se llama ‘Tiempo ordinario’ o ‘Tiempo durante el año’. Se desarrolla entre los dos ciclos anteriores y puede durar hasta 34 semanas.
Durante el Año litúrgico se celebran varias fiestas del Señor:
Santísima Trinidad, Anuncio del nacimiento de Cristo, es decir, el anuncia de la encarnación, Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, Corpus Christi, Transfiguración, Sagrado Corazón de Jesús;
Objetos de la redención: la Cruz y la Preciosísima Sangre;
De María (Maternidad divina, Asunción, Natividad, Inmaculada Concepción,
Y otras regionales y devocionales (bajo diversas advocaciones como las del Carmen, Virgen de Guadalupe, Lourdes, Fátima, La Merced);
Y las memorias de los Santos, ejemplos de vida cristiana: entre las que destacan las fiestas de Juan Bautista, san José, san Pedro y san Pablo; apóstoles, mártires, confesores, Padres de la Iglesia, Doctores de la Iglesia, Fundadores de institutos religiosos, laicos, misioneros y ascetas.
El año litúrgico de la Iglesia se presta para la formación de la comunidad cristiana en los terrenos bíblico, teológico, litúrgico, misionero y espiritual. Existen actualmente tres cielos (A, B, C,) y un doble leccionario (I y II, según el año par o impar) en los que se lee y medita toda la Escritura o Biblia.
De este modo, los fieles cristianos, se alimentan de la Sagrada Escritura y de los Sacramentos durante todo el Año Litúrgico. Ahora en estos siguientes lunes, me propongo, con el favor de Dios, darles unas gotitas de enseñanza sobre Adviento, Navidad y Epifanía, y así de cada tiempo en su momento, para gloria de Dios y salvación de nuestras almas.

2. SIGNIFICADO DEL ADVIENTO
“El tiempo de Adviento comienza con las primeras vísperas del domingo que cae el 30 de noviembre o el más próximo a este día, y acaba antes de las primeras vísperas de Navidad”.
El Adviento es el tiempo de la presencia y de la espera de lo eterno. Precisamente por esta razón es, de modo especial, el tiempo de la alegría, de una alegría interiorizada, que ningún sufrimiento puede eliminar. Adviento, significa “presencia”, “llegada”, “venida”:
El Adviento nos invita y nos estimula a contemplar al Señor presente. Nos invita a participar en la fiesta de su Adviento a todos los que creemos en él, a todos los que creemos en su presencia en la asamblea litúrgica. El Adviento nos invita a detenernos, en silencio, para captar una presencia. Dios está aquí, él está presente, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no podamos verlo o tocarlo, como sucede con las realidades sensibles, él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras.
Adviento nos habla de la visita de Dios: él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí. En la vida cotidiana todos experimentamos que tenemos poco tiempo para el Señor y también poco tiempo para nosotros.
El Adviento cristiano es una ocasión para despertar de nuevo en nosotros el sentido verdadero de la espera, volviendo al corazón de nuestra fe, que es el misterio de Cristo, el Mesías esperado durante muchos siglos y que nació en la pobreza de Belén. Al venir entre nosotros, nos trajo y sigue ofreciéndonos el don de su amor y de su salvación. Presente entre nosotros, nos habla de muchas maneras: en la Sagrada Escritura, en el año litúrgico, en los santos, en los acontecimientos de la vida cotidiana, en toda la creación, que cambia de aspecto si detrás de ella se encuentra él o si está ofuscada por la niebla de un origen y un futuro inciertos.

4. GUÍAS DEL ADVIENTO
Los personajes clásicos del adviento son el profeta Isaías, el precursor Juan Bautista y la Madre de Dios, María de Nazaret- “a quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres” (prefacio II). Estos ‘guías’ singulares nos indican las actitudes que es preciso tomar para salir al encuentro de este ‘Huésped’ divino de la humanidad.
1. Isaías es el profeta del Adviento. En sus palabras resuena el eco de la gran esperanza en la venida del Rey Mesías, Jesús, y la conversión del corazón para recibirlo; exhorta a mantenerse vigilantes en la oración, para reconocer ‘los signos’ de la venida del Mesías: Digan a los cobardes de corazón: ¡Sean fuertes, no teman! Miren a nuestro Dios que va a venir a salvarnos” (Is 35, 4). Esta invitación se hace cada vez más apremiante a medida que se acerca la Navidad, enriqueciéndose con la exhortación a preparar el corazón para acoger al Mesías. El esperado de las gentes ciertamente vendrá y su salvación será para todos los hombres. Isaías afirma: El Señor viene... como Pastor; es preciso crear las condiciones necesarias para el encuentro con El. Es necesario prepararse.
2. Juan Bautista, el Precursor, es otro de los personajes del Adviento: se presenta como “la voz del que grita en el desierto”, predicando “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Mc 1, 4). Es la única condición para reconocer al Mesías, ya presente en el mundo. Efectivamente, Juan predicaba: “Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero El os bautizará con Espíritu Santo” (Mc 1, 7-8).
3. María, la Madre del Señor es el tercer personaje del Adviento. María nos guía en la novena de preparación para la Navidad, nos guía hacia Belén. María es la mujer del ‘sí’, que, a diferencia de Eva, hace suyo sin reservas el proyecto de Dios. Así se convierte en una luz clara para nuestros pasos y en el modelo más elevado para inspirarnos. Con palabras exigentes, Juan Bautista anunciaba el juicio inminente: “El árbol que no da fruto será talado y echado al fuego” (Mt 3, 10). Sobre todo ponía en guardia contra la hipocresía de quien se sentía seguro por el mero hecho de pertenecer al pueblo elegido: ante Dios –decía- nadie tiene títulos para enorgullecerse, sino que debe dar “frutos dignos de conversión” (Mt 3, 8).
4.-El Espíritu, Maestro del adviento: El adviento de encuentro con Jesús es obra del Espíritu Santo. El Espíritu Santo, que formó a Jesús, hombre perfecto, en el seno de la Virgen, es quien lleva a cabo en la persona humana el admirable proyecto de Dios, transformando ante todo el corazón y, desde este centro, todo el resto. Así, sucede que en cada persona se renueva toda la obra de la creación y de la redención, que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo van realizando desde el inicio hasta el final del cosmos y de la historia. Y como en el centro de la historia de la humanidad está la primera venida de Cristo y, al final, su retorno glorioso, así toda existencia personal está llamada a confrontarse con él —de modo misterioso y multiforme— durante su peregrinación terrena, para encontrarse ‘en él’ cuando vuelva.
Esto significa que para llegar a Cristo en el conocimiento y en el amor -como ocurre en la verdadera sabiduría cristiana- tenemos necesidad de la inspiración y de la guía del Espíritu Santo, maestro interior de verdad y de vida. En el Verbo encarnado, que nace de María Virgen como primogénito de una multitud de hermanos, el Espíritu crea también la humanidad nueva de los redimidos.
5. LA CORONA DE ADVIENTO: PRIMER ANUNCIO DE NAVIDAD
Una costumbre significativa y de gran ayuda para vivir este tiempo es La corona o guirnalda de Adviento, es el primer anuncio de Navidad.
Origen. La corona de adviento encuentra sus raíces en las costumbres pre-cristianas de los germanos (Alemania). Durante el frío y la oscuridad de diciembre, colectaban coronas de ramas verdes y encendían fuegos como señal de esperanza en la venida de la primavera. Pero la corona de adviento no representa una concesión al paganismo sino, al contrario, es un ejemplo de la cristianización de la cultura. Lo viejo ahora toma un nuevo y pleno contenido en Cristo. El vino para hacer todas las cosas nuevas.
Nueva realidad. Los cristianos supieron apreciar la enseñanza de Jesús: Juan 8,12: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida”. La luz que prendemos en la oscuridad del invierno nos recuerda a Cristo que vence la oscuridad. Nosotros, unidos a Jesús, también somos luz: Mateo 5,14 “Ustedes son la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte”.
En el siglo XVI católicos y protestantes alemanes utilizaban este símbolo para celebrar el adviento: Aquellas costumbres primitivas contenían una semilla de verdad que ahora podía expresar la verdad suprema: Jesús es la luz que ha venido, que está con nosotros y que vendrá con gloria. Las velas anticipan la venida de la luz en la Navidad: Jesucristo.
La corona de adviento se hace con follaje verde sobre el que se insertan cuatro velas. Tres velas son violetas, una es rosa. El primer domingo de adviento encendemos la primera vela y cada domingo de adviento encendemos una vela más hasta llegar a la Navidad. La vela rosa corresponde al tercer domingo y representa el gozo. Mientras se encienden las velas se hace una oración, utilizando algún pasaje de la Biblia y se entonan cantos. Esto lo hacemos en las misas de adviento y también es recomendable hacerlo en casa, por ejemplo antes o después de la cena. Si no hay velas de esos colores aun se puede hacer la corona ya que lo más importante es el significado: la luz que aumenta con la proximidad del nacimiento de Jesús quien es la Luz del Mundo. La corona se puede llevar a la iglesia para ser bendecida por el sacerdote.
La corona de adviento encierra varios simbolismos:
La forma circular: El círculo no tiene principio ni fin. Es señal del amor de Dios que es eterno, sin principio y sin fin, y también de nuestro amor a Dios y al prójimo que nunca debe de terminar.
Las ramas verdes: Verde es el color de esperanza y vida. Dios quiere que esperemos su gracia, el perdón de los pecados y la gloria eterna al final de nuestras vidas. El anhelo más importante en nuestras vidas debe ser llegar a una unión más estrecha con Dios, nuestro Padre.
Las cuatro velas: Nos hacen pensar en la obscuridad provocada por el pecado que ciega al hombre y lo aleja de Dios. Después de la primera caída del hombre, Dios fue dando poco a poco una esperanza de salvación que iluminó todo el universo como las velas la corona. Así como las tinieblas se disipan con cada vela que encendemos, los siglos se fueron iluminando con la cada vez más cercana llegada de Cristo a nuestro mundo. Son cuatro velas las que se ponen en la corona y se prenden de una en una, durante los cuatro domingos de adviento al hacer la oración en familia.
Las manzanas rojas que adornan la corona: Representan los frutos del jardín del Edén con Adán y Eva que trajeron el pecado al mundo pero recibieron también la promesa del Salvador Universal.
El listón rojo: Representa nuestro amor a Dios y el amor de Dios que nos envuelve.

