Bienvenidos a mi Blogg personal, en este espacio encontraras ordinariamente las homilías dominicales.
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lunes, 30 de enero de 2012
sábado, 28 de enero de 2012
martes, 24 de enero de 2012
sábado, 21 de enero de 2012
lunes, 16 de enero de 2012
sábado, 14 de enero de 2012
martes, 10 de enero de 2012
lunes, 9 de enero de 2012
jueves, 5 de enero de 2012
Solemnidad de la Epifanía. Homilía sobre la segunda lectura

SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
Los gentiles son coherederos (...) y partícipes de la promesa de
Jesucristo, por el Evangelio
Celebramos
hoy a Cristo, luz del mundo, y su manifestación a las naciones. Celebramos a
Cristo, meta de la peregrinación de los pueblos en búsqueda de la salvación, o
como dice el Prefacio: “Hoy en Cristo, luz de los pueblos, has revelado a los
pueblos el misterio de nuestra salvación”.
En
el día de Navidad el mensaje de la liturgia era: “Hoy desciende una gran
luz a la tierra” (Misal romano). En Belén, esta “gran luz” se presentó a
un pequeño grupo de personas: a la Virgen María, a su esposo José, y a
algunos pastores. Una luz humilde, según el estilo del verdadero Dios. Una
llamita encendida en la noche: un frágil niño recién nacido, que llora en el
silencio del mundo... Pero en torno a ese nacimiento oculto y desconocido
resonaba el himno de alabanza de los coros celestiales, que cantaban gloria y
paz (cf. Lc 2, 13-14).
Los
Magos, que llegan de Oriente a Jerusalén guiados por un astro celeste (cf. Mt
2, 1-2), representan las primicias de los pueblos atraídos por la luz de Cristo.
Reconocen en Jesús al Mesías y demuestran anticipadamente que se está
realizando el ‘misterio’ del que habla san Pablo en la segunda lectura: “Que
también los gentiles son coherederos (...) y partícipes de la promesa de Jesucristo,
por el Evangelio” (Ef
3, 6).
Los
Magos representan, pues, a los pueblos de toda la tierra que, a la luz de la
Navidad del Señor, avanzan por el camino que lleva a Jesús y constituyen, en
cierto sentido, los primeros destinatarios de la salvación inaugurada por el
nacimiento del Salvador y llevada a plenitud en el misterio pascual de su
muerte y resurrección.
Al
llegar a Belén, los Magos adoran al divino Niño y le ofrecen dones simbólicos,
convirtiéndose en precursores de los
pueblos y de las naciones que, a lo largo de los siglos, no cesan de buscar
y encontrar a Cristo. Así comprendemos el sentido pleno de la Epifanía, que
Pablo presenta del modo en que él mismo lo entendió y actuó. Es tarea del
Apóstol difundir en el mundo el Evangelio, anunciar a los hombres la redención
realizada por Cristo, llevar a la humanidad entera por el camino de la
salvación, manifestada por Dios desde la noche de Belén.
Recorriendo con fe el itinerario del
Redentor desde la pobreza del Pesebre hasta el abandono de la Cruz,
comprendemos mejor el misterio de su amor que redime a la humanidad. El Niño,
colocado suavemente en el pesebre por María, es el Hombre-Dios que veremos
clavado en la Cruz. El mismo Redentor está presente en el sacramento de la
Eucaristía.
En el establo de Belén se dejó
adorar, bajo la pobre apariencia de un neonato, por María, José y los pastores; en la Hostia consagrada
lo adoramos sacramentalmente presente en cuerpo, sangre, alma y divinidad, y Él
se ofrece a nosotros como alimento de vida eterna. La santa Misa se
convierte ahora en un verdadero encuentro de amor con Aquel que se nos ha dado
enteramente. No duden, queridos hermanos, en responderle cuando los invita “al
banquete de bodas del Cordero” (cfr. Ap 19,9). Escúchenlo, prepárense
adecuadamente y acérquense al Sacramento del Altar, especialmente al menos cada
domingo.
Si
en el Niño que María estrecha entre sus brazos los Reyes Magos reconocen y
adoran al esperado de las gentes anunciado por los profetas, nosotros podemos
adorarlo hoy en la Eucaristía y reconocerlo como nuestro Creador, único Señor y Salvador.
Los
dones que los Reyes Magos ofrecen al
Mesías simbolizan la verdadera adoración. Por medio del oro subrayan la
divinidad real; con el incienso lo reconocen como sacerdote de la nueva
Alianza; al ofrecerle la mirra celebran al profeta que derramará la propia
sangre para reconciliar la humanidad con el Padre.
Ofrezcamos también nosotros al Señor el oro
de nuestra existencia, o sea la libertad de seguirlo por amor
respondiendo fielmente a su llamada; elevemos hacia Él el incienso de nuestra oración
ardiente, para alabanza de su gloria; ofrecedle la mirra, es decir el afecto
lleno de gratitud hacia Él, verdadero Hombre, que nos ha amado hasta morir
como un malhechor en el Gólgota.
Que
la Madre del Verbo encarnado nos ayude a ser dóciles discípulos de su Hijo, Luz
de los pueblos. El ejemplo de los Magos de entonces es una invitación también
para todos nosotros a abrir nuestra mente y nuestro corazón a Cristo y
ofrecerle los dones de nuestra búsqueda. No tengamos miedo de la luz de Cristo.
Su luz es el esplendor de la verdad. Dejémonos iluminar por él, dejémonos
envolver por su amor y encontraremos el camino de la paz.
martes, 27 de diciembre de 2011
Artículos de apologética: El nombre de cristiano
¿CRISTIANOS?
Hoy
escuchamos hablar mucho de los ‘cristianos’ en los medios de comunicación y en
las conversaciones cotidianas. Hasta se oye decir erróneamente a los católicos:
“Yo no soy cristiano, sino católico” o “Tengo un amigo que es cristiano”. El
término en nuestros días no es ya un término que hable de un grupo en
específico debido a que muchos grupos religiosos aún con creencias opuestas
dicen ser ‘cristianos’.
A los cristianos, que lo son sólo nombre, que viven lo que este nombre
significa se dirige el poeta dramaturgo con esta estrofa: ¡Oh tristes ciegos
mundanos, ved cuánta es vuestra maldad! Tenéis nombre de cristianos, y las
obras de paganos, y peores en verdad (Hurtado de Toledo). Lo cual no es más
que la versión de unas palabras del Apocalipsis: “Tienes el nombre de vivo,
y estás muerto” (Apocalipsis 3,1)
Pero eso tan negativo nos interesa poco, aunque lo sintamos. Nosotros
queremos mirar la realidad grande que esconde nuestro nombre de cristianos. El
Catecismo de la Iglesia Católica (2158-2159), hablando del nombre recibido en
el Bautismo, nos dice: “Dios llama a cada uno por su nombre. El nombre de
todo hombre es sagrado. El nombre es la imagen de la persona. Exige respeto en
señal de la dignidad del que lo lleva”.
Tiende después el Catecismo la mirada al más allá definitivo, y sigue: “El
nombre recibido es un nombre de eternidad. En el reino de Dios, el carácter
misterioso y único de cada persona marcada con el nombre de Dios brillará a
plena luz”. Y lo confirma con estas palabras preciosas del Apocalipsis: “Al
vencedor... le daré una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita, un
nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe”.
1. EN
REALIDAD, ¿QUÉ QUIERE DECIR CRISTIANO?
La sabemos todos muy bien.
Cristiano es el nombre que luce el que sigue a Cristo. Más todavía: es
el nombre del que es Cristo. Ser Cristo es mucho más que seguir
a Cristo.
No es ningún atrevimiento eso
de decir que somos Cristo. Porque Cristo nos ha unido por el Bautismo de
tal manera a Sí mismo, que de Él y nosotros no ha hecho más que un solo Cristo,
lo que llamamos en la Iglesia el Cristo entero, el Cristo total.
Jesús, Cabeza, y nosotros, miembros, formamos el Cuerpo Místico de
Cristo, como repetimos tantas veces siguiendo la doctrina que nos expuso, de
manera genial, aparte de inspirada por Dios, el apóstol San Pablo. Aparece por primera vez en la Biblia en Hechos 11, 26: “En
Antioquía fue donde por primera vez se llamó a los discípulos [de Jesús] “cristianos”;
y otras dos veces en Hechos 26, 28 y 1 Pedro 4, 16. Después aparece en los
escritos de historiadores antiguos que se refieren con este nombre a los
discípulos del Señor. Por ejemplo Tácito (Anales XV 44): “Aquél de quien
procede ese nombre [de cristianos], Cristo, fue entregado al suplicio siendo
emperador Tiberio por el procurador Poncio Pilato”.
‘Cristianismo’
es la doctrina y el modo de vida de los que creen en Cristo, tal y como fue
predicado desde los primeros tiempos de la Iglesia. A lo largo del tiempo
cuando de la iglesia única se separaban grupos con su particular interpretación
de la Biblia y las enseñanzas de Jesús, se les fueron dando nombres que los
relacionaban con su fundador o sus enseñanzas.
Por
ejemplo, los montanistas (siglo II), por su líder Montano, los arrianos
(siglo IV), por Arrio de Alejandría, los maniqueos (siglo III y IV), por
Mani, los docetistas (S.I) por su enseñanza de que la carne de Jesús no
era real sino aparente (‘dokesis’ quiere decir en griego ‘apariencia’).
Posteriormente
los luteranos en el S. XVI, por seguir las tesis de Lutero, los calvinistas
por Calvino, los presbiterianos por su forma de gobierno eclesial que se
funda en un consejo de ancianos (presbíteros), los metodistas del S.
XVIII, por el apodo que les pusieron gracias a su vida "metódica",
los bautistas desde el S. XVI por su énfasis en el rebautismo o el
bautismo sólo de los adultos. Los pentecostales de principios del S. XX,
por su énfasis en la recepción del Espíritu Santo y sus dones como en
Pentecostés.
Desde
los luteranos hasta ahora se conoce a los grupos que han surgido de la Reforma
del siglo XVI o se nutren de sus ideas genéricamente como ‘evangélicos’, que
quiere decir ‘lo que tiene que ver con el evangelio’. De San Francisco de Asís
se decía que era el ‘hombre evangélico’ por vivir según el evangelio.