lunes, 21 de noviembre de 2011

XXXIV Semana Reflexiones al evangelio de cada día


XXXIV Semana
Lunes: La Presentación de la Santísima Virgen María
Lucas 21, 1-4
“Vio a una viuda pobre que echaba dos monedas”. El Señor observaba cómo los ricos echaban en cantidad. Acaso lo hacían con cierta ostentación, para que se viera lo mucho que echaban. Observa asimismo a una viuda pobre que se acerca para echar apenas «dos moneditas», una suma irrisoria en sí misma y más aún si se comparaba con lo mucho que echaban los ricos.
El Señor Jesús aprovecha la ocasión para dar una lección fundamental a sus discípulos. Pone a esta viuda pobre como modelo de generosidad: ella ha dado más que nadie, porque mientras los demás echaban de lo que les sobraba, “ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,43-44).
La lección es clara: lo que pesa en la ofrenda dada a Dios no es tanto la cantidad, sino la actitud con que se da. Aquella viuda, a diferencia de los que dan “de lo que les sobra”, muestra una enorme generosidad y confianza en Dios. Ella, por amor a Dios, se desprende incluso de lo que necesita, se desprende de todo lo que tiene para vivir. Su entrega no es un acto suicida, sino que manifiesta su enorme confianza en Dios, confianza de que a ella nada le faltará porque está en las manos de Dios. Sabe que Dios no se deja ganar en generosidad: Él es muchísimo más generoso con quien es generoso con Él. Dios, en cuyas manos se sabe, proveerá lo necesario para su subsistencia.
San Agustín dice que “Zaqueo fue un hombre de gran voluntad y su caridad fue grande. Dio la mitad de sus bienes en limosnas y se quedó con la otra mitad sólo para devolver lo que acaso había defraudado. Mucho dio y mucho sembró. Entonces aquella viuda que dio dos céntimos, ¿sembró poco? No, lo mismo que Zaqueo. Tenía menos dinero pero igual voluntad, y entregó sus dos moneditas con el mismo amor que Zaqueo la mitad de su patrimonio. Si miras lo que dieron, verás que entregan cantidades diversas; pero si miras de dónde lo sacan, verás que sale del mismo sitio lo que da la una que lo que entrega el otro”.
Martes
Lucas 21, 5-11
“No quedará piedra sobre piedra”. Esta dura e inesperada predicción la lanza el Señor en el contexto de su ya próxima Pascua. En efecto, “su hora”, el momento de su Pasión, Muerte y Resurrección, se hallaba ya cercano. No es de sorprender, pues, que el pensamiento del Señor estuviera puesto en las cosas que habían de venir.
San Ambrosio dice que “Era muy cierto que había de ser destruido el templo construido por los hombres; porque nada hay de lo hecho por los hombres que no sea destruido por la vejez, o derribado por la fuerza, o consumido por el fuego. Sin embargo, hay otro templo, a saber, la sinagoga, cuya obra antigua se destruyó al levantarse la Iglesia. También hay un templo en cada uno de nosotros, que se destruye cuando falta la fe y principalmente cuando alguno invoca en falso el nombre de Jesucristo, lo que violenta su conciencia”.
Jesús anunció, no obstante, en el umbral de su Pasión, la ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará piedra sobre piedra. Hay aquí un anuncio de una señal de los últimos tiempos que se van a abrir con su propia Pascua. Pero esta profecía pudo ser deformada por falsos testigos en su interrogatorio en casa del sumo sacerdote y serle reprochada como injuriosa cuando estaba clavado en la cruz (CIgC 585).
Finalmente advierte el Señor a sus discípulos que antes de sobrevenir el fin del mundo sufrirán una fuerte persecución por causa de su Nombre. La perseverancia será decisiva en medio de las duras pruebas: «Gracias a la constancia salvarán sus vidas». El hecho de ser cristianos nos exige la fe y la esperanza; pero, para que esta fe y esta esperanza puedan obtener su fruto, nos es necesaria la paciencia. Pues nosotros no buscamos la gloria presente, sino la futura... La esperanza y la paciencia son necesarias para llevar a buen término lo que hemos empezado, y para alcanzar lo que esperamos y creemos apoyados en la promesa divina.
Miércoles
Lucas 21, 12-19
“Todos los odiarán a ustedes por causa mía. Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá”. Ser cristiano o cristiana en el mundo de hoy no es cosa fácil. Quienes quieren ser de Cristo, quienes optan por tomar en serio sus enseñanzas y buscan instaurarlo todo en Él, experimentan inmediatamente la oposición, la burla, el desprecio, el rechazo o la persecución no sólo de los enemigos de Cristo, sino incluso de amigos y familiares.
La presión recibida por los cristianos para que se acomoden al estilo de vida mundana que “todos” llevan es fuerte y persistente, más aún cuando se busca ser coherente. Un cristiano así será perseguido, pues «es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una vida distinta de todas» (Sab 2,14-15).
San Cipriano: “Éste es el precepto de nuestro Señor y Maestro: El que persevere hasta el fin se salvará… Es necesario, hermanos muy queridos, tener paciencia y perseverar, para que, después de haber sido admitidos a la esperanza de la verdad y de la libertad, podamos alcanzar esa misma verdad y libertad; porque el hecho de ser cristianos nos exige la fe y la esperanza; pero, para que esta fe y esta esperanza puedan obtener su fruto, nos es necesaria la paciencia. Pues nosotros no buscamos la gloria presente, sino la futura... La esperanza y la paciencia son necesarias para llevar a buen término lo que hemos empezado, y para alcanzar lo que esperamos y creemos apoyados en la promesa divina”.
Pero no olvidemos que no se perderá ni un solo cabello de nuestra cabeza en esta lucha por ser signo y transparencia de Jesús, en nuestro mundo en el que vivimos. “Con su paciencia compraremos (la salvación) de nuestras almas” (Lc 21, 12-19). Y Jesús dice también: “Esto se lo he dicho para que tengan paz en mí; en el mundo han de tener tribulación; pero confíen: yo he vencido al mundo” (Jn 15, 18-21).

Jueves
Lucas 21, 20-28
“Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumpla el plazo señalado por Dios”. Es la tercera vez que Jesús anuncia, con pena, la destrucción de Jerusalén: “serán días de venganza... habrá angustia tremenda, caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones: Jerusalén será pisoteada por los gentiles”.
Las imágenes, que hemos escuchado en el evangelio, se suceden una tras otra para describirnos la seriedad de los tiempos futuros: la mujer encinta, la angustia ante los fenómenos cósmicos, la muerte a manos de los invasores, la ciudad pisoteada.
Jesús al pronunciar el discurso sobre la destrucción de Jerusalén y sobre el fin del mundo, nos invita a leer con atención los signos del tiempo y a mantener siempre una actitud de vigilancia. Ahora, en este tiempo, nosotros somos invitados a tener confianza en la victoria de Cristo Jesús: el Hijo del Hombre viene con poder y gloria. Viene a salvar. Debemos “alzar la cabeza y levantarnos", porque "se acerca nuestra liberación”.
Sea en el momento de nuestra muerte, que no es final, sino comienzo de una nueva manera de existir, mucho más plena. Sea en el momento del final de la historia, venga cuando. Más allá de los alarmismos que acompañan generalmente a las representaciones sobre el fin del mundo, se nos invita a anhelarlo y a descubrir en él las consecuencias positivas que producirá en nosotros. Debemos ver en todos esos acontecimientos que nuestra liberación está próxima.

Viernes
Lucas 21, 29-33
“Cuando vean que sucede esto, sepan que el Reino de Dios está cerca”. Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento, aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén ‘retenidos’ en las manos de Dios.
El Señor Jesús es Dios, es Señor de todo lo creado y permanece más allá de la inestabilidad de las cosas visibles, por ello afirma: “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”. Frente a la fugacidad de todo lo creado sólo permanecerán sus palabras, porque Cristo, que es la Palabra eterna del Padre, permanece para siempre. Como Cristo, tampoco ‘pasará’ o dejará de existir quien cree en Él y guarda fielmente su palabra. Éste nada tiene que temer cuando venga el fin del mundo, pues su nombre está inscrito en el Libro de la Vida.
¿Cuándo será el fin del mundo? Siempre han mentido y mienten o desvarían aquellos que anuncian el fin del mundo “para tal día”. Jamás podrán ser dignos de crédito. Es al Señor a quien nosotros escuchamos y creemos. Él ha dicho que «el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.
¿Y por qué Dios no ha querido revelar cuándo será aquél momento? Si tenemos la certeza de que aquél día llegará, pero también la absoluta incertidumbre del momento preciso, ¿no será lo sensato vivir en un estado de continua vigilancia, un estar preparados en todo momento y no adormecerse nunca?

Sábado
Lucas 21, 34-36
“Velen para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder”. Ultima recomendación de Jesús en su "discurso escatológico", último consejo del año litúrgico, que enlazará con los primeros del Adviento: “estén siempre despiertos”.
Lo contrario del estar despiertos es que se “nos embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero”. Y el medio, para mantener en tensión nuestra espera es la oración: “pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir”.
Estar de pie, ante Cristo, es estar en vela y en actitud de oración, mientras caminamos por este mundo y vamos realizando las mil tareas que nos encomienda la vida. No importa si la venida gloriosa de Jesús está próxima o no: para cada uno está siempre próxima, tanto pensando en nuestra muerte como en su venida diaria a nuestra existencia, en los sacramentos, en la Eucaristía, en la persona del prójimo, en los pequeños o grandes hechos de la vida.
Insiste el Señor en la necesidad de la vigilancia aún cuando la espera se alargue. Él viene inexorablemente: «estén preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre». Su venida será inesperada, como inesperada es la venida de un ladrón en la noche.
Y San Gregorio dice que “…aun cuando todo lo hagamos así, falta todavía que pongamos toda nuestra esperanza en la venida de nuestro Redentor. Por esto añade: ‘Y sean ustedes semejantes a los hombres que esperan a su Señor cuando vuelva de las bodas’”.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo


NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (1Cor 15, 20-26.28)
Cristo le entregará el reino a su Padre para que Dios sea todo en todas las cosas
Hoy es el último domingo del Año Litúrgico, el cual finaliza celebrando a Cristo como Rey del Universo. Las Lecturas nos invitan a reflexionar sobre el establecimiento del Reinado de Cristo en el mundo.
La segunda lectura (1 Cor. 15, 20-28), en la que nos vamos a fijarnos, nos habla del momento del establecimiento del Reino de Cristo. Nos habla de que su resurrección es primicia de la nuestra. Nos habla, también, de que en el momento de su venida, Cristo aniquilará todos los poderes del Mal, someterá a todos bajo sus pies, para luego entregar su Reino al Padre. Y así Dios será todo en todas las cosas. Tres puntos:
1º.) El momento del establecimiento del Reino de Cristo. El Reino de Dios se inicia en este mundo y tendrá su plenitud cuando Cristo venga al final de los tiempos. En efecto, el Reino de los cielos ha sido inaugurado en la tierra por Cristo. “Se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo” (LG 5).
El misterio de la realeza de Cristo se establece en el corazón del hombre, en las familias, sin ruido, con la fuerza de la gracia y la constancia de la misericordia, crece día tras día en el corazón de los creyentes, librándolos del egoísmo y del pecado y abriéndolos a la obediencia de la fe, así como a la entrega generosa de sí mismos en la caridad.
El reino de Cristo es, por consiguiente, el reino de la consolación y la paz, que libera al hombre de todas sus angustias y temores, y lo introduce en la comunión con el Padre celeste. Se trata de un reino que comienza ya aquí, en la tierra, pero que tendrá su cumplimiento pleno en el cielo, cuando Cristo le entregue el reino a su Padre para que Dios sea todo en todas las cosas.
2º.) La resurrección de Jesús es primicia de la nuestra. San Pablo pone de relieve la vinculación entre la resurrección de Cristo y la nuestra, sobre todo en su Primera Carta a los Corintios; pues escribe: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron... Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1 Co 15, 20-22). “En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que este ser mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ‘La muerte ha sido devorada en la victoria’” (1 Co 15, 53-54). “Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo” (1 Co 15, 57).
3º.) En el momento de su venida, Cristo aniquilará todos los poderes del Mal, someterá a todos bajo sus pies, para luego entregar su Reino al Padre. La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás (cf. Mt 12, 26): "Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12, 28). Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios (cf Lc 8, 26-39). Anticipan la gran victoria de Jesús sobre “el príncipe de este mundo” (Jn 12, 31). Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: Regnavit a ligno Deus (“Dios reinó desde el madero de la Cruz”, [Venancio Fortunato, Hymnus "Vexilla Regis": MGH 1/4/1, 34: PL 88, 96]) (CIgC 550).
Con Cristo, vencedor sobre las potestades adversarias, también nosotros participaremos en la nueva creación, la cual consistirá en una vuelta definitiva de todo a Aquel del que todo procede. “Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos” (1 Co 15, 28).
Por tanto, debemos estar convencidos de que “somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo” (Flp 3, 20). Aquí abajo no tenemos una ciudad permanente (cf. Hb 13, 14). Al ser peregrinos, en busca de una morada definitiva, debemos aspirar, como nuestros padres en la fe, a una patria mejor, “es decir, a la celestial” (Hb 11, 16).
El Papa Pío XI al establecer esta Fiesta quería que el Reinado de Cristo -comenzando por cada uno de nosotros los Católicos- se extendiera de cada individuo a cada familia, de cada familia a la sociedad, de la sociedad a las naciones, de las naciones al mundo entero. Esa es nuestra obligación como súbditos de Cristo, Rey del Universo. Que María, Madre del Redentor haga que tu Hijo, Rey del universo y de la historia, reine en nuestra vida, en nuestras comunidades y en el mundo entero.

sábado, 12 de noviembre de 2011

XXXIII Domingo TO/A Homilía sobre la segunda lectura


XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario/A (1Tes 5, 1-6)
Si el domingo pasado san Pablo nos decía; “A los que mueren en Jesús, Dios los llevará con Él”; y ahora nos advierte: “Que el día del Señor no los sorprenda como un ladrón. Al final del año litúrgico, la Iglesia nos invita pensar en el final de nuestra vida, nos invita a prepararnos para acoger al Señor que vendrá. Así, en la segunda lectura san Pablo nos invita a vivir preparados para cuando el señor nos llame: “…no vivamos dormidos, como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente”.
El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta advertencia de san Pablo adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. “Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela” (Ap 16,15).
El domingo pasado decíamos que “nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida: “Acuérdate de tu Creador en tus días mozos [...], mientras no vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio” (Qo 12, 1. 7) (CIgC 1007).
Ante el acontecimiento de su venida última y ante la ignorancia sobre la hora o día, el Señor enseña que sólo cabe una actitud sensata: velar y estar preparados en todo momento. Y para insistir más aún en la necesidad de este estar preparados el Señor pone a sus discípulos otra comparación: «si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón estaría vigilando y no lo dejaría asaltar su casa». Del mismo modo, el saber que vendrá y la ignorancia del momento mueven a una persona sensata a mantenerse siempre vigilante.
También el apóstol Pablo invita a los creyentes con insistencia a estar preparados en varias de sus cartas. El suyo es un llamado a “despertar del sueño” dado que «la noche está avanzada» y «se acerca el día». Este “pasar de las tinieblas a la luz” se realiza mediante un esfuerzo serio de conversión que consiste en un proceso simultáneo de despojamiento y revestimiento. De lo que hay que despojarse es de las obras de las tinieblas como los son las orgías y borracheras, las lujurias y lascivias, las rivalidades, pleitos y envidias. De lo que hay que revestirse en cambio es de las armas de la luz, más aún, hay que “revestirse” interiormente de Cristo mismo.
San Gregorio dice que el Señor “Viene cuando nos llama a juicio, pero llama cuando da a conocer por la fuerza de la enfermedad que la muerte está próxima. Y le abrimos inmediatamente si lo recibimos con amor. No quiere abrir al juez que llama el que teme la muerte del cuerpo y se horroriza de ver a aquel juez a quien se acuerda que despreció. Pero aquel que está seguro por su esperanza y buenas obras, abre inmediatamente al que llama porque cuando conoce que se aproxima el tiempo de la muerte, se alegra por la gloria del premio. Por esto añade: ‘Bienaventurados aquellos siervos, que hallare velando el Señor, cuando viniere’. Vigila aquel que tiene los ojos de su inteligencia abiertos al aspecto de la luz verdadera, el que obra conforme a lo que cree y el que rechaza de sí las tinieblas de la pereza y de la negligencia”.
Y, por su parte, San Cirilo: añade que “Así pues, cuando venga el Señor y encuentre a los suyos despiertos y ceñidos, teniendo la luz en su corazón, entonces los llamará bienaventurados”. Por tanto, en toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, “perseverar hasta el fin” y obtener el gozo del Cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que “todos los hombres se salven” (1Tim 2,4).
Santa Teresa de Jesús al respecto enseña: “Espera estar en la gloria del Cielo unida a Cristo, su esposo: “Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin”. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