Se
dice que una persona o institución es más o menos evangélica cuanto más se
inspira en el espíritu de los evangelios. De tal manera que este no es un
nombre de un grupo en particular sino un adjetivo que puede ser utilizado sin
temor en nuestros medios católicos. No obstante los grupos protestantes lo
utilizan porque dicen que sus enseñanzas y costumbres se basan sólo en los
evangelios.
¿QUIÉNES SON LOS
LLAMADOS ‘CRISTIANOS’ ACTUALMENTE?
En
nuestros días son principalmente dos tipos de agrupaciones las que hacen
énfasis en llamarse así:
En
primer lugar los grupos surgidos de los movimientos restauracionistas del S.
XIX en los EE.UU., ligados a Thomas y Alexander Campbell, padre e hijo
respectivamente. Su predicación fue la de una vuelta a las fuentes del
cristianismo, sugiriendo que el NT debía ser la única regla del cristiano.
Thomas
dijo que las iglesias establecidas de su tiempo (él era presbiteriano) no
cumplían con el modelo que muestra la Biblia. Se separó de su Iglesia y formó
un grupo aparte junto con Barton Stone.
El
avivamiento de Cane Ridge de 1801, en los Estados Unidos, está ligado al
surgimiento de los grupos restauracionistas.
Decían
que querían restaurar la Iglesia primitiva y pronto se comenzaron a llamar
simplemente ‘cristianos’ o ‘discípulos’ ya que rechazaron todos los credos de
las iglesias, especialmente la confesión presbiteriana (La Confesión de Fe de
Westminster) y no querían ser conocidos más que por el nombre con que la Biblia
llama a los discípulos del Señor.
Formaron
así la Iglesia Cristiana/Discípulos de Cristo, de la que se separaron
posteriormente las Iglesias de Cristo y más recientemente la Iglesia
Internacional de Cristo o Movimiento de Boston.
Por
otro lado los carismáticos protestantes o pentecostales de ‘la tercera ola’. La
raíz de estos grupos está en los neopentecostales que nacieron al final de la
década de los 50´s y principios de los 60´s entre las principales
denominaciones protestantes. El neopentecostalismo fue una acogida del énfasis
pentecostal en la recepción del espíritu y sus dones como las lenguas, la
sanación y la profecía.
Aceptaban
esto pero no querían dejar de ser bautistas, presbiterianos, metodistas,
luteranos, etc. Sin embargo, muchos comenzaron a rechazar sus tradiciones
denominacionales o al predicar a personas que no las tenían arraigadas, se
fueron formando poco a poco grupos independientes de las iglesias principales y
se comenzaron a llamar simplemente ‘cristianos’.
Algunos
rechazan también la denominación de ‘evangélicos’ por estar ligada a las
iglesias protestantes tradicionales, sin embargo conservan la mayor parte de su
cuerpo doctrinal, sólo se distinguen por el énfasis en los dones del Espíritu
y, aunque difieren en algunas de sus doctrinas, todos se hacen llamar
cristianos.[1]
¿DE DÓNDE VIENE
EL TÉRMINO CATÓLICO?
La
palabra católico viene del griego ‘katholikos’ que quiere decir universal.
Jesús al dar su último mandamiento a los Doce Apóstoles les dijo: “Vayan y
prediquen el evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15). Del mandato de Jesús
proviene la idea de universalidad de la Iglesia, por eso desde los primeros
tiempos se comenzó a llamar ‘católica’ o ‘universal’.
Ignacio
de Antioquía, discípulo de san Juan en el año 110 es el testimonio más antiguo
que tenemos del uso del adjetivo ‘católica’ para referirse a la Iglesia: “Donde
esté el Obispo, esté la muchedumbre así como donde está Jesucristo está la
iglesia católica” (A los Esmirniotas 8: 2).
Posteriormente
en tiempo de las persecuciones, cuando los oficiales romanos preguntaban a los
primeros cristianos a qué iglesia pertenecían decían sin dudar ‘a la católica’.
En los tres primeros siglos de la iglesia los cristianos decían ‘cristiano es mi nombre, católico mi
sobrenombre’.
Así
que la Iglesia desde sus comienzos se ha llamado ‘cristiana’ o ‘católica’
indistintamente. Y aunque reconoce que podemos llamar ‘cristianos’ por el
bautismo[2] a otros grupos no católicos, debemos tener conciencia de que la Iglesia
Católica es la única que conserva toda la doctrina entregada “de una vez a los
santos” (Judas 3).
Los
católicos actuales tenemos las mismas doctrinas de los primeros discípulos de
Jesús y los apóstoles, es decir, creemos en lo mismo que creían esos a quienes
se llamó ‘cristianos’ en el siglo I, por lo tanto, si alguna iglesia debe
llevar tal nombre esa Iglesia es la católica.
Aunque
en otros grupos se encuentren elementos de verdad (la Biblia, la alabanza a
Dios, algunos dones del Espíritu), es sólo la Iglesia católica la que posee la
plenitud de los medios de salvación que Cristo dejó (Exhortación Apostólica
Postsinodal, Ecclesia in America 73).
Esta
Iglesia ‘cristiana’, ‘católica’ ha sido esencialmente la misma desde siempre.
Testimonio de esto son los escritos de los Padres Apostólicos (Policarpo de
Esmirna, Ignacio de Antioquía, entre otros), discípulos de los apóstoles.
QUIÉN ES
CRISTIANO
Para
ser cristiano se tiene que estar bautizado como lo ha hecho la Iglesia desde
siempre, en nombre de la Trinidad, como lo manda Jesús (Mt 28, 20). La Iglesia
Católica (y en esto estamos de acuerdo con los protestantes y los ortodoxos)
nos dice que quien pose este bautismo es ‘cristiano’.
Pero
para ser un cristiano ‘completo’ se requiere además lo que se llama la ‘ortodoxia’
(recta creencia) y la ‘ortopraxis’ (recto actuar), o sea, creer toda la
doctrina que heredamos de los primeros cristianos y que es fielmente custodiada
en la Iglesia Católica y dar testimonio de una vida según el evangelio, es
decir de vida ‘cristiana’.
No
se puede ser cristiano y creer al mismo tiempo en la reencarnación (new age), o
creer que Jesús es el arcángel Miguel y no Dios Eterno, o creer que la Trinidad
son en realidad tres dioses, dos de los cuales poseen cuerpo de carne y hueso y
que el universo está poblado por millones de dioses.
No
se puede ser cristiano totalmente si se niega que la voluntad de Jesús es una
sola Iglesia y que duraría hasta el fin del mundo (Mt 16, 18ss.), no se puede
ser cristiano cabal si no se acepta que durante la Eucaristía el pan y el vino
de la consagración son transformados por el poder del Espíritu Santo en cuerpo
y sangre de Cristo (Jn 6; 1 Cor 11, 23-32; Ignacio de Antioquía, a los
Esmirniotas, 8:1).
Pero
lo más importante es que no se puede ser cristiano si se vive como si Dios no
existiera. Si no doy testimonio de mi nombre de cristiano, como alguien que
pertenece a Cristo y que sigue sus enseñanzas hasta la muerte, como los
primeros discípulos de Jesús (consecuencia de haber aceptado su señorío en mi
vida).
Sabemos que la vida cristiana no es otra cosa que hacer
eco en la propia existencia de aquel dinamismo bautismal, que nos selló para
siempre: morir al pecado para nacer a una vida nueva en Jesús, el Hijo de María
(ver Jn 12,24). Esa es la opción del cristiano: la opción radical,
coherente y comprometida, desde la propia libertad, que nos conduce al
encuentro con Aquel que es Camino, Verdad y Vida (ver Jn 14,6),
encuentro que nos hace auténticamente libres y nos manifiesta la plenitud de
nuestra humanidad.
Por tanto, se es más o se es menos cristiano en la
medida en que los seguidores de Cristo, de la denominación que sea, se identifiquen
más y más con el resucitado, en la duda en que no haya contradicción entre lo
que decimos que somos y lo que hacemos.
Cómo es que los NO cristianos católicos
fundamentan su predicación en el odio y en la crítica demoledora y difamadora
contra la Iglesia cristiana-católica; o ejercen su predicación proselitista en
cualquier espacio, sin tener en cuenta los derechos de los demás o de la
Iglesia a ser respetada, al menos en su entorno. ¿Cómo puede decirse, con estas
estrategias, que una religión es cristiana y que es la verdadera? No será más
bien que se manifiestan como anticristos en palabras de san Juan:
1Jn 2, 18: “Hijitos, ya
es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así
ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último
tiempo”. El texto hace referencia a la manifestación, prevista para el fin de
los tiempos, de un adversario decisivo de Cristo (1Jn 2:18).
1Jn 2, 19: “Salieron de
nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros,
habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no
todos son de nosotros”. Esta cita refiere la anticipación del texto citado,
como manifestación en la acción de apóstatas que reniegan del cristianismo (2Jn 1:7).
Y en relación a los que niegan el misterio de la
Santísima Trinidad en 1Jn 2, 22 se dice: “¿Quién es el mentiroso, sino
el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre
y al Hijo. Y así también podemos decir que, el que niega y ofende a la Madre,
niega y ofende al Hijo.
Y por si fuera poco, en
su radicalidad los “salieron de nosotros…”, quieren que todos pensemos y creamos
como ellos, porque, si no, son sus enemigos. Cada quien puede creer en lo que
quiera, pero tiene el deber de respetar a los demás en lo que piensan y creen,
acatando las leyes de derechos y obligaciones más elementales. El radicalismo
siempre irá contra el sentido común y la armónica y sana convivencia de los
seres humanos entre sí. El distintivo del Anticristo es su hablar en nombre
propio. El signo del Hijo es su comunión con el Padre.
Desde luego que ninguna
división viene de Dios, sino del demonio, el proyecto de Dios en su Hijo Jesús
es “…que todos sean uno” (Jn 17, 21). Sabemos en qué momento tan importante y
tan especial pronunció Jesús esta plegaria, cuyo contenido resulta tan
profundo, tan grande y tan luminoso: “Padre Santo, guarda en tu nombre a éstos
que me has dado, para que sean uno como nosotros” (Jn 17, 11).
Volviendo
al punto que nos ocupa, San Ignacio de Antioquía, decía poco antes de su
martirio: “Lo único que para mí han de pedir es fuerza, tanto interior como
exterior, a fin de que no sólo hable, sino que esté también decidido; para que
no sólo, digo, me llame cristiano, sino que me muestre como tal. Porque si me
muestro cristiano, tendré también derecho a llamarme así, y entonces seré de
verdad fiel a Cristo, cuando no apareciere ya en el mundo” (Carta a los
Romanos, III, 2).