LECCIONES DE APOLOGÉTICA


LECCIONES DE APOLOGÉTICA
APRENDE A VIVIR, DIFUNDIR Y DEFENDER TU FE
¡Ser discípulos misioneros!
LO QUE PIERDE UN CATÓLICO QUE SE HACE PROTESTANTE
Es tanto, tanto lo que pierde un católico que se hace protestante, que apenas si podemos dejar consignada una mínima parte de ello en este número de formación cristiana católica. Y conste que no buscamos una crítica destructiva contra ninguna denominación religiosa, sino que es una postura desde la Verdad de la Revelación en la Biblia y en la santa Tradición Apostólica; porque una cosa es criticar y calumniar como lo hacen ellos con los cristianos católicos, hablar sin fundamento, y otra cosa es ser críticos, fundamentados en la Verdad de la Revelación de Dios al hombre.
1. PIERDE, LOS SACRAMENTOS
Perder los sacramentos es la pérdida más grande de un católico al hacerse protestante: ha perdido ¡EL ORO de la religión de Cristo! por no haber entendido lo que son los Sacramentos, su excelencia, la gran necesidad que de ellos tenemos para poder seguir la Moral de Cristo.
Por su ignorancia religiosa se fueron sin haber conocido su fe, pues no se dieron cuenta de que los Sacramentos son el medio de que se valió Nuestro Señor para confortarnos, para que estemos con El, para ayudarnos a ser buenos y santos.
Los sacramentos fueron instituidos por Cristo
Todos los sacramentos fueron instituidos por Cristo. Él determinó la gracia y el signo sensible correspondiente para cada uno de ellos. Los 7 sacramentos corresponden a las diferentes etapas de la vida de un cristiano: nacimiento, crecimiento, curación y la misión que cada cristiano tiene. Y en cierto modo, existe una semejanza entre las etapas de la vida natural y la vida espiritual (Cfr. S. Tomás de Aquino, S. Th 3, 65, 1).
Aunque en ninguna parte de la Biblia encontramos un texto que hable de todos ellos juntos, encontramos diferentes pasajes que hablan de ellos de manera clara y explícita, veamos:
Bautismo: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 29). “Y les dijo: Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la Creación. El que crea y sea bautizado, se salvará, el que no crea, se condenará.” (Mc 16, 15-16).
Confirmación: “Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (He 8, 17; 19, 6).
Eucaristía: “Mientras estaban cenando, tomó Jesús el pan, y lo bendijo, lo partió, y dándoselo a sus discípulos, dijo: ‘Tomen, coman, este es mi cuerpo. Tomó luego una copa y, dadas las gracias se la dio, diciendo ‘Beban todos de ella’.” (Mt 26, 26-27), porque esta es mi sangre.
Reconciliación: “Yo les aseguro: todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo”. (Mt 18, 18). “A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengan, les quedaran retenidos” (Jn. 20, 23)
Unción de los Enfermos: “expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y se curaban” (Mc 6, 13). “¿Está enfermo alguno entre ustedes? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor”. (Sant 5, 14)
Orden sacerdotal: al final de la última Cena dijo Hagan esto en conmemoración mía. Y este testimonio: “No descuides el carisma que hay en ti, que se comunicó por intervención profética mediante la imposición de manos del colegio de presbíteros”. (1Tim 4, 14)
Matrimonio: “De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mt 19, 6). “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo con respecto a Cristo y a su Iglesia”. (Ef. 5, 31-32)
Por consiguiente, los sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios, pero como signos, también tienen un fin pedagógico. No sólo suponen la fe, sino que a la vez la alimentan, la robustecen y la expresan por medio de palabras y cosas; por esto se llaman sacramentos de la fe. Confieren ciertamente la gracia, pero también la celebración prepara perfectamente a los fieles para recibir con fruto la misma gracia, rendir el culto a Dios y practicar la caridad.
Todos estos dones, que recibimos en los sacramentos, los han dejado de recibir los que han dejado de ser cristianos católicos, llamados a ser apóstoles y a vivir en comunión. Los evangélicos no reconocen los sacramentos instituidos por Jesucristo por los cuales El se hace presente entre nosotros. Lo más grave es que no tienen el sacramento del perdón y de la Eucaristía. Aunque creen en el matrimonio como designio de Dios, no lo tienen como sacramento. Desde luego no tienen sacerdotes porque no tienen el sacramento del Orden sacerdotal…
2. RENUNCIARON A TENER A MARIA POR MADRE
Malamente, los que se han separado de la Iglesia católica, por haberse salido de ella antes de conocerla, piensan que los católicos “adoramos” a María y a los santos en sus imágenes, pero sabemos que no es así. En la Iglesia católica no veneramos las imágenes, sino a las personas que representan las imágenes, y a las imágenes, las valoramos y apreciamos por lo que representan.
En la Iglesia Dios manda alabar a María. El ángel Gabriel enviado por Dios saludó a María con estas palabras: “Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo” (Lc 1,28). Dios Padre ha querido asociar a María a la realización de su Plan de Redención: María está asociada a la obra de su Hijo, el Señor Jesús. No es un simple capricho o exageración el reconocer la maternidad divina de María. El misterio de María está íntimamente unido al misterio de su Hijo. En Ella “todo está referido a Cristo”, subordinado a Él. María no tiene naturaleza divina y todos sus dones le vienen por los méritos de su Hijo, y no por ello deja de ser una mujer única, con dones únicos, para una misión muy particular en la historia de la salvación.
Las objeciones contra la Santísima Virgen María provienen de algunas tendencias fundamentalistas cristianas, principalmente los Evangélicos, los cuales tratan de minimizar el culto a la Virgen, como si la gloria de la Madre fuera en detrimento de la gloria del Hijo.
Nuestro culto a la Santísima Virgen María no disminuye nuestro culto a Cristo, sino que lo acrecienta, pues la Madre siempre nos lleva al Hijo: “Hagan todo lo que El les mande” (Jn. 2, 5).
El poder intercesor de la Santísima Virgen María, lo han perdido los católicos que se han hecho protestantes. Y han perdido la maternidad de María, la Virgen, a la que Cristo nos dio por Madre, cuando crucificado en el Calvario le dijo: Mujer, ahí tienes a tu Hijo (Jn.19, 26), y a pesar de leer esto en sus propias Biblias, los protestantes no la quieren por Madre.

PERDIERON EL CULTO A LA MADRE DE DIOS Y A LOS SANTOS
Dentro del culto especial que los Católicos rendimos a los Santos está, principalmente, su imitación. La intención de la Iglesia al presentarnos a los Santos canonizados es para que imitemos su forma de relacionarse con Dios y sigamos su ejemplo y sus consejos.
La imitación es un principio contenido en la Biblia. No sólo San Pablo aconsejaba que se le imitara a él en su seguimiento de Cristo y a que se siguieran las enseñanzas que trasmitía (Cfr. 1 Cor. 11, 1-2), sino que también recomendó imitar a los guías espirituales que habían ya muerto y que eran considerados dignos de ejemplo: “miren cómo terminaron su vida e imiten su fe” (Hb. 13, 7).
Así como la Virgen María, los Santos siguen intercediendo en el Cielo por nosotros. En efecto, san Juan en el Apocalipsis expresamente nos hace saber que esto es así, cuando nos describe a los Santos ofreciendo nuestras oraciones a Dios. Los describe como “los veinticuatro ancianos” (los guías del pueblo de Dios en el Cielo) “que tenían en sus manos arpas y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos” (Ap. 5, 8). Así que los Santos, aquellos seres humanos que nos han precedido en la gloria eterna, interceden por nosotros ante Dios de manera activa y continua.
Como el protestantismo no es una Religión Sobrenatural, no puede producir Santos. De aquí el odio que tienen por las Imágenes, las que combaten de cuantas maneras pueden.
3. APAGARON LA BÍBLICA ORACIÓN DEL SANTO ROSARIO
Desde siempre, María de Nazaret, ha sido el centro de la vida espiritual de los discípulos de Jesús, después de Él, que es la Puerta, el primero y el último, el centro y fin de la historia. Y Con el rosario el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con “la oración del corazón” u “oración de Jesús”.
La las oraciones que se rezan en el Rosario, tienen su origen en la Biblia, a excepción de algunas palabras o frases, compuestas por la Iglesia. Por ejemplo, la primera mitad del Ave María es textualmente bíblica. La segunda mitad no viene directamente de la Sagrada Escritura, pero su significado es enteramente bíblico: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”.
4. SE OLVIDARON DE QUE HAY INFIERNO
Respecto del Infierno hay errores muy difundidos entre los que han dejado de ser católicos: unos creen que el Infierno no existe. Otros creen que sí existe, pero que allí no va nadie, aduciendo que Dios es infinitamente bueno. Pero no hay que olvidar que Dios es, al mismo tiempo, infinitamente justo.
El infierno es un estado que corresponde, en el más allá, a los que mueren en pecado mortal y enemistad con Dios, habiendo perdido la gracia santificante por un acto personal, es decir, inteligente, libre y voluntario.
Jesucristo habla de lo que es el infierno y vino al mundo para librarnos de ese castigo, a enseñarnos el camino para llegar al Cielo. Por otra parte, si el infierno no existiera, ¿qué sentido tendría la salvación? ¿A qué hubiera venido Jesús al mundo? ¿A salvarnos de qué?
5. PERDIERON EL SENTIDO DE LA UNIDAD Y DE LA AUTORIDAD
Desconocer la autoridad del Papa es no aceptar las Escrituras en su totalidad y, a la vez, desconocer la intención de Jesús de fundar su Iglesia, la Iglesia Católica. Como es imposible no aceptar que los Papas son sucesores directos de San Pedro, el primer Papa, entonces se trata de demostrar que Cristo no edificó su Iglesia sobre Pedro. Hay suficiente evidencia en el Nuevo Testamento de que Pedro era el primero en autoridad entre los Apóstoles. Y por otra parte, los Padres de la Iglesia, aquellos cristianos más cercanos a los Apóstoles en tiempo, cultura y preparación teológica, entendieron en forma clara que Jesús prometió construir su Iglesia sobre Pedro.
Así, al no aceptar este plan de Cristo, los no católicos se han proliferado en miles de grupos, creyendo cada uno lo que mejor le conviene.
6. PERDIERON EL PURGATORIO Y LA ORACIÓN POR LOS DIFUNTOS
Esta doctrina es impugnada por los protestantes, porque, dicen, la palabra Purgatorio no aparece en la Biblia. A esta cuestión podemos responder que, ciertamente la palabra literal no aparece en la Biblia, pero no por eso se puede descartar su existencia, pues a pesar de no aparecer los términos en la Sagrada Escritura, sí aparece la realidad de lo que significan en la Biblia. En II Macabeos nos muestra que el pueblo hebreo creía en un estado intermedio, ni Cielo, ni Infierno eterno, al narrarnos que después de sepultar a los caídos, los soldados de Judas Macabeo “rezaron al Señor para que perdonara totalmente ese pecado a sus compañeros muertos”.
7. LA BIBLIA Y LA TRADICIÓN
Después de esto podemos decir que la revelación divina ha llegado hasta nosotros por la Tradición Apostólica y por la Sagrada Escritura. No debemos considerarlas como dos fuentes, sino como dos aspectos de la Revelación de Dios. La Tradición y la Escritura están unidas y ligadas, de modo que ninguna puede subsistir sin la otra.
La Sagrada Escritura presenta la Tradición como base de la fe del creyente: “Todo lo que han aprendido, recibido y oído de mí, todo lo que me han visto hacer, háganlo” (Fil.4,9); “Lo que aprendiste de mí, confirmado por muchos testigos, confíalo a hombres que merezcan confianza, capaces de instruir después a otros” (2. Tim 2, 2)…
Es un error creer que basta la Biblia para nuestra salvación. Esto nunca lo ha dicho Jesús y tampoco está escrito en la Biblia. Jesús nunca escribió un libro sagrado, ni repartió ninguna Biblia. Lo único que hizo Jesús fue fundar su Iglesia y entregarle su Evangelio para que fuera anunciado a todos los hombres hasta el fin del mundo. Fue dentro de la Tradición de la Iglesia donde se escribió y fue aceptado el N.T., bajo su autoridad apostólica. Además la Iglesia vivió muchos años sin el N.T., el que se terminó de escribir en el año 97 después de Cristo.
Por tanto, si aceptamos solamente la Biblia, ¿cómo sabemos cuáles son los libros inspirados? La Biblia, en efecto, no contiene ninguna lista de ellos. Fue la Tradición de la Iglesia la que nos transmitió la lista de los libros inspirados. Los evangélicos, al aceptar solamente la Biblia, están reduciendo considerablemente el conocimiento auténtico de la Revelación Divina. Guardemos esta ley de oro que nos dejó el apóstol Pablo: “Manténganse firmes guardando fielmente la Tradiciones que les enseñamos de palabra y por carta” (2 Te 2, 15).
En conclusión, expuesto brevemente lo anterior, cabe preguntar ¿en cambio de haber perdido tanto, tantísimo, qué es lo que ha ganado un católico que se ha hecho protestante? Por tanto, es falso que los protestantes conozcan bien la Biblia, pues tuercen lo que ella dice. Por otra parte, ¡a cuántas cosas los invita y compromete su pastor!
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lunes, 7 de noviembre de 2011

XXXII Semana Reflexiones del evangelio de cada día


XXXII Semana
Lunes
Lucas 17, 1-6
“Si tu hermano te ofende siete veces al día, y siete veces viene a ti para decirte que se arrepiente, perdónalo”. El cristiano, por tanto, está llamado a amar y a perdonar según una medida que trasciende toda medida humana de justicia y produce una reciprocidad entre los seres humanos, que refleja la existente entre Jesús y el Padre (cf. Jn 13,34s; 15,1-11; 17,21-26).
A sus discípulos Jesús les pide estar siempre dispuestos a perdonar a cuantos les hayan ofendido, así como Dios mismo ofrece siempre su perdón: “Perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6,12.12-15). Quien se halla en grado de perdonar al prójimo demuestra haber comprendido la necesidad que personalmente tiene del perdón de Dios. El discípulo está invitado a perdonar “hasta setenta veces siete” a quien le ofende, incluso aunque éste no pidiera perdón (Mt 18,21-22).
Sabemos que somos ante Dios insolventes ante nuestras deudas, nuestras culpas. Por eso su perdón no conoce límites. En el lenguaje oriental, es menester perdonar “hasta siete veces siete”. Es perdón sin barreras. En la lógica del Sermón de la Montaña la indulgencia ha de cubrir a los mismos enemigos. Hay que ofrecer la otra mejilla y dar el manto a quien pide túnica. Es el golpe certero del amor indulgente contra la tentación del odio y contra todas las formas de violencia.
Que por la intercesión de Nuestra Madre, la virgen María, sepamos hacer de cada Eucaristía una celebración de hombres y mujeres reconciliados y pues de Ella nace el perdón, en el compartir un mismo Pan y un mismo Cáliz.

Martes
Lucas 17, 7-10
“No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”. En estas palabras que hemos escuchado en el Evangelio, Jesús nos plantea una pregunta que no es posible evitar: ¿Realmente estamos haciendo lo que debemos?
Juan Pablo II decía que el cristiano sabe que, junto con los demás ciudadanos, tiene una responsabilidad muy precisa con respecto al destino de su patria y a la promoción del bien común. La fe impulsa siempre al servicio de los demás, de los compatriotas, considerados como hermanos. Y no puede haber testimonio eficaz sin una fe profundamente vivida, sin una vida enraizada en el Evangelio e impregnada de amor a Dios y al prójimo a ejemplo de Jesucristo.
Para el cristiano dar testimonio quiere decir revelar a los demás las maravillas del amor de Dios, construyendo en unión con sus hermanos el Reino, del que la Iglesia “constituye el germen y el comienzo” (LG, 5).
“… Somos siervos inútiles...”. La fe no busca cosas extraordinarias, sino que se esfuerza por ser útil, sirviendo a los hermanos desde la perspectiva del Reino. Su grandeza reside en la humildad: “Somos siervos inútiles...”. Una fe humilde es una fe auténtica. Y una fe auténtica, aunque sea pequeña “como un grano de mostaza”, puede realizar cosas extraordinarias (Juan Pablo II).
San Beda afirma que “Somos siervos porque hemos sido comprados por precio; inútiles porque el Señor no necesita de nuestras buenas acciones, o porque no son condignos los trabajos de esta vida para merecer la gloria; así la perfección de la fe en los hombres consiste en reconocerse imperfectos después de cumplir todos los mandamientos”.



Miércoles: Basílica de Letrán
Juan 2, 13-22
“Jesús hablaba del templo de su cuerpo”. Hoy celebramos la dedicación de la Basílica de Letrán, es la catedral del Obispo de Roma, el Papa. En esta solemnidad la liturgia nos propone lecturas relativas al templo. El Señor en el Evangelio habla del templo de su cuerpo. Nosotros somos el templo vivo y verdadero de Dios.
La realidad visible de un templo de piedra nos lleva a reflexionar sobre aquel otro templo que somos nosotros mismos. En efecto, Benedicto XVI, nos dice que “la iglesia-edificio es signo concreto de la Iglesia-comunidad, formada por las 'piedras vivas', que son los creyentes, imagen tan querida a los Apóstoles. San Pedro y San Pablo ponen de relieve cómo la 'piedra angular' de este templo espiritual es Cristo y que, unidos a Él y bien compactos, también nosotros estamos llamados a participar en la edificación de este templo vivo".
Todos nosotros… después del Bautismo nos convertimos en templos de Cristo. Y, si pensamos con atención en lo que atañe a la salvación de nuestras almas, tomamos conciencia de nuestra condición de templos verdaderos y vivos de Dios. Dios habita no sólo en templos levantados por los hombres ni en casas hechas de piedra y de madera, sino principalmente en el alma hecha a imagen de Dios y construida por Él mismo, que es su arquitecto. Por esto dice el apóstol Pablo: El templo de Dios es santo: ese templo son ustedes.
Por tanto, por amor a Dios debemos arrojar también nosotros, del templo que somos nosotros mismos, a todos aquellos ‘mercaderes’ y ‘cambistas’ que son nuestros vicios y pecados, con el mismo celo que mostró el Señor.

Jueves
Lucas 17, 20-25
“El Reino de Dios ya está entre ustedes”. La presencia de Jesús y el anunciar de su Evangelio es la realización del reino de Dios en el corazón del hombre: a lo largo de todo el desarrollo de su misión el reino nace y se desarrolla ya en el tiempo, como germen inserto en la historia del hombre y del mundo. Esta realización del reino tiene lugar mediante la palabra del Evangelio y mediante toda la vida terrena del Hijo del hombre, coronada en el misterio pascual con la cruz y la resurrección.
Si en Cristo el Reino de Dios ‘está cerca’ -es más, está presente- de manera definitiva en la historia del hombre y del mundo, al mismo tiempo, su cumplimiento sigue perteneciendo al futuro. Por tanto, el Reino de Dios está cerca, pero aún no se ha realizado plenamente; por eso, unidos a Cristo pidamos todos al Padre: “Venga a nosotros tu reino”(Mt 6, 10).
El librito de la imitación de Cristo en el 1 nos dice qué hemos de hacer para que este Reino de establezca en nuestro corazón, para que el Reino de Dios esté entre nosotros: “… Aprende a menospreciar los intereses exteriores, entrégate a los interiores y verás que el Reino de Dios llega a ti. Porque el Reino de Dios es paz y alegría con el Espíritu Santo (Rm 14,17) que no se da a los faltos de piedad.
Cuando Cristo venga a ti, te mostrará su amor siempre que encuentre allí dentro un hogar preparado. Todo esplendor y belleza se encuentra dentro y ahí le gusta entrar. Frecuentemente visita a la persona de vida interior le conversa suavemente, le manifiesta su afecto, mucha paz y maravillosa intimidad.

Viernes
Lucas 17, 26-37
“Lo mismo sucederá el día en que el Hijo del hombre se manifieste”. Es decir, así sucederá en el fin del mundo, puesto que no concluirá éste antes que todos los hombres buenos y justos sean separados de malos e impíos.
El fin del mundo es muy probable que sea para cada uno de nosotros la hora de nuestra muerte. Hoy podemos preguntarnos: ¿Soy consciente de que detrás de mi muerte está Cristo? ¿Cómo me presentaré ante Él? ¿Cómo estar preparado para ese momento crucial en el que se define mi eternidad? “Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan por la vida libertina, por las borracheras y las preocupaciones de la vida” (Lc 21,34). Sólo quien está despierto no será tomado de sorpresa.
Que no les suceda –advierte Jesús- lo que pasó en tiempo de Noé o en tiempo de Lot, cuando los hombres comían y bebían despreocupadamente, y el diluvio los encontró desprevenidos (cf. Mt 24, 37-38). Lo que quiere darnos a entender el Señor con esta recomendación es que no debemos dejarnos absorber por las realidades y preocupaciones materiales hasta el punto de quedar atrapados en ellas. Debemos vivir ante los ojos del Señor con la convicción de que cada día puede hacerse presente. Si vivimos así, el mundo será mejor.
San Gregorio Magno: Los que aman a Dios se regocijan al ver llegar el fin del mundo, porque encontrarán pronto aquella patria que aman, cuando haya pasado aquel mundo al que no se sienten apegados. Quiera Dios que ningún fiel que desea ver a Dios se queje de las pruebas de este mundo, ya que no ignora la caducidad de este mundo. En efecto, está escrito: “El que ama a este mundo es enemigo de Dios”. Aquel, pues, que no se alegra de ver llegar el fin de este mundo es su amigo y por lo tanto, enemigo de Dios. No será así entre los fieles, entre aquellos que creen que hay otra vida y que manifiestan por sus obras que la aman.
Sábado
Lucas 18, 1-8
“Dios hará justicia a sus elegidos que claman a él”. Luego de afirmar la necesidad de la oración continua y de la perseverancia en la misma, y en vistas a “aquel día”, el Señor ofrece una parábola para salir al paso de aquellos que piensan que Dios no hace justicia a pesar de sus súplicas. Quien así piensa, corre el peligro de abandonar la oración y, como consecuencia, perder la fe.
La viuda de la parábola no tenía cómo “comprar” al juez corrupto, un hombre cínico que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Por más que la causa de esta viuda fuera justa, al juez no le interesaba perder el tiempo con ella. Con un juez así ninguna viuda tenía las de ganar. Sin embargo, ante una situación tan desalentadora, ella persevera en su súplica día tras día hasta que el juez decide hacerle justicia para liberarse de la continua molestia. Es así como por su insistencia y persistente súplica la viuda obtuvo justicia.
De esta parábola el Señor Jesús saca la siguiente conclusión: si aquel juez inicuo le hizo justicia a la viuda por su terca e insistente súplica, “Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?”. Ante la tentación del desfallecimiento por una larga espera, ante las duras pruebas e injusticias sufridas día a día, los discípulos deben perseverar en la oración y en la súplica, con la certeza de que Dios “les hará justicia sin tardar” y les dará lo que en justicia les pertenece (ver Lc 16,12).
El Señor Jesús da a entender que la fidelidad de Dios y el cumplimiento de sus promesas están garantizados. La gran pregunta más bien es si los discípulos mantendrán la fe durante la espera y las pruebas que puedan sobrevenirles: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esa fe sobre la tierra?”
San Agustín enseña que “La perseverancia del que ruega debe durar hasta que se consiga lo que se pida en presencia del Justo Juez. Por tanto, deben estar bien seguros los que ruegan a Dios con perseverancia, porque Él es la fuente de la justicia y de la misericordia”.