Si
alguien nos pregunta a los católicos si somos ‘cristianos’ digamos que SI,
somos los cristianos completos. Es un error decir “nosotros no somos
cristianos, sino católicos” al negarnos ese nombre que viene de la Biblia y que
siempre nos ha pertenecido, le damos la razón a tantos grupos que se lo
apropian, ellos dicen: “ya ven, los mismos católicos aceptan que no son
cristianos”.
Comencemos
a llamar pan al pan y vino al vino. Si nos encontramos a un hermano no católico
en la calle y nos dice que es ‘cristiano’ debemos cuestionarle acerca de su
grupo, si es testigo de Jehová es testigo de Jehová, si es mormón es mormón, si
es pentecostal es pentecostal, si es evangélico es evangélico.
NO
existen los ‘cristianos’ a secas, cada grupo que usa este nombre tiene una
doctrina y unas costumbres que tal vez son diferentes a las de otro que también
lo usa (Por ejemplo podemos encontrar pentecostales que crean en la Trinidad y
otros que no y ambos se llamarán a sí mismos ‘cristianos’).
Tal
vez Dios nos esté llamando a los católicos a recuperar el sentido del nombre de
‘cristianos’, tan desvirtuado ya que cualquier grupo lo reclama para sí. Es un
nombre que nos pertenece pero que a la vez tenemos que ganarnos por el testimonio
de nuestras vidas.
Por
consiguiente, vivamos de acuerdo a nuestro nombre ‘cristiano’ y a nuestro
apellido de ‘católico’, sabiendo que “… tenemos un único nombre, mayor que
todos aquellos [de los patriarcas del AT]; Nos llamamos cristianos, hijos de Dios,
amigos, un solo cuerpo. Esta apelación nos obliga más que cualesquiera otras y
nos hace más diligentes en la práctica de la virtud. No hagamos nada que sea
indigno de tan gran nombre, pensando en la gran dignidad con la que llevamos el
nombre de Cristo. Meditemos y veneremos la grandeza de este nombre"
(S. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Juan, 19, 2-3. Año 390)
Cuando el hijo de la Iglesia se llama y es cristiano, se convierte en
todo aquello que de él dijo Jesús: es trigo dorado entre la cizaña; es pescado
sabroso, entre peces desaprovechables; es luz que alumbra; es sal que sazona el
mundo; es fermento que transforma la masa; es rama verde que da mucho fruto...
Todo, por algo tan sencillo como es “ser” cristiano aquel que “se llama”
cristiano.
NOTAS:
1.
La Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas (CONFRATERNICE),
la Federación de Iglesias Cristianas Evangélicas de México (FICEMEX), la
Fraternidad de Iglesias Cristianas (Pastor Hugo Álvarez), Vino Nuevo (Víctor y
Chris Richards), Evangelismo a Fondo, Amistad Cristiana, Centro Cristiano
Calacoaya.
En
los Estados Unidos, por ejemplo, El Centro Cristiano de Orlando (Benny Hinn),
Las Iglesias de la Viña (John Wimber), La Toronto Airport Christian Fellowship
de John Arnott (donde se está dando la llamada bendición de Toronto). En
Argentina: Carlos Annacondia, Claudio Freidzon, Omar Cabrera, muchos pentecostales
y neopentecostales, etc.
2.
Catecismo de la Iglesia Católica 818: “... justificados por la fe en el
bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran
con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de la
Iglesia católica como hermanos en el Señor”.
viernes, 23 de diciembre de 2011
Homilías de la octava de Navidad: 26 al 31 de diciembre de 2011
DÍAS DESPUÉS DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR
26 de diciembre
San Esteban (Mt 10,17-22) (Cfr. Benedicto
XVI, 26 de diciembre de 2006)
Al día siguiente de la solemnidad de
Navidad, celebramos hoy la fiesta de san Esteban, diácono y primer mártir. A
primera vista, unir el recuerdo del ‘protomártir’ y el nacimiento del Redentor
puede sorprender por el contraste entre la paz y la alegría de Belén y el drama
de san Esteban, lapidado en Jerusalén durante la primera persecución contra la
Iglesia naciente. En realidad, esta aparente contraposición se supera si
analizamos más a fondo el misterio de la Navidad. El Niño Jesús, que yace en la
cueva, es el Hijo unigénito de Dios que se hizo hombre. Él salvará a la
humanidad muriendo en la cruz. Ahora lo vemos en pañales en el pesebre; después
de su crucifixión, será nuevamente envuelto con vendas y colocado en un
sepulcro. No es casualidad que la iconografía navideña represente a veces al
Niño divino recién nacido recostado en un pequeño sarcófago, para indicar que
el Redentor nace para morir, nace para dar su vida como rescate por todos.
San Esteban fue el primero en seguir los
pasos de Cristo con el martirio; murió, como el divino Maestro, perdonando y
orando por sus verdugos (cf. Hch 7, 60). En los primeros cuatro siglos del
cristianismo todos los santos venerados por la Iglesia eran mártires.
Para los creyentes, el día de la muerte, y
más aún el día del martirio, no es el fin de todo, sino más bien el ‘paso’ a la
vida inmortal, es el día del nacimiento definitivo, en latín, el dies natalis. Así se comprende el
vínculo que existe entre el dies natalis
de Cristo y el dies natalis de san
Esteban. Si Jesús no hubiera nacido en la tierra, los hombres no habrían podido
nacer para el cielo. Precisamente porque Cristo nació, nosotros podemos ‘renacer’.
Que san Esteban, el cual vivió su
fidelidad a Cristo hasta el martirio, nos impulse también a nosotros a seguir
los pasos del Señor, testimoniando con audacia el amor que Dios ofrece a todos
los hombres, revelado plenamente en el nacimiento de Jesús.
27 de diciembre
San
Juan Apóstol y Evangelista (Jn 20,
2-9)
El otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó
primero el sepulcro.
La fiesta de Navidad, oportunamente preparada por el período del Adviento, pone
en marcha, por decir así, una ulterior serie de festividades litúrgicas, que
casi irradian de ella y la rodean de cerca como para subrayar su altísima
dignidad: san Esteban, san Juan Evangelista, los santos Inocentes, la Sagrada
Familia, la Maternidad de María, y después, como conclusión de este ciclo
extraordinario de celebraciones tan significativas, la solemnidad de la
Epifanía.
Nosotros sabemos que hemos sido llamados a tender
continuamente a este Reino de paz, de justicia y de fraternidad universal que
nos ha anunciado el Nacimiento de Cristo. Y hemos sido llamados no sólo a
caminar sino también, me atrevo a decir, a correr. Sí, a correr hacia Cristo,
como hace el Apóstol Juan en la narración evangélica de la misa de hoy, que es
su fiesta. Hemos sido llamados a avanzar y a hacer avanzar el mundo, como ‘luz
del mundo’ y ‘sal de la tierra’.
Los cristianos no pueden tener, en la historia, un
papel de retaguardia, ni mucho menos de involución: el Evangelio que tienen en
las manos, las palabras y los ejemplos de Cristo que están en ellos recogidos,
deben hacerlos, a pesar de todas sus debilidades humanas, hombres de vanguardia
y de esperanza. A ellos toca trazar el camino que la humanidad debe recorrer
hacia la salvación y hacia aquella ‘vida eterna’, celeste y trascendente, de la
que habla la primera lectura de la misa de hoy, tomada precisamente del Apóstol
Juan: “La vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os
anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos
manifestó” (1 Jn 1, 2).
Que el Apóstol Juan, aquel que, como dice la oración
de la misa de hoy, “reclinó su cabeza en el pecho del Señor y conoció los
secretos divinos”, aquel que nos reveló “las misteriosas profundidades del
Verbo divino”, el discípulo predilecto de Jesús, nos haga comprender
profundamente el sentido de la Navidad que acabamos de celebrar; que nos
permita también a nosotros llegar a ser verdaderos amigos y confidentes del
Señor.
28 de diciembre
Santos Inocentes, Mártires (Mt 2, 13-18)
Herodes mandó matar a todos los niños menores de dos
años en la comarca de Belén. Hemos escuchado en el texto evangélico que
“Después que ellos (los Magos) se retiraron, el ángel del Señor se apareció en
sueños a José y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al niño y a su madre y
huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a
buscar el niño para matarle’” (Mt 2, 13).
Y cuando partieron
los Magos Herodes “envió a matar a todos los niños de Belén y de toda la
comarca, de dos años para abajo” (Mt 2, 16). De este modo, matando a todos,
quería matar a aquel recién nacido ‘rey de los judíos’, de quien había tenido conocimiento durante la visita de los magos a
su corte.
La Iglesia,
venerando con cariño a estos pequeños ha tratado de entender el misterio de su
muerte: aún no hablaban y ya confesaron a Cristo. Dieron testimonio de Él; no
con sus palabras, sino con su sangre. Ellos fueron sin saberlo, los primeros
mártires. Más aún, ellos fueron salvadores del Salvador. Porque no sólo
murieron por Cristo, si no también murieron en lugar de Él.
Fueron los primeros
cristianos, los primeros santos de la Iglesia. Por eso tienen asegurados; desde
hace muchos siglos, su lugar privilegiado en el calendario de los Santos. Y,
por eso, tenemos hoy la alegría de celebrar su fiesta.
Que estos Santos
Inocentes nos ayuden a nosotros a dar valientemente testimonio de Cristo ante
los hombres, tanto con nuestra palabra como con nuestra vida.
29 de diciembre
Lc 2, 22-35
Cristo es la
luz que alumbra a todas las naciones.
En el misterio de la Navidad, la luz de Cristo se irradia sobre la
tierra, difundiéndose como en círculos concéntricos. Ante todo, sobre la
Sagrada Familia de Nazaret: la Virgen María y José son iluminados por la
presencia divina del Niño Jesús. La luz del Redentor se manifiesta luego a los
pastores de Belén, que, advertidos por el ángel, acuden enseguida a la cueva y
encuentran allí la ‘señal’ que se les había
anunciado: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cf. Lc
2, 12).
El
apóstol san Juan escribe en su primera carta: ¡Dios es luz, en él no hay
tiniebla alguna! (1 Jn 1, 5); y, más adelante, añade: “Dios es amor”. Estas dos
afirmaciones, juntas, nos ayudan a comprender mejor: la luz que apareció en
Navidad y hoy se manifiesta a las naciones es el amor de Dios, revelado en la
Persona del Verbo encarnado. Atraídos por esta luz, llegan los Magos de
Oriente.