sábado, 5 de noviembre de 2011

XXXII Domingo TO/A Homilía sobre la segunda lectura


XXXII Domingo del Tiempo Ordinario/A (1Tes 4, 13-18)
A los que mueren en Jesús, Dios os llevará con Él
En la Segunda Lectura (1 Tes 4, 13-18) San Pablo nos muestra en qué consiste la muerte para los creyentes. A la luz de Dios, la muerte no es motivo para “vivir tristes, sino para vivir en esperanza”, pues la muerte es el paso necesario para el encuentro definitivo con el Señor. Por esto San Pablo nos dice: “a los que murieron en Jesús, Dios los llevará con Él”. Dios nuestro Señor nos llevará a esa meta que El nos ha prometido: el Reino de los Cielos. Eso sí: siempre y cuando hagamos lo requerido por El.
Sabemos que la muerte forma parte de la condición humana; es el momento terminal de la fase histórica de la vida. En la concepción cristiana, la muerte es un paso: de la luz creada a la luz increada, de la vida temporal a la vida eterna.
Ahora bien, si la persona y la enseñanza de Cristo es la fuente de la que el cristiano recibe luz y energía para vivir como hijo de Dios, ¿a qué otra fuente se dirigirá para sacar la fuerza necesaria para morir de modo coherente con su fe? Como ‘vive en Cristo’, así no puede menos de ‘morir en Cristo’. Y estar dispuestos a morir por Cristo supone la decisión de aceptar con generosidad y coherencia las exigencias de la vida cristiana; es decir, significa vivir para Cristo.
Pero ¿Qué significa "morir en Cristo"? Significa ante todo, leer el evento desgarrador y misterioso de la muerte a la luz de la enseñanza del Hijo de Dios y verlo, por ello, como el momento de la partida hacia la casa del Padre, donde Jesús, pasando también Él a través de la muerte, ha ido a prepararnos un lugar (cf. Jn 14, 2).
“Morir en Cristo” significa, además, confiar en Cristo y abandonarse totalmente a Él, poniendo en sus manos -de hermano, de amigo, de buen Pastor- el propio destino, así como Él, muriendo, puso su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46). Significa cerrar los ojos a la luz de este mundo en la paz, en la amistad, en la comunión con Jesús, porque nada, "ni la muerte ni la vida... podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rm 8, 38-39). En aquella hora suprema, el cristiano sabe que, aunque el corazón le reproche algunas culpas, el Corazón de Cristo es más grande que el suyo y puede borrar toda su deuda si él está arrepentido (cf. 1 Jn 3, 20).
“Morir en Cristo” significa también, fortificarse para aquel momento decisivo con los ‘signos santos’ del ‘paso pascual’: el sacramento de la Penitencia, que nos reconcilia con el Padre y con todas las creaturas; el santo Viático, Pan de vida y medicina de inmortalidad; y la Unción de los enfermos, que da vigor al cuerpo y al espíritu para el combate supremo.
“Morir en Cristo” significa, finalmente, “morir como Cristo” orando y perdonando; teniendo junto a sí a la bienaventurada Virgen. Como madre, Ella estuvo junto a la cruz de su Hijo (cf. Jn 19, 25); como madre está al lado de sus hijos moribundos, Ella que, con el sacrificio de su corazón, cooperó a engendrarlos a la vida de la gracia (cf. Lumen gentium, 53); está al lado de ellos, presencia compasiva y materna, para que del sufrimiento de la muerte nazcan a la vida de la gloria.
De cara a la muerte san Ignacio de Antioquía decía: “Para mí es mejor morir en Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a Él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima [...] Dejadme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre” (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos 6, 1-2).
Por esto, la Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte (“De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor”: Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros “en la hora de nuestra muerte” (Avemaría), y a confiarnos a san José, patrono de la buena muerte: “Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieras de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado (preparado), ¿cómo lo estarás mañana?” (De imitatione Christi 1, 23, 1) (CIgC 1014).

lunes, 31 de octubre de 2011

XXXI Semana Reflexiones del evangelio de cada día


XXXI Semana
Lunes
Lucas 14,12-14
“No invites a tus amigos, sino a los pobres”. Esto es lo que el Señor propone al que lo había invitado a comer, para que los pobres lo reciban “cuando resuciten los justos”. San Beda enseña que el Señor “No prohíbe como un delito que se convide a los hermanos, a los amigos y a los ricos, pero manifiesta que, como los otros comercios de la necesidad humana, de nada nos aprovecha para obtener la salvación. Por esto añade: “No sea que te vuelvan ellos a convidar y te lo paguen”. No dice que se pecará. Y esto se parece a lo que dice en otro lugar (Lc 6,36): “¿Y si hacen beneficios a los que se los hacen, en qué consistirán sus méritos?”.
Por esto, san Antonio invita repetidamente a los fieles a pensar en la verdadera riqueza, la del corazón, que haciéndonos ser buenos y misericordiosos nos hace acumular tesoros para el cielo. "Oh ricos —así los exhorta— hagan amigos... a los pobres, acójanlos en sus casas: luego serán ellos, los pobres, quienes los acogerán en los tabernáculos eternos, donde existe la belleza de la paz, la confianza de la seguridad, y la opulenta serenidad de la saciedad eterna” (ib., p. 29).
Por consiguiente, si algún hombre ha dado alimento o vestido a los pobres como limosna en el nombre de Cristo, escuchará estas palabras consoladoras en el Día del Juicio: “Tuve hambre, y me diste de comer... estaba desnudo, y me vestiste”, recibe, por lo tanto, mi Reino eterno.
Martes
Mateo 5,1-12ª
“Estén alegres y contentos, porque su recompensa será grande en el cielo”. Inicia el Señor su “sermón” proclamando “dichosos” o “bienaventurados” a los pobres en el espíritu, a los que lloran, a los sufridos, a los que tienen hambre y sed de la justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los que trabajan por la paz, a los perseguidos por causa de la justicia, por causa del Señor.
El discípulo está llamado a santificarse en Cristo, participando de su misma vida y destino. El discípulo debe aprender del Maestro. Él, que promulgó las Bienaventuranzas, es al mismo tiempo su Modelo supremo. Se santifican aquellos que, escuchando y siguiendo al Señor, asumen las Bienaventuranzas como programa de vida. Por tanto, la fiesta de todos los santos nos recuerda que también a nosotros Dios nos llama a ser santos: “santifíquense y sean santos, pues yo soy santo” (Lev 11,44; ver Mt 5,48).
Ante esta invitación más de uno puede preguntarse con escepticismo: “¿Yo, santo?”. Muchos se dicen a sí mismos: No puedo, siempre caigo en lo mismo”. Otros, envueltos en las múltiples fascinaciones del mundo, no entienden qué pueda tener de atractivo un ideal así: “¿Ser santo? ¡Qué aburrido! ¡Me perdería demasiadas cosas!”.
Lo cierto es que el llamado a ser santo, a ser santa, es un llamado hecho a pecadores. Nadie nace santo. Por más pecador que seas, tú estás llamado a ser santo. ¿Que eres muy frágil y siempre caes en lo mismo? Pues te respondo que santo no es aquel o aquella que nunca cae, sino quien siempre se levanta, quien una y otra vez, tercamente, pide perdón al Señor y vuelve a la batalla, renovándose en sus propósitos. Santo es aquel que a pesar de caer “siempre en lo mismo” jamás se desalienta, y persevera hasta el fin. Podemos ser santos, podemos volver a ponernos de pie, porque contamos con el perdón del Señor, porque contamos con su fuerza y su gracia, que viene en auxilio de nuestra debilidad cuando humildes acudimos a Él. Esta fuerza, no podemos olvidarlo, la encontramos especialmente en la confesión sacramental, en la Eucaristía y en la oración perseverante. Puede, quien tercamente acude al Señor y encuentra en Él su fuerza: “Todo lo puedo en Aquel que me fortalece” (Flp 4,13). Por tanto, una vez que contamos con la gracia de Dios, para ser santos “no se necesita otra cosa que quererlo” (San Juan Crisóstomo). Y es que, el que quiere el fin, pone los medios.
San Gregorio Magno nos exhorta así: “Busquemos, pues, queridos hermanos, estos pastos [de la vida eterna], para alegrarnos en ellos junto con la multitud de los ciudadanos del Cielo. La misma alegría de los que ya disfrutan de este gozo nos invita a ello. Por tanto, hermanos, despertemos nuestro espíritu, enardezcamos nuestra fe, inflamemos nuestro deseo de las cosas celestiales; amar así es ponernos ya en camino. Que ninguna adversidad nos prive del gozo de esta fiesta interior, porque al que tiene la firme decisión de llegar a término ningún obstáculo del camino puede frenarlo en su propósito. No nos dejemos seducir por la prosperidad, ya que sería un caminante insensato el que, contemplando la amenidad del paisaje, se olvidara del término de su camino”.