El
Señor Jesús es, al mismo tiempo e inseparablemente, “luz para alumbrar a las
naciones, y gloria de su pueblo, Israel” (Lc 2, 32), como, inspirado por Dios,
exclamará el anciano Simeón, tomando al Niño en
los brazos, cuando sus padres lo presentarán en el templo.
Los
Magos adoraron a un simple Niño en brazos de su Madre María, porque en él
reconocieron el manantial de la doble luz que los había guiado: la luz de la
estrella y la luz de las Escrituras. Reconocieron en él al Rey de los judíos,
gloria de Israel, pero también al Rey de todas las naciones.
El
Padre de la Luz, que ha hecho resplandecer en Cristo su rostro de misericordia,
nos colme con su felicidad y nos haga mensajeros de su bondad.
30
de diciembre
La Sagrada Familia (Lc 2,41-52)
(Cfr. Benedicto XVI, 31 de diciembre de
2006)
Jesús debía “ocuparse de las cosas de su Padre”. En este último domingo del año
celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. En el
Evangelio no encontramos discursos sobre la familia, sino un acontecimiento que
vale más que cualquier palabra: Dios quiso nacer y crecer en una familia
humana. De este modo, la consagró como camino primero y ordinario de su
encuentro con la humanidad.
En su vida transcurrida en Nazaret, Jesús
honró a la Virgen María y al justo José, permaneciendo sometido a su autoridad
durante todo el tiempo de su infancia y su adolescencia (cf. Lc 2, 51-52). Así
puso de relieve el valor primario de la familia en la educación de la persona.
María y José introdujeron a Jesús en la comunidad religiosa, frecuentando la
sinagoga de Nazaret. Con ellos aprendió a hacer la peregrinación a Jerusalén,
como narra el pasaje evangélico que la liturgia de hoy propone a nuestra
meditación. Cuando tenía doce años, permaneció en el Templo, y sus padres
emplearon tres días para encontrarlo. Con ese gesto les hizo comprender que
debía “ocuparse de las cosas de su Padre”, es decir, de la
misión que Dios le había encomendado (cf. Lc 2, 41-52).
Este episodio evangélico revela la
vocación más auténtica y profunda de la familia: acompañar a cada uno de sus
componentes en el camino de descubrimiento de Dios y del plan que ha preparado
para él. María y José educaron a Jesús ante todo con su ejemplo: en sus padres
conoció toda la belleza de la fe, del amor a Dios y a su Ley, así como las
exigencias de la justicia, que encuentra su plenitud en el amor (cf. Rm 13,
10). De ellos aprendió que en primer lugar es preciso cumplir la voluntad de
Dios, y que el vínculo espiritual vale más que el de la sangre.
La Sagrada Familia de Nazaret es verdaderamente el ‘prototipo’ de toda
familia cristiana que, unida en el sacramento del matrimonio y alimentada con
la Palabra y la Eucaristía, está llamada a realizar la estupenda vocación y
misión de ser célula viva no sólo de la sociedad, sino también de la Iglesia,
signo e instrumento de unidad para todo el género humano.
La santidad de la familia es el camino
real y el recorrido obligado para construir una sociedad nueva y mejor, para
volver a dar esperanza en el futuro a un mundo sobre el que pesan tantas
amenazas. Por eso, las familias cristianas de hoy han de saber aprender de ese
núcleo de amor y de entrega sin reservas que fue la Sagrada Familia. El Hijo de
Dios hecho un niño, como todos los nacidos de mujer, recibía allí continuamente
los cuidados de la Madre. María, que siempre había permanecido Virgen,
consagraba diariamente su vida a la sublime misión de la maternidad, y por eso
también hoy todas las generaciones la llaman bienaventurada. José, designado
para proteger el misterio de la filiación divina de Jesús y la maternidad
virginal de María, cumplía su papel, de forma consciente, en silencio y en
obediencia a la voluntad divina. ¡Qué escuela, qué misterio!
El Hijo de Dios vino a la tierra para salvar a todos los seres humanos,
transformándolos profundamente desde dentro, para hacerlos semejantes a Él,
Hijo del Padre celestial. Para llevar a cabo esa misión, pasó la mayor parte de
su vida terrena en el seno de una familia, con el fin de hacernos comprender la
importancia insustituible de esta primera célula de la sociedad, que contiene
virtualmente todo el organismo.
La familia de por sí es sagrada, porque sagrada es la vida humana, que
solamente en el ámbito de la institución familiar se engendra, se desarrolla y
perfecciona de forma digna del hombre. La sociedad del mañana será lo que sea
hoy la familia.
Ésta, por desgracia, en la
actualidad está sometida a toda clase de insidias por parte de quien busca
herir su tejido y minar la natural y sobrenatural unidad, disgregando los
valores morales sobre los que se funda con todos los medios que hoy pone a su
alcance el permisivismo social…
El secreto de la verdadera paz, de la mutua y
permanente concordia, de la docilidad de los hijos, del florecimiento de las
buenas costumbres está en la constante y generosa imitación de la amabilidad,
modestia y mansedumbre de la familia de Nazaret, en la que Jesús, Sabiduría
eterna del Padre, se nos ofrece junto con María, su madre purísima, y San José,
que representa al Padre celestial.
31 de diciembre
Jn 1,1-18
Aquel
que es la Palabra se hizo hombre. San Juan, en el prólogo de su evangelio, medita profundamente en el
acontecimiento de la encarnación, un hecho único y conmovedor: “En el principio
existía la Palabra (...). En ella estaba la vida y la vida era la luz de los
hombres (...). A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de
Dios [...]. Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros...” (Jn
1, 1. 4. 12. 14).
Conocemos con certeza el motivo y la
finalidad de la Encarnación: el Hijo de Dios se hizo hombre para revelarnos la
luz de la verdad salvífica y para transmitirnos su misma vida divina,
haciéndonos hijos adoptivos de Dios y hermanos suyos.
Dios se hizo hombre para hacernos
partícipes, en Jesús, de su vida divina y luego de su gloria eterna. Ése es el
verdadero sentido de la Navidad y, por consiguiente, de nuestra alegría
mística. Y éste fue precisamente el anuncio del ángel a los pastores, asustados
por el esplendor de la luz que los había sorprendido en la noche: “No teman,
pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha
nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2,
10-11).
¡Para salvar a la humanidad, nació en
Belén de María santísima nuestro Redentor! Dios-Hijo asumió la naturaleza
humana, la humanidad, se hizo verdadero hombre, permaneciendo Dios. El Hijo
unigénito del Padre, de su misma naturaleza, se hizo hombre para introducirnos,
mediante la humillación de la cruz y la gloria de la resurrección, en la tierra
de salvación que Dios, rico en misericordia, prometió a la humanidad desde el
inicio.
Misa de fin de Año
Núm. 6, 22-27
La
liturgia de hoy contempla, como en un mosaico, varios hechos y realidades
mesiánicas, pero la atención se concentra de modo especial en
María, Madre de Dios. Ocho días después del nacimiento de Jesús recordamos a su
Madre, la Theotókos, la “Madre del Rey que gobierna cielo y tierra por
los siglos de los siglos” (Antífona de entrada; cf. Sedulio). La liturgia
medita hoy en el Verbo hecho hombre y repite que nació de la Virgen. Reflexiona
sobre la circuncisión de Jesús como rito de agregación a la comunidad, y
contempla a Dios que dio a su Hijo unigénito como cabeza del “pueblo nuevo” por
medio de María. Recuerda el nombre que dio al Mesías y lo escucha pronunciado
con tierna dulzura por su Madre. Invoca para el mundo la paz, la paz de Cristo,
y lo hace a través de María, mediadora y cooperadora de Cristo (cf. Lumen gentium,
60-61).
Mientras
celebramos las primeras Vísperas de la solemnidad de Santa María, Madre de
Dios, la liturgia hace coincidir esta significativa fiesta mariana con el fin y
el inicio del año. Por eso, esta noche, al contemplar el misterio de la
maternidad divina de la Virgen, elevamos el cántico de nuestra gratitud porque
está a punto de concluir el año 2010, a la vez que se perfila en el horizonte
de la historia el 2011. Demos gracias a Dios desde lo más hondo de nuestro
corazón por todos los beneficios que nos ha concedido durante los doce meses
pasados.
Ante
el Niño, junto con María y san José en esta liturgia de fin de año, además de
la alabanza y la acción de gracias, realizamos un sincero examen de
conciencia personal y familiar. Pidamos perdón al Señor por las
faltas que hemos cometido, conscientes de que Dios, rico en misericordia, es
infinitamente más grande que nuestros pecados.
En
ti, Señor, reside nuestra esperanza. Tú, en la Navidad, has traído la alegría
al mundo, irradiando tu luz sobre el camino de los hombres y de los
pueblos. Las ansias y las angustias no pueden apagarla; el esplendor de tu
presencia nos consuela constantemente.
La Liturgia
no puede escoger otras palabras tan propias al fin y al principio del año:“El
Señor te bendiga y te proteja (...)
se fije en ti y te conceda la paz” (Núm. 6, 24. 26): esta es la
bendición que, en el Antiguo Testamento, los sacerdotes pronunciaban sobre el
pueblo elegido en las grandes fiestas religiosas. La comunidad eclesial vuelve
a escucharla, mientras pide al Señor que bendiga el nuevo año, que vamos a
iniciar.
La liturgia renueva la bendición del
Creador que marca ya desde el comienzo la historia del hombre, repitiendo las
palabras de Moisés: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro
sobre ti y te conceda su favor; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (Núm. 6, 24-26).
Se trata de una bendición para el año que
está empezando y para nosotros, que nos disponemos a vivir una nueva etapa de
tiempo, don precioso de Dios. La Iglesia, uniéndose a la mano providente de
Dios Padre, inaugura este año nuevo con una bendición especial, dirigida a
todas las personas. Dice: ¡El Señor te bendiga y te proteja!
Con
estas palabras, les expreso, a cada uno mi felicitación con motivo del Año
nuevo, deseándoos cordialmente que abunde en todo tipo de bienes y
consolaciones. Sí, el Señor
colme nuestros días de frutos y haga que todo el mundo viva
en la justicia y en la paz.
Homilías durante la octava de Navidad
1º. De enero
Solemnidad de la Madre de Dios
“Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Ga 4, 4). Encontraron a María, a José y al Niño. Al cumplirse los ocho días, le pusieron el nombre de Jesús.