Miércoles: Día de los fieles difuntos.
Tercera Misa: Lic. 23, 44-46. 50.52-53; 24, 1-6
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.Ayer, la fiesta de Todos los Santos nos hizo contemplar “la ciudad del cielo, la Jerusalén celeste, que es nuestra madre” (Prefacio de Todos los Santos). Hoy, con el corazón dirigido todavía a estas realidades últimas, conmemoramos a todos los fieles difuntos, que “nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz” (Plegaria eucarística I).
Es muy importante que los cristianos vivamos la relación con los difuntos en la verdad de la fe, y miremos la muerte y el más allá a la luz de la Revelación. Ya el apóstol san Pablo, escribiendo a las primeras comunidades, exhortaba a los fieles a “no afligirse como los hombres sin esperanza”. “Si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, escribía, del mismo modo a los que han muerto en Jesús Dios los llevará con él” (1 Tes. 4, 13-14). También hoy es necesario evangelizar la realidad de la muerte y de la vida eterna, realidades particularmente sujetas a creencias supersticiosas y sincretismos, para que la verdad cristiana no corra el riesgo de mezclarse con mitologías de diferentes tipos.
En realidad, como ya observaba san Agustín, todos queremos la “vida bienaventurada”, la felicidad; queremos ser felices. No sabemos bien qué es y cómo es, pero nos sentimos atraídos hacia ella. Se trata de una esperanza universal, común a los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares. La expresión “vida eterna” querría dar un nombre a esta espera que no podemos suprimir: no una sucesión sin fin, sino una inmersión en el océano del amor infinito, en el que ya no existen el tiempo, el antes y el después. Una plenitud de vida y de alegría: esto es lo que esperamos y aguardamos de nuestro ser con Cristo (cf. ib., 12).
Pero, mientras somos peregrinos, hemos de caminar por los caminos de Jesús, para que al fin de nuestra peregrinación podamos exclamar como Él, con gran confianza en el momento de nuestra muerte: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, Tu me has redimido, Señor, Dios de la verdad”. Jesús revolucionó el sentido de la muerte. Lo hizo con su enseñanza, pero sobre todo afrontando Él mismo a la muerte, viviendo y muriendo en las manos del Padre.
“Cuando morimos pasamos de la muerte a la inmortalidad; y la vida eterna no se nos puede dar más que saliendo de este mundo. No es esa un punto final sino un paso. Al final de nuestro viaje en el tiempo, llega nuestro paso a la eternidad. ¿Quién no se apresuraría hacia un tan gran bien? ¿Quién no desearía ser cambiado y transformado a imagen de Cristo?” (San Cipriano). Por esto hoy la Iglesia nos invita a rezar por nuestros queridos difuntos y a visitar sus tumbas en los cementerios.
Que María, Estrella de la esperanza, haga más fuerte y auténtica nuestra fe en la vida eterna y sostenga nuestra oración de sufragio por los hermanos difuntos.

Jueves
Lucas 15,1-10
“Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”. Las parábolas presentadas quieren expresar con cuánto empeño busca Dios a su criatura humana, que por su pecado se ha “perdido” y alejado de Él. Dios sale en su busca y hace todo lo que está a su alcance para hallarla. La alegría que experimenta el pastor al encontrar su oveja extraviada o la mujer al hallar la moneda perdida es análoga a la alegría que Dios experimenta por un pecador que se convierte.
San Ambrosio dice que “No carece de significado que Lucas nos haya presentado tres parábolas seguidas: La oveja perdida se había descarriado y fue recobrada, la dracma perdida fue hallada; el hijo pródigo que daban por muerto lo recobraron con vida, para que, solicitados por este triple remedio, nosotros curásemos nuestras heridas. ¿Quién es este padre, este pastor, esta mujer? ¿No es Dios Padre, Cristo, la Iglesia? Cristo que ha cargado con tus pecados te lleva en su cuerpo; la Iglesia te busca; el Padre te acoge. Como un pastor, te conduce; como una madre, te busca; como un padre te viste de gala. Primero la misericordia, después la solicitud, luego la reconciliación”
Las parábolas del evangelio de hoy hablan de una realidad presente en la historia de la humanidad, presente en nuestra propia historia personal: el pecado. El pecado “es rechazo y oposición a Dios” (CIgC 386), “es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente” (CIgC 387). Es un querer ser dios pero sin Dios, es querer vivir de espaldas a Él, desvinculado de los preceptos y caminos que en su amor Él señala al ser humano para su propia realización. El pecado es un acto de rebeldía, un “no” dado a Dios y al amor que Él le manifiesta. Todo esto queda retratado en la actitud del hijo que reclama su herencia: quiere liberarse del padre, salir de su casa para marcharse lejos y poder gozar de su herencia sin límites ni restricciones.
Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador (CIgC 1465).

Viernes (Lucas 16, 1-8)
“Los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz”. El Evangelio que hemos escuchado trae la parábola de un hombre rico que despide a su administrador por haber estado haciendo mal uso de sus bienes. Antes de marcharse, sin embargo, es instado por el dueño de la hacienda a presentarle las cuentas de su gestión.
Los bienes materiales son necesarios a todos. Son queridos por Dios mismo para el hombre, para su subsistencia, su desarrollo y pacífica convivencia. ¿Quién puede subsistir sin ellos? Por tanto, es lícito a todo hombre procurar, poseer, administrar y aumentar, para sí mismo y para sus seres queridos, los bienes materiales: dinero, bienes muebles o inmuebles.
Sin embargo, hay también un enorme peligro con respecto a los bienes materiales, en sí mismos útiles y necesarios como hemos dicho. La posesión de riquezas o la aspiración a poseerlas es capaz de trastornar completamente al ser humano, de volverlo avaro, egoísta, insensible a las necesidades de sus hermanos humanos, astuto para el mal, implacable y cruel. Por dinero, por el afán de “tener”, el ser humano es capaz de robar, engañar, traicionar, cometer fraudes, ir a la guerra, asesinar. En efecto, “por amor a la ganancia han pecado muchos” (Eclo. 27,1).
La recta valoración de los bienes materiales debe producir una actitud de desprendimiento, una conducta que no se afane tanto en las posesiones, en el tener, sino que viva el desapego y se abra a la dimensión solidaria de la comunicación de bienes. Bien enseña el Espíritu a Timoteo: «A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas sino en Dios, que nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos; que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y con liberalidad; de esta forma irán atesorando para el futuro un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera» (1Tim 6,17-19). Así, el tener queda purificado por el desapego y la comunicación de bienes en el horizonte de la caridad.
Sábado
Lucas 16, 9-15
“Si con el dinero, tan lleno de injusticias no fueron fieles, ¿quién les confiará los bienes verdaderos?”. Sobre ese tema que nos presenta el evangelio de hoy, San Agustín enseña que: «El Señor… nos declara la diferencia que hay entre los bienes que debemos buscar y los bienes que necesitamos consumir en la siguiente sentencia: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura”. El Reino de Dios, en consecuencia, y su justicia son nuestros verdaderos bienes, los cuales debemos nosotros buscar y poner en ellos el fin por el cual debemos hacer todo aquello que hacemos. Mas como nosotros luchamos en esta vida para poder arribar a aquel Reino y esas cosas son indispensables para vivir, el Señor dijo: “Todas estas cosas se os darán por añadidura, pero vosotros buscad primero el Reino de Dios y su justicia”».
Desde esta reflexión de san Agustín, podríamos decir que por medio de las riquezas terrenas debemos conseguir las verdaderas y eternas. En efecto, si existen personas dispuestas a todo tipo de injusticias con tal de obtener un bienestar material siempre aleatorio, ¡cuánto más nosotros, los cristianos, deberíamos preocuparnos de proveer a nuestra felicidad eterna con los bienes de esta tierra! (cf. Discursos 359, 10).
A los hombres nos corresponde una tarea primordial: Buscar el Reino de Dios y su justicia (cf. Ibíd. 6, 33). En esto debemos emplear todas nuestras fuerzas, porque ese Reino es como un tesoro escondido en un campo, la perla más valiosa, de que nos habla el Evangelio; y para obtenerlo, debemos hacer todo lo posible, hasta venderlo todo (cf. Ibíd. 13, 44. 45), es decir, no tener otro afán en el corazón.
Que María nos libre de la codicia de las riquezas, y haga que, elevando al cielo manos libres y puras, demos gloria a Dios con toda nuestra vida.

sábado, 29 de octubre de 2011

XXXI Domingo O/A Homilía sobre la segunda lectura


XXXI Domingo del Tiempo Ordinario/A (1Tes 2, 7b-9.13)
“Queríamos entregarles no sólo el Evangelio de Dios, sino nuestra propia vida”. Las Lecturas de hoy se refieren muy especialmente a aquéllos que tienen responsabilidad dentro de la Iglesia, quienes con su ejemplo y su predicación deben guiar al pueblo de Dios; y nosotros hoy tomaremos a san Pablo como modelo de evangelizador, que entrega el evangelio y la vida. En san Pablo vemos cuál ha de ser el trato que el Apóstol ha dado a aquéllos a quienes sirve. Más allá del servicio, les habla de una ternura maternal y hasta de entregar la propia vida por ellos.
La EN 79 nos dice que “La obra de la evangelización supone, en el evangelizador, un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza. Un modelo de evangelizador como el Apóstol San Pablo escribía a los tesalonicenses estas palabras que son todo un programa para nosotros: “Así, llevados de nuestro amor por ustedes, queremos no sólo darles el Evangelio de Dios, sino aun nuestras propias vidas: tan amados vinieron a sernos”.
La obra de la evangelización que san Pablo había llevado a cabo se apoya en el hecho de que anunció las enseñanzas de Dios. Y no sólo las enseñanzas de Dios. El estaba también dispuesto a entregar su misma vida movido por el amor que sentía por aquéllos a los que había sido enviado.
El Evangelio es proclamado por medio de palabras vivas, de gestos de vida. Y especialmente es proclamado mediante el testimonio de una donación total a Dios. Compartir la misión de Cristo supone una actitud esponsal de correr su suerte arriesgando todo por El. La participación en el apostolado de la Iglesia, en su misión universal, nace del “amor esponsal por Cristo, que se convierte de modo casi orgánico en amor por la Iglesia como Cuerpo de Cristo, por la Iglesia como Pueblo de Dios, por la Iglesia que es a la vez Esposa y Madre” (RD 15).
El Evangelio representa la belleza de la Revelación. Lleva consigo una sabiduría que no es de este mundo. Es capaz de suscitar por sí mismo la fe, una fe que tiene su fundamento en la potencia de Dios. Es la Verdad. Por esto, merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, si es necesario, le consagre su propia vida. Esta es la enseñanza y el ejemplo de san Pablo: “Queríamos entregarles no sólo el Evangelio de Dios, sino nuestra propia vida”.
Sin embargo el Evangelio no agrada siempre a los hombres. No puede gustarles siempre. Porque no puede ser falsificado con vanas lisonjas, ni se puede buscar en él ninguna ventaja personal, ni tipo alguno de fama o celebridad. A los oyentes les parecerá “palabras duras”, y quien lo anuncia y lo confiesa se convertirá en “signo de contradicción”. Pues esta verdad divina, esta buena noticia encierra de hecho una fuerte tensión en su interior. En ella se condensa la oposición entre aquello que viene de Dios y aquello que viene del mundo. Cristo dice: “Si fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no son del mundo, sino que yo los escogí del mundo, por esto el mundo los aborrece” (Jn 15, 19). Y también: “Sapan que me aborreció a mí primero que a ustedes” (ib., 15, 18).
En lo más íntimo del corazón del Evangelio, de la buena noticia, está impresa la cruz. En ella se entrecruzan las dos grandes corrientes: la una, que partiendo de Dios se dirige hacia el mundo, hacia los hombres que están en el mundo, una corriente de amor y de verdad; la segunda, que discurre a través del mundo: “concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, y orgullo de la vida” (1 Jn 2, 16). Todo esto no viene “del Padre”.
Pero nosotros sabemos que el Evangelio que, se nos ha dado para vivirlo y anunciarlo a los demás, es el Evangelio de la verdad. Una verdad que hace libres y que es la única verdad que procura la paz del corazón; esto es lo que la gente va buscando cuando le anunciamos la Buena Nueva. La verdad acerca de Dios, la verdad acerca del hombre y de su misterioso destino, la verdad acerca del mundo. Verdad difícil que buscamos en la Palabra de Dios y de la cual nosotros no somos, lo repetimos una vez más, ni los dueños, ni los árbitros, sino los depositarios, los herederos, los servidores.
Que la Virgen María nos enseñe a tener como único regla de vida el Evangelio, que nos salva y nos libera de todo lo que puede oprimir nuestro ser en el tiempo y en la eternidad.