La fiesta de Santa María Madre de Dios, la imposición del Nombre de Jesús a los ocho días de nacido, y la Jornada Mundial de Oraciones por la Paz, son los temas centrales del primer día del año en la Iglesia Católica.
La Palabra de Dios hoy contempla de modo especial a María, como Madre de Dios. Ocho días después del nacimiento de Jesús recordamos a su Madre, la Theotókos, la “Madre del Rey que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos” (Antífona de entrada). “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Ga 4, 4). El apóstol san Pablo alude a la maternidad divina de María cuando habla de la “mujer” por medio de la cual el Hijo de Dios entró en el mundo.
El dogma fundamental de todo el cristianismo es que Jesús es Dios, el Verbo de Dios encarnado. Luego María, su Madre, es la Madre de Dios, la Madre del Verbo encarnado. Se trata, pues, de algo expresa y claramente revelado por Dios en la Sagrada Escritura y definido expresamente por la Iglesia en el Concilio de Éfeso como verdad de fe. Sobre la maternidad de divina de María, San Cirilo de Alejandría (370-444) enseña: “Me sorprende que haya personas que se hagan esta pregunta: ¿hay que llamar a María Madre de Dios? Ya que si nuestro Señor Jesucristo es Dios ¿cómo la Virgen que lo trajo al mundo no sería la Madre de Dios? Es la creencia que nos han transmitido los santos Apóstoles, aun cuando ellos no hayan usado este término. Es la enseñanza que hemos recibido de los santos Padres.
La Virgen es verdaderamente Madre de Dios pues ella concibió de forma sobrenatural a Cristo, el Salvador, que participa también de su carne y sangre y que, en el plano humano, procede de la misma sustancia que su Madre y que nosotros mismos.
Además de la maternidad, hoy también se pone de relieve la virginidad de María. Se trata de dos prerrogativas que siempre se proclaman juntas y de manera inseparable, porque se integran y se califican mutuamente. María es madre, pero madre virgen; María es virgen, pero virgen madre. Si se descuida uno u otro aspecto, no se comprende plenamente el misterio de María, tal como nos lo presentan los Evangelios. Por consiguiente, si María es Madre de Cristo y Cristo es la Cabeza de la Iglesia, la que es Madre de la Cabeza es Madre de los miembros del Cuerpo de su Hijo. Por esto, María es Madre espiritual de toda la humanidad. San Agustín (354-430) enseña que María es madre de los miembros de Cristo, “…que somos nosotros, porque cooperó con su caridad para que nacieran en la Iglesia los fieles, miembros de aquella Cabeza de la que es efectivamente madre según el cuerpo…” Por tanto, la Virgen santa es Madre de la Iglesia y Madre de cada uno de sus miembros, es decir, Madre de cada uno de nosotros, en Cristo. Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad.
Así pues, contemplando a María como Madre de Dios y Madre de la Iglesia, como nuestra Madre, comenzamos este nuevo año, que recibimos de las manos de Dios como un ‘talento’ precioso que hemos de hacer fructificar, como una ocasión providencial para contribuir a realizar el reino de Dios, siguiendo el camino que camino nuestra Madre.
Así, pues, al inicio de este nuevo año queramos ser dóciles hijos y discípulos de la Madre de Dios y Madre nuestra. Hoy decidamos seguir el camino que Ella siguió, queramos aprender de ella, la Madre santa, a acoger en la fe y en la oración la salvación que Dios no cesa de donar a los que confían en su amor misericordioso. Pidamos a María, Madre de Dios, que nos ayude a acoger a su Hijo y, en él, la verdadera paz. “El Señor te bendiga y te proteja, (...). El Señor se fije en ti y te conceda la paz” (Núm. 6, 24. 26), ahora y siempre.
2 de enero
Jn 1,19-28
“Yo os bautizo con agua, pero (...) Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3, 16). Juan Bautista predicaba un bautismo de penitencia, para preparar los corazones a acoger dignamente la venida del Salvador.
A quienes le preguntaban si él era el Mesías, les respondió testimoniando que su misión consistía en ser precursor, en preparar el camino a Cristo, quien los iba a bautizar con Espíritu Santo y fuego ¿En qué consiste el fuego al que alude san Juan Bautista?
Leemos en los Hechos de los Apóstoles que los discípulos estaban reunidos en oración en el Cenáculo cuando descendió sobre ellos con fuerza el Espíritu Santo, como viento y fuego. Entonces se lanzaron a anunciar en muchas lenguas la buena nueva de la resurrección de Cristo (cf. Hch 2, 1-4). Ese fue el “bautismo en el Espíritu Santo”, que había sido anunciado por Juan Bautista: “Yo os bautizo en agua, decía a las multitudes, pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo. (...) Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mt 3, 11).
Jesús mismo, antes de bautizar en Espíritu Santo y fuego, es bautizado en el Jordán, cuando baja “sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma” (Lc 3, 22). Toda la misión de Jesús estaba orientada a donar el Espíritu de Dios a los hombres y a bautizarlos en su ‘baño’ de regeneración. Esto se realizó con su glorificación (cf. Jn 7, 39), es decir, mediante su muerte y resurrección. Entonces el Espíritu de Dios se derramó de modo sobreabundante, como una cascada capaz de purificar todos los corazones, de apagar el incendio del mal y de encender en el mundo el fuego del amor divino.
En conclusión, el bautismo “en Espíritu y fuego” indica el poder purificador del fuego: de un fuego misterioso, que expresa la exigencia de santidad y de pureza que trae el Espíritu de Dios al corazón del que acepta a Jesús como su salvador y Señor.
3 de enero
El santísimo Nombre de Jesús (Jn 1, 29-34)
Este es el Cordero de Dios. El nombre “Jesús” significa “Dios salva” (Jeho-shua). Significa ‘Salvador’. En este nombre el mundo es salvado. En este nombre es salvado el hombre. Jesús vino al mundo para salvar a la humanidad. Por eso, cuando le pusieron este nombre, se reveló al mismo tiempo quién era él y cuál iba a ser su misión.
Muchos en Israel llevaban ese nombre, pero él lo llevó de modo único, realizando en plenitud su significado: Jesús de Nazaret, Salvador del mundo. Por tanto, Jesús, ¡El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! Es la potencia de santificación del hombre, potencia continua e inagotable. El Cordero de Dios, es el autor de nuestra santidad: los hombres reconciliados “han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero” (Ap 7, 14).
Así se manifiesta el poder del Hijo del hombre sobre el pecado y sobre el autor del pecado. El nombre de Jesús, que somete también a los demonios, significa Salvador. La cruz sellará la victoria total sobre Satanás y sobre el pecado. Todos los "milagros, prodigios y señales de Cristo están en función de la revelación de Él como Mesías, de Él como Hijo de Dios: de Él, que, solo, tiene el poder de liberar al hombre del pecado y de la muerte, de Él que verdaderamente es el Salvador del mundo.
El Padre nos ha enviado al Hijo para realizar el plan de salvación. En efecto, “El Mesías es salvador, Jesús o salvación, propiciación por los pecados, Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Todo esto pide, en el discípulo, una entrega total y plena, consistente en la fe que acoge la palabra y la pone en práctica. Verdadero amor a Cristo, incoación del juicio favorable en la definitividad del más allá en la presencia del Dios Uno y Trino, del Dios que es el Amor.
4 de enero
Jn, 1, 35-42
Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)” (Jn, 1, 41). En el evangelio que hemos escuchado la vocación de Pedro, según escribe el evangelista Juan, pasa a través del testimonio de su hermano Andrés, el cual, después de haber encontrado al Maestro y haber respondido a la invitación de permanecer con Él, siente la necesidad de comunicarle inmediatamente lo que ha descubierto en su “permanecer” con el Señor: “Hemos encontrado al Mesías -que quiere decir Cristo- y lo llevó a Jesús” (Jn 1, 41-42).
Ante estos hechos, que nos narra san Juan, bien podemos preguntarnos si hemos encontrado al Mesías en esta Navidad, y si lo hemos encontrado, también podeos preguntarnos si lo hemos compartido con otros de modo que les hayamos contagiado del gozo ha habernos encontrado con el Niño que se nos ha dado.
El testimonio de los primeros discípulos de Jesús, es para nosotros discípulos del siglo XXI, que hemos de volver gozosos de la gruta de Belén para contar por doquier el prodigio del que hemos sido testigos. ¡Hemos encontrado la luz y la vida! En Él se nos ha dado el amor. “Hemos encontrado al Mesías”. Esta ha de ser nuestra meta en este nuevo año, de cada al Niño de Belém: ‘buscar’ y ‘encontrar’, para que sea un tiempo para renovar nuestro camino espiritual con Jesús, con la alegría de buscarlo y encontrarlo incesantemente. Y entonces nuestros buenos deseos de Navidad y año Nuevo serán toda una realidad en nuestra vida.
En efecto, la alegría más auténtica está en la relación con Jesús, encontrado, seguido, conocido y amado, gracias a una continua búsqueda de la mente y del corazón. Ser discípulo de Cristo: esto basta al cristiano. La amistad con el Maestro proporciona al alma paz profunda y serenidad incluso en los momentos oscuros y en las pruebas más arduas.
Cuando la fe afronta noches oscuras, en las que no se ‘siente’ y no se ‘ve’ la presencia de Dios, la amistad de Jesús garantiza que, en realidad, nada puede separarnos de su amor (cf. Rm 8, 39).
Pidamos a la Virgen María que nos ayude a seguir a Jesús, gustando cada día la alegría de penetrar cada vez más en su misterio.
5 de enero Jn 1, 43-51
Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel.
El evangelio nos habla hoy del encuentro de Natanael con Jesús. A este Natanael Felipe le comunicó que había encontrado a “ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús el hijo de José, el de Nazaret” (Jn 1, 45).
La historia de Natanael nos sugiere que en nuestra relación con Jesús no debemos contentarnos sólo con palabras. Felipe, en su réplica, dirige a Natanael una invitación significativa: “Ven y lo verás” (Jn 1, 46).
Nuestro conocimiento de Jesús necesita sobre todo una experiencia viva: el testimonio de los demás ciertamente es importante, puesto que por lo general toda nuestra vida cristiana comienza con el anuncio que nos llega a través de uno o más testigos. Pero después nosotros mismos debemos implicarnos personalmente en una relación íntima y profunda con Jesús.
Que nuestros encuentros con Jesús sean cada vez más parecidos al de Natanael con Jesús: Él se siente tocado en el corazón por las palabras de Jesús, se siente comprendido y llega a la conclusión: este hombre sabe todo sobre mí, sabe y conoce el camino de la vida, de este hombre puedo fiarme realmente. Y así responde con una confesión de fe límpida y hermosa, diciendo: “Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel” (Jn 1, 49).
6 de enero
Mc 1, 7-11
Tú eres mi Hijo amado, yo tengo en ti mis complacencias.
En el Jordán, en el bautismo de Jesús se produce la manifestación de Dios Uno y Trino: Jesús, a quien el Padre señala como su Hijo predilecto, y el Espíritu Santo, que baja y permanece sobre Él. En efecto, el evangelio de este día vemos cómo San Juan bautiza a Jesús, y cómo cuando es bautizado se oyó “La voz del Señor sobre las aguas”: “al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que descendía sobre El en forma como de paloma y se oyó una voz desde el cielo”, la voz del Padre que lo identificaba como su Hijo, el Dios-Hombre. (Mt 3, 16-17) .
Jesucristo, el Dios Vivo, no tenía necesidad de bautismo. Pero en el Jordán quiso presentarle al Padre los pecados del mundo; es decir, quiso presentarnos a nosotros como lo que somos: pecadores. ¡Todo un Dios, en Quien no puede haber pecado alguno, se pone en lugar de la humanidad pecadora, haciéndose bautizar!
El Sacramento del Bautismo no es igual al Bautismo del Jordán. Es mucho más: por nuestro Bautismo, por obra del Espíritu Santo somos limpiados del pecado original, nos hacemos hijos de Dios; somos injertados en Cristo, templos vivos del Espíritu santo, habitación de la trinidad; recibimos la fe católica como un tesoro que debemos hacer crecer y compartir con los demás.
El día de nuestro bautismo, hechos hijos de Dios, el Padre como a Jesús también nos dijo: tú eres mi hijo amado en quien tengo mis complacencias… La conciencia de esta predilección que Dios nos tiene no puede menos de impulsarnos a aceptar a Cristo en la menta y en el corazón, como Salvador y Señor…
7 de enero
Jn 2, 1-11
El primer signo de Jesús, en Caná de Galilea.
En el Evangelio de hoy leemos que el Señor Jesús fue invitado a participar en las bodas que tenían lugar en Caná de Galilea. Esto sucede al comienzo mismo de su actividad magisterial, y el episodio se grabó en la memoria de los presentes, porque precisamente allí Jesús reveló por vez primera la extraordinaria potencia que, desde entonces, debía acompañar siempre su enseñanza. Leemos: “Este fue el primer milagro que hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria y creyeron en El sus discípulos” (Jn 2, 11).
¡Qué bella y delicada intervención de María en las bodas de Caná, cuándo mueve a su Hijo a realizar el primer milagro de convertir el agua en vino para ayudar a aquellos jóvenes esposos! Es todo un signo del constante amor de la Virgen Santísima por la humanidad necesitada, y debe ser un ejemplo para todos los que quieren considerarse verdaderamente hijos suyos.
La misión maternal de María hacia los hombres de ninguna manera oscurece ni disminuye la única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia», porque «hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús.
Esta función materna brota, según el beneplácito de Dios, «de la superabundancia de los méritos de Cristo... Y precisamente en este sentido el hecho de Caná de Galilea, nos anuncia lo que será la mediación de María, orientada plenamente hacia Cristo y encaminada a la revelación de su poder salvífico.
Madre es nuestra Madre en el orden de la gracia, maternidad que ha surgido de su misma maternidad divina, porque siendo, por disposición de la divina providencia, madre-nodriza del divino Redentor, se ha convertido de “forma singular en la generosa colaboradora entre todas las creaturas y la humilde esclava del Señor” y que “cooperó... por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas”.
Solemnidad de la Madre de Dios
“Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Ga 4, 4). Encontraron a María, a José y al Niño. Al cumplirse los ocho días, le pusieron el nombre de Jesús.
La fiesta de Santa María Madre de Dios, la imposición del Nombre de Jesús a los ocho días de nacido, y la Jornada Mundial de Oraciones por la Paz, son los temas centrales del primer día del año en la Iglesia Católica.
La Palabra de Dios hoy contempla de modo especial a María, como Madre de Dios. Ocho días después del nacimiento de Jesús recordamos a su Madre, la Theotókos, la “Madre del Rey que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos” (Antífona de entrada). “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Ga 4, 4). El apóstol san Pablo alude a la maternidad divina de María cuando habla de la “mujer” por medio de la cual el Hijo de Dios entró en el mundo.
El dogma fundamental de todo el cristianismo es que Jesús es Dios, el Verbo de Dios encarnado. Luego María, su Madre, es la Madre de Dios, la Madre del Verbo encarnado. Se trata, pues, de algo expresa y claramente revelado por Dios en la Sagrada Escritura y definido expresamente por la Iglesia en el Concilio de Éfeso como verdad de fe. Sobre la maternidad de divina de María, San Cirilo de Alejandría (370-444) enseña: “Me sorprende que haya personas que se hagan esta pregunta: ¿hay que llamar a María Madre de Dios? Ya que si nuestro Señor Jesucristo es Dios ¿cómo la Virgen que lo trajo al mundo no sería la Madre de Dios? Es la creencia que nos han transmitido los santos Apóstoles, aun cuando ellos no hayan usado este término. Es la enseñanza que hemos recibido de los santos Padres.
La Virgen es verdaderamente Madre de Dios pues ella concibió de forma sobrenatural a Cristo, el Salvador, que participa también de su carne y sangre y que, en el plano humano, procede de la misma sustancia que su Madre y que nosotros mismos.
Además de la maternidad, hoy también se pone de relieve la virginidad de María. Se trata de dos prerrogativas que siempre se proclaman juntas y de manera inseparable, porque se integran y se califican mutuamente. María es madre, pero madre virgen; María es virgen, pero virgen madre. Si se descuida uno u otro aspecto, no se comprende plenamente el misterio de María, tal como nos lo presentan los Evangelios. Por consiguiente, si María es Madre de Cristo y Cristo es la Cabeza de la Iglesia, la que es Madre de la Cabeza es Madre de los miembros del Cuerpo de su Hijo. Por esto, María es Madre espiritual de toda la humanidad. San Agustín (354-430) enseña que María es madre de los miembros de Cristo, “…que somos nosotros, porque cooperó con su caridad para que nacieran en la Iglesia los fieles, miembros de aquella Cabeza de la que es efectivamente madre según el cuerpo…” Por tanto, la Virgen santa es Madre de la Iglesia y Madre de cada uno de sus miembros, es decir, Madre de cada uno de nosotros, en Cristo. Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad.
Así pues, contemplando a María como Madre de Dios y Madre de la Iglesia, como nuestra Madre, comenzamos este nuevo año, que recibimos de las manos de Dios como un ‘talento’ precioso que hemos de hacer fructificar, como una ocasión providencial para contribuir a realizar el reino de Dios, siguiendo el camino que camino nuestra Madre.
Así, pues, al inicio de este nuevo año queramos ser dóciles hijos y discípulos de la Madre de Dios y Madre nuestra. Hoy decidamos seguir el camino que Ella siguió, queramos aprender de ella, la Madre santa, a acoger en la fe y en la oración la salvación que Dios no cesa de donar a los que confían en su amor misericordioso. Pidamos a María, Madre de Dios, que nos ayude a acoger a su Hijo y, en él, la verdadera paz. “El Señor te bendiga y te proteja, (...). El Señor se fije en ti y te conceda la paz” (Núm. 6, 24. 26), ahora y siempre.
2 de enero
Jn 1,19-28
“Yo os bautizo con agua, pero (...) Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3, 16). Juan Bautista predicaba un bautismo de penitencia, para preparar los corazones a acoger dignamente la venida del Salvador.
A quienes le preguntaban si él era el Mesías, les respondió testimoniando que su misión consistía en ser precursor, en preparar el camino a Cristo, quien los iba a bautizar con Espíritu Santo y fuego ¿En qué consiste el fuego al que alude san Juan Bautista?
Leemos en los Hechos de los Apóstoles que los discípulos estaban reunidos en oración en el Cenáculo cuando descendió sobre ellos con fuerza el Espíritu Santo, como viento y fuego. Entonces se lanzaron a anunciar en muchas lenguas la buena nueva de la resurrección de Cristo (cf. Hch 2, 1-4). Ese fue el “bautismo en el Espíritu Santo”, que había sido anunciado por Juan Bautista: “Yo os bautizo en agua, decía a las multitudes, pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo. (...) Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mt 3, 11).
Jesús mismo, antes de bautizar en Espíritu Santo y fuego, es bautizado en el Jordán, cuando baja “sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma” (Lc 3, 22). Toda la misión de Jesús estaba orientada a donar el Espíritu de Dios a los hombres y a bautizarlos en su ‘baño’ de regeneración. Esto se realizó con su glorificación (cf. Jn 7, 39), es decir, mediante su muerte y resurrección. Entonces el Espíritu de Dios se derramó de modo sobreabundante, como una cascada capaz de purificar todos los corazones, de apagar el incendio del mal y de encender en el mundo el fuego del amor divino.
En conclusión, el bautismo “en Espíritu y fuego” indica el poder purificador del fuego: de un fuego misterioso, que expresa la exigencia de santidad y de pureza que trae el Espíritu de Dios al corazón del que acepta a Jesús como su salvador y Señor.
3 de enero
El santísimo Nombre de Jesús (Jn 1, 29-34)
Este es el Cordero de Dios. El nombre “Jesús” significa “Dios salva” (Jeho-shua). Significa ‘Salvador’. En este nombre el mundo es salvado. En este nombre es salvado el hombre. Jesús vino al mundo para salvar a la humanidad. Por eso, cuando le pusieron este nombre, se reveló al mismo tiempo quién era él y cuál iba a ser su misión.
Muchos en Israel llevaban ese nombre, pero él lo llevó de modo único, realizando en plenitud su significado: Jesús de Nazaret, Salvador del mundo. Por tanto, Jesús, ¡El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! Es la potencia de santificación del hombre, potencia continua e inagotable. El Cordero de Dios, es el autor de nuestra santidad: los hombres reconciliados “han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero” (Ap 7, 14).
Así se manifiesta el poder del Hijo del hombre sobre el pecado y sobre el autor del pecado. El nombre de Jesús, que somete también a los demonios, significa Salvador. La cruz sellará la victoria total sobre Satanás y sobre el pecado. Todos los "milagros, prodigios y señales de Cristo están en función de la revelación de Él como Mesías, de Él como Hijo de Dios: de Él, que, solo, tiene el poder de liberar al hombre del pecado y de la muerte, de Él que verdaderamente es el Salvador del mundo.