miércoles, 19 de octubre de 2011

XXX Semana Reflexiones al Evangelio de cada día


XXX Semana
Lunes
Lucas 13, 10-17
“¿No era bueno desatar a esta hija de Abrahán de esa atadura, aun en día de sábado?”. El Evangelio refiere la curación en sábado de la mujer encorvada, que provocó la indignación del jefe de la sinagoga; Jesús reprende a los que lo criticaban diciéndoles: “¡Hipócritas!” (Lc 13,15). Jesús sabe lo que hay en el corazón de cada hombre, quiere condenar el pecado, pero salvar al pecador, y desenmascarar la hipocresía.
“¿No era bueno desatar a esta hija de Abrahán de esa atadura, aun en día de sábado?”. Estas palabras están llenas de la fuerza de la verdad, que desarma, que derriba el muro de la hipocresía y abre las conciencias a una justicia mayor, la del amor, en la que consiste el cumplimiento pleno de todo precepto (cf. Rm 13, 8-10). Con estas palabras, Jesús no sólo condena la actitud de falsedad y el afán de hacerse notar, sino también la presunción de creerse justos, que excluye toda posibilidad de auténtica conversión y de fe en Dios.
Por esto, el comportamiento que, más que ningún otro indignaba a Jesús era la hipocresía. Cuántas veces dijo a sus discípulos: no hagan “como los hipócritas” (Mt 6, 2.5.16), o a los que desacreditaban sus buenas acciones: “¡Ay de ustedes hipócritas!” (Mt 23, 13.15). En efecto, Jesús no soportaba la hipocresía porque ésta es la falsificación de la vida, la perversión del pensamiento, la profanación de la palabra. Al mentir, el hipócrita quiere pensar como habla, y vivir después como piensa, es decir, siempre en contradicción con la verdad.
Por tanto, con esta pregunta que Jesús hace a sus enemigos “¿No era bueno desatar a esta hija de Abrahán de esa atadura, aun en día de sábado?”, les dice a ellos y a nosotros que la ley tiene que desembocar en el amor. El corazón del hombre no está hecho para la ley. Está hecho para el amor. Y una religión que no se traduzca en amor merece un solo nombre: hipocresía.

Martes
Lucas 13, 18-21
“Creció la semilla y se convirtió en un arbusto”. En la página evangélica que la liturgia nos propone, Jesús compara el reino de los cielos con un grano de mostaza, una de las semillas más pequeñas que, en cambio, cuando crece, se convierte en un lozano arbusto.
El Señor Jesús ha utilizado muchas veces en sus parábolas la imagen de la semilla, porque expresa bien muchos aspectos del dinamismo del reino de los cielos: se desarrolla por su propia fuerza; tiene que morir antes en la tierra para poder brotar y fructificar; al principio es invisible y oculta, pero luego se manifiesta en la bondad y belleza de sus frutos.
También nosotros, hermanos y hermanas, hemos de convertirnos en semilla que, oculta en la tierra, es decir, en la humildad y en la obediencia a la voluntad divina, brota y produce frutos abundantes de amor y vida eterna.
La semilla está destinada ‘a dar fruto’, por su propia virtualidad interior, sin duda alguna, pero el fruto depende también de la tierra en la que cae (cf. Mt 13, 19-23), es decir, de la respuesta de cada uno de nosotros, y todos los días en nuestra vida diaria, pública u oculta.
Miércoles (Lucas 13, 22-30)
“Vendrán del oriente y del poniente y participarán en el banquete del Reino de Dios”. El Señor Jesús, antes de ascender al cielo, confió a sus discípulos el mandato de anunciar el Evangelio al mundo entero y de bautizar a todas las naciones. La misión universal de la Iglesia nace del mandato de Jesucristo y se cumple en el curso de los siglos en la proclamación del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y del misterio de la encarnación del Hijo, como evento de salvación para toda la humanidad.
La Iglesia, en el curso de los siglos, ha proclamado y testimoniado con fidelidad el Evangelio de Jesús. Al final del segundo milenio, sin embargo, esta misión está todavía lejos de su cumplimiento. Por eso, hoy más que nunca, es actual el grito del apóstol Pablo sobre el compromiso misionero de cada bautizado: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Co 9,16). Eso explica la particular atención que el Magisterio ha dedicado a motivar y a sostener la misión evangelizadora de la Iglesia, sobre todo en relación con las tradiciones religiosas del mundo.
En efecto, al decir Jesús que “Vendrán del oriente y del poniente y participarán en el banquete del Reino de Dios”, nos está diciendo que “(Dios) quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos” (1 Tm 2,4-6). Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos.
Jueves (Lucas 13, 31-35)
“No conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén”. “Como se iban cumpliendo los días de su asunción, Jesús se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén” (Lc 9, 51; cf. Jn 13, 1). Por esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección (cf. Mc 8, 31-33; 9, 31-32; 10, 32-34). Al dirigirse a Jerusalén dice: “No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén” (Lc 13, 33) (CIgC 557), porque esta ciudad es signo de “la ciudad del Dios vivo”.
Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido muertos en Jerusalén (cf. Mt 23, 37a). Sin embargo, persiste en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a él: “¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no han querido!” (Mt 23, 37b). Cuando está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella (cf. Lc 19, 41) y expresa una vez más el deseo de su corazón: “Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! pero ahora está oculto a tus ojos” (Lc 19, 41-42) (CIgC 558).
La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías, recibido en su ciudad por los niños y por los humildes de corazón, va a llevar a cabo por la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Así, Jerusalén nos revelan la ciudad que es meta última de nuestra peregrinación, la Jerusalén celestial, por esto Jesús dijo: “No conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén”.
Ahora nosotros, “en la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la que nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero” (SC 8).
Viernes: Santos Simón y Judas Tadeo, Apóstoles
Lucas 6, 12-16
“Eligió a doce de ellos y los nombró apóstoles”. Con la creación del grupo de los Doce, Jesús creaba la Iglesia como sociedad visible y estructurada al servicio del Evangelio y de la llegada del reino de Dios. El número doce hacía referencia a las doce tribus de Israel, y el uso que Jesús hizo de él revela su intención de crear un nuevo Israel, el nuevo pueblo de Dios, instituido como Iglesia.
Los doce Apóstoles se convertían, así, en una realidad socio-eclesial característica, distinta y, en muchos aspectos, irrepetible. Un su grupo destacaba el apóstol Pedro, sobre el cual Jesús manifestaba de modo más explícito la intención de fundar un nuevo Israel, con aquel nombre que dio a Simón: ‘piedra’, sobre la que Jesús quería edificar su Iglesia (cf. Mt 16, 18).
El primer elemento constitutivo del grupo de los Doce es, por consiguiente, la adhesión absoluta a Cristo: se trata de personas llamadas a «estar con él», es decir, a seguirlo dejándolo todo. El segundo elemento es el carácter misionero, expresado en el modelo de la misma misión de Jesús, que predicaba y expulsaba demonios. La misión de los Doce es una participación en la misión de Cristo por parte de hombres estrechamente vinculados a él como discípulos, amigos, representantes.
Así, la Iglesia, único rebaño de Dios, como un lábaro alzado entre todos los pueblos, al comunicar el Evangelio de la paz a todo el género humano, se siente conducida por la esperanza en su peregrinación hacia la meta de la patria celestial

Sábado
Lucas 14, 1. 7-11
“El que se engrandece a sí mismo será humillado; y el que se humilla será engrandecido”. El Señor tiene una intención muy clara cuando contrapone la oración del fariseo a la del publicano: educar a quienes se tenían por justos y despreciaban a los demás. Esta actitud la conocemos con el nombre de soberbia.
Sí, hay en cada uno de nosotros una profunda raíz de soberbia, raíz que debemos arrancar. Y no hay otro modo de vencer la soberbia sino ejercitándonos en la virtud contraria: la humildad.
La humildad es andar en verdad, es reconocer nuestra pequeñez ante Dios, nuestra absoluta dependencia de Él. La humildad es reconocerme pecador ante Dios, necesitado de su misericordia, de su perdón y de su gracia. En cuanto al prójimo, es no creerme más, ni mejor, ni superior a nadie.
San Juan Crisóstomo: «Aunque hagas multitud de cosas bien hechas, si crees que puedes presumir de ello perderás el fruto de tu oración. Por el contrario, aun cuando lleves en tu conciencia el peso de mil culpas, si te crees el más pequeño de todos, alcanzarás mucha confianza en Dios. Por lo que señala la causa de su sentencia cuando añade (Sal 50,19): “Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla, será ensalzado”».
Cristo es el modelo de humildad, y María, la mujer humilde. Que Ella nos ayude a seguir al Señor que dijo: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).