El Padre nos ha enviado al Hijo para realizar el plan de salvación. En efecto, “El Mesías es salvador, Jesús o salvación, propiciación por los pecados, Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Todo esto pide, en el discípulo, una entrega total y plena, consistente en la fe que acoge la palabra y la pone en práctica. Verdadero amor a Cristo, incoación del juicio favorable en la definitividad del más allá en la presencia del Dios Uno y Trino, del Dios que es el Amor.
4 de enero
Jn, 1, 35-42
Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)” (Jn, 1, 41). En el evangelio que hemos escuchado la vocación de Pedro, según escribe el evangelista Juan, pasa a través del testimonio de su hermano Andrés, el cual, después de haber encontrado al Maestro y haber respondido a la invitación de permanecer con Él, siente la necesidad de comunicarle inmediatamente lo que ha descubierto en su “permanecer” con el Señor: “Hemos encontrado al Mesías -que quiere decir Cristo- y lo llevó a Jesús” (Jn 1, 41-42).
Ante estos hechos, que nos narra san Juan, bien podemos preguntarnos si hemos encontrado al Mesías en esta Navidad, y si lo hemos encontrado, también podeos preguntarnos si lo hemos compartido con otros de modo que les hayamos contagiado del gozo ha habernos encontrado con el Niño que se nos ha dado.
El testimonio de los primeros discípulos de Jesús, es para nosotros discípulos del siglo XXI, que hemos de volver gozosos de la gruta de Belén para contar por doquier el prodigio del que hemos sido testigos. ¡Hemos encontrado la luz y la vida! En Él se nos ha dado el amor. “Hemos encontrado al Mesías”. Esta ha de ser nuestra meta en este nuevo año, de cada al Niño de Belém: ‘buscar’ y ‘encontrar’, para que sea un tiempo para renovar nuestro camino espiritual con Jesús, con la alegría de buscarlo y encontrarlo incesantemente. Y entonces nuestros buenos deseos de Navidad y año Nuevo serán toda una realidad en nuestra vida.
En efecto, la alegría más auténtica está en la relación con Jesús, encontrado, seguido, conocido y amado, gracias a una continua búsqueda de la mente y del corazón. Ser discípulo de Cristo: esto basta al cristiano. La amistad con el Maestro proporciona al alma paz profunda y serenidad incluso en los momentos oscuros y en las pruebas más arduas.
Cuando la fe afronta noches oscuras, en las que no se ‘siente’ y no se ‘ve’ la presencia de Dios, la amistad de Jesús garantiza que, en realidad, nada puede separarnos de su amor (cf. Rm 8, 39).
Pidamos a la Virgen María que nos ayude a seguir a Jesús, gustando cada día la alegría de penetrar cada vez más en su misterio.
5 de enero Jn 1, 43-51
Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel.
El evangelio nos habla hoy del encuentro de Natanael con Jesús. A este Natanael Felipe le comunicó que había encontrado a “ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús el hijo de José, el de Nazaret” (Jn 1, 45).
La historia de Natanael nos sugiere que en nuestra relación con Jesús no debemos contentarnos sólo con palabras. Felipe, en su réplica, dirige a Natanael una invitación significativa: “Ven y lo verás” (Jn 1, 46).
Nuestro conocimiento de Jesús necesita sobre todo una experiencia viva: el testimonio de los demás ciertamente es importante, puesto que por lo general toda nuestra vida cristiana comienza con el anuncio que nos llega a través de uno o más testigos. Pero después nosotros mismos debemos implicarnos personalmente en una relación íntima y profunda con Jesús.
Que nuestros encuentros con Jesús sean cada vez más parecidos al de Natanael con Jesús: Él se siente tocado en el corazón por las palabras de Jesús, se siente comprendido y llega a la conclusión: este hombre sabe todo sobre mí, sabe y conoce el camino de la vida, de este hombre puedo fiarme realmente. Y así responde con una confesión de fe límpida y hermosa, diciendo: “Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel” (Jn 1, 49).
6 de enero
Mc 1, 7-11
Tú eres mi Hijo amado, yo tengo en ti mis complacencias.
En el Jordán, en el bautismo de Jesús se produce la manifestación de Dios Uno y Trino: Jesús, a quien el Padre señala como su Hijo predilecto, y el Espíritu Santo, que baja y permanece sobre Él. En efecto, el evangelio de este día vemos cómo San Juan bautiza a Jesús, y cómo cuando es bautizado se oyó “La voz del Señor sobre las aguas”: “al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que descendía sobre El en forma como de paloma y se oyó una voz desde el cielo”, la voz del Padre que lo identificaba como su Hijo, el Dios-Hombre. (Mt 3, 16-17) .
Jesucristo, el Dios Vivo, no tenía necesidad de bautismo. Pero en el Jordán quiso presentarle al Padre los pecados del mundo; es decir, quiso presentarnos a nosotros como lo que somos: pecadores. ¡Todo un Dios, en Quien no puede haber pecado alguno, se pone en lugar de la humanidad pecadora, haciéndose bautizar!
El Sacramento del Bautismo no es igual al Bautismo del Jordán. Es mucho más: por nuestro Bautismo, por obra del Espíritu Santo somos limpiados del pecado original, nos hacemos hijos de Dios; somos injertados en Cristo, templos vivos del Espíritu santo, habitación de la trinidad; recibimos la fe católica como un tesoro que debemos hacer crecer y compartir con los demás.
El día de nuestro bautismo, hechos hijos de Dios, el Padre como a Jesús también nos dijo: tú eres mi hijo amado en quien tengo mis complacencias… La conciencia de esta predilección que Dios nos tiene no puede menos de impulsarnos a aceptar a Cristo en la menta y en el corazón, como Salvador y Señor…
7 de enero
Jn 2, 1-11
El primer signo de Jesús, en Caná de Galilea.
En el Evangelio de hoy leemos que el Señor Jesús fue invitado a participar en las bodas que tenían lugar en Caná de Galilea. Esto sucede al comienzo mismo de su actividad magisterial, y el episodio se grabó en la memoria de los presentes, porque precisamente allí Jesús reveló por vez primera la extraordinaria potencia que, desde entonces, debía acompañar siempre su enseñanza. Leemos: “Este fue el primer milagro que hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria y creyeron en El sus discípulos” (Jn 2, 11).
¡Qué bella y delicada intervención de María en las bodas de Caná, cuándo mueve a su Hijo a realizar el primer milagro de convertir el agua en vino para ayudar a aquellos jóvenes esposos! Es todo un signo del constante amor de la Virgen Santísima por la humanidad necesitada, y debe ser un ejemplo para todos los que quieren considerarse verdaderamente hijos suyos.
La misión maternal de María hacia los hombres de ninguna manera oscurece ni disminuye la única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia», porque «hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús.
Esta función materna brota, según el beneplácito de Dios, «de la superabundancia de los méritos de Cristo... Y precisamente en este sentido el hecho de Caná de Galilea, nos anuncia lo que será la mediación de María, orientada plenamente hacia Cristo y encaminada a la revelación de su poder salvífico.
Madre es nuestra Madre en el orden de la gracia, maternidad que ha surgido de su misma maternidad divina, porque siendo, por disposición de la divina providencia, madre-nodriza del divino Redentor, se ha convertido de “forma singular en la generosa colaboradora entre todas las creaturas y la humilde esclava del Señor” y que “cooperó... por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas”.
jueves, 22 de diciembre de 2011
Misa de Medianoche y misa del día Natividad del Señor
Misa de medianoche (Misa de media noche: Tit 2,11-14)
(Cfr. Benedicto XVI mensaje Urbi et Orbi 25 de diciembre de 2008)
Hoy hemos vivido un día breve, la luz del sol pronto se ha ocultado, ha sido el día más corto del año; y como consecuencia, pronto nos ha envuelto la oscuridad de la noche. Así es hermanos, hoy como hace 2011 años: un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, la Palabra todopoderosa, vino desde el trono real de los cielos. En esta Noche santa se cumple la antigua promesa: el tiempo de la espera ha terminado, y la Virgen da a luz al Mesías. Sí, hoy “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”.
“Ha aparecido. Esto es lo que la Iglesia celebra hoy. La gracia de Dios, rica de bondad y de ternura, ya no está escondida, sino que ‘ha aparecido’, se ha manifestado en la carne, ha mostrado su rostro. ¿Dónde? En Belén. ¿Cuándo? Bajo César Augusto durante el primer censo, al que se refiere también el evangelista San Lucas. Y ¿quién la revela? Un recién nacido, el Hijo de la Virgen María. En Él ha aparecido la gracia de Dios, nuestro Salvador. Por eso ese Niño se llama Jesús, que significa ‘Dios salva’”.
La gracia de Dios ha aparecido. Por eso la Navidad es fiesta de luz: una claridad que se hace en la noche y se difunde desde un punto preciso del universo: desde la gruta de Belén, donde el Niño divino ha «venido a la luz». En realidad, es Él la luz misma que, apareciendo, disipa la bruma, desplaza las tinieblas y nos permite entender el sentido y el valor de nuestra existencia y de la historia. Cada belén es una invitación simple y elocuente a abrir el corazón y la mente al misterio de la vida.
“La gracia de Dio ha aparecido a todos los hombres. Sí, Jesús, el rostro de Dios que salva, no se ha manifestado sólo para unos pocos, para algunos, sino para todos. Es cierto que pocas personas lo han encontrado en la humilde y destartalada demora de Belén, pero Él ha venido para todos: judíos y paganos, ricos y pobres, cercanos y lejanos, creyentes y no creyentes..., todos. La gracia sobrenatural, por voluntad de Dios, está destinada a toda criatura. Pero hace falta que el ser humano la acoja, que diga su ‘sí’ como María, para que el corazón sea iluminado por un rayo de esa luz divina.
Aquella noche eran María y José los que esperaban al Verbo encarnado para acogerlo con amor, y los pastores, que velaban junto a los rebaños (cf. Lc 2,1-20). Una pequeña comunidad, pues, que acudió a adorar al Niño Jesús; una pequeña comunidad que representa a la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad. También hoy, quienes en su vida lo esperan y lo buscan, encuentran al Dios que se ha hecho nuestro hermano por amor; todos los que en su corazón tienden hacia Dios desean conocer su rostro y contribuir a la llegada de su Reino…”.
Hermanos y hermanas el niño que nos ha nacido es para todos los hombres. Jesús ha nacido para todos y, como María lo ofreció en Belén a los pastores, en este día la Iglesia lo presenta a toda la humanidad, para que en cada persona y situación se sienta el poder de la gracia salvadora de Dios, la única que puede transformar el mal en bien, y cambiar el corazón del hombre y hacerlo un ‘oasis’ de paz.
Hoy ‘ha aparecido la gracia de Dios, el Salvador’ (cf. Tt 2,11) en este mundo nuestro, con sus capacidades y sus debilidades, sus progresos y sus crisis, con sus esperanzas y sus angustias. Hoy resplandece la luz de Jesucristo, Hijo del Altísimo e hijo de la Virgen María, «Dios de Dios, Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero... que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo». Lo adoramos hoy en todos los rincones de la tierra, envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Lo adoramos en silencio mientras Él, todavía niño, parece decirnos para nuestro consuelo: No temáis, ‘no hay otro Dios fuera de mí’ (Is 45,22). Vengan a mí, hombres y mujeres, pueblos y naciones; vengan a mí, no temáis. He venido al mundo para traeros el amor del Padre, para mostraros la vía de la paz.
Apresurémonos como los pastores en la noche de Belén. Dios ha venido a nuestro encuentro y nos ha mostrado su rostro, rico de gracia y de misericordia. Que su venida no sea en vano. Busquemos a Jesús, dejémonos atraer por su luz que disipa la tristeza y el miedo del corazón del hombre; acerquémonos con confianza; postrémonos con humildad para adorarlo. Feliz Navidad a todos.
Misa del día (Heb 1, 1-6)
Dios nos ha hablado por medio de su Hijo
“Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas, en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo” (Hb 1, 1-2). Este Hijo es el Verbo eterno, de la misma naturaleza del Padre, que se hizo hombre para revelarnos al Padre y para hacer que pudiéramos comprender toda la verdad sobre nosotros. Nos habló con palabras humanas, y también con sus obras y con su misma vida: desde el nacimiento hasta la muerte en cruz y la resurrección.
Dios habla a su criatura humana una y otra vez, de muchos modos, y sobre todo ha hablado fuerte en su Hijo, en el Niño que nos ha nacido. Él nos ha enseñado tantas cosas y nos grita su amor desde el pesebre de Belén. Sí, como ayer, hoy y siempre, “Dios nos ha hablado por medio de su Hijo” (Hb 1, 2) y nos habla continuamente mediante la predicación del Evangelio y mediante la voz de nuestra conciencia. En Jesucristo se manifestó a todos los hombres el camino de la salvación, que es ante todo una redención espiritual, pero que implica lo humano en su totalidad, incluyendo también la dimensión social e histórica.
Hoy es un día especial para abrir el corazón a la Palabra de Dios hecha carne en la pobreza de Belén. ¡Pero qué pocas veces escuchamos verdaderamente al Señor Jesús, porque escuchar implica necesariamente hacer lo que Él nos dice! Sí, la verdadera fe no consiste principalmente en tener la confianza en que Dios me va a hacer un milagro si se lo pido, de que me va a liberar inmediatamente de la terrible prueba que estoy pasando, de que va a solucionar todos mis problemas y males. Sin duda puede hacerlo y lo hace cuando Él lo considera mejor para nosotros, pero la fe cristiana no es ante todo un “creo en ti para que Tú me escuches a mí y hagas lo que yo te digo”, sino un “creo en ti y me pongo a la escucha para hacer lo que Tú me digas por medio de tu Hijo Jesucristo”.
Para revitalizar la Navidad en nuestras almas es necesario cree y confiar verdaderamente en Dios, de modo que como el “siervo inútil” de la parábola hagamos lo que el Niño de Belén nos manda, es decir, adherirnos de todo corazón y con todo nuestro ser a las palabras, enseñanzas y promesas que Cristo nos ha dejado, traduciendo nuestra fe en la acción, en obras.
Al considerar de este modo la fe en el Niño que se nos ha dado, descubrimos que nuestra fe es pequeña y frágil. ¿Qué puedo hacer para que mi fe aumente, y mi vida sintonice con el mensaje del nacimiento del Hijo de Dios?
La fe es un don, por ello lo primero que debo hacer es pedírselo al Señor cada día con mucha humildad e insistencia: “Señor, ¡aumenta mi fe! Concédeme el don. Que pueda yo creer firmemente en Ti, en tus palabras y promesas, como supieron creer Santa María y los Apóstoles”.
Lo segundo es conocer cada día mejor qué es lo que enseña el Señor Jesús. Para ello es importante leer los Evangelios con frecuencia y meditar las enseñanzas de Cristo, familiarizarnos con ellas. Decía San Ambrosio: “A Dios escuchamos cuando leemos sus palabras”. Al hacer esta lectura recordemos que debemos entender las enseñanzas del Señor como la Iglesia las entiende y enseña. La Escritura no puede estar librada a nuestra “libre interpretación”. Por ello también es importante instruirnos sobre las verdades fundamentales de la fe, leyendo continuamente y estudiando el Catecismo de la Iglesia Católica.
Finalmente es necesario esforzarme por poner en práctica lo que Él nos enseña: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5). La fe crece, madura y se consolida cuando pasa a la acción, cuando se manifiesta en nuestra conducta, en nuestras opciones cotidianas.
Este pobre Niño, para el cual ‘no había sitio en la posada’ es nuestra fe, es, a pesar de las apariencias, el único Heredero de la creación entera. Vino para compartir con nosotros esta herencia suya, a fin de que nosotros, hechos hijos de la adopción divina, participemos de la herencia que él ha traído consigo al mundo. Palabra eterna, nosotros contemplamos hoy tu gloria, “gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14). Que, por intercesión de María, la gozosa noticia del Nacimiento de su Hijo, nos haga crecer en la fe, la fe como encuentro vivo y personal con el Niño, que se nos ha dado. ¡Feliz Navidad a todos!
Misa de medianoche (Misa de media noche: Tit 2,11-14)
Misa de medianoche (Misa de media noche: Tit 2,11-14)
(Cfr. Benedicto XVI mensaje Urbi et Orbi 25 de diciembre de 2008)
Hoy hemos vivido un día breve, la luz del sol pronto se ha ocultado, ha sido el día más corto del año; y como consecuencia, pronto nos ha envuelto la oscuridad de la noche. Así es hermanos, hoy como hace 2011 años: un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, la Palabra todopoderosa, vino desde el trono real de los cielos. En esta Noche santa se cumple la antigua promesa: el tiempo de la espera ha terminado, y la Virgen da a luz al Mesías. Sí, hoy “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”.
“Ha aparecido. Esto es lo que la Iglesia celebra hoy. La gracia de Dios, rica de bondad y de ternura, ya no está escondida, sino que ‘ha aparecido’, se ha manifestado en la carne, ha mostrado su rostro. ¿Dónde? En Belén. ¿Cuándo? Bajo César Augusto durante el primer censo, al que se refiere también el evangelista San Lucas. Y ¿quién la revela? Un recién nacido, el Hijo de la Virgen María. En Él ha aparecido la gracia de Dios, nuestro Salvador. Por eso ese Niño se llama Jesús, que significa ‘Dios salva’”.
La gracia de Dios ha aparecido. Por eso la Navidad es fiesta de luz: una claridad que se hace en la noche y se difunde desde un punto preciso del universo: desde la gruta de Belén, donde el Niño divino ha «venido a la luz». En realidad, es Él la luz misma que, apareciendo, disipa la bruma, desplaza las tinieblas y nos permite entender el sentido y el valor de nuestra existencia y de la historia. Cada belén es una invitación simple y elocuente a abrir el corazón y la mente al misterio de la vida.
“La gracia de Dio ha aparecido a todos los hombres. Sí, Jesús, el rostro de Dios que salva, no se ha manifestado sólo para unos pocos, para algunos, sino para todos. Es cierto que pocas personas lo han encontrado en la humilde y destartalada demora de Belén, pero Él ha venido para todos: judíos y paganos, ricos y pobres, cercanos y lejanos, creyentes y no creyentes..., todos. La gracia sobrenatural, por voluntad de Dios, está destinada a toda criatura. Pero hace falta que el ser humano la acoja, que diga su ‘sí’ como María, para que el corazón sea iluminado por un rayo de esa luz divina.
Aquella noche eran María y José los que esperaban al Verbo encarnado para acogerlo con amor, y los pastores, que velaban junto a los rebaños (cf. Lc 2,1-20). Una pequeña comunidad, pues, que acudió a adorar al Niño Jesús; una pequeña comunidad que representa a la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad. También hoy, quienes en su vida lo esperan y lo buscan, encuentran al Dios que se ha hecho nuestro hermano por amor; todos los que en su corazón tienden hacia Dios desean conocer su rostro y contribuir a la llegada de su Reino…”.
Hermanos y hermanas el niño que nos ha nacido es para todos los hombres. Jesús ha nacido para todos y, como María lo ofreció en Belén a los pastores, en este día la Iglesia lo presenta a toda la humanidad, para que en cada persona y situación se sienta el poder de la gracia salvadora de Dios, la única que puede transformar el mal en bien, y cambiar el corazón del hombre y hacerlo un ‘oasis’ de paz.
Hoy ‘ha aparecido la gracia de Dios, el Salvador’ (cf. Tt 2,11) en este mundo nuestro, con sus capacidades y sus debilidades, sus progresos y sus crisis, con sus esperanzas y sus angustias. Hoy resplandece la luz de Jesucristo, Hijo del Altísimo e hijo de la Virgen María, «Dios de Dios, Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero... que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo». Lo adoramos hoy en todos los rincones de la tierra, envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Lo adoramos en silencio mientras Él, todavía niño, parece decirnos para nuestro consuelo: No temáis, ‘no hay otro Dios fuera de mí’ (Is 45,22). Vengan a mí, hombres y mujeres, pueblos y naciones; vengan a mí, no temáis. He venido al mundo para traeros el amor del Padre, para mostraros la vía de la paz.
Apresurémonos como los pastores en la noche de Belén. Dios ha venido a nuestro encuentro y nos ha mostrado su rostro, rico de gracia y de misericordia. Que su venida no sea en vano. Busquemos a Jesús, dejémonos atraer por su luz que disipa la tristeza y el miedo del corazón del hombre; acerquémonos con confianza; postrémonos con humildad para adorarlo. Feliz Navidad a todos.
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